Buenos días. No, hoy no es 28 de diciembre, hoy no es el día de los Santos Inocentes. Las mentiras pagadas no entienden de vacaciones navideñas ni gallinas nuevas en ácido acético. Lo que sí agradeceríamos es que no fuesen tan burdas y mediocres. Mirad la portada de Mundo Deportivo.
Titulan: «Desmontando el ‘Negreirato’» y añaden: «MD enumera 100 partidos en los que los blaugrana se vieron perjudicados o sus rivales directos muy beneficiados». Aclaramos que MD significa Mundo Deportivo y no «muy deficiente», calificación que se podía obtener en tiempos de BUP si se perpetraba un examen con la inteligencia de Isaac Fouto o de Pável Fernández.
El diario de Godó, grande de España, ha decidido «desmontar el Negreirato» del mismo modo en que uno podría exonerar a Jack el Destripador enumerando los días en los que no mató a nadie. Un sofisma que solo pueden comprar mamíferos sin cerebro o personas sin actividad intelectual detectada. La falacia es tan boba y miserable que da pereza y hasta vergüenza desmontarla.
El Negreirato, el caso Barça-Negreira, no es una serie de jugadas puntuales arbitradas en uno u otro sentido.
El Negreirato, el caso Barça-Negreira, es el delito de mera actividad que supone pagar al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros un mínimo de 8,4 millones de euros durante al menos 17 años demostrado con FACTURAS.
El Negreirato, el caso Barça-Negreira, es, según el juez instructor, «corrupción sistémica» del estamento arbitral. El magistrado concluyó: «Un sistema de calificación de los árbitros tutelado por el vicepresidente Negreira que podría permitir a los árbitros afines a él dirigir partidos relevantes de Liga y Copa y partidos internacionales, o incluso mantener la categoría, aumentando así sus ingresos de manera muy importante». Y añadió: «El FC Barcelona no pagaría al vicepresidente Negreira millones de euros desde el año 2001 si no le beneficiara».
La única manera de desmontar el Negreirato sería que no existiesen las FACTURAS, hecho imposible en nuestro universo, puesto que no se puede modificar el pasado. Por mucho falso relato que quieran inocular, las FACTURAS van a seguir estando ahí para siempre. Mundo Deportivo se ha limitado a vomitar una coartada emocional subvencionada que jamás puede ocultar la verdad.
Conviene recordar que la verdad fue descubierta porque hubo un lince, o una serie de linces, que decidieron desgravarse la compra del estamento arbitral. Saltó la liebre y el fisco preguntó al Barça por el motivo de esos pagos millonarios. Ni a una ameba oligofrénica se le habría ocurrido semejante dislate.
El hecho, además, fue asumido y reconocido por escrito por el propio FC Barcelona en 2021, ya durante el segundo advenimiento de Laporta, al firmar el acta de conformidad con la Agencia Tributaria en la cual el club reconoció la liberalidad de los pagos a las empresas vinculadas con José María Enríquez Negreira como parte de la regulación con Hacienda tras la inspección tributaria.
En dicha acta, el club aceptó —repetimos, por escrito— que los pagos realizados al número dos de los árbitros españoles eran gastos sin causa objetiva o contraprestación vinculada a una actividad real.
Es decir, tanto el club, como los presidentes implicados (todos los vivos más Núñez), como su afición, como su entorno y sus paniaguados medios están contradiciendo lo que la propia entidad reconoció y firmó. Para más inri, bajo la presidencia de Laporta, cuadriplicador de los emolumentos abonados a Negreira.
Cabe añadir un «pequeño detalle»: cuando dejó de cobrar del Barça, José María Enríquez Negreira pasó a recibir dinero de Mundo Deportivo. Casualmente, en esas fechas el FC Barcelona comenzó a pagar a Mundo Deportivo cantidades elevadas.
Hoy, Mundo Deportivo amanece con esta portada peregrina en la cual no hace referencia alguna a hechos demostrables, principalmente las FACTURAS, asiéndose al pueril argumento de que, como hubo 100 acciones donde no nos beneficiaron, somos inocentes. Es decir, como Jack el Destripador pasó cien noches sin clavar el cuchillo a nadie, debe quedar absuelto por todos los crímenes cometidos.
El 16 de febrero de 2023, el día siguiente del estallido público del caso Barça-Negreira, despertó con la primera plana que mostramos a continuación. Buscad alguna referencia al mayor escándalo de la historia del deporte.
No es necesario ser Poirot para atar cabos.
