Era 1954 y el año estaba llegando a su fin. Las Navidades se presentaban felices para Dora. La austeridad obligada con la que se vivía en su pueblo alicantino de La Nucía y, en general, en toda la España de los cincuenta, no le impedía tener aquella sensación de plenitud. Sobre todo, si lo comparaba con lo vivido hacía algo más de 15 años. Ella era una niña cuando estalló la guerra. Recuerda con horror la marcha de su tío y su primo al frente. Siempre pensó que la muerte de su abuelo se debió a la pena que sufrió por verlos partir. Aún le duele que no estuviera para verlos volver al pueblo sanos y salvos. Tampoco ayudó la situación familiar a la que tuvieron que enfrentarse después de que la autoridad competente les confiscara sus tierras para que fueran gestionadas en comunidad. Aún sentía rabia cuando recordaba a aquel buey que tenían que, viniendo de la huerta y cargado de naranjas, seguía yendo directo a su casa. El mozo encargado de llevarlo le pegaba para tratar de reconducirlo a su nuevo destino. Ella, desde la puerta y pegada a sus faldas, veía como su madre le gritaba para que dejara de hacerlo y les devolviera lo que era suyo. Fue una época muy dura.
Afortunadamente, aquel tiempo pasó. Las posesiones arrebatadas fueron devueltas y muchos de los hombres que partieron a luchar volvieron a casa. Como su tío y su primo. La gente empezó a vivir mejor después de aquellos años aciagos. La mayoría trabajando las tierras en el vecino Benidorm, donde además la construcción empezaba a ser una salida muy habitual y próspera. A otros, en cambio, les bastaba con vender sus terrenos. La situación de bonanza generalizada no era el único motivo de felicidad para Dora. Después de varios meses sin verlo, ese día de Nochebuena volvería Ignacio al pueblo. Él, a pesar de que su familia materna era originaria de allí, residía en Madrid. Lo hacía desde que había obtenido una plaza para trabajar en el Banco de España tras terminar sus estudios de comercio. Solía viajar bastante a La Nucía y eso le permitió conocer a Dora el verano del año anterior.
En el pueblo no era lo habitual, pero Ignacio dijo que quería hacer las cosas bien desde el principio. Por eso, un mes después de haberse conocido ya estaba a en casa de los padres de Dora para pedirles permiso para salir con su hija y mostrarles sus intenciones de casarse con ella en cuanto fuera posible. Así era Ignacio. Una persona recta que siempre parecía hacer lo que la gente esperaba que hiciera, además de tener una capacidad enorme de querer y cuidar de la gente que le importaba. Por eso, durante los últimos seis meses, había pasado poco por el pueblo. Su hermana había enfermado gravemente y sus viajes a visitarla a Murcia eran constantes. Hasta que llegó el fatal desenlace allá por el mes de noviembre. El destino quiso que falleciera el mismo día que le habían comunicado por telegrama que por fin tenía una plaza de maestra en la vecina Caravaca. Fue una época dura para ambos. Sobre todo, para Ignacio.
Pasado aquel trance, el joven cumplió su palabra de volver a ver a Dora antes de que finalizara el año. Las cartas intercambiadas eran casi diarias, aun así. Dora se moría por volver a verle. La última vez, recordaba que habían podido pasear de la mano por la calle principal del pueblo y en la misa, durante el acto de “la paz”, había sentido un apretón de mano mucho más cariñoso de lo habitual, a pesar de estar en la iglesia. Cosa que en Ignacio era algo a valorar. El día 24 de diciembre por fin llegó y a eso del mediodía Ignacio llamó a la puerta de la casa de Dora. Abrió su madre y al momento Dora hizo aparición después de haber bajado corriendo las escaleras. Sentía que casi volaba. La presencia de la futura suegra de Ignacio hizo que el saludo fuera menos efusivo de lo que Dora tantas veces se había imaginado. A ella le impactó el aspecto de su enamorado. Vestía de luto y se le apreciaba mucho más delgado. Aun así, no pudo esconder una enorme sonrisa, que llamaba especialmente la atención por la presencia de un fino bigote que tan de moda se había puesto entre los jóvenes de la época.
Aquel día lo dedicaron a pasear de nuevo de la mano, tal y como habían hecho la última vez que se vieron en el pasado mes de julio durante las fiestas de San Jaime. Se notaba el ambiente festivo y navideño del pueblo. Los niños corrían de casa en casa y pedían el aguinaldo, que solían ser almendras tostadas, rosegones1, también de almendra, u otros frutos secos cultivados por la zona. Comieron algo en el bar de la plaza junto con muchos primos y amigos que compartían. Quizá animadas por la mistela, Dora y sus amigas, que llevaban tiempo ensayando con el coro de la iglesia, se arrancaron con algunos villancicos tradicionales cantados en valenciano.
La tarde pasó volando. No querían que llegara el momento de la cena de Nochebuena porque la harían por separado, cada uno con sus correspondientes familias. Pero prometieron verse después. Al salir del bar se vieron sorprendidos por una espesa bruma que allí algunos llamaban humo de mar, provocado por el contraste del viento frío y la cálida temperatura con la que el Mediterráneo solía cuidar a quien vivía en sus proximidades durante el invierno. Aquello hacía que la escena de despedida fuera, si cabe, aún más de película. Dora creía que estaba en un sueño. El adiós fue un simple “Feliz Navidad” y un beso en las manos por parte de Ignacio.
Para Dora, la cena de Nochebuena solía ser el mejor momento del año. Su padre acostumbraba asar chuletas y alcachofas en la chimenea y se juntaba toda la familia, incluidas cuatro primas que rondaban su edad. Comían, bebían y cantaban villancicos mientras daban cuenta del turrón casero que hacía la tía Choleta. Pero aquella vez estaba deseando que todo aquello terminara para volver a estar con Ignacio. Quizá algo antes de tiempo se levantó de la mesa y se dirigió a la habitación para terminarse de arreglar y ponerse el vestido azul que hacía unos meses se había encargado en una modista de Alicante. Estaba deseosa de salir al encuentro de Ignacio. Sus padres no pusieron problemas a la celeridad con la que quería abandonar la cena, pues se imaginaban el motivo. Además, iba acompañada de su hermana Vicen, algo mayor que ella y que también quería reunirse con sus amigos.
El plan nocturno era verse en la Misa del Gallo y después acudir a una sesión de cine que el alcalde había organizado para los jóvenes del pueblo en la sala de plenos del ayuntamiento. Dora no se imaginaba mejor opción. Prácticamente corría por la calle que le llevaría de nuevo a la plaza del pueblo, hasta el punto de que su hermana tuvo que frenarla y pedirle por favor que la esperara. La niebla seguía siendo densa. Una vez llegada, vio a Ignacio que, a pesar de estar hablando con otros jóvenes, estaba constantemente pendiente de la bocacalle por la que sabía que tenía que aparecer Dora, aunque la persistente niebla complicaba la visión. Por fin, al verla abandonó su conversación y acudió a su encuentro. Con su típica contención de la efusividad se limitó a poner el brazo izquierdo en jarra para que ella “hilvanara” el suyo y así subir juntos las escaleras de la iglesia.
La misa pasó rápido. A ojos de Dora fue muy bonita. El coro en el que ella participaba cantó algunas piezas de Schubert y otras canciones populares. Por fin, llegó el momento de dirigirse al improvisado cine. La película elegida para aquella noche era “Las Rocas Blancas de Dover”. Dora no sabía de qué trataba el argumento. Tampoco le importaba. Sólo esperaba que fuese “de amor”. Tal vez así Ignacio rompiera por fin su coraza y se decidiera a abrazarla. Eran casi medianoche y entraron a la sala. Se sentaron hacia la mitad del recinto, “ni muy delante, que es molesto ni muy detrás, no vaya a ser que piensen mal”, dijo Ignacio.
La luz se apagó, entonces una sección del noticiario-documental conocido como el NO-DO comenzó con una felicitación institucional y algún reportaje que hablaba sobre cómo algunos españoles estaban viviendo la Navidad en el extranjero. Después apareció una última noticia sobre temática deportiva. En este caso era sobre el fútbol. A Dora ese deporte le resultaba totalmente ajeno. En la pantalla aparecía un grupo de jóvenes haciendo gimnasia y algunos ejercicios con balones. De repente apareció hablando en primer plano un joven con acento argentino, aparentemente rubio pues el blanco y negro de la pantalla no permitía bien distinguir los colores. El tema versaba sobre lo ilusionado que estaba por jugar en su nuevo equipo, un tal Real Madrid al que había llegado hacía poco más de un año y las grandes esperanzas que tenía en conquistar una nueva competición sobre la que se empezaba a hablar. Esta les enfrentaría a los mejores equipos de Europa. En ese momento, súbitamente, todo cambió. De repente Ignacio agarró con fuerza la mano de Dora hasta apretarla contra su pecho. En un principio ella se sobresaltó, pero luego se dio cuenta de que la sensación le gustaba. Ignacio, al oído, empezó a contarle que aquel chico se llamaba Alfredo di Stefano. Que era el mejor jugador del mundo y que había llegado el año pasado al equipo del que él era seguidor. Le contó que solía ir muchas veces a verlos al estadio. Aquel año, precisamente, estaban jugando muy bien. De hecho, pensaba que el barrio de ensanche donde se encontraba el estadio de Chamartín era una buena zona donde merecería la pena invertir en una casa, ya que en un futuro acabaría siendo una zona muy exclusiva de la ciudad. Continuó diciendo que, aunque una vez casados tuvieran que vivir en algo más pequeño y posiblemente en las afueras, él trabajaría duro para poder acabar viviendo cerca del estadio e ir con toda la familia, que estaba por llegar, a ver los partidos todos los domingos. Además, le contó que acaba de ser ascendido dentro de su departamento y que con el dinero extra estaba pensando en montar un negocio junto con un amigo de Madrid para vender gafas de sol.
