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Diarios del Cherengueti (5)

Diarios del Cherengueti (5)

Escrito por: Mario De Las Heras26 mayo, 2018
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Hoy me ha despertado Tommy hablando de semántica y de linguística. Eso es como oír un estallido. No hay forma de amanecer en paz en el Cherengueti. Las tribulaciones están empezando a pesarme, pero no me daré por vencido. No hoy. Debe de ser como la película aquella de Cowboys y Aliens, aunque no la he visto. En el Cherengueti hay cowboys y aliens. Tommy estaba en Kiev con el doctor Rydell y el temible Magua. Lo he sabido porque mi rudimentario televisor se ha encendido solo en mitad de la noche y allí estaban, hablándome entre la nieve catódica como si fueran las nieves del Kilimanjaro.

Ha sido terrible porque afuera, más allá del campamento, podía escuchar a los cachorros de Buddy Rydell con sus tupés frondosos e inclinados tomando el control en el Cherengueti. En mi tele, completamente enloquecida como la de Poltergeist, aparecía Passepartout que, con Serrat y Machado de fondo, llegaba a Kiev. “El fútbol es lo más importante”, afirmaba. “El fútbol es bendito”. En realidad no eran afirmaciones sino salmos que compartía mientras contemplaba anonadado el Estadio Olímpico ucraniano y besaba el escudo del Madrid impreso en los carteles.

Luego sonó una música como de Leyendas de Pasión y el doctor Rydell empezó a reírse como Drácula. Passepartout afirmó haberle dicho a un policía kievita: “Sr. Guardia”, y entonces lo vi metido en una película con José Sazatornil y Manolo Gómez Bur con intenciones de meterse en el estadio para pisar el césped. Todavía no me había recuperado de tan abrupto despertar y decidí trasegarme un vaso de vodka como homenaje.

A unos pasos de mi campamento, escuché a los cachorros del Cherengueti interesarse por la sonrisa de Bale. El soldado de su Majestad, el mayor Duncan Heyward, parecía animado ante la perspectiva de la posible alineación de la BBC (quizá más aún por la lejanía del temible Magua), esperanza que compartía con Cary (Dad) Grant. Era un amanecer nublado en el Cherengueti. Sus habitantes más señeros estaban desaparecidos.

¿Dónde estarían Wolfie y Kim de la India? ¿Y Calcetines y Nikita? ¿Estaría Freud recibiendo, en esta ocasión, una sesión de psicoanálisis? Por el contrario, me acordé de la semántica y la linguística con las que me despertó Tommy. Y también de Trudy, una amiga holandesa del histriónico cherengui madridista, con la que dijo haber hablado en inglés. Me acordé de Marlon Brando susurrando: “el horror, el horror...”, y tuve miedo.

El doctor Rydell dijo, desde Kiev, apareciendo en mi televisor con la sonrisa malévola de aquel predicador anciano y horrible, que si no jugaba Isco teníamos tema Isco todo el verano. Eso era más una ilusión que una creencia en medio de todo ese sindiós de cábalas cherenguis y kievitas, de cowboys y aliens, cuya impresión más común era que jugaría la BBC en detrimento de Isco.

Que Tommy, en la noche kievita, se pusiera de pronto una chaqueta de la selección española encima de su camiseta madridista (¿por qué parece siempre que se va a poner a asar sardinas a la ribera del Manzanares?) me destrozó los nervios. Menos mal que apareció Passepartout entrando en el estadio como Alejandro atravesando las puertas azules de Babilonia. Casi se le veía una melena rubia ondear al viento. Un momento precioso fue cuando se arrodilló y puso su bandera madridista en el suelo como alfombra. Tommy apenas podía contener la emoción. Temí que Passepartout se pusiera a rezarle a Alá, pero finalmente se levantó y se acordó hasta de su padre, espoleado por las técnicas psicológicas del doctor Rydell.

Passepartout decía sentirse el centro del Universo, pero en realidad lo estaban esperando, trescientos ochenta escalones más arriba, Rydell, Tommy y el malvado Magua. Nada es fácil para Passepartout, pero tampoco para mí. Y menos cuando pareció en mitad de la sabana ese cherengui que un día se apareó con Terelu Campos, al que llamaré Calzaslargas. Calzaslargas se puso a bailar, y Tommy le acompañó, casi excitado, desde Kiev. Calzaslargas creía llegar con noticias porque dijo que no iba a jugar Casemiro, pero nada más que vino con ritmo y colorido, como con ganas de cachondeo, casi al mismo tiempo que Passepartout culminaba la ascensión de los trescientos ochenta escalones y se abrazaba a Tommy y a Rydell. La imagen era como la de un venerable lama llegando a su refugio de La India.

Finalmente me desmayé después de verle, a Passepartout, meterse en la cama desnudo y sin quitarse las pulseras de cuero. Sentí primero la amenaza del vahído y finalmente perdí el conocimiento al saber que en la misma cama iba a dormir su compañero de aventuras, al que Passepartout animaba señalándole el hueco a su lado.

He recobrado el conocimiento esta tarde. Estaba en el suelo de mi tienda en el Cherengueti. Había un silencio plácido y una luz hermosa. No se oía a los cherenguis y la tele estaba apagada. He salido al aire del Cherengueti y he visto toda su belleza y toda su inmensidad de colinas y acacias. A lo lejos, ya se oían los primeros tambores. He decidido que esta noche me sentaré fuera a ver amanecer una Copa de Europa.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

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