Mundo Deportivo intenta confundir síntoma con delito. Como se ha repetido innumerables ocasiones, no es necesario demostrar que cada partido fue manipulado, simplemente que existía una relación económica —de nuevo las FACTURAS— entre un club español, el Barça, y una persona del estamento arbitral —Negreira— con influencia directa sobre la carrera de los árbitros: calificaciones, ascensos, descensos, internacionalidades que suponían cientos de miles de euros al año en el salario de los trencillas.
Como hoy nos hemos levantado espléndidos, proponemos al diario de Godó ideas para otros días:
Desmontando a Al Capone: los 200 días en los que no extorionó a nadie.
Desmontando el Watergate: los 100 discursos en los que Nixon no mintió.
Desmontando a Bernie Madoff: las 10 semanas en las que nadie perdió dinero.
Desmontando la Stasi: las 25 cartas que no abrió.
Desmontando a Al Qaeda: los 100 días sin atentados.
Todos comparten la misma trampa: intentar hacer creer que la ausencia de delito en momentos concretos invalida la existencia de un delito estructural.
En definitiva, hoy Mundo Deportivo, sin darse cuenta, ha demostrado el Negreirato: medios que cobran del Barça blanqueando que el club haya pagado millones de euros al vicepresidente de los árbitros.
As trata en su portada, someramente, el asunto Barça-Negreira. Recoge unas palabras de Lucas Vázquez: «Tarde o temprano se hará justicia con el caso Negreira». Lo hace de tapadillo, entremezclado con otros temas y sin darle condición de titular. Ha decidido no llevar en primera plana la argumentación completa de Lucas, mucho más dura. Por algo será.
Pasad un buen día.
Buenos días, amigos. Antes de nada, feliz Navidad, pues éste y no otro es el nombre propio que tienen estas fechas festivas. Esperamos que lo hayáis pasado razonablemente bien o en familia, y que al recibo de la presente hayáis superado cualquier exceso gastronómico propio de estas fechas y no estéis ganando peso a alarmante ritmo hasta el punto de empezar a dudar si vestiros o, directamente, tapizaros.
No es descartable tampoco que os hayáis reencontrado con familiares a los que solamente veis por estas fechas y os hayan hecho recordar el motivo de tan limitado contacto, llegando a cuestionaros si, aún tan escaso, ese contacto sigue siendo excesivo.
¿Cómo va la resaca de Nochebuena y Navidad? Nosotras lo hemos pasado muy bien, gracias por preguntar. Hemos conseguido ignorar temporalmente la Mugrienta Liga Negreira, pero hoy, en el día conocido como Boxing Day en la cultura navideña y futbolística anglosajona, sentimos la necesidad onerosa de volver a los Tebas, Louzán, Fran Soto… y Jan Laporta, de quien como se verá a continuación parece que no podemos olvidarnos jamás.
El día 26 es tradicionalmente complicado en esta sección. Hay un lío de fechas de descanso navideñas. Algunos de los rotativos cuyas portadas aquí analizamos descansaron ayer, con lo cual extienden la validez (?) de la portada de ayer a la jornada de hoy. Otros, en cambio, descansaron para el 24 y es ayer cuando no sacaron portada nueva, siendo ayer también cuando descansamos nosotros. El caso es que con los años hemos llegado a desarrollar un muy festivo sudapollismo al respecto, y el día 26 analizamos en esta sección, poco más o menos, las portadas que nos dan la gana.
Marca, por ejemplo, sacó ayer esta maravilla. ¿Qué nos decís? No por lo de Huijsen, tirado con bastante mala leche como corresponde al diario más peligrosamente antimadridista (sí, más que Sport y Mundo Deportivo, por cuanto a estos se les ve venir) del panorama mediático nacional.
No por lo de Huijsen, sino por acoger en su frontispicio el brindis navideño ni más ni menos que de Jan Laporta, en un movimiento explícito hacia el culerismo, cargado de poder simbólico, que hasta la fecha no habíamos atestiguado.
Es una cosa sin precedentes que nos produce estupor, pero que sobre todo pone encima de la mesa las cartas de cada uno. Eso siempre es sano. Que sepamos oficialmente de la nueva adscripción barcelonista de Marca es revelador y útil. Eso sí, Marca y Laporta podían también ser un poco más discretos. Son como esas parejas de adolescentes que, con las hormonas en todo lo alto, se daban el lote frenéticamente en las discotecas de nuestra juventud. Chicos, qué queréis que os digamos. Buscaos un hotel.