Aquella aparición del equipo que vestía de blanco pareció obrar una metamorfosis en la forma de ser de Ignacio. Sin saber cuándo había sucedido, el brazo del joven estaba por encima de los hombros de Dora estrechándola con fuerza y ella estaba con su cabeza recostada en el cálido abrigo de pana gris oscura de Ignacio. No podía encontrarse mejor que hablando con él sobre planes de futuro. De hecho, no deseaba que aquel reportaje terminase nunca. Ella no sabía de fútbol, pero en ese momento nada le importaba más que hacer feliz a su prometido. Y si ese equipo llamado Real Madrid era capaz de generar tal entusiasmo en él, ella sería su fan número uno. Además, la forma de hablar de aquel argentino le dio la seguridad de que tenían muchas alegrías por vivir. Y ella se encargaría de que no fueran sólo gracias a ese deporte. En ese momento la pantalla se fundió a negro y él, por fin, aprovechó para darle un beso en la mejilla, no pudo ni quiso evitar que sus labios rozaran los de Dora. La película y una nueva historia, mejor dicho, historias, estaban comenzando en aquellos momentos tan cercanos a 19552.
1 El rosegón s un dulce típico de la Comunidad Valenciana hecho con masa de harina, huevo, azúcar y trozos de almendra.
2 El Real Madrid conquistó su primera Copa de Europa en la temporada 55-56 tras haberse proclamado campeón de liga aquel año de 1955.
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Cuando se habla del viaje de los Reyes Magos de Oriente, se cuenta que vieron una estrella señalando el camino y así pudieron predecir y confirmar el nacimiento de Jesús, que se lanzaron a un viaje largo siguiendo la luz de esa estrella, conjunción planetaria o cometa o lo que demonios fuera, por la ruta del incienso, que duró no menos de cuarenta días, aunque hay estimaciones de que pudieran ser hasta dos años.
Ahora piensen ustedes en este viaje.
Dos años de tres señores durmiendo a la intemperie, pasando fatigas y preguntándose cada día si no se habrían equivocado al consultar el cielo. Esos mismos sabios también tuvieron que dormir, y soñar, y en uno de estos nos encontramos, sin saber cómo, por obra de La Galerna, imaginando cómo debió ser una de estas noches mirando las estrellas e intentando descansar un rato antes de retomar el penoso viaje.
—Despierta, despierta, ¡DESPIERTA!, Melchor, POR FAVOR.
—Qué pasa, Gaspar, duérmete, aún es de noche. Si no puedes dormir, mira las estrellas que nos alumbran, cuéntalas.
(gggrrr bbbbrrrrrr gggggrrrr bbbrrrr gruñidos y ronquidos, suenan a Baltasar, plácidamente dormido al raso).
—No, ya no quiero dormir más, no puedo, he tenido un sueño… perturbador.
—Querido Gaspar, tranquilo, a no ser que hayas soñado cómo vamos a esquivar al tal Herodes, mañana me lo cuentas.
—No, no, tiene que ser ahora. Melchor, escucha, es importante, ¡ESCÚCHAME!
—Mañana tenemos un camino largo, salimos al alba, la estrella ya es apenas visible y tenemos que seguirla o perderemos el rastro, mañana me lo cuentas.
—No, que no quiero que se me olvide. A ver cómo te lo explico, era todo blanco, pero todo. TODO.
—Soñaste con la nevada de ayer, normal, este viaje nos está alterando a los tres. Vamos a descansar un rato más antes de partir.
—Blanco, todo era de un blanco resplandeciente, intenso, que cegaba, pero no era el paisaje, aunque el paisaje se impregnaba de aquellos muchachos vestidos de blanco. Jugaban, reían, todos vestidos de blanco, seguían un artefacto redondo que golpeaban y se disputaban, todos corrían juntos hacia un portal…
—A ver, Gaspar, que has soñado con la nevada y se te ha juntado con nuestra misión, recuerda, vamos a adorar a un niño que va a nacer en un portal, en una cuadra, pero es…
—Por favor, Melchor, no me interrumpas, todos corrían juntos hacia un portal peleando y dando patadas a un artefacto redondo que parecía flexible. Qué sonrisas, Melchor, si llegas a verlo. Eran muchachos muy oscuros de piel, así como Baltasar, creía que le veía a él, y eran adultos pero sonreían como niños, para ellos era muy importante llegar al portal…
—¡Y para nosotros! Creemos que ese niño es la esperanza del mundo, y tú me hablas de un sueño de unos zagales corriendo tras una bola. Vamos, Gaspar, no habrás abierto la caja de incienso sin darte cuenta. Mira que tenemos que llegar con presentes, eso fue lo hablado antes de salir.
—Este Niño tiene que sonreír así, como vi en mi sueño, porque toda la alegría que yo he visto era blanca, pura, con todo lo que soñamos cuando somos niños, con un presente limpio y un futuro por estrenar, con…
—Ahora ya empezamos a entendernos. Cuéntame más, amigo Gaspar.
—Hay una cosa que no entiendo de mi sueño, todo lo que te he contado sí, porque he tenido una sensación preciosa al despertar, estoy sonriendo desde entonces, sin parar, pero hay una cosa que se escuchaba todo el tiempo, como una multitud gritando, un grito ensordecedor que no logro identificar, como un clamor que era imposible de contener…, no sé.
—¿Qué gritaban? ¿Eran los chicos de blanco?
—No, no. No sé quiénes eran, no se veía, pero gritaban de forma salvaje, como poseídos (no por el demonio, por Dios) por una fuerza poderosa que los empujaba. Gritaban “Madriz” o algo parecido.
—¿Madir?
—No, no, Madriz, o Madrid. Qué sé yo. Vamos a despertar a Baltasar, a lo mejor él sabe algo o ha soñado algo parecido.
—Baltasar, Baltasar, amigo, despierta, tenemos que seguir el camino.
No seré yo quien diga que los Reyes son blancos, pero es muy posible. Si no, cómo se explica su fe y su alegría, sin pensar en que después de llegar a Belén… tocaba el viaje de vuelta.
(Dedicado a los madridistas más confiantes, a los que siempre sonríen y creen, ellos saben quiénes son).
Imágenes Gemini
El Belén de mi casa es heterogéneo, mezcla todo tipo de figuras en diferentes espacios, formando combinaciones que, a primera vista, pueden parecer antagónicas, pero que con los años terminan convirtiéndose en inseparables. Los Reyes Magos, en su recorrido hasta el Portal de Belén, se pueden cruzar con Darth Vader, un dinosaurio o una vieja teja de una tenada de Burgos. En nuestro Portal conviven en armonía La guerra de las galaxias y la Sagrada Familia. Hay figuras clásicas —pastores, ovejas, gallinas, ríos y montañas— legadas por nuestros abuelos, cohabitando con las que mis hijos (hoy ya casados), mis padres (ya fallecidos) y mis nietos (que ahora mismo corretean por el salón) han ido añadiendo en forma de juguetes infantiles, recuerdos de viajes, tarjetas navideñas o celebraciones.
—¿Y si llevamos esa teja con musgo para el Belén?
No todos los juguetes encajan en nuestro Portal. Igual que hay personas que no se acoplan a nuestras vidas y otras que se hacen inseparables y nos acompañan hasta que partimos, hay juguetes que se cuelan para siempre entre pastorcillos y carpinteros, mientras que otros se quedan a las puertas. ¿Puede el Portal de Belén dar cabida a un velocirraptor? Nosotros sabíamos que Dios, en su infinita misericordia, había bendecido el dinosaurio que Lucas, mi sobrino, en pleno éxito de Parque Jurásico, había colocado hacía más de dos décadas junto al buey y la mula, allí, al ladito del Niño Jesús. Siempre imaginé que nuestro Belén, cuando nos acostábamos, cobraba vida, como si fuesen los juguetes de Toy Story. Podía ver el buey volando, al velocirraptor persiguiendo gallinas, a los Reyes mirando las estrellas y a san José subido a un coche de hojalata que nunca supimos de dónde había salido.
Felicitaciones navideñas de la familia, algunas de ellas de más de 75 años, pequeños belenes —desde miniaturas en metal hasta figuras africanas que había traído mi tía monja de Fernando Poo—, acebo, que siempre acababa pinchando nuestros dedos al colocarlo, un plato de la virgen de Lourdes, campanas, corales, un gato chino de esos que mueven el brazo sin parar, habas resecas de las que me tocan (casi siempre a mí) en el roscón… Todo tiene cabida en nuestra vida, en nuestro Belén y en nuestra dicha por vivir la Navidad.
