Como a todos, me ha sorprendido la salida de Xabi Alonso, cuando ya parecía que no iba a ocurrir. Como ya he contado, fui de los que recibió su fichaje con esperanzas, y la alegría se me fue descafeinando al paso de las semanas. Tenía todas las condiciones para triunfar en el banquillo del Real Madrid, si bien ya sabemos que para triunfar en el banquillo del Real Madrid hay que tener algo más que las condiciones. A esta hora me vienen a la cabeza imágenes y momentos en apariencia nimios que sin embargo explican mucho hoy sobre lo que ha ocurrido con Xabi Alonso y, en consecuencia, lo que viene sucediendo al equipo desde su llegada.
Más allá de lo esencial sobre el indescifrable plan de juego del equipo, los evidentes problemas físicos de los nuestros, y la extraña desmotivación de muchos de nuestros mejores jugadores–todo está conectado-, en los últimos meses hemos tenido síntomas de un problema aún más turbio y preocupante. Algo que no sabemos, aunque podemos intuirlo, ha ocurrido en el vestuario desde el día uno, y ese algo lo ha impregnado todo de malas sensaciones.
Muchos pusimos el foco en el enfado de Vini en la sustitución contra el Barcelona, y en la ausencia de consecuencias visibles a su desafío, pero era solo la punta del iceberg. Incluso sin descifrar ese algo que no sabemos que haya ocurrido de puertas adentro, ahora podemos obtener una imagen bastante elocuente si unimos los puntos de las pequeñas señales. Algo no ha ido bien. El síntoma más preocupante lo encontramos en un detalle en el que casi nadie ha reparado: en décadas viendo fútbol de élite, y por supuesto en tantos años de madridismo, jamás había visto semejante colección de discusiones entre los futbolistas durante el transcurso de cada partido, aparentemente sobre el papel de cada uno en el terreno de juego, sobre el lugar donde debe situarse la línea de defensa, o sobre la manera de sacar el balón desde atrás.
Igual de insólito que la cantidad de veces que hemos visto a alguno de nuestros futbolistas, también con el balón en juego, retirarse a la banda a mantener largas conversaciones con Xabi Alonso, quizá sobre los mismos asuntos. Ya sé que no es extraño que un jugador se acerque al míster a consultar lo que sea durante un encuentro, pero sí lo es que lo hagan tan a menudo y tantos jugadores, en medio de una sensación general de desconcierto.
el madridismo estaba ayer más disgustado con los jugadores que con Xabi Alonso. Pero a menudo cambiar al entrenador es la única manera de cambiar dinámicas tenebrosas que se extienden por toda la plantilla
Nos queda la duda de elegir entre hipótesis casi imposibles: que Xabi no fuera capaz de explicarse, con sus conocimientos y experiencia; o que los futbolistas no fueran capaces de entenderle. Una tercera opción, todavía más surrealista y absurda, sería que las pretensiones del entrenador fueran demasiado extravagantes como para que pudieran llevarse a cabo, o imposibles de alcanzar con la configuración de nuestros jugadores. Y ya la última, que sería el colmo de los colmos, que los jugadores no compartieran los planteamientos de Xabi Alonso e improvisaran en el campo a su antojo.
No sé si algún día sabremos la verdad, pero confiemos en que el club lo tenga claro, porque solo conociendo bien qué ha fallado podemos depositar esperanzas fundadas en la nueva era Arbeloa, que también acojo con tanta ilusión como prudencia. Ilusión porque, hasta la llegada de Xabi Alonso, era uno de mis favoritos para el banquillo; prudencia porque no me resulta fácil imaginar, en lo que tiene que ver con el manejo del vestuario, qué cosas tan distintas podría uno que no haya intentado el otro ya.
El terreno de la especulación es la tumba del columnista de opinión, así que no quiero con estas líneas profundizar en ese camino que va directo el cementerio. Sea lo que sea, ojalá Arbeloa pulse la tecla adecuada, se rodee de los mejores, y exija a nuestras estrellas que den un paso al frente o dos atrás en este momento crucial de la temporada en el que, por cierto, aún no hemos perdido nada, excepto una Supercopita a la que le faltó el canto de un duro para venirse a casa con nosotros, que todo hay que decirlo.
Creo haber tomado bien la temperatura a la mayoría de la afición si afirmo que el madridismo estaba ayer más disgustado con los jugadores que con Xabi Alonso. Pero a menudo cambiar al entrenador es la única manera de cambiar dinámicas tenebrosas que se extienden por toda la plantilla, por el rendimiento de cada uno, y por el juego de equipo. No es un mal entrenador, ni un mal madridista. Algo no conectó bien ahí dentro, a puerta cerrada, pero asumiendo eso, se va –corrígeme si me equivoco- con el cariño general de la gente. El mismo cariño con el que será recibido otro de los nuestros, Álvaro Arbeloa, al que tenemos desde ya mismo en nuestras oraciones, para que su entrada en el vestuario sea con el pie adecuado, y podamos volver a disfrutar del fútbol del Real Madrid que hasta el 2025 solía hacernos felices.
Xabi Alonso se ha ido, o le han echado, y desde hoy lo sustituye Álvaro Arbeloa al frente del primer equipo del Real Madrid. Me gustaría creer que ha sido Xabi el que ha dicho hasta aquí hemos llegado. O mejor: ahí os quedáis. Sería, en ese caso, el primer entrenador, desde Camacho, que se zafa voluntariamente de la cruel tiranía que el banquillo del Madrid de Florentino Pérez ejerce sobre sus infelices inquilinos. Nadie se merece ser un desgraciado cada día pues ya para eso la vida es bastante puta y nos ofrece a todos, de balde, su caminito de espinas.
La situación recuerda a la primera venida de Zidane como entrenador, porque hace justo diez años también el presidente Pérez decidió prescindir de Rafael Benítez, que según las lenguas no era su entrenador sino el de JAS, y recurrir al míster del Castilla. La diferencia es que, entonces, en el Madrid jugaban Cristiano Ronaldo, Karim Benzema, Gareth Bale, Luka Modric, Toni Kroos, Sergio Ramos, Marcelo, Isco y Pepe.
