Nunca fuiste un cobarde, no es tu estilo. Llegaste a la Casa Blanca hace casi 20 años y, contradiciendo a Gardel, ha sido mucho. En una década en el Real Madrid has atesorado el palmarés de un gran club europeo. ¿Te das cuen? Marchas con las mismas Champions que el Barça en toda su historia, con una más que el Ajax, con dos más que el United y el Inter, con tres más que la Juve.
Irrumpiste en el primer equipo a comienzos de la temporada 2015-16 a las órdenes de Rafa Benítez. Lo hiciste con presencia de ánimo. Siempre al atáquerr, entonces te alineaban como extremo derecho, aunque sin ahorrar sacrificio alguno en defensa. Porque ante todo eres un jugador de fútbol, un deporte colectivo. Y por tu desempeño en el terreno de juego se atisba tu calidad humana.
Aquella campaña concluyó con una de esas escenas imprescindibles en cualquier recopilatorio de momentos cumbre del madridismo. Zidane había sustituido a Benítez y os había guiado hasta la final de Champions. Otra vez el Atleti. Otra vez prórroga. Pero ahora penaltis. Y apareciste tú, bambino. Les dijiste a Zidane y a Bettoni que serías el primer lanzador. Querías hacer algo importante.
¡Por la gloria de mi madre!, exclamamos todos cuando te vimos hacer malabares con el balón. Te dirigías al punto de penalti como quien va al frigorífico a por una cerveza canturreando siete caballos vienen de Bonanza. Los hinchas se santiguaban mientras susurraban grijandedemenemore.
No se te pasó por la cabeza aquello tan común en jugadores consagrados en momentos de máxima responsabilidad, ese no puedo, no puedo. Porque tú no eres un cobarde, no es tu estilo, ya te lo he dicho antes.
Plantaste el balón en el punto de penalti, tomaste carrerilla, te dirigiste al balón a saltitos: e guan, e péich, e gromenágüer… y ¡jarl!, torpedo a la izquierda de Oblak. Y a reivindicar el escudo redondito.
No fue la única vez que consumaste una guarrerida española de ese calibre y dejaste a todos los antis con cara de fistro diodenarl. Muchos de esos antis, ya sabes, en vez de graduado escolar tienen una etiqueta de Anís del Mono. Contra el City, camino de la 15, volviste a marcar otro penalti como un niño que juguetea en el recreo.
Nunca fuiste un pecador de la pradera. El único pecado que puede atribuírsete es el de la lealtad, el de la disciplina. Las necesidades del club te obligaron a desempeñar un papel distinto a aquel más adecuado a tus aptitudes. Lo hiciste sin rechistar pese a que parte de la afición te responsabilizaba por ello. No te decían trigo por no llamarte Rodrigo, te hacían pupita. Te gritaban ¡cuidadín! cuando te encaraba el extremo rival. Tú lo aguantaste con estoicismo. Lo diste todo. Sin una queja.
Siempre trabajaste infinitamente más que el sastre de Tarzán.
Como dices en tu despedida, te vas del Real Madrid, pero el Real Madrid nunca se irá de ti. Por eso te damos las gracias y te decimos: hasta luego, Lucas.
Buenos días, amigos. ¿Qué es el negreirismo? Un CTA corrupto y el otro lo mismo. Aunque Negreira se vista de seda, Negreira se queda. Es lo mismo que coloquen al frente del Comité Técnico de Árbitros a Sánchez Arminio, a Medina Cantalejo o a Soto-Borbalán, el plan no ha cambiado un ápice desde el declive de la Quinta del Buitre. La estrategia solo tiene un punto: inclinar el campo a favor del Barça. En detrimento del Madrid, naturalmente.
La prueba de que el nombramiento de Fernández Borbalán como director técnico de los árbitros no es ninguna novedad ni supone cambio alguno es que As y Sport apenas se molestan en informar de pasada en la predela. Mundo Deportivo y Marca, ni eso.
Louzán es un político de pura cepa, experto por tanto en sumergirse en un hábitat corrupto sin que le salpique una gota al traje ni se le moje la chequera. Buceó en las aguas fecales del CTA para apartar al ostentoso inquilino del Rolex Hulk Submariner y plantó en su silla a Fran Soto, de temple más frágil pero estulticia aún más exacerbada: afirmó que lo de Negreira fue medio puntual y que no diría que puede llamarse periodo a, como mínimo, 17 años de pagos del Barça al vice del CTA. Un mamífero ideal para el puesto.
Ahora le ha colocado dos colgajos para los asuntos más técnicos: a Fernández Borbalán para amaestrar a los árbitros y a Prieto Iglesias como hombre de paja de Mediapro —el FC Barcelona— en el VAR.
Ambos son despojos arbitrales que jamás destacaron por desarrollar con brillantez su profesión. Sin embargo, sí despuntaron donde hay que despuntar en el CTA para medrar: cada uno de ellos cumplió con creces el único punto de la estrategia del sistema: inclinar el campo a favor del Barça.
Borbalán, que aunque suene a Ferran Adrià intentando pronunciar Corbalán con una croqueta caliente en la boca es el segundo apellido del nuevo director técnico del CTA, fue el talismán del Barça. Las anomalías estadísticas fueron tan descaradas que llevaron al mismísimo Sport a colocar ese apodo al fenómeno.
Prieto Iglesias —¡prietas las filas!—, un árbitro ajeno a la excelencia practicante del lotinismo: una vez que subo a Primera desciendo y la siguiente vez lo mismo, hizo méritos desde el habitáculo de las teles. Con él en la sala VOR el Barcelona obtuvo un 80 % de victorias por un 62 % del Madrid. Comenzó como pececillo pagador del hijo de Negreira y acabó como pezón exoftálmico de gimnasio al frente del VAR.
Nada ha cambiado desde los tiempos de Villar. Respecto a este sujeto tan suelto, la Audiencia Nacional confirma los indicios de delito y deja al expresidente cerca de ser juzgado. Ojo, el órgano judicial solo ha tardado ocho años en confirmar los indicios de delito. Y todavía tenemos que aguantar la cantinela de que en España la Justicia es lenta.
Repetimos que la estrategia solo tiene un punto: inclinar el campo a favor del Barça. Y los medios también juegan su papel, aunque a menudo sean digitales.
Es habitual observar cómo Sport se une al mobbing del Barça cuando el club quiere prescindir de algún jugador descerebrado que pretende cumplir su contrato. La portada nos deja un párrafo para la posteridad: «El club azulgrana no forzará su salida, pero espera que recapacite y estudie las ofertas que tiene para marcharse». Glorioso.
En Mundo Deportivo aún no han asumido —nunca lo harán— su enésima eliminación en Champions y han pensado que es buena idea dedicar la portada a llorar.
As también lleva información del club cliente de Negreira. Afirman que la polémica fiesta de cumpleaños de Lamine —polémica es eufemismo de contratar prostitutas y personas con enanismo— reduce el acto en el que se oficializará su renovación y recibirá el número 10. «Renovación en la intimidad» lo titulan. Poético. Aunque las palabras intimidad y Lamine parecen antónimos.
La imagen principal de As, y de Marca, es Álvaro Carreras. Nuevo bólido blanco para el flanco izquierdo de la zaga. Es un fichaje ilusionante a la par que necesario. Le damos la bienvenida y le deseamos toda la suerte y los éxitos posibles, que serán los del madridismo. ¿Y qué es madridismo? Épocas ganando y al cabo de un tiempo lo mismo.
Pasad un buen día.
Los ánimos están caldeados tras la derrota frente al Paris Saint-Germain. Lógicamente, no puedes llamar a la calma a una afición profundamente conmovida. Sin paños calientes y parafraseando a un analista argentino promedio, lo de la otra noche frente al PSG fue un papelón. Dicho esto, no cuenten conmigo para atizar a nadie. Ya saben que no participo de campañas cuando los lobos hacen jaurías. Han pasado los suficientes días para pronunciarme con prudencia en este espacio que tan amablemente me prestan los responsables de La Galerna. Mi responsabilidad es no echar más leña al fuego, máxime cuando verdaderamente no pienso que sea lo más aconsejable.
