Buenos dias, amigos. El 22 de mayo de 1998, justo dos días después de que Mijatovic anotara el gol más importante de la historia del Real Madrid, y por tanto el más importante de la historia del fútbol, se estrenaba la película de Terry Gilliam “Miedo y asco en Las Vegas”, una estupefaciente obra de culto llena de psicodélica y repugnancia con Johnny Depp y Benicio del Toro en sus papeles principales.
Miedo y asco en Las Rozas, ciudad sede de la RFEF y del Comité Técnico de Árbitros, es lo que sentimos hoy (hoy y siempre, en realidad) ante el atropello descarado que sufrió el Atlético de Madrid anoche, en su partido liguero frente al equipo cliente de Negreira. Nada de esto aparece en las portadas cataculés, que simplemente se solazan ante la victoria negreirista.
El recuento de expolios del dúo De Burgos-González Fuertes es conciso a la par que grave:
-Señalan un presunto penalti sobre Dani Olmo que, de serlo, convierte en inmediato penalti el sufrido por Rodrygo en Girona el pasado domingo, así como el anulado de Lamine Yamal a Vini en el mal llamado clásico. Los análisis hay que hacerlos así, no mirando las jugada de manera aislada, porque eso forma parte de la trampa del sistema.
-Dan validez a un gol de Ferran Torres previa mano del delantero blaugrana.
-Omiten señalar una mano fuera del área de Joan García que habría supuesto la expulsión del guardameta.
Estas son solo las jugadas más graves. Los protagonistas del desaguisado fueron el mismo dúo de árbitros que en la previa de la última final de Copa se permitieron amenazar al Real Madrid, es decir, al equipo al que iban a pitar en cuestión de horas, sin que nadie decretara la sustitución de esos colegiados por otros a resultas de hecho tan inaudito.
El negreirato es esto y sigue vivo. El negreirato consiste en que Fran Soto diga que debemos olvidarnos de Negreira, de la misma forma que el demonio está especialmente interesado en que no creamos en su existencia.
Miedo y asco en Las Rozas.
Menos mal que, al menos, el Barça lo reconoce. Pusieron ayer el siguiente tuit, que nuestros amigos del CD Zamora no tuvieron más remedio que enmarcar.
Es una confesión digna de todo agradecimiento, si bien realmente juegan con 13. De Burgos hace el 12, pero González Fuertes en el VAR no cumple un papel menos importante inhibiéndose ominosamente de rectificar las dantescas decisiones de su compañero en el campo.
A todo esto, el Atleti está encantado con el latrocinio, como era de esperar. Tardarán en leer este portanálisis porque estarán de resaca de celebración de la derrota. El Cholo no solo no tuvo críticas pospartido para la labor arbitral, decisiva en su contra, sino que desoyó expresamente el consejo de Harvey Keitel en Pulp Fiction, procediendo a succionar sin más dilación el metafórico miembro blaugrana como buen representante de la filial negreiresca en la capital. Ya profetizábamos ayer, en esta misma sección, que las cosas se dejarían llevar por su propia naturaleza y los colchoneros, dóciles, agacharían la cerviz ante el amo y señor de la esquinita, pero no preveíamos este nivel de untuosidad. Que si Raphinha debería ser Balón de Oro, que si da gusto ver jugar a los compañeros de la casa matriz, que si tal y que si cual.
Sí, amigos. Lo previsto. El Barça es la dominatrix y el Atleti recibe solícito, a cuatro patas, los correspondientes azotes al extasiado grito de “Soy capitalino, pégame”.
—Mírate—, se jacta el Barça, látigo en mano, lúbrico ante la visión de las posaderas blancoenrojecidas de su partenaire.— El macho por antonomasia. El supremacista pelo en pecho de la derrota. El heteropatriarcado frenteatletista de raíz joseantoniana, rendido a mis pies con el artefacto pleasure chest bien ajustado a las gorduras.
—¡Calla, por Dios!— suplica el Atleti a ras de suelo.— Soy tu esclavo. ¡Pégame! ¡Llámame madridista!
¿Alguna queja sobre el asunto arbitral? Ni la más mínima. ¿Alguna reclamación por parte de la prensa afín? Pero almas de cántaro. La filial nunca se queja a los headquarters, y menos de manera pública. Si acaso, solicitará por correo interno información para conocer los protocolos de chinchamiento al Enemigo, que es en cambio de quien corresponde quejarse por sistema. ¿Que ayer nos pitan un penalti en contra que no es? No pasa nada. ¿Qué dieron al rival un gol que no debió subir al marcador? Menudencias. ¿Acaso se obvió la pretendida tarjeta amarilla para Ceballos, que es la que de verdad amerita movilizar al gallardismo?
De ninguna manera, amados líderes de la provincia. Vosotros a lo vuestro. Vosotros a pagar al vice de los árbitros durante décadas para que las cosas sigan donde tienen que estar, o sea, sojuzgando a esos malos a los que nosotros, sin vuestra ayuda, no podríamos ni rozar, y el logro de cuyo mal supone el quid de nuestra existencia.
Miedo y asco en Las Rozas. Y en muchos más sitios.
Por lo demás, la selección femenina ha ganado la Nations League (enhorabuena) y este Madrid en el que ya no sabemos si creer se juega la vida en San Mamés con la inestimable ayuda de Mr. Jerk AppleTree y su impagable hoja de servicios al régimen.
Os dejamos, nos vamos a vomitar.
Pasad un buen día.
Entre las anécdotas escogidas en la singular Guía poco práctica del fútbol español, destaca una excentricidad de Ramón Mendoza, cuyo acceso a la presidencia cumple este año su cuarenta aniversario, y su salida, el treinta. Nos trasladamos al verano del 93, en plena confirmación de la decadencia de La Quinta, cuando el hábil representante José María Minguella logró convencer a Ramón Martínez para que el Madrid firmara a la estrella del Slovan de Bratislava. Se llamaba Peter Dubovsky.
El acuerdo parecía cerrado y el jugador se trasladó a la capital para firmar su contrato con Mendoza: cinco años a razón de una cifras que se incrementarían desde los 30 hasta los 40 millones de pesetas. Pero entonces sucedió algo que dejó a todos estupefactos y hoy sería impensable. Mendoza, con toda serenidad, se negó a rubricar lo pactado porque “un jugador del Madrid no iba a cobrar tan poco”, así que redondeó hacia arriba antes de dar su consentimiento. Luego, como saben, aquello salió como salió.