A nosotros esto de que Laporta felicite la Navidad en Marca nos sugiere las siguientes cosas:
Menudo 2026 nos va a tocar vivir, amigos.
Entremos ya en las portadas que sí que son de hoy, propiamente dicho. La Galerna, como la ONCE, realiza una gran labor social, y, entre otros beneficios, ahorra a sus lectores el enojoso trance de tener que enfrentarse a cabeceras inanes y con la misma carga informativa que un guijarro.
El Marca de hoy muestra a Endrick, y menciona lo difícil de su retorno cuando todavía no se ha ido. Una noticia potencialmente negativa para el Madrid, un titular con referencia cinematográfica, que no cinéfila, manido hasta el hastío y una composición que convierte en misión imposible el leerlo sin caer en la tortícolis. Gallardeces de relleno para un 26 de diciembre. No entendemos, en todo caso, qué demonios hace Endrick en Lyon, la verdad.
Prosigamos nuestra fútil búsqueda de algo mínimamente potable desde un punto de vista informativo, estético y semántico entre las cabeceras de los diarios. En As aparece un titán, un dios: don Rafael Nadal Parera I de España. Siguiendo la tradición del diario prisaico, tanto el titular como las preguntas tienen el mismo interés que una monografía sobre el ciclo vital del nematodo. Frontispicio de relleno en un erial informativo por mucho que admiremos a su protagonista. Ponemos los ojos en blanco hasta que dan la vuelta completamente y saltamos a la prensa cataculé.
El Mundo Deportivo, diario de Godó, Grande de España, se despacha con un juego de palabras digno de un alumno de segundo de primaria cuyo máximo entretenimiento sería pegarse en las uñas las pegatinas de las mandarinas. Por respeto a los lectores más sensibles y a nosotros mismos, no vamos a transcribirlo y os dejamos que seáis vosotros quienes lo miréis, analicéis e interpretéis. Dejamos las sales a mano por si hubiera algún pasmo.
Sport, por su parte, estimula el lado más esteta del Portanálisis. El lema de la Galerna es “Madridismo y sintaxis”, implicando ello la búsqueda de la belleza en la medida de lo posible. Por este motivo, la portada de Sport nos electriza. No es el personaje, Fermín, gran jugador culé. No es lo que dice, pese a su originalidad, que la Champions es su meta para 2026. Es el jersey. La prenda en cuestión es de un color celeste, claro homenaje al Celta de Vigo, con el que el jugador mantiene una cariñosa relación, quizá merced a su gusto por las nécoras o los santiaguiños. El detalle es el As de corazones a la altura del corazón, pero en un intolerable color blanco. Un corazón blanco en un culé de la Masía es intolerable. El departamento de Compliance del Barcelona iniciará una investigación a ese respecto cuando acabe con lo de pagar dos décadas al vicepresidente de los árbitros y la utilización de mano de obra casi esclava en la obras del estadio. Hacemos votos para que no haya sanción para el jugador que, a fuer de sinceros, sentado en una especie de golosinas y con ese jersey, parece el miembro de Cantajuegos que se escindió de la formación y lanza su primer álbum en solitario.
Pasad un excelente día, purgad vuestros excesos y cuidado con las prendas que compráis para combatir estos fríos, que, como habréis podido comprobar, las carga el diablo.
Feliz Navidad.
Me preguntan ahora mis nietos qué era lo que más me gustaba de la Navidad cuando yo era un chiquillo, hace una infinidad de años. No lo dudo: “Esperar la llegada de los Reyes Magos y ver, en la tele en blanco y negro, el torneo de Navidad de baloncesto del Real Madrid”.
Acuden a mi memoria nombres míticos: Sáinz, Emiliano, Sevillano, Luyck, Brabender… “¿En qué canal lo daban?”, me preguntan. “En Televisión Española, el único que entonces había”. Me miran con compasión, como otras veces. Y no les digo que, a pesar de eso, éramos muy felices, cuando ganaba el Real Madrid.
Ya espero poco la llegada de los Reyes Magos. La Navidad – reflexiono - es alegre para los niños; a mi edad, lo que nos trae son recuerdos y nostalgia, algo agridulce. Lo dice el villancico tradicional: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va”…
Mientras mi mujer prepara cosas para la cena de Navidad, me dedico yo a cerrar las cuentas, para la declaración trimestral de Hacienda. Es algo casi tan animado como ver que el árbitro no pita un penalty claro que le han hecho a Vinicius…
En estas fechas, todos tenemos más ratos libres. Suelo ocuparlos yo intentando poner un poco de orden en los cajones de mi mesa. A lo largo del año, se han ido llenando de cosas inútiles: recibos de la luz y del agua, cuentas del Banco, ofertas de medir mi audición gratis, alguna felicitación… No es lo más adecuado para traerme la tan pregonada alegría de la Navidad.