Hoy estarán contentos todos aquellos que piensan que, en realidad, la actual plantilla del Madrid es de un nivel parecido a aquella. Hay que agradecer que, al menos, en el comunicado ofrecido a la prensa anunciando su marcha el club no haya zaherido a Xabi Alonso como hizo con Lopetegui, hace ya siete años, recalcándole que claro, con ocho candidatos al Balón de Oro…Hay quienes creen que las cosas, en España, se arreglarían por arte de magia con sólo cambiar de presidente. Otro tanto pasa con el Madrid, donde las culpas eran antes de Ancelotti y ahora, de Alonso, pues debe resultar que ninguno de los dos vale ni para tomar por culo y el asunto es tan sencillo como creía Berlusconi, en sus tiempos: poner a todos los buenos sobre el campo y a correr.
La situación de Arbeloa no es, desde luego, para nada envidiable. Entrenar a este Madrid hoy es un regalo envenenado. Apenas está empezando su carrera como técnico y es, sin discusión, un hombre de club. No van quedando muchos, sobre todo que sean útiles: para figurar y ocupar sinecuras en la Fundación o en la cantera hay, sin embargo, de sobra. El riesgo de que se queme es altísimo. No podemos esperar milagros: el plantel del Madrid es de segundo o tercer nivel europeo y eso, tan sólo año y medio después de ganar liga y Copa de Europa, es responsabilidad exclusiva de la dirigencia. Que, al parecer, puso a Xabi a los mandos desoyendo sus peticiones más elementales, como el fichaje de Zubimendi, que habría resuelto en gran medida el agujero negro del centro del campo.
La cuestión de fondo es de autoridad. Si el entrenador no tiene el respaldo de los que mandan, ¿cómo va a mandar?
El Madrid tiene, como equipo, dos problemas fundamentales: la asimetría fatal a que aboca la intocabilidad de Vinícius, Mbappé y Bellingham, por un lado, y la que dicen es intolerable actitud de los jefecillos del vestuario de puertas para dentro. El equipo está tan mal diseñado que cuenta con dos de los cinco mejores jugadores del mundo y aun así es incapaz de organizarse funcionalmente sobre el terreno de juego.
La presencia de Mbappé ha generado un desequilibrio táctico en el equipo inasumible en términos de competición al más alto nivel y, por demás, ni Valverde es Kroos por llevar el número 8 ni Bellingham va a romper en 5 por llevar el de Zidane. De hecho Bellingham es, ahora mismo, un problema grave: siendo un llegador se encuentra siempre en el centro de las jugadas, que tienen tres toques más de lo que la velocidad y el sentido del juego requieren ante equipos como el Barcelona, este año el único rival a batir pues, por indigesto que resulte, el Madrid no está para competir con nadie en Europa. Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible: el viento del fútbol cambió hace tiempo y de Tchouaméni o Camavinga no se hacen registas actualizados por más que partan nueces con sus músculos de ébano.
La cuestión de fondo es de autoridad. Si el entrenador no tiene el respaldo de los que mandan, ¿cómo va a mandar? A Carletto se le caían los años y los títulos como para tratarles como un padre. Zidane tenía un charm único en el mundo y contaba con la ventaja de que, cuando lo miraban, no veían a su entrenador sino al ídolo de la infancia. Alonso, sin el incuestionable apoyo institucional, no era nadie a los ojos de una serie de caballeretes que no tienen ni treinta años y todos los vicios ya de los vestuarios ochenteros, que estaban llenos de fumadores, bebedores, crápulas y camorristas.
La sensación es de bucle, o peor: de haber vuelto al panorama que se encontró Mourinho en 2010 al fichar por el Madrid. Pero todos tenemos quince años largos de más sobre las espaldas, empezando por Florentino, y el tufo a caducidad que desprende el Madrid empieza a ser insoportable.
Buenos días, galernautas. Sabedores como seréis de la noticia que monopoliza hoy la información deportiva, cabe preguntarse qué os podemos contar que no sepáis.
Antes de que respondáis, conviene aclarar que el portanálisis de hoy quiere adoptar un enfoque apriorístico. Nada nos gustaría más que analizar las portadas antes de que salgan, pero como eso es metodológicamente discutible, solo podemos permitirnos ese lujo en fechas tan señaladas como la de hoy.
Sabemos, sin necesidad de verlas, que las portadas del periodismo presuntamente deportivo español gravitarán hacia el catastrofismo. Sabemos también que presentarán la crisis como confirmación de todo lo que —según ellas— ya estaba claro. Y sabemos, por último, que no faltará quien adopte como propuesta epistemológica de base el casticísimo “a cojón visto, macho”.
Si alguno tuviera la rara honestidad de reconocer lo inesperado de la medida adoptada ayer, se nos vendrá encima el repertorio habitual: “errática”, “incoherente”, “volantazo”.
Ayer por la tarde resultaba enternecedor verlos intentar disfrazar su ignorancia con análisis presuntamente sesudos, que no valían ni para texto de galleta china de la suerte. El rigor, el matiz y la profesionalidad los dejamos para otro eón.
Mientras tanto, os proponemos un juego: por cada ejemplo de lo anterior, un chupito. Elegid vuestro veneno. Nosotros nos decantaremos por un delicioso licor café cortesía de nuestro amigo Brais de Coristanco, al que mandamos un abrazo en la mejor tradición de Roberto Gómez.
Pese a todo, las exigencias del oficio de portanalista obligan a abrazar cierto ascetismo, así que abordemos la tarea con estoica resignación e intentando soslayar los efectos de la sorpresa morrocotuda. No se esperaba este desenlace, y en esta sección se ha defendido la continuidad del tolosarra. No obstante, si el entrenador y la entidad apuntaban en direcciones divergentes, y en una conversación franca se han dado cuenta de ello, lo mejor es renunciar a la empresa común. Las culpas habrá que repartirlas entre todos. Pocas veces un divorcio es responsabilidad de uno solo de los cónyuges. Gracias en todo caso, Xabi, por tu gran esfuerzo y profesionalidad.