El principal argumento quizá les suene: el equipo vence, pero no convence. La primera piedra para que el asiento del banquillo comenzara a tambalearse estaba puesta
Pero no fue la única salida de curva del ex presidente blanco, que aun con el bagaje dorado de haber acunado los éxitos de Butragueño y compañía, también cometió algún exceso, como el que sucedió año y medio antes del comentado fichaje sui generis del eslovaco. Hablamos, por supuesto, de la destitución de Radomir Antic cuando el equipo marchaba líder. Una historia que no por conocida —o no tanto para los hijos de la LOMLOE— todavía deja algunas curiosidades y detalles interesantes cuando rascamos un poco. Pronto lo entenderán.
El entrenador yugoslavo llevaba en el banquillo madridista desde marzo de 1991, cuando llegó para sustituir a Di Stéfano en principio de manera provisional. Pero los resultados hablaron en favor de Antic (se llevó 17 de los último 18 puntos disputados en Liga) y aquello desbarató los planes de traer a Maturana para darle un voto de confianza al técnico que convirtió a Hierro en un goleador desde el centro del campo.
Y así comenzó la campaña 91/92, con un equipo sólido y serio que hasta el 27 de noviembre sólo concedió dos empates en 15 partidos de Liga y Copa de la UEFA. Pero entonces llegó la primera derrota —contra el Neuchatêl, luego solventada en la vuelta— y, sobre todo, el ruido mediático que minó la confianza de Beenhakker, que ejercía de manager, y del propio Mendoza. El principal argumento quizá les suene: el equipo vence, pero no convence. La primera piedra para que el asiento del banquillo comenzara a tambalearse estaba puesta.
La puntilla, curiosamente, acaeció tras una victoria. Fue ante el Tenerife, que protagonizaba así su primer cruce negro en la historia del Madrid, el 26 de enero de 1992. “El Tenerife me ha gustado más que el Madrid”, se despachó Mendoza antes de finiquitar a un Antic que tenía al equipo primero, con tres puntos de ventaja respecto al Barcelona pese a haber dilapidado un margen de ocho (también les resultará familiar).
Pocos dieron crédito a la decisión, comenzando por los jugadores. “No me lo esperaba. Me he quedado frío”, declaró Milla. “Me encontraba muy a gusto con él. Es extraño que esto suceda cuando vamos primeros”, señaló Gica Hagi. “Antic ha estado muy presionado”, explicó Aldana. Y ahí residió una de las claves, según se publicó por entonces. Parte del vestuario no compartía los planteamientos de Antic, les costaba identificarse con su fútbol e incluso se lo hicieron ver en alguna reunión que terminó con el serbio recriminándoles falta de concentración y fe. Qué lejos y qué cerca queda todo aquello.
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“Para cantar se necesita hasta la voz”, decía Alfredo Kraus. Para ganar también. Hasta las piernas. Hasta marcar goles. Pero no sólo eso. También hacen falta otras muchas cosas. Un ambiente sano, por ejemplo. Un vestuario unido. Un madridismo sereno. Si Kraus, quizás junto a Fritz Wunderlich el tenor de técnica más impecable del siglo XX, sabía que todo cuenta a la hora de emitir una nota, tomemos ídem. Kraus era el Kroos del canto (y pavo real, pavo real, viva la aliteración). La elegancia. La limpieza (en la emisión, en el pase). La perfección. Kroos ya no está, como tampoco está Kraus. Se les echa de menos, sí, pero sus enseñanzas quedan.
Viene esto a cuento porque, vamos a ver, yo me hice del Real Madrid para empezar a escapar de Logroño. Entonces no lo sabía -tenía siete u ocho años- pero ahora sí. Para poder respirar. Para abrir la ventana. Para ventilar un poco la habitación de provincias. Ese nombre, Real Madrid. Y ese uniforme blanco, blanco todo, puro blanco, blanco inmaculado, virginal, nuclear. El rayo de luz que se cuela por una rendija y deshace la oscuridad. Una ventana al mundo, una expansión del horizonte, una promesa de tiempos mejores, más aireados, más grandes. Lo contrario a la vida provinciana: alicorta, de vuelo bajo, gris, tranquila, aburrida. No más pasar por este mundo vistiendo camisa a cuadros y pantalones de franela. No más futuro de partida de mus, carajillo de pacharán y tiento a la parienta el sábado por la noche, a ver si hay suerte.
Y el Madrid obró el milagro, vaya que si lo obró. El Madrid es esplendor, es alegría, es esperanza, es vitalidad. Es felicidad. Es todo eso o no es. Al menos para mí. Yo no quiero ser del Madrid para sufrir. No quiero ser del Madrid para criticarlo todo. No quiero ser del Madrid para tirarme de los pelos al primer tropezón. La vida al fin me sacó de Logroño. Y he paseado orgulloso mi madridismo en un Brasil rendido al Barcelona de Guardiola, Neymar, Messi, los batidos y Negreira. Y he sido madridista militante, orgulloso e incomprendido durante los cuatro años que pasé en Marte, o sea, en la California de los Warriors y los 49ers.
¿Cuántas Copas de Europa ganó el Madrid de los García? ¿Cuántas ganaron Santillana, Juanito, Stielike, Camacho? Yo nunca me he emocionado más que con aquel Madrid al que le faltaba calidad, pero no hombría
El Madrid es felicidad cuando gana, claro. Pero también cuando no lo hace. O cuando le cuesta. Esto muchos no lo entienden. Hablan de exigencia cuando lo que les mueve es la impaciencia. El Madrid no es grande porque gana, o no sólo por eso. El Madrid es grande aun cuando pierde. Porque la grandeza del Madrid no radica sólo en las victorias ni en las quince Champions. La grandeza del Madrid es no rendirse nunca. No dejar de porfiar jamás. Aspirar siempre a la excelencia. El Madrid, gracias a Dios es ganar, ganar y ganar. Pero su esencia es luchar, luchar y luchar. Lo primero es consecuencia de lo segundo. Y a mí las victorias me producen una alegría plena, extática. Pero el no rendirse nunca, el apretar los dientes cuando vienen mal dadas, el mantener la fe contra toda razón y contra toda esperanza, es lo que alimenta mi madridismo. Es lo que me emociona. Íntimamente. Profundamente. Taumatúrgicamente.
