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Perros Yngleses

Perros Yngleses

Escrito por: Julia Pagano29 mayo, 2019
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Creía desde hace rato que este año no me tocaría artículo sobre finales de Champions, ni de ninguna otra copa internacional o doméstica. Temí que acaso no hubiese más encuentros de intensidad emotiva hasta mediados de junio en ocasión de que el Bernabéu reciba a las leyendas del Chelsea para disputar frente a sus pares merengues el 10º Partido del Corazón. Mas, de pronto, el peregrino recuerdo de una curiosa estampa madrileña de principios del 1800 vino a iluminar el sentido de dedicarle algunos párrafos a este torneo que nos es tan caro y esta vez nos encuentra con la desazón de tener que contemplarlo en condición de meros espectadores.

El grabado del ilustrador valenciano Antonio Rodríguez Onofre retrata a un ropavejero en acción de espantar un par de cuzcos que lo importunan. Un enigmático epígrafe remata la escena: ’Malditos perros yngleses…’.

 

La inscripción, de enigmática animosidad, despierta la sospecha de capciosas e indescifrables intenciones. Aunque el fastidio del personaje es evidente, nada en la imagen indica la procedencia de los canes ni justifica la exclamación en el contexto de la publicación original, una colección de trajes típicos de la época. Aun desconociendo los motivos de semejante invectiva gráfica, lo cierto es que años después, los gacetilleros coloniales supieron usufructuarla en provecho propio durante aquella temporada en que la flota del almirante Beresford vinieron a instalarse en las costas meridionales del Virreynato del Río de la Plata donde aún se los evoca con nostalgia.

Todavía no habían inventado el fútbol y sin embargo ya empezaban a marcar la cancha. Para bien o para mal, según soplara el viento, las excursiones de británicos e hispanos en ambas direcciones se han alternado con periódica reciprocidad, inscribiendo un tránsito regular y sostenido a la largo del mapa y de la historia, al punto de que se estableció un vínculo social y cultural entre los pueblos que a esta altura reviste un carácter casi familiar.

Pero no nos ocupan aquí Trafalgares, ni Gibraltares, ni islas ignotas enclavadas en mares lejanos, ni inconcebibles colaboraciones artísticas, ni derechos de asilo o cooperaciones económicas. Nos guste o no, por mucho que nos aflija admitir habernos quedado huérfanos de Cibeles y Orejonas, este año los principales podios del fútbol europeo serán ocupados por escuadras inglesas.

Tampoco cabe enfadarse, ni mucho menos desplegar epítetos cinológicos, porque tres cuadros londinenses y un liverpolita vayan a disputarse la próxima semana sendos trofeos continentales. Lo han conseguido en buena ley. Sin calzarse reputaciones de favoritos ni de más taquilleros, supieron aprovechar las maniobras dispuestas para favorecer a otros de mayor nombradía o patrimonio, sortear fallidas estrategias de marketing y desbancar las chequeras inagotables de los jeques, hasta colocarse en puestos para los que no habían hecho reservaciones.

Con esa emblemática y parsimoniosa perseverancia, fueron forjando el camino para que el fútbol de Europa volviese a ponerse a los pies de sus creadores. Y está bien que así sea.

 

A lo largo de más de un siglo y medio, un selecto puñado de naciones, cada una a su tiempo a través de sus clubes y selecciones han pugnado con despareja fortuna por hacerse con la hegemonía planetaria del balompié. España quiso extender su dominio hasta confines en los que nunca se pusiera el sol; Italia, llevar sus águilas imperiales hasta el último límite de la Terra Cognita; incluso Alemania cargó a cuestas la teutónica aspiración de ensanchar fronteras a puntapiés y testazos.

En eso los anglosajones supieron mostrarse más austeros en cuanto a ostentación de pretensiones y, en cambio, más pragmáticos. Echaron a rodar la bola y se guardaron celosamente para sí el dictado y custodia de las reglas del juego. En el camino, lejos de proferir ladridos estentóreos ni propinar tarascones desenfrenados, cosecharon un título mundialista, una docena de Champions y un poco menos de UEFAs, pero eso ya es historia.

