Existe una anécdota apócrifa —que seguro que os suena— sobre el general romano Belisario, quien tras reconquistar medio mundo para el emperador y salvar a Roma, terminó sus días ciego y mendigando por las mismas calles que él mismo había pavimentado con sus victorias. La leyenda cuenta que los ciudadanos no lo odiaban por haber perdido, sino por recordarles, con su sola presencia, el precio sangriento de sus logros.
Hoy podemos ser testigos de una representación moderna de esta tragedia, pero el protagonista no lleva armadura romana, sino el dorsal 7. Y para poder entender lo que está ocurriendo y por qué parte del madridismo ha comenzado a devorar a Vinicius Junior, debemos abandonar la lógica deportiva y adentrarnos en la patología de los sistemas cerrados, porque lo que estamos presenciando no es una crisis de juego, es un trastorno autoinmune: el Real Madrid, como cuerpo social, ha comenzado a identificar a sus propios leucocitos —aquellos diseñados para el combate más feroz— como una amenaza para la salud del organismo, y el «Caso Vinicius» ha dejado de ser un asunto de odio externo para convertirse en un caso de estudio sobre la ansiedad institucional y el desplazamiento de la agresión. Vamos a ello, porque entenderlo nos puede ayudar mucho en nuestro día a día.
El aficionado actual se ha acostumbrado a la victoria como estado natural, y ahora, tras una temporada sin títulos importantes y sumidos en una espiral de juego negativa, vivimos nuestro particular invierno cartaginés, sucumbiendo así a una neurosis colectiva. La ausencia de títulos no genera tristeza, genera ira, y esta, de origen, necesita dirección. Atacar a la institución es abstracto, y los números silencian las críticas, atacar al club y su historia es doloroso a la par que absurdo, atacar al rival es impotente cuando este te está ganando… Y aquí entra el brasileño.
la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz»
Desde la psiquiatría, lo que está ocurriendo es un desplazamiento freudiano de manual. La masa, incapaz de procesar la frustración de ver a su equipo perder, vuelca esa impotencia sobre el blanco más visible y la víctima más expuesta. Se le acusa de desestabilizar al equipo con sus «guerras personales», cuando la realidad es que el equipo es inestable por numerosas y numerosas cuestiones. Que el Real Madrid no gana porque «Vinicius se distrae» es una mentira reconfortante. Porque es mucho más fácil señalar la actitud de un chico de 25 años que diseccionar un proyecto deportivo para detectar y solventar errores. Esto lo hacemos continuamente con nuestra propia vida, preferimos culpar a alguien de una situación y alejarnos que analizar qué nos ha llevado ahí, discutir con un socio que reestructurar un proyecto, no hablar con un familiar que solucionar los problemas, aunque en el caso del brasileño hay mucho más. Vinicius se convierte así en el pararrayos de una tormenta que él no desató, pero que lo está electrocutando. Lo que la prensa y la grada llaman «provocación»es, en términos psiquiátricos, la hipervigilancia del trauma. Y lo que la afición está haciendo no es «exigencia», es una traición biológica: están sacrificando al órgano que se hipertrofió para salvarles. Ante la indefensión y agresividad que sufrió el chico,desarrolló una personalidad «hipervigilante». Y es que el superviviente de bullying masivo a menudo aprende que la única seguridad es la defensa activa y constante. Lo siento, no se puede pedir a quien tuvo que construirse una armadura para sobrevivir que se la quite de buenas a primeras. Mucho menos sin la confianza de los suyos.
René Gizard teorizó que las sociedades purgan su violencia interna sacrificando a un tercero, pero lo fascinante y perverso de este caso es la inversión del mecanismo. Parte de la afición está sacrificando a su hijo predilecto para congraciarse con sus enemigos. Y ojo, lejos de ser algo anómalo, esto está definido como el síndrome del niño maltratado que intenta complacer al maltratador, es decir, que la masa social, agotada de ser la mala de la película, ha comprado la narrativa del agresor, y creen erróneamente, que si eliminan a Vinicius el odio contra el Madrid cesará. Una fantasía de redención. «Si entregamos al chico, nos dejarán en paz», susurra el inconsciente colectivo del Bernabéu. El aficionado le grita «cállate y juega», porque cada vez que Vinicius se revuelve y protesta ante la injusticia, obliga a los suyos a tomar partido, y defender a la víctima en una sociedad de confort e inmediatez cansa, culparla libera.
Lo más trágico de todo esto es esa soledad de la víctima de bullying cuando llega a casa y descubre que sus padres se han puesto del lado de los matones. El brasileño, que sufrió una campaña de deshumanización sin precedentes y que logró superar, ahora se encuentra de nuevo abandonado en medio de una crisis del club, la prensa y la propia afición que ha adoptado la retórica del agresor. Sociológicamente, esto se explica por el miedo al contagio. En una dinámica perdedora, el grupo se siente débil y humillado. Para recuperar cierta sensación de control y honorabilidad ante la opinión pública, deciden amputar el miembro que genera controversia, cuando en realidad lo único que están haciendo es demostrar sumisión ante el relato que el enemigo construyó durante años. La rendición final: aceptar que el verdugo tenía razón sobre la víctima.
Si finalmente logran que Vinicius se marche, si la presión de la propia familia termina por expulsar al miembro que más la defendió, no habrá celebración, tan solo ese silencio espeso que queda en las habitaciones tras cometer un error irreparable.
La historia, por cerrar con lo que inicié, nos enseña que los imperios no caen cuando son atacados desde fuera, sino cuando empiezan a temer a sus propios defensores. Al pedir la cabeza de Vinicius, están matando al centinela porque sus ladridos no les dejan dormir, olvidando que son esos ladridos los únicos que mantenían a los lobos a raya. Cuando el centinela se haya ido y el silencio reine en el Bernabéu, ya no habrá pitos, ni siquiera aplausos; y nos daremos cuenta de que el silencio no es paz, es indefensión. Es tristeza.
Si Apollo quisiera un club con mentalidad ganadora, habría invertido en otro proyecto. Pero eligió el Atlético precisamente porque, con su base fiel y su complejo profundamente interiorizado, ofrece un retorno predecible sin los riesgos de la exigencia madridista. ¿Me definen qué es un fracaso para el Atlético?
El Barcelona combatió su complejo construyendo un relato alternativo: el de la “més que un club”, el del estilo, el del victimismo institucional. Necesitaba demostrar que era superior moral y futbolísticamente, y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su alcance
una masa social resignada es más rentable. La afición del atleti, con su romanticismo del sufrimiento, es el mejor aliado para mantener ese statu quo. Simeone es el cómplice ideal para señalar enemigos imaginarios
Buenos días, galernautas. Hoy no cabe épica. Tampoco lírica. Ni siquiera dramática. Esta tarde se juega la final de la supercopa, en minúscula, de España, esta sí con mayúscula, y el partido es un pretendido clásico, otra vez con minúscula. No es un descuido tipográfico: es una declaración de principios.
Llamadnos tacaños, pero escatimamos el uso de la letra capitular para un trofeo transportado allende los mares y los desiertos al exclusivo servicio del lucro de dirigentes federativos y de algunos jugadores en particular. Ya sabéis: el dúo cómico-delictivo Rubi y Geri. Esto no es una cumbre del fútbol. Es un producto. Y, si lo adjetivara Enid Blyton, sería mohoso, rancio y polvoriento.
El partido no merece mayúscula porque enfrenta al equipo de fútbol más importante de la historia contra un club que pagó durante dos décadas al jefe de los árbitros y que, casi tres años después de conocerse el asunto, sigue compitiendo como si tal cosa. No hace falta adjetivar más.
A diferencia de algunos, en La Galerna queremos que gane siempre el Real Madrid. Aquí no caben adversativas. Cuestión distinta es que estas competiciones menores, organizadas para el enriquecimiento de unos cuantos listos, tengan para nosotros una importancia infinitamente más limitada que, por ejemplo, una Champions League. O quince.
