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Por qué vamos a ganar el Clásico

Por qué vamos a ganar el Clásico

Escrito por: José María Faerna19 noviembre, 2015

Tengo pendiente hablar aquí del fútbol como una de las bellas artes, asunto muy serio en el que no pintan nada esos futbolistas con tutú de los que desconfío casi tanto como John Falstaff. Mientras tanto, llamo hoy la atención sobre su capacidad de ilustrar los pliegues del espacio-tiempo einsteiniano: hay partidos, y hasta jugadas, que duran toda una vida, como aquella volea infinita de Zidane que nos dio la novena aunque aún sigue cayendo del cielo de Glasgow. Incluso la de medirlo según el modelo de Benjamin Button: hubo un tiempo en que los futbolistas eran tan inamoviblemente adultos como nuestros padres; luego empezaron a igualar nuestra juventud y a desafiarla hasta tener menos años que nosotros, por más que, de encontrarme yo a Cristiano Ronaldo en el bar, lo llamaría de usted aunque tenga edad para ser su padre.

Hay que ver lo que enseña el fútbol, hasta antropología de ocasión sobre el arte de poner en pie tradiciones seculares en cinco minutos. Debe de ser por esos solapamientos y alabeos temporales por lo que a mí me cuesta tanto trabajo llamar al Madrid-Barça “el clásico” como escribir que la novia es encantadora, el incendio pavoroso o el marco incomparable. De hecho, cuando nuestra muy prescindible prensa deportiva empezó a llamarlo así como si lo hubiera hecho desde el Pleistoceno ya era yo mayor que Raúl y Fernando Hierro, aunque por nada del mundo les habría apeado el tratamiento. Ganarle al Barça siempre ha sido un placer singular, claro, pero tampoco era para tanto: al final la liga siempre la ganábamos nosotros, como Alemania en la célebre sentencia de Lineker. No hace falta insistir en que cuando los futbolistas eran mayores que yo el eterno aspirante vestía de rojiblanco y el partido que traía morbo era el derbi, aunque tampoco nadie lo llamara así entonces. El sintagma viejuno que se estilaba era partido de la máxima rivalidad, que se le pone a uno voz de Matías Prats solo de teclearlo.

cr celebra gol contra fcb

Ciertamente, el par Madrid-Barcelona desata una polaridad magnética de la que el fútbol es una derivación más que ha acabado por adueñarse de ella, porque la glotonería del fútbol es insaciable, todo poderío. No crean que menosprecio la raigambre histórica de la rivalidad, que existe desde que los dos clubs existen, incluso antes de que hubiera competición nacional que disputar. Lo que pasa es que siempre he tenido la sensación de que ese partido era más importante para ellos que para nosotros. Un madridista sabe que la victoria nunca es prescindible, pero la mejor de todas es la que llega a final de temporada, cuando se levanta la copa. Que no me pongan en el brete de elegir entre ganar el clásico o ganar la liga, pero como me pongan no voy a dudar ni un instante. No digo nada de la Copa de Europa –me da tanta pereza escribir la champions como el clásico, la novia encantadora, etcétera–; esa es nuestra y no hay más que hablar, cada año que otros disputan la final solo se celebra una usurpación. Pero si toca jugársela con los culés, me vale hasta pasarles con un empate a domicilio, a la italiana, que decía Ancelotti.

No es tan extravagante esto que digo. El desafío pesa más para el aspirante que para el que se sienta en el trono. De hecho, como ya es que no se respeta nada, veo con cierta prevención lo que modernamente hacen tantos madridistas de llegarse hasta Cibeles a celebrar los triunfos, como si eso fuera Canaletas. Hay una ansiedad ahí que me desazona. La prueba de que para ellos es más importante que para nosotros es que la historia de los Madrid-Barça siempre se ha escrito desde la Masía. Hasta los niños de pecho saben de la manita aquella de cuando Cruyff, o de esa otra que le amargó a Mourinho su tránsito madridista; pero nadie se acuerda de que esa misma temporada les devolvimos cuatro en la final de copa –Santillana, Rubiñán, Aguilar y Pirri–, o del soberano repaso que les dimos el año pasado. Hasta en Marte saben que Guruceta pitó una vez un penalti a metro y medio del área, pero hay que hacer arqueología para averiguar que la primera final de copa que disputaron con nosotros –y ganaron– fue todo un rufufú arbitral. Al revés que en la vida real, en el espacio-tiempo elástico del puente aéreo del fútbol, la historia la escriben los perdedores. A eso debía de referirse Valdano con lo de los pajaritos y las escopetas.

El asunto es que a ellos les faltaría el aire en un hipotético universo del que el Madrid desapareciera. Eso de que la polaridad Madrid-Barcelona en la liga es el verdadero elemento vertebrador de España lo escribió Vázquez Montalbán, uno del Barça  A mí el mundo me seguiría pareciendo el mismo lugar con los culés en segunda, ya le ganaríamos a otro. En el ámbito azulgrana les gusta enredarse en manierismos y cursilerías, que si copas de ferias, que si sextetes, destetes, partidillos-test y qué se yo. Aquí estamos a lo que estamos, por eso, pase lo que pase el sábado, el clásico siempre lo gana fatalmente el mismo, como la Alemania de Lineker. Todos los aspirantes son contingentes, solo el Madrid es necesario; en el pueblo lo tenemos muy hablado, que diría nuestro editor. Eso sí, da mucho gusto ganarles porque son un coñazo. Y más gusto da callarles la boca, como bien sabe un caballero con el siete a la espalda que el domingo colgó las botas en el James M. Shuart Stadium de Nueva York más contento que unas pascuas porque hizo lo de siempre: ayudar a su equipo a ganar. Es el último al que he visto debutar y retirarse en este espacio-tiempo elástico, pero el día que me lo encuentre en el bar ni se me ocurrirá apearle el tratamiento.

Número Uno

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

4 comentarios en: Por qué vamos a ganar el Clásico

  1. Buenas tardes D. José María recuerdo perfectamente la final aquella con el Barcelona, conocida como la de las botellas, con el empleado culé D. Antonio Rigo arbitrando ( es un decir) la final y comiéndose según las crónicas 2 penaltis a Amancio y Serena y digo según las crónicas porque en todos los resúmenes que he visto de dicha final no he conseguido ver nada sobre los penaltis que supuestamente provocaron la indignación del público madridista, ¿ Es tan difícil conseguir un resumen imparcial de la final de Copa de ese año? 1968. Mosqueante.
    Comparto su aversión a denominar clásico al partido del sábado, para mí no es nada ni significa nada jugar contra esta caterva de racistas posmodernos disfrazados de progres " a la violeta". Me produce rechazo la sublimación que muchos madridistas hacen del partido como si para nosotros no fueran nada más que 3 puntos.
    Es evidente que gran parte de la culpa de esa sublimación y de la idealización del Madrid- Barcelona, se debe a los medios de comunicación que han elevado este partido a la cima del deporte mundial, para en el fondo ningunearnos a nosotros.
    Enhorabuena por su excelente artículo, aunque algunas veces no estemos de acuerdo siempre es un placer leerle.
    Saludos blancos y comuneros

  2. Sublime eso de los futbolistas con tutú. No creo que se pueda definir mejor a un tipo de futbolista que tanto gusta a los periolistos y a cierto tipo de seguidores.