El Belén de mi casa y el madridismo de mi familia siempre han ido de la mano. Entre todas las figuras hay dos que destacan, omnipresentes, las que coronan el Portal acompañando al Arcángel Gabriel. Son Raúl y Zidane, vistiendo la camiseta blanca y haciendo, cada uno de ellos, uno de sus gestos característicos: Zidane rematando la volea de las voleas y Raúl mandando callar a un estadio. Aparecieron allí de la mano de mi hija. No negaré que yo, encaminando sus pasos hacia esta pasión tan blanca, tuve algo que ver en ello. Digamos que guie su mano para que los colocase en lo más alto, al lado de ese Arcángel que dio la buenanueva al resto. Gloria in excelsis Deo.
Y ahí siguen, eternos, iluminando nuestra fe.
Ayer monté con mis nietos y mi mujer el Belén. Llevamos un par de años que lo hacemos así. Mis dos nietos vienen a casa, merendamos chocolate con churros, montamos el Belén y se quedan a dormir. Son felices y nosotros más. A nuestra edad, los niños nos iluminan.
Todo quedó perfecto, menos la guirnalda de luces, que no funcionaba. Hoy por la mañana me he levantado temprano y he salido a comprar una nueva. Al volver, he entrado en el salón, he enchufado las luces y las he colocado alrededor del Belén. Me he separado un par de metros y he notado que algo no iba bien, que algo faltaba. Tardé un poco en darme cuenta; algunas veces lo más visible suele ser lo más oculto: Zidane y Raúl habían desaparecido.
—Julia —pregunté a mi mujer—, ¿has cogido a Zidane y Raúl?
—No, ¿por qué?
—No están.
—¿Cómo que no están?
—Estaban en el Belén, ya sabes, donde siempre, y ahora no están.
—Se habrán caído.
—No, ya he mirado, no están ahí. ¿Habrán sido los niños?
—Imposible, ni se han levantado.
Abrí lentamente la puerta de su cuarto, que permanecía prácticamente igual que cuando mis hijos se habían emancipado de casa, y vi a mi nieta con las figuras en sus manos, moviéndolas en el aire. Al verme, dio un respingo y las escondió bajo las sábanas.
Me acerqué.
—Cariño, ¿no habrás cogido alguna figura del Belén?
Ana desvió la mirada.
Mi nieta sabía perfectamente quiénes eran Zidane y Raúl. Mil veces le había hablado de ellos, vistiendo sus hazañas, magnificándolas. Habíamos inventado juegos de buenos y malos, de leyendas, mitos, glorias y victorias. Mil veces le había inculcado, igual que mis padres habían hecho conmigo, mi madridismo.
—Sí, abuelo, he sido yo, pero ha sido sin querer.
—A ver, enséñamelos.
Ana sacó las manos de debajo de las sábanas. En cada una de ellas tenía una figura. Raúl y Zidane sonreían.
—Quédatelos, corazón, contigo están muy bien. A Jesús le va a encantar; Dios es madridista.
Imágenes: Grok y Gemini
Arturo tiró las cartas sobre la mesa del recibidor y cerró la puerta. Era Nochebuena y no tenía ganas de nada, aunque sólo era la una del mediodía. Aún no había nadie en casa, su hijo estaría jugando con los amigos y su mujer trabajando, y la cena era en casa de sus padres, no tenía que preocuparse de eso, pero estaba amargado por todo: el trabajo, problemas físicos, de salud, discusiones con Sonia a todas horas… y el Real Madrid que no arrancaba. Y le carcomía por dentro el hecho de que parecía que le preocupaba más eso que el resto de cosas, y eso no era normal. Estaba de mal humor todo el día, y quería que echaran a media plantilla y al entrenador, eran unos inútiles, y Florentino debía dimitir. Y Sonia le decía que no se centraba en la familia, que esto iba a acabar mal.
Entró en la cocina, abrió la nevera y cogió una cerveza, y al cerrarla pegó un grito y se le cayó el bote al suelo ya abierto, llenando todo de cerveza: allí, detrás de la puerta, había un hombre y notó que se mareaba y empezaba todo a dar vueltas y oscurecerse. Y notó que él también caía al suelo. Estaba perdiendo el sentido y de pronto empezó a ver de nuevo y a serenarse. No estaba en la cocina, miró a un lado y dio un respingo, ese hombre estaba con él. Le sonaba muchísimo, pero no sabía quién era. Miró alrededor, y estaba en un vestuario, pero muy antiguo, bancos no muy modernos, con ropa colgada, y no eran de esta época. Todo parecía de otra época. De pronto se abrió la puerta y empezaron a entrar jugadores de fútbol. Las botas eran, cómo decirlo, extrañas. Y sabía que eran del Madrid por el escudo, pero faltaba la corona de arriba. La camiseta era rara, con botones en el cuello.
Entró el técnico, cerró la puerta y empezó a dar un discurso. Les decía que a pesar de ir perdiendo tenían que darlo todo en la segunda parte, que después de un partido de desempate no podían perder la oportunidad, que había que levantarlo. Los jugadores no le veían, y al lado suyo había uno al que llamaban Eulogio, y uno de los jugadores se dirigía a él como hermano. No sabía dónde se encontraba. De pronto, el hombre que estaba en la cocina, le tocó en el brazo y aparecieron en la grada.
Se le acercó y le dijo “15 de mayo de 1917, partido de desempate del Campeonato de España entre el Madrid F.C. y el Arenas de Guecho. Estamos en Barcelona, en el Camp del Carrer del Muntaner. El Madrid pierde 0-1, minuto 74”. El hombre tenía un marcado acento argentino. Arturo miró el partido y enseguida el Madrid hizo gol. De pronto. el encuentro pareció acelerarse y jugaban como a cámara rápida. El hombre se acercó y le dijo “en esta época era todo diferente, se jugó una prórroga de 20 minutos, seguían 1-1, y entonces se juega otra prórroga. Estamos en el minuto 113”. Arturo, ensimismado, vuelve a mirar al campo y, al momento, gol del Real Madrid.
Se acerca el argentino y le dice “campeones del Campeonato de España, lo que hoy en día se conoce como la Copa del Rey, vamos. Sigamos”. Le tocó en el brazo y otra vez la sensación de mareo y todo dando vueltas. De pronto todo se calma, y ve que está sentado en el vestuario del Real Madrid. Lo sabe porque ha hecho el Tour del Bernabéu, lo conoce y ve las fotos de los jugadores encima de cada taquilla. De pronto, entran todos y no traen buena cara. Detrás, Xabi cierra la puerta y empieza a decirles que es infumable, que no han hecho las cosas que ha pedido. Todos están cabizbajos, van hablando y nota que es capaz de saber qué piensa Vinícius, Bellingham, Courtois, Carreras, Fran…
Se gira al argentino y le dice: “es el día del Celta, nos han ganado 0-2, yo estaba en la grada”, el argentino asiente. Oye los pensamientos, todos están fastidiados, tanto como lo estaba él, sienten que han hecho un partido para olvidar y que no han demostrado lo que saben hacer. Están dolidos, hundidos. Arturo siente una sensación rara, jamás hubiera pensado que se podrían sentir así. Él sólo piensa que son unos mercenarios, unos miserables y ve que están sufriendo y pasando un mal rato. Arturo vio que el brazalete de capitán estaba cerca de él, lo tocó con el pie y se movió, así que se agachó y lo cogió. Nadie lo observaba y se lo guardó en el bolsillo. Qué raro era todo aquello. De pronto escuchó a Xabi:
—De esta solo salimos juntos, apretando todos. Aquí no hay señalados, somos todos. El público va a pedir nuestras cabezas, la mía la primera, soy el máximo responsable y lo asumo, pero luego irán por vosotros, he estado ahí y sé lo que pasa. Vamos a salir juntos, pero tenemos que hacer un esfuerzo enorme y apretar. Tenemos que luchar cada minuto como si fuera el último, no podemos terminar el año de mala manera. Estamos muy cerca de dar con la tecla, de verdad, pero es juntos, con esfuerzo, y haciendo lo que entrenamos. De verdad, hacedme caso, tenemos tiempo, pero tenemos que luchar todos…
Dejó de escucharle, volvió a sentir que le tocaban el brazo y se mareaba, todo daba vueltas. Cuando se recuperó, había un grupo de gente en una sala de trofeos y miró alrededor: estaban en el Bernabéu, pero veía algo distinto a la última vez que estuvo. Se puso a contar copas de Europa, y parece que había mínimo 20, pero no pudo terminar, el argentino le agarró del brazo y lo llevó a un grupo de gente. Había una pareja de abuelos y luego un chico más joven con un niño pequeño que iba preguntando. Miró al abuelo y, ¡qué demonios!, ¡era él de viejo!, miró rápido a la mujer y era su adorada Sonia, viejita pero guapísima como siempre. Arturo se emocionó y dejó caer una lágrima. El chico más joven era su hijo Adrián, y ya tenía su propio hijo. Aquello le emocionó demasiado. Su hijo Adrián le decía a su hijo “por eso nos dieron el título de mejor equipo del siglo XX, y al paso que vamos, el del siglo XXI será nuestro también, ¿eh papá?”. Le volvieron a agarrar el brazo, se alejaron, el argentino le miró y le dijo:
—Recuerda la esencia del club: levantarse siempre y no dejarlo de intentar nunca. Eso vale no solo para el deporte, sino para la vida. Has visto una muestra del ayer, del hoy y del mañana, del equipo, de tu vida, todo se arregla cuando se lucha por ello, y la familia también. No lo olvides nunca.