Abundando en este particular, ¿sabéis quién tampoco sabe cómo es esa sensación? Exacto: el técnico del Atlético de Madrid, el brasas de la línea de cal, el hombre al que Larra habría llamado —pese a sus emolumentos— un pobrecito hablador.
Ya sabéis, más que nada porque así os lo hemos dicho, que el oficio del portanalista es un sacerdocio, así que hagamos de tripas corazón y echemos un ojo a las cabeceras patrias.
Marca se despacha con una imagen de los técnicos sujetando sus camisetas, ambos con gesto de ficha policial, mucho más apropiado que el de promoción. Todo lo que rodea al club cliente de Negreira acaba teniendo un aire procesal. Del titular no hablamos: largo, con corchetes y con la capacidad de atraer la atención de un trozo de pladur. Nivel Marca.
Saltamos a As, ese periódico que otrora dirigió Relaño. “Un clásico de diez” nos cuentan mientras plasman una imagen de espaldas de Mbappé y Lamine Yamal, los dos dorsales diez de los rivales de esta noche. La verdad es que no sabemos qué ocurre, pero el nivel de inspiración visual y semántica de los frontispicios de la llamada Central Lechera (risas enlatadas histéricas tendentes a la incontinencia urinaria y luxación mandibular) es subterráneo hasta para los estándares a los que nos tienen acostumbrados.
Busquemos entonces refugio en la prensa cataculé, siempre comprometida con la verdad, el rigor y la ética periodística.
El Mundo Deportivo, diario del Conde de Godó, Grande de España, replica la imagen de Marca y reduce el titular a “Súper final”. De nuevo, gesto de mugshot y texto corto, rotundo y pedagógico, digno del periódico mural de una clase de segundo de primaria.
En Sport los entrenadores ya no sujetan camisetas: se estrechan la mano ante la Supercopa de Rubi y Geri. Más abajo, en rojo, el diario nos cuenta que Laporta confirma que las relaciones con el Real Madrid están rotas. Pues claro que están rotas, sinvergüenzas. Lo sorprendente es que no lo estuvieran antes, especialmente cuando hace casi tres años que se reveló que el Barcelona había estado pagando durante dos décadas al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. El asunto está en los juzgados y el Real Madrid ejerce su derecho a personarse. En el relato, sin embargo, el malo sigue siendo el de siempre
Pasad un excelente día, que gane el Real Madrid y no toméis jamás al Barcelona ni a sus satélites mediáticos como brújula moral. Y si lo hacéis, que sea sabiendo que apunta siempre al sur.
El pasado jueves el Real Madrid eliminó al Atlético en la Supercopa, motivo por el cual una buena parte del madridismo está bastante disgustado.
Últimamente el madridismo se disgusta mucho: cuando perdemos, cuando empatamos y cuando ganamos. Siempre está mustio y cabreado. Es como Mr. Palmer, aquel personaje de la novela “Sentido y Sensibilidad”, de Jean Austin, del que su esposa decía: “el señor Palmer es muy divertido: siempre está de mal humor.”
Entiendo que el juego del equipo de Xabi Alonso no da para suscitar mucho entusiasmo, pero no se me ocurre nada menos madridista que no alegrarse por haber echado al Atleti de Cerezo de una competición oficial. Puede que mañana contra el Barça nos metan una somanta de goles, no lo niego, pero enfadarse por algo que aún no ha ocurrido es poco práctico. El cabreo preventivo es un despilfarro de bilis que no lleva a ninguna parte, salvo a convertirnos en seres tristes y amargados; lo contrario, en fin, a un madridista.
El califa cordobés Abderramán III vivió hasta los 73 años. Cercana su muerte, escribió una lista enumerando todos los días de su vida en que había sido feliz: le salieron 14 y no consecutivos. Se diría que era madridista de los de ahora, pero, en cualquier caso, lo que más me interesa de esta historia es lo de la lista. Y a eso vamos.
El cabreo preventivo es un despilfarro de bilis que no lleva a ninguna parte, salvo a convertirnos en seres tristes y amargados; lo contrario, en fin, a un madridista
Durante el compás de espera previo a la final del domingo uno puede optar por deprimirse a causa de una derrota que aún no ha sucedido (ni tiene por qué suceder) u ocupar su mente en otras cosas más banales. Para quienes opten por la segunda opción, yo les ofrezco este escapismo en forma de texto intrascendente sobre la lista de Ancelotti; porque no sí si saben que Carletto, nuestro entrenador más laureado, ha hecho una lista. Parece que con su mudanza a la selección brasileña el italiano ha encontrado al fin un remanso de paz, un puesto con menos presión que la de dirigir el banquillo de Madrid que incluso le deja tiempo para hacer listas sobre las cosas que le gustan. Me alegro por él, como me alegro por todo lo bueno que le pase al tipo que nos dio tres copas de Europa.

Ancelotti, en realidad, no ha elaborado una lista sino dos: en una de ellas enumera sus películas favoritas y en la otra sus gustos musicales. De la segunda no tengo nada que decir, dado mi escaso conocimiento sobre el tema (seguro que entre los talentos de La Galerna los hay más preparados que yo para esa tarea), así que me centraré en la primera.
Lo de la listas siempre me ha parecido una cosa fascinante. La lista más antigua que se conserva data del 1250 antes de Cristo, fue elaborada en el año 40 del reinado del faraón Ramsés II y recoge los motivos por los que los obreros que andaban construyendo las tumbas del Valle de los Reyes no se presentaban a trabajar. La causa más frecuente de
absentismo era “enfermo”, seguida de “mi mujer está menstruando”, “me picó un escorpión”, “estaba haciendo cerveza” y “tuve que momificar a un pariente”; todas ellas han sido aducidas por Lamine Yamal en algún momento para saltarse algún entrenamiento.
En el siglo XIX, en un manicomio de Virginia, hicieron una lista de las causas que habían llevado a los pacientes a su internamiento, entre las que figuran “leer novelas”, “problemas femeninos imaginarios” o “masturbación durante 30 años”; también muy usadas por Yamal para fumarse los entrenos. Hacer listas es propio de gentes ordenadas
y metódicas, como Thomas Edison, que hizo una lista de inventos pendientes en la que figuraban la “tinta para ciegos”, “la seda artificial” y una cosa llamada “fonógrafo alegre para muñecas”.
También Leonardo da Vinci dejó para la posteridad una peculiar lista de tareas pendientes, en la cual se puede leer “comprar un cráneo” o “investigar para qué sirve un bostezo”, lo cual habría descubierto su hubiera visto algún partido de la Liga de Tebas. Charles Darwin, otro genio, realizó un sumario de las ventajas de buscar una esposa el cual encabezó con la frase: “es mejor que tener un perro”; y sir Isaac Newton, que era un tipo más bien depresivo, elaboró una lista de pecados cometidos cuando tenía 19 años. Era una lista muy ecléctica que recogía faltas como “preparar una ratonera
en el día del Señor” y “amenazar a la señora Smith con quemar su casa con ella dentro”.
Todo esto de las listas de gente famosa me resulta de gran interés. A la espera de conocer la Lista del Cholo Simeone de los 10 Insultos más Rastreros desde la Banda a jugadores de otros equipos, me conformaré con analizar el “top” (perdón por el anglicismo) de las películas favoritas de Carlo Ancelotti. Vamos con la primera de ellas:

de Paolo Sorrentino. Nada que objetar, pero un poco decepcionante. Aquí Ancelotti va a lo seguro, como cuando era entrenador. Encabezar una lista de mejores películas con La Gran Belleza es como encabezar una lista de los mejores cuadros de la Historia con la Mona Lisa: riesgo cero, nadie te lo va a reprochar, pero, en el fondo, es tirar por la vía rápida. Me habría resultado más emocionante que Carletto empezara su lista con algo tipo “Solo en Casa 2, perdido en Nueva York” o “16 Velas” de John Hugues; eso me habría volado la cabeza; pero es verdad que ese no sería
mi Ancelotti. Si su máxima futbolística se resumía en “si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?”, por lo que era de esperar que sus gustos cinematográficos fueran en la misma línea.

