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El despertar

El despertar

Escrito por: John Falstaff1 noviembre, 2018
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Nos despertaron aquellas declaraciones de Zidane crípticas y sincopadas, con freno y marcha atrás como los corazones en la obra de Jardiel Poncela. Un arrancar para morderse la lengua y volver a arrancar y volver a morderse la lengua. Zidane calló más de lo que dijo, y sin embargo lo que calló fue tan elocuente como lo que dijo, y esa elocuencia muda apuntó con claridad a los jugadores. "Los jugadores necesitan un cambio. No veo claramente que vayamos a seguir ganando. Mejor cambiar para no hacer tonterías. Necesitan otro discurso, otra metodología de trabajo." Después añadió aquella amarga referencia a la eliminación en Copa frente al Leganés como el momento que supuso el replanteamiento de su futuro en el banquillo del Real Madrid. Zidane, antes de irse y cinco días después de conquistar la tercera Copa de Europa consecutiva, daba la voz de alarma alertando de la necesidad de un cambio imprescindible para que el equipo siguiera ganando. Un cambio que él se reconoció incapaz de producir.

Al final, el cambio fue Lopetegui. Lopetegui conquistó el cariño del madridismo tras la cacicada del calvo Rubiales, un cariño nacido de la compasión (en su más puro sentido etimológico) que despiertan las víctimas de la injusticia o, para ser precisos, del atropello. Un cariño que creció con aquella emotiva presentación. Allí había un hombre que veía cumplido el sueño de su vida, un hombre ilusionado ante el mayor desafío profesional de su carrera. Lo que no había era un entrenador, o al menos uno a la altura del club, un profesional que pudiera exhibir un currículo que ameritase sentarse en el banquillo más difícil del mundo. La simpatía que todos sentimos por Lopetegui, un hombre víctima de las circunstancias, no puede ocultar la evidencia. Ni Lopetegui, con 53 años, era un joven rebosante de talento con un brillante futuro por delante, ni su ya larga trayectoria como entrenador mostraba éxito relevante alguno, sino más bien una nada despreciable coleccion de fracasos. Por más que uno rebusque en el baúl de la rica historia del Real Madrid, cuesta encontrar un sólo entrenador fichado a esa edad y con un currículo más exiguo, más ayuno de títulos y más nutrido de fiascos.

Cabía, por tanto, preguntarse el motivo de su contratación. La pregunta continúa siendo pertinente a día de hoy, aun después de su desabrida e inelegante destitución. Porque resulta que Lopetegui no llegó al banquillo del Real Madrid venido del cielo bajo un paraguas, ni a consecuencia de un malhadado ejercicio de rasca y gana. Lopetegui, el entrenador más fallido de la historia del Real Madrid sucedió a Zidane, el entrenador más exitoso de la historia del Real Madrid, porque Florentino así lo decidió. Tan simple como eso. Si el fracaso ha sido tan estrepitoso, alguna culpa in eligendo tendrá quien lo puso al mando, por más que ahora se intente echar balones fuera con una excusatio non petita en forma de tercer párrafo impropio no ya del señorío de este club, sino de las normas más elementales de educación. (Se conoce que a alguien en la Junta Directiva nadie le enseñó de pequeñito aquello de que está feo señalar.)

Pero más que incidir en la evidencia de lo errónea que fue la decisión de contratarle, interesa indagar su causa: ¿qué llevó a Florentino a decantarse por Lopetegui? Habida cuenta, como se ha dicho, de que la edad y experiencia del candidato descartaban que se buscase la apuesta por un talento joven y todavía por explotar, y que su palmarés como entrenador era de una mediocridad tan incontestable que lo inhabilitaba automáticamente para cualquier concurso de méritos, sólo una causa se antoja probable: los merecimientos de Lopetegui consistían en contar con la aquiescencia de los jugadores, o al menos del núcleo duro del vestuario. Su condición de seleccionador nacional -aun sin haberse enfrentado todavía a las exigencias de una fase final- prestaba a su nombre el empaque necesario para enmascarar la endeblez de su currículo.

los merecimientos de Lopetegui consistían en contar con la aquiescencia de los jugadores, o al menos del núcleo duro del vestuario.