Naturalmente que la debacle del pasado miércoles nos deja a todos tarumba. Hasta al más pintado se queda con la cara desencajada por el modo nefasto en que se dio la derrota. El mazazo de ver cómo tu equipo encaja dos goles tontos por dos errores inexplicables de tus centrales es difícil de asimilar. Y del tercero ya ni hablamos. No se trata de señalar a nadie. Y tampoco de criticar al aficionado merengón que optó por no seguir viendo el partido y pasarse a la plataforma de turno a ver la serie que le entusiasma o probar suerte con esa película que lleva semanas queriendo ver.
Estos días he estado dando vueltas al “drama”. A pesar de ser un adulto funcional, como todo madridista he pensado en el partido. Si bien me precio de ser frío en el análisis, yo también soy de carne y hueso. O como diría una folclórica, yo también soy persona. Y como aficionado al fútbol, derrotas tan catastróficas como la última hacen pupa. Especialmente doloroso puede ser una derrota cuando la trayectoria de tu equipo es tan zigzagueante. La situación tiene bastante de desengaño amoroso, ¿verdad? Aunque en realidad tiene más de una etapa de aceptación del duelo. Y no me pregunten el porqué, pero estos días me he acordado de una canción de Fito Páez llamada El amor después del amor.
En 1992, año de fastos en la España feliz y también periodo de robo a mano armada y cara descubierta al Real Madrid, Fito Páez publicaba El amor después del amor. La canción que daría título a su álbum homónimo fue un éxito sin precedentes. Tal fue su magnitud por entonces que rápidamente se convirtió en el disco más vendido de la historia de la música argentina y la vida del músico rosarino cambió de la noche a la mañana. El amor después del amor habla de las cenizas de una relación que lo fue todo para sus protagonistas pero hoy es un recuerdo agónico. No obstante, el cantautor no nos dice que todo fuera en vano. Por el contrario, Fito Páez transmite que existe una huella indeleble en el alma de aquel que ama sin reservas. A pesar de las heridas, más allá de las cicatrices, la esencia del amor verdadero resplandece más allá de su propia finitud.
Entonces, aceptando que los días de vino y rosas han acabado, ¿qué nos queda? Para muchos la respuesta es resignarse al rescoldo de la pasión. ¿Consumimos vinagre a mansalva pues? Yo creo que todo tiene un punto exagerado. Ni tanto ni tan calvo. El abandono no trae nada bueno. Como diría aquél, no es sano entregarse a desánimos infecundos. Tampoco es buen negocio querer poner a parir a toda la plantilla. Porque, como le dijo el maestro Yoda a Anakin Skywalker: «El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento». En nuestro caso, querido madridista, el odio y la ira nos lleva al antimadridismo. Con esta información ya gestionas tú mismo tus sentimientos.
Es mejor amar con el alma limpia y rechazar amar el daño. Porque después de un gran amor puede llegar otro aparentemente menor pero igual de necesario. Amemos a este Madrid con el corazón abierto
Los medios influyen decisivamente en los aficionados. Inclusive, los nuevos medios que vinieron a insuflar de aire fresco un panorama viciado. Vemos cómo alguno de sus adalides van enseñando la patita de nada bueno. Todo altavoz con cierta repercusión puede ser más decisivo en la opinión pública de lo que pensamos. El sentir de la gente siempre puede rotar. Si la crítica especializada aplaude tu gestión, tu situación moral puede reforzarse. Pero claro, si la crítica depende de la prensa deportiva de nuestro país, pues ya depende de ti si te cuestiones un ápice o comulgas con ruedas de molino. Tal vez sea naif exigir a algunos de los “nuestros” que tengan mayor responsabilidad ética, pero creo que es nuestro deber recordarles su compromiso deontológico.
Por ello, siempre está en tu mano tratar de ser positivo o negativo. Puedes permanecer impasible o ahogarte en el veneno. Sin ir más lejos, ayer presentamos a Álvaro Carreras y esta incorporación puede ser más significativa de lo que pensamos. Por sus características, Carreras puede ser central o lateral y esa polivalencia dará mucho juego en un esquema como el que plantea Xabi Alonso. Carreras puede ser un jugador útil e incluso histórico. ¿Quién nos dice que no es capaz de marcar un gol de cabeza en el minuto ‘93 y darnos una Copa de Europa? Por eso es mejor amar con el alma limpia y rechazar amar el daño. Porque después de un gran amor puede llegar otro aparentemente menor pero igual de necesario. Amemos a este Madrid con el corazón abierto.
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El presidente de la Federación, Sr. Louzán, ese gallego que llegó prometiendo una regeneración del arbitraje tan luminosa que parecía sacada del Apocalipsis de San Juan, ha tardado poco en demostrar que su concepto de "regeneración" consiste en lo de siempre: mismo lodo, distinta ciénaga, mismos perros, distintos collares.
¿La prueba? El nombramiento de David Fernández Borbalán como responsable técnico del Comité Técnico de Árbitros.
Sí, han leído bien. Responsable. Técnico. Del CTA. Borbalán. El árbitro talismán del Barça, el emisario del tiki-taka punitivo, el pastor de tarjetas selectivas, el amnésico del área blaugrana.
Fernández Borbalán es, según los devotos del Camp Nou, un árbitro “de línea elegante, moderno, sereno”. Claro. También Rasputín era un hombre carismático. Pero si uno repasa su historial, lo que encuentra no es serenidad, sino una colección de favores envueltos en pitos de plata.
Arbitró el Real Madrid-Barcelona del 10 de diciembre de 2011 (1-3). Anuló al Madrid un gol por falta inventada, obvió penaltis, y convirtió el área madridista en zona libre de derechos. Messi paseaba por allí como si fuera el jardín de su abuela.
Estuvo en la final de la Supercopa 2011, en la que permitió a Busquets pisotear cráneos impunemente mientras Alves se tiraba como actriz de Tennessee Williams.
Pitó el Barcelona-Athletic de la final de Copa 2012, una orgía de posesión y permisividad donde sólo faltó que le hiciera el pasillo a Piqué.
Pero más allá de decisiones puntuales, que las hay, y muchas, lo que Borbalán representaba en el césped era el vector refinado del sistema Negreira: árbitros que no necesitaban instrucciones explícitas, porque ya venían adoctrinados de fábrica.
Lo que Borbalán representaba en el césped era el vector refinado del sistema Negreira: árbitros que no necesitaban instrucciones explícitas, porque ya venían adoctrinados de fábrica
Mientras ese club del que usted me habla pagaba millones al vicepresidente del CTA, el tal Negreira, para comprarse el sistema arbitral al completo Y AÚN NO HA PASADO NADA, que no se olvide, Fernández Borbalán arbitraba con la elegancia de un mayordomo al servicio del amo: discreto, eficaz, obediente, no hacía falta una llamada, no hacía falta un maletín, bastaba con saber cómo funcionaban las cosas en la España futbolística: si te portas bien, subes. Si te portas mal, bajas a Segunda y compartes hotel con el Mirandés. Y Borbalán subió como la espuma.
Negreira y su hijo entregaban “informes técnicos”. ¿A quién? A los árbitros. ¿Sobre qué? Sobre cómo contentar a su club cliente sin parecer un atracador. ¿Y quién figuraba entre los árbitros destacados del periodo Negreira? Fernández Borbalán. De los más utilizados, de los más elogiados, de los más silentes. El talismán del FC Barcelona (Sport dixit).
Y ahora, en 2025, en pleno escándalo judicial, con la podredumbre saliendo por las rendijas, con Laporta apilando excusas como si fueran cromos de fútbol, el presidente Louzán dice: “este es el hombre ideal para marcar la línea técnica del arbitraje”. La regeneración, versión Sicilia.
