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Música de viento

Música de viento

Escrito por: Pepe Kollins6 septiembre, 2017
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“¡Comienza el partido! Apenas han transcurrido unos segundos cuando recibe la pelota un jugador local y el público le dedica una sonora pitada…”. El momento recreado refiere, como casi todos los lectores habrán identificado, al estadio Santiago Bernabéu. No se trata de la descripción de un partido en concreto sino de una actitud que define el perfil de un público que se ha caracterizado por la dureza hacia sus propios jugadores.

Aunque un estadio es tan diverso como cada uno de los aficionados que lo componen y generalizar siempre acarrea injusticias, la severidad de la que ha hecho y hace gala gran parte de la grada madridista ha sido lo suficientemente importante y continuada como para que el imaginario futbolístico se la atribuya a la mayoría.

Pese a que hay teorías que sostienen que esta tendencia es relativamente reciente, una revisión del pasado -a través de la hemeroteca- nos invita a replantearnos si esta dinámica no ha sido una constante a lo largo de la historia del Real Madrid.

En el año 1952, Miguel Muñoz, siendo jugador de la primera plantilla, protestaba airadamente por la conducta del público, tachándola de inapropiada y estéril:

“Nosotros, en Chamartín, cuando se nos chilla nos encogemos más que el contrario. ¡Qué tengan esto en cuenta los seguidores!”

Un año más tarde, en febrero de 1953, el entonces capitán del Real Madrid volvía a incidir en la misma línea:

“Fuera de casa tiro a gol y nadie me grita; hago mal un pase y no me abronca. En Chamartín tiene que estar uno pendiente del público, y a veces se quitan las ganas hasta de jugar. En resumen, que sale uno más tranquilo en provincias".

Su óptica como entrenador no pareció cambiar su opinión. En 1970, al consultarle los periodistas por una mala primera parte del equipo, respondía:

“Y lo que no me explico todavía es cómo no salió peor la segunda… Pues no parecía sino que los que se llaman partidarios del Madrid estaban deseando su derrota.”

De ese mismo partido contra el Elche, Velázquez sentenció:

“El público nos animó tras el segundo gol. Así también anima mi tía”.

Esta manera de animar fiscalizando también encontró oposición por parte de la planta noble. En septiembre de 1965, Santiago Bernabéu admitía:

“Estos chicos juegan mejor fuera que dentro de casa. Son buenos y lo han demostrado; pero el público les perdona pocos fallos. Hace falta animarles, porque así ellos se crecen. Yo creo que en este campo juegan más cohibidos que fuera".

El histórico presidente detallaba, en otra entrevista concedida en mayo de 1960, el grado de presión que ejercía su público, hasta el punto de que el mismo Di Stefano le transmitió su reparo a recoger el trofeo del Balón de Oro sobre el terreno de juego, por miedo a recibir una pitada del Bernabéu, debido al bache que pasaba el equipo en Liga. Don Santiago le alentó a no preocupase, ya que el público madridista -según le explicó al argentino- sabía distinguir entre ese trofeo o la Copa de Europa y la Liga. Y así fue.

Las causas que propician estas insistentes pitadas son tantas que resulta difícil precisar un patrón común. Se pita -como parece razonable- la desidia. Pero también se silba el bajo rendimiento, ya sea sostenido o un error puntual. En ocasiones, se reprocha el egoísmo en la jugada. Otras, la decisión del entrenador. Y, cómo no, hay silbatinas por la fobia hacia ciertos jugadores -por causa de origen o por que hagan competencia a los favoritos- con frecuencia alentadas por la prensa. Es decir, el pito no sólo es reactivo y espontáneo, sino que, no pocas veces, es premeditado y viene ya soplando desde casa.