¿Cuántas Copas de Europa ganó el Madrid de los García? ¿Cuántas ganaron Santillana, Juanito, Stielike, Camacho? Yo nunca me he emocionado más que con aquel Madrid al que le faltaba calidad, pero no hombría. Aquel Madrid que ahormó mi madridismo. Lloré sus derrotas y celebré sus victorias, y en unas y otras me sentí orgulloso de él. Con sus limitaciones. Con sus carencias. Pero con su orgullo incólume. Con su voluntad insobornable. Con su ambición a prueba de reveses. Con su madridismo esencial, último. Por ello, y no por sus títulos, han quedado para siempre en mi memoria.
Tiene gracia, triste gracia, que medio siglo después me queráis quitar lo mejor del madridismo. Que gran parte del madridismo ande como pollo sin cabeza. Que Xabi ya no valga, y que no valga la mitad de la plantilla. Porque no ganan todo. Porque no juegan bien (como si jugar bien no consistiera única y exclusivamente en marcar más goles que el rival). Que si hay rencillas. Que si hay camarillas. Que si se hace o se deshace la cama del entrenador. Y tuiter hirviendo. Y las redes sociales hirviendo. Y whatsapp hirviendo. Dejadme en paz. Qué queréis que os diga. Uno no escapó de Logroño para acabar entre vosotros. Si queréis vivir vuestro madridismo como un via crucis, allá vosotros con vuestra amargura y vuestra miopía. Pero a mí no me jodáis.
Porque, aunque acaso nunca seáis capaces de entenderlo, para ser feliz se necesita hasta al Real Madrid.
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Buenos días. En un estadio a medio hacer, al que solo puede acceder la mitad del aforo, y siempre y cuando funcionen la aplicación que da entrada a los socis, el equipo cliente de Negreira juega esta noche un partido contra el Atlético de Madrid que se antoja decisivo para la liga que estamos disputando. Dice Mundo Deportivo que es un “partidazo”, y quiénes somos nosotros para desautorizar a tan insigne rotativo, medio del Conde de Godó, Grande de España.
Estamos, amigos, tan profundamente deprimidos y desmotivados en nuestro madridismo que esta noche, sin anestesia, nos vamos a apretar un partido del Atleti. La depresión obra efectos asombrosos. Un Negreira-Prescritos un martes a las 21. Bring it on.
“Hoy, por lo que sea, no quiero que gane el Atleti”. La frase, manifestada en privado por un ilustre amigo colchonero de La Galerna, refleja muy a las claras por dónde deben ir las apuestas en lo relativo al encuentro en cuestión, pues bien es sabido que el equipo del pueblo raramente obra en contra de los designios del mismo, con quien se sabe en deuda. En este partido, amigos, “por lo que sea”, conviene poner un uno en la quiniela (¿hay quinielas aún?). No en vano el cholismo consiste en dos cosas básicamente:
En todo caso, como veis, la portada de Mundo Deportivo encumbra a las estrellas de ambas escuadras: Lamine Yamal en el bando negreiro y Julián Álvarez en el de la esforzada filial capitalina. En la foto, Lamine luce ese aparatoso vendaje que suele llevar en la mano derecha, consecuencia de la pubalgia de muñeca que le asola y a propósito de la cual le deseamos una pronta recuperación. En cuanto a Julián, tratará de agradar en el medio-estadio a media entrada donde muy probablemente jugará de manera regular a partir del año próximo. Por mor del punto 2 de la esencia del cholismo antes descrita, el aficionado medio del Atleti, conocedor de que vestido de blaugrana puede hacerle más daño al Madrid, suspira por ver a Julián luciendo los referidos colores. Sería interesante hacer una encuesta en la afición atlética. Seguro que la generalidad de los encuestados no abogaría por subir demasiado el precio del traspaso, no vaya a ser que se vaya a pique la operación.
Por cierto, ya que hablamos del Atleti y esta sección es una especie de revista de prensa, permítasenos que hoy alabemos como es debido a Ignacio Escolar, casi el único periodista de renombre nacional que se ha atrevido a denunciar esto en un medio tradicional.
Con independencia de las posiciones políticas de Escolar, conviene alabar la valentía de denunciar lo que por lo visto tantísimo cuesta poner sobre la mesa, es decir, que dos señores se apropiaron indebidamente del tercer mayor club de España y ahora lo revenden, con la escandalosa plusvalía derivada de que el coste de adquisición ¡fuese cero!
Se trata de otro tema acerca del cual sería interesante conocer la opinión de la sufrida (y silenciosa en estos menesteres) masa social colchonera.
Y poco más, amigos. Madridistamente hablando, estamos sumidos en la depresión más absoluta. Es a lo que conduce la montaña rusa emocional que nos está ofreciendo el equipo de Xabi. Estamos tan desazonados, y a la vez tan confusos, que no descartamos que el equipo gane al Athletic y al City, sin perjuicio de que a continuación empate con el Celta, a fin de continuar con el rompepiernas al que ya nos deberíamos ir acostumbrando.
En fin. Os dejamos con el resto de portadas. Pasad un buen día.
Los amigos de fcQuiz nos ponen a prueba antes del Athletic–Real Madrid de mañana.
¿Cuánto controlas de los duelos entre leones y blancos?
A ver quién aprueba sin mirar en Google.
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Hubo una imagen terrible, en el rush final del partido del Madrid en Montilivi del domingo por la noche: en pleno afán por la remontada, Vinicius fue a sacar un córner y se detuvo cuando su entrenador, corriendo la banda como cuando celebró el gol de Ramos en Lisboa, se lo impidió a voces para que lo lanzara Trent Alexander Arnold. Hay situaciones en las que la gravitas imprescindible a todo líder, que para los romanos era una cosa parecida a la seriedad, se pierde como cuando se estrella contra el suelo un vaso lleno de leche. Esa fue una de ellas.
Xabi Alonso, que tiene los tics guardiolistas de todos los entrenadores modernos, olvidó que era el entrenador del Real Madrid. Que puede estar loco y ser un ridículo, pero nunca parecerlo.
La culpa, desde luego, no es suya. Entre las manos tiene un problema insoluble: Bellingham, Vinicius y Mbappé no conjugan. No pueden jugar juntos, son como el agua y el aceite al menos, claro, que el equipo se resienta miserablemente: tiene mérito que, por separado, sean tres tíos a los que se les caen los goles de los bolsillos, con los tres en el campo el Madrid tenga menos gol que la Crazy Gang del Wimbledon de Vinnie Jones.