Se podría editar el siguiente manual: “La Escuela Borbalán: Teoría y práctica del chifle dócil”, porque ser responsable técnico del CTA significa formar árbitros, significa fijar criterio, significa instruir a la próxima camada de silbadores en cómo aplicar el reglamento... o no. Y aquí es donde se nos encoge el alma: porque si Borbalán enseña lo que predicaba, el resultado será una hornada de colegiados tan sensibles al escudo blaugrana como un gato a la sardina.
Imaginemos las clases:
—Señores, penalti sólo si el empujón al delantero del Barcelona le descoloca la gomina. Al resto, que se levanten. Tarjetas rojas, solo si el rival sangra por las orejas. Y al Real Madrid, ojo: cada protesta es una amenaza institucional. Corten de raíz, átenlos en corto”.
Borbalán está de vuelta, Negreira sonríe desde el banquillo de los imputados y el Real Madrid, una vez más, carga con la sospecha de que los partidos no solo se juegan en el campo, sino en el alma podrida del CTA
Lo peor no es la broma, lo peor es que ya está ocurriendo desde hace décadas y este señor no parece el más indicado para arreglarlo. Cuando desde esta tribuna, tanto Javi como yo hemos pedido, rogado, exigido, fumigación absoluta en el estamento arbitral para arreglar un problema tan endémico como letal para el fútbol patrio, la solución que nos da el flamante presidente de la Federación es la de nombrar a uno de los mejores exponentes del negreirato. Vamos bien, vamos de narices, vaya. Si el presidente Louzán quiere que el arbitraje español no vuelva a pasar por la ignominia de no tener ni un solo representante en el Mundial de Clubes, la solución que nos presenta es la mejor para que no haya ninguno ni en el Mundial de Clubes, ni en la Copa de Europa, Ni en la Europa League, ni en la Conference, ni en el Mundial de Estados Unidos, ni en el Trofeo Ramón de Carranza.
Louzán ha demostrado que no era el regenerador. Era el continuador del chiringuito con otra voz y otro peinado. En vez de limpiar el lodazal, en vez de fumigar con zotal del bueno, ha sacado el flotador de los viejos amigos. Borbalán vuelve con galones, Hernández Hernández sigue en la élite, De Burgos Bengoetxea flota entre rojas y VAR esquivos. Los que estaban, siguen, los que callaban, mandan y los que esperábamos limpieza, recibimos otro acto de hipnosis pública.
El Real Madrid será, una vez más, el convidado de piedra en el banquete de las designaciones dirigidas. Vendrán los penaltis tardíos en El Sadar, las rojas que no se revisan en el Wanda, los finales de partido en medio de un córner, las manos invisibles en Montjuic, la no suspensión de un partido con cantos racistas en Mestalla, la misma receta, el mismo puchero rancio, solo que ahora con la firma del chef Borbalán.
Nos espera un año espléndido: 38 jornadas de persecución reglamentaria, sanciones ejemplares, declaraciones de Xabi Alonso con cara de velatorio y, por supuesto, el silencio de los medios del régimen, que seguirán justificando todo con la lógica de los que creen que un penalti mal pitado “compensa otro de hace cuatro años”.
Quiero hacer constar que este artículo no es un ataque, es un acta, un acta notarial del despropósito, una certificación pública de que la regeneración no ha llegado, porque el que debía limpiar ha contratado al jardinero del vertedero.
Borbalán está de vuelta, Negreira sonríe desde el banquillo de los imputados y el Real Madrid, una vez más, carga con la sospecha de que los partidos no solo se juegan en el campo, sino en el alma podrida del CTA, para que luego me vengan que si mala planificación, pocos fichajes o que si no se puede tirar la liga en octubre. Esta liga, queridos lectores, hay que tirarla en agosto, que se queden con ella, que se la coman con patatas y que nosotros juguemos, de una vez, la Superliga que tanto anhelamos.
Me despido con un cabreo del 15, pero recordando a nuestro amigo Javi, que ya cuenta los días que le quedan para pasar por el quirófano. Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!
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Poco después de que una eximia vendedora del crecepelo centrista patrio expresara su deseo de que España, la España contemporánea de nuestros días, se pareciera más a Lamine Yamal que a Alfredo Landa, la estrella del Barcelona celebró su decimoctavo cumpleaños con una fiesta llena de putas y enanos. Como para darle la razón, supongo, a la ilustre mamarracha que se empeñaba en cultivar la infamia de atribuir a Landa la imagen de un país deplorable, carca y antiguo, que además de mentira es un insulto a uno de los más brillantes actores españoles de la historia del cine.
Imagino que Lamine Yamal, que lleva como poco un lustro al borde de la mayoría legal de edad, encarna a la perfección la España moderna, un lugar en el que las meretrices son cuestión de Estado y compañía habitual de los mandarines del Gobierno. No en vano, hace justo un año, tras la victoria de la Selección en la Eurocopa, Yamal fue proclamado por la progresía oficial el símbolo de una España nueva, joven y plural que, sobre todo, hacía rabiar a los fachas.
La anécdota me hizo pensar en las distintas imágenes que hay de España rulando por la imaginación popular y en los referentes españoles contemporáneos. Uno de ellos, por sus sonados triunfos recientes, es Luis Enrique. Quien, sin embargo, no encaja las derrotas tan bien como las victorias. Es natural. Con cada gol de su modesto PSG al Madrid, el otro día, parecía un saltimbanqui y, en cambio, al terminar la final del Mundial, partido en el que el Chelsea los despachó con holgura, emuló al Yoyas: personajillo paradigmático de la telebasura nacional de principios de siglo cuya especialidad era repartir hostias ruines como la que Luis Enrique soltó a un futbolista contrario sobre el césped, ante las cámaras de todo el mundo y la mirada del presidente de los Estados Unidos de América.
Rápidamente, otro personajillo, en este caso un chupatintas de la redacción de El Mundo, acudió raudo a disculparlo recordando que Mourinho le metió una vez el dedo en el ojo a Tito Vilanova, al que Dios tenga en su gloria. El interfecto usó la reveladora expresión nacionalmadridismo, supongo que para aludir a la vieja idea que asocia al Real Madrid con la misma imagen roñosa y apolillada de España que se empeñan en achacar al pobre Alfredo Landa. Cuyos personajes landistas, por otra parte, no eran sino curritos que empleaban sus merecidas y trabajadas vacaciones en las costas del Levante, sin hacer daño a nadie.
Lamine Yamal, que lleva como poco un lustro al borde de la mayoría legal de edad, encarna a la perfección la España moderna
El chupatintas del periódico, se me olvidaba comentarlo, presume de ser del Atlético de Madrid, que una vez fue, con Franco, el equipo del ejército. Podría haberse acordado, en vez de Mourinho y del Madrid, del Cholo Simeone y de su Atleti, que de violencia gratuita sobre rivales (recuerden al aún no veinteañero Varane en los segundos finales de la final de Lisboa de 2014) en el campo, y sobre contrarios, en las gradas y en las calles, saben un rato. Pero seguramente eso no es moderno y, por otro lado, la oligofrenia tiene sus manifestaciones características.
Hay, pues, imágenes de España nuevas y rancias, frescas y mohosas. Los que van de modernos suelen ser bastante lerdos, falaces y clasistas. Todo es bueno mientras sirva para apuntalar una narrativa, lo que se llama un relato, completamente antifáctico pero, no obstante, de éxito generalizado. Da igual que los más de ciento veinte años de historia madridista estén llenos de ejemplos de que el Real ha sido siempre lo más moderno y avant-garde de un país cada vez más pequeño y acomplejado, cuyas élites periodísticas están a la altura de las políticas. A lo mejor muchos de estos listos han estado un mes siguiendo, muertos de envidia, la primera Copa del Mundo de Clubes en la que sus equipos, o no estaban o han hecho el ridículo. Al tiempo que un Madrid de contingencia avanzaba casi hasta el final. A la primera oportunidad que han tenido de saltar sobre el cadáver del león como hienas, no la han desaprovechado.
