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El espejo del alma

El espejo del alma

Escrito por: Pepe Kollins19 mayo, 2016
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Vivimos en una era visual. Desde hace décadas la incidencia de la televisión se extiende a cualquier ámbito. Lo que no sale en la pantalla no existe y lo que aparece por primera vez constituye una nueva realidad a la que hay que adaptarse. El fútbol no ha sido ajeno a estas dinámicas. Desde su irrupción, las cámaras rebajaron ostensiblemente la dureza de los marcajes, así como la picaresca sobre el terreno de juego. A su vez, la figura del entrenador amplió su dimensión al ejercer no sólo como preparador, estratega y conductor de grupo, sino también como la figura visible del proyecto deportivo que desplegaba, para su provecho, ese nuevo poder mediático.

La sala de prensa se convirtió en un nuevo escenario de incalculables posibilidades y repercusiones. De las esporádicas y escuetas declaraciones de los entrenadores de antaño, ya fuera a pie de campo, en los pasillos del recinto deportivo o en el mismo vestuario, se pasó a un plató acondicionado para una comparecencia diaria en la que el técnico transmite directrices en todas direcciones: plantilla, club, rivales y hasta los propios medios de comunicación. La sala de prensa destaca como un escenario trascendental en la estrategia del máximo responsable deportivo, quien la utilizará en función de su pericia y conveniencia, y no necesariamente en pos de un interés informativo. Como confesó en cierta ocasión Carlo Ancelotti a un periodista en Valdebebas: “Efectivamente eso es lo que he dicho, aunque vete a saber si es verdad”.

Las comparecencias han adquirido tal relevancia, que la puesta en escena de los entrenadores ha comenzado a ser ponderada como un activo más. Para el técnico es de suma importancia mostrarse seguro, transmitir confianza en su trabajo, no dar pie a la polémica, sortear las cuestiones comprometidas y, sobre todo, hacerlo con la afabilidad suficiente para no soliviantar a la misma prensa que va a intentar por todos los medios soliviantarte.

En el majestuoso Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares hay dispuesto un atril donde, siglos atrás, los aspirantes a obtener el doctorado también comparecían para responder a las preguntas que se les formulaba mientas en un espacio contiguo, a modo de confesionario, otro profesor ejercía de pinche tirano, incordiando durante su exposición al orador y hasta pellizcándole para poner a prueba su rectitud. Del mismo modo, hoy los periodistas no preguntan al entrenador solamente para obtener una respuesta, sino que a su vez le someten a un tercer grado a la espera de un renuncio inesperado.

En cierto modo, la sala de prensa es la plataforma desde la cual el entrenador proyecta el cúmulo de acciones y decisiones que sustentan su trabajo. No resulta, por tanto, una coincidencia que cada conducta tenga luego su réplica sobre el terreno de juego pues, en definitiva, un equipo no deja de ser más que el reflejo de su entrenador, cuya esencia se sintetiza ante los medios. El Real Madrid de José Mourinho era tan intenso como el técnico de Setúbal en sus respuestas. El equipo de Ancelotti se mostraba regularmente relajado, salvo en aquellas ocasiones especiales en que le daba por levantar la ceja. Y el de Benítez resultaba tan funcionarial como la lectura de un formulario. En la actualidad, tanto Zidane como sus dos competidores directos, Simeone y Luis Enrique, no hacen otra cosa que refrendar dicha teoría.

Zizou

Se detecta en la firmeza del Cholo ante los medios la misma solidez de su bloque en el campo. Consumado estratega, el argentino utiliza las ruedas de prensa para sacar ventaja, hasta en situaciones de relativa calma, como hace su Atleti en las jugadas a balón parado. Simeone no escatima en soflamas populistas como “Somos el equipo del pueblo” o en diatribas ventajistas que dicen mucho del espíritu canchero de sus hombres. En "Veo la Liga peligrosamente preparada para el Real Madrid" encontramos la correspondencia dialéctica del lanzamiento de un balón desde la banda para entorpecer el contrataque rival. Y es que, pese a su natural vehemencia, el Cholo no se muestra agresivo en su discurso, sino, en oposición, tan victimista -o si se prefiere, tan defensivo- como su equipo.

En el otro extremo encontramos al Barça del tridente de la MSN, un equipo que acosa al rival casi tanto como su entrenador a sus entrevistadores. Luis Enrique no conoce otro modo que atacar, circunstancia de la que los corresponsales del club azulgrana pueden dar debida cuenta. Expeditivo hasta el grado de proclamar “Lo siento, soy así de gilipollas”, el asturiano se muestra parco en palabras. Su Barça ya no dispone de la misma fluidez y toque de la etapa Guardiola. En ese sentido, los entrenadores locuaces suelen tender a un estilo de fútbol más fluido, sea el caso del propio Guardiola, de Valdano, de Lillo o de todos aquellos que hacen de la pelota palabra y de la sucesión de pases un soliloquio con el que pretenden terminar distrayendo al rival. El Barça de Luis Enrique, en cambio, se define como él mismo, más directo.

Pero si alguien ha sorprendido por sus maneras frente a las cámaras y micrófonos, ese no ha sido otro que Zinedine Zidane. La reacción del equipo a raíz de la llegada del francés tuvo mucho que ver con algunos de los aspectos que desde su primera comparecencia desplegó el máximo responsable deportivo del Real Madrid. Primero, una tranquilidad inaudita para alguien de quien solo se destacaba que era un novato. Segundo, la convicción que demostró en torno a sus propias posibilidades e ideas, con un discurso tan sencillo como diáfano. Y tercero, la cintura, de la que ya gozaba como jugador, para driblar cuestiones embarazosas.

En cada uno de esos detalles se puede reconocer al Real Madrid actual. Un equipo del que se ha destacado la calma con la que ha jugado en situaciones que, presuntamente, eran propicias para caer en la precipitación, como la vuelta en el Bernabéu contra el Wolfsburgo o la ida en Inglaterra contra el Manchester City. Una formación que se ha mostrado sólida como no lo hacía desde hace más de un año, sin grandes artificios tácticos pero con la seguridad de saber qué hacer en cada momento. Un equipo que ha sorteado cada situación de riesgo que se le ha planteado, con sufrimiento, pero casi siempre victorioso.

Y capítulo aparte merece, cómo no, su sonrisa. Una alegría que ha vuelto a iluminar la esperanza blanca y que ha desconcertado a unos rivales que todavía no aciertan a comprender el porqué. Zidane atiende serio, pero relajado, durante  la interpelación del periodista, como si estuviese observando la parábola de un pelota cayendo del cielo. Y cuando esta culmina la recibe,  súbitamente, con la misma expresión de gracia con la que un niño reacciona cuando ha cometido una travesura. Da igual que el dardo sea de trayectoria perversa o de difícil resolución, la sonrisa de Zizou la amortiguará como quien controla un melón con el empeine. Una expresión que por sí sola ya puede explicar este milagro deportivo que ha llevado a sus hombres hasta la cita más prestigiosa de cada temporada y que solo cabe definirla con una palabra: madridismo.