Quedan apenas 3 semanas para cerrar una calamitosa temporada de nuestro primer equipo de fútbol.
En enero voló primero la Supercopa de España en Arabia, que le costó el puesto a Xabi Alonso.
Unos días después, Arbeloa inauguró su mandato con una derrota sonrojante en Albacete. La Copa del Rey se iba también por el sumidero.
Tras el parón de selecciones de finales de marzo, empezó el “mensis horribilis” de abril, con derrota en Mallorca y sendos tropiezos ante Girona y Betis. 7 puntos que se sumaron a los 4 de desventaja que ya llevábamos (entre otras cosas por una derrota en casa ante el Getafe de Bordalás): 11 puntos eran ya completamente insalvables contra el equipo que tuvo en su nómina durante décadas al vicepresidente del CTA.
En abril, tras un mes de marzo que había traído la esperanza y el buen hacer de la eliminación en octavos de final del City de Guardiola (5-1 en el global), vimos cómo los nuestros compitieron, por una vez, a la manera de nuestro ADN, contra un Bayern de Múnich superior, y cayeron apenas faltando 5 minutos para que se llegase a la prórroga de los cuartos de final de la Copa de Europa.
Ahora mismo, haciendo balance de esta temporada decepcionante y lamentable, me siento más o menos como se podían sentir los seguidores del club que pagó a Negreira en los años 60 y 70: se conformaban con ganar una vez al año al Real Madrid. O como se sienten año tras otro los seguidores colchoneros, gozando con los males acaecidos a su exitoso rival y vecino de la misma ciudad.
Y es que —es triste reconocerlo— los madridistas tan solo hemos recibido alegrías este año gracias a las actuaciones —a veces sobresalientes, otras veces patéticas— del Atlético de Madrid.
No seamos como nuestros rivales. No nos conformemos con ganar al Barça este año o al Atleti jugando 10 contra 11 en los últimos minutos
En febrero, un 4-0 propinado en el Metropolitano a las huestes de Flick, que supuso un mazazo irrecuperable para su equipo, que quedó apartado de la final de la Copa del Rey. En abril, un 0-2 en el Camp Nou en Champions, que tampoco lograron levantar los azulgranas en el partido de vuelta en Madrid. A esto podemos añadir, en el mismo mes, la derrota por penaltis en La Cartuja ante la Real Sociedad, cuando todo el mundo pensaba que los de Simeone volverían a levantar un título tras muchos años de sequía.
El último capítulo —insisto, triste consuelo para los merengues que no puede hacer borrar una temporada para olvidar— lo firmaron anoche los rojiblancos al caer, tras un pésimo partido de fútbol, en la vuelta de las semifinales europeas ante un aburrido Arsenal.
Los madridistas estamos acostumbrados —quizás demasiado mal acostumbrados— a gozar con nuestros propios triunfos, sobre todo en los escenarios de toda Europa. Tan solo hace 2 años estábamos a punto de levantar la decimoquinta conquista del bien más preciado, no lo olvidemos. Pero aún no hemos podido superar los traumas que supusieron, por ejemplo, las salidas de Toni Kroos y, posteriormente, de Luka Modric.
Por eso llevamos 2 años en blanco en Europa —de la mugrienta liga local casi es mejor ni hablar—. Y es por ello por lo que nos hemos tenido que consolar con eliminaciones como la del Barcelona ante el Inter, el año pasado, o como la de anoche del Atleti en el Emirates Stadium.
No sigamos por ese camino, por favor. No seamos como nuestros rivales. No nos conformemos con ganar al Barça este año (en el principio del fin de Xabi Alonso como primer entrenador) o al Atleti jugando 10 contra 11 en los últimos minutos.
El Atleti nos ha conseguido poner una sonrisa en estas últimas semanas. No dejan de ser las migajas tras un banquete opíparo. Somos el —puto— Real Madrid, no admitamos de ningún modo ser como nuestros vecinos.
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Buenos días, amigos. El Atleti siempre pierde muy bien. Además, no falla en su cita con la derrota cuando realmente es importante vencer. Están enamorados de la belleza moral del fracaso. Y como suele ocurrir con los enamorados, no son capaces de apreciar la realidad como es, porque a menudo la ética y el Atlético de Madrid no se llevan bien: apropiaciones indebidas, cobijo a neonazis, etc.
Del mismo modo que es meritorio el porcentaje de éxito del Real Madrid en las finales de Champions —ha ganado las últimas nueve que ha disputado— es encomiable la regularidad y el oportunismo mostrados por los colchoneros en su cita con el varapalo. Muestran una precisión de aúpa.
El Atleti es el club que convierte la sátira en realidad. O al menos en una opción muy probable.
— MarcaScroll (@MarcaScroll) May 5, 2026
¿Por qué sucede? La respuesta no es muy complicada. Entre otros, destacan dos motivos: el paraguas mediático y la nula exigencia de afición y directiva.
Tienen una excelente relación —por el motivo que sea— con el entorno mediático, que no les exige resultados acordes al poderío económico y profundidad de plantilla del club. Para la prensa, la derrota atlética nunca es un fracaso. Siempre tienen buenas palabras y justificaciones. Un día es el árbitro, otro el reglamento, otro el paso del tiempo… e, indefectiblemente, lo caprichoso del destino, la crueldad de una historia que, según su parecer, les debe más copas de las que es capaz de trasegar Ernesto de Hannover en una barra libre.
«Cruel e injusto» dice As. «Un Atlético superior en la segunda parte se queda sin final por un gol de Saka», que es algo así como quejarse de que un atleta ha perdido la carrera de 200 metros lisos porque otro ha corrido más que él.
Cuando del Atleti se trata, la prensa no es tibia, se moja, pero siempre para eximirle de cualquier responsabilidad en la derrota: «El alemán Siebert no señaló un penalti a Griezmann al imaginar una falta previa de Pubill».
No hace falta recordar lo que sucede cuando el derrotado con una decisión incomprensible del árbitro es el Madrid: la expulsión de Camavinga es injusta, pero el Madrid no puede quejarse si no ha aprovechado sus ocasiones o no ha jugado como los ángeles.
El asunto de las oportunidades viene pintiparado para destacar las palabras de Koke ayer, quien vino a decir que la pelota no quiso entrar. Cuanto menos se dispare a puerta, menos posibilidades hay de marcar gol. Incluso, si no se tira, a veces no se mete ni uno.
En la no señalización del penalti a Griezmann por falta previa, el Atleti encontró su zona de confort, su colchón de desgracia —casi siempre inventada—. Para ellos es suficiente una acción dudosa en toda una competición para asirse a ella y soltar el lastre de la responsabilidad. El Madrid debe luchar todos los partidos contra varias decisiones no ya dudosas, sino dirigidas contra él.
Marca y Mundo Deportivo titulan, respectivamente, «La historia debe esperar» y «Game over». Aunque, más que game over, habría sido más adecuado un pantallazo azul de Windows y un mensaje de que el sistema no se ha cerrado correctamente.