Alonso, por tanto, está en un laberinto del que en todo caso, sólo puede salir por arriba. O sea, cortando el nudo gordiano: ha de prescindir de uno del Big Three si quiere llegar a Navidades y no pasar a la Historia como el segundo Lopetegui.
La BMV ha sido un buen chasco. El propio Bellingham es un enigma táctico. Su combinación en un esquema decente es más complicada que hacerle entender al boomer medio que el Estado se dirige al colapso. De hecho, se diría incluso que el aberrante mes largo que el Madrid de Alonso nos ha entoligado a nosotros, sufridores hinchas (que es en sí mismo un concepto en desuso, en franco declive), empieza con la inclusión de Bellingham con calzador en el once.
Alonso se equivocó sustituyendo a Vinicius contra el Barcelona, cuando era el mejor, y luego sin que sus aspavientos tuvieran el mismo castigo que el desacato: público y ante millones de telespectadores, que nos quedamos seguros, como toda la caseta, de la quiebra de la auctorictas del entrenador.
del laberinto sólo se sale por arriba, y de todas formas el ruido de las decisiones drásticas, que causan mucho revuelo, se apaga en cuanto se encadenan dos buenos resultados. Alonso se juega su futuro en Bilbao y contra el City
Pero a Alonso le pusieron entre las manos un Ferrari eléctrico cuya batería es corta, cortita. Nadie lo dice pero todos sabemos, como se saben estas cosas, que hay tres que tienen que jugar siempre. Eso, sumado a que falta un regista, un motor, un mediocentro homologable siquiera lejanamente a Kroos o Modric, grava en exceso el juego de un equipo no ya inacabado, sino inempezado: nonato, pues la ansiedad recarga el peso de los empates en campos menores y alimenta la trituradora de almas que ya suspira por la de Alonso y se relame anticipando el turrón navideño.
Para este tipo de situaciones, Ancelotti era un fenómeno. Pero al propio Carletto la dimensión del problema le pasó por encima. Alonso tiene toda su carrera por delante, pero la oportunidad de entrenar al Madrid rara vez se presenta dos veces. Sentar en el banquillo a Mbappé, Vinicius o Bellingham, sobre todo al primero y al último, se antoja, además, un desafío directo a la política deportiva presidencial. Y eso lo saben Alonso pero también el 9, el 5 y el 7, que como no ha renovado y tiene el carácter de un cimarrón, parece predispuesto a considerar este rol secundario como un agravio intolerable.
Pero lo que no se puede tolerar, en el fondo, es que el Madrid exhiba semejante impotencia ante rivales de medio pelo teniendo en cuenta prestigio, presupuesto y los nombres que alinea sobre el campo cada jornada. También está el hecho de que Güler o Camavinga han justificado en pocas ocasiones tantísimas esperanzas puestas en ellos, con lo que el equipo, que no tira con lo que hay, se empecina en fórmulas manifiestamente inservibles en lo que se sospecha bloqueo mental de un míster superado por los pocos años que hay todavía en su hoja de servicios.
Repito que del laberinto sólo se sale por arriba, y de todas formas el ruido de las decisiones drásticas, que causan mucho revuelo, se apaga en cuanto se encadenan dos buenos resultados. A pesar de toda la modernidad de la que se suponía venía precedido, Alonso se juega su futuro en Bilbao y contra el City, en casa. O sea, lo de siempre: puerta grande o enfermería. Y yo la verdad es que, a estas alturas, prefiero que no haya hule y Xabi triunfe por encima de jugadores y miopías de la dirigencia, pues es imposible no simpatizar con un tipo que le dobló la mano a Hacienda.
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Antes de adentrarme en este artículo, en la serie que vengo analizando sobre los problemas del Real Madrid, quiero hacer una aclaración importante ante los ataques que llevo recibiendo desde hace un tiempo: algunos me dicen que yo era un revolucionario, que desde que escribo aquí me he plegado al relato oficialista del club y, además, muchos me indican que no hablo nada de las cuentas del Real Madrid, de la “operación societaria” y otras cosas por el estilo. Ante esto tengo que decir:
1.– Nunca me llama Jesús Bengoechea y me dice sobre qué tengo que escribir y cómo debo hacerlo. Siempre he escrito de lo que he querido, comentándole previamente el tema por si hay otros colaboradores tratando lo mismo. Jamás me ha dicho que no a nada, ni me han modificado lo que escribo. Si no escribo del estadio, de las Asambleas del club ni del modelo societario es porque ni quiero ni tengo idea para hablar sobre ello.
2.– No soy periodista, como la inmensa mayoría de colaboradores que escribimos aquí, salvo casos contados como Tomás Guasch, por ejemplo. Yo soy un aficionado al Real Madrid exactamente igual que vosotros pero, debido a que llevo más de ocho años escribiendo comentarios en este portal, he tenido la grandísima suerte de llamar la atención de varios y esto me ha llevado a ser invitado a escribir aquí por el creador de este bendito portal: Jesús Bengoechea.
Hilando esto con el tema a tratar hoy, el CTA, también me dicen, tras el partido de Girona, que ahora me pliego a hablar de arbitrajes cuando hemos jugado rematadamente mal, y por eso soy oficialista. Eso es completamente falso y aquí va la primera premisa para todos vosotros, el fútbol es un deporte en el que entran diversos factores a lo largo de un partido, y no digamos de una temporada: la plantilla, las lesiones, la táctica, las decisiones del entrenador, la suerte, el juego del equipo, las rachas goleadoras, el ánimo del equipo y el arbitraje. A los que me acusáis de tantas cosas, seguramente ni me habéis leído en los comentarios que vengo haciendo hace tantísimos años como usuario de la Galerna, y como soléis hacer con el propio Real Madrid, actuáis ahora conmigo y con otros colaboradores de la Galerna: descargáis vuestra frustración contra el equipo y los que aquí escribimos. ¿Y por qué digo esto? Os voy a demostrar con un ejemplo de mis comentarios de antaño lo que he sido siempre, y sigo siendo fiel a lo mismo:
Supercopa de España de agosto de 2017. Ganamos en el Nou Camp por 1-3, y en el Bernabéu por 2-0. Piqué declaró: “es la primera vez que los veo muy superiores a nosotros”. En la ida, arbitrada por el mismo árbitro de ayer en Girona, De Burgos Bengoetxea, al poco de haber adelantado Cristiano al Real Madrid, lo expulsó por una jugada en la cual le hacen penalti. Pitó piscinazo y en la protesta Ronaldo tocó al árbitro. Roja y cinco partidos al luso. Tuvimos el coraje de meter otro gol más por medio de Asensio. Pero el árbitro ya había hecho su trabajo.