Esta vez, sin embargo, me ha dado un vuelco el corazón cuando, debajo de un montón de sobres, he encontrado una carpeta pequeña, de gomillas, de color marrón, llena de viejos papeles: el Boletín de Notas del Colegio; una estampita de Primera Comunión; unos anuncios de viejas películas, “Las cuatro plumas”, “Ivanhoe”, “Quo Vadis”… Y una sorpresa inesperada: un carnet de color burdeos, con los cantos rozados, un escudo dorado y una corona.
Aunque hace muchos años que no lo veía, lo he reconocido al instante: es mi carnet de Socio Infantil del Real Madrid… Al abrirlo, veo, a la derecha, la foto de carnet, en blanco y negro, de un niño, con jersey y corbata, como entonces llevábamos todos, que parece mirarme, con una expresión seria pero ilusionada; a la izquierda, bajo un plástico, un montoncito de recibos que garantizan haber pagado la cuota mensual de socio. Miro la fecha y casi me da vértigo.
Los recuerdos se amontonan. En el patio del Colegio, jugaba yo entonces al fútbol con una pelota de corcho y solía volver a casa lleno de mataduras. Los domingos por la mañana, mi hermano mayor me llevaba a ver partidos al campo del Productor, muy cerca de casa: una explanada con dos porterías, sin graderíos ni vallas, donde jugaban equipos de empresas madrileñas.
Años más tarde, los Reyes Magos me trajeron un balón “de Reglamento”, de cuero, con una correa, que se te clavaba, si rematabas de cabeza; también, unas botas de fútbol duras y pesadas, con tacos. Jugábamos contra los equipos de otros Colegios, en los campos de la Guindalera o del Templo de Debod: como eran de tierra, los golpes y las heridas eran frecuentes.
Mi padre nos educaba con rigor y austeridad. Más de una vez, no entendía yo sus exigencias y me enfadaba… Cuando aprobé con buenas notas Ingreso y Primero de Bachillerato, como premio, nos hizo socios y abonados del Madrid a mi hermano y a mí.
Íbamos los tres al Primer Anfiteatro, una buena entrada. Los vecinos de localidad eran señoras y señores bien vestidos pero eso no les impedía gritar y lanzar juramentos, cuando no le iban bien las cosas al Madrid. Mi padre disimulaba pero no nos dejaba usar esas palabras, por supuesto. A la salida, volvíamos los tres caminando por la Castellana, entre los gritos de los conductores de las camionetas, que indicaban a qué barrio iban.
Fui cumpliendo años, seguí jugando al fútbol y era un hincha apasionado del Madrid: disfrutaba con los pases de Rial, con las galopadas de Gento, con los regates de Marsal; Di Stéfano era mi dios. Y sigue siéndolo, por supuesto.
Me había convertido en un adolescente rebelde. Pronto, me di cuenta de que mi padre iba al fútbol por llevarnos a mi hermano y a mí. Por supuesto, él quería que ganara nuestro equipo, “el de la gente decente”, como decía, pero, durante los partidos, se aburría bastante: no había jugado al fútbol de chico, ése no era su mundo y no le divertía hablar del Madrid durante horas y horas, como yo hacía.
Con don Santiago Bernabéu y con Alfredo Di Stéfano, ganamos en París la primera Copa de Europa. Yo seguí la final por la radio, como todo el mundo. Al volver a Madrid, los jugadores desfilaron en coches descubiertos, llevando en alto la Copa. Mi hermano y yo fuimos a verlos pasar a la calle María de Molina: fue un rato inolvidable.
Como sabíamos que la final de la segunda Copa de Europa se jugarìa en Chamartín, toda nuestra ilusión era que el Madrid se clasificara. Al final, lo logró: la gente estaba loca por conseguir una entrada. Mis compañeros de Colegio me envidiaban porque sabían que yo la tenía, como socio y abonado: algunos quisieron comprármela con dinero, cromos u otros favores pero yo me negué, naturalmente.
