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Canción de Keylor

Escrito por: Nacho Faerna17 marzo, 2016

Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando...

Cuenta Keylor Navas que el día que decidió ser portero de fútbol tenía cinco años y había acompañado a su padre a ver un partido en un barrio de San Isidro, en su Costa Rica natal. Vio a un chaval de doce años hacer una gran parada y esa imagen se le quedó grabada en la retina. Desde entonces Keylor no ha vuelto a bajar los brazos ni en sentido literal ni figurado. Los brazos de Keylor tienen como misión impedir que lo malo ocurra y por tanto no pueden relajarse nunca. Desde aquel día hace más de veinte años no ha vuelto a andar con los brazos colgando porque es su cuerpo el que obedece a las extremidades superiores, luego es en realidad el cuerpo el que cuelga de sus brazos. Keylor piensa con las manos, que no son como las de usted o las mías. Las manos de Keylor se parecen a mis manos o a las suyas como su cerebro o el mío se parecen al de Einstein o Leonardo. Como un huevo a una castaña, vamos.

Cuando el niño era niño
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Keylor es un hombre profundamente religioso. Asegura que Dios le guía en todo momento y lo dice con tal convicción que quiénes somos usted o yo para ponerlo en duda. Da igual que usted o yo creamos o no en el Dios de Keylor, porque lo importante es que la fe de Keylor no tiene fisuras. Es como la túnica de Cristo, inconsútil. Yo, que no creo en casi nada, creo firmemente en la ausencia de costuras de la fe de Keylor. Además, al contrario que muchos predicadores de su misma fe, Keylor aporta pruebas de la suya todas las semanas, a veces por duplicado si toca partido de Champions. Por sus frutos los conoceréis, que nos enseñó Mateo. Y hablando de frutos...

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.

Usted y yo, si queremos moras, tenemos que ir a cogerlas, y probablemente volvamos con los antebrazos y las manos llenos de arañazos. Pero eso nos pasa a usted y a mí, que tenemos el cerebro en la cabeza, y no precisamente el de Einstein o Leonardo. Si usted o un servidor, el Dios de Keylor no lo quiera, fuéramos los encargados de ocupar la portería del Madrid también tendríamos que ir detrás de los balones para intentar atraparlos. Con Keylor la cosa no funciona así. Es distinto. Usted y yo lo intentaríamos, él lo hace. Él vuelve siempre cargado de moras y, milagrosamente, sin un solo rasguño en los antebrazos y las manos.

En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.

Keylor nació en San Isidro de El General, localidad de 45.000 habitantes del cantón de Pérez Zeledón, provincia de San José. En 2010 se trasladó a vivir a España, más concretamente a Albacete, ciudad que aunque algunos la l