El diario gallardero, es decir, Marca, ha desempolvado el WordArt de 1995 y nos habla de “Volantazo de Florentino” mientras afirma que Xabi estaba sentenciado desde hace tiempo. Se perciben satisfacción y chapoteo en la desazón madridista. Aquí va nuestro primer chupito, si bien resulta palmario que en la redacción del diario nos sacan varios de ventaja.
si el entrenador y la entidad apuntaban en direcciones divergentes, y en una conversación franca se han dado cuenta de ello, lo mejor es renunciar a la empresa común. Las culpas habrá que repartirlas entre todos. Pocas veces un divorcio es responsabilidad de uno solo de los cónyuges
¿En qué momento Marca decidió adoptar el nivel y las formas de Sport o incluso de Superdeporte? ¿Por qué sus portadas parecen diseñadas en un Compaq Presario con la enciclopedia Encarta recién instalada? ¿Cuándo empezó a tratar a sus lectores como si tuvieran un coeficiente intelectual inferior a la temperatura ambiente? Tantas preguntas y tan pocas respuestas…
Saltemos a ese periódico otrora dirigido por Relaño y hoy gobernado por José Félix Díaz. El titular nos da tres palabras que llenan otra vez nuestro vaso: “Un despido anunciado”. Visualización de dídimo de manual. Hay también cierto aire de congratulación que no sabemos si achacar a la anómala situación de la que es síntoma o a que ellos ya lo sabían. El caso es que nos empezamos a sentir más gallegos tras nuestro segundo chupito.
Nos viene a la cabeza el marqués de Leguineche en su lecho de presunta muerte en La Escopeta Nacional: “Llamad al servicio, que estas cosas les gustan mucho”. Por ello, saltamos a la prensa cataculé. Es martes post cese de entrenador madridista y esos cuerpos lo saben, por lo que intuimos sardanas y reggaetón en sus redacciones. Resulta palmario que también van escapados cual Cacaíto Rodríguez en la ingesta etílica. Será que están celebrando lo del Madrid como disfrutan una nueva trapallada de su equipo. No se explica si no su falta de originalidad. Ambos emplean el término “Fulminado” con la alegría de quien acaba de aprender una palabra nueva y, además, se solaza en el problema ajeno. Doblete de licor café por aquí, ¿oíste?
Pasad un día de carallo, desead a don Álvaro Arbeloa la mejor de las suertes, pues la va a necesitar. Sentidiño sabemos que le sobra, y a modiño, que malo será que no ganemos algo.
El marcador final dirá ya siempre lo mismo: derrota. El 3-2 frente al Barcelona en la Supercopa de España no se borrará de la estadística ni se transformará en triunfo con el paso del tiempo. El Real Madrid perdió un título más ante su máximo rival y, desde el punto de vista estrictamente competitivo, eso es incuestionable. Sin embargo, no todas las derrotas pesan igual ni dejan las mismas huellas. Algunas duelen por lo que significan; otras, por lo que evidencian. Y unas pocas, muy pocas, permiten al menos una lectura que va más allá del resultado. La de ayer pertenece a esta última categoría, tanto para lo bueno como para lo malo.
Siendo sinceros, el contexto era poco alentador. El Real Madrid llegaba al clásico con una sensación de desgaste emocional evidente, tras meses en los que la imagen transmitida ha sido pobre, desconectada, en muchos tramos incluso preocupante. No tanto por los resultados —que, aun con tropiezos, han seguido sosteniendo al equipo en las competiciones— como por la manera de afrontarlos. Durante buena parte de la temporada, el conjunto blanco ha ofrecido una versión apática, carente de intensidad, con una alarmante falta de implicación colectiva. Un equipo que parecía jugar por inercia, confiado en su escudo más que en su fútbol, y que había normalizado competir sin alma.
el Real Madrid, aun siendo superado en fases del juego, recuperó algo que parecía extraviado: la dignidad competitiva
Por eso, cuando el Barcelona se presentaba como favorito claro, incluso como candidato a una goleada contundente, la sensación previa no era de exageración. Los precedentes recientes, el estado anímico de ambos equipos y la diferencia en sensaciones hacían pensar en un escenario muy complicado para los blancos. El Barça llegaba con una identidad clara, con automatismos reconocibles y con una energía competitiva muy superior. El Madrid, en cambio, arrastraba dudas, desorden y una preocupante desconexión emocional que se había repetido en aproximadamente el 90% de los partidos disputados esta temporada. Y, sin embargo, el clásico no fue lo que muchos esperaban.
Desde el pitido inicial se percibió algo distinto. No fue un cambio radical ni una transformación futbolística profunda, pero sí un giro en lo más básico: la actitud. El Real Madrid salió al partido con otra cara, con otra predisposición, con una intensidad que había estado ausente durante demasiado tiempo. Hubo carreras defensivas, disputas ganadas, ayudas constantes y, sobre todo, una sensación de compromiso colectivo que había brillado por su ausencia en demasiadas noches anteriores. El equipo no se descompuso tras el primer golpe, no bajó los brazos cuando el Barcelona se hizo con el ritmo y no dio la impresión de estar esperando el desenlace. Compitió, se sostuvo, resistió. La realidad es que llegó vivo hasta el último minuto, con opciones reales de empatar el encuentro y forzar unos penaltis que, horas antes, parecían una quimera.
Eso, en sí mismo, ya supone una diferencia notable respecto a lo visto en otros encuentros importantes de la temporada. Se perdió, sí, pero no se regaló nada. Ese matiz es clave para entender que esta derrota se puede analizar de otra manera. Porque el Real Madrid, aun siendo superado en fases del juego, recuperó algo que parecía extraviado: la dignidad competitiva. Esa que no garantiza títulos, pero que es condición indispensable para aspirar a ellos. Esa que conecta al equipo con su historia y con una afición que, más allá de ganar o perder, exige compromiso.
Eso sí, detener el análisis en ese punto sería incompleto y, en cierto modo, complaciente. Porque el cambio existió, pero fue insuficiente. La mejora no vino acompañada de un crecimiento real en el plano futbolístico, y ahí es donde está el gran problema. Ahora bien, ¿se puede conseguir ese fútbol con la plantilla actual?
El Real Madrid volvió a evidenciar que tiene enormes dificultades para construir el juego desde atrás. La salida de balón fue, una vez más, previsible y lenta. Faltaron mecanismos claros, líneas de pase limpias y una estructura que permitiera avanzar con el balón controlado. En demasiados momentos, el equipo se vio obligado a recurrir al envío largo, a la improvisación o a acciones individuales para superar la presión rival.
el Madrid ha dado un paso adelante, pero sigue estando a varios pasos del nivel que necesita para ganar a los mejores
El Barcelona, con un bloque más trabajado, supo aprovechar esas carencias. Presionó alto cuando lo consideró necesario, cerró los espacios interiores y obligó al Madrid a jugar incómodo. Cuando los blancos lograban superar esa primera línea, no siempre sabían qué hacer después. El juego carecía de continuidad, de pausa, de esa capacidad para mandar en el partido que históricamente ha definido a los grandes equipos. La falta de control fue evidente. El Madrid compitió, pero rara vez gobernó, y eso, frente a rivales de élite, suele no darte para lograr la victoria. Porque la actitud te permite competir el partido, pero el fútbol es el que te hace ganarlo.
