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Historias madridistas (III): Anselmo

Historias madridistas (III): Anselmo

Escrito por: John Falstaff - 8 octubre, 2026
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Se despierta algo sobresaltado, como cada mañana. ¿Dónde estoy? ¿Qué habitación es esta? ¿Y mis padres? ¿Por qué me han dejado aquí? Aún no ha amanecido. Les acuestan temprano, y siempre se despierta cuando aún falta mucho para que despunte la primera luz del día. Esas primeras horas que transcurren hasta que llega una de las auxiliares a asearle y acompañarle al desayuno se le hacen durísimas. Llora en silencio. No puede evitarlo. Se siente solo. Solo y desamparado.

La cuidadora llega como cada día con alegría de voces elevadas, tono festivo y ánimo optimista. ¡Buenos días, Anselmo! ¿Qué tal hemos dormido hoy? Mire, mire, qué día tan maravilloso hace. ¡Venga, levántese que vamos a darnos una ducha, y luego a desayunar, que hay que mantenerse fuerte! Una alegría que le irrita de forma indefinida pero profunda. Una alegría bien intencionada pero profesional, impostada. Le hace sentirse pequeño. Débil. Desubicado en el mundo. ¿Por qué me siento tan triste y esta mujer se empeña en actuar como si todo fuera una fiesta?

Por lo demás, el tono familiar empleado por la cuidadora, tan parecido al que emplearía una madre con su hijo, agudiza su tristeza, esa tristeza que ya le es tan familiar como su propia piel. ¿Por qué esta desconocida me habla como si fuera un crío? Y es que Anselmo puede no recordar que la había visto el día anterior. Y el anterior. Y casi cada día durante los últimos meses. No, no recuerda. Pero siente. Vaya si siente. Siente con intensidad creciente, tanto más cuanto más avanza la enfermedad, como si su sensibilidad fuera conquistando el espacio que desocupa su memoria. Y eso duele.

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Una vez aseado, y antes de bajar a desayunar, no olvida echar una breve mirada a la foto protegida por un sencillo marco de madera que descansa en la mesilla de noche. Le da paz. Una frágil certeza de que todo va a ir bien.

Como cada mañana, recorre con una mano apoyada en el bastón y con paso inseguro el camino al comedor. El suelo reluce de limpio, como siempre. Los azulejos, que se alzan hasta media altura de la pared, brillan impecables. Los cubrerradiadores de mármol resplandecen. Incluso la cenefa de madera que recorre todos los pasillos para proteger las paredes de los golpes de las sillas de ruedas, y que a él le produce una leve e inexplicable melancolía, luce como recién esmaltada. Todo transmite limpieza, orden, cuidado, armonía… y frialdad.

Tras las actividades de la mañana —desayuno, gimnasia, paseo por el jardín, tiempo libre, almuerzo— regresa a su habitación para la siesta. Se tumba sobre la cama y echa —como siempre hace— un vistazo a las fotos de sus hijos y nietos, cuyos nombres y parentescos se confunden cada vez más en su memoria. Y justo antes de volver la mirada al techo y dejar pasar los cuarenta y cinco minutos prescritos para la siesta sin apenas pestañear, vuelve a mirar la foto en blanco y negro del marco de madera.

Cuando baja tras la siesta a la sala social, se encuentra con Pilar. Pilar es una de las cuidadoras, pero no es una más de las cuidadoras. Pilar le mira de otra manera. No le hace sentirse pequeño. Le transmite alegría, una alegría —tenue, amortiguada— que sí se contagia. Anselmo no recuerda el nombre de Pilar, pero sabe que a su lado se encuentra a gusto, aunque no pueda explicar por qué. Lo siente. Vaya si lo siente.

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—Anselmo, no sé si se acuerda, pero hoy tenemos plan. Esta tarde juega el Madrid. Así que, si le parece, hoy, en lugar de la partida de brisca, vamos a ver el partido. Jacinto también vendrá. Empieza en seguida. ¿Qué me dice?

A Anselmo se le ilumina la cara, y hasta parece que se mueve con algo más de agilidad.

—Claro, guapa, hay que ver al Madrid. Pero antes tengo que ir a mi habitación a por una cosa.

—No se preocupe, Anselmo, que ya se la he cogido yo, como siempre que juega el Madrid. Mire, aquí la tiene.

Anselmo coge la foto dentro del marco sencillo de madera. Guiado por Pilar, se dirige a la sala de televisión, se sienta en una de las butacas y, mientras Pilar sintoniza el partido, aprieta suavemente contra su pecho la foto en blanco y negro en la que sale él de joven estrechando la mano de don Santiago. Y levanta la mirada al televisor. No sabe ni se pregunta quién es el rival. No sabe ni se pregunta de qué competición se trata. Nada de eso importa. Por fin está en casa.

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En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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