Arturo estaba emocionado. Detrás del argentino había una inscripción en la pared “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos, Alfredo Di Stéfano”. Iba a agarrarle el brazo y sabía que venía el mareo. Se separó y le dijo: “pero tú eres Di Stéfano de joven, ¿verdad? ¿esto es un sueño?”, y le dijo el argentino: “dale, qué boludo que sos”... Vino el mareo y se sentía con mal cuerpo, le dolía todo.
Abrió los ojos, estaba en la cocina, en el suelo, y le dolía la cabeza del golpe que se había dado al caer. Se levantó y miró a todos lados. Menudo follón tenía, con cerveza por todo el piso y dolor en la cabeza. Se levantó, recogió todo y se fue a la ducha. Pensó en el sueño extraño que había tenido mientras estaba desmayado y se rio con fuerza, qué locura de sueño. No sabía cómo pero, al menos, eso le había devuelto las ganas de celebrar las Fiestas y celebrar la Navidad, ¡qué demonios!
Su cabeza estaba a tope. Nada estaba perdido y Sonia tenía razón, tenía que pensar más en la familia y preocuparse de las cosas importantes. ¿Y el Madrid? Y dijo en voz alta: “Siempre vuelve, y tú también, que eres madridista”. Sintió una energía renovada y ganas de hacer de todo y vivir con alegría. Pensó en qué regalar a Sonia, a Adrián, en ir pronto a ayudar a su madre con el asado para la cena.
Al salir de la ducha, metió la ropa en el cubo de la ropa sucia, y no se fijó en que del bolsillo del pantalón caía algo y se entremezclaba con el resto de la ropa. Era el brazalete de capitán del Real Madrid.
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Es la primera vez que va a ver al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Su padre, Luis, ha contado con la fortuna de que un compañero de trabajo, incapacitado por una inoportuna gripe, le cediera un par de localidades. Para Marcos, esa contrariedad suponía una bendición, una muestra anticipada de la magia de la Navidad.
Antes de que diciembre asomase en el calendario, ya había escrito su carta a los Reyes Magos con letra grande y torpe: deseaba un Scalextric y un balón de reglamento. La humilde morada en la que residía carecía de espacio suficiente donde albergar tan voluminosas diversiones y, además, la economía familiar no brindaba margen para excesivas alegrías. Por este doble motivo, sus progenitores tenían muy complicado acceder a los anhelos de su retoño. Sea como fuere, esa dádiva inesperada eclipsaba a cualquier juguete envuelto en papel brillante.
Al bajarse del 27, que los traía desde la Glorieta de Embajadores, Marcos se queda anonadado ante el ambiente festivo que se vive en los alrededores del estadio. Tenderetes de banderas y bufandas, vapores de castañas asadas, bares de la zona atestados de gente que apuraba la previa del choque al cobijo de unas cervezas y de conversaciones llenas de ilusión. El templo merengue los aguardaba, imponente, como si presagiara que aquella noche iba a acontecer algo extraordinario.
Y no era para menos. Había que remontar un 5-1 al Borussia Mönchengladbach. Un conjunto alemán, con lo que eso implicaba: orden, contundencia, competitividad y jugadores del calibre de Uwe Rähm, Uli Borowka, Wilfried Hannes o Frank Mill. Mirado con sensatez, el reto se antojaba casi un imposible. No obstante, el Real Madrid nunca ha sido un equipo sensato. En el Bernabéu, con su inmaculado traje blanco, se transforma en otra cosa, un monstruo feroz que devora a quien osa desafiarlo.
Marcos y su padre ocuparon sus asientos en el primer anfiteatro de Preferencia.
¡Qué bien se veía el campo! ¡Qué bonito el césped iluminado! ¡Lo que fardaría al día siguiente en el cole con sus compañeros! Eso, si ganaban... Estaba tan nervioso que no le afectaba el frío, aunque la temperatura era gélida y una neblina flotaba sobre el tapete verde, dotando la escena de cierto aire evanescente. Luis, pendiente de él, no hacía sino recolocarle la bufanda a cada rato, buscando protegerlo de las inclemencias de la climatología.
Antes de los veinte minutos de partido, Valdano ya ha recortado la mitad de la desventaja. Dos centros envenenados de Juanito, dos fogonazos de genialidad. El de Fuengirola, ídolo de Marcos, juega como si intuyera que él se encuentra allí y no quisiera defraudarlo. El estadio ruge, tiembla; no metafóricamente. Él siente vibrar el suelo bajo sus pies, una sacudida en el pecho, un estremecimiento que le eriza la piel. A estas alturas, pocos dudan de que se halla en ciernes una nueva hazaña. Pese a que Frank Mill perdona solo delante de Ochotorena y, durante unos segundos eternos, congela el aliento del Bernabéu. Nadie dijo que fuera a ser fácil.
En el descanso, el bocadillo de chorizo sabe a gloria. Marcos trata de convencerse de que lo mejor está por venir. Sin embargo, tras la reanudación, el Madrid se enreda. Continúa dominando, sí, pero ataca con demasiada ansiedad, con balones largos y envíos directos al área. Sude, el cancerbero teutón, apenas sufre. Encima, el árbitro escocés escamotea un claro penalti sobre Juanito. La buena estrella se ha ocultado entre la niebla. Los minutos caen como gotas heladas. Cuando faltan veinticinco, Marcos se derrumba; nota que algo se le rompe por dentro. Unas lágrimas, silenciosas y amargas, asoman al balcón de su inocencia. Tal vez hoy no tocaba milagro. El recital de su héroe particular no iba a tener premio.
Una volea de Santillana enciende el volcán y acerca la proeza. Resta un cuarto de hora. El verde se tiñe de rojo. Un rojo incandescente, infernal, unas brasas que queman los pies de los futbolistas alemanes. Es cuestión de tiempo. Treinta y tres… treinta y ocho… cuarenta y cuatro… Tic, tac. Tic, tac.
Y sucede.
Llega el instante que pone patas arriba el coliseo de la Castellana.
Saque de banda de Camacho a la altura del lateral de la zona de castigo. Peinada hacia atrás de Valdano. Disparo duro, pelín mordido, de Míchel. Rechace de Sude. Y Santillana, cayéndose y ganando la acción a un zaguero, remata con… el alma y desata el éxtasis.
Marcos, antes de poder asimilar lo que acaba de ocurrir, se ve espachurrado entre los brazos de Luis hasta quedarse casi sin aire. La situación lo desborda. Observa a desconocidos abrazarse igual que si fuesen hermanos. El público del gallinero, de la grada baja de Padre Damián y de ambos fondos se ha convertido en una enloquecida marejada humana que, en medio de una salvaje efervescencia, abre huecos donde parecía no haberlos. En lugar del grito unánime de gol, el Bernabéu ha vomitado una explosión. Literal, no solo de júbilo. Como si la tierra se aprestara a tragarse el recinto.
Cuando Juanito, sustituido, abandona el campo saltando, henchido de alborozo, Marcos sueña con lanzarse al vacío y fundirse con él. Ahora, las lágrimas ya no nacen de una herida. Jamás había alcanzado tal grado de felicidad. Ese concepto que, al toparte con la madurez, entiendes que no es una condición permanente, sino que reside en estos chispazos, en estos destellos de plenitud que no olvidarás en tu vida. Sale del estadio levitando, presa de una euforia infinita. El nirvana existe.
Regresan caminando hasta el metro de Estrecho. Luis prefiere esos quince minutos de trayecto y apearse en Tirso de Molina antes que esperar la intemerata en la parada del 27, abarrotada de gente, y luego viajar en el autobús como sardinas en lata. El frío arrecia, pero ya no pesa. Mientras cruzan el semáforo de la calle Orense, Marcos mira a su padre.
—Papá, creo que no hace falta que los Reyes me traigan nada. Esto de hoy es lo único que quiero que me regalen.
Luis, emocionado, lo abraza con ternura. Un brillo acuoso refulge en sus ojos.
—Si eres madridista, no tienes que pedirlo. El equipo te dará muchos momentos como este. Eso sí, no necesariamente cerca de Navidad. Nunca pierdas la fe. Para el Madrid, la fecha del calendario no es lo más importante cuando se trata de regalarnos felicidad.
—Yo seré del Madrid hasta que me muera, papá. ¡Somos los mejores del mundo!
—De todos modos —apunta Luis, sonriendo–, un pajarito me ha soplado que los Reyes ya han comprado el balón. Ojalá algún día tú me des esas alegrías desde el césped del Bernabéu. No imagino mayor dicha.
Padre e hijo prosiguen su marcha. Marcos juraría que incluso los renos de Santa Claus que adornan la calle General Perón le han guiñado un ojo. La gesta del Anderlecht, un año atrás, o la más reciente del Inter de Milán, ya son pasado. El Real Madrid siempre encuentra la forma de volver a hacer historia.
¿La próxima? ¿Quién lo sabe...? Pero llegará.
