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Las personas a las que os debéis

Las personas a las que os debéis

Escrito por: Pepe Kollins29 julio, 2019
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“A los profesionales del fútbol no les importa nada la afición”.

Esta fue la respuesta que recibí por parte de muchos usuarios de Twitter cuando tras el partido contra el Atleti mencioné la falta de empatía de los jugadores hacia los miles de aficionados desplazados hasta New Jersey, algunos desde diversos puntos de Estados Unidos, otros, incluso, desde diferentes países de América, para disfrutar de su equipo en directo, tras un año, como mínimo, sin más opción que verlos por televisión. ¿Es que ni eso les importaba?

La mayoría de las respuestas apuntaban, con contundencia, en una misma dirección: los futbolistas eran completamente ajenos a lo que sucedía en la grada.

Y puede que este distanciamiento sea más significativo de lo que parece. A fin de cuentas, es la constatación de la asimilación por parte de los profesionales de un estatus que no les corresponde. Desde tiempos primigenios, el futbolista ha sido idolatrado por parte de sus seguidores, pero nunca, como hoy, la distancia entre unos y otros había sido tan grande. El futbolista ya no es esa persona que podía gozar de un buen nivel de vida pero que debía administrar lo ganado porque difícilmente le alcanzaba, sin invertirlo, hasta el final de su vida. Tampoco el jugador vivía aislado de sus congéneres, acudía a los mismos lugares y hasta se relacionaba con los hinchas con cierta naturalidad.

En comentarios a textos de La Galerna, socios veteranos han explicado, alguna vez, como antaño acudían a la salida del entrenamiento de la Ciudad Deportiva, para conversar amigablemente con Emilio Butragueño, o para ponerse a la cola de Hugo Sánchez que acostumbraba a llevar siempre un taco de fotografías firmadas para los niños. Un amigo mío se encontró en cierta ocasión en una cafetería con don Alfredo al que, tras confirmar que no esperaba a nadie, se ofreció a invitarle a una caña y finalmente no fue una sino varias. Eran otros tiempos, muy diferentes. En la actualidad, los futbolistas pertenecen al estrato socioeconómico más elevado. Apenas mantienen contacto cotidiano con los aficionados. Se mueven por círculos selectos y restringidos. Una distancia insalvable que ha provocado que olviden, por completo, cual es la raíz de todo este circo.

Porque es necesario dejarlo claro: el fútbol son los aficionados. Y por lo que respecta al club que nos compete, el Real Madrid son los madridistas. Algunos se resistirán a esta idea poseídos por la pasión, cuasi religiosa, hacia sus ídolos. Y se equivocan. Si no hubiese quien idolatrase no habría ídolo. El Real Madrid en sus inicios fue un grupo de aficionados que hace más de cien años se constituyó a modo de equipo y de club. Al Real Madrid, posteriormente, no lo sostuvieron los goles de sus jugadores sino el enorme esfuerzo que realizaron sus socios, en tiempos tremendamente complicados, para adelantar el suficiente capital a la entidad. El Real Madrid, en años sucesivos, invirtió en grandes fichajes y en grandes fichas, básicamente, el dinero de esos mismos socios y, a posteriori, lo que recauda en concepto de retransmisiones, publicidad y merchandising, a través también de los millones de aficionados que tiene en todo el mundo.

Por lo tanto, se equivocan completamente aquellos futbolistas que crean que hay una deuda contraída con ellos por sus logros, aquellos deportistas que consideran que mantienen una relación laboral que solo les compromete con una junta directiva y un presidente, ante la presencia pasiva de unos tipos con bufanda que por lo visto están ahí como las vacas mirando al tren. Unos espectadores que a veces cometen la insolencia de pitarles a pesar de toda la felicidad desinteresada que les han proporcionado.

Instalados en ese contexto mental no cuesta comprender que el viernes pasado a los jugadores no les importase un bledo la frustración que sintiesen los aficionados ante el bochorno que tuvieron que presenciar. Posiblemente fuera la misma indiferencia que sintiesen por el público del Bernabéu a lo largo de la temporada pasada. Y quizás, por ese mismo motivo, los jugadores blancos tampoco sentían ese extra de motivación que uno puede percibir cuando se siente vigilado por su responsable. Porque lo cierto es que esa gente como los de la grada, los unos y los otros, son precisamente a los que les deben todo lo que ganan.

