Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Supercopa, burkas y Piqué

Supercopa, burkas y Piqué

Escrito por: Jesús Bengoechea12 noviembre, 2019
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

La Federación Española de Fútbol ha firmado un acuerdo con su equivalente en Arabia Saudí para que la Supercopa de España se dispute en dicho país. Habrá cuatro contendientes y se han firmado las tres próximas Supercopas, que reportarán a nuestra Federación unos ingresos de 120 millones de euros. Las reacciones no se han hecho esperar y han sido en su mayoría refractarias a este acuerdo. Se achaca a la Federación connivencia con un régimen, el saudí, que atenta contra los derechos humanos en general y contra los de la mujer en particular.

Las reacciones negativas y hasta iracundas me parecen absolutamente comprensibles. No se entiende tanto énfasis en impulsar el fútbol femenino a nivel nacional (con una opinión pública que ha presionado hasta el extremo al Real Madrid para que creara la correspondiente sección) para después mostrar complicidad con un régimen dictatorial que obliga por ley a la mujer al uso de vestimentas claramente atentatorias contra su dignidad y le prohíbe la puesta en práctica de numerosas libertades, restringiendo en consecuencia y por completo el permiso para numerosas actividades, sin ir más lejos ir al fútbol.

Quizá paradójicamente, el acuerdo entre ambas federaciones contempla también la creación de un marco de cooperación para el fomento de la práctica del balompié femenino. Es necesario señalar que el impulso de dicho deporte en Arabia Saudí no significa necesariamente un gran avance en términos de derechos de la mujer (o tal vez solo en pequeña medida) en tanto en cuanto sólo afectaría a las mujeres que jueguen al fútbol. En Estados Unidos, en lo más crudo de la segregación racial, los músicos de jazz negros podían tocar en lo más selectos escenarios del país, pero solo tocaban para blancos. Los negros podían estar sobre las tablas pero no en el patio de butacas o sentados a las mesas del local. No es difícil, aunque sí doloroso, imaginar a once mujeres jugando al fútbol (presuntamente tapadas de los pies a la cabeza) observadas por unas cuantas decenas de miles de varones llenando las gradas.

Tanto Federación como UEFA han ofrecido argumentos a favor de la iniciativa antes incluso de que las críticas arreciaran, en un excusatio non petita de manual. Gracias a este acuerdo, aseveran ambas entidades, el fútbol se convertirá en un “motor de cambio social”. El argumento no tendría por qué ser endeble si hubiera de hecho pruebas de buena voluntad que apuntaran a un determinado cambio de actitud. El optar por el bloqueo a todos los regímenes que no te gustan es a veces menos inteligente que el lidiar con ellos y convertirte, siquiera, en agente de una transformación muy lenta y gradual.

La clave para saber si este es el caso tiene que ver con lo anteriormente expuesto, usando como referencia la segregación racial en Estados Unidos. En la agónica rueda de prensa que Rubiales concedió para anunciar el trato, rodeado tanto por periodistas españoles como por representantes de la dictadura saudí, el mandatario anunció que las mujeres tendrían permitida la entrada al estadio. Ignoramos si se refería a cualquier mujer presente en la ciudad, incluyendo a las locales, o tan solo a las turistas que acudan al país con el objetivo de presenciar el minicampeonato. La sensación, por lo que se ha publicado, es que hablamos solo de lo segundo, a pesar de que Rubiales fuese calculadamente ambiguo al respecto.

La diferencia entre una cosa y otra es abismal. Si (en lo que representaría un hito en la historia del país) cualquier mujer saudí puede acudir al estadio para presenciar la Supercopa, el concepto de “motor de cambio social” queda en parte refrendado (veremos por qué solo en parte). Si por el contrario, como es de temer, el recinto sólo admite féminas occidentales (españolas en su mayoría, suponemos) que podrán vestir y comportarse más o menos como quieran mientras las mujeres saudíes se quedan fuera, embutidas en burkas o niqabs mientras vigilan a los niños asomando los ojos por la rendija de una siniestra máscara, nos encontramos en cambio con un escenario que no solo ahonda en la injusticia, sino que se regodea en ella con crueldad.

Incluso en el supuesto de que en efecto las autoridades permitan la entrada indiscriminada de mujeres (incluyendo las locales) a los partidos, quedaría por dilucidar si se trata solo de esos encuentros o si es un signo de apertura que pretende perdurar en el tiempo. Si es una señal con vocación de permanencia, y las mujeres podrán en adelante asistir a otros eventos deportivos y/o disfrutar de otras formas de igualdad con el hombre, bienvenida sea esta Supercopa arábiga. Si, por el contrario, la entrada de mujeres solo es una excepción condescendiente, poco avance se habrá hecho. Más bien al contrario: se habrá legitimado un régimen que solo aspira a perpetuar sus aspectos más ignominiosos.

A todo esto, se comunica con la máxima naturalidad (aunque en entrevista con Antón Meana Rubiales tratara de apartar del debate el término “comisionista”) la intervención en el acuerdo de una empresa mediadora, Kosmos, cuyo presidente y destacado accionista es... Gerard Piqué. Si bien es este un asunto menor en comparación con el de los derechos de la mujer, no se entiende (o tal vez se entiende demasiado bien) que una entidad como la Federación, de la que depende por ejemplo el estamento arbitral, haga negocios con la empresa de un futbolista que juega en uno de los clubes sujetos a la disciplina de la propia Federación.

Recapitulando, solo resta concluir que este asunto de la Supercopa en el Golfo, por diversas razones, van a tener que explicárnoslo mejor.