El parón de selecciones nos ha regalado casi tres benditas semanas sin la posibilidad de sufrir el mal rato en que han devenido de un tiempo a esta parte los partidos del Madrid. También algunas imágenes curiosas. Algunas son casi una prolepsis del fútbol que viene. Aunque eso de «que viene» sea ya una tontería y en realidad, haya que decir «del fútbol que ya está aquí». Por ejemplo, la dolce vita de Mbappé con la Expósito a lo largo y ancho de la farándula mundial mientras sus compañeros lesionados o no convocados trabajan a diario en Valdebebas, o el asunto, a simple vista baladí, de los paseos en bicicleta.
Alguna vez he hablado aquí del zoólogo y divulgador inglés Desmond Morris. Sobre todo a cuenta de uno de sus libros, El deporte rey: ritual y fascinación del fútbol. En esta obra, Morris traza la genealogía tribal del fútbol. En la introducción, el autor escribe que «pronto me pareció evidente que cada centro de actividad futbolística, cada club de fútbol, estaba organizado como una pequeña tribu». El origen de la tribu se sitúa en los tiempos más primitivos del pasado del hombre, en el período anterior a nuestra conversión en cazadores. Para lo cual fue justamente imprescindible no sólo mejorar las aptitudes físicas de cada individuo sino las mentales, un desarrollo cognitivo basado en la idea de cooperación colectiva y visión a largo plazo. No sólo estaba naciendo en ese preciso instante la Historia como tal sino también, en lo que aquí nos interesa, el fútbol, al menos su remotísima posibilidad futura, así como la posibilidad de tantas otras cosas que componen lo que hoy llamamos civilización.
La marca es él, no el Madrid. Y no es una marca estrictamente deportiva. Se intuye que el Mbappé retirado no será un entrenador o un comentarista televisivo sino otra cosa: un político, un presidenciable para la república francesa
Palabras clave: centro de actividad futbolística. El fútbol, tal y como lo conocíamos, se articulaba en torno a los clubes. Eso está cambiando. Precisamente Mbappé es un heraldo del no-tan-lejano-futuro. La marca es él, no el Madrid. Y no es una marca estrictamente deportiva. Kilian juega para el Mbappé FC, sociedad limitada unipersonal. Ni siquiera juega para Francia. Su selección es otra plataforma de lucimiento (y rendimiento económico) personal. Eso es evidente sobre todo cuando, como ahora, dice estar lesionado. Ya no hay, de facto, ninguna autoridad capaz de llamarlo al orden, de sujetarlo a una obediencia mínima. Ni presidentes, ni entrenadores. En cuanto se desvincula de la disciplina de sus equipos, Mbappé convierte el mundo en una pasarela. Es la primera gran superestrella globalista, que no global. Porque como nombre propio en el mundo de la impostura dominado por las redes sociales, Mbappé trasciende su condición de mero futbolista y se erige en militante. Es algo así como un Malcom X del fútbol. Es un jugador-abanderado: reclama su balón de oro para ofrendárselo a África, y eso que Weah lo ganó en 1995, y como una forma de reivindicar una Francia, la suya, que no se parece en nada a lo que desde 1789 entendemos por Francia. Pero, como todo en el siglo XXI, es una militancia exageradamente banal, pura imagen. Él se va de pingoneo por ahí mientras la Francia que él reivindica incendia colegios, institutos y ciudades. Se intuye que el Mbappé retirado no será un entrenador o un comentarista televisivo sino otra cosa: un político, un presidenciable para la república francesa.
Que la trascendencia de los clubes esté de capa caída tiene que ver con la decadencia misma del fútbol. A medida que la vieja guerra incruenta se reduce a un simple entretenimiento, pierde su condición sagrada, de liturgia y rito, y entra a competir en la liga de los espectáculos de ocio. Los códigos son otros, se han subvertido las reglas. En el fondo, el fútbol alcanza el grado final de mercantilización al que, no obstante, lo aboca la explotación económica que comenzó con la profesionalización, hace cien años. Y entonces, como un pasatiempo más, como otro hobbie cualquiera, el fútbol debe luchar contra la play, el terraceo, la NFL, Netflix y TikTok; debe imponerse, resultar llamativo, capturar la imaginación no de un hincha, sino de un espectador-cliente.
Si deja de tener sentido la adhesión sentimental a un escudo, a unos colores y a un pasado compartido, al fútbol, como negocio, sólo pueden moverlo las grandes estrellas. Todo pasa por el aro de la rentabilidad. Per se, los futbolistas son los dueños del cotarro. El Madrid puede no ganar un solo título importante, pero Mbappé, con sus ochenta goles al año, seguirá elevando ad infinitum su caché. Messi ha ganado cuatro o cinco balones de oro semi-retirado en Miami, y Cristiano Ronaldo se conduce como si la selección portuguesa fuera su gabinete presidencial.
Desmond Morris identificaba el culto al héroe como parte del viejo proceso tribal que concebía el fútbol como algo eminentemente comunitario: «el jugador idolatrado forma parte de un equipo que representa a un club. Sus méritos individuales pueden ser enormes y tal vez destaque entre sus compañeros de equipo como una gran estrella con un reparto secundario, pero mientras una famosa estrella cinematográfica prácticamente puede llevar el peso de una película desde el principio hasta el fin, ningún jugador puede llevar el peso de un partido completo. Su habilidad depende en mucho mayor grado de la de sus compañeros. Tal vez éstos carezcan de su encanto o de su carisma, pero sus talentos son tan fundamentales para el éxito de aquél que jamás podrá elevarse mucho por encima de ellos en la adoración de sus forofos».
La importancia histórica de un futbolista estaba vinculada a unos colores y delimitada por el tiempo: era breve, fugaz pero muy intensa. Su éxito lo determinaban los resultados, no los ingresos publicitarios. Sin embargo, el paradigma ha cambiado sin remedio, por lo que no sería extraño que en las próximas décadas viésemos a los clubes transformados en franquicias con capacidad para mudarse de territorio, como los equipos de la NBA, y en todo caso el juego, lo que sucede en el campo, siga por el camino de la videojueguización, la acumulación de estadísticas y la simplificación de las reglas.
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Los que vais a pasar a criticar a Mbappé recordad quién lo fichó pese a no ser un clamor ni mucho menos en la afición y recién ganada la decimoquinta después del plantón dos años antes, ahí debéis señalar en todo caso, a la luna, no al dedo.
Vastic, cualquiera habría fichado a Mbappe, el error ha sido no reforzar otras posiciones.