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Cuando uno se acerca a los cuarenta años, acaba por descubrir una serie de cosas. Por ejemplo, que una resaca dura más que algunas relaciones. O que el tiempo corre como Mbappé al espacio: sin preguntar, sin esperar y sin mirar atrás. A un servidor, la autenticidad del segundo cliché se le reveló un diciembre, cuando Madrid empieza a oler a castañas para alegría de los provincianos que la visitamos en tan entrañables fechas. Esos días en que la gente busca excusas para postergar hasta el año nuevo las promesas que no cumplió con el inicio del curso escolar.
Yo, como tantos otros, tenía una carpeta azul donde guardaba esas promesas no cumplidas. El color se había desteñido ligeramente, deslizándose hacia una frontera imprecisa entre el azul y el morado; me gustaba pensar que suponía un homenaje azaroso a los distintos cromatismos del escudo del Real Madrid. La había comprado a principios de los 2000, en una papelería que ya no existe, en una ciudad en la que ya no vivo, ridículamente convencido de que me iba a servir para ordenar mi vida como quien ordena una defensa: colocando cada cosa en su sitio, cerrando espacios, haciendo basculaciones. La realidad es que terminó constituyendo un archivo de ocurrencias caóticas: fotos de viajes mal encuadradas, entradas de partidos, cartas que nunca envié, poemas que jamás deberían ver la luz, y el borrador de una novela que, en justicia, únicamente podía considerarse como tal por tener más de cien páginas. Y, por supuesto, en la carpeta también guardaba una postal de Eva.
Eva era la chica con la que salía cuando tenía veinte años y demasiadas certezas. Lucía la sonrisa de quien ha leído mucho y ha discutido poco, y una forma de mirar que parecía haber llegado antes a las conclusiones y que convertía en innecesarias las réplicas. Era madridista, pero de esa minoría que entiende el fútbol como un ritual íntimo: el partido, el sofá, un chocolate caliente y ese silencio casi religioso con el que esperaba las jugadas importantes. “El Madrid me gusta así —me decía—, en calma primero, en tormenta después”.
Nos dejamos mutuamente, que a menudo es la manera elegante de decir que fuimos jóvenes, torpes y algo cobardes. Aunque en ningún caso le guardé rencor. Al revés, cada diciembre la recordaba con la nostalgia justa, como un gol mal anulado o un abrazo que se quedó a medio camino. Hasta que este diciembre, el del frío anticipado, el del peligroso acercamiento a la crisis de los cuarenta, el de la carpeta azul amenazando con desbordarse, Eva reapareció.
Coincidimos en un mercado navideño de la Plaza Mayor, mientras trataba de comprar turrón sin que el vendedor la convenciera de llevarse todas las existencias del resto de productos. Yo estaba detrás, esperando mi turno para llevarme unos adornos que no necesitaba y que seguramente acabarían en la famosa carpeta. Cuando se giró, me reconoció al instante.
—Hola —dijo, con una voz que sonaba distinta.
—Hola —respondí, intentando aparentar una seguridad poco creíble.
Hubo un silencio breve, del tamaño exacto para que cupiera un recuerdo y medio.
—Estás igual —mintió ella.
—Tú también —mentí yo.
Inmediatamente soltamos una carcajada espontánea, desterrando cualquier dramatismo, y caminamos un rato por el mercado. Hablamos de nuestras vidas, de amigos comunes, de trabajos, de fracasos asumidos y de algunas manías nuevas. Ella seguía siendo del Madrid, si bien la conversación de repente adquirió derroteros menos festivos. Me confesó que hacía años que intentaba recuperar la ilusión por la Navidad, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba. Le contesté que me pasaba igual, subrayando que diciembre a menudo parecía calzarse unas botas de plomo. En ese momento añadió:
—Quizá es porque ya no esperamos sorpresas. A los veinte todo sorprende. A los cuarenta, casi nada.
Un poco abrumado por la repentina ráfaga de intensidad, quise reconducir el tono.
—El Madrid aún lo consigue —repliqué.
Eva calló y me regaló una de sus fabulosas sonrisas. Antes de despedirnos, me preguntó si iba al partido del 23 de diciembre. Le confesé que desde hacía algunos lustros había instaurado esa tradición, absolutamente sagrada, cuadrando cada invierno las vacaciones laborales para siempre poder acudir a la jornada previa a la Navidad. Me dijo entonces que casualmente también tenía planeado acudir, puesto que su hermano, con el que llegaba tarde a almorzar, poseía un abono que no usaba cuando hacía frío. Rompimos el siguiente silencio con un abrazo que duró medio segundo más de la cortesía, mientras nos deseábamos felices fiestas. La observé alejarse calle abajo antes de que una boca de metro la engullese.
La tarde del encuentro, el Bernabéu refulgía como en un sueño infantil. Entré con mi carpeta azul a modo de talismán, ese día metida en una mochila para fingir que era un intelectual y no un archivador ambulante de nostalgias. Solo, pues mi acompañante me había dado plantón, lo cual me irritaba sobremanera. Sin embargo, la vida, cuando quiere parecerse al Madrid, lo hace a conciencia: inesperada, incómoda y, a su manera, gloriosa.
Eva estaba sentada tres asientos a mi izquierda.
Nos saludamos con una mezcla de sorpresa y humor. Comentó que aquella semana parecía un guion, y yo respondí que sí, aunque uno escrito con prisas, de esos que confían más en el azar que en la coherencia. Añadí que el guionista, de haberlo, debía de ser torpe, pero bienintencionado. Ella evitó calificar mi pedantería y dirigió sus ojos al césped, ahogada la charla por el himno atronador. Aquella fecha tuvo todo lo que se necesita para disfrutar de una experiencia en el estadio: rival detestable, polémica en contra, nervios, y un Madrid que remonta en el último suspiro para justificar nuestro sufrimiento.
En el minuto 90 llegó el gol de la victoria. El estadio rugió, el madridismo rugió, Madrid rugió, y Eva me agarró del brazo súbitamente, como si no lo hubiera pensado. Yo tampoco reflexioné, simplemente dejé que ocurriera. El gol, la euforia compartida, la sensación jubilosa de que el tiempo, de vez en cuando, se toma un descanso de sí mismo. Al salir del estadio, anduvimos juntos por la Castellana.
—¿Sabes? Me alegro de haberte encontrado. A los cuarenta no pasa tanto.
—A los cuarenta nada pasa solo —acerté a balbucear.
La contemplé fijamente y me devolvió otra de sus sonrisas. No era una historia nueva, si bien tampoco era la misma. Me dije que quizá ahí reside la magia: en que el tiempo, con toda su prisa, en ocasiones deja una pequeña ventana para las segundas oportunidades. Las cuales, ciertamente, no son como las primeras… A menudo son mejores, porque saben que el reloj corre.
Nos despedimos con un gesto sencillo. Sin beso y sin fuegos artificiales, pero con una vibración compartida. Prometió que me llamaría después de las fiestas.
Cuando llegué a casa, abrí la carpeta azul. Por primera vez en veinte años, saqué cosas, tiré otras, hice espacio. Debo confesar que no sé exactamente para qué. O quizá sí. Para lo que venga.
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Sí, hoy es Nochebuena. No ha sido un año fácil. Son las ocho de la tarde y está nevando ahí fuera. Nada como el calor del hogar cuando nieva. Y estar rodeado de los tuyos. Me he afeitado antes de la cena. Esta noche cenamos solos los tres. Mi mujer y mi hija se han vestido con sus mejores galas. Mi hija Laura, a regañadientes. Tiene seis años. Se ha puesto el vestido de los domingos. Pero ella siempre se siente más elegante con su camiseta del Real Madrid que con cualquier otro vestido. Ella es feliz con su camiseta de Vini Jr.
Esta es la primera Navidad sin mi padre. Laura tiene la nariz pegada al cristal de la ventana. Está viendo caer los copos de nieve. Me asomo a su lado. En la calle la gente se va recogiendo. Todos se dirigen abrigados hacia las cenas con sus familiares. Miro hacia arriba. Seguro que mi padre está ahí, viendo a su nieta pegada al cristal. Laura está mirando hacia el cielo, seguramente buscando a su abuelo.
Mi esposa Arancha ya está nerviosa haciendo viajes a la cocina. No pasa nada, cariño. Estamos solos los tres. Seguro que todo está muy rico. Lo importante es que estemos juntos.
Rodeo la mesa del comedor. Sí, ahí está la silla vacía de mi padre. Le tuvimos en casa durante sus últimos años. Fue perdiendo la vista y el oído. Pero siempre estaba de buen humor. Laura está tranquila. Ella no sabe lo que es la muerte. Ella solo sabe que su abuelo está ahí arriba, con nuestro gato Felipe y con don Alfredo Di Stéfano.
A medida que cumples años tienes más aliados en el cielo que en la tierra. Pero la conexión nunca desaparece. Nunca. Mi conexión con mi padre fue el Real Madrid. A medida que nos vamos haciendo mayores, los temas de conversación con nuestros padres son cada vez menos. Al final solo nos queda el tiempo y el Madrid. Se nos ha lesionado otra vez Carvajal, papá. Sí, hijo. Qué le vamos a hacer. A ver si encontramos un lateral derecho en condiciones. Esas son las únicas cosas que les distraen de las complicaciones de salud a ciertas edades.
