Las mejores firmas madridistas del planeta

Pro Carlo

Escrito por: Antonio Valderrama21 mayo, 2015
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Anda agitada la colmena. Quieren echar a Ancelotti. Lo mejor que le puede pasar a la constelación sucia de intereses empresariales, egos mediáticos, cabeceras, periodistas sátrapas y agentes oportunistas que conforman el tejido adiposo parásito de los clubes grandes -que en Barcelona llaman L´Entorn y aquí jamás ha tenido un nombre que los aglutine, (¡es una enorme favela donde viven diecisiete millones de huéspedes unicelulares y todos ellos virales!)- es que pierda el Madrid. Que caiga estrepitosamente. Que no gane títulos. Es entonces cuando este gran suburbio, Txistu Distrito Federal, balancea sus tentáculos sobre el Trono de Hierro de Florentino Pérez y le exige cambios. Las algaradas en el Real son buenas para el negocio. ¡Más madera! balbucea, perdiendo la pátina virginal de intelectual inocente con que siempre se presenta en público, ladino, Alfredo Relaño. Casi siempre el clamor suele rugir en torno a la oreja del presidente musitándole, viperino, que ejecute al entrenador; y casi siempre quien más palos le da al avispero es PRISA, el grupo que casi lo tuvo todo en España, un día, salvo el Madrid, la aldea gala que hace rechinar los dientes al emperador en Gran Vía 32. El banquillo del Real Madrid del siglo XXI es el puesto de trabajo más peligroso del mundo, tras el de ministro norcoreano, y hay quienes aún no han relacionado esta inestabilidad venenosa con el hecho de ir por detrás en cuanto a palmarés coetáneo del Fútbol Club Barcelona.

La concatenación de entrenadores, proyectos y futbolistas diversos, todos ellos unidos en su precariedad temporal, que han pasado por el club desde el año 2000 da para escribir el guión de un Concha Espina Mad Men. Ahora caigo en que lo que debía susurrarles Alfredo Di Stéfano a cada uno de ellos, tras entregarles la camiseta durante su presentación en el palco de honor del Bernabéu, era un recuerda que eres mortal en argot rioplatense. Desde que recuerdo, he visto a Guus Hiddink, John Benjamin Toshack y a Vicente del Bosque; a Carlos Queiroz, a José Antonio Camacho, a García Remón y a Vanderlei Luxemburgo. López Caro, Capello, Schuster, Juande Ramos, Pellegrini, Mourinho y Ancelotti. Catorce entrenadores en quince temporadas, si ajustan la cuenta: y eso que he puesto el listón sólo en los últimos quince años. Deshonraría la verdad si no mentase al presidentes que, en el interludio dramático de orfandad florentinista, contribuyó a esta danza de la muerte: con Calderón, desfilaron tres. La herencia negra como la pena del alma que Ramón Calderón legó a la institución, no obstante, no se ciñó en exclusiva al apartado técnico. Sin embargo, yo aquí he venido a hablarles de Ancelotti.

ancelotti

Carlo Ancelotti es el decimoquinto y, de momento, último de esta lista de inquilinos que les mencionaba. Que el Madrid sobreviviera hasta 2010 a la catarsis cíclica de cada año ha de deberse, sin duda, a la inercia histórica. Las Copas de Europa del 98 y del 2000 se ganaron, en este contexto, por el influjo de un grupo de futbolistas excepcionales cuyo núcleo de pretorianos eran unos tipos que ansiaban la Historia, que tenían sed de ella. El segundo advenimiento de Florentino Pérez en 2009, tras el prólogo insulso de Pellegrini, trajo consigo a José Mourinho: con él, en apariencia, un nuevo ordenamiento jurídico, otras políticas-marco que dicen los gurús ahora. La actualización del software, tan necesaria, a un club anclado en las dinámicas operativas de los años 80, del mendocismo, del esta máquina de billetes va sola, Pepe, que somos el Madrid. Se ganó cierto respeto a la figura del entrenador, al menos dentro de la entidad. Y pareció que, a pesar de que la Txistucracia empujó más fuerte que nunca, las cuestiones funcionales se decidían según una línea argumental clara enfocada a un futuro más o menos dibujado en el mapa: todo se hace a tres años vista, o eso quise creer.