Me había matriculado mi padre en una Academia de Francés para mejorar lo poco que estaba aprendiendo en el Colegio. (Toda su formación había sido en francés; de inglés, él no sabía ni una palabra). Allí conocí a Javier, un chico algo mayor que yo, y me hice gran amigo suyo: sus padres le dejaban más dinero y más libertad que los míos. Era listo y simpático; me prestaba tebeos y revistas; conocía a algunas chicas… En seguida, fue mi ídolo.
Una semana antes de la final, Javier me propuso que fuera al partido con él, a la entrada de Socios; de pie, naturalmente: “Donde van los auténticos aficionados, los que entienden de verdad, no como los cursis del Primer Anfiteatro”. No le dije que ése era nuestro Abono, naturalmente.
Me hacía muchísima ilusión ir con él a la final pero no sabía cómo decírselo a mi padre. Él ya nos había hablado de lo suertudos que éramos por tener buenas entradas para un acontecimiento así…
Después de varios días de dudas, decidí “coger el toro por los cuernos”, como solía decir mi padre. Le dije que me perdonara pero que me había invitado un amigo y que me encantaría ir con él a Socios.
No se me olvidará su expresión cuando me preguntó: “¿Eso es de pie, verdad?” Le contesté que sí, por supuesto. Reflexionó un poco, puso una cara que yo nunca le había visto antes y me tranquilizó: “No te preocupes, lo entiendo. Puedes ir con tu amigo. Ya encontraré yo a algún amigo que quiera venir conmigo. Espero que lo pases muy bien. Y que gane el Madrid”.
El día del partido, le encargó a mi madre que me preparara un bocadillo de tortilla; me recomendó que estuviera muy atento a las avalanchas; me despidió con un abrazo y con esta frase: “Ten mucho cuidado. Y ya sabes, ganemos o perdamos, ¡hala Madrid!”
Ganó la Copa de Europa el Madrid, a la Fiorentina, dos a cero, con goles de Di Stéfano y de Gento. En Socios, de pie, todos nos empujaban y nos abrazaban. Fue una tarde inolvidable.
Unos días después, mi padre me llamó a su despacho: “He pensado que vamos a dejar los abonos del Madrid. Ya sabes que yo no soy tan aficionado como tú. Puedes ir a Socios, con tus amigos. Además, me cansa ir al Estadio, me estoy haciendo mayor”…
Se lo agradecí y así lo hicimos. Él no volvió nunca más al estadio pero me solía preguntar: “¿Cómo va nuestro Madrid?” Hasta el día en que murió, siguió siempre los partidos del Madrid: primero, por radio; luego, cuando los daban, por televisión.
Siguió siempre preguntándome por nuestro equipo: “Tú eres más aficionado, entiendes mucho más que yo”. El Madrid era algo que nos unía, cuando bastantes cosas ya nos habían separado.
Esta Navidad, al ordenar los cajones de mi mesa y encontrar mi carnet de Socio Infantil del Real Madrid, he recuperado muchos viejos recuerdos. Son cosas que todos llevamos dentro y que nunca se pierden del todo.
Y me he hecho un propósito firme: en la cena de Navidad, les voy a preguntar a mis nietos cómo ven ellos ahora al Real Madrid…
Buenos días. Hoy no os vamos a dar la brasa más de lo estrictamente necesario con las portadas del día, pues vive Dios que andaréis ocupados con las últimos tareas preparatorios de la noche más hermosa del año. Si andáis embadurnados en la cocina dando los últimos toques al pavo, os sugerimos que os entreguéis a la tarea mientras escucháis una hermosa selección de canciones navideñas que son todas, a su manera, profundamente madridistas, en el sentido de que todo lo bueno en la vida lo es. Quizá no conozcáis alguna. Spotify paga a quien paga a Negreira, pero al no ser directa la relación comercial no creemos que haya contraindicación moral para usar sus listas e incluir estos temazos en vuestra mejor relación de canciones navideñas.
-It’s the most wonderful time of the year (Andy Williams)
-Merry Christmas, baby (Bruce Springsteen)
-Christmas (Baby, please come home) (U2)
-Merry Xmas everybody (Slade)
-Fairy tale of New York (The Pogues)
-What Christmas means to me (Stevie Wonder)
-Christmas card from a hooker in Minneapolis (Neko Case)
-Merry Christmas, Maggie Thatcher (Elton John)
-Santa Claus is coming to town (Frank Sinatra)
-Run run Rudolph (Chuck Berry)
-All I want for Christmas is you (CUIDADO, la versión de My Chemical Romance)
-Please, come home for Christmas (Eagles)
-Pipes of peace (Paul McCartney)
-Have yourself a Merry Little Christmas (Ella Fitzgerald)
-Innocent when you dream (Tom Waits)
Nos han salido 15, vaya usted a saber por qué. Felicitamos las fiestas a todo el mundo, Incluidos aquellos que cada día perpetran las portadas que aquí comentamos.