En el comienzo de aquella liga —el Real Madrid venía de haber ganado la mejor final de Champions que recuerdo con una exhibición contra una ultradefensiva Juventus venciendo 4-1, y de una liga ganada con dos claras unidades que iba alternando Zidane— nos encontramos en las 5 primeras jornadas del campeonato con unas decisiones arbitrales completamente deplorables que hicieron que perdiéramos muchos puntos, unido a la sanción de nuestra estrella hasta la cuarta jornada, ya que el primer partido fue en la vuelta de la Supercopa. Aún recuerdo amargamente el choque contra el Valencia en el Bernabéu, que empatamos a dos y fue un escándalo. No digamos el de Mestalla, con tres penaltis pitados por Gil Manzano, donde uno de ellos ni fue, y el único que fallaron lo mandó repetir y perdimos por 4-1.
El Barça, al mismo tiempo, jugaba de auténtica pena, y en los primeros partidos de liga fue impulsado por arbitrajes favorables que le daba victorias inmerecidas. Hasta el punto de que esta fue la evolución de las primeras jornadas de liga:
El Real Madrid cayó al quinto puesto en la 2ª jornada de liga, y los arbitrajes fueron tan descarados que terminaron incidiendo en el buen juego del equipo, que venía como un avión, y lo había mostrado en la Supercopa. En la jornada 13ª, descendimos al cuarto puesto, superados por el Valencia, y hasta la jornada 25 no les adelantamos en la clasificación, quedando terceros a 17 puntos del Barça. Una de esas famosas ligas que tira el Real Madrid, según muchos, incluidos bastantes madridistas.
Recuerdo haber discutido muchísimo con varios galernautas, seguro que ellos también se acuerdan, sobre el arbitraje, haciéndoles ver una famosa máxima: el fútbol es un estado de ánimo. Y en ese sentido, hay veces que, sin jugar a nada, se van ganando partidos, y eso hace que se termine entrando en una rueda ganadora que impulsa que venga un juego rodado. Es decir: que los goles y resultados llevan al buen juego y, por contra, un equipo que viene jugando bien y empieza a cosechar resultados negativos, comienzan a tener dudas, y estas terminan incidiendo en el juego del propio equipo. Recuerdo que muchos decían que el juego era muy malo, yo me negaba a condenarlo viendo los arbitrajes que recibíamos porque era un factor muy importante, y muchos me criticaban por ello, diciendo que jugando así no debía hablar de los colegiados.
Qué cosas, ahora sabemos que esa temporada aún estaba a sueldo Negreira, y que yo tenía razón en mis sospechas. Ese partido de Supercopa fue en agosto del 17, y una muestra clara de lo que influye el arbitraje en el desarrollo del juego. Defendí entonces exactamente lo mismo que hago ahora.
A algunos les ha convencido el relato antimadridista de que nosotros no podemos hablar de árbitros y, si hemos jugado mal, menos
Se puede jugar un partido mal y, aun así, tener más ocasiones de gol y merecer ganarlo. Y puede ser que las únicas ocasiones sean penaltis birlados. A veces te machacan poco a poco con arbitrajes sibilinos, con muchas faltas que no se pitan, y a ti a la primera te la señalan. Ayer, el Real Madrid no jugó fluido en Girona, sobre todo en la primera parte, pero he leído que no generamos ocasiones de gol. Yo contabilicé dos ocasiones falladas por Mbappé, dos por Militao y dos por Vinicius Jr. Son seis. Ellos tuvieron el gol y otra más.
Además, nos hicieron dos penaltis. El primero, la mayoría no lo habéis visto, seguro, lo estuvieron repitiendo varias veces en Real Madrid Televisión porque, ¡oh sorpresa!, imágenes de otro país mostraban algo que aquí no. En el nacimiento del gol de Girona, Mbappé se quejaba amargamente de una falta que le habían hecho, que nos repitieron una vez en pequeño mientras se seguía jugando. Se ve un empujón a la espalda fuera del área, y una caída extraña. Todos pensamos que se había tirado. Luego se ve a Kylian protestando al cuarto árbitro amargamente, y en el comienzo de la segunda parte se le observa hablando con De Burgos Bengoetxea, señalándose el pie y diciendo que no.
Resulta que en las imágenes se aprecia que el defensa le golpea con su muslo en el pie en la carrera, arrollándolo, y está justo en la línea del área, no ha salido aún. No sólo es que fuera falta, es que fue penalti. Y en ese momento, aunque no estábamos con un juego vistoso, el Real Madrid dominaba el partido, insulsamente, pero lo dominaba. Y pasamos de un posible 0-1 a un 1-0, pero como no lo echaron en la tele, de Tatxo Benet, pues lo que no se repite no sucede. El partido podría haber transcurrido por derroteros muy diferentes.
Gracias a Resl Madrid TV vemos que el inicio del gol del Girona lo que pedía Kylyan era en un su pie. No en ka espalda.
Posible penalty (está en la línea) y ni se revisa pic.twitter.com/j3sAWZFwsJ— Sergio Yebra (@SerYebra) November 30, 2025
Después se pitó el penalti a Vinícius Jr., y he leído en redes que para qué nos quejamos del arbitraje si nos regalaron una pena máxima. Fue de libro, pero oye, que nos lo han regalado. Y por último viene el penalti a Rodrygo, con algo muy manido en el mundo de los árbitros de radio y televisión: no hay intensidad suficiente. Un punterazo en la zona donde empieza el pie es bastante doloroso y, lo mejor de todo: mirad la cara del defensa en la repetición, él sabe que ha hecho penalti y lo muestra claramente. Nada, ya hemos pitado uno, sigan, no vamos a pitar dos.