No se cerró correctamente en Lisboa, no se cerró correctamente en Milán y ahora tampoco en Londres. Vivir siempre a las puertas no supone que la historia deba esperar, más bien asigna el papel de felpudo.
Sport también transmite la idea de que el Atleti perdió bien, pues ilustra la portada con un Simeone alzando los puños mientras los jugadores aplauden.
Su afición tampoco les va a exigir nada. Esta temporada vencieron contundentemente al Madrid una vez, con eso es suficiente. Y la directiva, menos aún. Se quedaron el club por la jeta y han vendido una porción por una millonada gracias, en parte, al cable consistorial. Ellos se forran mientras convencen a los hinchas de lo bonito que es perder.
El Atleti pierde tan bien, que fracasa hasta cuando gana: este año ha eliminado al Barcelona en dos competiciones que después no ha vencido. Para un club antimadridista, el peor castigo.
Tengo serias dudas de que sea conveniente que un club como el Real Madrid —y mucho menos sus servicios médicos— permita a jugadores lesionados, en momentos tan delicados de la temporada como el actual, viajar y exponerse públicamente de la manera en la que lo ha hecho Kylian Mbappé. Sinceramente, tengo muchas reservas con eso.
Y precisamente ahí comienza el verdadero problema.
Porque, más allá de permisos internos, planes de recuperación o comunicados posteriores, hay algo que nunca debería perderse de vista cuando uno representa al Real Madrid: la responsabilidad sobre la propia imagen y la obligación de interpretar el contexto que rodea al equipo.
Hay momentos en los que el problema no es lo que ocurre, sino la manera en la que ocurre. Y, sobre todo, la imagen que se transmite mientras ocurre.
Con Kylian Mbappé sucede precisamente eso.
Nadie discute el derecho de un futbolista a descansar o a despejarse, pero en los momentos adecuados para ello; no en situaciones críticas como la que atraviesa actualmente el Real Madrid. Ese es el verdadero matiz de toda esta cuestión. El problema aparece cuando uno pertenece al Real Madrid y olvida, aunque solo sea por un instante, que en este club la responsabilidad no termina cuando el árbitro señala el final del partido.
Ser jugador del Real Madrid exige entender muchas más cosas aparte del fútbol. Exige interpretar el momento del equipo, medir los tiempos y saber que cada gesto tiene repercusión. Aquí no basta únicamente con jugar bien. Aquí también hay que saber estar.
Y eso, históricamente, siempre lo entendieron los más grandes.
En el Madrid no basta únicamente con jugar bien. también hay que saber estar
Lo entendió el Madrid de Alfredo di Stéfano, Puskás y Gento. Lo entendió el Madrid Yeyé. Lo entendieron los García y, más tarde, aquella inolvidable Quinta del Buitre que convirtió el compromiso y el sacrificio en una forma de representar al club. Todos ellos podían ganar o perder, podían atravesar mejores o peores etapas, pero jamás perdían de vista algo fundamental: el escudo estaba por encima de cualquier protagonismo individual.
Más cerca en el tiempo ocurrió exactamente lo mismo con futbolistas como Toni Kroos, Luka Modric, Karim Benzema, Sergio Ramos o Cristiano Ronaldo. Especialmente Cristiano, seguramente el ejemplo más extremo de profesionalidad, disciplina y obsesión competitiva que se recuerda en el fútbol moderno. Gustará más o menos su personalidad, pero entendió como pocos lo que significa exponerse lo justo cuando uno viste la camiseta del Real Madrid.
Incluso durante la etapa galáctica, donde convivían egos enormes y perfiles muy mediáticos, existía cierta conciencia del entorno. Había futbolistas más dispersos que otros, evidentemente, pero rara vez se permitían determinadas exposiciones públicas en mitad de una temporada complicada o durante una lesión. Porque dentro del club siempre existió la sensación de que ciertas imágenes terminan perjudicando más de lo que ayudan.
Por eso cuesta entender lo ocurrido con Mbappé.
Y no, el problema no es únicamente el viaje a Italia. El problema son las cámaras esperando allí. Las fotografías. Las grabaciones. La sensación de espectáculo innecesario alrededor de un jugador lesionado mientras el equipo atraviesa uno de los momentos más delicados de la temporada.
Es inevitable hacerse una pregunta muy sencilla: ¿qué necesidad había de todo eso?
el problema no es únicamente el viaje a Italia. sino La sensación de espectáculo innecesario alrededor de un jugador lesionado mientras el equipo atraviesa uno de los momentos más delicados de la temporada
Porque estas cosas no ocurren por casualidad. Alguien avisa. Alguien sabe dónde se va a estar. Alguien facilita que las imágenes aparezcan. Y cuando uno juega en el Real Madrid, debe tener la inteligencia suficiente para comprender que ciertas exposiciones solo generan ruido, malestar y debate alrededor del club.
Aquí nunca se toleraron determinadas dinámicas que sí terminaron normalizándose en otros equipos. El caso de Ronaldinho o Neymar en el Fútbol Club Barcelona es evidente. Dos talentos descomunales; dos futbolistas históricos; pero también dos figuras cuya exposición pública terminó, en determinados momentos, alimentando una imagen poco compatible con la exigencia permanente de la élite.
Eso, en el Real Madrid, nunca se ha perdonado del todo.
Y, sinceramente, el comunicado posterior del entorno de Mbappé todavía empeora más la situación.
Porque, cuando hace falta emitir notas a agencias de noticias para justificar comportamientos, algo ya se ha gestionado mal desde el principio. Y porque intentar escudarse públicamente en que existía autorización del club y supervisión médica no hace otra cosa que introducir al propio Real Madrid y a sus servicios médicos en una polémica completamente innecesaria.
Francamente, si todo estaba tan controlado y tan bien planteado, quizá lo más inteligente habría sido evitar directamente la exposición.
El Real Madrid no necesita comunicados para explicar la conducta de sus estrellas. Nunca los necesitó. La mejor manera de proteger una imagen siempre ha sido la discreción, el sentido común y el respeto por el contexto competitivo del equipo. Ahora bien, dicho todo esto, conviene no perder la perspectiva.
Mbappé sigue siendo uno de los mejores futbolistas del mundo. Tiene talento de sobra para convertirse en una leyenda del Real Madrid. por eso se le debe exigir más
Kylian Mbappé sigue siendo uno de los mejores futbolistas del mundo. Un jugador extraordinario, diferencial, capaz de decidir temporadas enteras y de marcar una época en el fútbol europeo. Tiene talento de sobra para convertirse en una leyenda del Real Madrid.
Pero precisamente por eso se le debe exigir más.
Porque el Real Madrid no es únicamente un club ganador. Es una institución con una cultura deportiva muy concreta, construida durante décadas alrededor de valores como el sacrificio, la responsabilidad, la sobriedad y el compromiso colectivo.
Y en el Real Madrid, aunque algunos todavía no lo entiendan, la imagen también juega partidos.
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Una conspiración es un misterio que parece a punto de resolverse. Por eso resulta excitante. Es un secreto en la lengua, un cacharro perdido tras un mueble que acariciamos con los dedos. Es el camino a la taberna, como escribió Cormac McCarthy en Meridiano de sangre.
