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Marcelo: Elogio de la locura

Marcelo: Elogio de la locura

Escrito por: Fer de la Cierva14 febrero, 2017
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“Dudo que la historia del Madrid deje a Marcelo en el lugar que merece, pero me da lo mismo: yo sé lo que he visto”.

Corrían los grises días del Madrid de Benítez cuando recibí este mensaje de mi hermano en el móvil. Fue durante un partido de Liga en el Bernabéu contra un rival que ya no recuerdo. El encuentro, como tantos otros, transcurría impregnado por la neblina pegajosa del aburrimiento, con el madridismo dividido entre una frustración airada y una resignación silente. De repente, en lo que dura un bostezo, un destello espantó a las oscuras golondrinas que sobrevolaban Chamartín. Un golpe de genialidad de Marcelo nos acababa de rescatar del empate y, aún más importante, del sopor.

Lamentablemente, olvidé aquella inolvidable jugada del lateral brasileño; no obstante, puedo rememorar sin esfuerzo la emoción incontenible que me produjo contemplarla –qué triste sería el fútbol sin estos placeres efímeros, si toda la alegría que es capaz de proporcionar estuviera supeditada a la consecución de títulos y grandes victorias– y el poco artístico salto que di desde el sofá y que casi me hace romper la lámpara del techo de un cabezazo. Un puñado de segundos después, estando de pie, embargado aún por una grata sensación de incredulidad, sonó el WhatsApp de mi teléfono; antes de mirar la pantalla ya sabía quién me había escrito. Nos separaban casi mil kilómetros, pero nos había unido el mismo asombro. Las palabras de mi hermano fueron la semilla que hizo germinar en mí una pregunta que llevo rumiando desde entonces:

¿Qué lugar merece Marcelo en la historia del Real Madrid?

Tuvo que dar sus primeros pasos en el mejor club del siglo XX bajo la opresiva sombra de un gigante de metro sesenta y pico. No siendo más que un adolescente se vio ante un reto imposible: reemplazar a un ídolo sin un ápice de barro, al Michael Jordan de los laterales izquierdos. Con apenas diecisiete años iba a tener que confrontarse con la memoria sentimental de todos los madridistas. Roberto Carlos es mucho más que el mejor futbolista de todos los tiempos en su puesto: es un símbolo; personifica (junto con Raúl) el Madrid que reconquistó Europa, el que ganó tres Champions en cinco años tras más de tres décadas vagando en el desierto del segundo plano continental. Con él regresaron los días de orejonas y rosas. Además, pertenece a esa distinguida élite de jugadores madridistas sobre los que no se ciernen debates y que concitan la admiración unánime de la afición y la prensa –me atrevería a afirmar que en la actualidad sólo Modric ostenta tal honor–. Marcelo nunca hizo olvidar a Roberto Carlos por la sencilla razón de que nunca quisimos olvidarlo. Si Di Stéfano es el cerebro del Madrid (en realidad, la Saeta es todo), Gento su ambición, Raúl su listeza, Zidane su elegancia, Ramos su corazón y Cristiano su carácter, Roberto siempre será su sonrisa.

Pese al fantasma de su antecesor, Marcelo hizo camino al gambetear. En un mundo consagrado a la táctica y la disciplina, consiguió escribir su maravillosa historia en renglones torcidos. Todo en él, empezando por su pelo, es anárquico y genial. Sólo un verdadero genio podría haber logrado ser uno de los mejores defensas de su generación (y de la historia) sin siquiera saber defender.

Pese al fantasma de su antecesor, Marcelo hizo camino al gambetear.

