El otro día tuve un sueño. En realidad, se trataba de una pesadilla: caminaba por una calle de aspecto más bien sórdido, un arrabal suburbano lleno de gente malencarada. Llevaba yo mi reloj del Madrid, un Viceroy edición Centenario que me regalaron mis padres al final de aquel verano y que por eso me hace especial ilusión. En el sueño, hombres que Pío Baroja llamaría pejes (hombres astutos, de mala traza, es una pena que se pierdan palabras hermosas y que la lengua, al fin, se empobrezca tanto) se me acercaban con la mirada ávida y, naturalmente, aviesas intenciones. Uno de ellos se me abalanzaba y echaba mano a la muñeca, con la idea de quitarme el reloj. Yo conseguía escapar y, acto seguido, me metía el Viceroy en el bolsillo.
Al despertar, intenté darle un sentido a la pesadilla y me pareció evidente, al cabo, que el reloj no era más que un símbolo: que lo que me da miedo, un miedo cerval, es perder mi amor por el Madrid. Amor o interés, en esencia es lo mismo: las ganas de verlo ya no las tengo, y es razonable pensar que ese es el primer paso para acabar en la indiferencia.
Lo que me da miedo, un miedo cerval, es perder mi amor por el Madrid
Y eso, ciertamente, no puede ser. Porque el amor por el Madrid es un vestigio de mi infancia, la parte de mí no corrompida por el mundo ni estropeada por el aburrimiento y la vejez. Es la hora, pues, de hacer un esfuerzo. Todo no es malo ni puede serlo, por más que el primer equipo del Real Madrid me parezca una cosa amorfa, triste y sin alma, con problemas ya cronificados que se arrastran desde hace tres temporadas.
En el Madrid de Mourinho también juega Arda Güler. Ahora mismo, Güler es quien acredita que se pague una entrada para ver jugar a los de blanco, el único futbolista a la altura de lo que merece esa camiseta. Que no es sólo esfuerzo sino, sobre todo, talento.
El talento del turco es, esta temporada, un grifo abierto por el que salen a chorros la leche y la miel de las leyendas musulmanas que se contaban, antaño, los hombres del desierto. En las noches oscuras y frías, los beduinos soñaban con vergeles infinitos: esa es la zurda de Arda Güler, un jugador que está confirmando su eclosión a la grandeza en Múnich, aquella negra noche de la última primavera. El Madrid perdió ese partido y esa eliminatoria y sin embargo ganó un jerarca, otro Modric. Ganó la posibilidad de un jefe, de un playmaker y eso es lo que este equipo necesita como el comer, alguien que lo mueva con sentido, un diferencial que haga competir en serio a sus hombres de ataque.
El otro brotecillo de esperanza es Bernardo Silva, o más bien su ausencia: alguien debería preguntarle a Mourinho si está para jugar o no, supongo que si no lo pone más es porque al irse del City Bernardo perdió la cualidad keniata, maratoniana y hercúlea (jeje) que tenían allí los superhombres de Guardiola. Es verdad que Bernardo parece mayor de lo que es, su porte es enteco y tiene un color y un pelo como de preenfermedad. Pero que no juegue significa que algún día podrá jugar, es decir, que existe la posibilidad, más o menos cercana, de que el centro del campo del Madrid deje de consistir en la Serrería Valverde & Tchouaméni. Está visto y comprobado que en cuanto sale alguien con hechuras de mediocentro y Valverde sube un escalón su posición en el campo, el Madrid gana toda la verticalidad y la fuerza que el uruguayo es capaz de aportar más adelante, como box-to-box. Que es su naturaleza.
Lo que queda de rebeldía en el Madrid, el único espíritu de subversión contra la inmensa pantomima que es el fútbol español, es Mourinho. Y eso no es un brotecillo, sino un brote verde magnífico
Ver correr a Mourinho el otro día, cuando marcó Vinicius su no-gol, dio alipori al principio. El Mou de la primera etapa se tiraba al suelo para festejar un gol en el último minuto o se subía en lo alto de Callejón a lo borriquito, agitando imperial su dedo índice, diciendo yo soy el mejor, el número uno. El Mou de ahora trota descompuesto como un abuelillo en el parque a que Vinicius no se enfade, a demostrarle su afecto aunque lo dejara en el banquillo. No obstante, con toda la diferencia entre una cosa y la otra, Mou está vivo y quiere triunfar. Se agarra a la fe y a la esperanza un poco como nosotros, consciente de que no hay muchas más oportunidades y de que tiene que poner de su parte. Ese es el principio de algo, desde luego que para conseguir algo bueno lo primero de todo es creer que se puede conseguir.
Luego no salió a dar la rueda de prensa y confirmó que lo que queda de rebeldía en el Madrid, el único espíritu de subversión contra la inmensa pantomima que es el fútbol español, es él. Y eso no es un brotecillo, sino un brote verde magnífico, una nueva primavera aunque sea en otoño: Mou caerá, pero antes dará la batalla.
Con eso, de momento, es suficiente para recuperar la buena cara y sentarse a ver el Madrid en Roma, en la vieja y hermosa Copa de Europa.












A mí me la han robado. Esta temporada no he visto un partido ni lo veré. Pero aún sigo entrando aquí, a ver si por fin se hace justicia aunque cada vez dudo más de que exista
"El empresario Juan Palacios, fundador y presidente del Grupo Munreco (propietaria de marcas de relojes como Viceroy, Sandoz y Maurice Lacroix), se presentó como candidato oficial en las elecciones presidenciales del Real Madrid celebradas el 2 de julio de 2006".
Información que me facilita la nunca bien ponderada IA. Que el propietario de Viceroy haya sido candidato a la presidencia del Madrid, y que en su sueño alguien, con aviesas intenciones, intentara dejarle sin su peluco, tiene explicación.
Es lo que nos viene pasando desde hace años en la MLN.
Por un momento, cuando Vinicius marcó ante el Villareal, muchos madridistas presentes en el estadio, vimos la luz al final del túnel. Era el momento perfecto para "recuperar la ilusión".
Que después de la carrera de Mourinho para abrazar a Vinicius, el VAR interviniera siguiendo sus siniestros designios, no es más que la muestra de lo que nos espera.
Dejarnos perpetuamente con la miel en los labios.
Saludos.
¡Siempre con Mou!
Antonio, me encantan sus artículos, pero le veo últimamente demasiado crítico. Entiendo que Mou fue a darle un abrazo porque ve que Vini está sufriendo y necesita ayuda, que es lo que un buen padre hace con un hijo. Por otra parte, se critica el juego del Madrid una y otra vez. Yo veo mejoras, veo ganas de los jugadores y esfuerzo, veo potencial y veo que quieren revertir la situación. También veo que Mou vino a dar al equipo un impulso por luchar en el campo mientrás él se deja la piel fuera de él. Don Florenrino Pérez sabía que este año la inquina arbitral con el equipo iba a ser tal que necesitaba a Mouriño para no dejarse vencer. No dudo que el equipo va a recuperar su mejor versión si le dejan.