Personalmente me molesta que el Madrid siga ligado a ese landismo que, además de injusto, es la prueba palmaria de la cortedad de quienes lo esgrimen como insulto. A lo mejor lo que tenemos que defender con vehemencia los madridistas, sin arrugarnos ante los estúpidos prejuicios de los pseudointelectuales que controlan el mainstream mediático, es que en efecto la españolidad de la que enorgullecerse es la del Madrid pionero, libre, hidalgo y cosmopolita, y la del actor del Crack, Las verdes praderas, Los santos inocentes, La vaquilla o Historia de un beso. Que hay, en suma, aún quienes preferimos la honestidad y el quijotismo al bling-bling cutre y wannabe del presuntuoso icono (perfecto, por otro lado) del club más tramposo del deporte mundial, organización de estupefaciente historial criminal por más que eso, a los babayos, les parezca pasado de moda.
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Conocí a Borja Sémper cuando le entrevisté para La Galerna. El dato tiene truco, claro, porque ya confesé alguna vez que concebí La Galerna como mero y desvergonzado vehículo para conocer a gente que admiraba y/o que, desde fuera, me caía bien.
Creé La Galerna para hacerme amigo de tipos que en la distancia me parecían apreciables, y lo hice utilizando el fútbol como excusa. Se ha dicho mucho que el fútbol (y el madridismo en particular) puede generarte una conversación provechosa en cualquier lugar del mundo, y es verdad. Pero no se ha señalado suficientemente hasta qué punto el fútbol hace amigos. A través de una entrevista en La Galerna surgió mi amistad con Antonio Escohotado, y a partir de esa amistad su colaboración en el portal (más de 300 artículos) y el libro La Forja de la Gloria. También a Joe Llorente lo conocí a través de una entrevista. No tan fructíferas en lo editorial, pero inmensamente valorables, han sido también las amistades de origen galernauta con gente como David Summers, Juan Luis Arsuaga, Andrés Amorós o Pepe Begines.
O Borja Sémper.
Borja es exactamente como uno espera que sea. Quizá yo quería confirmar ese difícil equilibrio entre bravura y tolerancia. No son virtudes que suelan acompañarse mutuamente. Uno podría pensar que quien ha tenido los arrestos de enfrentarse al prime de la puta ETA en el País Vasco, llevando escolta desde los 19 años, tendrá unas ideas tan claras que propenderá a un cierto dogmatismo, no solo en lo relativo a la cuestión vasca, sino en general. El coraje y la apertura mental no acostumbran a ir de la mano. Ignoro los motivos, limitándome a constatar lo que intuitivamente me parece una evidencia estadística.
Borja Sémper es la excepción a la regla que me he inventado (pero que estoy seguro suscitará un cierto consenso). Borja demuestra que un carácter forjado en la amenaza perpetua de una banda de bastardos no tiene por qué estar reñido con una capacidad para escuchar facilitada por una curiosidad natural. No es de esas personas que emiten constantes enmiendas a la totalidad de otra gente. Si dices algo que no le gusta, permanecerá abierto a la opción de que lo siguiente que digas le sea apreciable, e incluso útil. No estoy haciendo una lectura política del personaje. Me refiero a que se desenvuelve por la vida así, de una manera orgánica, como dicen ahora, lo que le ha causado no pocas incomprensiones y algunos denuestos.
Suelo citar a Patton con eso de que un valiente es quien no toma nota de su miedo, y Borja encaja perfectamente en ese paradigma
Suelo citar a Patton con eso de que un valiente es quien no toma nota de su miedo, y Borja encaja perfectamente en ese paradigma. Pero hay muchas más cosas de las que no toma nota. No toma nota, por ejemplo, de que una vez no estuvo de acuerdo contigo. ¿De qué sirve hacerlo? Hay pocas biografías valientes enteramente enemigas del prejuicio. Él es un hombre de diálogo con dos inmensos cojonazos. Búsquenme otro. Normalmente, el hombre dialogante suele serlo en parte para contrarrestar sus propias dudas y complejos vitales. Hay pocas tolerancias que surjan de hombres con ideas fuertes.
Búsquenme también, si tienen de lo que a Borja le sobra, otro político que haya vivido y tenido éxito en la no-política. Para alguien que comparte con millones de conciudadanos el hastío ante tantísimo parásito con escaño, en todos los partidos del espectro, este hecho es un aspecto que hace al hombre todavía más apreciable. Resulta que además es un escritor más que notable, un intelectual con escaño (pero que no lo necesita), y un madridista impenitente. Una conversación con él es un regalo, y no está la vida como para dejarlos pasar.
Supongo que se notará muchísimo que escribo todo esto porque Borja Sémper ha anunciado que padece un cáncer, y que estoy ligeramente contrariado por el hecho de que un amigo se vea en este contratiempo. Digo solo “ligeramente contrariado” y digo solo “contratiempo” y digo bien. Para un español de los de antes (doblemente español por ser de Euskadi), esto no va a suponer más que un escollo francamente superable a punta de chorra y de hacer caso a los médicos. Sabe Dios cuántas Champions nos quedan por delante, Borja, y me incluyo en la ecuación porque yo tampoco quiero perderme un mundo donde está el Madrid y donde hay gente como tú.
Por muchos años.
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Buenos días. Prosigue la resaca (nunca mejor dicho) de la fiesta de cumpleaños de Lamine Yamal. Cómo habrá sido el escándalo que hasta Sport (¡Sport!) dedica en portada, en el día de hoy, un amplio espacio a la investigación que va a abrir el Gobierno por si en el citado evento se produjo algún tipo de vejación a personas con enanismo. Sport opta por el calificativo de “extravagante” para caracterizar todo lo que presuntamente sucedió allí, y eso que sabemos poco porque los móviles de los concurrentes (ya fueran “chicas de imagen” o asistentes no remunerados) fueron requisados en la puerta.
Lo de la humillación a personas con enanismo no es cuestión que haya inventado Lamine, como sabe cualquiera que haya visto la película El Lobo de Wall Street o haya leído algo sobre las orgías auspiciadas por algunas bandas de rock, que según la leyenda utilizaban las cabezas de personas con acondroplasia para poner bandejas sobre las que esnifar cocaína. No decimos que Lamine les utilizara para esto ni para lanzarlos sobre una diana, como veíamos en la película de Scorsese. No lo sabemos. Pero parece claro que no estaban en el lugar por contarse entre los amigos cercanos del nuevo mayor de edad. Más bien se antoja que andaban por allí para entretener al cumpleañero y su cohorte de amigos, en modos no enteramente edificantes.
Sport no habla en cambio de las “chicas de imagen”, como en grandioso eufemismo llamaron ayer algunos medios a las jóvenes acompañantes femeninas del homenajeado y cuantos le rodeaban. Tampoco sería el primer futbolista que organiza un sarao con chicas que obtienen una remuneración económica por estar allí (¿y por algo más que estar?). Lo que llama la atención es el uso de eufemismos y otras burdas maniobras de camuflaje por parte de medios entregados a la propaganda culé y a la causa de canonización del punta barcelonista. Es inevitable pensar en el akelarre mediático que habría sufrido Vinícius si llega a ocurrírsele celebrar una fiesta de cumpleaños en este plan.
Si Sport tiene al menos hoy la dignidad de mencionar la estrafalaria fiesta, así como la investigación que ha provocado, su gemelo en las lides cataculés guarda un atronador silencio al respecto. Cuando Sport (¡Sport!) te adelanta en periodismo serio, debes hacértelo ver.
En lugar de informar sobre las dimensiones del escándalo de Lamine, y posicionarse como medio blaugrana en torno a una llamada de atención sobre el peligro de que el ídolo culé se convierta en un juguete roto, Mundo Deportivo prefiere mejor entretenerse en cábalas (por no decir en invents) en torno a la presunta relación entre el muy hipotético fichaje de Luis Díaz por el club cliente de Negreira y la no menos hipotética contratación de Rodrygo por parte del Liverpool. Una gallarda cerebral. Un absoluto y completo onanismo intelectual a mayor gloria de la falta de argumentos veraniegos. A ver, tenían ahí como argumento la fiesta de Lamine, pero…
Al otro lado del Puente Aéreo (¿aún hay Puente Aéreo?), o al otro lado del AVE (¿aún hay AVE, señor Puente?), la actualidad se centra en Álvaro Carreras, quien por fin ha sido oficialmente anunciado como nuevo jugador del Real Madrid. (Lo de nuevo es un decir, puesto que ya formó parte de la cantera de nuestro club hasta que cumplió los 17, o sea, la edad que Lamine Yamal ha dejado de tener después de años y años de tener 17).