Nos encantan las conspiraciones porque, como la literatura, nos evaden de una realidad desalentadora y aplastante. Hasta tal punto que muchas personas no pueden escapar de las garras del misterio, del secreto a punto de ser revelado, y se pierden en sus laberínticos argumentos: tan aparentemente limpios y pulcros que han de ser verdad.
Supe hace poco que muchas personas creen que las aves no existen. Serían, en realidad, máquinas con cámaras que los gobiernos usan para vigilarnos. Quienes no hemos visto nunca un pájaro por dentro podríamos dudar de la lógica científica, de la experimentación con animales, de nuestros propios sesgos. ¿Por qué no? Si tengo que pasarme ocho horas en una oficina frente a una fuente inagotable de luz azul, ¿por qué no tengo derecho a evadirme creyendo las extravagancias que a mí me den la gana?
Rendirse a la conspiranoia no es más que otro signo de rebeldía anticapitalista.
No hace falta irse muy lejos para encontrar una de estas conspiraciones. La noticia de la semana es que Kylian Mbappé se ha ido a Italia a pasar unos días libres con su pareja, una importante y reconocida actriz. El jugador está lesionado y las vacaciones son sagradas hasta para los multimillonarios. ¿Quién no pagaría, en su lugar, un avión privado que le llevase a disfrutar del sur de Cerdeña?
La respuesta podría estar clara. Sin embargo, un madridismo aburrido es un madridismo peligroso.
Sin un buen bocado en plata que echarse a la boca, las vacaciones de Mbappé están siendo el divertimento principal en estos días sin ambición. Lo son para todos, pero en particular para los monetizadores del odio que andan azuzando las redes sociales contra el francés, al que acusan de las teorías más variopintas, como la de contratar sus propios fotógrafos para inmortalizar estas vacaciones y, con las imágenes, echar un pulso al club (?).
Sin un buen bocado en plata que echarse a la boca, las vacaciones de Mbappé están siendo el divertimento principal en estos días sin ambición
Circula, de hecho, una imagen del futbolista con la palabra OUT sobreimpresionada que anda acaparando retweets y megustas, lo cual servirá para que unos pocos inversionistas del check azul puedan comer doble ración de postre durante el mes de mayo. Unos buenos céntimos extra a cambio de pedir la extradición del actual Bota de Oro a cualquier lugar en el que pueda ejercer su supuesto autoritarismo castrense.
Pero no te confundas: no pretendo aquí defender a Mbappé. Nada más lejos. Las imágenes del jugador son horrorosas: un doloroso grano que se acumula en el acné de este Real Madrid, que no encuentra solución cutánea a un brote no tan repentino. Es difícil conjugar una escapada de aire hedonista con el liderazgo y la inteligencia que se le presuponen a una estrella de su calado y, sobre todo, de su coste.
Sin embargo, centrarse en Mbappé es mirar el dedo que señala. Nos entretiene con su grácil movimiento pero apunta más allá, a los lugares a los que quizá no estamos queriendo mirar, aquellos donde se permitió que los jugadores se fueran de vacaciones mientras sus compañeros disputaban partidos oficiales, o en los que se dejó que un futbolista ejecutara de forma pública a su entrenador, o donde no se planificó la plantilla y el proyecto de manera adecuada.
Para los que no somos conspiranoicos, esta vorágine antimbappé resulta interesada, artificial, impostura magra. Un burdo intento de protagonizar la conversación con saltos argumentales dignos de tertuliano televisivo. Otro dedo engordado que es mero entretenimiento y que señala la única luna a la que hay que mirar: en la que equipos que no son el Real Madrid juegan y ganan competiciones que debería estar jugando y ganando el Real Madrid.
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No soy sospechoso de no haber denunciado el caso Negreira —en mi caso, además, literalmente— y lo que opino de competir en el sistema podrido español.
Así que hoy quiero plantearme qué podemos hacer para la próxima temporada. La planificación debería haber comenzado ya en la T4 de Concha Espina. No digo que no lo haya hecho, porque no lo sé. Simplemente espero que estén trabajando a destajo para que se acabe este desastre.
He defendido a Mbappé siempre por una razón: que le ficharon para hacer goles y lleva 85 en 100 partidos. Durante todo el año he detestado el enfrentamiento entre dos partes del madridismo, los llamados Team Mbappé contra los llamados Team Vinícius. Hoy voy a centrarme en todo lo malo de ambos, y del resto también.
Kylian debe entender el esfuerzo que ha supuesto para el club, y sobre todo para el propio Florentino, para que juegue aquí después del jueguecito que se trajo en 2022 con su renovación con el PSG. Es cierto que no tenía por qué fichar por el Madrid, y no tenía ninguna deuda, pero creo que nadie se chupa el dedo y hasta el más bondadoso sabe que se aprovechó de aquello para hacer creer que firmaría por nuestro club para finalmente renovar con los parisinos a un precio de oro. No sé si hubo presiones de Al-Thani o no, pero a ojos de todos jugó a dos bandas y fue algo feo.
Jamás hago caso del sensacionalismo que se mueve en torno a nuestras figuras, y en torno al genio de Bondy hay muchísima literatura. Siempre me he alejado y la he despreciado. Me fío de lo que veo. No obstante, después de todo lo dicho sobre él, empiezo a pensar que fue un error ficharle, a pesar del pedazo de jugador de fútbol que sigo pensando que es, porque parece que todo lo que contaban sobre su entorno es cierto, ¡y mira que me resisto a estas cosas!
Lo de la rodilla fue lo primero que me mosqueó, y tengo muy claro que fue su entorno el que lo movió. Nadie sabe a ciencia cierta lo que pasó, hay fuentes muy cercanas al club que afirman distintas cosas, pero fue su entorno el que destapó lo de la rodilla equivocada con las pruebas de control por el equipo médico. Es inverosímil, y creo que hace un flaco favor al equipo.
empiezo a pensar que fue un error fichar a Mbappé, a pesar del pedazo de jugador de fútbol que es, porque parece que todo lo que contaban sobre su entorno es cierto
Lo que ha hecho ahora, lo hemos visto todos. Siempre ha tenido gran celo de su vida privada, no dejando que se venda mucho de ella. Haber visto esta semana sus vacaciones retransmitidas a modo de cenas y paseos con su pareja, que también es famosa, me parece que ha sido algo hecho con toda la intención de que se vea. Por supuesto que no veo problema en que vaya de cena con quien quiera estando de baja médica, lo que no me parece bien es que sea en otro país y retransmitido a conciencia. La guinda la ha puesto aterrizando en Barajas en su jet privado escasos minutos antes de que sus compañeros empezaran un partido de Liga en Cornellá, y con las cámaras del Chiringuito grabando. No es serio.
Lo único que sé es que lo que está haciendo no es de recibo, y si es porque está enfadado con los compañeros, como dicen algunos, que lo hable en el vestuario. La ropa sucia se lava en casa. Lo que está claro es que esta actitud es desafiante y de niño consentido. Y no os digo donde estaría el francés si el presidente fuera un tal Santiago Bernabéu, que no se casó ni con Di Stéfano.