de Francis Ford Coppola. Elección poco original, pero no por ello menos acertada. Como poner a Benzema de delantero en una final de Champions. Es por eso que Carletto tiene más copas que nadie.

de Michael Cimino. Cimino es un director muy “carlettiano”, capaz de obras cumbre como esta o de pifias faraónicas como “La puerta del cielo”, que arruinó a United Artist y acabó para siempre con el cine del “New Hollywood” los 70. Carletto lo mismo te ganaba tres Champions que te hacía una temporada como la última que estuvo en el Madrid. Por otro lado, la mítica escena de El Cazador en que Christopher Walken, John Savage y Robert de Niro juegan a la ruleta rusa es un poco como ver al Madrid de Xabi Alonso: susto o muerte. En fin, película muy adecuada para un madridista. Buena elección.

de Roberto Benigni. Aquí ya le hemos fastidiado. Por norma, me cuesta tomarme en serio cualquier lista en la que figura La Vida es Bella, cualquier canción de Bobby Darin o cualquier cuadro de Renoir debido a mi miedo visceral por la
diabetes. LA VIDA ES BELLA es puro terrorismo emocional, como una película de Pixar pero sin monigotes graciosos y con Roberto Benigni poniendo caras. Un horror.

de Tonny Scott. Bien ahí. Se rumoreaba que de los dos Scott (Tony y Ridley), el que tenía talento era Tony, por eso, desde que falleció su hermano, Ridley ha ido de pifiada en pifiada rematando el camino con esa cosa llamada “Gladiator II”. ¿Puede ser que Carletto nos esté mandando un mensaje críptico con esta elección? ¿Cómo si dijera: “de los dos Ancelotti, el que de verdad tiene talento es el hijo, no el padre”? Lo dudo horrores. Pero la película está muy bien.

de Steven Spielberg. Billy Wilder admitió que estuvo a punto de rodar este guion, pero Spielberg se le adelantó. Cuando le preguntaron al genio vienés cómo lo habría enfocado, respondió de forma diplomática: “habría sido… diferente”. En casa tenemos muy hablado que habríamos preferido su versión, fuera cual fuese.

de Bernardo Bertolucci. Una elección muy madridista, aquí Carletto no defrauda. Noventa minutti en el Bernabéu son molo longo, Novecento ya ni te cuento.

de Quentin Tarantino. No puedo evitar ver cierto guiño autobiográfico en esta elección por parte de Ancelotti. ¿Se ve quizá a si mismo como el Señor Lobo que acudió al rescate del Real Madrid cuando sus sesos estaban esparcidos por todas partes? Puede ser, pero no empecemos a chuparnos las… Bueno, ya saben.

de Yorgos Lanthimos. La elección inesperada la deja Ancelotti para el final, como cuando te sacaba a un canterano en el minuto 92. Yo creo que Carletto no ha visto “Poor Things” y piensa que Yorgos Lanthimos es un lateral del Olympiacos; pero aquí el míster nos saca su retranca parmesana, propia de gentes inteligentes, y nos suelta esto para volvernos loquísimos o, lo que es peor, para animarnos a ver la película y echarse unas risas a nuestra costa. Genio.
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Buenos días. La coma que separa indebidamente el sujeto del predicado se conoce como la coma asesina o coma criminal, dado que “mata” la corrección de la frase.
La coma asesina es un error frecuente, al que por lo visto no es ajeno el CM que lleva la cuenta de X del Atlético de Madrid. El hecho de que un club como el Atleti propenda a la coma asesina nos hace pensar en la posibilidad de que hayan puesto a desempeñar esas labores cibernéticas a algún miembro de su grupo de animación neonazi llamado Frente Atlético, gente que sabe de asesinatos una barbaridad y a quienes el club continúa auspiciando, financiando y por lo que parece dando trabajo en sus redes sociales.
“El modus operandi, sí que es un clásico”. Nos preguntamos qué razón habrá para asesinar la oración con esa coma, pero chico, también os decimos que todo está más o menos bien mientras se limiten a matar frases. Quizá, a base de reinsertar tuiteramente a los componentes de su afición más cafre, el club rojiblanco esté llevando a cabo un loable ejemplo de obra social, quién sabe.
El fondo de este bello trino colchonero tiene que ver, por supuesto, con la agria polémica respecto al incidente Simeone-Vinícius hacia el final del derbi supercopero. Más que incidente habría que llamarlo episodio de abuso de un señor de 55 años sobre un joven de 25. Al señor de 55 no le importó aludir a asuntos personales sensibles del chaval para tratar de humillarle, pero no os lo perdáis, porque tanto el club del señor mayor como sus voceros mediáticos, que son abundantísimos, tratan de justificar la actitud del bully. Ved la repugnante posición de Marca en este turbio asunto.
Según Marca, amigos, fue Vinicius quien empezó “despreciando” al banquillo colchonero. El supuesto “desprecio” consistió en reírse porque estaban pidiendo un penalti de manera risible, con los aspavientos (Hola, Garabatos) propios del Cholo y sus epígonos. Ese fue el supuesto “desprecio”. De ahí pasamos a aludir a la situación contractual de Vini, que el brasileño está viviendo como un viacrucis, como si hubiera alguna proporcionalidad. Según Marca, la hay. Impresionante el grado de degradación moral que está adquiriendo la otrora publicación deportiva más leída y respetada del país, hoy convertida en abyecta herramienta en favor de quien conduce a la ruina al furbol español y de quienes se apropiaron indebidamente del Atlético de Madrid para revenderlo a precio de oro.
En el frontispicio de la portada de Marca podéis ver, precisamente, a su dueño intelectual, o sea, Javier Tebas Medrano, celebrando su poder omnímodo disfrazándolo de unidad con la RFEF. La verdad es que la Federación ha sido asimilada por la Liga como lo ha sido el Marca, y que Louzán no pasa de ser un apéndice extraño en la anatomía del propio Tebas.
El argumento central de la portada, sin embargo, es la llegada de Mbappé a Arabia para ¿jugar? el domingo el mal llamado clásico en su versión final supercopera. Nadie sabe si realmente Kylian va a jugar (de ahí los signos de interrogación) ni si es prudente que tal cosa suceda, dado el esguince de rodilla del cual se está recuperando. Por supuesto, es el tema por excelencia en el prepartido, si bien Xabi cuenta con dudas casi más acuciantes para su defensa. Rüdiger, Huijsen y Asencio se encuentran en diversos grados de postración parcial por culpa de diversas lesiones. A nosotros se nos antoja que la presencia del hispano-neerlandés sería especialmente importancia para sacar el balón desde atrás superando la presión alta que probablemente ejerzan los culés. Pero no sabemos si Dean está suficientemente en forma para ser de la partida. Ante el Atleti no jugó ni un minuto.
As recurre al mismo argumento central de cara al mal llamado clásico, o sea, Mbappé llegando a Arabia. ¿Se tratará de un arribo trascendental de cara al partido, o se asemejará a la llegada de Scatman Crothers al hotel de El Resplandor? De momento, todo el madridismo está pendiente del choque, unos deseando que gane el Madrid y otros deseando que pierda, a ser posible por goleada.
Sí, habéis leído bien. Madridistas que quieren que el Madrid palme, y que palme bien, para que se desencadene no sabemos qué apocalipsis que por lo visto es sumamente conveniente.