Será presentado (Carreras, no Lamine) hoy a las 13 horas en Valdebebas, y a priori parece un gran refuerzo para la zaga blanca, tan puesta en discusión después de los graves accidentes defensivos contra el PSG, en el Mundial de Clubes, o en realidad a lo largo de toda la temporada que ahora finaliza.
Alberto Cosín os detalla en esta pieza las principales características de este magnífico refuerzo, un puñal por la banda izquierda que puede también jugar como central en una línea de tres (lo ha hecho bastantes veces en el Benfica). Queda por aclarar si su desempeño justificará el alto precio. Sin embargo, parecía claro que, después del mobbing al cual el jugador ha sido sometido por el club portugués, Florentino Pérez no iba a dejar al futbolista en la estacada. El Madrid no está libre de que algún futbolista lleve personas con enanismo a su cumpleaños (Theo Hernández lo hizo en su única campaña en el equipo), pero mientras tengamos este presidente los jugadores recibirán un trato humano y su lealtad será recompensada. Carreras ha recorrido un camino muy espinoso hasta que se ha concretado su fichaje, y ahora tiene su premio.
Bienvenido, Álvaro.
Pasad un buen día.
Sí, amigos, hay un decálogo del oficialismo. O debería haberlo. Hasta hoy no estaba escrito, que yo sepa. Yo tengo el mío. Es necesario explicar por qué no compartimos la urgencia de ganar todos los años todos los títulos, según la polarizante e infantil visión del deporte de algunos influencers madridistas en las redes sociales; por qué no militamos en el nuevo credo del vinagrismo, que no tolera la derrota y tiene alergia a la adversidad; por qué no queremos ponerle precio a Mbappé, ni un lazo rosa a Vinícius para regalárselo a cualquier club de Arabia. Tampoco nos arrepentimos de no haber torturado a Ancelotti hasta hacerle quitar a Rodrygo del once. No le deseamos el fuego eterno por no haber sido suficientemente insistente, hasta rebelde, con su jefe, para obligarle a fichar a dos centrales cuando se veía venir la tragedia.
En definitiva, pensamos que no es buena idea crucificar a Florentino Pérez en el vértice geodésico de Valdebebas después de escupirle y flagelarle durante todo el viernes santo. Bastante corona de espinas tiene aguantando el pobre lo que aguanta, desagradecidos de nosotros, después de haber añadido a nuestras vidas pecadoras una década de felicidad incomparable.
Déjenme nada más comentar que cayó goleado el imbatible PSG en el Mundial de Clubes, después de cumplir el único propósito que les llevó a Estados Unidos: ganar al Real Madrid. Ya lo dijo el sabio Beckenbauer en alguna ocasión. "Para ganar la Champions (a la sazón, cualquier título que merezca la pena) hay que tener un gran equipo, un gran entrenador y ganar al Real Madrid". El PSG tuvo todo eso. Sin embargo, a pesar de que salimos del césped por la enfermería, no todo el mundo está diseñado genéticamente para la grandeza.
Luis Enrique, sin ir más lejos, pensó que era buena idea agredir a un deportista que podría ser su hijo (por edad, digo) ya finalizado el partido frente al Chelsea, en presencia de Donald Trump (seguro que no se escandalizó) y de algunos cientos de millones de televidentes que probablemente se preguntaron quién era el energúmeno. Nosotros le conocemos bien. Verbo fácil y homilías para todos los públicos en la victoria y mal perder en la derrota.
Mis diez mandamientos del kit del oficialista en julio de 2025 son los siguientes:
Los jugadores, los entrenadores, los ejecutivos van y vienen. Todos pasarán. El club continúa. Evoluciona, crece, se adapta a los tiempos, pero es mucho más grande que nosotros. Trasciende. Es un pedazo de historia, son las leyendas, es Juanito, es Di Stéfano, Puskas, Gento... son las memorias de emociones vividas que pasan de padres a hijos, de abuelos a nietos. Aún recuerdo el primer día de mi hijo mayor en el estadio. Sus ojos. Lo fuerte que me agarraba la mano mientras subíamos las escaleras. La emoción de oír el rugido de la grada. Ver a los once de blanco inmaculado dibujar otra victoria sobre el verde.
Se puede criticar al entrenador, el patrón de juego, la disposición de los jugadores, los cambios… pero rescatando algunas sesudas críticas de tuiter Real Madrid encuentro calificativos como: anticuado, trasnochado, sinvergüenza, inepto. Se señala a los oficialistas como mamadores por no estar en esa trinchera. Insultar a un profesional de la talla de Ancelotti, poner su nombre en la miniatura de un vídeo genera tráfico. Eso es todo. Sin cobrar directamente del club, hay comunicadores que cobran por denigrar al club.
Se puede criticar a los ejecutivos del club, claro, pero son los que han juntado en el vestuario la suma de talento que tenemos hoy en la plantilla por una fracción de lo que se ha gastado el Chelsea en los últimos tres años, flamante campeón del Mundial de Clubes. No me sale una crítica agria para los profesionales que nos han traído a Camavinga, Vinícius, Valverde, Rodrygo, Endrick, Mastantuono, Huijsen, apostando por ellos en la mayoría de los casos cuando eran todavía menores de edad, qué quieren que les diga. También son los que desarrollan modelos de negocio que permiten a la entidad seguir haciendo dinero y crecer para competir con los clubes estado.
No se puede ganar siempre, pero sí se puede tener nobleza siempre: "enemigo en la contienda, cuando pierde da la mano". Este principio es obligatorio en cualquier país en que el equipo compita salvo en España, donde ha quedado suspendido cautelarmente desde febrero de 2023, hasta que el club cliente de Negreira reciba su justo castigo por corromper la competición y todos sus beneficiarios sean erradicados del fútbol español. Cuando éramos ingenuos y creíamos en la limpieza del deporte dimos muchas veces la mano a corruptos. Aún lo seguimos haciendo, sabiendo que lo son. No podemos evitarlo. La grandeza no se elige, ni se compra con 8,4 millones de euros. La grandeza, como el bien y como el mal, simplemente existe.
El luto es pasajero; la ilusión, permanente. Seguir a un club pertenece al universo de las emociones. Hay tantas formas de sufrir la derrota y de disfrutar la victoria como personas. Ganar es muy difícil. Todos los rivales quieren ganar. Pero la victoria es esquiva (de hecho, la de Samotracia tiene alas) y monógama. La pueden cortejar todos, pero sólo saldrá del estadio con uno. No es posible ganar siempre, pero lo hacemos más que los demás. ¿Por qué deberíamos estar tan abatidos por las derrotas? Nos duele la derrota, pero tratamos de explicarla sin dramas apocalípticos y confiamos en regresar a la victoria, porque siempre sucede, porque siempre ha sucedido. La derrota es lo que nos hace disfrutar tanto, tantísimo, cuando ganamos.
Si en algún momento del futuro el club cayera en manos de un Laporta de la vida, el oficialismo obviamente desaparecería por completo. Quienes lo gobiernan ven lo que vemos nosotros y estamos seguros de que ven, además, muchas cosas que no vemos, con las que tienen que lidiar cada día. El infiel no es totalmente consciente de la dimensión empresarial del Real Madrid. Ignora la dificultad de mezclar negocio y sentimiento, matemáticas y lágrimas, frialdad y emoción, visión y pasión, dinero y goles.
