El equipo de Mourinho, cuyo trabajo ya casi no resiste discusión, ganó 0-3 en Mestalla. Parece que puede ser el último Valencia-Real Madrid que se juegue en ese estadio. Nos resulta grato despedir ese recinto como merece.
Mou planteó el que ya se perfila como su once ideal, después de algunos titubeos en las primeras jornadas: Güler y Bernardo como generadores de juego, Tchouaméni como futbolista boya y el dúo de centrales que ya se asienta como titular: Konaté y Huijsen.
El Madrid mostró desde el comienzo un dominio previsible por dos razones principales. Con sus jugones, los de Mou mandan (uno) y el Valencia jugaba a dejarse dominar (dos), con un desacomplejado 5-4-1 por parte de Aguirre, que es un señor que te cae muy bien hasta que juegas contra él. Fue un dominio básicamente estéril hasta la parada de homenaje a Jesús De Miguel en el minuto 9. Detiene también ahora el cronista su labor, por respeto.
En en cambio de párrafo registramos una buena internada de Diomande, el más amenazante de los atacantes blancos, hoy rosas. Sin embargo, un error por pura suficiencia de Tchouaméni en frontal del área propia desembocó en una oportunidad de Mayol. Courtois estuvo providencial, como suele, y lo estuvo también el árbitro anulando con justicia un gol de Guido. No fue el caso minutos después, cuando se contentó con sacar amarilla a Maffeo cuando trabó a Mbappé siendo el último hombre. Negreira no descansa.
Pero Valverde tampoco. En el saque de la falta, Kylian la mandó a la barrera. La recogió Fede en la frontal e inauguró el marcador con el implacable chutazo que tiene registrado como propio. Entretanto, la grada valencianista confirmaba que la desfachatez puede ser cualidad de la multitudes cantando que el Madrid gana así. Tenían razón, pero en sentido opuesto al implicado. El Madrid gana así, o sea, sobreponiéndose al negreirismo.
El Madrid, además de ganar así, empezó a gustarse tras el gol. Huijsen y Konaté se mostraban firmes ante los contragolpes locales. El equipo entero superaba con temple las continuas tarascadas valencianistas. La verdad es que Valencia-Aguirre es un matrimonio diseñado por las más altas instancias del cielo, o lo contrario.
En el minuto 35, los de Mou ampliaron la renta. Una bella pared entre Mbappé y Bellingham siguió con un centro del inglés. Un afortunado rebote en un defensa dejó el gol franco para Güler, que no perdonó. 0-2. Sí, queridos amigos ches: así juega el Madrid también.
El Madrid era mayoritariamente de izquierdas, con arabescos, conducciones y virguerias varias por ese flanco, cortesía de Bellingham, Diomande, Cucurella o quien pasara por allí. El marfileño, con todo, se mostraba algo más confuso que otras veces dentro del general recital capitalino. De hecho, la mandó a las nubes tras quedarle el balón expedito después de un buen trallazo de Güler que despejó Dimitrievski. El mal perder valencianista se plasmaba en acciones antideportivas que el negreiro del día saldaba con una amarilla… a Lunin.
A la vuelta del descanso, siguió la tónica de brillantez técnica y táctica del visitante, combinada con la suciedad competitiva de los locales. Era un Valencia ofuscado y faltón, en todos los sentidos de la palabra. Era, sobre todo, un Valencia malísimo sobre cuya insultante mediocridad iban al baño sin remilgos Bellingham y Güler. Lo de Güler, específicamente, era un abuso de técnica y confianza en cada jugada en la que intervenía. Dimitrievski, eso sí, le robó el gol al turco en un uno contra uno pintiparado. También se lo birló a Mbappé en otra peligrosísima incursión… a pase de Güler.
Volvió a tenerla Mbappé, que estuvo flojo de nuevo solo ante el portero valencianista. Solo una extraña laxitud en los últimos metros parecía impedir al Madrid propinar al rival un correctivo histórico. Solo un equipo jugaba al fútbol, y de qué manera. Jugaba a placer. El público local, fenómeno sociólogo de masa social que se cree grande, se mosqueaba sobremanera. Esta gente solo sabe mosquearse, ora con los árbitros, como si realmente le perjudicaran, ora con el propio equipo, como si alguna vez este hubiera hecho algo.
Maradonianamente, casi marca Bellingham. El rechace lo enganchó de chilena Mbappé, volviendo a parar Dimitrievski. Cualquiera de los dos goles habría sido antológico. Era un monólogo abrumador de un Madrid imperial y solemne, aunque Danjuma forzó una buena intervención de Courtois, en jugada aislada. El Valencia solo ofrecía malos modos para exasperación de los comentaristas de DAZN, empeñados en que el equipo de Aguirre “se metiera en el partido” anotando algún gol.
No lo hizo. Güler luchó como un jabato un balón cerca de la esquina del área, avistó a Mbappé como si fuera un erizo y lo dejó solo ante Dimitrievski. 0-3, para mayor desquicie aún de esa panda de antideportistas comandada por sujetos como Maffeo. Echaron a Gayá por una entrada criminal sobre Mbappé, y todavía protestaban a hostia limpia el lance. No hay calificativos para esta gente. Ojalá les dure eones el dolor de esta humillación.
Con este bello deseo del cronista, lo dejamos hasta la vuelta del parón. Tenemos entre manos la construcción de un gran equipo. Ustedes lo disfruten.
Getty Images











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