De Vinícius ya lo he dicho todo: soy un enamorado de su juego cuando está on fire, y mereció en 2024 el Balón de Oro, pero el Real Madrid está por encima de todo, y los jugadores nunca pueden ser más importantes que nuestro amado club. Cuando la lio en el clásico, independientemente de si Xabi tenía razón o no en sacarle del campo, debió ser castigado y el club apoyar a su entrenador. Aquello no se solucionó de la forma adecuada. Al menos en el partido en Cornellá este domingo no se borró y dio su mejor versión.
Creo que Bernabéu también lo hubiera solucionado del mismo modo que pienso que haría con Mbappé.
Es muy difícil para el Real Madrid poder deshacerse de uno de ambos, pero sigo convencido de que no es posible tenerlos a los dos, y lo único que puedo decir es que ahora es fácil afirmar que fue un error fichar a Mbappé teniendo a Vinícius. Muchos pensamos que serían compatibles, incluso gente que sabe mucho de fútbol, y la realidad es que no ha sido así. El club dudo que se deshaga de ninguno, y ahí tenemos un buen marrón.
Muchos pensamos que Vini y Mbappé serían compatibles, incluso gente que sabe mucho de fútbol, y la realidad es que no ha sido así
Carreras, que ha costado 50 millones, debería plantearse por qué el club no está contento con algunas actitudes suyas y por qué le han pasado por la derecha Mendy y Fran García, y no reírse cuando el entrenador decide sacar a Fran García ante la lesión de Mendy. Está claro que, con lo que ha costado, no puedes venderlo, hay que tratar de sacarle partido y creo que se puede, pero su actitud está fallando.
También se ha visto alguna vez a Asencio con una actitud equivocada en el banquillo que no me ha gustado. De Camavinga y Ceballos no hace falta decir nada, y es posible que todos necesiten un repasito, salvo Courtois, Lunin, Rüdiger, Militao, Tchouaméni, Brahim, Thiago y Gonzalo. El resto, incluidos Jude, Valverde y Carvajal, si deciden renovarle, necesitan una charlita muy seria, aunque reconozco que estos tres son los menos preocupantes, porque se dejan todo en el campo siempre.
Mendy es un caso aparte, es capaz de competir una eliminatoria de Champions como si llevara a tope toda la temporada, cumpliendo como un jabato, y lesionarse cada tres partidos jugados. Es desesperante.
Nunca sabré si la frase que se atribuye a Xabi de que no sabía que había venido a cuidar de una guardería la dijo o no, pero tengo algo clarísimo: si no lo dijo, debería haberlo hecho.
La directiva tampoco me ha gustado como se ha comportado, empezando por Florentino Pérez, que para mí es el máximo responsable de la mejor época de gloria del club y le tengo máxima admiración pero que, ahora mismo, creo que no lo está haciendo de la mejor forma y debería reaccionar. Opino que con Xabi Alonso no se tuvo el trato adecuado. No digo que el tolosarra no hiciera cosas de forma incorrecta y que no se equivocara, pero la directiva no puede apostar por un entrenador y luego dejarlo solo ante los leones. Si apuestas por un proyecto, debe ser de verdad, y a los jugadores les tienes que hacer ver que manda él, y no ellos, y creo que la directiva lo hizo mal.
Tengo un mosqueo considerable con los jugadores del equipo, creo que hay que meterlos en vereda, y quiero que sea cuanto antes
Tengo un mosqueo considerable con los jugadores del equipo, creo que hay que meterlos en vereda, y quiero que sea cuanto antes. Son inadmisibles ciertas actitudes. Que la directiva lo entienda, y deje de consentirles como si fueran niños.
También deben, de una vez por todas, resolver el problema del departamento médico. No es de recibo el nivel de lesiones por temporada comparado con los rivales a nuestra altura en toda Europa. Eso es bastante preocupante y deben solucionarlo ya.
Teniendo en cuenta estas cosas, la pregunta es: ¿cómo arreglamos esto entonces? Pues, honestamente, si la directiva respeta al entrenador y lo apoya, la mejor forma de afrontarlo, creo, es trayendo a José Mourinho.
Hace falta un tipo con carácter, que conozca el club, que haga lo que debe en todo momento y sea capaz de decirle al presidente la verdad a la cara, que no se arrugue, y creo que el único capaz de esto, a día de hoy, es el de Setúbal. Y si hay que sentar a alguien una temporadita para que recapacite, se llame Mbappé, Vinícius, o quien sea, que se haga y se les explique quién manda en el club.
Mourinho es el mejor, porque viene después de una carrera larga y no tiene nada que perder. Les tiene que hacer ver a los jugadores que no les va a consentir ni una, que él ya está de vuelta de todo, que hay que trabajar duro, porque llevan dos años de auténtica vergüenza. Y que no va a consentirles que tiren por la borda su prestigio ni el del Real Madrid. Y, si es posible, que el discurso inicial lo dé con Florentino al lado para afianzar las posiciones del club.
¿cómo arreglamos esto entonces? Si la directiva respeta al entrenador y lo apoya, la mejor forma de afrontarlo es trayendo a José Mourinho
Ya sé que la prensa irá a degüello a por él, de hecho, ya están trabajando en ello a día de hoy, y que mucho madridista no estaba convencido en su primera época con sus formas. Yo nunca fui devoto suyo, aunque tampoco un furibundo detractor. Pero… ¿ahora? Lo tengo claro: es la mejor opción y reconozco que no entiendo que haya dudas en parte de la directiva. No veo otra solución posible.
Dicho esto, no me mojaré sobre qué jugadores deben quedarse o irse, porque si viene el portugués a solucionar esto lo veré correcto y lo apoyaré. Espero y deseo que el club lo traiga y que se ponga manos a la obra enseguida.
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Buenos días, amigos. Ya es martes, queda menos para que acabe la semana. Es mayo, queda menos para que termine la temporada. En definitiva, es el Madrid, queda menos para que vuelva a ganar. Aunque, si bien se trata de una máxima universal aplicable a tiempos de alegrías magras, la senda del triunfo no se recupera porque sí, sino que requiere de toma de decisiones acertadas y de esfuerzo. Como mínimo. La crítica a todo lo podrido de nuestro fútbol no debe ser incompatible con exigir al club que se ponga las pilas.
Mientras esto ocurre, el resto sigue igual. Todo es previsible hasta la exasperación. El leitmotiv es que el Madrid, todo mal. Siempre. En épocas de crisis, de bonanza y de cualquier otra serie de televisión. Pero como hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día, si se anuncia el apocalipsis blanco cada semana, alguna vez coincide con malas etapas vikingas.