Fijaos que existen tipos de madridistas, pero este último hallazgo nos permite simplificar enormemente la clasificación. Están los madridistas que quieren que gane el Madrid y los madridistas que quieren que pierda.
Nos vais a perdonar, somos conscientes de que no molamos nada, no somos cool, no estamos (probablemente) a la vanguardia del madridismo. Mañana domingo pasará lo que tenga que pasar. Pero, por el momento, salvo cambio de última hora ciertamente improbable, La Galerna quiere que el Madrid gane.
La Galerna quiere que el Madrid gane siempre.
Os dejamos con la prensa cataculé.
Pasad un buen día.
Buenos días, galernautas. ¿Lo oléis? Es el aroma de la victoria por la mañana. Aunque sea pírrica. Aunque sea en Arabia. Aunque sea merced a los enjuagues del dúo cómico-delictivo formado por Geri y Rubi.
Nuestro equipo venció de manera poco brillante al mejor equipo de Coslada, espoleado por su entrenador, que para la ocasión eligió un atavío de azafato gótico. El personaje, antiguo jugador, mantiene en el banquillo el mismo estilo y las mismas maneras que exhibía en el césped. Es más: parece haber ampliado su, ya de suyo vasto, repertorio de groserías, zafiedades y salidas de pata de banco.
El caso es que lleva década y media en el cargo. Y eso, en este negocio, se consigue sobre todo sabiendo identificarse con los valores de su empleador. Da lo mismo ser el técnico mejor pagado del mundo que presentar una cosecha de títulos más bien magra, o directamente inexistente en Europa. No se nos ocurre otra explicación. O, mejor dicho, no lo queremos entender.
Aun a pesar de su comportamiento, no podemos dejar de preocuparnos por su salud, que parece resentida a juzgar por su declarada falta de memoria en rueda de prensa. Al parecer, manifiesta dificultades a la hora de recordar las constantes e inaceptables provocaciones con que ha acosado a nuestro jugador Vinícius Junior. Determinadas lagunas pueden ser síntoma de dolencias serias y deberían ser supervisadas por un facultativo. En caso de tratarse de episodios leves, nos permitimos recomendar un tratamiento tradicional a base de rabos de pasa.
Comencemos el análisis de la prensa presuntamente deportiva, pues a eso hemos venido.
As, diario prisaico, nos muestra a Rodrygo y Valverde, dos de los mejores madridistas sobre el césped, celebrando efusivamente uno de los goles marcados. “Sufrir es ganar”, nos dicen a modo de haiku, como lo haría un señor Miyagi de marca blanca. A fuer de sinceros, preferiríamos ganar sin sufrir tanto, más que nada por una cuestión de salud cardiovascular. Nos turba la mención de soslayo y con poca luz al comportamiento de Simeone: no por habitual deja de ser inaceptable.
Marca, diario gallardero, nos enseña a Valverde, el hombre con un cañón de 88 mm en la bota, en posición de celebración rabiosa mientras se insiste en la identidad entre victoria y sufrimiento. La virtud de la originalidad tampoco figura en el repertorio de fortalezas marquista. El episodio de Simeone provocando a Vinícius se define como “pique”, por supuesto, en un tamaño de letra lo bastante pequeño como para poder ocultarse bajo una caca de mosca.
Siguiendo la línea estoica a la que nos abocan los diarios de la denominada central lechera (risas enlatadas, ya en el borde de la carcajada incontinente), pasemos a las portadas cataculés.
Sport nos dice que habrá clásico mientras nos ofrece otra imagen igualmente clásica: un jugador del Atlético cometiendo falta sobre uno del Real Madrid. Nos negamos a emplear mayúsculas para definir el partido de nuestro club contra el más beneficiado por el sistema arbitral y federativo de las últimas décadas, ese mismo cuyas tropelías rara vez tienen consecuencias, siempre con la aquiescencia —cuando no abierta complicidad— de las instituciones deportivas y políticas.
Mientras tanto, el diario del conde de Godó, grande de España, lleva a su frontispicio a cuatro jugadores del club cliente de Negreira en plena fase de exaltación de la amistad, segundo nivel de la pítima canónica tras la negación de la evidencia y previo a los cánticos regionales y las injurias al clero. “En racha”, nos dicen que están. Nos parece todo estupendo, siempre que no molesten ni pongan en riesgo la integridad física de nadie. Mañana, ya saben: agua, café e ibuprofeno y, si la encuentran en esas latitudes, una cerveza para equilibrar el pH. Los rabos de pasa también obran milagros en caso de lagunas de memoria güisquis causa.
Pasad un excelente día y haced cuanto esté en vuestra mano para no asemejaros en absolutamente nada al Cholo Simeone.
Courtois: notable. Como siempre, paró casi todo e intervino más con los pies que muchos compañeros. Incluso con la cabeza.
Valverde: sobresaliente. Solo el gol ya merece la nota. Además, asistió a Rodrygo en el segundo.
Asencio: aprobado. El Madrid pasó a la final.
Rüdiger: bien. No se le puede exigir más porque no está bien físicamente. Lo da todo.
Carreras: bien. Tanto de lateral como de central.
Tchouaméni: bien. Acertado también sin balón. Mostró orgullo. Acabó como central.
Camavinga: aprobado. Nubes y claros con posibilidad de lluvia.
Bellingham: notable. Gran comienzo. Después, se agotó, como todos.
Rodrygo: bien. En ausencia de Mbappé, sigue siendo el más fino arriba.
Vinícius: suspenso. Jugó mal.
Gonzalo: bien. Casi todo lo que hace tiene sentido. Aporta mucho al juego. Pero el encuentro plomizo del conjunto no le facilitó las cosas.
Güler: sin tiempo.
Fran García: sin tiempo.
Mendy: sin tiempo.
Mastantuono: sin tiempo.
Ceballos: sin tiempo.
Xabi Alonso: bien. Muy acertado en la rueda de prensa poniendo en su sitio a Simeone.
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Arbitró Mateo Busquets Ferrer, del colegio balear. En el VAR estuvo Iglesias Villanueva.
Un árbitro de bastante buen nivel, aunque en los últimos encuentros se le vieran algunos errores. Hoy llevó bien el partido, pese a que alguna amonestación se quedó en el limbo.
En el área hubo varias caídas pero ninguna punible. Ni una de Camavinga con Giuliano en la primera mitad ni otra pugna Hancko con Vinícius en la segunda.
Tampoco fue falta de Sorloth en el gol rojiblanco en su acción con Asencio, que estuvo blando.
En el apartado disciplinario, se dejó una clara amarilla de Gonzalo por una plancha peligrosa a Pubill. El canterano no le impactó de lleno, si no, hablaríamos de roja. Además, por el pique en el cambio entre Vinícius y Simeone, vieron cartulina amarilla ambos.
Busquets Ferrer, BIEN.
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El Madrid llegaba a Arabia con menos arena en los zapatos que hace unas semanas, pero aún sin caminar cómodo del todo. Por este motivo, la charlotada ideada por Rubi y Geri cobraba relevancia. No por la Supercopa en sí, sino por la influencia que pudiera tener en este proyecto. En la final esperaba el equipo de Laporta, el equipo del régimen. El partido se preveía como una suerte de combate a lo Mad Max: en un ambiente desértico y sin reglas. Los de Xabi vencieron por 1-2 de manera poco brillante en un choque que pareció disputado sobre arenas movedizas.
El técnico blanco puso en liza un once sin sorpresas con el hattrickador Gonzalo en punta y Rüdiger titular. El Cholo sacó de inicio a Sorloth, recordaba lo fácil que se lo puso la defensa blanca no hace mucho.
En la previa, los árabes prendían fuegos en el estadio Rey Abdullah, lo llenaban de humo, echaban chispas y Carlos Martínez anunciaba películas de moñecos y menús para promover la obesidad infantil.