Si el Real Madrid hubiese convertido dos de las seis ocasiones que tuvo, y le hubieran pitan los penaltis y hubiese marcado uno, resulta que quizá habría ganado por 0- 4. Y con un gran juego que habría llegado producto de los goles. Y sí, algunos los fallaron ellos mismos, pero otros fueron por el CTA. Los goles modifican la percepción del juego que tenemos a lo largo de un partido, y cambian tendencias.
Hemos perdido cinco puntos de ventaja en tres partidos, el año pasado fueron siete. Y cierto, no hemos jugado bien. Declaró Laporta que en Elche no debieron subir los dos goles, cuando en los tres partidos hemos sufrido penaltis no pitados, faltas repetidas sin señalarse y a nosotros nos han sancionado alguna alucinante. Y así se va marcando el relato, y lo peor es que muchos madridistas lo compráis, y nos acusáis de negarnos a hablar del juego del equipo y de que somos victimistas.
Yo hablo de todo, y lo estoy demostrando desgranando en distintos artículos los factores que influyen en la situación actual del Madrid. Hoy habría querido hablar de la línea defensiva, pero estoy tan indignado que he comentado antes la influencia del CTA. Es muy importante también, y al que no le guste que siga haciendo lo que hizo durante los 17 años con facturas, 25 en total, de Negreira: negar lo evidente porque les ha convencido el relato antimadridista de que nosotros no podemos hablar de árbitros y, si hemos jugado mal, menos.
Negreira son los padres, por lo visto. Se puede jugar mal y ganar sin merecerlo, se puede jugar mal y merecer ganar, no es incompatible. Se puede merecer ganar y no ganar porque fallas mucho. Se puede merecer ganar y que el árbitro lo impida. Y viceversa, merecer perder y que el árbitro te haga ganar. En este comienzo de temporada, hemos visto arbitrajes lamentables contra el Madrid, incluida la fuerte derrota en el Metropolitano, pero para muchos de vosotros no se puede decir, porque hemos jugado mal. Y hemos visto al Barça ganar jugando rematadamente mal, o empatar, gracias a los trencillas.
A todos los que negáis la mayor, sólo puede deciros una cosa: yo seguiré hablando de lo mismo aunque me acuséis de cambiar mi discurso. Jamás lo he hecho. Es más, el año pasado critiqué el juego del equipo, y que a Carlo se le había ido de las manos todo, y aun así comenté que la liga merecimos ganarla, porque fue un robo descarado.
Me incomoda bastante más el madridista que siempre dice que escondemos el mal juego con el arbitraje que el propio antimadridista. El mal arbitraje puede llevar al mal juego y a perder ligas. Haceos del Barça o del Atleti. Os recuerdo que esa temporada 2017-2018 de la que hablé al principio, ganamos la Champions porque allí no influye el arbitraje, a menos que tengas de patrocinador a UNICEF, y de responsables arbitrales en la UEFA a Villar y a un miembro de UNICEF: Şenes Erzik.
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Siempre que llega un futbolista nuevo al Real Madrid se le exige, y con razón, sólo faltaba, que rinda desde el primer día. No seré yo el que niegue que esto tenga que suceder, fichar por el club más laureado de la historia del fútbol es el sueño de cualquier jugador, pero un minuto después de la firma, ya tienes a una parte de la afición y a más de la mitad de los medios en contra, porque sí, por curtimiento y sin motivo aparente. A esto se le llama exigencia, pero es bueno que los que exigimos no lo hagamos desde el desconocimiento de qué es lo que puede o no dar un nuevo fichaje al equipo.
El aficionado del Madrid lleva muchos años disfrutando al que ha sido, posiblemente, el mejor lateral derecho de su historia, Dani Carvajal, un jugador que, a la calidad que se le presupone tener a todos los jugadores que llegan a la entidad, se le suma un carácter fuerte, ser canterano, algo que ayuda mucho en un sector importante del Bernabéu, y a no dar un balón por perdido. Lo siento si es lo que esperabais encontrar en Trent, porque no creo que lo lleguemos a ver nunca.
Tengo la sensación de que, en los clubes, al menos en los de nivel élite, falta una figura o un puesto de comunicación de cara al aficionado. No sabría explicar el nombre que se le podría dar, pero su función consistiría en explicar con peros y señales el perfil de jugador que ha fichado el equipo y los motivos que le han llevado al club, de la mano del cuerpo técnico, a ejecutar su fichaje. En resumidas cuentas, desgranar al futbolista.
Puede parecer una tontería, sobre todo entre los más jóvenes que sí ven partidos de cualquier liga del mundo, pero hay una gran parte de la afición que no dedica los fines de semana a cancelar su siesta o la salida al cine para verse un Aston Villa–Crystal Palace. A este perfil le vendría que ni pintado que le expliquen las características de Adam Wharton, centrocampista inglés de 21 años del equipo londinense, cuando en un futuro aterrice en el Real Madrid. Esto no es una exclusiva, sólo una pedrada personal que aprovecho para utilizar de ejemplo. Es buenísimo.
Volviendo a la persona que nos ocupa hoy, que, por cierto, me gustaría mucho más nombrar como Alexander-Arnold, pero para hacerlo más corto y respetar la petición de la nueva firma que parece que quiere usar en esta etapa de su carrera le llamaremos Trent. Pues bien, para los despistados que quedan sin conocer al futbolista pero que ya se están empezando a dar cuenta, cabe decirles que Trent no va a defender bien su espalda en la vida. En la vida es en la vida, ni siquiera un entrenador como Jürgen Klopp, conocido por ser un absoluto “loco” de la táctica y de cómo se deben mover todas las piezas del sistema pudo lograrlo. ׅ
Para los despistados que quedan sin conocer al futbolista, cabe decirles que Trent no va a defender bien su espalda en la vida. En la vida es en la vida, ni siquiera un entrenador como Jürgen Klopp, conocido por ser un absoluto “loco” de la táctica
La naturaleza del inglés no es la de un jugador aguerrido, con casta, que no permite que le ganen un duelo. Si tuviese que definir su personalidad defensiva, diría que es la misma que tiene un chaval de colegio cuando va tan contento a la extraescolar, en este caso que hablamos de fútbol diremos a fútbol, y nada más llegar le ponen a correr 30 minutos.
Todos recordamos esa sensación de bueno, venga, no me apetece, pero seguro que la segunda mitad del entrenamiento es partidillo. Pues acaba esa primera media hora y resulta que no hay partido, toca jugadas ensayadas. La sensación de bajón de ese chaval de colegio es la que me transmite Trent cuando el Real Madrid no tiene el balón. Y posiblemente sea la que vaya a seguir transmitiendo.