Espero poder disfrutar muchos años de mi hija. Tal y como disfruté de mi padre. Ambos compartimos la pasión por el Real Madrid. Una pasión que se transmite de generación en generación.
Llega una edad en la que todo está numerado. Los partidos del Real Madrid que te quedan por ver son finitos. Cuántos nos quedan. Cuántas temporadas. Cuántas orejonas más verán nuestros ojos. Empezamos a valorar todos y cada uno de los partidos porque están numerados. A la edad de Laura los partidos son infinitos.
Mi padre disfrutó de sus jugadores y de sus entrenadores. De Gento, de Amancio, de Pirri y de Stielike. De Miguel Muñoz. De un Bernabéu distinto. Conmigo coincidió en la Quinta del Buitre y en la travesía del desierto hasta la séptima. Y disfrutamos juntos de la mejor etapa de la historia con Cristiano, con Toni Kroos, con Luka Modric. El croata le encantaba a mi padre. Y con Zidane y don Carlo como estrategas. Laura ha empezado a disfrutar ahora con la sonrisa de Vini, con la simpatía de Camavinga y con el coraje de Bellingham. Son sus preferidos. El espíritu del equipo se seguirá transmitiendo a los jóvenes. Los veteranos se encargarán de ello. Los valores del Real Madrid son los de mi familia. Nuestros valores se transmiten por lo que vemos de nuestros padres. Todos estamos de paso, solo los valores y el Real Madrid perduran.
Entro en la cocina. Mi esposa está adorable. Arancha, deja que Laura se ponga la camiseta. Ella es feliz así. Un beso en la nuca lo soluciona todo. Tengo la mejor esposa del mundo. Arancha sonríe y asiente con la cabeza. Ella no es futbolera, pero es madridista porque las dos personas a las que más quiere lo son. No nos perdemos un partido. Le gusta vernos felices. Aunque a veces nos pillemos algún rebote con los de negro.
Voy a la habitación de mi padre. Abro su armario. Todavía no he sido capaz de sacar su ropa. Aquí está su camiseta Teka. Sí, la de Fernando Hierro. Hubo un tiempo en que le iba justita. Los últimos años empezó a adelgazar y le sobraba camiseta por todos lados. Pero no quería otra. Me acerco al salón y la coloco en el respaldo de su silla. Laura me mira. ¿Puedo? Me dice con la mirada. Por supuesto. Sale disparada, como Vinicius persiguiendo un balón en profundidad de Toni Kroos. Regresa con su camiseta y con la mía. Ya estamos todos equipados.
Laura sabe que su abuelo no se pierde ningún partido, tiene un asiento privilegiado. Ve todos los partidos desde el cielo. Su mirada tiene rayos X y atraviesa el techo del estadio. Grita gol exactamente igual que nosotros. Solo que no le oímos. Está muy lejos. Sentado en una estrella junto a don Alfredo. El día cuatro jugamos contra el Betis. No nos lo perderemos.
Nos sentamos a la mesa. Lleno con agua la copa de Laura. No trae mala suerte, Arancha. Eso son tonterías. Somos el Real Madrid. Lleno con champagne la copa de mi esposa. Después la mía. Ahora sí. Ya estamos todos. Puedes atacar los canapés, Laura. Feliz Navidad. Y hala Madrid.
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En casa de Roberto siempre fueron de los Reyes Magos. Y eso que Papá Noel tenía a su favor el calendario, con esos regalos que pueden disfrutarse durante todas las vacaciones, mientras que los de los Reyes exigían un atracón: ese día Roberto se quedaba con el pijama puesto hasta que volvía a hacerse de noche, con tal de no perder ni un segundo de juego. Fue así todos los años menos el de la bici, porque su madre no le iba a consentir de ninguna manera salir a la calle sin abrigarse. Y allí fue él a recorrer la acera desde la que algún día su padre le enseñaría cuatro torres que aún no existían. «Mira, Roberto: torre Figo, torre Zidane, torre Ronaldo y torre Beckham», bromeaba. Quedaban unos pocos años para que esos nombres tuviesen algún significado, pero el principal para Roberto no fue nunca futbolístico. Desde el día en que se erigieron las columnas que apuntalan el cielo de Madrid, él consideró que se habían construido con el único propósito de constatar las palabras de su padre una Navidad: «la Ciudad Deportiva está aquí mismo». Hasta que dejó de estar.
Lo que no cambió nunca, año tras año, es que al día siguiente de Reyes, el fatídico 7 de enero, Roberto tenía que regresar al colegio y dejar sus juguetes nuevos aparcados en casa. Sí, el calendario era una canallada, pero no por eso iba él a replantearse su adhesión a Sus Majestades de Oriente, porque además de la inercia familiar, Roberto aplicaba a la cuestión una lógica personalísima e irreprochable: Papá Noel no llevaba corona y era rojiblanco.
La decepción fue en enero del 94. Por entonces, Roberto creía tanto —y de forma tan temeraria— que esa Navidad escribió su carta y la echó al buzón en persona camino del colegio, es decir, sin delegar en su padre. En casa le preguntaron si había hecho su lista y él contestó que sí, que claro, que los Reyes ya sabrían lo que él había pedido y, aunque terminó por contar algunas de sus peticiones, dejó como un secreto entre él y Sus Majestades el mayor deseo de todos. Por eso, cuando la mañana de Reyes la camiseta blanca no apareció junto al belén —en su casa también eran más de belén que de árbol—, Roberto sintió una pequeña decepción y un atisbo de pánico, porque las normas de los regalos y el carbón lo dejaban todo bastante claro: tal vez no era lo suficientemente bueno.
Para colmo, al día de Reyes le siguieron más desgracias. Ese 7 de enero no fue de los peores, porque empezaba el fin de semana, pero el sábado 8... ay, el 8. Romario desatornillando a Alkorta en la frontal del área y todo lo demás. Una tortura que su corazón de niño aguantó a duras penas, con aplomo de vikingo. Sufrió tanto que su madre llegó a sugerir que Roberto no debía ver fútbol nunca más. Su padre replicó que ya se le pasaría y él los oyó discutir desde la cama impresionado, porque era algo insólito. La camiseta soñada no llegó a casa, el Barcelona le había metido cinco al Madrid y sus padres discutían. Ya no había dudas de que el universo debía de estar castigándolo.
De ser cierto, su principal falta debía de ser la terquedad. En su primera visita al Bernabéu se compró en los puestos de bocatas una bufanda con copas antediluvianas. Además de esas, su padre le señalaba también las de mitad de los 80 —que no parecían un ánfora, sino más bien un florero—, pero a Roberto, incluso en su inocencia infantil, aquello le sonaba a gato por liebre. Hasta las cinco ligas seguidas se le perdían ya en el terreno de la mitología, porque había nacido tarde. Todo le había cogido demasiado niño, pero él nunca dejó de arrimarse a su padre cuando hacía frío en la grada y así se le terminó por pegar lo esencial, que no debía de ser el calor, o no sólo el del cuerpo.
Roberto se hizo madridista en el peor momento posible y con una ilusión que fue desarbolada hasta la saciedad por el crudo viento de los tiempos. Fueron cuatro años, un silbido en una historia que ya apuntaba a centenaria, pero en la escala vital de un niño resultaron un páramo insoportable. Su padre seguía hablando de Butragueño como si fuese un crío, pero para Roberto ya era un señor mayor y en Barcelona tenían más de todo. Más estrellas, más dinero, más trofeos, más. Al parecer acababan de reinventar el fútbol, o eso decían, y su entrenador llevaba gabardina, hablaba gracioso y le daba al Chupachups en el banquillo. Hasta se habían llevado —tras una eternidad de fracasos— una de esas copas que en España eran lo nunca visto, porque ni siquiera el trofeo era ya el mismo que se apolillaba en las bufandas madridistas, aunque se llamase igual.
El Madrid estaba para derribo. En verano quisieron enmendarlo fichando a un entrenador con gomina y acento meloso. Y hasta tenía un buen bronceado y todo, porque aterrizó desde Tenerife. Era el mismo tipo al que Roberto debía sus lágrimas de las dos últimas primaveras, o eso creía él, porque todavía quedaba una eternidad para saber cuánto costaba un paquete de aloe vera. El equipo apuntaba a cambios. El día que trajeron a Laudrup, a Roberto le encantó cómo le caía la camiseta. Era la misma que él había querido en Navidad, la que llevaba unos galones como de teniente en la manga. Pero pronto se supo que la presentación había sido una chapuza más de aquellos tiempos: al danés le pusieron ropa caducada y la nueva versión del uniforme era un cambio demasiado grande para lo que un niño puede tolerar. Hasta el color morado era de un tono distinto, y en vez de los galones tenía un rastro de huellas como si un gato se hubiese paseado por encima después de meter las patas en un bote de pintura. Claro, que no sólo le disgustó a él, porque su padre la elevó al rango de herejía. Siempre fue un purista de la pulcritud. «Limpia y blanca que no empaña», «cuando pierde da la mano», esas cosas que todo el mundo iba dando por pasadas de moda. Camino al estadio se cagaba en Reny Picot —aunque él siempre dijo René, René Picot, que debía sonarle más francés todavía— y en la Zanussi y en la Otaysa y en la Parmalat y en la Teka y en la madre que parió al fútbol moderno (de eso hará treinta o cuarenta años, y el fútbol entonces ya no era el de antes).