Esta sensación no es nueva. De hecho, remite de forma clara a lo ocurrido frente al Manchester City en el encuentro de Champions League. El paralelismo es evidente. Ante el City y ante el Barcelona, el Madrid mostró orgullo, pero también sus limitaciones estructurales. En ambos casos, el equipo estuvo cerca, compitió hasta el final, pero terminó cayendo por detalles que no son casuales. Son consecuencia directa de una propuesta futbolística incompleta, que depende demasiado de la inspiración individual y muy poco de un plan colectivo sólido. El problema no es perder contra grandes rivales, el problema es perder siempre de la misma manera, con la sensación de que el techo competitivo se alcanza demasiado pronto. De que, cuando el partido exige algo más que corazón, el equipo no siempre tiene respuestas. Sin un organizador todo es más difícil, dicho sea de paso.
Ayer, el Real Madrid mejoró en lo que no tenía: intensidad, compromiso, solidaridad. Pero sigue careciendo de lo que más necesita: control del juego, elaboración fluida y capacidad para marcar el ritmo. Sin esos elementos, competir se convierte en resistir. Y resistir, tarde o temprano, acaba pasando factura. Eso no invalida lo positivo, al contrario. El partido deja una base sobre la que construir, porque sin actitud no hay nada, y ayer al menos se recuperó eso. El vestuario dio señales de vida, el equipo transmitió que no está roto y la sensación general fue que, por fin, hubo una reacción emocional. No es poco, teniendo en cuenta de dónde venía el equipo.
Pero, que quede claro, tampoco es suficiente si se quiere aspirar a algo más que competir con dignidad. El Real Madrid no puede conformarse con caer dando la cara, su exigencia histórica va mucho más allá. Este club ha construido su grandeza no solo desde el carácter, sino también desde el dominio. Desde la capacidad para imponer su juego en los escenarios más difíciles, sea cual sea ese juego elegido. El clásico de la Supercopa deja una conclusión clara: el Madrid ha dado un paso adelante, pero sigue estando a varios pasos del nivel que necesita para ganar a los mejores. Ha recuperado el pulso competitivo, pero aún no ha recuperado el control del juego. Ha demostrado que quiere, pero que no siempre sabe cómo. Un cambio insuficiente, pero sí, un cambio.
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Pues al final no pasó gran cosa. El Madrid perdió la Supercopa, no podemos considerarlo un episodio anormal visto lo visto. No hubo goleada ni salió Xabi en globo. Fue muy normalito, como el torneo todo. Tuvo cerca los penaltis, fíjense. Cumplió.
Y sí, claro, fue poco para el Madrid. El Madrid no cumple perdiendo finales. Lo sé. El cumplió se refiere al partido, nada más. El momento era y es tal que se le pedía eso. Una tarea de mínimos. Estar, cumplir. Poco que ver con el resultado: al Atleti le ganó, pero no cumplió. Cosas.
Lo más grande fue la resurrección de Vinícius, primero vivimos la de Rodrygo. No estaban muertos ni de parranda. No estaban… Si el 7 es capaz de repetir lo de ayer, el futuro del equipo estará más despejado. No hay Madrid-Madrid sin Vinícius. Si durante un mes las lesiones pasaran de largo, la felicidad sería completa. Rodrygo y Vinícius, el Madrid necesita más Lázaros, más tíos que resuciten. Bellingham, por ejemplo.
Total, que el Madrid corrió y lo afirmamos con asombro. Le falta fútbol, dicen. Y piernas. Y sin piernas no hay fútbol, al menos seguido. Con eso le valió para palmar por la mínima encajando el gol matador vía desvío propio.
Defendió como pudo, o sea, raro, y atacó razonablemente, lo que le permitió ir asustando al rival. En el alargue falló dos remates lo que se dice a huevo. Su segunda parte no estuvo mal… Igual es que no tocaba.
¿Y ahora? Pues eso. Ahora ya sí viene lo gordo, se acabó la turra del ultimátum y demás. Y eso requiere un Madrid que haga más cosas que correr. En Europa quedan dos partidos para acabar la primera fase, Mónaco aquí y Benfica en Lisboa. O sea, Mou. Suma el Real 12 puntos. Haciendo las cosas medio normales debería meterse en octavos sin necesidad de playoff o como le llamen.
Lo más grande fue la resurrección de Vinícius, primero vivimos la de Rodrygo. El Madrid necesita más Lázaros, más tíos que resuciten. Bellingham, por ejemplo
Pensar después en la 16 es un ejercicio de mucha fe. Europa no se anda con bromas. En el campo y en el banco. Ese City que empata dos partidos y se trae un delantero previa inyección de 74 millones, ese Arsenal, ese PSG, ese Bayern… Pongamos que complicado.
Aquí, semana de Copa y arranque de la segunda vuelta de la Liga. Si aparcamos el montaje, y ya es aparcar, un Madrid normal podría enjuagar los cuatro puntos de diferencia que tiene con el líder, muy terrenal, por cierto.
¿Pero puede existir un Madrid normal ahora? El líder es eso, un equipo normal con una gran virtud: marca incluso sin querer y con eso, y en torneos LFP y Asociados, es más de media vida.
No veo al Madrid ganando títulos...ni le veo perdiéndolos. Los de aquí, repito. Xabi pensó la final, puso el equipo que pudo, que esa es otra y muy gorda, y sin ser el Madrid que él mismo sueña, estuvo en el partido, cosa de la que se dudaba. Cumplió. Pero no le vale con eso. De momento, el entrenador resiste: quizá hasta acabe cumpliendo los tres años de su contrato.
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Hay derrotas que no son una caída, sino una radiografía. La final de la Supercopa frente al FC Barcelona fue exactamente eso: una placa en alta resolución del Real Madrid actual. Sin anestesia. Sin relato edulcorado. Sin el “esto es fútbol” que suele servir de morfina colectiva. Aquí hubo datos, sensaciones y una verdad incómoda: el Real Madrid compitió mientras tuvo orden, se desangró cuando empezó a perderlo y murió cuando el físico dijo basta.
