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Goyo Benito no ha muerto

Goyo Benito no ha muerto

Escrito por: John Falstaff2 abril, 2020
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Me llega la noticia del fallecimiento de Gregorio Benito como una bofetada en mitad de la siesta. El cielo se encapota y el cuervo se enseñorea del espacio y del tiempo con su vuelo sombrío, mientras grazna horriblemente. De repente, la noche pide paso antes de tiempo, impaciente, apremiante, fatal. Gregorio Benito ha muerto. Me lo repito y sigo sin poder creerlo. Hay algo que no casa en esa frase sencilla, como un mecano mal armado. Hay una negritud insondable que congela el alma en esas cuatro palabras que no me atrevo a pronunciar en voz alta, porque la sola idea de su sonido ya me resulta insoportable. Gregorio Benito ha muerto y a mí me invade una sensación de vacío y de ira. ¿Cómo se le ocurre morir? ¿Acaso no sabía que fue uno de los ídolos de mi infancia? ¿O es que ignoraba que al morir nos mataría también un poco a los niños que le idolatramos?

No es justo que Benito haya muerto. En realidad, no sólo no es justo, sino que es inconcebible. Es la lluvia cayendo hacia arriba, la playa lanzándose en oleadas sobre el mar. Es el mundo al revés. Benito, como Pirri, como Santillana, como Stielike, era inmortal. Y éste es el sindiós que me deja absorto, hablar de la inmortalidad en pretérito imperfecto, toparme de bruces con este oxímoron malparido y helador que ha convertido esta tarde anodina en una sinrazón que no acabo de descifrar en mi aturdimiento. Benito, como Pirri, como Santillana, como Stielike y como tantos otros, dejó una huella inmarcesible en mi espíritu infantil, porque a mis ojos inocentes se representaba como una divinidad, un ser de otro mundo que había venido a éste para dar brillo al Real Madrid y, con él, a la anodina existencia de un niño de provincias como yo. Por eso no puedo digerir la noticia de su fallecimiento y me niego a racionalizarla. A Benito, como a Pirri, como a Santillana, como a Stielike y a tantos otros, yo los sigo viendo con mis ojos de niño, que hace ya mucho tiempo se cerraron para casi todo lo demás. Si Benito muere, si mueren los ídolos, muere un poco más el niño que fuimos. No, no quiero ver a Benito con ojos de adulto. No me robéis ese reducto de inocencia.

Así que puede que Gregorio Benito haya muerto y que efectivamente se haya invertido el orden universal, pero los que aprendimos de él lo que es el madridismo, los que nos hicimos madridistas gracias a hombres como él, sabemos que eso da igual, que no es más que una broma pesada que nos gasta la realidad, un horrendo trampantojo que la vida nos pone delante de los ojos para confundirnos y perturbarnos. Porque yo veo a Benito ahora con la misma nitidez con la que lo veía antes de leer la noticia de su fallecimiento, y cuando pienso en su nombre siento la misma sensación de seguridad que sentía cuando, siendo muy crío, le veía imponer su ley en el área. Sigo sintiendo retrospectivamente sus triunfos como mis triunfos y sus derrotas como mis derrotas, porque por eso soy madridista. Sí, yo sentí lo que sentía él. Yo no sólo quise a Benito, a Pirri, a Santillana, a Stielike: yo fui Benito, Pirri, Santillana, Stielike. Y no sólo lo fui, sino que lo sigo siendo, porque desde entonces son parte integral de mi naturaleza. Que salga el sol de nuevo, que vuelva el negro cuervo a su guarida y se desvanezca esta oscuridad opresiva: si yo estoy escribiendo estas líneas, ¿qué mayor prueba queréis de que Benito sigue vivo?

 

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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