Honestamente, no entiendo la urgencia y la desesperación que lleva a cientos de miles de followers al pesimismo, la tortura, el autocastigo cuando no se gana. A sus líderes les entiendo perfectamente. El conflicto, el insulto, el desprecio, la soberbia son potentes motores de monetización en el periodismo de las redes sociales. Venden. Por eso merecen mayor respeto profesional influencers y líderes de opinión que no llevan esas herramientas en su maletín. Que un clip se grabe en directo del tirón no implica que sea espontáneo. Todos analizan las estadísticas de sus canales y saben qué hacer cuando necesitan hacer caja para irse de vacaciones.
Las expresiones acusatorias entre madridistas como mamadores, lameculos y peores son muy frecuentes en el madridismo, que, precisamente por ser universal, alberga en su interior su cuota de antimadridistas, de peluqueros, de católicos o de “chicas de imagen” que decoran las fiestas de futbolistas para poder pagar el alquiler.
En este medio se ha criticado a jugadores, al entrenador, al presidente. Generalmente con ironía, con tristeza, con frustración. A veces con dolor (las palabras de Florentino en la asamblea del club nos produjeron desazón a muchos), pero siempre anteponiendo el primer mandamiento de este decálogo. La falta de oposición a la presidencia que se constata cada vez que se convocan elecciones contrasta con el castigo diario al presidente y al club "por no fichar centrales" la pasada temporada o "por no sustituir a Kroos", atribuyendo a estos factores los malos resultados.
El problema de la falta de fútbol del equipo es debatible, pero no se soluciona presionando el botón de fichar. El equipo no ha competido en momentos clave y ha dado mala imagen en muchos partidos, aun sin errores graves de la defensa. Lo de sustituir a Kroos... en fin, díganme un par de futbolistas que le lleguen a la suela y que sean fichables.
Uno de los temas más debatidos últimamente en redes sociales es si este par de tremendos futbolistas pueden complementarse sobre el césped. El debate ha llegado incluso a la prensa "seria" en forma de análisis con una conclusión final definitiva: "se estorban". Yo, como oficialista, no lo veo tan claro. Muchos de los lectores habrán jugado más o menos seriamente al fútbol, alguno hasta habrá obtenido su título de entrenador quitándole horas al trabajo o a la familia. En el campo las cosas son muy sencillas: los buenos nunca se estorban. Se adaptan.
En este annus horribilis, Vini está atravesando (no creo que nadie lo dude) una crisis personal que arrastra desde el acoso que recibió en el primer tercio de la liga, pero muy especialmente a raíz de la vendetta contra Florentino que preparó la UEFA poniendo sus sucias manos sobre las votaciones del Balón de Oro. No ha sido el mismo desde entonces.
Mbappé es un futbolista descomunal. Probablemente el único goleador vivo que podrá acercarse remotamente a los registros de Cristiano. Que combinen o no, que puedan o no jugar juntos, discúlpenme, no es un debate serio. Tengo la certeza de que Xabi nos lo mostrará pronto. Afirmar que Mbappé es un problema es como decir que lo era Cristiano por su egoísmo frente a la portería rival. Además de meter 450 goles, Cristiano dio 95 asistencias en la Liga, por 104 de Figo y Alves, 99 de Benzema y Raúl o 98 de Xavi Hernández. ¡Sorpresa!
Supone un esfuerzo intelectual no menor estar todo el día defendiendo obviedades, pero la insistencia y tenacidad del antimadridismo militante, exógeno y endógeno, nos empuja a la labor cotidiana de sacarles de su contumacia en el error.
El presupuesto de ingresos del club no deja de crecer. En apenas dos años hemos pasado de los 831 millones de la temporada 2022/23 a una expectativa de 1300 millones de euros para la temporada 2025/26. Les remito a la imagen del añorado Miguel Gila en su descripción de las técnicas de investigación de su detective para encontrar al asesino que se dejó una colilla cerca del cadáver y a su sagaz y brillante conclusión: "aquí han fumao". ¿A qué creen que se puede deber ese aumento de los ingresos? Les doy una pista: sólo díganme qué activo ha puesto en valor el Real Madrid desde 2023.
Florentino no tiene enemigos sólo en el fútbol. Como Amancio Ortega o cualquier empresario de éxito semejante nacido en España, tiene que lidiar con la política y con los políticos. Ruido Bernabéu no es más, ni menos, que eso. Les propongo un juego: ¿cuántos de ustedes que viven en otras zonas de Madrid y que asisten cinco o seis veces al año al estadio cambiarían su vivienda (no hablamos de precio) por una equivalente a dos manzanas del Bernabéu?¿Podrían soportar durante los meses de verano el ruido de media docena de conciertos entre nueve y doce de la noche? Yo sí.
El único club sobre el que hay consenso en el antimadridismo de ser favorecido por los arbitrajes es el único que quiere cambiar el sistema y que lo pide oficialmente a las instituciones. El CTA se ha revelado como un órgano esencialmente prevaricador, la palanca que decide el campeón, quién va a Europa y quién no, como se viene constatando durante años, con VAR y sin VAR. La tecnología del VAR se utiliza como coartada, con valor de neutralidad irrefutable, para justificar una decisión y su contraria ante un mismo hecho. Las evidencias se van amontonando a lo largo de los años.
Hasta el árbitro iraní que ha pitado la final del Mundial de Clubes ha mostrado un tímido sesgo para tratar de animar una segunda parte deslucida por el resultado. El hombre trataba de recuperar la final discretamente, resucitando a un PSG muerto en el campo y muerto en el banquillo, sin mala fe. Si no eres del Chelsea, hasta lo puedes llegar a entender. Business.
Lo de España ha sido bochornoso durante décadas. Pero es que después de explotar el caso Negreira ha ido a peor. Sabiéndose observados, no han tenido escrúpulos para despachar la liga 2025 en tres infaustas jornadas con decisiones delirantes. Dicho esto, nuestro equipo no ha merecido ganarla, pero habría podido hacerlo con decisiones ecuánimes en los dos escenarios clave de cada domingo, donde invariablemente se han sucedido espectáculos arbitrales incalificables.
Real Madrid TV hace lo que no hacen los medios que deberían preocuparse por el producto del que viven, que es mostrar la realidad; pero claro, el producto del que viven no es la información sino el ecosistema de subsidios de Tebas sin el cual bastantes tendrían problemas para sobrevivir.
Que no se confunda el lector: el término "oficialista" se refiere principalmente a los seguidores de Florentino Pérez, su obra y a los herederos y sucesores que él designe en el futuro. Es el líder que ha llevado el club a la excelencia empresarial y deportiva. Admirado por todos los clubes del planeta, ha creado modelos de negocio que se estudian en universidades de todo el mundo y es temido por los ejecutivos que parasitan las instituciones del fútbol en beneficio propio, tanto en España como en Europa. Una persona que ha continuado, actualizado y agigantado la visión de Santiago Bernabéu, a quien le debemos el regalo de formar parte de la institución deportiva más exitosa de la historia. Del resto de mis colegas de La Galerna no puedo hablar, pero en mi propio nombre puedo decir, una vez más, que Florentino es el hombre vivo al que más quiero, después de mis hijos.
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Álvaro Carreras vuelve al Real Madrid. El gallego conoce ‘La Fábrica’, ya que militó en categoría cadete y juvenil. Un fichaje que se ha cocinado a fuego muy lento. Finalmente, la entidad madridista cerró un trato con el Benfica por 50 millones de euros.
Carreras nació en Ferrol el 23 de marzo de 2003. Por tanto, será el primer jugador de la historia del club blanco natural de dicha población gallega. Sus primeros pasos se produjeron en el Galicia de Caranza y el Racing de Ferrol, hasta que el Deportivo de la Coruña lo pescó para su equipo benjamín. Tras cinco campañas, dio el gran salto a la capital para formar parte de la cantera madridista. Cuando se encontraba en el juvenil C, el lateral gallego empezó a contar con menos minutos y no logró arrebatar el puesto en la banda a De la Víbora, que era la primera opción. También por delante en la cantera para el club se encontraban entonces Fran García y Miguel Gutiérrez. Carreras tenía claro que a esa edad necesitaba jugar y tomó la decisión de marcharse del Real Madrid, que le ofrecía renovar, y fichar por el Manchester United por cuatro temporadas.