Al final del otoño, la temporada ya pintaba bien, pero Roberto todavía no se fiaba, porque desde enero estaba abonado al desengaño. Todos tenemos una Navidad de dejar de creer y otra de resucitar la magia (es decir, lo que tardan Sus Majestades de Oriente en encontrar nuestra nueva dirección postal), pero lo que a otros les sucede mediante la adultez, la paternidad y un puñado de lustros, a él le pasó de forma consecutiva, sin dejar nunca de ser niño ni de jugar. De una Navidad a la siguiente, y tiro por que me toca.
Supo que durante las vacaciones escolares abrirían los entrenamientos al público. Y su padre le dijo que sí, que irían, entre otras cosas porque «la Ciudad Deportiva está aquí mismo». Y allá se fueron con más frío que nunca, con la bufanda de las copas que nadie había visto en color anudada en la garganta y con gorro y con un bocata y con guantes y con varias cosas más que les dio su madre. Y Roberto vio de cerca a todos los jugadores, incluyendo a quien era ya su ídolo, que era un chaval recién subido sin escalas del C y que había mandado al banquillo nada menos que a Butragueño. Ese fue el motivo por el cual su padre no tragó jamás a Raúl, pero a Roberto le gustaba porque era tan joven como los más mayores de su colegio, es decir, mayor sin exagerar, que es la mejor manera de ser joven y quizás la única manera inteligente de ser adulto. En la grada de cemento, aquel día, su padre le animó para que pidiera su camiseta a los Reyes, «la morada, con la que debutó el chaval», pero Roberto le confesó la verdad: la que él hubiera querido era la anterior, la de los galones, aunque no hubieran ganado nada con ella. Más o menos ahí debió de ser cuando el renegado de la Parmalat y de la Teka entendió que el fútbol sirve, entre otras cosas, para enseñarle a los viejos que nunca se es demasiado joven para la nostalgia.
Además de ellos dos, por allí había una turbamulta de padres y de niños que llamaban a los jugadores. Si alguno se acercaba un poco, todos le gritaban cosas parecidas: «¡Cinco, tenéis que meterles cinco!». Era como si con las vacaciones escolares en la ciudad se hubiera declarado una epidemia infantil de excitación, porque el destino —o eso creía Roberto entonces, porque aún no sabía cuánto vale un pack de aloe vera— había querido que el calendario de una temporada calcase con precisión al de la anterior, igual que había pasado con lo de Tenerife durante los dos últimos años. ¡Cuánta casualidad! Otra vez había que jugar contra el Barça a la vuelta de Navidad y esta vez era en la fecha más odiosa del año, el 7 de enero. Al menos era sábado.
1995 empezó con una semana que no se acababa nunca. El partido lo vio en casa con la bufanda desplegada sobre la tele y cumplió con lo prometido por los sueños. Bam-bam-bam, tres de Zamorano. Y una asistencia a su amigazo. Y antes otro que mandó al palo y que fue el cuarto, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y no marcó Raúl pero a Roberto le dio igual, porque los dos eran jóvenes y les quedaba toda la vida por delante. Y fue como si el día de Reyes ese año hubiese durado el doble: un atracón de juego.
Sin embargo, la gran alegría para Roberto había sido la mañana anterior. Su epifanía había sido encontrar junto al belén una camiseta absurda, anacrónica, imperfecta y, sobre todo, suya: galones como de teniente en los hombros, Teka en el pecho y el 7 en la espalda, pero no un 7 cualquiera. La particularidad era que el dorsal estaba impreso —con tosquedad de puesto ambulante— en otro morado distinto al del resto de detalles de la camiseta. Se trataba, sin duda, de un tono mucho más cercano al que estaba vigente esa temporada, pero a primera vista producía el efecto contrario, como si fuese el número el que estaba anticuado, y no la prenda. Con ella enfundada encima del pijama, Roberto pasó las últimas horas antes del partido jugando y no volvió a sufrir más por el resultado, porque había dejado de tener dudas. Antes de haberlo visto sobre el césped él ya lo tenía todo claro: los Reyes siempre vuelven.
A veces un semáforo los detiene en seco cuando van hacia el colegio y Roberto busca la silueta de las torres elevándose sobre Madrid. Entonces le dice a su hijo que justo ahí estaba la antigua Ciudad Deportiva y, como las copas de las bufandas ya no tienen polillas ni son en blanco y negro, también querría poder explicarle lo frío que estaba el cemento de aquel graderío el día en que todos los niños se desgañitaban pidiendo el mismo deseo, y el deseo se cumplió. Vestido con su extraña camiseta talismán (mitad Butragueño, mitad Raúl), Roberto ya ha visto lo nunca visto: nueve Copas de Europa ganadas. Y muchas más perdidas, aunque de esas se hable menos. Y por el camino le han salido canas, pero él sigue sin saber muy bien cómo se hace lo de ser padre —quizás no lo sepa nunca; tal vez aún le pese no ser lo suficientemente bueno—, así que por ahora empieza a hablarle a su hijo de las cosas que decía el abuelo en la Ciudad Deportiva. Hasta que dejó de estar.
Fue en unas vacaciones de Navidad inolvidables y de otro siglo, cuando de verdad había que abrigarse. Roberto lo recuerda como si fuera ayer: el invierno había durado cuatro años y los Reyes Magos encontraron otra vez el camino a casa.
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Buenos días. Esta noche no es Nochebuena, pero mañana sí. Ayer no nos tocó la lotería, pero mañana tampoco. Por si acaso no habéis comprobado aún vuestros décimos en alguna web, os dejamos aquí la opción clásica, la impresa en la portada del diario As.
Un diario, el de PRISA, que abre con Jude en modo celebración Bellingham y con un mensaje optimista: «Año nuevo, vida nueva», recordando que el Madrid aún está en disposición de ganar todos los títulos.
Confesamos que al leer el titular de Mundo Deportivo se nos ha atragantado el café como siempre ocurre cuando vemos escrito: «Supergarcía», nombre de guerra del mamífero abyecto que subyugó el deporte español en su beneficio durante años. Pero no, se refieren a Joan García, guardameta inscrito como se inscriben los jugadores en el Barça. De manera similar a como «contratan» la luz los habitantes de las construcciones irregulares.
Estos días prenavideños, uno intenta abstraerse de la realidad e intentar ser algo feliz, estar de buen humor, en fin, caprichitos de esos. Sin embargo, la sonrisa a menudo dura lo que se tarda en ojear alguna portada de diario deportivo. Hoy, el gordo se lo ha llevado Sport.
En el diario culé han entrevistado a Javier Tebas, el capo de la liga y, de facto, del fútbol español, pues tiene embridados a los clubes con sus artimañas financieras, la RFEF la controla a través de Louzán de la misma manera que José Luis Moreno controlaba a Macario, y los medios los maneja sustentándolos.
El destacado de la charla mantenida con Tebas es el siguiente: «El Barça no genera crispación, es el Real Madrid contra todo».
Bien, majete, bien. Hemos de reconocer que tu estrategia funciona, pues desde que estás en el cargo has multiplicado tu sueldo mientras la LaLiga no deja de devaluarse. Y, además, gracias al control de los medios logrado mediante el riego de los mismos, has conseguido que la mayoría del rebaño crea el relato inventado y pueril de: Barça, bueno; Madrid, malo.
En definitiva, has tomado a todo el mundo por tonto y, en gran parte, llevas razón, pues si no no habrían surtido efecto estas maniobras tan burdas.
Para esa parte de la población que se traga estas falacias, vamos a escribir una serie de situaciones igual de surrealistas que la frase de Tebas. Es decir, igual de idiotas que afirmar que quien comete el delito de pagar millones de euros sin castigo alguno a Enríquez Negreira, vicepresidente de los árbitros españoles durante décadas, no genera crispación, y sí la genera quien denuncia el delito. Vamos allá:
Lea de nuevo este portanálisis. En caso de duda, consulte a su conciencia, si dispone de una. Si persisten los síntomas y la incomprensión, consulte a su jurista y/o a su médico más cercano.
Pasad un buen día.
Aprovechando que del fútbol actual del Real Madrid no hay mucho más que añadir, lo evito y aprovecho para marcharme a otros derroteros distintos. Dicen que no hay éxito sin envidia ajena y, mire usted, al Real Madrid debemos suponer que todavía le quedarán cosas por conocer, pero de éxito sabe un rato. Quizá sea este el motivo de tener tantos perros ladradores a su alrededor. Perros que, curiosamente, llevando el símil a las calles de vuestro barrio, si os fijáis, siempre son los más pequeños, y sólo cerquita del dueño, los encargados de hacer ruido para molestar a los grandes, cuya reacción no es otra que quedarse mirando con una mezcla de lástima y superioridad, si es que los perros pudiesen sentir tales términos.
Yo creo que, si a todos los madridistas les preguntasen por nombres propios a relacionar con el titular del artículo, coincidiríamos la gran mayoría: Joan Laporta, presidente del club que pagó durante dos décadas 8,5 millones de euros al vicepresidente de los árbitros, José María Enríquez Negreira; Javier Tebas, el supuesto presidente de LaLiga, y digo supuesto porque solo preside para los que le dicen que sí a todo; y, en menor medida, porque no sale mucho de su burbuja, el señor Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, que por más intentos que ha hecho de amenazar al Real Madrid con dejarle fuera de la Champions League, no para de perder sentencia tras sentencia frente al club blanco en los juzgados.
