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Real Madrid, la revolución pasa por el juego

Real Madrid, la revolución pasa por el juego

Escrito por: Marcelino17 agosto, 2019
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El 3 de junio de 2017 en el Millenium Stadium de Cardiff el Real Madrid ponía el broche de oro a una temporada de ensueño.  Tras vencer a la Juventus de Turín por 4 goles a 1, se coronaba campeón de Europa por décimo segunda ocasión, uniéndose al título liguero logrado semanas antes en La Rosaleda de Málaga.

Aquella temporada pudo explicarse a partir de una plantilla histórica, con jugadores de calidad y jerarquía en todas las líneas y demarcaciones, caracterizada por su enorme personalidad y su piel camaleónica. Fue construyéndose a lo largo de la temporada y a través de fórmulas difícilmente reproducibles. Por encima de todo, presentaba todo tipo de perfiles que le permitían desarrollar diferentes planteamientos, su identidad no era el juego, era la victoria. Esa fe y la activación física y mental de casi todas sus piezas culminaron en un resultado histórico.

Un equipo que jugó de mil y una formas, trascendiendo a modelos de juego o sistemas. De hecho, sólo a partir de la vuelta de cuartos de final el R.Madrid encontró el considerado “once de gala”. La inclusión de Isco y el sistema de cuatro centrocampistas en rombo fue una novedad que no había tenido recorrido anteriormente. El recurso del centro lateral, una de las figuras con menos probabilidad cualitativa desde la óptica de la estadística avanzada, fue uno de los principales activos ofensivos de aquel equipo que aprovechó el contar con una batería de rematadores sin parangón (Cristiano Ronaldo, Álvaro Morata, Karim Benzema o Gareth Bale).

La fe mueve montañas y, a partir de ella, de una dinámica positiva, de un técnico que supo aprovechar todo lo que le ofrecía una de las mejores plantillas nunca vistas, se consiguió un doblete histórico.

Entonces llegó el verano de 2017 y con él el fin de “la plantilla imposible”. Jugadores como Pepe, James o Álvaro Morata dejaron la entidad y el club puso a prueba la nueva política que unos años antes entró en marcha de incorporar jóvenes valores. Así, llegaron los Vallejo, Theo Hernández, Marcos Llorente, Dani Ceballos o Borja Mayoral, grandes talentos, pero jugadores que estaban en el inicio de la curva de crecimiento de sus carreras.

El equipo empezaría el curso donde lo dejó el año anterior, con buen juego y resultados (Supercopa de Europa y Supercopa de España). En los primeros compases de Liga solo tuvo recorrido el buen juego, pero no así los resultados, y en la quinta jornada del campeonato 17/18 el equipo ya se encontraba a siete puntos del líder, el FC Barcelona. A partir de ahí se vio a un equipo sin confianza y un Zidane que optó por tratar de recuperar a su equipo a base de otorgarle continuidad para recuperar el ánimo. Sin embargo, el equipo no funcionaba y lo que el curso anterior funcionaba, al año siguiente no. El sistema estaba lejos de estar ajustado y los rivales exprimieron al máximo tal vulnerabilidad. Asimismo, la segunda unidad estaba formada por noveles que no podían replicar el papel de sus veteranos antecesores y el equipo fue lentamente naufragando.

En aquel 17/18 una crisis de resultados en las primeras cinco jornadas se convirtió en una crisis de juego que arrastraría todo el curso. En esos compases, Zidane falló para suplir a través del colectivo aquello que había perdido a nivel individual. Cierto es que nunca dejó de intentarlo y fue probando cosas, pero el equipo jugó realmente mal y en febrero todas las opciones estaban puestas en la Champions. Una Champions que se conseguiría en Kiev y que cerraría un ciclo histórico con las salidas del propio Zizou o Cristiano Ronaldo.