Con los red devils tuvo una gran etapa afianzándose en el Manchester United de categoría sub23. Fue su mejor momento en etapa formativa, tuvo un crecimiento extraordinario, y como muestra sirva que fue elegido mejor sub-23 del club mancuniano. En 2022, una cesión al Preston North End le ayudó a coger la primera experiencia en la élite. No llegó a debutar con el Manchester United, aunque estuvo cerca de hacerlo en alguna ocasión. De cara al curso 2023-24 fue el Granada el que pidió su cesión. En la ciudad andaluza se esperaba mucho de su rendimiento, pero lo cierto es nunca llegó a consolidarse por delante de Carlos Neva en el lateral, tanto para Paco López como para ‘Cacique’ Medina.
En enero de 2024, otra cesión, al Benfica, donde esta vez sí tuvo éxito. Santi Denia también lo apuntó en rojo en su lista para los Juegos Olímpicos de París por sus grandes prestaciones en los últimos meses de curso, pero el Benfica no concedió permiso al gallego para acudir. Los lisboetas, que quedaron encantados con su paso, acabaron tomando la determinación de comprar sus derechos el pasado verano. El Manchester United accedió, y por unos 6 millones de euros, más un porcentaje de una futura venta, se convirtió en jugador benfiquista a todos los efectos. El Real Madrid, por los derechos formativos, terminó ingresando unos 75.000€. En la última campaña ha sido vital en los planes de Bruno Lage, que llegó al equipo tras la destitución del alemán Roger Schmidt. Carreras ha sumado más de 4300 minutos en 50 partidos, con un bagaje individual de cuatro goles y cinco asistencias.
Tras no cuajar la operación Alphonso Davies, en la que el Madrid trabajó más de un año, y otros objetivos que quedaron en el camino, como Grimaldo y el húngaro Kerkez, el Real Madrid ha decidido pagar 50 millones por el gallego, un coste que, tal vez, pueda resultar algo elevado, pero que lo realiza porque es un lateral de enorme futuro y que ya tiene experiencia europea. El Real Madrid necesitaba un jugador con vitola de titular por la banda izquierda, y Carreras tiene muchas características para triunfar en el Bernabéu. Ahora solo le faltara demostrar que no le pesa la camiseta del conjunto blanco. Es una elección del gusto de Xabi Alonso, que seguro que exprime todas sus cualidades.
El lateral ferrolano ha tenido una progresión impactante en la temporada recién finalizada de 2024-25. Pocos podían predecir un futuro como este hace apenas año y medio, cuando estuvo en el Granada. En el Benfica ha demostrado ser un lateral sólido, fuerte atrás, mejorando en este aspecto, sin perder un ápice de proyección ofensiva en sus subidas al ataque. Sobresale también por su conocimiento del juego y sentido táctico al interpretar lo que debe hacer en cada momento por su carril. Fuerte en los duelos, saltó a la palestra en los medios por un buen marcaje a Lamine Yamal en la Champions League. Tiene un buen manejo y contacto de balón con la pierna izquierda, zancada en carrera y es sutil para poner centros y asistencias. También su altura de 1,86 es un plus para las jugadas aéreas. Además, su versatilidad le permite jugar como carrilero o incluso de central en una línea de 5, como se ha podido ver en varios encuentros con el Benfica, entre ellos la final de la Taça de Portugal ante el Sporting.
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Vinícius es uno de esos personajes que no admiten medias tintas. Lo amas o te enerva. No hay término medio. Su historia parece escrita por un guionista con trastorno bipolar: un relato que empieza como el clásico del patito feo —ridiculizado, impreciso, objeto de memes y de condescendencia— para transformarse, súbitamente, en un cisne blanco deslumbrante. Un cisne brasileño, eléctrico y desafiante. Pero también, con el tiempo, en un personaje devorado por sí mismo. Un jugador que, de tanto luchar contra las injusticias, las propias y las ajenas, acabó creyéndose lo que no era.
El caso Vinícius no puede entenderse sin el contexto emocional e institucional del Real Madrid. Como si su evolución fuese la parábola perfecta del club en estos años. Si hubiese vestido de azulgrana, Vinícius ya sería Balón de Oro, leyenda continental, portada de cada videojuego y sujeto de documentales lacrimógenos. Pero es jugador del Madrid, y eso, en los tiempos que corren, implica partir con desventaja en casi todos los terrenos que no sean el del césped (y aquí también). El mismo trato que sufrió Cristiano Ronaldo, otro al que si lo hubiesen parido en La Masía sería considerado el jugador total de la historia. Vinícius ha heredado ese peso. El de jugar en un club que no permite ídolos indiscutidos ni siquiera entre los suyos.
Y, sin embargo, ahí sigue. O estaba. Porque ya no sabemos qué Vinícius tenemos delante. Quizá el verdadero, quizá una sombra de sí mismo. Quizá el protagonista de un viaje del héroe en versión brasileña, con caída, ascenso, caída otra vez y redención en construcción. Para saberlo, hay que rebobinar hasta su aterrizaje.
Ya no sabemos qué Vinícius tenemos delante. Quizá el verdadero, quizá una sombra de sí mismo. Quizá el protagonista de un viaje del héroe en versión brasileña, con caída, ascenso, caída otra vez y redención en construcción
Todo empezó con esos 45 millones que el Madrid pagó al Flamengo. Un escándalo para un adolescente que ni siquiera había cumplido los 18. Hoy, por cierto, hay quien tasa a Lamine Yamal en 200 millones sin pestañear. Pero entonces, el precio convirtió a Vinícius en diana desde el primer día. Para colmo, el contexto era cruel: llegaba como supuesto relevo de Cristiano Ronaldo. Un chico de barrio en sandalias al que le pedían llenar las botas del mayor goleador de todos los tiempos. Eso no es presión, es casi crueldad institucional.
Pero antes, mucho antes de brillar, le relegaron al Castilla. Demasiado joven e inexperto para primera, decían. Y, sin embargo, en segunda B los rivales le recibieron como lo contrario, como una estrella. Se había pagado demasiado por él como para pasar desapercibido en una categoría humilde. El resultado fue presión en cada campo, entradas duras, miradas desafiantes. Incluso algún rival del eterno rival llegó a morderle la cabeza. Literalmente. Fue una travesía infernal.
Su primer tramo en el primer equipo, tras constatarse que el filial le quedaba muy pequeño, fue una mezcla desconcertante de velocidad, vértigo y decisiones erróneas. Jugaba como si cada balón fuera su última oportunidad. Proyectaba desborde, potencia y energía, pero también descontrol, ansiedad y cero gol. La prensa lo bautizó rápidamente como un jugador sin gol. El gol no se aprende, decían. Vinícius nunca marcará goles. Daba igual que tuviese 19 años y mostrase muchas de las virtudes de los grandes jugadores. No tenía gol y jamás sería una estrella. Se dijo tanto que hasta lo compraron los propios madridistas, muchos de los cuáles incluían en sus mofas nombres descalificativos como “ficticius”, “malicius”…
Y justo cuando empezaba a asomar como un jugador con desborde y peligroso, imprescindible para el equipo, llegó su lesión. Y vuelta a empezar. Pero Vinícius no se rompió. Volvió con más fuerza. Primero como actor secundario en la última etapa de Zidane. Luego como titular con Ancelotti. Y finalmente, como jugador franquicia de un equipo que lo necesitaba tanto como él necesitaba al equipo.
La consagración no llegó de golpe, sino como la niebla, poco a poco, partido a partido. Cada noche, cada estadio, cada rival sufría un regate que llevaba su firma. El fútbol europeo empezó a temblar. Vinícius era, al fin, lo que siempre prometió ser. Un atacante total, con un techo altísimo, con esa mezcla de alegría y veneno que solo tienen los brasileños tocados por la magia. El heredero legítimo. De Cristiano, de Pelé, de la samba y de la furia. Todo a la vez.