Nada más empezar, falta en Kuwait a favor del Madrid. Zambombazo de Valverde y gol estratosférico. Fede le arreó al balón como si fuese la pierna de Morata. La corta barrera rojiblanca se rajó de miedo y el obús depiló el pubis de Sorloth al pasar. 0-1. El capitán del Madrid lo celebró santiguándose frente al público. Mi amigo Nanook apostilló: «van a colocar un Valverde en cada fragata Norteamericana».
Poco después del minuto 10, Llorente cedió muy flojito a Oblak y por poco no llegó Vini y se marcó un Benzema. A Simeone no le gustó.
La realización enfocó a los opulentos palcos y pudimos observar a Pirri y atisbar a un Henry Cherry con aspecto de vehículo a punto de volcar a cámara lenta.
En el 17', el 17 del Madrid se zampó un pase en profundidad, como el día del Betis, de Baena a Julián. Afortunadamente, sin consecuencias. Poco después, Sorloth le ganó la posición a Asencio, pero su disparo se marchó fuera. Raúl, tus ausencias en estas noches provocan lamento, como cantaría Azúcar Moreno.
Bellingham había comenzado muy bien y Gonzalo se movía con inteligencia tanto en defensa como en ataque. En el 21', el hijísimo reclamo —poquito— penalti en una jugada en la que se cayó él solo en liza con Camavinga.
Antes de la media hora, Baena hizo de Baena y no amputó las piernas a Carreras porque Álvaro saltó. El lateral sirvió a Rodrygo, quien recortó suavemente pero disparó igual. El Madrid se abalanzó sobre el Atleti durante los siguientes instantes, mas no pudieron aprovechar la inercia para abrir el marcador.
Ese momento álgido del Madrid fue cortado por la pausa de hidratación. A los de Xabi les sentó fatal y a partir de entonces el partido fue un suplicio. A la vuelta, Courtois despejó un balón con dificultad baja-media. Acto seguido, la defensa blanca permitió que un balón de Koke se pasease por el área pequeña. El córner siguiente no concluyó en gol atlético de cabeza porque Thibaut intervino con mucha eficacia y espectacularidad. Después, a punto estuvo de marcar Sorloth, pero Asencio desvió un pelo la trayectoria y evitó el remate franco. El Madrid había permitido que el Atleti se rehiciera.
Los de Xabi vencieron por 1-2 de manera poco brillante en un choque que pareció disputado sobre arenas movedizas
Los blancos sufrían mucho para sacar el balón, el centro del campo no es su punto fuerte. Cuando no progresaban mediante conducciones lo hacían con balones largos que caían siempre en poder de los colchoneros. El Atleti no se adelantó por mediación de Baena porque Courtois lo evitó again.
Al público le daba igual el mejor o peor juego, hacían la ola alegre e inoportunamente mientras Sorloth y Tchouaméni chocaban peligrosamente sus cabezas y tenían que ser atendidos. Son sus costumbres.
Descanso, 0-1. El Madrid, como un vino espumoso agitado. Descorchó el partido con un golazo y a medida que avanzaban los minutos se fue amodorrando, con muchos jugadores por debajo de su nivel, es decir, lo habitual.
Golazo aparte, la imagen de la primera mitad fue el acoso de Simeone a Vinícius desde la banda. También son las costumbres —y la educación— del Cholo. Pero ya sabemos que todo lo que le hagan al 7 lo tiene merecido, más aún si no juega bien.
El segundo tiempo comenzó con una galleta de Sorloth a Asencio. El central blanco no había estado muy fino, pero no merecía ese trato. El Madrid seguía igual, patapum parriba y a esperar a que tocase la lotería. Jugaba con la fluidez del diamante a temperatura ambiente, con una salida de balón propia de un barril de petróleo cojo con zapato de tacón.
Parecía que la táctica del Madrid era ganar por aburrimiento y desesperación de todo aquel que viese el partido. Sumado al juego del Atleti vistoso como un sapo partero, estaba deparando un partido de muchos kilates falsos. Pero como la vida es imprevisible, Fede filtró un pase genial a Rodrygo y Goes definió —estas vez sí— con solvencia. 0-2.
No duró la semitranquilidad, pues Sorloth no tardó en marcar de cabeza en un acción defendida por el Madrid como acostumbra.
Por varios motivos, ni Asencio ni Rüdiger siguieron sobre el terreno de juego. Xabi introdujo a Fran García y Mendy. La defensa quedó conformada por Fede, Tchouaméni, Carreras, Mendy. Fran, por delante del lateral francés; Vini estaba desaparecido y su carril era una autopista de entrada.
Ambos equipos estaban cansados como si se hubieran pegado una paliza de viaje más un cambio a latitudes con clima diferente con el único objeto de que algunos se embolsen unos palos.
Agarrón en el área al 7 del Madrid y sigan, sigan. Alonso lo retiró después y sacó a Güler. El Cholo aprovechó para increparlo de nuevo. Amarilla. Vinícius se llevó tarjeta también.
Griezmann remató acrobáticamente y Thibaut despechó con la pechera. El francés había saltado al campo, pues si no no habría podido disparar a puerta. Poco después, Llorente chutó fuera desde cerca y, luego, ligerísimamente desviado, rozando la escuadra.
Rodrygo y Camavinga, agotados, dejaron su lugar a Mastantuono y Ceballos.
Si el Madrid no mejora muchísimo, no hará falta ni siquiera que intervenga Munuera Montero en la final
En el minuto 87, Aurélien evitó una clara ocasión en increíble escorzo.
Más allá del 90', Fede se coló hasta la línea y por poco Mendy no anotó el tercero.
Busquets Ferrer añadió 7 minutos, la mitad de una parte de prórroga. El partido estaba ya deslavazado, los futbolistas parecían zombis. Y esos minutos extra les vendrían genial para su salud.
Julián Álvarez erró una oportunidad nítida en el 95 y la window a la final se le cerraba al Atleti.
El domingo espera el Barça. Si el Madrid no mejora muchísimo, no hará falta ni siquiera que intervenga Munuera Montero.
El Cholo, al carrer. El retorno de Yeda será duro, pero no mucho. Jamás nadie ganó tanto dinero por perder.
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Michael Keeping fue el tercer técnico extranjero de la historia del club y el segundo inglés tras el periodo de Robert Firth en plena II República. Su llegada al club blanco se debió principalmente a la necesidad de un entrenador que manejase el concepto táctico de la WM. Por dos razones. La primera, que a partir de 1948 fue una imposición de la Federación Española, mediante circular, para que todos los equipos jugasen así en beneficio de la selección de cara al Mundial de Brasil 1950. Y la segunda, que tanto el Barça de Samitier, como el Sevilla de Encinas, o el Valencia de Pasarín lograron éxitos ligueros los años anteriores gracias a la utilización de dicha idea de juego. La apuesta por Keeping era arriesgada y no funcionó.
Alexander Edwin Michael Keeping nació en Milford on Sea (Inglaterra), el 22 de agosto de 1902, y en su etapa de jugador se desempeñaba como defensa izquierdo. Comenzó su carrera en el Milford on Sea de su localidad natal y de allí pasó al Southampton. Primero en el conjunto juvenil y luego en el primer equipo, ya con ficha profesional. Poco a poco, se fue haciendo un hueco en la zaga como defensa por el perfil izquierdo, haciendo gala de una gran velocidad, aplomo, dominio del balón y precisión en el pase al extremo de su banda.
En 1926 estuvo cerca de ser internacional, primero en el mes de febrero y luego en una gira por Canadá. Con los ‘Saints’ se mantuvo hasta 1933, cuando por un tema de falta de dinero en el club fue vendido al Fulham. En el cuadro capitalino pasó varias temporadas y jugó de forma ocasional hasta 1941, momento en el que se produjo su retirada de los terrenos de juego. Al colgar las botas se unió al negocio familiar con sede en Milford on Sea. Se trataba de un taller mecánico que había abierto su padre Fred Keeping, un antiguo ciclista que participó en los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896, logrando una medalla de plata en la carrera de 12 horas.