Si echamos una mirada atrás, llegaremos a la conclusión de que casi nadie se ha librado de la música de viento del Bernabéu: desde estrellas mundiales como Alfredo Di Stefano, Zidane, Ronaldo Nazario o Cristiano Ronaldo, a jugadores por consolidarse como Gago, Illarramendi o Danilo; desde extranjeros como Samuel, Emmerson o Khedira, a españoles como Juanito, Reyes o Ramos, o canteranos como Michel, Guti o Casillas.

Pero, en cualquier caso, la cuestión es dilucidar si esa medida ha servido en algún momento para algo. A tenor de los testimonios detallados anteriormente, por parte de los afectados, parece que no. Sin embargo, para un sector del madridismo dicho acoso no solo no es pernicioso sino que además supone la clave del éxito del Real Madrid. Es decir, la entidad madridista –sostienen– es la más laureada del mundo gracias a la severidad de su público, el verdadero garante de una exigencia continuada. Según ese relato, los silbadores en realidad no castigan al jugador sino que lo curten, lo preparan para alcanzar un nivel de competitividad superior. Y si no supera la prueba, es decir, si sucumbe a los silbidos, es porque no tiene madera para ser jugador blanco.

Lo cierto es que dicha teoría resulta difícil de justificar. Por un lado, que el público haya mantenido y hasta intensificado su vigilancia en la última década, no ha impedido que hayamos sido testigos de no pocas derrotas por un exceso de relajación que se han traducido en la pérdida de títulos. Por lo tanto, no parece existir una relación entre el silbido, o la amenaza del mismo y la tensión competitiva.

Por otro, hay jugadores de todo tipo de caracteres. Hay a quienes, directamente, no les afecta nada que les silben, les da igual y ni lo disimulan. Hace años, cuando Marcelo fue cuestionado por la silbatina con la que estaba siendo asediado, desde hacía semanas, el brasileño respondió, entre risas, que a él los pitos se la traían al pairo. Una postura muy similar a la de Karim Benzema, que esta misma semana fue víctima de la ira del Bernabéu, lo cual no impidió que al día siguiente colgara, en las redes sociales, una foto en mitad de un ambiente festivo, completamente ajeno a esa campaña. No se entiendan estas actitudes como una falta de profesionalidad, sino a una capacidad de abstracción, o al convencimiento de que esos pitos no pueden alterar su conciencia. Una indiferencia similar a la que certificaba el mismísimo Santiago Bernabéu en declaraciones realizadas en 1953:

-Se pudiera decir que el público del Madrid no tiene, como en otras partes, la suficiente paciencia para esperar que se hagan los jugadores.

-¿Ha sido usted silbado al perder el Real Madrid en Chamartín?

-No me acuerdo. A lo mejor me han silbado, pero no me he dado cuenta.

En cambio, sí que hay jugadores que son sensibles a los pitos pero en clave negativa, ya sea porque les provoca una presión que no consiguen soportar o bien porque les encrespan, como le sucede a Cristiano Ronaldo, al que sería ridículo, a estas alturas, someter a ningún proceso iniciático.

Es difícil demostrar, por tanto, algún caso de futbolista del Real Madrid que haya mejorado su rendimiento gracias a los pitos de la afición, pero aún cuesta más creer en esta tesis cuando el ejemplo más repetido, por parte de sus defensores, para certificarla es el de Zinedine Zidane. El astro francés fue pitado en su primera etapa en el Real Madrid, un trato al que Zizou consiguió reponerse alcanzando un gran nivel. Según los partidarios de esa teoría, el motivo del gran rendimiento del francés fueron los pitos del Bernabéu que consiguieron afinar su fútbol. Sus actuaciones anteriores en la Juventus, a la que llevó a las cotas más altas, o con la selección francesa, a la que lideró para ganar un Mundial y una Eurocopa, parecían no haber sucedido, puesto que la causa real de que Zinedine jugara como los ángeles –según esta corriente– radicaba en los socios curtidores, sin los cuales difícilmente se hubiera convertido en el  futbolista que fue.

Los propios jugadores rivales son plenamen