Si a un aficionado al fútbol que hubiera estado en coma los últimos quince años le pusieras un vídeo con las mejores jugadas de Cristiano, Messi y Marcelo y le preguntaras quién cree que es el mejor de los tres, probablemente te contestaría que el del pelo a lo afro. El catálogo de gestos y recursos técnicos que ha mostrado en esta década prodigiosa es inagotable, tiene difícil parangón. Nunca he tenido muy claro si se trata de un futbolista que hace malabares con el balón o un malabarista del balón que juega al fútbol. Es uno de los pocos jugadores de la historia del fútbol que ha tenido suma facilidad para el desborde sin que su velocidad haya sido un factor determinante para ello; alguien que en el césped es capaz de sortear murallas andando. Un artista del desequilibrio, un virtuoso de la pelota que, sin embargo, no subordina su talento a lo trivial; su juego no se limita a ser estético, sino también decisivo. Hasta sus más tenaces detractores (los devotos de la táctica) reconocen su importancia en el juego de ataque del Madrid. Su inspiración ha desatado innumerables tormentas perfectas, defensas numantinas han sido mantequilla ante el cuchillo de su destreza.

Asimismo, hay otro aspecto que no se suele destacar mucho y que para mí resulta fundamental: su contribución a la salida de balón. Cuando él no juega al equipo le resulta mucho más difícil conectar la defensa con el centro del campo, muchas veces tiene que recurrir al balón largo de los centrales. Su habilidad para superar la presión (en casi todas sus acepciones) facilita enormemente esta labor, confiere fluidez a las transiciones y ayuda a la construcción del juego. Y, por supuesto, no es un futbolista perfecto. La perfección es un concepto demasiado aburrido para un lateral que, a menudo, aparece corriendo por el centro del área rival como si fuera un avezado delantero. Como suele ser habitual en los genios, adolece de cierta inconstancia; sus aventuras ofensivas a veces han generado caos en el equipo y costado goles; nunca ha sido un maestro de la cobertura ni un dechado de aptitudes defensivas. No obstante, hay partidos suyos que me han hecho disfrutar más que carreras enteras de impecables, disciplinados y sobrios defensas. Pocas cosas han alumbrado mi amor al fútbol como sus chispazos de locura cuando le visitan las musas. En los últimos veinte años he visto varios jugadores mejores (sin ir más lejos, el propio Roberto Carlos), pero él es mi debilidad. Quizás mi favorito.

Pese a su virtuosismo ofensivo, es cierto que sus cifras goleadoras son bastante discretas –algo comprensible, por otra parte, tratándose de un defensa bajito que apenas participa en las jugadas a balón parado–, ninguna temporada ha superado los cinco goles.  Por ello, no deja de resultar sorprendente que haya conseguido marcar en los octavos de final, semifinales (nada menos que en el Camp Nou) y final de la Champions– podríamos considerarlo miembro del club de la buena estrella que preside Zidane, alguien que, sin destacarse tampoco por su capacidad goleadora, marcó dos goles a la selección brasileña en la final del mundial y uno de las tantos más hermosos e inverosímiles de la historia del fútbol en una final de la Copa de Europa–. Precisamente de la final de Lisboa conservo dos de los recuerdos más preciados y emocionantes que me ha dado el fútbol, dos fotografías mentales que sólo la demencia o la muerte podrán arrebatarme. El primero es el de Xabi Alonso vestido de Armani (Xabi Alonso siempre viste de Armani, incluso cuando su traje no es de Armani) saltando la grada y corriendo por la banda para abrazarse a sus compañeros; el segundo es el de Marcelo llorando desconsoladamente nada más finalizar el partido. Esas lágrimas eran madridismo en carne viva.

En poco menos de quince meses llegará a la treintena. El declive no está muy lejos porque el tiempo puede con todo y todos. Con el discurrir de los años irá perdiendo velocidad y chispa; sus aciertos se irán haciendo menos habituales y sus errores se acrecentarán; cometerá, probablemente, fallos que costarán partidos; su presencia en el banquillo será más asidua e, incluso, el Bernabéu castigará con pitadas el bajón en su rendimiento; se debatirá si tiene hueco en el equipo y si merece un lugar privilegiado en la historia del Madrid; y puede que muchos acaben diciendo que no fue para tanto, que en realidad no era más que un coladero en defensa.

Todo eso me dará igual porque yo sé lo que he visto.

 

 

Dedicado a Javi.