La consagración no llegó de golpe, sino como la niebla, poco a poco, partido a partido. Vinícius era, al fin, lo que siempre prometió ser. Un atacante total, con un techo altísimo, con esa mezcla de alegría y veneno que solo tienen los brasileños tocados por la magia
Y entonces ocurrió lo inevitable: los rivales comenzaron a temerle. Y sus críticos, que ya no podían cuestionar su fútbol ni su impacto, empezaron a atacar sus gestos. Cuando por fin debíamos disfrutar del mejor Vinícius, del jugador maduro y deslumbrante que había emergido de las cenizas, estalló la tormenta.
Su lucha contra el racismo, absolutamente justa y necesaria, se convirtió en arma arrojadiza. Su figura dejó de ser solo la de un futbolista para convertirse en símbolo. Y como todo símbolo, fue manipulado. Exagerado, instrumentalizado, triturado por el engranaje mediático. Vinícius pasó de jugador excepcional a sujeto político. Y ahí empezó otra historia.
Cada gesto suyo se convertía en una declaración. Cada partido, en un juicio. Cada provocación, en un editorial. De pronto, ya no era solo un extremo que desbordaba. Era una batalla cultural con espinilleras. Una guerra donde el balón era apenas una excusa.
En medio de todo aquel ruido —la consagración, el racismo, las portadas, las guerras culturales— llegó el momento clave. Su momento. La temporada que lo cambió todo. Vinícius fue el líder indiscutible del mejor equipo de Europa, ese que no solo gana, sino que impone su ley. Goleador, asistente, amenaza constante. Un doblete impecable con el Real Madrid, gol en final europea incluida, donde fue decisivo. Ya no era una promesa, ni siquiera una estrella: era una supernova. Había llegado a la cima. Y en teoría, ahora solo tocaba sentarse y contemplar el espectáculo.
Por el camino, el Balón de Oro parecía un trámite administrativo. Una formalidad para ratificar lo que ya sabíamos todos: que no había nadie mejor. Pero el trofeo fue a parar a otro. A un centrocampista sin épica ni magnetismo, un peón del consenso, elegido no por su fútbol, sino por su conveniencia contra el Real Madrid. Un galardón entregado con guantes de látex que en teoría no le parecía mal a casi nadie, pero que en el fondo hirió a todos. Y especialmente a él. Fueron decenas de puñaladas, como a Julio Cesar. No hubo un Brutus pero sí la traición del fútbol.
Ese golpe, quizás más que cualquier lesión muscular o desgarro físico, le dolió en lo invisible: en el alma del competidor. ¿Para qué competir si no podías ser oficialmente el mejor? Si no te dejaban. Desde entonces, Vinícius ha jugado como si faltara algo. Ni es el de antes, ni es otro. Corre, juega, aparece. O no… Pero ya no muerde. Ya no quema. Ha tenido algún buen partido e incluso si miras las estadísticas, destacan. Pero han sido partidos sin aura. Ha perdido esa energía que tenía, esa hambre por ser el mejor, esa capacidad para percutir una y otra vez al lateral, incansable. Ha perdido, en definitiva, esa mirada de asesino que tenía cuando quería comerse el mundo. Ahora parece solo un buen jugador. Y por momentos, ni eso. Y para quien rozó la divinidad, para quien fue el mejor de todos, es una caída a los infiernos.
el Balón de Oro parecía un trámite administrativo. Pero el trofeo fue a parar a otro. Fueron decenas de puñaladas, como a Julio Cesar. No hubo un Brutus pero sí la traición del fútbol
Y en esta niebla emocional apareció Mbappé. Llegó entre dudas, pero mientras Vinícius empezaba a desvanecerse, él comenzaba a emerger. Y con su ascenso, surgió una competencia sorda, quizás más proyectada por los focos y los titulares que por el propio vestuario. ¿Un nuevo rey? ¿El alfa definitivo? Sea como fuere, Vinícius empezó a parecer lo que nunca fue pero dijeron que era: un jugador descentrado, desorientado, fuera de foco.
Y como si, de pronto, el club ya hubiese elegido a su faro, él dejó de serlo. Dejó de pedir el balón, de hacer aspavientos para que le dieron a él la pelota. Dejó incluso de reír cuando lo intentaba y fallaba. Y dejó de ser ese Vinícius que ascendió de los infiernos al cielo.
Luego llegó el invierno deportivo. Una temporada turbia, con un equipo confundido y jugadores apagados. Una de esas campañas en las que la derrota se contagia y el desánimo se institucionaliza. Y cuando las cosas van mal, los que se llevan los aplausos también se llevan los palos. Vinícius no fue la excepción. Fue la diana perfecta.
Y después vino el Mundial de Clubes. Un escenario en teoría menor, pero cuando juegas en el Real Madrid no hay partido pequeño. Porque allí, donde debía brillar, se apagó. Su rendimiento fue plano, intrascendente, casi ausente. Lo mismo le ocurrió a Mbappé. Ambos jugaban como reyes sin reino, como figuras atrapadas en una obra sin guion. Lo que debía ser el regreso al trono de uno de los dos se convirtió en una sala de espejos. Y en uno de esos reflejos, Vinícius ya no era aquel chico que estaba a punto de reinar el fútbol. Era un jugador de 25 años que se acercaba peligrosamente a su peor versión. Incluye, más grave, a la versión que siempre dieron de él sus enemigos: un futbolista menor.
Pero todavía hay tiempo. La historia no ha terminado. Hay jugadores que a los 25 años apenas estaban tocando la puerta de su plenitud. Cristiano Ronaldo, sin ir más lejos, escribió muchos de sus capítulos más brillantes después de esa edad: sus mejores partidos, sus Balones de Oro, sus Champions, su leyenda. La edad que ahora cumple Vinícius no es el final, ni siquiera el clímax, sino —según dicen los manuales no escritos del fútbol— la antesala del prime, ese momento en que juventud y madurez se abrazan para formar a los elegidos.
¿Dónde quedó aquel Vinícius eléctrico, salvaje, que luchaba contra todos, incluso contra los suyos? ¿Dónde está ese jugador que pasó de ser un meme con botas a marcar goles dignos de leyenda, a comerse al City, al Liverpool, al mundo?
El Madrid ha fichado jugadores con esa edad como proyectos de futuro. Ha pagado fortunas por promesas con menos recorrido, menos goles, menos finales. Y, sin embargo, cuando se habla de este Vinícius, la pregunta no es qué será, sino si volverá a ser. Si está amortizado. Si fue realmente tan bueno como creímos o si todo fue una ilusión colectiva, una narración hinchada por la épica de una temporada perfecta. Incluso se desliza, sin rubor, la posibilidad de que su futuro pase por Arabia, como si se tratase de un treintañero acabado, cansado de correr y de competir, de vuelta de todo.
¿Dónde quedó aquel Vinícius eléctrico, salvaje, que luchaba contra todos, incluso contra los suyos? ¿Dónde está ese jugador que pasó de ser un meme con botas a marcar goles dignos de leyenda, a comerse al City, al Liverpool, al mundo?
¿Dónde estás Vinícius José Paixão de Oliveira Júnior?
El héroe caído puede levantarse. Por tercera vez. Porque ya cayó en sus inicios. Porque cayó tras las injustas críticas. Y volvió. Siempre volvió. Pero esta vez no bastará con un gol bonito ni con un highlight viral. Esta vez tendrá que rascar el alma, volver a prender el fuego, recuperar el hambre. Tendrá que mirar dentro y recordar no al jugador que fue, sino al que quiso ser. Y superarlo.
Esta vez tiene que levantarse contra sí mismo. Porque si no lo hace él, lo hará otro. Porque el Real Madrid no perdona. No espera. No se detiene. Y porque, en el fondo, la pregunta ya no es si Vinícius es bueno, ni siquiera si es el mejor.
La pregunta, cruda y definitiva, es otra: ¿aún queda algo del Vinícius que fue héroe?
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