Sin grandes experiencias previas en el banquillo, Mr. Keeping recibió a finales del mes de enero de 1948 la llamada del Real Madrid. El británico había realizado, eso sí, los cursos para entrenadores en la Escuela Inglesa Oficial de Preparadores. Su contrato era de un año con la posibilidad de ser prorrogado. Al aterrizar en Madrid, cayó bien a los aficionados merengues por su aspecto pintoresco, pero no hablaba español y le hacía de intérprete Barinaga, que pasó varios años en Inglaterra tras marcharse como refugiado durante la Guerra Civil junto a otros niños vascos.
Entre las primeras decisiones del inglés, se encontraba la programación de cuatro sesiones, semanales siempre que los desplazamientos lo permitiesen, y también adelantar el horario de los entrenamientos, que normalmente eran a las 11 de la mañana. El entrenador inglés era un hombre bondadoso y gracioso, que tenía una gran obsesión por la preparación física y hacía correr durante largo tiempo a los jugadores alrededor del campo. En alguna ocasión, incluso, los hacía ir al trote desde Chamartín a Cibeles. Luis Molowny declaró años después en una entrevista que si le preguntabas algo te respondía “Diguimi in inglis”. Luego, en el túnel animaba y levantaba la voz expresando un “vamos chicos. Trabajad duro todo el ‘tempo”’. Es bueno para prima, es bueno para banca”. El inglés en una de sus sugerencias llegó a pedir a Bernabéu traer un orador prepartido, un animador, a lo que máximo mandatario madridista se negó.
El motivo clave de la contratación de Mr. Keeping era que conocía a la perfección la idea de juego de la WM. Un sistema que no fue creado por Herbert Chapman, pero que el inglés perfeccionó en su etapa dorada en el Arsenal. Se trataba de una táctica con dos defensas bajando entre ellos al medio centro, mientras que los dos medios alas se centraban para rellenar su hueco y marcaban a los interiores contrarios. Arriba, los dos extremos y el delantero se mantenían adelantados. Mientras que los dos interiores componían una segunda fila para iniciar las jugadas de ataque y ayudar a contener a los atacantes rivales. La WM (los delanteros formaban la W y los defensas la M) surgió como consecuencia del cambio del fuera de juego a mediados de los años 20, que indicaba que solo era necesaria la presencia de dos jugadores entre el jugador que recibía la pelota y la línea de gol. Keeping lo implantó con celeridad en el equipo blanco, pero no terminó de dar los frutos deseados.
A principios de 1948, el Real Madrid atravesaba un mal momento, transitando por el undécimo puesto de la tabla a solo dos puntos de las posiciones de descenso. Jacinto Quincoces dejó el cargo y su segundo, Baltasar Albéniz, que se mantuvo después con Keeping, estuvo de interino durante un par de encuentros hasta una dura derrota contra el Barça. Bernabéu, la directiva y la secretaría técnica, encabezada por Hernández Coronado, buscaron una solución de urgencia porque el principal objetivo a esas alturas del campeonato era evitar estar la campaña siguiente en Segunda División.
Keeping pisó Madrid por primera vez el 28 de enero de 1948. Llegó en un vuelo procedente de Londres y nada más descender conoció a Bernabéu y a otros directivos. Sus primeras palabras fueron: “¿Dónde está el sol de España?”. Y a continuación: “¿Aquí no existe racionamiento?”. En la entrevista que le hizo Ramón Melcón para Marca, en el hotel en el que se iba a hospedar con Barinaga de traductor, también preguntó sobre el sistema de juego en el fútbol español y la labor del mediocentro. En ambas respuestas se le incidió que todavía no había uniformidad a la espera de que se estableciese por ley la WM. Respecto al mediocentro, él declaró que “debe ocuparse preferentemente de marcar. Lo interesante es encontrar el hombre que sepa adaptarse al puesto”. Avisó que tampoco pensaba hacer una “revolución que pudiera ser peligrosa para el equipo” y se extrañó de que Barinaga jugase en diversos puestos del equipo porque “los cambios no suelen dar muy buenos resultados en el rendimiento del jugador”.
El partido de la jornada 18 contra el Celta en Chamartín lo vio en el palco. No le fueron nada bien las cosas a los blancos, que cayeron de manera rotunda por 1-4. El inglés, tras ver por primera vez a los suyos, declaró que “Hay mucho tiempo por delante y soy optimista. El Madrid ha estado lento, pero me gusta su clase”. La semana siguiente inició la preparación por primera vez con un entrenamiento a las 10 de la mañana de cara al viaje a San Sebastián. La sesión consistió de cuatro vueltas a buen tren al campo, salto a la comba, un partido de baloncesto y sprints abundantes. En Atocha, contra la Real, los madridistas empataron a uno, pero según algunas crónicas, como la de Pueblo, mereció ganar. Los jugadores estaban contentos y veían mejoras.
Sin embargo, los resultados deseados no llegaban. Salvo un triunfo ante el Sevilla a domicilio, se perdió en casa contra el Gijón y fuera frente a Español y Atlético de Bilbao. En campo propio, también firmaron después tablas con Atleti y Valencia. Keeping opinaba que “no puedo emplear una varita mágica para salvar al Real Madrid” y pedía refuerzos en verano porque “habrá que reemplazar en el equipo el material viejo por uno nuevo y capacitado”. Quedaba una sola jornada y el Real Madrid tenía opciones de caer a la promoción. Visitaba el Real Oviedo el coliseo blanco y Pruden fue el héroe con dos goles para dar la salvación definitiva. El técnico inglés lograba así el objetivo, aunque avisaba que el equipo madridista solo tenía “cuatro jugadores verdaderamente profesionales: Azcárate, Pont, Ipiña y Barinaga”. De los demás, declaró que les “falta bastante para ser considerado como tales”.
La Copa, que comenzaba tras la Liga, fue más de lo mismo. Aunque la realidad es que lo importante había sido salvar la categoría, porque hubo miedo en la institución, afición y jugadores. Llegaron refuerzos como Montalvo y Pachicho, y se pasaron dos eliminatorias ante el Córdoba y el Málaga. Pero en octavos de final contra el Español de José Espada se perdieron los dos partidos. El buen sabor antes de las vacaciones fue la conquista de la Copa Eva Duarte, un precedente de la Supercopa. El 13 de junio en Chamartín derrotaron al Valencia por 3-1 con dianas de Montalvo, Macala y Chus Alonso. El entrenador británico se marchó pronto a su tierra para ponerse manos a la obra en la misión de conseguir varios refuerzos.
El Real Madrid regresó el 10 de agosto a los entrenamientos de cara al curso 1948-49. En el club existía preocupación por un rendimiento como de la campaña anterior y se lanzaron a por fichajes. Keeping recomendó y negoció con varios atacantes de la Liga inglesa, como el anglochileno Jorge Robledo del Barnsley y George Dick del Blackpool. Sin embargo, el único que llegó y que demostró no tener la categoría esperada fue el escocés John Watson, que jugaba en el Fulham. Los fichajes estrella procedían desde el Celta: Pahiño y Miguel Muñoz. También se firmó, entre otros, a Olmedo, Narro, Marcet, el guardameta Adauto y a Mariscal en noviembre, una vez iniciado el curso.
Keeping continuó moldeando la WM en el equipo, siempre traducido por Barinaga, porque seguía sin hablar español salvo algunas palabras. El inglés comenzó la temporada con cambios. En defensa la pareja formada por Clemente y Azcárate y cuatro jugadores vitales en su sistema: Muñoz, Narro, Olmedo y Barinaga. En punta, el dueño del nueve iba a ser Pahiño. Al equipo le costó arrancar, con un solo triunfo en cuatro jornadas, aunque el calendario no era sencillo, con la visita a Valencia, donde perdieron, y al recibir a Barça y Atlético de Madrid, que se llevaron ambos la victoria de Chamartín por 1-2. Sin embargo, desde la jornada 5 el equipo subió muchos enteros. Ipiña y Molowny entraron en el once y se notó. Fue uno de los mejores momentos de la etapa Keeping, con 10 partidos invicto, logrando ocho triunfos y dos empates.