Al asomarse a los medios —y al propio fútbol español— no se observa la realidad de la calle, sino una ficción. Todos los actores implicados —casualmente menos el principal perjudicado— nos venden una competición magnífica, emocionante, espectacular. Pero no es necesario ni siquiera limpiarse las gafas para ver los desconchones de los decorados de cartón piedra y la goma de las caretas de los disfraces. O directamente leer la verdad:
Debajo del «Más que un clásico» podemos ver que «El partido será uno de los más seguidos de la historia y la retransmisión televisiva, una “superproducción audiovisual”, según LaLiga». Falta un «patrocinado por la propia la propia liga», pero se entiende.
La expresión «superproducción audiovisual» pretende sonar moderna, sólida, pero es una confesión en toda regla. Hemos perdido la cuenta de cuántos años lleva el campeonato nacional siendo una superproducción, es decir, una maldita película. Además, con el paso de los años, cada vez más telefilm de sobremesa de Antena 3, con sus anuncios y todo.
Director, productor, realizador, guionista, secundarios, maquilladores, etc. tienen la trama donde querían: SU protagonista recibe la visita de EL protagonista con el objetivo de montarle una encerrona que culmine con el alzamiento de un nuevo trofeo de corchopán. Todo ello recogido con drones, grafismos, cámaras de cine, realidad aumentada, planos imposibles y demás parafernalia tecnológica de primer nivel. Esa misma que no es capaz de filmar ni una gota de sangre cuando a Mbappé le parten la ceja. Esa misma que muestra una imagen tomada desde el satélite Meteosat cuando se produce un penalti claro a favor de los blancos.
Tiene su gracia que la liga quiera que sea una superproducción y no una retransmisión. Retransmitir es mostrar lo que ocurre y producir es construir. Seguir construyendo un relato comenzado años ha.
Sport celebra el asunto porque el guion le favorece. El ecosistema mediático lleva tiempo preparando el decorado y lo vende a precios desorbitados como experiencia «premium», ese palabro detector de vendehúmos. Pero la realidad es la que es, basta echar un vistazo a la fotografía que ilustra la portada: un tifo alopécico que ocupa tres cuartas partes de un estadio a medio recauchutar. Representa fielmente al fútbol español.
Si Sport espolea la posible entrega en bandeja de otra liga ominosa al equipo del régimen, con el Madrid de testigo, Mundo Deportivo cumple su función de castigar al enemigo: busca dónde puede hacer más daño y clava ahí su puya hasta el corvejón. La gastroenteritis del vestuario blanco es el objetivo perfecto.
Cuando un equipo pierde, sucede lo mismo que en un hogar cuando no hay dinero: surgen tensiones. Y la solución es la misma: resolver el problema, porque, si no, nada mejorará. Y además se da ventaja al adversario.
Aunque, en el caso del Madrid, cuando gana también está mal, ya lo hemos comentado al comienzo. Como muestra, el graznido del obsoleto Lama contra Vinícius tras su gran actuación contra el Espanyol:
✍️🤔 Manolo Lama: "Meterle dos goles al Espanyol está muy bien, pero cuando hay que meter los goles es en los partidos de verdad" https://t.co/fQnkv5pdv2
— Tiempo de Juego (@tjcope) May 4, 2026
Hace tiempo que mentir no tiene consecuencias, porque el receptor del mensaje está tan aborregado que carece no ya de espíritu crítico, sino de la más mínima memoria o capacidad intelectual funcional. Vinícius, además de anotar en las dos finales de Champions ganadas, se encuentra, pese a su juventud, en los puestos altos de todas las estadísticas importantes de la Copa de Europa. Datos no opinables.
En la prensa madrileña, también del régimen, reparten el peso de manera diferente y el Atleti es el protagonista.
Marca se muestra más moderado: «Destino Budapest». El diario prisaico asume serios riesgos: «Camino a la gloria». Nada es descartable, pero dados los antecedentes…
Nos despedimos de vosotros con la esperanza de que gocéis de un espléndido día y con el deseo de que el domingo, cuando Tebas ponga en marcha la función, claqueta en mano, y grite: «Liga EA Sports, temporada 2025-26, escena 35, toma 1: el alirón», el Madrid no respete el guion. Queremos un Madrid guerrero y rebelde que arruine el rodaje del telefilm. No queremos ser, otra vez, meros figurantes contra el Barça.
Después de la semana de pasión de Mbappé, la gran actuación de Vinícius cargó de munición a casi todo el espectro del vinagrismo ilustrado. Los que piensan que ambos arietes nunca cuajarán juntos asentían con cada gol del brasileño en la idea de que sólo brilla y se libera sin el nueve sobre el campo. Y qué decir de los que consideran que Kylian nunca debió pisar Chamartín. Para ellos, cada victoria sin él es un metro más de trinchera. Menos suerte tuvieron, eso sí, los que afilaban garras contra Vini por sus gestos y la amarilla del primer tiempo. Los tres puntos de autor en Cornellá les obligaron a volver a casa sin la presa.
Respecto a la escapada transalpina del francés, tenemos claras varias cosas mientras otra sólo la sospechamos. Resulta evidente que el momento elegido por el jugador para dejarse ver en otro país y con otros planes más allá de su club quizá no fuera el más adecuado. Igualmente cristalino es que lo de cumplir con la vida ociosa no lo ha inventado Mbappé. En otra época había fijos del vestuario en la Feria de Sevilla. Y ahí lo dejamos. Lo que ha cambiado es la exposición: hoy, quien tiene un móvil, tiene un arma. Pero sigamos. Más allá del ruido tuitero y dicharachero, la temporada no se tira en un barco de Cagliari. Los males del club, parafraseando a Aznar —si todavía no es delito—, “no están en desiertos remotos ni en montañas lejanas”, sino en un lugar mucho más a mano y visible que empieza por un despacho, prosigue en una planificación y termina por un espejo, el que deberían utilizar los jugadores para ver la realidad. Respecto a la intuición sobre la escapada, no es difícil concluir que algunas de las críticas más aceradas nacen de una lógica pizca de envidia. No les culpo. Y hasta aquí puedo escribir.
No hace falta una aguja para hilar estas enseñanzas con el circo de variedades que parece el Real Madrid.
Pero volvamos al balón. En ‘Esparta’, el historiador Andrew Bayliss revisa el verdadero protagonismo de la legendaria polis guerrera y apunta la verdadera razón de su declive: “los espartanos dejaron de ser temibles”. Así de simple. Así de rotundo. Sus triunfos, explica, se cobraron un precio muy alto: la pérdida de población y, sobre todo, de soldados de élite. Y si a esto le sumamos la soberbia de considerar a los pueblos conquistados como inferiores, el destino no podía ser muy amable.
No hace falta una aguja para hilar estas enseñanzas con el circo de variedades que parece el Real Madrid. Sin ambición ni orgullo, hoy ningún equipo es temido y cualquiera te mira de frente y te destruye, como se ha visto este año. Con los mejores hombres del pasado reciente retirados o en otros equipos, los actuales han caído en la vanidad, principal causa de las grietas en un vestuario. Repasen la lista de amigos de Alonso y Arbeloa y sabrán de qué les hablo.
La victoria contra el Espanyol sólo es el primer paso para emular las Termópilas y caer con gloria. El segundo será en el Camp Nou. No regalen ni un centímetro y al menos no serán borrados de la Historia.