Sé por dónde van algunos, claro que tendrá que mejorarlo si quiere ser indiscutible en el Real Madrid, no me cabe la menor duda de que Xabi Alonso estará en ello, pero desde luego no será una cualidad que le veremos de aquí a corto plazo, ni a medio. De hecho, si el técnico del Real Madrid consiguiese que Trent añadiese a sus características en el Real Madrid la de ser un gran defensor, como Carvajal, será uno de sus mayores logros. Lo que sí que nos puede aportar es todo lo demás.
Si hay algo de lo que no debe dudar el aficionado madridista es de que tiene al lateral con mejor pie derecho del planeta, no exagero. En el Liverpool, cogiendo únicamente los datos de sus partidos en Premier League, promedió nueve asistencias por temporada, siendo la 19/20 la marcada como récord en donde terminó con trece. Por ponerlo en contexto, la mejor temporada en cuanto a asistencias de Carvajal curiosamente es la misma, la 19/20, en donde terminó con cinco. Promedia unas tres o cuatro asistencias por temporada el que, repito, posiblemente sea el mejor lateral derecho de la historia del Real Madrid. Trent ha logrado acabar cuatro campañas con más de diez.
El jugador inglés tiene un guante en su pierna derecha, es labor del cuerpo técnico del club blanco colocarlo en zonas en las que podamos ver su mayor cualidad. ¿Cuál es el problema que estamos viendo hasta ahora? Que el Real Madrid es un equipo lento, le cuesta bascular con velocidad, faltan primeros toques en la zona previa al área rival y Trent no está nunca recibiendo en ventaja respecto al jugador que le defiende. No ha sido ni una ni dos las veces que tanto en el Liverpool como en la selección inglesa sus entrenadores le han llegado a situar en el centro del campo, un poco en la función de Valverde, para así destacar más el potencial que tiene de llegada y no tener que preocuparse mucho de lo que ocurra a su espalda.
Si hay algo de lo que no debe dudar el aficionado madridista es de que tiene al lateral con mejor pie derecho del planeta, no exagero
Trent es inglés, sabemos lo que les cuesta, a excepción de Jude, que no es un buen ejemplo, puesto que desde muy jovencito emigró para jugar en Alemania. Trent es un tipo que llevaba en la ciudad y club de su vida desde que empezó a dar los primeros toques el balón. Ha dejado ese equipo del que era ídolo y en el que ha jugado en todas las etapas infantiles, cadetes y juveniles habidas y por haber, para llegar al Real Madrid. Esto es como si Carvajal se hubiese marchado gratis, repito, gratis, sin dejar un mísero euro al Real Madrid, siendo canterano del club y en el mejor momento de su carrera, al Liverpool. Exactamente lo mismo.
Cuidado, que con esto no estoy diciendo “pobrecito Trent, vamos a mimarlo y darle todo el tiempo del mundo para adaptarse”, esto es la élite y el Real Madrid no te espera, pero de ahí a matarlo sin haber tenido ni un mes de continuidad, me parece que hay un claro margen de paciencia que debe tener el aficionado con él. Los que todavía no han tenido la suerte de verle en plenitud de confianza a este chico entiendo que, con lo poquito que ha mostrado aquí, piensen que es un jugador “pasota”, incluso “aburrido”, pero nada más lejos de la realidad.
Desde que ha vuelto de la lesión, hemos visto tanto en Elche, como en Atenas y Gerona, que el Real Madrid vuelve a ser un equipo que genera peligro a balón parado. Todas las faltas y córneres empiezan a ser potencialmente situaciones de gol, algo que, sin él, no estaba pasando. Tiene que tener continuidad, entender los movimientos de sus nuevos compañeros y que ellos entiendan los suyos, perder el miedo al fallo y, sí, también más rigor defensivo, pero esto último se le olvidará al aficionado merengue en cuanto le regale a Mbappé tres situaciones de gol por partido. Estoy convencido.
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Buenos días. Seguimos con el estado de ánimo de anoche, el de Michael Douglas en Un día de furia. Como titula Tomás Guasch hoy su artículo: Ya no se puede disimular, esto no va. Y lo preocupante es que, aparentemente, no carbura por muchas causas. Parece una disfunción generalizada. El Real Madrid, que comenzó ilusionante la campaña, se ha convertido en un real marasmo, una parálisis permanente en lo futbolístico y anímico, un estancamiento que realmente es un retroceso. Algo no funciona, como titula Marca.
Anoche se cosechó un nuevo empate ante un conjunto objetivamente inferior. «Un Madrid penoso pierde el liderato», tituló Genaro Desailly, quien también se encargó de calificar a jugadores y técnico. El análisis del desempeño arbitral corrió a cargo de Alberto Cosín.
El Madrid es superior al Girona, pero en el fútbol actual si no se compite muy cerca del 100 % las distancias se anulan y te pinta la cara cualquiera. Y el Madrid parece sumido en un letargo competitivo. En épocas recientes, incluso cuando el equipo jugaba horrendo, los aficionados teníamos la convicción de que se podía ganar. No sabíamos cómo, pero sí que era posible. Ahora, incluso cuando se juega bien, tenemos el temor de que puede no ganarse.
Esa sensación es inquietante. Las causas son múltiples:
Evidente desequilibrio en la plantilla, faltan jugadores de toque en el centro del campo que además gocen de una inteligencia a la altura exigida por la élite del fútbol.
Futbolistas cuyo ciclo en el Madrid parece agotado, salvo resurrección.
Jugadores que no son tan buenos, o al menos tan apropiados para el Madrid, como creíamos cuando estaban rodeados de aquellos que sí aunaban calidad e inteligencia a raudales.
Estrellas (y planetas) muy lejos de su mejor nivel.
El entrenador no transmite la autoridad que pensábamos que podía transmitir, da bandazos tácticos, no parece tener claro cómo y dónde colocar las piezas, toma decisiones poco comprensibles (ayer sacó a Gonzalo con el partido terminado), no parece atreverse a realizar los cambios que querría y aún no ha sido capaz de adaptar su nivel de exigencia a la capacidad de la plantilla.
