Las mejores firmas madridistas del planeta

Pasillos, patanes

Escrito por: José María Faerna21 diciembre, 2017

Lo leí ayer en la portada del Sport (vía portanálisis, no vayan a pensar): “El Barça aceptaría pagar 150 millones de euros a plazos y espera incorporar al brasileño [se refiere a Coutinho] a inicios de enero”. El portanalista de guardia, atento a la actualidad como debe, se fija en el destacado anterior –“Los agentes del jugador se reunieron en la Ciudad Condal con el club para ratificar el acuerdo y planificar el asalto al Liverpool”–, que abunda en las torpes mañas culés que el Atlético ha denunciado ante la FIFA por tratar sin permiso con Griezmann y además reconocerlo, pero a mí este me ha llamado aún más la atención. Como las relaciones del Barça con la realidad son peculiares y algo cuánticas, ocuparse de sus cosas es arriesgado. Requiere sortear a cada paso socavones de sentido que pueden chuparlo a uno como un agujero negro, así que permítanme atajar y obviar la perplejidad de que a Coutinho lo hemos fichado ya casi tantas veces como renovaciones cuenta Messi, pese a que la realidad casposa y sin vuelo insista en mantenerlo jornada tras jornada en las alineaciones del Liverpool.

Ni en el mundo de Marta Rovira ni en el de Mascaró  – ¿Pero quién coño es Mascaró?, diría Jordi Pujol–, nadie parece discutir que esas n veces a Coutinho lo ficha  –o lo ha fichado, ya no sé– el Barça del Liverpool, que es quien tiene contrato con el jugador. En el universo raso y común suele ser el club contratante el que “acepta” una cifra como precio del traspaso, es decir, el que se aviene a liberar de su compromiso al jugador para que fiche por el club comprador. Sin embargo, en la física culé la lógica económica es otra y es el que compra quien fija el precio del bien y el modo de pago, siempre y cuando quien compre sea el Barça. Valverde da el ok a Bellerin y el Barça acepta –graciosamente acepta, no está dispuesto a ni nada de eso–  pagarle 150 millones a plazos al Liverpool. En fin, perdonen por lo prolijo, pero la física culé es una dimensión espesa y lenta para el alienígena, como aquella escalera de Cortázar tan penosa de subir por la identidad de nombres entre el pie y el pie.

Ese espesor es, en realidad, una densidad moral. Digo yo que si Valery otorgaba valor moral a la sintaxis, la física no va a ser menos. Atrapados como estamos en una rancia moral newtoniana, las personas comunes –y no digamos ya las personas madridistas– fracasamos estrepitosamente en ese puré al que no hemos sido convocados. No estamos en el secreto de cómo navegar por él con ligereza de libélula en el éter, lo que requiere la iniciación previa en el secreto del club que siendo un club es más que un club, y no se ha hecho el engrudo para la boca del asno. En nuestra newtoniana vulgaridad, por ejemplo, cuando un equipo del país gana un título, su rival lo recibe cortésmente en el partido siguiente entre dos hileras de aplausos. En la roma dimensión moral que corresponde a nuestra física arcaica uno felicita por su ascenso incluso a un compañero de oficina al que detesta y cuya promoción no duda uno un instante que merece mil veces más que él. No le regalamos un reloj ni le ofrecemos una cena con discursos a los postres, pero le decimos entre dientes, con sonrisa de conejo y palmadita en el hombro, enhorabuena Martínez cuánto me alegro la primera vez que nos lo cruzamos en la máquina de café. Pero en la dimensión moral de la física culé no se contempla hacer tal cosa en el Clásico del sábado tras la reciente victoria del Madrid en el Mundial de Clubs. Quizá sea que en ella no se aprecia el tal campeonato, aunque no parece así a tenor de lo encantada de conocerse que parecía la gent blaugrana las tres veces que lo ha ganado. También es cierto que en sus zahúrdas cuánticas los triunfos, los títulos y los penaltis se comportan como esos quarks que los físicos clasifican en “sabores” y a los que ponen nombres arcanos como “encanto” o “extraño”. Así los títulos “saben” distinto si caen del lado culé o si los levanta otro, y los penaltis “encanto” se multiplican en áreas blaugranas con la misma lógica implacable que los penaltis “extraños” se volatilizan en las merengues.

Quizá sea que la física culé, además de una moral, es una patafísica donde la gimnasia se confunde con la magnesia y la cortesía con la pleitesía. Igual es eso lo que les confunde y les hace pensar que reconocer al campeón  es humillarse, asumir el rol del derrotado, hincar la rodilla en tierra, colocarse por debajo del rival. Quizá el término pasillo solo cobra significado como adyacente a despacho, y el mundo blaugrana no está acostumbrado a hacer cola en aquellos porque siempre ha tenido acceso raudo y privilegiado a estos, al menos si hablamos de los federativos. Allí además no les hacen pasillo, les hacen directamente la ola. Tal vez por eso el balbuciente Guillermo Amor ha farfullado no sé qué excusas burocráticas y oficinescas sobre cuándo procede y cuándo no, tipo los vecinos de la escalera izquierda solo están obligados a darle los buenos días a los de la derecha si el encuentro tiene lugar en zonas comunes, no así si este se produce en la calle o el extranjero. Con lo poco que cuesta dar los buenos días, sostenerle el batiente del metro al que viene detrás, cederle el asiento a las embarazadas. Será que soy más infeliz que un cubo, más simple que una manzana newtoniana. A la vista está que espíritus más refinados, tipo Busquets, Jordi Alba, Neymar o Dani Alves, saben lo que es establecer relaciones más complejas con la ley de la gravedad.

Y además están a no sé cuantos puntos de diferencia. Llevan lo que va de temporada haciendo los deberes en Liga mientras los nuestros tienden a hacer el canelo más de lo conveniente, pero no han llegado hasta aquí para hacerle pasillo a ese del que cuentan las copas que deja de ganar antes que las que ganan ellos. Ni pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió, repetía mi abuela, que ya intuía que la realidad patafísica es la dimensión moral de los patanes.

Número Uno

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

Un comentario en: Pasillos, patanes

  1. ""Quizá el término pasillo solo cobra significado como adyacente a despacho, y el mundo blaugrana no está acostumbrado a hacer cola en aquellos porque siempre ha tenido acceso raudo y privilegiado a estos"

    Para enmarcar.

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