Si esto es el Madrid, un reflejo de su supuesta estrella, Kilian Mbappé, entonces el amor de mi infancia ya no existe. El Madrid de Mourinho y Mbappé, el Madrid de las tres mellizas y el doble pivote de troncos, además de ser un artefacto futbolístico obsoleto y un mecano cuya inoperancia ha sido empíricamente probada a lo largo de dos aciagos años, tiene la medida exacta de la grandeza de su dorsal número 10: ninguna.
Si esto es el Madrid, yo prefiero bajarme. Un club que es el espejo de un equipo tercermundizado por su supuesto fichaje histórico: Mbappé ha hecho peor a todos y cada uno de sus compañeros, empezando por Vinicius, que es una caricatura ridícula del portento futbolístico que era hace dos años. El 10 que fue de Modric es ahora un dorsal funesto portado por un jugador irrelevante que sólo parece preocupado por ganar un balón de oro que no le importa a nadie, mientras el equipo al que llegó para coronarlo adquiere unas dimensiones anticompetitivas, diminutas, lamentables.
Si esto es el Madrid, cordero sacrificial, rehén y víctima sumisa de un sistema corrupto hasta la médula y en todos sus estamentos y órdenes, cuya arquitectura de la podredumbre descansa precisamente sobre la clave filosófica de degradar al Madrid a toda costa, de empequeñecerlo, ridiculizarlo, someterlo a vejaciones sin fin, entonces yo no soy del Madrid porque me enseñaron que ser madridista es crecerse en el castigo, no aceptarlo con mansedumbre.
Si esto es el Madrid…una dirección deportiva que redobla una apuesta manifiestamente fallida y una institución que pone la otra mejilla setenta veces siete; un club que exige a sus aficionados la paciencia del santo Job y la cualidad sadomasoquista de los mártires, entonces el Madrid que yo conocí ya no existe, no puede existir.
Un club que acepta con síndrome de Estocolmo ser chuleado cada semana por una federación innoble, una liga mafiosa y unos medios de comunicación comprados, propagandistas mefistofélicos de la trampa. Un club que se contenta con mandar un dossier sobre Negreira por burofax a la misma UEFA que premia al Barcelona con la final de la Champions League del año 2029, mientras el tiempo pasa, las fuerzas menguan, las humillaciones se suceden, todo se contamina, se afea y se marchita.
Se marchita la virilidad que creíamos innegociable de un Real Madrid que fue escuela de hidalgos, ahora convertido en patio de Monipodio de unos futbolistas menores, que se creen dioses y que no llegan ni a microbios. Con una inteligencia competitiva negativa, incluso los que empezaron mejor como Huijsen, Güler o Cucurella acaban degenerando, contaminados por un ambiente tóxico, el creado por las divas de un ataque ineficaz, ineficiente y sin embargo, vanidoso a reventar, engreído como si vinieran de encadenar dos tripletes seguidos.
Si esto es el Madrid y de las derrotas la culpa sólo la tiene el entrenador, mientras que quienes deciden que avanti con la guaracha año tras año permanecen impasible el ademán en sus despachos, y los títulos vuelan, y los contratos se blindan, ¿qué espera entonces el Madrid de quienes lo aman desinteresadamente? ¿Una adhesión famélica y cipaya como la del votante socialista?
Un equipo que es en el campo el reflejo del carácter cínico, arrogante y pretencioso de su estrella. Que no contento con faltarle el respeto a los naturales de la ciudad en la que nació el presidente de honor del Real Madrid nos deleita, después, con unas explicaciones que ofenden la inteligencia y además, personalmente, a millones de madridistas y sí, españoles. También españoles, españoles como los emigrantes y exiliados que desde Alemania, Francia y la misma Suiza llenaron las gradas del estadio del Servette, en Ginebra, en el primer partido del Madrid en la Copa de Europa: aquellos españoles para los que Bernabéu pidió a sus jugadores ganar, ganar por ellos, porque el Madrid era la España a la que habían tenido que renunciar.
Si a Mbappé España le da lo mismo, en su derecho está. Pero cobra como si fuese un híbrido de Michael Jordan y de Zinedine Zidane, y hasta ahora su desempeño no puede ser más mezquino ni más burdo. Pero ni el problema es Mbappé ni tampoco Mourinho, puesto que el Madrid, desde hace ya tres años, acepta competir con naturalidad en una liga a todas luces fraudulenta, como si cosas como la patada del ninja coreano del Atlético a Valverde fueran anécdotas y no la realidad estructural.
Si esto es el Madrid, obligarnos a los hinchas a una queja estéril, inane y redundante; a comportarnos cada fin de semana como aficionados de equipos de segunda, plañideras eternas ante lo que no parece importar a quienes dirigen la nave, me van a permitir que no participe de este circo. ¿Qué hace el Madrid para forzar un cambio? ¿Pone el Madrid todo su peso simbólico y su capacidad única en el mundo para influir en la conversación pública, en el camino de forzar un cambio? Si el Madrid un día se niega a jugar un partido que arbitrara el ciclado del bigote que perpetró el atraco en el Metropolitano, ¿qué sería lo peor que podría pasar?
Ni Villar ni Negreira están ya pero salta a la vista que las estructuras de poder del fútbol español son las mismas y están en lo mismo: un estado de chabacana vendetta permanente contra el Madrid y lo que el Madrid representa, una situación ante la que el Madrid se limita a ofrecer desnuda la espalda al látigo.
Un equipo que parece en paz con la derrota no puede ser el Madrid o al menos, no el Madrid del que nos enamoramos cuando todavía no entendíamos en qué consistía el mundo. En el Madrid la derrota jamás puede degenerar en hábito ni la excusa del atraco en pretexto para la indiferencia. Y si ese es el consenso al que se ha llegado en la cumbre de la directiva, que nos lo digan. Si este equipo indolente, sin sangre, abúlico, manso como un toro afeitado en una plaza de tercera, es el Madrid: ¡cómo va a ser esto el Madrid, ni aunque le arbitrase el mismísimo Gaspart!
Si esto es el Madrid y de nuevo Mourinho, dieciséis años después, tiene que salir en las ruedas de prensa a clamar en el desierto y a empitonar gigantes como molinos de viento, entonces el Madrid no ha aprendido nada y en ese caso no puede ser el Madrid.
Si esto es el Madrid, no me lo parece y no es lo que me enseñaron. Si el fútbol español, como industria y negocio, está muerto desde mucho antes del COVID y por lo tanto, ni aun queriendo, es viable hacer justicia con el Barcelona, que alguien nos lo diga. Pero que nos lo diga claramente pues aquí todos somos ya muy mayores para que nos tomen por tontos con tanta alegría.
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