Franco Mastantuono llegó al Real Madrid como llegan casi todos los chicos de 18 años que aterrizan en el Bernabéu: con talento en la mochila, respeto en la mirada y una cautela lógica en cada primer toque. No vino a romper la puerta desde el principio, vino a tocarla. Y, sin embargo, durante sus primeros diez partidos dejó algo muy claro: quería estar ahí. Quería el balón, no se ahorraba en ningún momento el esfuerzo y buscaba aprender rápido.
Coincidía entonces con un detalle aparentemente menor, casi anecdótico, pero que acabaría convirtiéndose en símbolo: el pelo platino. Una imagen atrevida para un futbolista que, en el campo, todavía medía cada riesgo. Mastantuono no encaraba con descaro constante, daba una de cal y otra de arena en ese aspecto, no se sentía aún dueño de los partidos ni pedía galones de estrella, pero presionaba como el que más. Corría, mordía, achicaba espacios y pedía la pelota incluso cuando no era la mejor opción. Había algo fundamental en su juego: intención. Y en el fútbol, la intención es siempre el primer paso para formar una fuerte personalidad.
Ese primer Mastantuono era imperfecto, claro. Le faltaba lectura, a veces le sobraba precipitación, y su toma de decisiones no siempre era la ideal. Pero había una virtud que compensaba casi todo: no se escondía. Para un chico recién llegado al Real Madrid, eso no es poca cosa. Entendía que el contexto exigía atrevimiento, aunque aún no tuviera el cuerpo ni la cabeza totalmente preparados para sostenerlo.
Quizás dentro de unos años nos riamos de todo esto. Quizás el pelo no tenga ninguna importancia y solo sea una coincidencia simpática, o quizás no, eso ya lo veremos. De momento, parece que Franco necesita verse diferente para jugar distinto
Luego llegó la pubalgia. Y con ella, el paréntesis. Un paréntesis físico, sí, pero también futbolístico y mental. Porque las lesiones no solo afectan al cuerpo: afectan al ritmo, a la confianza y, muchas veces, a la forma en la que un jugador se interpreta a sí mismo dentro del equipo. Mastantuono salió del once, perdió continuidad y su proceso quedó congelado justo cuando empezaba a tomar temperatura.
Cuando volvió, lo hizo cambiado. El pelo ya no era platino, sino negro. Pero el cambio importante no estaba en la cabeza, sino en los pies. El Franco que reapareció era un jugador plano, casi irreconocible respecto al chico que había despertado ilusión en el inicio. Recibía, amagaba y retrocedía. Una y otra vez. Su fútbol se convirtió en una secuencia repetitiva y previsible: pase fácil, apoyo corto, circulación sin daño.
Es aquí donde empieza la parte incómoda del análisis. Porque la pubalgia explica muchas cosas, pero no todas. El problema no era que fallara, ni que perdiera balones, ni siquiera que estuviera fuera de forma, que también. El problema era que no pasaba nada cuando él tenía el balón. Y eso, para un futbolista de su perfil, es casi una traición a su propia naturaleza.
El argentino entonces fue cuando dejó de encarar, de conducir con intención y de aparecer en zonas donde se deciden los partidos. Jugaba correcto, pero previsible. Y el Real Madrid no ficha talento joven para que juegue correcto: lo ficha para que se equivoque intentando cosas grandes, acordaos de los comienzos de Vinicius JR. Se le ficha para que rompa líneas, incomode, y se encargue de ser una carga para sus oponentes, que le obligue al rival a defender más atrás de lo que le gustaría.
Sin que nadie se lo esperase, como si el fútbol necesitara guiños poéticos para recordarnos que no todo es racional, volvió el platino. En la previa del partido de Champions League frente al Mónaco, Mastantuono reapareció en aquel entrenamiento con el chándal representativo de la competición europea y con el pelo mucho más corto y teñido de nuevo. Un gesto mínimo, irrelevante en teoría, pero en el campo ocurrió algo radicalmente distinto, Franco volvió a ser Franco. O, mejor dicho, empezó a ser el Franco que puede llegar a ser.
Encara más, conduce rápido, decide antes, pero, sobre todo, decide mejor. Busca el gol en cada partido, no como obsesión, sino como consecuencia natural de pisar zonas peligrosas. Ya no recibe para esconder la pelota, sino para provocar y obligar al rival a decidir. Su objetivo principal vuelve a ser el de generar ventaja en cada control orientado.
Tras la victoria frente al club monegasco, inevitablemente, la pregunta apareció en la entrevista postpartido. ¿Tenía algo que ver el cambio de look con su mejor versión? Mastantuono sonrió y respondió con naturalidad: “El pelo, ¿no? Me sentía un poco más lento… Era hora de un cambio. (Ríe). No, estoy bromeando. Me gusta experimentar.”
La respuesta, ligera y casi despreocupada, sirve para desmontar cualquier lectura supersticiosa literal. Pero también revela algo importante: Mastantuono se siente cómodo probando, moviéndose, rompiendo inercias. Y eso, en un futbolista joven, es una magnífica noticia. Porque el problema no era el color del pelo, el problema era la rigidez. Y el platino, casualidad o no, coincide con la ruptura de ese aburrimiento que parecía haberse instalado en su juego.
El partido ante el Mónaco no fue perfecto, pero sí revelador. Fue el mejor Mastantuono hasta la fecha. Y no porque firmara cifras deslumbrantes, sino porque su juego tuvo sentido. Porque cada intervención tenía una intención clara. Porque, por primera vez desde la lesión, volvió a ser un jugador que incomoda al rival y genera preguntas en la defensa contraria. Frente al Villarreal, volvimos a ver una serie de conducciones para romper las dos líneas de cuatro del conjunto de Marcelino que le dieron la vida tanto a él para su confianza, como al equipo para construir el juego ofensivo.
mientras el argentino siga encarando, presionando, buscando el gol y recordándonos el motivo por el que llegó, solo queda decir una cosa: larga vida al platino, Mastan
Ahora bien, la crítica sigue siendo necesaria. No se puede vivir de simbolismos ni de noches aisladas. Mastantuono aún debe demostrar continuidad, personalidad en escenarios adversos y capacidad para querer ser una figura importante cuando el equipo no fluye. El Madrid no espera promesas eternas; espera respuestas. Y él todavía está en fase de construcción. Pero lo que ha quedado claro es que, cuando se libera mentalmente, su fútbol aparece. Y que, casualidad o no, el platino coincide con esa liberación. Con ese permiso interno para ser protagonista, para asumir que equivocarse también forma parte del proceso de crecer en el club más exigente del mundo.
Quizás dentro de unos años nos riamos de todo esto. Quizás el pelo no tenga ninguna importancia y solo sea una coincidencia simpática, o quizás no, eso ya lo veremos. De momento, parece que Franco necesita verse diferente para jugar distinto, y si ese gesto le conecta con su mejor versión, bienvenida sea la experimentación. Porque el Real Madrid no necesita jugadores grises, lo que le hace falta son futbolistas que se atrevan a brillar. En el juego, en la personalidad y en las decisiones.
Así que, mientras el argentino siga encarando, presionando, buscando el gol y recordándonos el motivo por el que llegó, solo queda decir una cosa: larga vida al platino, Mastan.















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