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El otro día Hermel, que hasta un reloj averiado da la hora bien dos veces al día, dijo algo interesante a colación del 5-4 con el que terminó el primer partido de semifinales de la Copa de Europa entre el PSG y el Bayern. Dijo que había sido un encuentro paradigmático de la cultura tiktokera en la que vivimos, la propia de nuestro tiempo: «intensidad constante, velocidad constante, sin pausa, sin tiempo para pensar». Y es verdad.
Es decir, que la «intensidad» es un artefacto retórico que, en el fútbol moderno, sirve para disfrazar muchas cosas. Es un recurso muy conveniente. La «intensidad» suele aludir a las patadas y al juego sucio, lo que antes se decía cancherismo. Intensidad también es correr mucho, de un lado para otro y todo el tiempo. Pero, verdaderamente, ¿es eso fútbol? Correr está muy bien, pero con sentido. Decía Pirelli en su anuncio famoso que la potencia, sin control, no tiene sentido. ¿Y la intensidad? ¿Es un fin en sí mismo?
Hermel añadió que el fútbol se compone de portero, defensa, mediocampo y ataque. Que, como símbolo de la época absurda en la que vivimos, donde se rinde culto desmedido al ruido y a la apariencia, un 5-4 en la ida de la eliminatoria-umbral del partido más grande del año resulta, de todo punto, ridículo. Pues evidencia que sólo existe, en efecto, ataque, pero un ataque infantil y callejero, más propio del fútbol amateur que de la alta, ¡altísima!, competición.
Resulta obvio que, como ya no cuentan doble los goles fuera de casa, importa menos recibir. Eso ha abierto, digamos, el panorama general de las eliminatorias: antes, las idas solían ser más feas, eso es cierto, pues se jugaban con el culo apretado, sobre todo si eran en casa. Pero… reconozcámoslo: era un fútbol mucho más serio, más adulto. ¿Cuál es la característica fundamental de la adultez? Diría que la conciencia sobre uno mismo y las cosas. Este fútbol de ahora, tan juvenil que se diría pueril, adolescente, ligero, frívolo, se parece mucho más al circo que a cualquier otra cosa y, pensando sobre ello, he reflexionado sobre los últimos grandes equipos del Madrid que dominaron en Europa.
la «intensidad» es un artefacto retórico que, en el fútbol moderno, sirve para disfrazar muchas cosas
En términos de tradición madridista, ser campeón de Europa está muy relacionado con el control. Es decir, con la seriedad. No tanto el control del balón como del tempo, del compás del partido. Cuando el Madrid ha tiranizado la Copa de Europa lo ha hecho siendo un equipo eminentemente centrocampista. Empezando por la Séptima: Redondo-Karembeu-Seedorf parecen, con los ojos de hoy, un antecedente directo de la CMK.
Los datos hablan por sí solos: un gol recibido en cuartos y ninguno en semifinales ni tampoco en la final, jugadas ambas contra campeón y subcampeón de Europa el año anterior.
La Octava es el ejemplo clásico de mediocampismo: en torno a Redondo, dos interiores con vocación de aventureros, Raúl y McManaman, como alas desplegadas a los costados del argentino, que tenía, por detrás, una línea de cinco exuberante, líbero incluido. El Madrid recibió 4 goles en los 4 partidos eliminatorios y ninguno en la final.
En la Novena estaban la dupla Makelele-Zidane como yunque y martillo. Pero es que Solari, de interior, por la izquierda, doblando un carril zurdo asombroso, de una capacidad ofensiva única gracias a la presencia de Roberto Carlos, y la caída de Raúl por ese lado, configuraban un 4-4-2 más o menos canónico que servía para que el equipo asegurase la posesión. No era aquel Madrid el más fuerte de todos en términos defensivos, pero.
el fútbol se ha puerilizado. El tiktokerismo que «prioriza» los highlights por encima del fondo y la forma —es decir, el instante «viralizable» y «monetizable» sobre la esencia del juego— ha llegado a lo que ocurre sobre el mismo terreno de juego
Es manifiesto que el fútbol se ha puerilizado en todo. El tiktokerismo que «prioriza» los highlights por encima del fondo y la forma —es decir, el instante «viralizable» y «monetizable» sobre la esencia del juego— ha llegado a lo que ocurre sobre el mismo terreno de juego. De modo que se da un supuesto espectáculo «legendario» entre dos equipos que se marcan 9 goles contando, como contaban PSG y Bayern, con excelentes centrocampistas como Vitinha, Fabián o Kimmich.
Todo es hipérbole, trazo grueso y vulgaridad. Los futbolistas, sobre todo las estrellas, juegan a menudo pensando en la celebración y no en los goles, con la cabeza puesta en las stories de Instagram.
Del mismo modo que la democracia no es sólo votar, el fútbol no consiste sólo en meter goles. No recibirlos o recibirlos en una medida residual da una idea muy poderosa de todo un trabajo hecho antes, de una concepción misma del juego. Entendiéndose como un todo orgánico, el equipo con vocación de campeón fluye dominando casi todo lo que pasa, incluso cuando sufre. Saber parar es saber sufrir. Dominar la pausa, o forzarla, es lo que, en términos taurinos, llaman temple. El fútbol de hoy no tiene temple, pero los mejores ejemplos de esto que se me vienen a la cabeza son precisamente dos partidos en los que el Madrid de Zidane, tricampeón de Europa de manera consecutiva, estuvo contra las cuerdas y recibió bastantes goles: la vuelta contra el Atlético de Madrid, en las semifinales del 17, y la vuelta contra la Juventus del año siguiente, cuando los italianos remontaron el 0-3 de la ida.
En los momentos más peliagudos de ambas eliminatorias surgieron hombres de tamaño colosal como Luka Modric, Casemiro, Toni Kroos o Isco para detener la hemorragia apropiándose del balón. El «defenderse con el balón» puede que suene a culerío en la mente colmena del madridismo pero resulta ser la clave de casi todas las Copas de Europa del Madrid. Desde luego que tiene peor prensa que el supuesto «rock´n’roll» del que, por otra parte, nunca supimos, en realidad, nada. Pero el sino de los tiempos no va con la tradición de este club, al menos con su mejor tradición competitiva, y la inevitable refundación ha de pasar por volver la vista a los tiempos en que, como dice la canción de Loquillo, fuimos los mejores.
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Buenos días, amigos. Como titulaba ayer su crónica Francisco Sánchez Palomares, Vinícius destrozó el pasillo. Como el niño travieso que es. A balonazos. Dos, concretamente. Dos balonazos que acabaron con los cuadros hechos añicos en el suelo, el retrato de la abuela resquebrajado y un par de desconchones en la pared. Hay balones que ni las piquetas.
No es que el Real Madrid haya tenido nunca remilgos en reconocer y homenajear al justo vencedor, incluso cuando ese vencedor ha sido nuestro máximo rival, que ya tiene seis Copas de Europa y está luchando por la séptima. Ni siquiera en el supuesto de que el justo vencedor fuera el Barcelona, en el hipotético caso -nos puede nuestra inocencia- de que el Barcelona haya ganado a lo largo de la historia alguna competición nacional sin hacer trampas.