El cuadro blanco iba líder, se llenaba el coliseo merengue y la gente disfrutaba con el juego y algunas goleadas. Keeping llegó a un acuerdo para renovar su contrato, que expiraba en noviembre, hasta final de temporada y se había resuelto una pequeña crisis interna entre el inglés y el secretario técnico Hernández Coronado. Las tiranteces venían sobre quién debía hacer las alineaciones, llegando a un punto en común ambos con la mediación de Bernabéu. El inglés se marchó feliz a su tierra para pasar las fechas navideñas tras el gran homenaje al capitán Ipiña, donde se ganó 5-0 al Benfica. En unas declaraciones previas, más en su lengua que en español, había afirmado que el equipo hacía “buen fútbol, aunque a veces a ráfagas” y que siempre era “cosa buena los goles”. Antes de volver a la capital de España, en los primeros días del nuevo año, hizo una escala en Copenhague para negociar el fichaje de la figura danesa Carl Aage Praest, que no se llegó a consumar por cuestiones económicas.
La vuelta del parón navideño no fue la deseada, al caer en la visita a Les Corts de la jornada 14 por 3-1, pero las victorias posteriores ante el Valencia, el Atleti en el Metropolitano y el Atlético de Bilbao en Chamartín enderezaron la situación, y colocaron a los madridistas líderes con dos puntos por encima del Barça. Los entrenamientos del inglés eran feroces, como reconoció en una ocasión Macala: “El que más palizas nos ha pegado ha sido Keeping. En los años que llevo yo con él he corrido más que en toda mi vida”. Las sesiones tenían mucha carga física e intensidad, y estaban dando resultado. Después, una derrota en Valladolid y un triunfo con el Sevilla, hasta que hubo una desconexión fatal. La plantilla pareció quemada, aburrida y saturada. Algunos lo achacaron al alto ritmo que pedía Mr. Keeping en los partidos y las sesiones de entrenamiento.
El Real Madrid se vino abajo y se dejó prácticamente todas sus opciones ligueras con una racha negativa de tres partidos. Primero, se perdió en Sarriá, luego ante el Real Oviedo y por último en Balaídos. En el choque ante el Celta el técnico inglés, desesperado por cambiar el rumbo, hizo debutar oficialmente a Watson. El escocés no dio la talla y decepcionó. También fue un partido con mala fortuna por la lesión del arquero Bañón, que obligó a ponerse bajo palos primero a Macala unos minutos, y luego la segunda mitad completa a Barinaga. El equipo bajó al tercer puesto de la tabla y, pese a ganar al Depor y el Gimnástico de Tarragona y empatar con el Alcoyano, ya no logró alcanzar al Barça ni superar al Valencia, que concluyó como subcampeón. Míster Keeping, al que le gustaba hablar del juego con los periodistas en compañía de Hernández Coronado, achacó algunos malos resultados a que se hacía “mucho juego personal, con pases imprecisos, retención de la pelota y así se malogran oportunidades”.
La directiva, pese al chasco en el final del campeonato, quedó satisfecha con Keeping y su labor en su primera temporada completa en la casa blanca. Para continuar con su proyecto, le ofreció la renovación por dos años más y el británico firmó. Se quería así dar también un estímulo para la Copa, que comenzaba en unos días. El inglés fue entrevistado por el Semanario Gráfico de los Deportes de Marca, manifestando que “me quedaré dos años más en este Club, al que creo (y le hablo con una experiencia dilatada en el fútbol europeo) un Club modelo, sencillamente”. No descartó gestiones para fichar ingleses en verano: “Si pudiera ser, no lo dude usted, volvería con dos, tres jugadores ingleses. Ingleses, o de donde los haya, y todo lo buenos que el Madrid requiere…”. Por último, se mostró contento con sus muchachos: “Sí, señor. Creo que es sensible en ellos una gran diferencia y nada tengo que reprocharles de su disciplina. Ya sabe usted los dos lemas en que apoyo mi enseñanza: el fútbol es noventa minutos de ardua concentración y un profesional no es un hombre como los demás. Querría que estas dos máximas se les metieran tan dentro, tan dentro, que jamás la olvidaran”.
En el torneo del KO, el plantel no pudo recuperar el ánimo bajo tras lo acaecido en el final de Liga y el Atlético de Bilbao apeó a los blancos a las primeras de cambio. Dos empates en Chamartín y San Mamés obligaron a un encuentro de desempate en Les Corts que tuvo color vasco. Dos tantos de Zarra y uno de Venancio despidieron a Bañón en su último encuentro oficial como merengue unas semanas antes de caer enfermo por una dolencia en la pleura. El último encuentro del curso fue la celebración de la IV edición del Trofeo Teresa Herrera, que conquistó el cuadro madridista al vencer por 2-1 al Racing de París en Riazor. Keeping, que a finales de mayo tras caer en la Copa regresó a Inglaterra, no viajó con el resto de la expedición, encabezada por Santiago Bernabéu, y el encuentro desde el banquillo lo dirigió su segundo Albéniz.
La pretemporada del curso 1949-50 dio el pistoletazo de salida para la plantilla blanca el 11 de agosto. No se trajo ningún refuerzo de Inglaterra y las principales novedades fueron las del portero vasco Juanito Alonso y ‘Fifo’ Navarro. También se incorporaron Toni del Sabadell (al igual que Navarro), el defensa García y Cabrera, que volvió del Málaga. Entre las bajas, varios nombres reseñables como Ipiña, que había colgado las botas, Chus Alonso y el escocés Watson que no había dado la talla. Se esperaba a Bañón para octubre, pero con el paso de las semanas se certificó lo grave de su enfermedad para seguir en activo.
Fue una campaña con cambios en lo que a las decisiones de la parcela técnica se refiere, porque se le limitaron algunas atribuciones al técnico inglés en beneficio de Hernández Coronado. Una de ellas fue la sorprendente idea de hacer dos equipos, uno para actuar en Chamartín y otro a domicilio. El A lo forman Adauto; Clement, Pont; Mariscal, Muñoz, Narro; Macala, Olmedo, Pahiño, Toni y Arsuaga y el B Adauto; Azcárate, García, Barinaga, Muñoz, Juanco; Soto, Toni, Marcet, Montalvo y Cabrera.
Se forjaron importantes ilusiones de cara al nuevo año futbolístico después de que hubiera grandes opciones de ganar la Liga previa. El campeonato pintaba blanco hasta otro desvanecimiento en la segunda vuelta. El equipo ganó con el equipo A ante el Sevilla, pero cayó con rotundidad por 3-0 en Riazor y la idea de Coronado se dio por terminada. En uno de los mejores partidos de la era Keeping, se goleó al Barça por 6-1, con tres goles de Pahiño. Fue el primer partido que tuvo a Albéniz ocupando el cargo oficial de primer técnico. La razón fue que al inglés se le había quitado la licencia tras no acudir a unos cursillos de entrenador que organizó la Federación en Burgos.
El equipo marchaba por la Liga con puño de hierro, apabullando también al Real Oviedo y al Atlético de Madrid en Chamartín. Fuera costaba más ganar, pero con la media inglesa de victoria en casa y empate en la carretera se iban sumando puntos importantes. El club blanco había visitado Gibraltar para un amistoso en octubre y Mr. Keeping fue entrevistado por el Gibraltar Chronicle. El técnico inglés afirmaba que “el Real Madrid es el mejor Club del mundo”. También se mostró sorprendido cuando llegó a España al ver la “afición tan enorme que existía por el fútbol”. En su opinión “está organizado muy bien en todos sus aspectos” y cuando sus amigos del Fulham visitaron el año anterior Chamartín le dijeron que “era el más bonito y mejor estadio de cuantos conocían”. Por último, respecto al presente curso, se manifestaba confiado en “ganar la Liga y la Copa”.