La contratación de Julen Lopetegui debía ser la respuesta del club para afrontar un camino que sería totalmente diferente sin dos de sus guías futbolísticos y espirituales. La salida de Cristiano Ronaldo era un golpe de primera magnitud a la línea de flotación desde la óptica deportiva y la pérdida de calidad individual, unida a la del curso pasado, se acentuaba. ¿La solución? Tratar de construir un equipo que pudiera sobreponerse a tal situación. Optar por fórmulas más parecidas a las de Manchester City o Liverpool con Jurgen Klopp o Pep Guardiola y crear una gran estructura que pudiese ganar como los mejores sin tener a los mejores.

Sin embargo, construir un equipo de tal nivel conlleva tiempo y derrotas. Antes de pulverizar los records de Premier League, el Manchester City quedó a quince puntos del liderazgo en su primera temporada bajo la dirección de Guardiola. El vigente campeón de Europa quedó octavo en su primer curso bajo la dirección de Klopp y no fue hasta el tercer año de proyecto en el que comenzó a ver sus frutos.

Y el Real Madrid a día de hoy no es un club preparado para perder, o asumir la derrota como parte del proceso, máxime cuando se requiere de una transformación tan grande.

Si bien a nivel de juego el conjunto de Julen Lopetegui comenzó realmente bien el curso 18/19, no es menos cierto que la falta de soluciones individuales le costó encontrar patrones de juego en fase ofensiva y los resultados fueron esfumándose, y con ello la temporada entró bien pronto en combustión. Los malos resultados volvieron a afectar al juego y el técnico vasco sólo se mantuvo en el cargo diez jornadas.

Tras él llegó un Santiago Solari con una idea diametralmente opuesta y que tampoco funcionó.

¿Zidane 2.0?

Así, en marzo y con nada por jugarse, Zinedine Zidane volvía al Real Madrid como una carta que debía revitalizar la institución. La jugada sorprendió a propios y extraños por el momento y las circunstancias que envolvían tanto al club como al técnico galo, quien sólo unos meses antes había abandonado la entidad.

No obstante Zidane comprende a la perfección lo que es el Real Madrid. Entiende que no es un club de fútbol cualquiera y que el poder forma parte de su ADN. Manejarse entre una ejecutiva poderosa en lo más alto de la pirámide y un vestuario repleto de jugadores de enorme jerarquía, es seguramente el mayor reto de un técnico en la casa blanca, por encima de aspectos más íntimos con el juego.

Sin embargo, las dudas eran y son legítimas. Por una parte, la última temporada de Zidane no fue buena en el día a día. El técnico no terminó de tomar el pulso a la temporada y su equipo fue poco a poco dejándose ir. Allá donde no llegaban los jugadores lo tendría que hacer el técnico galo y esta situación pocas veces se dio.

Ahora, tendrá que afrontar el reto con cambios importantes en su plantilla y, especialmente, en una dinámica negativa. Si algo fue el conjunto de Zidane durante su primer mandato fue un conjunto cohesionado a nivel mental y grupal, con una confianza en sí mismo descomunal. Sin embargo, el Real Madrid en los dos últimos cursos se ha acostumbrado demasiado a perder. Perder, e incluso salir goleado, ha sido algo que se ha convertido en cotidiano para un grupo ganador. Recuperar esa seguridad en sí mismos va a ser condición necesaria para sacar el trabajo adelante. Y el único camino posible para recuperarla es a través del resultado. En los primeros compases de competición será fundamental que el equipo acumule resultados positivos, sea cual sea el devenir del encuentro, para que el grupo gane en confianza y el técnico pueda implementar sus ideas. En los dos últimos años el patrón se repite: buen inicio en cuanto al juego, pero malos resultados. A partir de ahí la plantilla se deprime y el juego se convierte en una angustia.

En este sentido hay una apuesta del técnico por el grupo de jugadores con el que fue campeón. Resulta lógico que el técnico tenga predilección por aquellos con quienes trabajó y que se integraron en la cultura de equipo que el técnico forjó y que ahora quiere forjar. Pero, además, son jugadores de calidad y jerarquía de élite, jugadores de primerísimo nivel que deberían facilitar los procesos.

Como decíamos, el equip