Tampoco es que el hecho de amargarle al Barcelona la posibilidad de ser homenajeado por el Real Madrid nos produzca particular felicidad. A los madridistas, a diferencia de a los culés, nos motiva perseguir la gloria propia, y no nos produce ninguna satisfacción la alegría de vuelo bajo y de mala ley, emponzoñada y mezquina, que nace no del éxito propio sino del mal del rival. Nosotros preferimos centrarnos en nosotros mismos, con exigencia y espíritu crítico cuando las cosas no han salido bien, y dejar que la planta venenosa de la envidia siga creciendo en tierras más propicias por más mediocres.
Pero eso es una cosa y otra que no sintamos alivio por habernos ahorrado una semanita de polémica sobre si el Real Madrid debería o no hacer pasillo al Barcelona en caso de haberse éste proclamado ya campeón de Liga. En La Galerna, digámoslo claro, habríamos estado en contra de dicho pasillo. Pero no porque nos pareciera inoportuno, sino porque se nos habría antojado manifiestamente insuficiente.
Un pasillo, por lo general, es un lugar angosto, largo y generalmente oscuro. Un lugar de paso, una vía de comunicación concebida para el tránsito más o menos apresurado y no para el descanso, la celebración y el agasajo. Un espacio ciertamente inadecuado para acoger a tanto homenajeado como la ocasión habría requerido.
Se nos ocurre, por tanto, que hacerle un patio al Barcelona habría estado más puesto en razón. Un patio con sus paredes renegridas por el humo y la lluvia, sus ventanas enrejadas y su aire espeso de fritanga del VAR, de orines arbitrales y de las inagotables y fétidas flatulencias de esta liga putrefacta. Qué mejor, se nos ocurre, que el patio de Monipodio, donde se encontrarían como en casa el Barcelona, Negreira, el CTA con su jefe Fran Nadie al frente, los culegiados, Tebas y la inmensa humanidad de Laporta. O, ya puestos, el patio de Alcalá-Meco, aunque sólo sea para dar a nuestros homenajeados la posibilidad de disfrutar por unas horas de la lujosa residencia que inmerecidamente les hurta la falta de justicia en España.
Marca y As traen en portada al niño travieso Vini, y mientras Marca afirma que evita el alirón y el pasillo, As se decanta por el titular “Vinicius cancela el alirón”. Pretender a estas alturas que los dos diarios deportivos madrileños respeten la semántica, siquiera en su titular de portada, es pedir peras al olmo, lo sabemos. Pero hombre, incluso en Marca debería ser capaces de entender que lo que Vinícius evitó ayer fue el pasillo; el alirón, mucho nos tememos, sólo lo retrasó. Y en cualquier caso, difícilmente Vini pudo evitar ayer algo que hoy sigue siendo una posibilidad rayana con la certeza. En cuanto al As, lo más que habría podido cancelarse ayer son los actos de celebración del título de Liga, en caso de estar programados. Y esa cancelación, como es natural, sólo podría haberla efectuado quien los hubiera organizado; circunstancia que, casi con toda probabilidad, descarta a Vini como autor de la cancelación.
Por otro lado, el diario de Gallardo de nombre nos revela en primicia, y como quien no quiere la cosa, que Sinner toca la Quinta Sinfonía. Desconocíamos esta faceta del excepcional tenista italiano, que también se nos revela -gracias a Marca- como melómano y hombre-orquesta, tocando él solito toda una sinfonía, desde los primeros violines hasta los timbales… Vale, es una metáfora. Pero, amigos de Marca, ya que decidís recurrir a una metáfora propia de redacción escolar de cuarto de Primaria, curráoslo un poquito más. ¿Qué Quinta Sinfonía toca Sinner? ¿La de Beethoven y su famoso y apócrifo destino llamando a la puerta? ¿La de Mahler y su declaración de amor a Alma, con el adagietto popularizado por Visconti? ¿Acaso la de Chaikovski, segundo capítulo de esa trilogía trágica que desemboca en la Patética? ¿La de Sibelius y sus cisnes nórdicos? ¿O la pesimista y antibelicista de Prokofiev? ¿O es por ventura la genial Quinta de Shostakovich, acto heroico de rebelión contra el estalinismo de un hombre temeroso, cuyo éxito obligó a Stalin a adoptar como loa al régimen una pieza que lo parodiaba? Sacadnos de dudas, amigos de Marca, que esto es un sinvivir.
La prensa cataculé, por su parte, está a sus cositas. Os dejamos las portadas aquí por si hubiera o hubiese alguien a quien le interesa verlas. Que hay gente pa’ tó.
Pasad un buen día.
Le quisimos y le odiamos cuando no lo pudimos tener. Florentino le comprendió, le esperó y le perdonó como se perdona a un hijo. Y nos lo trajo. Y lo celebramos a pesar de todo, a pesar de creer que no lo necesitábamos. Porque es el mejor del mundo. Pero el debate sobre Mbappé vuelve a estar sobre la mesa. El equipo se desnorta con él en el campo. Lo hemos visto. Por otra parte, un Arbeloa acorralado por la prensa admitió por fin una verdad incómoda en la previa del partido frente al Espanyol: la táctica se ignora. Perdemos la capacidad de desordenar al rival. Cada uno hace la guerra por su cuenta. Añado yo: se evapora la inteligencia colectiva, el juego se espesa y se hace insistentemente previsible. Desaparecen los espacios y el equipo muestra síntomas de impotencia y de frustración sobre el césped. No es sólo por Mbappé, seguramente, pero muchos aficionados ya le señalan. Su viaje romántico por Italia, fotos de paparazzi incluidas, mientras se recupera de una lesión, no ayudará a calmar los ánimos.
Se analizará poco el partido contra el Espanyol en Cornellá. A fin de cuentas, es una victoria irrelevante. El rival no ofreció nada. Cierto. Pero es que rivales como este nos han ganado partidos este año. La primera parte fue plomiza. Al menos no encajamos gol y generamos algunas oportunidades. El arbitraje estuvo muy alineado con "El Método Negreira", perfeccionado por el CTA durante tres décadas: contundente con las protestas de unos (tarjeta a Vinicius) y tolerante con la reiteración de faltas y provocaciones de otros (también a Vinicius). Gil Manzano está en caída libre desde hace años. Una organización arbitral profesional en plenas facultades le habría apartado hace al menos tres temporadas, como a otros fenómenos que todavía andan por ahí pateando el reglamento y el sentido común cada fin de semana. Pero hablamos del crimen organizado. Hay que cuidar a los sicarios del silbato. Mejor tenerlos dentro calladitos que poner a alguno en la calle y que le entren unas incontenibles ganas de hablar. A fin de cuentas son los que hacen el trabajo sucio mientras otros se reparten las chistorras en algún puticlub.