Empecemos con el que sigue buscando “informes” debajo de la cama por si los encuentra. Vamos, quiero decir, haciendo que busca, porque difícilmente puede aparecer algo que nunca ha existido. Lógicamente, me estoy refiriendo al presidente del Fútbol Club Barcelona, Joan Laporta. Desde el momento en el que me senté con la idea de escribir este artículo, el ejercicio más difícil al que sabía que me iba a enfrentar era el de hacerlo sin ninguna palabra malsonante, al menos barriobajera, pese a lo que se merecería el político Joan. Sí tengo que reconocerle algo, y creo que todos deberíamos hacerlo: ha conseguido, entre sus fieles, erigirse como lo hace quien maneja una secta, y este poder de manipulación no es sencillo de alcanzar para cualquier mente.
Le han pillado en todos los estados posibles en su vida personal que, como la propia palabra indica, es eso, personal, por lo que no hablaremos de ella, pero que sí dice mucho del personaje. Fue la persona que duplicó los pagos a Negreira. Lo voy a repetir, por si acaso no ha quedado claro: fue la persona que duplicó los pagos a Negreira. Insisto, fue quien duplicó los pagos a Negreira, e insisto tanto porque, en su declaración frente a un juez, sentenció con firmeza que ni tan siquiera le conocía. Dejando de lado tal afirmación, que evidentemente con algún sentido le recomendaría su abogado decir, cabe destacar que, lejos de sentir un mínimo de decencia y vergüenza por todo este caso, no pierde la oportunidad de gritar ante el primer micrófono que se encuentra por la calle que el Real Madrid lleva toda su historia robando y siendo favorecido por los árbitros en España y, ojo, en Europa. Toma ya, con dos… narices.
Pero claro, como en toda trama delictiva (presunta, que me empapelan), aquí no se libra nadie. Tiene a un buen grupo de voceros en todos los medios y programas importantes de este país, que solo dan eco y tiempo a sus palabras, donde pintan al señor Laporta como si fuera Papá Noel: un grandullón simpático que les regala exclusivas falsas, pero que entre sonrisa y sonrisa esconde un nuevo presunto delito.
Para los anales de la historia quedará aquella comparecencia delante de sus socios en la que manifestaba que el Real Madrid fue el club del régimen franquista, con aquella impecable respuesta del club blanco en un vídeo que desmontó todo en apenas minutos y que nunca recibió más respuesta que el silencio.
— Real Madrid C.F. (@realmadrid) April 17, 2023
Laporta sabe lo que tiene que hacer y decir para que los suyos le quieran. No le culpo; de hecho, creo que cualquier persona envuelta en tantísimas polémicas solo puede mantenerse viva mediante el discurso del “y tú más”. Cuando hablas para gente que no piensa o, mejor dicho, que no quiere hacerlo, es suficiente, pero si los culés se vieran como les vemos el resto, estoy convencido de que al menos dejarían de asomarse tanto a la mirilla. Desgraciadamente, llevo desde el primer día que surgió todo este caso en la prensa dando por hecho que nunca habrá ninguna consecuencia a nivel deportivo contra el Barcelona ni contra Laporta, algo que le valdrá para mantenerse como presidente de la secta blaugrana el tiempo que considere necesario. Por lo que, salvo un giro dramático de los acontecimientos, tenemos “laportismo” ladrador para rato.
Doy por hecho que nunca habrá ninguna consecuencia a nivel deportivo contra el Barcelona ni contra Laporta, algo que le valdrá para mantenerse como presidente de la secta blaugrana el tiempo que considere necesario
Vámonos ahora con el “madridista” Javier Tebas. Seguro que todos, o la gran mayoría de las personas que se encuentran leyendo el artículo en este momento, han visto alguna vez en la prensa que Javier Tebas es madridista. Que sí, es cierto que lo dice, pero ya sabemos que del dicho al hecho hay un trecho, y con alguien que es capaz de decir delante de ti que el coche rojo que estáis viendo los dos es verde, como para creerle en algo. Con
Javier Tebas me pasa algo que no sé si es bueno o malo respecto a lo que me hacen sentir los otros dos protagonistas del artículo, pero no noto maldad en él, de verdad; simplemente creo que es una persona acomplejada de sí mismo. No puede vivir sin hablar mal de Florentino Pérez, repitiendo una y otra vez que el presidente del Real Madrid no se entera de nada, no sabe de nada, como si no se estuviese refiriendo a una de las personas más inteligentes del país. Pero le entiendo.
Javier Tebas tiene controlados a su antojo a absolutamente todos los clubes de España, salvo al Real Madrid. Quizá el Athletic se podría librar de esta criba, pero como muchas veces prefiere ser gris y no blanco o negro, lo dejaremos en tierra de nadie. Recordemos que Javier Tebas llegó en abril de 2013 a razón de 348.000 euros anuales. Pues bien, a día de hoy tiene un salario base que llega prácticamente a los cuatro millones, pudiendo alcanzar la cifra de 5,5 si lograse conseguir todos los bonus posibles que computan en su contrato. Sueldo votado en una asamblea que aprueban la gran mayoría de los clubes, por supuesto. Entre trapicheo y trapicheo, todos contentos. Salvo uno: el Real Madrid, con Florentino Pérez a la cabeza. Y claro, eso le molesta.
Ahora tiene la suerte, eso sí, de que la Real Federación Española de Fútbol la dirige Rafael Louzán, o lo que es lo mismo, su marioneta, pero no se olvidarán nunca los esperpentos que ha tenido que soportar el fútbol español con aquella rivalidad e insultos que no llevaban a nada y que le mantuvieron enfrentado con Luis Rubiales, otro personaje que merecería un artículo distinto. No sé a qué persona le puede parecer normal que un cargo como el de presidente de LaLiga esté cada dos por tres en una rivalidad que ya es personal, porque ni siquiera es profesional. En este marco ya ha salido derrotado tantas veces que daría lástima rematarlo estando en el suelo, con el presidente de uno de los clubes de esa Liga que preside.
En cualquier caso, debo confesar que me divierte seguir de cerca sus derrotas. La penúltima (porque habrá más), el partido que quería hacer en Miami el señor Tebas, que tras semanas confirmando el ridículo que estaba haciendo el Real Madrid oponiéndose a tal encuentro, se chocó con la realidad: le dejaron solo, se quedó sin promotor del evento y el partido se ha terminado jugando donde debía jugarse desde el principio, en el campo del Villarreal.
debo confesar que me divierte seguir de cerca las derrotas de Javier Tebas
Entramos en el último tramo del artículo metiéndonos de lleno con el presidente de la UEFA, el esloveno Aleksander Ceferin, quien asumió el cargo en septiembre de 2016, sucediendo a Michel Platini. El mayor ladrido al que se tiene que enfrentar el Real Madrid emitido por este señor comenzó a escucharse desde el inicio de la Superliga Europea, en abril de 2021. Florentino Pérez, como bien sabemos, fue el principal propulsor de la creación de esta nueva competición, algo que enfureció, y de qué manera, a Ceferin, opuesto desde el primer minuto, argumentando que era una “traición” al fútbol europeo.
No se quedó aquí la cosa: añadió que todos los clubes y jugadores involucrados se enfrentarían a duras sanciones por parte de la UEFA. Dichas sanciones consistían en expulsar a los clubes de las competiciones europeas (Champions League, Europa League…) y a los jugadores inhabilitarlos de las selecciones nacionales. En un primer momento, pensé que estaría de broma; yo qué sé, que llegado el 28 de diciembre iba a hacer una comparecencia de prensa en la cual nos llamaba a todos inocentes o algo así, pero no. Su órdago se mantuvo firme, a la par que estúpido e ilógico.
¿Qué persona en su sano juicio iba a eliminar a los mejores clubes del mundo de sus propias competiciones y a los mejores jugadores del planeta de las selecciones? ¿Se imaginan una final de la Champions League entre el Getafe y el Le Havre, o una final del Mundial entre dos potencias, pero sin un solo jugador conocido? Por favor, es ridículo. No hay una sola televisión que fuese a pagar por tales derechos; se caerían todos los chiringuitos que rodean al fútbol y, más concretamente, la UEFA. Pero bueno, todos conocemos el significado de órdago, por lo que echarse atrás ya no era una opción para él.
Tras todo el embrollo, en diciembre de 2023, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, dictaminó que las normas de UEFA y FIFA —que exigían autorización previa para crear una competición como la Superliga y que bloqueaban su creación sin un procedimiento objetivo y transparente— eran contrarias al derecho de la UE sobre competencia y libertad de servicios. En resumen, que la UEFA, con Aleksander Ceferin a la cabeza, había abusado de su posición dominante al prohibir de manera tan rígida una competencia alternativa. Un caso más de ladrador que no muerde, de los que, en un parque, con el dueño detrás, se atreven a todo, pero que, a la hora de la verdad, siempre pierden.
No sabemos qué pasará con la Superliga, pero sí que el esloveno, tras el ridículo normativo, siempre se la tendrá clavada al Real Madrid. Igual que los otros dos personajes.
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