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Crónica del cocido navideño de La Galerna

Crónica del cocido navideño de La Galerna

Escrito por: Mario De Las Heras24 diciembre, 2018
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Lo malo de las reuniones de La Galerna es que, cuando te despides, siempre te das cuenta de que no has hablado con alguien, al menos no lo suficiente. Ya puede darse prisa Fredo Gwynne (uno de los ausentes, en este caso ya recalcitrante, pero esto es otra historia) en montar el Club Social.

La cuestión es que podamos acudir cuando nos plazca y así poder subsanar esa pequeña molestia de las multitudes y de las mesas largas donde el individuo se difumina. Una pérdida en conjunto, vaya, aunque ya hubiera querido el premundialístico Madrid de Ancelotti disponer de semejante elenco.

Yo pienso que, mientras Fredo ultima las gestiones para la apertura del club, La Galerna debería organizar no cenas o comidas (por estupendo que sea una Pintxoterapia [gracias, Juanjo] o el cocido de Casa Jacinto), sino unas jornadas galernautas con pensión completa, donde dé tiempo, como don Santiago manda, a enervarse y a quererse mientras uno tira del Madrid de un lado y otro del otro.

Yo vi a Joe Llorente (un sabio helénico) algo sorprendido con ese tira y afloja, claro que cómo no sorprenderse con Manuel Matamoros subiéndose como un adolescente por las paredes. Manuel quiere contarnos siempre (es como si necesitara liberarse de esa carga, y yo lo entiendo: ese madridismo admirable debe de pesar como un muerto) su enciclopédica y vivida sabiduría en un par de horas. Y claro, eso no es posible. Por mucho no es posible.

Eso sería cuestión de días, pongamos en un chateau de la Provenza, catando vinos como hilo conductor mientras se contempla el atardecer del viñedo desde la terraza. Algo parecido se siente, no miento, al escuchar a José María Faerna, que siempre parece hablar desde Venecia y no porque nos cuente todo el tiempo cosas estupendas como que una vez se encontró en el vaporetto a Giuseppe Cipriani, el fundador del Harry’s Bar, incluso cuando habla de Mourinho.

Asistir a una reunión de La Galerna es como escuchar Las Cuatro Estaciones. Tiene invierno, primavera, otoño y verano musicales, orquestales, y unos cuantos Vivaldis haciendo lluvia con violines y truenos con violas. Yo, fundamentalmente, escucho. Para qué perderme el espectáculo por contar mis cuatro manías.

Yo mis manías me las guardo y me siento a aprender con una sonrisa, a solazarme y a dejarme acariciar (y a curarme) por esas ventoleras encadenadas. Jesús Bengoechea puede encender una cerilla con un cada vez más notable aire madribritánico, una cosa ussíawodehousewoodyalleniana con insignia madridista en la solapa, y esa llama no apagarse durante horas sostenida por un finísimo, apenas perceptible hallazgo falstaffiano, un Falstaff, Eduardo, que vive bajo el sol de California y no bajo las nubes de la Pérfida Albión. Así yo también soy Falstaff, pero sólo él lo es.

Imagínense. No sé qué más se puede pedir. Quizá que Jorgeneo (también lo tenemos) hable y uno pueda comprobar que hay un torrente de perspicacia en una cabeza que merece varias sesiones, un tiempo pausado, que amenice el talento huntersthompsiano de Andy haciendo saltar los vasos sobre la mesa.

Lejos, demasiado lejos, me quedaron esta vez Nacho Faerna y su joven padawan Alberto Cosín, que allá en Tattooine debían hablar de cosas hermosas y planetas indescriptibles. Ir a una reunión de La Galerna es eso mismo, descubrir nuevos mundos mientras se habla del Real Madrid (o de la vida, que es lo mismo) con unos locos maravillosos, y con otra loca maravillosa (y lista y valiente) como mi amiga Lucía. No me digan que no es para, por lo menos, acabar en la calle cantando súbitamente a Tony Ronald.