Y Feliz Navidad, por supuesto, a todos vosotros, queridos lectores. Feliz Navidad y (como remató Xabi Alonso en su última rueda de prensa del año) tranquilos .
Sábado, 19 de diciembre de 2025
¡Dios mío Santo! ¿Se puede saber cuál es la razón por la que cada año guardas las cosas de Navidad en el estante más alto y recóndito del trastero? —preguntó él desfondado, apoyando una caja de cartón de un tamaño considerable sobre la mesa del comedor.
Siguiendo mi método, bueno, adaptando el de Marie Kondo, lo que menos se usa debe quedar más oculto, y lo de uso frecuente, más a mano. Así de sencillo, todo en su sitio, ordenado.
Él la miró con resignación, era demasiado temprano para comenzar a discutir.
—¿Vas a presentar el relato a La Galerna? Yo ya he enviado el mío a primera hora.
Él sacó al Niño Jesús de su caja, lo miró con ternura y puso todo su empeño en dulcificar el tono de su respuesta.
—Pues no lo sé. Ando tarde, como siempre. No sé por qué se empeñan en hacer pública la convocatoria con tan poco margen de tiempo.
—No hay por qué esperar, yo empecé a trabajar en mi cuento a finales de septiembre.
Él se centró esta vez en la mirada de José que despertaba de su letargo anual. Si el santo pudo solventar con éxito una paternidad puesta en entredicho —pensó—, a él no iba a amilanarle el poco tiempo con el que contaba para escribir un relato de 500 palabras.
—Esta tarde me pongo.
—¿No vas al partido?
¡El partido! Andaba tan despistado como el Rey Baltasar, que acababa de liberar del papel de periódico, en su camino hacia Belén.
—Sí, claro, termino de montar el belén y me voy.
—¿Y el relato?
Ya no quedaban figuras que mirar para edulcorar su réplica.
—Soy bastante más rápido que tú escribiendo, no necesito empezar a pensar en la Navidad allá por finales de verano.
Hacía frío, pero el sol brillaba en la última tarde de otoño.
Fue con tiempo. Viajó en metro. Bajó en Concha Espina y recorrió paseando la calle homónima. Tenía la esperanza de encontrar un punto, una pequeña traza de inspiración.
Tomó un café americano, como acostumbraba antes de cada encuentro, en un bar de los aledaños del campo. La televisión retransmitía la misma información pseudodeportiva y aburrida de siempre: la crisis blanca, lo crucial del partido frente al Sevilla, Xabi Alonso… Por un momento se imaginó al míster poniendo el nacimiento en su casa, intentando asumir las críticas, aplacando la ira, como él había hecho horas antes, contemplando las dulces caras de los protagonistas del misterio. Sentía un vínculo objetivo con él; había nacido en el mismo pueblo guipuzcoano, había conocido a su abuelo, conservaba un autógrafo de su padre y, como euskaldún, llamaba jaiotza al belén.
Ni el paseo ni el café ni el informativo llegaron a inspirarle. Hubo un conato con Xabi Alonso, pero no fraguó.
El partido terminó. Parafraseando a otro ilustre vasco, el Madrid venció pero no convenció.
Domingo, 21 de diciembre de 2025.
Se levantó temprano por eso de que a quien madruga Dios le ayuda. Se sentó frente al ordenador, fue un esfuerzo baldío. Leyó el relato de ella, buscando inspiración; de nada sirvió, solo para sentir una sana envidia. ¡Cómo podía ser así de organizada!
Miró las crónicas del partido mientras desayunaba por segunda vez. Se había propuesto cuidarse antes del pistoletazo de salida de la Navidad, pero desde la Inmaculada se había sumido en un caos gastronómico del que no sabría salir a flote hasta Reyes y eso, con mucha suerte.
Abrió la página de La Galerna para cerciorarse de que había leído bien las bases del concurso, con la esperanza de que el plazo de presentación se hubiese demorado: “y se cierra el 23 de diciembre del mismo año a la misma hora”. La misma hora eran las cinco de la tarde.
No consiguió levantar ni una línea. No había esquema de juego, ni brillo, ni transición efectiva ni gol tras un argumento en profundidad, ni sorpresa en el añadido. En conclusión, la inspiración ni venía ni se la esperaba. Pensó en abandonar.