El primer dato ya merece un asterisco histórico. Gonzalo García marcó en el minuto 51 del primer tiempo. No es una errata. Minuto 51. El gol más tardío anotado por el Real Madrid en una primera parte de un partido oficial en toda su historia. Casi 125 años de fútbol resumidos en un añadido interminable que explica muchas cosas. La principal: que el partido se jugó durante demasiados minutos en una especie de limbo reglamentario donde el fútbol se convierte en resistencia, y la resistencia, sin piernas, acaba siendo una quimera.
Hasta ese momento —y conviene subrayarlo— el Real Madrid fue un equipo ordenado. No brillante, no exuberante, pero sí reconocible. Bloques juntos, líneas relativamente cortas, vigilancia defensiva correcta y una idea clara: no conceder transiciones. Mientras el plan se sostuvo, el club cliente de Negreira no encontró el camino. El problema llegó cuando el Madrid empezó a perder balones atrás. Y ahí apareció, como siempre, ese equipo del que usted me habla. El que vive de morderte cuando dudas, de castigarte cuando te paras medio segundo, de oler sangre en cuanto el rival baja la intensidad. No hay magia: hay colmillo.
El Madrid se metió solo en el matadero con una serie de pérdidas impropias de un equipo que aspira a gobernar los partidos grandes. Pérdidas sin presión real, pases mal perfilados, controles tibios, decisiones tomadas tarde. Todo eso no es casualidad. Todo eso tiene un origen común: la intensidad. Y la intensidad, conviene decirlo sin rodeos, no es un concepto abstracto ni una virtud moral. Es una consecuencia directa del estado físico.
Y aquí es donde uno empieza a echar de menos a Antonio Pintus. Mucho. Demasiado. Les guste a los jugadores o no. Porque Pintus no era simpático, ni paternal, ni flexible. Era incómodo. Exigente. A veces insoportable. Pero sus equipos llegaban vivos al minuto 80. Y este Real Madrid no llega. No llega a los duelos, no llega a las segundas jugadas y no llega, sobre todo, a sostener el ritmo cuando el partido entra en combustión.
El Madrid se metió solo en el matadero con una serie de pérdidas impropias de un equipo que aspira a gobernar los partidos grandes
No se trata solo de correr más. Se trata de correr mejor. De repetir esfuerzos. De no esconderte detrás del pase fácil. De no jugar con el freno de mano puesto cuando el rival acelera. Cuando el Madrid baja una marcha, ese equipo del que usted me habla sube dos. Y eso no es táctica: es físico.
El entrenador, por cierto, planteó bien el partido. Conviene decirlo también, porque no todo es culpa del banquillo. El plan inicial fue lógico, coherente con las piezas disponibles y razonable frente al rival. El problema no fue la idea, sino la ejecución en las áreas. Porque una final no se gana solo defendiendo con orden; hay que castigar cuando tienes la ocasión. Y ahí el Real Madrid fue alarmantemente inofensivo.
No se puede tirar a puerta como un padre lanza una pelota de espuma a su hijo de dos años, flojito y a las manos. Sin convicción, sin mala intención. Eso ocurrió en varias ocasiones; remates anunciados, tiros sin tensión, decisiones tomadas sin hambre. El portero rival agradeció cada una como quien recibe un regalo de Navidad mal envuelto pero fácil de abrir. En partidos de este nivel, o muerdes o te muerden. El Real Madrid, demasiadas veces, enseñó los dientes… sin cerrar la boca.
Los fallos en los pases, que tantos quebraderos de cabeza dieron, no nacen de la técnica. Nacen de la falta de intensidad. Y la falta de intensidad puede tener dos explicaciones: indolencia o falta de condición física. Las dos son malas, muy malas. Y el cuerpo técnico está precisamente para detectar cuál es la dominante y corregirla, porque si es indolencia, se corrige con jerarquía, si es físico, se corrige con trabajo. Lo que no se puede hacer es mirar para otro lado y esperar que el problema se solucione solo por acumulación de talento.
Y hablando de talento, conviene detenerse en Vinícius Júnior. Porque aquí hay que ser claros, incluso a riesgo de molestar. Vinícius es, hoy por hoy, el mejor jugador del mundo. El que lo cuestione, el que no quiera que siga en el Real Madrid o el que diga que es un jugador acabado, está en su derecho. Faltaría más. Pero me tendrá siempre enfrente. Siempre.
Porque Vinícius no solo desequilibra: sostiene. No solo ataca: resiste. No solo corre: compite. En un partido donde muchos bajaron el ritmo, él siguió insistiendo. En un equipo que perdió colmillo, él siguió intentando morder. Con acierto o sin él, con ayudas o en soledad, Vinícius fue el único capaz de alterar el guion. Y eso, en una final, no es un detalle menor: es una declaración de jerarquía. Vinícius, con 16 goles/asistencias en finales, ha igualado a los más grandes de la historia del Real Madrid y, en la próxima final, los rebasará… y todo con sus 25 años, con sus 8 temporadas de blanco, con todo lo que ha pasado y con todo lo que ha tenido que soportar. Que quede claro, repito, el madridista que quiera que Vinícius salga del Real Madrid, me tendrá enfrente con beligerancia, porque este talento propio no puede exportarse, no puede perderse por una campaña mediática organizada por lo más casposo de la prensa deportiva española y por los medios regados con el dinero de La Liga y, como se ha demostrado, con el dinero de ese equipo del que usted me habla.
Todo tiene un origen común: la intensidad. Y la intensidad, conviene decirlo sin rodeos, no es un concepto abstracto ni una virtud moral. Es una consecuencia directa del estado físico
El problema del Real Madrid no es Vinícius. Es todo lo que le rodea cuando el partido exige un plus. Cuando el fútbol deja de ser dibujo y pasa a ser supervivencia. Cuando el rival aprieta y tú necesitas piernas, cabeza y carácter a la vez. Ahí es donde este equipo se quedó corto. No humillado, no superado tácticamente, simplemente, corto.
La Supercopa se fue. No es el fin del mundo. Pero deja un mensaje claro: sin intensidad no hay orden que aguante; sin físico no hay plan que sobreviva; y sin colmillo no hay final que se gane. El Real Madrid tiene talento, historia y orgullo. Ahora necesita volver a tener piernas. Aunque duela. Aunque no guste. Aunque alguien tenga que volver a poner el cronómetro y decir: otra vez.