Al día de la fecha, sin dejarse embriagar por los vapores del Brexit y sus imprevisibles ramificaciones, el fútbol inglés se ha vuelto más europeo que nunca y eso vale una observación más detenida por encima del mero titular de prensa o de intempestivas alusiones caninas.

Aunque aquí la Academia sale al rescate y da la impresión de que los instintos alegóricos no venían tan desnorteados en el paralelismo perruno. La primera acepción de la entrada correspondiente a ‘perro’ en el Diccionario de la Lengua Española, brinda algunas claves oportunas:

 

  1. m. y f. Mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, que tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal a su dueño.

 

No más extraer los datos estrictamente taxonómicos, para encontrarnos con una definición apta para extrapolarse al terreno de estas disquisiciones.

Mucho dista el football británico de hoy, de aquel deporte de estudiantes aburridos de romperse la cabeza con los códigos del rugby. Apenas con sobrevolar una fecha de cualquier liga del Reino Unido advertimos una realidad plenamente cosmopolita, multiétnica e integradora. Tanto se evidencia en las alineaciones donde resuenan menos los ecos celtas y sajones que los latinos, africanos, eslavos, árabes y hasta del oriente lejano; como en las identidades y orígenes de los hombres que integran cada plantilla, desde el hijo de un príncipe yoruba hasta muchachos salidos del orfanato; cristianos, musulmanes, budistas y agnósticos; universitarios, inmigrantes, obreros y pequeño burgueses.

Otro tanto en materia de entrenadores. Nada más que entre los cuatro equipos que se enfrentarán en las próximas finales contamos un italiano, un vasco, un alemán y un argentino; cuyas edades van entre los 47 y los 60 años. Una pena que una mala racha nos privó de verlo a Wenger al frente del Arsenal con sus 70 bien cumplidos.

 

Y si observamos a los inversores, imprescindibles desde que las instituciones deportivas no han podido sustraerse al mundo de los negocios, comprobamos que estadios y casacas lucen marcas de firmas comerciales provenientes de los cuatro puntos cardinales.

No obstante, el camino que debieron transitar estos ingleses no estuvo exento de dificultades. Supieron padecer los flagelos de la violencia y la xenofobia, pero también supieron enfrentarlos con medidas drásticas, campañas de prevención y severos correctivos. Basten el recuerdo de Wayne Rooney, separado de su seleccionado en la antesala de una copa del mundo a causa de tras proferir expresiones racistas; o el de Luis Suárez, sancionado con una de 40 mil libras y ocho fechas de suspensión por sus reiterados actos discriminatorios contra Patrice Evrà, en lo que terminó desembocando en la aceleración del trámite de su traspaso al Barça.

Hasta hace pocos años, cuando a una ciudad le correspondía ser anfitriona de algún cuadro allende el Canal de la Mancha, extremaba las medidas de seguridad, reforzaba el patrullaje, los comerciantes bajaban las cortinas y los padres escondían a sus hijas. Hoy los países que sufren situaciones de violencia deportiva convocan a especialistas ingleses para que los instruyan cómo proceder a erradicarla.

Desconozco si Bakú o Madrid han previsto el despliegue de fuerzas especiales u otro tipo de operativos para recibir a los respectivos contingentes de aficionados que acudirán a los encuentros que se avecinan. De lo que sí tengo certeza es de que, aunque no nos vaya nada en juego, cuando los protagonistas entren en acción, madridistas de todo el mundo los estaremos contemplándolos con suma atención. No tan sólo por mera curiosidad, en definitiva, estamos ante dos de los acontecimientos deportivos más importantes de la temporada europea y para arribar a estas instancias es de pensar que los equipos han hecho algo más que quedarse en rencillas de vestuario, en diatribas sobre quién había aumentado de peso, cambiado el peinado o aprendido español.

 

En buena medi