Lunes, 22 de diciembre de 2025
Sin saber cómo, se encontró de buena mañana en la salida del Metro. Enfiló la calle que había recorrido tantas veces. Recordó la explosión blanca de la busiana en el enfrentamiento de los blancos contra el Arsenal en la Copa de Europa, desde su inicio en Concha Espina hasta la Plaza de los Sagrados Corazones.
Entró en un bar que no solía frecuentar, se sintió atraído por el soniquete del sorteo de la lotería que escuchó cuando la puerta del establecimiento se abrió inesperadamente ante él.
Se acercó a la barra; sin mediar palabra el camarero le sirvió dos Aperol Spritz.
A través del espejo vio tras de sí a una mujer con sombrero, morena, de ojos profundos, sentada a una mesa, que le hizo una seña para que se reuniese con ella.
Cogió los cócteles en sendas manos, se giró sobre sí mismo y se encaminó hacia ella. Saludó. La mujer le sonrió. Dejó las copas sobre la mesa y se sentó.
Ella tomó su copa y dio un sorbo largo y pausado a la bebida. Él la imitó.
—Buenos días —dijo ella.
—Buenos días —respondió él mirando a su alrededor y percatándose de que estaban solos.
—Supongo que no sabe quién soy, aunque conozca de sobra mi nombre.
Él, un tanto confundido, negó con la cabeza.
—Tranquilícese, estoy aquí para ayudarle.
Acto seguido la mujer sacó un cartapacio y lo abrió; de él afloraron unos folios amarillentos.
—Esto es para usted. Un regalo de Navidad. Los escritores estamos para ayudarnos cuando la inspiración se va de vacaciones.
Él tomó el manuscrito y leyó en voz alta el título de la portada: Un pacto de Navidad.
—Solo tiene que teclearlo en su ordenador y enviarlo.
Él asintió.
—A cambio le pido una única cosa—manifestó ella en un tono afable—: quiero el premio, quiero la camiseta firmada.
—La camiseta es suya, señora…
Ella apuró la copa de Aperol, acto seguido rodeó su cuello con una bufanda blanca, se levantó y dio media vuelta en dirección a la puerta de salida. Antes de franquearla se giró y dijo en voz alta: “Concha, me llamo Concha Espina”.
Nadie en Palancares del Alba recordaba una Navidad como aquella, en la que el frío llegó antes que los villancicos y el silencio cayó sobre las calles como un mantel recién lavado. El pueblo entero parecía suspendido en un sopor antiguo, como si los días no avanzaran y las noches se quedaran detenidas en un resuello de escarcha y luna. Fue entonces cuando volvió Martín Santacruz, después de diecisiete años lejos de su tierra, cargando en la mirada la sombra de los que regresan sin saber si aún pertenecen al lugar que los vio nacer.
Lo primero que hizo al llegar fue empujar la puerta de la vieja casa de su abuela, aquella mujer de manos tan fuertes que podía amasar pan y esperanza con la misma facilidad. Desde el umbral reconoció el olor a madera envejecida, a limón y romero, a invierno vivido muchas veces. Pero lo que más le estremeció fue ver, sobre la mesita del salón, el mismo objeto que recordaba de niño: un pequeño belén dorado y púrpura, coronado por una estrella de blanca y por una figura extraña, un ángel con una camiseta diminuta del Real Madrid, bordada por la abuela en un gesto de humor que la familia nunca supo si era ironía o devoción.
Porque en Palancares del Alba no había religión más arraigada que el madridismo, que allí se vivía como un rito casi mitológico. Cada partido era celebrado como si en juego estuviera el destino de la vida misma. Bastaba que el equipo ganara para que los naranjos dieran más frutos, para que el pan creciera más esponjoso y para que las lluvias, siempre caprichosas, decidieran bendecir los campos. Y cuando perdía, los ancianos del lugar aseguraban haber visto al cielo volverse más gris, a las aves emigrar antes de tiempo y a la esperanza marchitarse un poco.
Martín había heredado ese fervor como se hereda un apellido. Lo llevaba en el pecho como una cicatriz luminosa, incluso cuando vivió en otros países y en otras vidas. Por eso, al ver aquel belén madridista, sintió que el tiempo lo golpeaba con la fuerza de las memorias que nunca se fueron.
