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Los ensimismados

Los ensimismados

Escrito por: Ángel del Riego4 marzo, 2019
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Había pasado algo en mi casa y yo no quería volver. Deseaba cruzar vados, ríos, estepas, continentes y océanos, pero no quería volver. Vagaba por las calles dando vueltas a los edificios oficiales, quizás con el afán de sentir el frío que de allí salía. Sabía pocas cosas: que en mi casa había una luz encendida y mucha gente esperando, y ese no era el sitio donde ir; que jugaba el Real Madrid, un equipo que me gustaba algo más que el resto; que el fútbol era un refugio. Llegué a la calle de los bares. Al otro lado de la cristalera se veía la tele encendida. Tenían, como siempre, al Madrid. Pasó algo en la pantalla porque hubo un revuelo en el bar. Primero un silencio, que se sintió desde fuera, y después unas conversaciones que se amontonaban  sobre otras como si la media lengua de los niños hubiera tomado posesión de los adultos. Yo no me iba a atrever a entrar allí nunca, como nunca iba a llegar a casa, como el Madrid no iba a ganar la siguiente copa de Europa, porque esas son cosas que se saben y hay fuerzas irresistibles que están fuera de las normas del gobierno.

Pero me hicieron una señal desde dentro. Era un paisano mayor, uno de los jefes, y salió a por mí. Ven, me dijo, esto lo tienes que ver tú, que más que correr la banda, parece que huyes. Hoy ha nacido uno de los tuyos.

En la pantalla estaba el Madrid, con la camiseta blanca, ese color que odian las madres porque no es sufrido. Había barro por todas partes y un chaval rubio, al que las mangas le quedaban grandes y se las cogía al correr. Pero no corría. Se deslizó y se quedó quieto sobre el campo. En el área, como un animal escuchando los sonidos del fútbol. Tan quieto estaba que en el bar la gente comenzó a preocuparse. De repente el niño, hilvana varios regates muy escorado hacia la línea de banda; parecía que buscara esconderse de alguien. La pelota no se deshacía de su pie y el rumor de la gente iba subiendo. Penetró la portería con un tiro espasmódico. El mundo se cae abajo gritando gol y en eso despierta del ensueño y agacha el cabeza avergonzado. Toda España se abalanza sobre él y lo aúpa en hombros. En ese momento nacía un mito y yo me hacía definitivamente del Madrid.

Butragueño, rubio impoluto, el hijo futbolista que todas las madres del estado de las autonomías quieren tener, es un niño dios y su pureza inunda el campo. Esa imagen central de los años 80 penetra al madridismo de punta a cabo. Ahí cambió el país. No más furia. No más casta. No más puños cerrados. Había otra forma de gritar los goles y de rozar el balón con los pies.

Años después, en el 2002, Zidane  para los relojes con el gol por la escuadra más famoso de la historia. Era el año del centenario y la publicidad había desaparecido de la camiseta. Si el buitre era impoluto, Zidane era inmaculado. El cuello de pico y las mangas anchas no le quedaban bien del todo, Zidane tenía los ademanes de un pintor renacentista en el cuerpo de un jubilado. Estaba, como Raúl, más acá de la estética. Ni el uno ni el otro parecen del todo deportistas y eso llena de gozo al madridista que piensa en cualidades inmateriales, místicas, y así levanta el cielo de Madrid, de tanto fantasear.

Unos años atrás, en los 50, Paco Gento le pone el brazalete a Di Stéfano que mira a cámara. Tiene el rostro grave, de un señor mayor. Y la camiseta, de manga larga, parece una prenda interior. Todo es blanco. No hay rastro de exhibicionismo. Son tipos que hacen un trabajo. No son modelos de conducta ni hombres anuncio. Son Obreros metalúrgicos llenos de magia y precisión. Ahí el blanco, cabalgando la ola gigante de las copas de Europa, son las trazas del ángel caído. Algo tenebroso, terrible, despiadado. No es el fútbol como un juego, es el fútbol como un destino.

Ha pasado el tiempo pero Butragueño sigue en el mismo sitio que entonces. La pureza es algo definitivo. No envejece ni se olvida; no se marchita. En su juego no había apelaciones vacías a la emoción. No gastaba los sentimientos ni sofocaba las líneas de pase. Y al celebrar lo goles se quedaba ligeramente aturdido.

Mesut Ozil entraba en el campo limpiándose la cara con las manos. Era otro que tampoco sabía qué hacer después del gol. Sentía algo de vergüenza y un poco de felicidad. Se dejaba abrazar, -no huía como el buitre-, pero había un pudor en él y una fragilidad de princesa en el callejón que lo acabó llevando lejos del Madrid. Como Butragueño y como Zidane, todos sus gestos tenían un porqué y una suavidad que lo ponía siempre del lado de la virtud.

El Real Madrid tiene una deuda, como todos los que ganan, y la pureza es una forma de pagarla. Eso está escrito en la camiseta como el esfuerzo o el coraje, pequeñas formas de tortura. Que haya un hechizo, y que  traspase la pantalla. Y eso perdura.

 

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