Antes del inicio de la segunda parte del campeonato, a principios de 1950, el inglés acudió acompañado de un intérprete al nuevo cursillo de entrenadores organizado en Madrid para poner de nuevo en orden su licencia. Mientras tanto, su equipo comenzó dubitativo, con solo una victoria en Les Corts en cinco jornadas. Pese a ello, mantuvo el primer lugar tras perder en Oviedo y el Metropolitano, empatar contra el Valencia y sacar una victoria por la mínima en Málaga. En la jornada 22, el equipo merengue visitó Balaídos en un partido clave por el liderato. Los dos equipos sumaban 26 puntos y el triunfo vigués por 5-2 hundió a los madridistas. El técnico inglés, sin embargo, continuaba teniendo fe: “Pensamos ganar los cuatro partidos que faltan”. Sin embargo, tras un empate con el Español y una rotunda derrota por 6-2 en Bilbao, la Liga se escapó definitivamente. En apenas tres semanas se pasó de ser primeros igualados con el Celta a la sexta posición. Las últimas dos jornadas, ganando al Gimnástico de Tarragona y al Real Valladolid solo sirvieron para terminar cuartos en la tabla en una Liga con color colchonero. De nuevo el cuadro dirigido por Keeping pinchó al final.
La Copa se encajó como se pudo porque la selección debía viajar a Brasil para disputar el Mundial. En primera ronda, el Nástic no fue rival, principalmente en Tarragona, y en cuartos se hizo lo más difícil, que era ganar al vigente campeón de Liga. Un pletórico 6-3 en Chamartín demostró el poderío blanco en casa pese a la baja de Pahiño. Molowny y Macala. Con un doblete cada uno hicieron olvidar al gallego. Keeping se mostró “muy satisfecho. Buen partido. Gran fútbol y bonitos goles. Todo el equipo muy bien. El primer tiempo, excelente. La segunda parte, mala suerte para hacer goles. Hemos debido sacar cinco goles de diferencia”. En la vuelta, en el Metropolitano, se aguantó el empuje inicial de los rojiblancos en la derrota por 1-0. En semifinales, se infravaloró al Real Valladolid, al que se había goleado en la última jornada de Liga por 1-4. En el feudo blanco, Montalvo tiró un penalti fuera y los de Pucela se marcharon felices con un empate a dos. En el campo de Zorrilla, los merengues no lograron conseguir el mismo resultado liguero y tras perder por 3-1 el Real Madrid terminaba otra campaña sin títulos.
En cuanto a los partidos amistosos internacionales, hubo buena cosecha e incluso notable nivel de juego en los triunfos ante la selección mexicana por 7-1, Racing de Avellaneda por 5-1 y San Lorenzo de Almagro por la mínima. El último choque fue ante el Hungaria en junio. Un equipo formado por jugadores huidos de la dictadura comunista en Hungría y que estaban exiliados en Italia. En ese equipo figuraba Ladislao Kubala, que dejó muestras de su calidad y marcó dos tantos. El Real Madrid venció por 4-2 y Bernabéu pensó en incorporar a la estrella magiar. Sin embargo, las negociaciones no cuajaron por varios aspectos, uno de ellos, que el jugador pidió a su cuñado Daucik como entrenador. El club blanco rechazó la opción porque tenía a Mr. Keeping con contrato y Kubala acabaría días después en Barcelona.
El entrenador inglés no contaba con demasiada aprobación en el vestuario, a tenor de una publicación en el diario Imperio. El periódico había entrevistado a varios jugadores madridistas antes de empezar la Copa, aunque sin dar sus nombres. Uno de ellos, con el status de internacional, manifestó que “nos mata con sus entrenamientos. Cuando nos entrena Albéniz rendimos mucho más”. Añadía que “si el Madrid tiene la suerte de que al míster lo entretengan en Gibraltar, puede ser campeón de Copa”. Por último, un ruego: “¡Por lo que más quiera! No se le ocurra decir que tengo agujetas de tanto dar vueltas al campo. Lo leería el míster, y mañana me doblaría la ración de carreras en castigo”. Otro de ellos le dio la razón: “Mr. Keeping es un inglés que todo lo arregla con vueltas al campo. Que un jugador tiene que coger fondo: diez vueltas al campo. Que acaba de pasar unas anginas: cinco vueltas al campo. Que hay que dar mayor rapidez al equipo: siete vueltas al campo. ¡Nos marea!”. Un tercero lo criticó por el idioma: “No hay quien le entienda. Ha dicho que el que quiera entenderle que aprenda inglés, porque él no piensa aprender español”. Sobre el rumor de que le estaban preparando la cuenta en la entidad blanca, el cuarto y último de ellos respondió: “¡Ya era hora!”.
En el club, durante el verano, aguantaron a Keeping, al que le quedaba un año de contrato, y el inglés se presentó a los entrenamientos de cara a la temporada 1950-51. Sin embargo, cada vez había menos confianza en su trabajo y apenas duró un par de meses en el cargo. El comienzo liguero fue una auténtica montaña rusa con goleadas a favor y también en contra. Prácticamente no hubo algo intermedio. En el debut, los blancos vencieron por 6-2 al Español y una semana después recibieron en contra el mismo resultado en Atocha. En la jornada 3, contra el Barça, fue peor. Un 7-2 demoledor. Keeping habló en un correcto español para Mundo Deportivo: “Muy bien la delantera del Barcelona. Sus jugadores pasan corto y raso y con balón sin efecto, para ser bien controlado. Y tiran bien a gol. No le marcarán otros equipos siete goles al Madrid”.
El equipo recuperó el aliento con las victorias ante el Valencia por 3-2, el Lleida por 1-6 y el Alcoyano por 7-0. Hasta que llegó la visita a Riazor. Los gallegos apabullaron a los blancos por 5-0 el 22 de octubre. La derrota y unas declaraciones del británico afirmando que él no preparaba al equipo, y que molestaron a Hernández Coronado, le dejaron en la cuerda floja. Se le apartó momentáneamente de la dirección y se le mandó a Vigo hasta que el club tomase una determinación sobre su futuro inmediato. En la ciudad gallega su función fue realizar unas gestiones sobre unos jugadores que pensaba el Madrid incorporar la campaña siguiente. Su despido, finalmente, se hizo oficial nueve días más tarde del partido en La Coruña. Su bagaje final resultó decepcionante, al no cumplir con lo que se esperaba de él.
Su carrera posterior discurrió principalmente por los Países Bajos, teniendo un cargo directivo en el H.B.S y entrenando al Heracles Almelo. También tuvo un breve paso a comienzos de los años 60 por el Poole Town inglés, renunciando más tarde por motivos familiares.
Falleció a los 81 años el 28 de marzo de 1984.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
Capítulos anteriores:
1.- Entrenadores del Real Madrid: Mr. Firth
2.- Entrenadores del Real Madrid (II): Kinké
3.- Entrenadores del Real Madrid (III): Berraondo
4.- Entrenadores del Real Madrid (IV): Quincoces
5.- Entrenadores del Real Madrid (V): Quirante
6.- Entrenadores del Real Madrid (VI): Albéniz
7.- Entrenadores del Real Madrid (VII): Fernández
8.- Entrenadores del Real Madrid (VIII): Cárcer
9.- Entrenadores del Real Madrid (IX): Fleitas Solich
10.- Entrenadores del Real Madrid (X): Ipiña
11.- Entrenadores del Real Madrid (XI): Encinas