Así que tras el aviso a navegantes de Zidane, Florentino decidió que la medicina que necesitaban los jugadores era un nuevo entrenador de su gusto. La moneda con que la plantilla ha tenido a bien retribuir la deferencia del presidente está a la vista de todos y no es necesario abundar en ella. Y si aún cupiera alguna duda sobre el modo de pensar de los jugadores, ya se ocupó el capitán de disiparlas. Que Sergio Ramos, tras el peor primer cuarto de temporada de la historia y con el madridismo todavía sangrando por la herida de la debacle ante el Barcelona, no tuviera empacho en dar lecciones al todavía desconocido entrenador del equipo, afirmando que en lugar de entrenar debería centrarse en ganarse el respeto de los jugadores y en tenerlos contentos, revela hasta qué punto algo está podrido en palacio. Hay ocasiones en que unas declaraciones valen más que mil soflamas tuiteras apelando a hueros latiguillos épicos que están gastados de tanto usarlos.

Es tan evidente que Lopetegui no era la solución como que tampoco era el problema, o al menos no la parte mollar del problema. Hace tres años escribí en La Galerna un artículo en el que sostenía que el problema fundamental del Real Madrid es la falta de una cultura ganadora en la plantilla, por absurdo que esto pueda parecer a la luz de los éxitos recientes. Tengo para mí que esa falta de espíritu ganador, esa falta de compromiso y de ambición, y ese exceso de complacencia por parte de los jugadores es lo que acabó frustrando a Zidane, y lo que explica la pobrísima cosecha en el campeonato de Liga -ese torneo que exige constancia, esfuerzo continuado, tenacidad, autoexigencia- en los últimos años. Zidane pareció haber acabado con esta falta de compromiso en su primer año y medio. Por desgracia, la realidad demostró que fue sólo un espejismo, y que una vez el efecto de su ascendente sobre los jugadores se fue disipando por el mero transcurso del tiempo, estos volvieron a sus viejos hábitos. Creo que no es descabellado afirmar que fue la decepción de constatar esa circunstancia lo que motivó su dimisión.

Escribía uno en el mencionado artículo, y perdón por la autocita, que "una cultura en la que se aceptan la abulia, la desgana y la holgazanería está abocada a la mediocridad y al fracaso. Los vicios, como las enfermedades, tienen por naturaleza una vis expansiva que les lleva a crecer y a extenderse aniquilando cuanta virtud encuentran a su paso. (...) Una cultura ganadora huye de la autocomplacencia como de la peste y persigue la excelencia de forma incansable (...) [y] es antipática para los dirigentes de la organización, que tienen que tomar decisiones incómodas, con frecuencia impopulares, con la frialdad y la asepsia del cirujano que extirpa el apéndice afectado."

Florentino Pérez, con sus luces y con sus sombras, ha sido y es un gran presidente del Real Madrid. Afirmar esto es una obviedad para cualquiera con ojos en la cara, y desde aquí se le ha defendido no por oficialismo sino por simple honradez intelectual. Pero hay un problema de fondo pendiente de resolución en este club, un problema de falta de compromiso de los jugadores, de falta de cultura ganadora, que la dirección del club tal vez haría bien en no seguir ignorando. Un problema con el que ningún entrenador puede acabar si no cuenta con el respaldo inequívoco y decidido de la planta noble. Un problema que lastra el club, que acabó con la primera etapa de Pérez en la presidencia, como él mismo reconoció, y que hizo lo propio con la etapa de Zidane en el banquillo. Convendría, como sugirió Zidane en su despedida, atajarlo de una vez por todas, por difícil y desagradable que sea la empresa. En caso contrario, probablemente el equipo siga cosechando victorias en el torneo europeo de vez en cuando, pero también seguirá abochornando a los aficionados tanto como este año o como el año pasado avergonzó al propio Zidane.

Florentino Pérez ha sido y es un gran presidente del Real Madrid. Pero hay un problema de fondo pendiente de resolución en este club, un problema de falta de compromiso de los jugadores que la dirección haría bien en no seguir ignorando.

En definitiva, habida cuenta de que Florentino Pérez es el presidente del Real Madrid, no parece inoportuno esperar de él que presida. Si le faltan ganas o arrestos, tal vez sería mejor que dejara el paso a otros. El madridismo no merece estar al albur de las veleidades de unos jugadores consentidos, so pena de que espantadas como la del propio Pérez en su primera etapa o la reciente de Zidane, y desempeños en Liga como el del año pasado o el del presente curso, se conviertan en una tradición tan arraigada en el Real Madrid como la de la victoria.