Pero como el ejemplo del propio José Mourinho demostró, el Madrid parece condenado a arrastrar la gran pena de Tántalo, esa que le obliga a ascender por la ladera de una montaña sosteniendo a pulso una gran roca persiguiendo unas manzanas; al final, a punto de tocarlas, las manzanas se le caen y ha de volver a comenzar, sin conseguir nunca su objetivo. Las manzanas del Madrid son la europeidad y el cientifismo: lograr que el Club sea un todo engrasado, desde el más bajo al más alto estamento, enfocado en un objetivo concreto y trabajando por aprehenderlo por encima de todas las dificultades del mundo. Los hechos, expuestos sin hueso, descarnados, son los siguientes: en dos temporadas, Carlo Ancelotti ha ganado una Copa de Europa y una Copa del Rey, amén de un Mundial de Clubes y una Supercopa de Europa. No ha ganado dos Ligas que, vistas en perspectiva, pudo haber ganado; perdió una Copa del Rey por culpa de una eliminatoria quizá mal planteada, y otras semifinales de la Copa de Europa por la insoslayable circunstancia de que la Copa de Europa es la competición más imprevisible del imprevisibilísimo universo balompédico. Esta es la hoja de servicios, digamos, estratégica, del entrenador que aún tiene una temporada más de contrato con el Madrid.

En la táctica, se pueden decir más cosas. Sobre el papel, las dos plantillas que le ha tocado confeccionar rezumaron talento y adolecieron de un cierto idealismo que la realidad terminó evidenciando. Acondicionó a Di María, un futbolista que como extremo estaba amortizado, en el interior izquierdo de un centro del campo multifuncional que acabó siendo determinante para ganar la Copa de Europa; reactivó tanto a Marcelo como a Benzema, dos funambulistas que son carne con sentimientos que rebosan talento en cuerpos torturados por la insensatez que para los genios significa trabajar. Usó con acierto a Sergio Ramos en el interior derecho contra el Atlético en el momento crítico de la segunda temporada, y en general, ha exprimido a Pepe un año y medio de fútbol espléndido cuando parecía una fruta muerta. Por el contrario, si el primer año se limitó a aprovechar las cualidades naturales del grupo humano con el que competía, revistiéndolo de la gravedad mediterránea que tiene este hombre en tanto figura histórica del fútbol europeo desde los 80 hasta hoy, su empeño -lleno de grandeza- por construir un equipo legendario en el segundo año, terminó condenándolo. La insistencia en el modelo, con su inalterable caparazón de centrocampistas escalonados sobre la figura solar de Kroos, no resistió el embate desmesurado de unas bajas, las de James y Modric, que fueron olas gigantes que el barco de Ancelotti no pudo navegar.

Dentro de los logros menores, marginales ma non troppo, quedan los recuerdos que sólo los mitómanos y fetichistas como quien les escribe retendrá cuando de viejo esté meciéndome en el porche viendo el atardecer. El 0-4 de Munich, cumbre histórica, Top3 de partidos del Club de todos los tiempos; el 0-3 de Anfield, una afrenta salvada, los meses de septiembre, octubre, noviembre y diciembre de 2014, cuando vi un fútbol devastador cuyo fulgor -tan sólo un instante- pudieron ver desde Plutón. Carlo Ancelotti, cuya silueta es tan Soprano que asusta y sólo por ello, estoy seguro, impone, tiene la autoridad de un paterfamilias mediterráneo. Con él hallo seguridad; basta que arquee las cejas para que me encuentre cómodo, en medio de un océano de referencias que me son familiares. Ancelotti, hijo de campesinos, como yo, forma parte de mi estirpe, de esos hombres que aprendieron a calcular el porvenir de su prole así de nublado estuviera el cielo. El cinturón metropolitano que parasita el Madrid es como el cuchicheo del gineceo: Meadow Soprano que le dice a Carmela, como de pasada, que un tipo la está fastidiando, y Carmela que se lo suelta a Tony a la hora del almuerzo, mientras le pone los macarrones encima de la mesa (diciéndole, calmándolo falsamente, en ese retruécano emocional tan característico, pero si no hace falta, olvídalo); enervándolo hasta que Tony se levanta, tira los macarrones, coge el coche, busca al tipo y le aplasta la cabeza contra la acera. Florentino, que hace dos años dijo querer llevar al Madrid hacia lo digital, debiera leerme y renovar por dos años más a Ancelotti pues en el análisis global sus vicios no superan las virtudes, y hay un esquema de juego, un esprit de corps marcado, una forma de entender el fútbol haciendo girar el Universo en torno a los centrocampistas dúctiles, que Carletto ha implementado y no se puede quedar a medias. Si no tengo razón y al final todo es catástrofe, me ofrezco en sacrificio y dejo que me escarnie el Bernabéu durante una hora, como si fuese Vercingetórix entrando preso en Roma.