Este curso anterior viví una experiencia que enlaza con esa desafección, pero en sentido contrario. Desde el verano pasado sigo, a diario, a la sucursal madridista en la NBA, sita en Dallas. A los pocos meses de monitorizar la cuenta de Twitter de los Mavericks caí en una circunstancia que llamó mi atención: cada semana, sin excepción, algunos jugadores del equipo asistían a algún acto benéfico o social. Una coincidencia casual, pensé. Pero al tercer partido que vi a Dirk Nowitzki, al término del encuentro, conversando un buen rato con una viejecita en silla de ruedas – cada vez una diferente, pero todas con enseñas de los Mavs -, me percaté de que algo raro ocurría.

NBA Cares fue una iniciativa de responsabilidad social implementada por la NBA en 2005 precisamente para poner fin a ese abismo que se había creado entre deportistas y sociedad. Los dirigentes de una las competiciones profesionales más importantes del mundo creyeron indispensable crear un plan, de obligado cumplimiento para todas las franquicias, que acercara a los jugadores a la gente, que devolviera a la sociedad aquello que la sociedad les daba, que mentalizara a los jugadores de que cada centavo que ganaban tenía su origen en esas personas. Ellos no jugaban para el presidente, ni para la directiva, ni para su gloria, sino para esas ancianas con las que el bueno de Nowitzki luego se tomaba un té pacientemente.

La temporada pasada he presenciado a los jugadores de los Mavericks ejercer de cuentacuentos en escuelas y bibliotecas públicas decenas de veces, los he visto durante todos los meses visitar hospitales o residencias de la tercera edad. Son continuos los campus de entrenamiento que implementan las estrellas para chavales, las visitas a colegios para dar charlas contra el acoso escolar, a centros cívicos para concienciar en hábitos de vida saludable. He visto a Luka Doncic colaborando con voluntarios medioambientales en acciones de reciclaje, a compañeros suyos repartiendo comida o ropa entre sin techos. El propio Luka, junto con Dirk, ha oficiado de camarero en una fiesta para aficionados de los Dallas. Los jugadores conviven con sus hinchas, constantemente, a veces se van a comer con un grupo de ellos elegidos por sorteo. Otras veces les van a visitar a residencias universitarias o asisten a estrenos de espectáculos juntos. Y todas esas labores se las reparten los miembros de la plantilla cada semana.

https://twitter.com/MavsCare/status/1100057861613371392

Alguno pensará que eso aquí es impensable porque los futbolistas viven en una nube a tenor de lo que ganan, pero lo cierto que es muchas de esas estrellas de la NBA ganan tanto o más que Messi o Cristiano Ronaldo. Simplemente se les inculca, desde sus propios clubs  y desde la propia Liga, que le deben todo al aficionado.

Explicaba Manuel Matamoros, en unos de sus primeros textos en La Galerna, como un veterano del Real Madrid le mostró su incomprensión y la de muchos de sus compañeros, ante el hecho de que la afición hubiera eternizado la memoria de un jugador, con un palmarés bastante menos lustroso que el de ellos, pero cuyo nombre, en cambio, era honrado en el minuto 7 de cada encuentro del Real Madrid. Pero lo único que hizo el bueno de Juan fue no olvidar que aquellos que poblaban las gradas eran su motivo de ser jugador. Y allí se quedó. Con ellos.

En la Bundesliga es frecuente que cuando un equipo ha ofrecido un rendimiento injustificable, todos sus jugadores se queden plantados frente a  una portería mientras  los capitanes se dirigen a la grada para dar explicaciones. En la retina queda la imagen de Hummels y Weidenfeller disculpándose ante la Sudtribune, hace cuatro años, con todo el Borussia, Klopp incluido, plantado frente al mítico muro amarillo del Signal Iduna Park.

Yo me imagino a los jugadores blancos, el viernes pasado, plantados frente a una portería del MetLife Stadium de New Jersey y a los dos capitanes acercándose a la grada para comentar:

-Mirad, resulta que para nosotros era un amistoso, pero por lo visto para ellos no.