Esta tendencia negativa ha conseguido, de momento, entregar el liderato en bandeja al Barça, algo vergonzoso si tenemos en cuenta cómo están los azulgrana y, lo más importante, qué son.
Los diarios culés celebran el regalo.
Sin embargo, no es justo dejar de mencionar la nefasta —de nuevo— actuación arbitral. En esta ocasión, Berrinches Bengoetxea en el campo y Pulido Santana en el VAR. A Rodrygo le dieron un puntapié en la espinilla dentro del área y el gol de Girona vino precedido de una acción antirreglamentaria sobre Mbappé. Del mismo modo que el gol de Kylian fue anulado por mano clara, las otras dos jugadas debieron ser revisadas.
Sí, este es el momento en el que parte del madridismo proclama que como el Madrid jugó mal no tiene derecho a que le arbitren bien. Es la tónica general, hemos hablado de ello hasta la saciedad. Si usted tiene la casa comida de porquería, no saluda a los vecinos y le roban, tiene derecho a denunciarlo. Hacer un mal partido no justifica que los colegiados te machaquen impunemente.
Si bien todo lo anterior es desasosegante, no podemos mirar la realidad sin perspectiva. La tendencia es angustiosa, pero cabe no perder de vista que el Madrid está bien posicionado en las competiciones importantes, sobre todo en Champions, algo que no puede decir ninguna otra escuadra patria.
La catástrofe, a día de hoy, es ir segundos en liga y en el top 8 de la Copa de Europa. No parece el fin del mundo ni motivo para vender a toda la plantilla y despedir hasta al señor que fija los números de las camisetas con esa plancha grandota.
Si el Madrid solo acabase bien las temporadas cuando las inicia de manera espléndida, tendríamos menos de la mitad de títulos.
Es necesario asumir que estamos en un periodo de transición, se han ido los responsables de la primera o segunda mejor época del Real Madrid y ha llegado un técnico con métodos opuestos al anterior. Lo raro es que hubiese funcionado al principio.
Las soluciones milagrosas no existen, y rara vez un equipo con un dirigente populista e impulsivo ha logrado éxitos destacables y prolongados en el tiempo. El único secreto no es ningún secreto: trabajo y paciencia. Y si en un tiempo prudencial no hay frutos, habrá que ir al vivero a comprar otro árbol.
Pasad un buen día.
El 26 de octubre, cinco semanas atrás, el Bernabéu se fue vaciando entre sonrisas y dulces lamentos: su equipo había dejado en 2-1 una goleada al Barcelona. Cinco semanas, ayer, o sea.
La impresión era que el Madrid por fin había cogido el hilo. Afrontaba un buen examen y lo superó. Y abrió una brecha de cinco puntos en la tabla. Llegó después el Valencia, 4-0. Partidazo. El mejor de esta etapa. Quedaba tarea, pero la cosa empezaba a funcionar. Parecía.
Y se paró. Desde Liverpool a ayer, una lágrima. Mejor mil. En Anfield no hubo goleada al revés de milagro. Ellos, desde aquella noche no le ganaron a nadie. El 0-2 de ayer al West Ham les debe saber a gloria. El Madrid siguió con tres salidas, Rayo-Elche-Girona. Resultado final: tres puntos. Excepto en Vallecas, donde no se movió el marcador, nunca estuvo por delante. Elche y Girona. Casi 200 minutos de juego si contamos los alargues. En Elche estuvo por debajo dos veces.
No, ya no se puede disimular. El Madrid juega mal, no avanza. Y a esto se juega bien o mal y no hay manera de verle en lo primero. Si jugara bien tendría seis puntos más, sin la menor duda. Un Madrid que jugara bien había vuelto ganador de esas tres salidas. De 1.000 veces, 999,9.
No hay misterio en esto. Estos rivales, y otros, tienen su mérito si se enfrentan al Madrid y puntúan. No les discutiré yo el premio a su esfuerzo, dedicación, ese imponer que se juegue mayormente a lo que les conviene. Pero sin la complicidad de este Madrid errático, impotente, perdido, sería imposible que se salieran con la suya. No juega bien en lo colectivo en ninguna zona del campo y, en lo individual, la mayoría está lejísimos de lo que puede ser. Jugadores, técnicos: mal.
No, ya no se puede disimular. No es esta una crisis de resultados, que lo es. Es sobre todo una crisis gorda de identidad, de fútbol
Y sí: los agarrones frente al Rayo y el derribo a Rodrygo anoche cuentan. Claro que cuentan. Pero eso también está en el programa. Pasó, pasa y pasará. Razón de más para saber que cada desplazamiento tiene muchas trampas y aplicarse en consecuencia.
Pues no. Nada. Al Madrid le falta poco para ser eso, nada, y es inevitable formularse una pregunta que no estaba en el guion: ¿esto tiene arreglo? El club insiste en que no habrá cambio de entrenador, claro. ¿A quién traemos? ¿A Zidane? ¿El viejo truco Zidane-Ancelotti-Ancelotti-Zidane? Barrunto que esta no es la gran duda del madridismo. Al menos la primera. Xabi no es un piernas en el banquillo. Pero sí es lícito preguntarse si esto va a mejorar y cómo. Esa es la duda.
No es de recibo que el equipo visite a un equipo en zona de descenso, con dos victorias en lo que va de Liga, y su gente se siente ante la tele temblando por la suerte que correrán él y su equipo. Con la seguridad de que cualquiera, y meto también al Olympiacos, se le va a hacer una bola… y ya veremos qué pasa.
No es para nada normal porque las cartas están boca arriba: ninguno de los últimos rivales pueden afrontar un partido con el Madrid y pensar que, si están atentos, si no se equivocan gravemente, tendrán muchísimas posibilidades de no perder el partido. Esa es su victoria. Que no estará muy lejos de plasmarla en el marcador, además. En los tres casos, eso, la victoria local, no estuvo lo que se dice muy lejos. Vivir para ver.
No, ya no se puede disimular. No es esta una crisis de resultados, que lo es. Es sobre todo una crisis gorda de identidad, de fútbol. Hoy entra diciembre. Por fin tienen razón los que llevan años y años gritando que el Madrid no juega nada. ¡Mientras mamaban copas de Europa, eh! Ahora tienen razón. El Madrid no juega. ¿Tiene arreglo? El camino está empinadísimo. Tanto que no se puede creer. No, ya no se puede disimular. Esto está que arde.