De Munuera Montero, negreiro de manual, que hace negocios con clubes de fútbol y con un póster de Messi en su casa, no tengo objeción. Futbolísticamente estuvo acertado, disciplinariamente correcto y lo único, quizás, por ponerle un pero, el descuento del segundo tiempo, que le faltó algún minuto con las ruedas de cambios por parte de los dos equipos. Pero como este escribidor de cosas suele hacer, si se gana y nos esquilman, lo digo, si perdemos y nos machacan, lo digo y si, como hoy, el trencilla estuvo correcto, también lo digo, faltaría más.
Y, por cierto, me han hecho gracia las declaraciones de Laporta, cuando dice que las relaciones con el Real Madrid están rotas… más rotas deberían estar, es más, deberían ser las típicas relaciones del Castilla con cualquier otro club de Primera Federación, que es donde deberían estar estos sinvergüenzas después de pagar durante, al menos, 17 años al vicepresidente de los árbitros al menos 8,4 millones de euros para, según ellos “obtener neutralidad”, como si los árbitros no tuvieran que tener la neutralidad ínsita en su meninge profesional, como si se pagara un extra a un fontanero para que no te inundara la casa, vaya. Por cierto, llevamos más de dos años y medio con este asunto Y AÚN NO HA PASADO NADA, que no se olvide.
Me despido con la pena de no haber levantado el título pero con la frase de siempre: ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!
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Buenos días. El Real Madrid, como sabéis, sucumbió contra el Barça en la final de la Supercopa disputada en Arabia, país adalid de la lucha contra el machismo, la homofobia y, en general, de los derechos humanos. El «madridista» y «defensor de todas las causas nobles» Marca recoge perfectamente en su portada la alegría «coherente» con ambos preceptos. Por algo el diario de Gallardo es el principal periódico de régimen.
Los de Xabi sorprendieron con el planteamiento y Vinícius renació, la mejor noticia de cara al futuro. Pero el fútbol sigue siendo un juego donde gana quien mete más veces la pelotita en la portería rival. Cuando se fallan las ocasiones propias y se hacen más regalos al rival que los Reyes Magos lo habitual es perder. Aquí podéis leer la crónica y las notas de Genaro Desailly y la opinión arbitral de Alberto Cosín.
Para ganar títulos no hay que descuidar ningún aspecto del juego —ni fuera de él—, y cuando la calidad neta no es la de antes, el esfuerzo y la concentración han de redoblarse. Los blancos parece que siguen instalados en los felices años anteriores y —más allá del encuentro de anoche— durante las últimas dos temporadas muestran evidentes desconexiones, faltas de actitud, errores pueriles y una inteligencia en el juego en evidente decadencia.
Aún no se han dado cuenta —en todos los estamentos del club— de que esto no es lo que era y, cuanto más tarden, peor, porque además de no ganar tendremos que seguir viendo al club más corrupto de la historia sonriendo en las portadas madrileñas.
En la derrota no valen los casis ni las mejoras ni si el rival ha metido un gol de churro ni nada. Ni nada dentro de la legalidad. Ese es otro cantar que no podemos perder de vista nunca ni lo podremos perder hasta que se haga justicia.
En La Galerna estamos muy jodidos por la derrota. Por muchos motivos. El principal es porque somos madridistas y no somos unos indeseables. Sin embargo, una consecuencia de la grandeza del Madrid es que siempre proporciona felicidad a alguien. Anoche se alegraron a borbotones todos los antimadridistas —obvio— y algunos madridistas, aunque quizá no tanto como deseaban.
Abrimos inciso.
La sociedad la componen personas de todo el espectro moral, sean aficionados del club que sean, aunque la proporción cambia. El hincha de un club delincuente que además saca pecho de ello es un miserable.
Dentro del madridismo también hay un abanico amplio. Quienes aman a su club no quieren que pierda nunca. Puede parecer de Perogrullo, pero, por poner un ejemplo, los atléticos prefieren caer contra el Barça en numerosas ocasiones porque así perjudican a los blancos.
Hay otro grupo de madridistas: los que anteponen su interés a que gane su equipo. Bien porque si el club se desestabiliza ellos tendrán más facilidades para meter la mano en él y enriquecerse aún más. Bien porque estén financiados por grupos interesados en que caiga la cúpula actual para ocuparla ellos.
Es parecido, pero no es lo mismo. Es diferente ser un Tebas que un comunicador subvencionado por un gran grupo que ansía controlar el Madrid. Por ejemplo, cuando Florentino alcanzó la presidencia, evitó que PRISA se apropiara del Madrid, y ya veis cómo se comportan.
Hay otra facción blanca que se dice madridista pero quiere que pierda por motivos como que no le gusta el entrenador, el campo, que haga frío en invierno o la cara del lateral izquierdo del Juvenil B. A este segmento podemos denominar el de los papanatas. Son los que nunca disfrutan con las victorias y no han gozado la mejor época del club, pese a haber tenido la inmensa fortuna de haberla vivido.
Por último, hay un bando de individuos que, con independencia de que sean realmente madridistas u obtengan o no beneficio con la derrota, emanan iniquidad, presumen de conducta deshumanizada y muestran ausencia total de empatía. Este es el clan psicópata.
La psicopatía es una característica muy perjudicial para los demás, pero tremendamente beneficiosa para quien la padece. Es habitual que los psicópatas ocupen puestos bien altos en la escala social y lleguen a las más altas cotas políticas.
Cerramos inciso.
Este último clan, el de los psicópatas madridistas, se alegró de la derrota de —en teoría— su club. Pero no tanto como deseaban. Ellos ansiaban encajar al menos una manita, una hecatombe. Aunque en lugar del sacrificio de cien bueyes anhelaban el sacrificio completo del club.
Cuando uno quiere algo de verdad, no le desea el mal. Que sea necesario solucionar problemas evidentísimos en todos los ámbitos no debe implicar dinamitar la institución. Esta solución define a quien la propone. Estos tipos serían felices con un Gil de la vida, ganando una de cada 25 ligas y una Europalí al siglo.
Quien ama a su club exige abordar los escollos, depurar responsabilidades y mejorar todo aquello que está mal. Si tu hijo está enfermo, quieres curarlo, no tirarlo a la basura y adoptar otro. Pero para ello es necesario un grado de humanidad que no todos poseen.
En otro orden de cosas, la Supercopa nos deparó las habituales imágenes de estos chavales tan majos que componen el Barça (hay madridistas que los adoran y sonríen al evocarlos). Cortes de manga de Chemapamundi Cubarsí, desplantes de Lamine, bobadas de Fermín, etc. No merece la pena ni ahondar el asunto, son sus costumbres. Por supuesto, el responsable de todos los gestos reprobables de los jugadores culés es Vinícius, y esperemos que la prensa le reprenda como merece por ello.