La segunda parte fue otra cosa. Vini volvió a ser un martillo neumático por su banda. Desbocado, generoso y constante en el esfuerzo. En días así es imposible pararle. Un hombre de fe, una roca. Una pesadilla para los defensas. Fue abatido innumerables veces fuera de lo permitido en el reglamento, pero la reiteración de faltas no conllevó sanciones disciplinarias, para sorpresa de nadie. Vimos a Bellingham laborioso. A Valverde contenido pero atento. A Tchouameni en su sitio. La defensa no sufrió con los delanteros del Espanyol, al que le faltó el gol de Puado y calidad en el último tercio. Brahim no brilló. Mendy duró diez minutos sin lesionarse, pero el pequeño manchego que le sustituyó cumplió con creces, echándole ganas y energía. Jamás pondría en el mercado a Fran García. Es Nacho. Es Joselu. Un jugador de plantilla siempre listo para una emergencia. Arbeloa hizo pleno con los cambios. Gonzalo puso un balón de gol a Vini a los dos minutos de saltar al césped y Bellingham le dejó solo frente al portero un poco después. El brasileño ejecutó dos golazos, uno de ellos tras tumbar a media defensa en su slalom hacia el punto de penalti. El otro por la escuadra con un golpeo finísimo desde dentro del área. Imparable Vini.
La reflexión es pertinente: tenemos dos delanteros top 5 mundial, pero ni Ancelotti, ni Alonso ni Arbeloa han conseguido que mezclen. Diferentes entrenadores, diferente método, mismo resultado. Buena producción individual, imagen colectiva lamentable y sequía de títulos. ¿Ha vuelto a cometer Florentino su error de los galácticos, acumulando en el once una enormidad tal de talento que sólo puede funcionar en la PlayStation? En el mundo real, lo que vemos es que Mbappé y Vini se estorban. Se dan pases a dos metros. Ocupan demasiadas veces el mismo espacio. Facilitan la vida a las defensas, que pueden protegerse acumulando efectivos en una sola banda y descuidando la otra sin temor a que la manta se quede corta.
Sabemos que Mbappé no es un delantero centro, que no tiene envergadura para ir al choque, que no va a ir nunca a buscar remates de cabeza, que nunca entrenó movimientos de nueve para fijar a los centrales. Más bien, los centrales le esperan cómodamente para recibirle de frente. Lo hemos visto en infinidad de partidos desesperantes. Tampoco juega de espaldas ni es capaz, a pesar de que se desentiende de defender, de aguantar la pelota cuando le buscan en recuperaciones. Sin embargo, es un extremo de cualidades extraordinarias: tiene una letalidad cristianesca de cara a portería, un regate imparable a alta velocidad y arrancada de moto GP. Puede ponerse en frente del portero en un pis pas cuando el rival concede espacios. Pero los rivales ya no conceden espacios. Conocen nuestras carencias y repiten con efectividad lo que funciona. Ninguno de los tres últimos entrenadores supo dar con el antídoto. No debe ser fácil resolver esta ecuación. Esta temporada sólo tuvimos un rendimiento decente contra rivales élite, pero casi todos los que se nos cerraron tuvieron premio.
Florentino cometió un error catastrófico en su primera etapa. Dicho por él mismo. Por eso se fue. Tras el interregno bochornoso de Calderón, en su segundo período puso a un general al mando del vestuario que fue capaz de elevar la ambición de los jugadores y de convertirlos en una falange espartana, hasta el extremo de triturar todos los registros de la liga contra el Barcelona más potente de su historia, tanto en el campo como en el CTA. Un Barcelona dopado por los pagos a un jefe arbitral. Hasta el corrupto CTA tuvo que claudicar ante la gesta inolvidable de 2012: 100 puntos y 121 goles. Fuimos campeones en San Mamés el 2 de mayo.
La reflexión es pertinente: tenemos dos delanteros top 5 mundial, pero ni Ancelotti, ni Alonso ni Arbeloa han conseguido que mezclen. Diferentes entrenadores, diferente método, mismo resultado
Mourinho transformó un equipo en decadencia en una escuadra con un ansia enfermiza de victoria. Sin duda, juntar personalidades ganadoras como las de Modric, Cristiano, Pepe, Ramos, Marcelo, tuvo algo que ver. Después del portugués, Florentino siguió construyendo el equipo legendario (Kroos, Keylor, Valverde, Courtois, Vinicius, Mendy, Militao, Rodrygo) que hemos visto dominar Europa durante una década y sostener un ciclo inimaginable de títulos, que podría haber sido aún mayor si el fútbol español no fuera una fosa séptica.
El epílogo de esa generación de jugadores se cerró con las salidas de Kroos y Modric, en 2024 y en 2025, respectivamente, habiendo digerido antes las salidas de Cristiano, Ramos, Varane, Casemiro, Isco, Marcelo, Bale o Benzema sin dejar de ganar. Visto con perspectiva, un éxito incuestionable en la gestión de la plantilla, incluso soportando lesiones tremendas de titulares. ¿Quién habría apostado por nosotros en la Champions de 2022 después de la salida de Cristiano, Ramos y Varane? ¿Y en la de 2024, con las salidas adicionales de Benzema y de Casemiro? Pues los trofeos están en las vitrinas del Bernabéu. Pueden pasar a verlos cuando tengan un rato o cuando visiten Madrid.
Cuesta trabajo escribir que un tío que mete 50 goles al año es un problema. Pero lo cierto es que, sin Mbappé, el equipo pierde el 9.1% de los partidos, y con Mbappé la cifra llega al 21.7%
Ahora es diferente. Ya sabemos que, cuando no se gana, la prensa y recientemente tuiter, se incendian. Empiezan a surgir rumores: Carreras era el cierrabares, no los sospechosos anteriores; Bellingham, Valverde y Vini se aliaron para echar a Alonso; Arbeloa no se habla con los jugadores españoles y le ha fastidiado el mundial a Carvajal. Pero lo cierto es que el equipo corre sistemáticamente diez kilómetros menos que los rivales en cada partido. Como si jugásemos con uno menos. Las estadísticas de Mbappé sobre kilómetros, presiones a rivales, etc. se parecen a las del Messi del Inter de Miami. Si han visto algún partido del argentino recientemente, pueden observar que juega caminando y se limita a mirar a los rivales cuando pasan a su lado. Veo difícil que un entrenador arregle eso, se llame Klopp, Mourinho o Luis Enrique, quien, por cierto, no lo solucionó tampoco en el PSG.
Cuesta trabajo escribir que un tío que mete 50 goles al año es un problema. Pero lo cierto es que, sin Mbappé, el equipo pierde el 9.1% de los partidos, y con Mbappé la cifra llega al 21.7%. Demasiado para mí. Se me viene a la mente que con 22 años le llevaron a ver al emir de Catar y al presidente de su país y le dieron las llaves del PSG. Recuerdo oírle decir a Florentino que “este no era el Mbappé que queríamos traer…” pero es el que trajimos, me temo. La opción milagrosa de encontrar un encaje para los dos mejores extremos del mundo nos daría un once imparable, pero desafortunadamente, yo no creo en milagros. Y Luis Enrique (no saben cómo me repatea darle la razón), tampoco.
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