Desde un punto de vista moral, la Supercopa es el título que mejor define al fútbol español. Está creado por un presidente de la RFEF corrupto junto con el capitán en activo del club más depravado —Rubi y Geri— para lucrarse personalmente. Además, se ubicó en una localización ideal para la catadura moral de sus impulsores: Arabia, un país con represión de las libertades básicas, machismo estructural y homofobia legalizada.
Visto así, la Supercopa es un trofeo que viene como anillo al dedo al Barça. De hecho, todas las competiciones nacionales lo son. Hay facturas.
Este hecho racional no es óbice para que nos asquee que ganen y nos fastidie perder, porque el fútbol es emocional. Esto conlleva inconvenientes, para el propio deporte y para los aficionados, pero es una de las claves del Real Madrid: la fe es un ingrediente esencial en la grandeza del club.
No obstante, es muy necesario que el club se ponga las pilas. Hay mucho trabajo por hacer en todas las esferas de la entidad. La plantilla, además de presentar carencias, cuenta con lesionados crónicos que los convierten prácticamente en exjugadores. Xabi aún no ha resuelto los problemas para los cuales se le fichó. La gestión de contrataciones, ventas, cesiones del club es difícil de comprender, sobre todo si no se explica.
Ser del Madrid cuando se gana es sencillo. Cuando hay que demostrar el verdadero madridismo es en la derrota. Enfrentar los problemas, solucionarlos. Tirar pa’lante. No amilanarse e imbuirse de pesimismo en una esquina del sofá. Eso es propio de seguidores de otros equipos.
¡Que somos el Madrid, coño!
Pasad un buen día.
-Courtois: NOTABLE. No se le puede culpar de ninguno de los goles y brilló en otras ocasiones, en particular una increíble a tiro a bocajarro de Lamine.
-Asencio: NOTABLE. Raza y acierto, y eso que jugó como lateral.
-Tchouaméni: NOTABLE. Muy solvente como central.
-Carreras: NOTABLE. Controló bien a Lamine y estuvo en general acertado.
-Huijsen: APROBADO. Le salva su remate en el 2-2, pero sigue verde, y además estaba muy maltrecho físicamente.
-Camavinga: APROBADO. Partido discreto del francés.
-Valverde: APROBADO. Volvió al centro del campo. Peor para él, aunque no lo crea. Es lateral.
-Bellingham: SUSPENSO. Nunca ahora esfuerzos, pero fue uno de sus peores partidos en el Madrid.
-Gonzalo: NOTABLE. Gol y esfuerzo perpetuos.
-Rodrygo: APROBADO. Trabajo estajanovista, emborronado por su grave error en el primer gol del partido.
-Vinícius: SOBRESALIENTE. Su gran partido es el gran consuelo en la derrota. Su gol es uno de los mejores de su carrera.
-Güler: SUSPENSO. Volvió a fracasar como centrocampista. Tal vez es que no lo es.
-Ceballos, Mastantuono, Mbappé: sin calificar.
-Xabi: APROBADO. El planteamiento no estuvo mal, pero la entrada de Olmo y Ferran le cogió con pocos reflejos, y en esos minutos se decantó el partido.
Arbitró José Luis Munuera Montero del colegio andaluz. En el VAR estuvo Trujillo Suárez.
Muy buen arbitraje del jienense en líneas generales. Le faltó alguna amarilla y un par de aciertos en temas de apreciación.
En la primera mitad puso el listón alto de tarjetas porque el pisotón tardío de Carreras a Yamal en el 24' la mereció. Un par de minutos más tarde no señaló una doble mano clara de Cubarsí en una falta cerca del pico del área.
En cuanto al añadido para evitarse quejas y protestas pudo pitar antes, pero luego, con los goles, actuó correctamente alargando porque en las celebraciones se perdió más de un minuto por gol.
En la segunda parte llegaron las tarjetas. Asencio la vio enel 57' por una patada sin balón a Pedri. A continuación, se montó una tangana en la que también vieron tarjeta Valverde y Eric. En el 56', hubo una caída de Tchouaméni con Eric, pero el defensa sacó antes el balón. Otra amarilla que se fue al limbo tuvo como protagonista a Koundé, que cortó una contra prometedora ante Rodrygo. En lls últimos minutos se unieron a la lista de tarjeteados de forma justa por sendos agarrones Carreras y Pedri. El primero por sujetar a Brahim y el segundo por lo mismo a. Rodrygo. Por último, la expulsión por roja directa de De Jong fue justa. La planta a la altura de la tibia en una acción muy peligrosa.
Munuera Montero, BIEN.
En un encuentro frenético y cardiaco, lleno de acciones de mérito por parte de ambos equipos, el Madrid perdió la Supercopa a manos del Barça a consecuencia de un gol de pura chamba de Raphinha.
El prepartido estuvo preñado de confusión. Se anunció como titular a Güler, pero al final salió Gonzalo. También surgieron rumores que apuntaban a una disposición sobre el campo diferente de la prevista por parte del Madrid. Los rumores se confirmaron. El cambio era el adelantado por un medio francés en su cuenta de X, con Asencio no como central sino como lateral, Tchouaméni no como mediocentro sino como central y con Valverde en el centro del campo junto a Bellingham y Camavinga. Los jugadores de uno y otro equipo se miraban unos a otros como tratando de entender los cambios (especialmente los culés, claro, pero no solo), mientras iba quedando claro también que Gonzalo no estaba allí para meter goles, sino para frenar las evoluciones de De Jong como cerebro blaugrana. Parecía claro que Xabi optaba por un arranque de valentía (o con uno de entrenador, según se vea) para jugarse la carta de su propia continuidad. Otro dirá justo lo contrario, o sea, que todo procedía de la cobardía de no querer volver a alinear a Valverde como lateral derecho, a pesar de que se ha revelado como la solución más eficiente, aunque no la preferida por el futbolista.
Los dos equipos se tentaban mutuamente en esos primeros compases, sin que sucedieran muchas cosas. El calor y la humedad parecían pasar factura también. La posesión se decantaba por el equipo cliente de Negreira, pero el Madrid se mostraba rocoso, con un Rodrygo que ayudaba muchísimo y con tino en la faceta defensiva y que en el minuto 15 dejó pasar sabiamente la pelota para que Vinicius incursionara solo. Tenía poco ángulo, pero telegrafió su pase a la red y Jordi García lo interceptó sin el menor esfuerzo. Pese a esta gestión infantil de la jugada, Vini se revelaba como el mayor peligro de los de Xabi, felices con incomodar al Barça y salir al contragolpe. El Madrid empezaba con el aire de algunos planteamientos mourinhistas en finales contra el eterno rival. (El cronista lo dice como un elogio). No había rastro de la célebre presión alta que Xabi parece empeñado en imponer. Esa idea ha pasado a un segundo plano y el Madrid parece haber puesto en barbecho esas ideas audaces hasta ganar la Supercopa como mínimo. No ha podido ser. No sabemos si esas ideas seguirán en barbecho a partir de ahora.
Al borde de los veinticinco minutos, el Madrid se imponía defensivamente, con Carreras y Asencio superando a sus pares (Lamine y Raphinha respectivamente) y sin privarse de celebrar con la grada, aparatosamente, cada duelo ganado. Bellingham y Camavinga ayudaban atrás también. El equipo, muy junto y concentrado. Solo faltaba jugar un poco al fútbol. Como aviso de que el planteamiento podía ser arriesgadamente defensivo, Raphinha le pegó, obligando a Courtois a emplearse, bien es cierto que sin enorme mérito.
A la vuelta de la pausa de hidratación, el Madrid tuvo su mejor ocasión. Rodrygo se la dejó de cabeza en profundidad, con gran sabiduría, pero el canterano se acogotó quizás al notar en el occipital el aliento de Cubarsí, que ya es acogotarse. Respondió el Barça con un primer tiro a las nubes de Fermín y con un fallo garrafal de Raphinha solo ante Courtois. Pero no perdonó un minuto después. El Madrid perdió el balón en el centro del campo (fue Rodrygo, a pesar del estar siendo el mejor hasta ese momento) y el otro brasileño se internó en el área y chutó cruzado para batir al belga.
1-0, y todo el trabajo hecho hasta el momento puesto en tela de juicio. Miedo además a que el Madrid se descompusiera ante el fracaso eventual del plan, cosa muy propia de los nuestros en recientes choques contra los de Flick. De hecho, Courtois tuvo que rechazar un tiro de Fermín. Con el gol, el Madrid parecía perder la fe a borbotones. Amenazaba a tragedia el final del primer tiempo, pero todo cambió en los pies de Vinicius.
Era el contragolpe menos claro de todos. Había dos jugadores del Madrid contra seis del Barça. Vini decidió jugársela, y de qué manera. Rodeado de rivales, le hizo un caño de fábula a Kounde, regateo a Cubarsí en el área pequeña y anotó uno de los goles más espectaculares de su vida.
Pero el destino nos deparaba un final cardíaco del primer tiempo. Lewandowski aprovechó un buen pase de Pedri para batir a Thibaut elevando la pelota. Cuando parecía que nos íbamos al descanso por detrás en el marcador, Bellingham forzó un córner. Lo lanzó Rodrygo. El remate de Huijsen lo rechazaron a duras penas entre Raphinha y el poste, y Gonzalo no perdonó al rechace.
2-2 al descanso, y el desfibrilador cerca.
Vini parecía en trance al comienzo del primer tiempo, decidido a confirmarse como el hombre del partido. Primero forzó un córner en una gran jugada marca de la casa, y en el minuto 50 se perfiló para lanzar un disparo durísimo que repelió García.
El Barça presionaba arriba, aunque el Madrid lo solventaba sin gran apuro. Empezó a calentar Mbappé y a Joan Gaspart, en su casa, le entró un poquito de colitis. Pero le entró en libertad, no en prisión. Ese es el problema. Por lo demás, seguía Vini empeñado en brillar. Desde la frontal obligó a Joan García a mandarla a córner. Una entrada de Asencio, bien solventada con amarilla, sirvió para que toda la expedición culé, utilleros incluidos, rodeara a Munuera Montero.
Una gran jugada entre Rodrygo y Vinícius fue maravillosamente iniciada por el primero con un gran pase, pero lastimosamente pifiada al final con un remate inocente. Parecía que los blancos podían llevarse el partido, aunque la noticia de la lesión de Valverde, que fue sustituido por Güler, provocó un inevitable bajón anímico en el aficionado. Para incidir en el bajón, el Barça sacó a los siempre temibles Olmo y Ferran, que suelen funcionar muy bien saliendo desde el banquillo. Los cambios, en efecto, sentaron bien a los clientes de Negreira, y un remate a bocajarro de Lamine propició un paradón de Courtois.
No tardó en llegar el gol culé, y fue de un moco fuera de lo normal. Se resbaló Raphinha al chutar, pero un rebote afortunadísimo acabó con el balón en la red. Sí esto fuera tenis, se habría disculpado. 3-2.
Huijsen, muy tocado, se marchó en beneficio de Alaba, de quien ya ni nos acordábamos. Se fue también Gonzalo y entró… Mbappé. Tenía algo menos de quince minutos el francés para obrar el milagro.
Poco se podía lograr si el Madrid no se iba arriba, cosa que no sucedía, probablemente por el cansancio y la humedad. Se preparaban Mastantuono y Ceballos, que entraron en lugar de Camavinga y Vinicius, quien seguramente no podía más. Flick contraatacó metiendo a Rashford y Gerard Martin.
El Madrid no daba señales de salir de poder remontar, ni en lo físico ni en lo anímico. Olmo imponía su ley en esos últimos minutos. El Madrid, sorprendentemente, esperaba atrás, sin oler la pelota, aunque en los últimos cinco minutos pareció reanimarse mínimamente. Trataba de presionar, pero dejando al equipo demasiado largo. Se cumplía el 90. Munuera expulsó a De Jong por una entrada escalofriante, lo que no impidió el clásico corrillo de protestas de los patrocinados por R.D. Congo.
El Madrid afrontaba el descuento con un montón de jugadores en el área, tratando de cazar algún remate y bombeando balones. Rashford tuvo un contragolpe pero la lanzó fuera.
La tuvo Tchouaméni tras un buen centro de Güler, pero tiró con mucha inocencia. También Asencio en un remate de cabeza a las manos de Joan. El Madrid cayó con gallardía. Probablemente no era la forma deseada por los madridistas que querían que el Madrid perdiera. Lo sentimos por ellos. Deseaban una hecatombe y no la hubo, aunque para el Madrid perder siempre es desastroso, y más contra el enemigo que se compró la competición durante décadas.
A seguir.