Su abuela ya no estaba. Había fallecido dos inviernos atrás, mientras escuchaba un partido en la radio, celebrando el enésimo gol de un muchacho del que nadie en la familia recordaba el nombre. Pero la casa seguía intacta, como si ella hubiera salido un momento a comprar pan.
Martín despertó sobresaltado por un murmullo que no conocía. Era un sonido tenue, casi musical, como un cántico antiguo. Al abrir los ojos vio que la estrella blanca del Belén brillaba con una intensidad que no tenía explicación. La luz se derramaba por las paredes, dibujando sombras que parecían moverse con voluntad propia.
Y entonces, escuchó una voz.
— Has vuelto justo a tiempo.
No había nadie más en la habitación. Sin embargo, la luz se onduló, y de ella surgió la figura del ángel madridista, que ya no era de cerámica sino un ser vivo, con alas translúcidas que vibraban como cristales al viento. Su camiseta blanca emitía un resplandor puro, y el número diez brillaba en su espalda con un fulgor sobrenatural.
Martín no sintió miedo. Solo una nostalgia tan honda que casi le hizo llorar.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el guardián del espíritu blanco —respondió el ángel—. Y vengo porque esta Navidad tu abuela te dejó una tarea que solo tú puedes cumplir.
La casa tembló ligeramente, como si confirmara aquellas palabras.
—Palancares del Alba se está apagando —continuó el ángel—. La gente ha perdido la fe: en la vida, en los milagros y en el equipo que siempre los mantuvo soñando. El pueblo se ha quedado sin luz por falta de esperanza. Y la esperanza es como la hierba del campo: si no se alimenta, muere. Tu abuela sabía que el pueblo necesitaba un nuevo guardián. Te eligió a ti.
Martín no entendía, pero sintió un calor agudo en el pecho, como si un fuego antiguo hubiera despertado.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Recordarles quiénes son. Recordarles lo que eran cuando creían. Esta Navidad, devuélveles la luz.
Y así, la habitación volvió a ser la de siempre: oscura, silenciosa, inmóvil. El ángel se había ido, pero había dejado una estela de luz blanca que tardó horas en desvanecerse.
Durante los días siguientes, Martín comenzó a recorrer el pueblo. Visitó a los aficionados más longevos, a los niños que nunca habían visto un partido completo, a las familias que ahora vivían con una rutina sin ilusión. Les hablaba de su abuela, de las noches en que el pueblo entero se reunía en la plaza para escuchar los partidos por la radio, cuando cada gol hacía temblar las ventanas, cuando cada victoria era una fiesta y cada derrota una excusa para juntarse y consolarse. Algo comenzó a cambiar.
Primero, un niño colgó una bufanda madridista en su ventana. Luego, una anciana puso una vela en el balcón “para que vuelva la luz del espíritu”, dijo. Después, unos jóvenes desempolvaron una bandera enorme que llevaban años sin desplegar.
El 24 de diciembre, sin que nadie lo planeara, el pueblo entero salió a la plaza. Llevaban camisetas, bufandas, gorros blancos. Algunos cargaban instrumentos, otros dulces navideños, otros simplemente ilusión recuperada. Había música, risas y un brillo en los ojos que no se veía desde hacía años.
Fue entonces cuando las campanas repicaron solas, aunque el campanero juró que no las había tocado. En el cielo apareció una estrella enorme, blanca, que iluminó el pueblo con una claridad de mediodía.
Martín supo en ese instante que la misión estaba cumplida. No había hecho un milagro: solo había recordado al pueblo lo que siempre había sido.
Un niño se acercó a él y le preguntó:
—¿Esto es Navidad o es el Real Madrid?
—Es las dos cosas —respondió—. Porque aquí la Navidad siempre fue blanca, y el madridismo siempre fue liturgia.
Y mientras la gente cantaba villancicos transformados en himnos, mientras el aire frío traía olor a esperanza recién nacida, Martín sintió que su abuela lo abrazaba desde algún rincón del tiempo.
La estrella brilló una última vez, y el pueblo entero quedó envuelto en una luz tan pura que, durante un instante, pareció que la Navidad y el madridismo eran la misma devoción.
Imágenes Gemini
Queridos Reyes Magos, me llamo Leandro, y hace mucho tiempo que no os escribía. Acordaros, fue desde aquel año en el que cole; primero mi amigo Pedro, y luego también otros compañeros me dijeron que no erais reales y que los regalos que pedíamos los niños en las cartas que os mandamos por Navidad los traían los padres. Aunque he de deciros que, a pesar de dejaros de escribir, por mi parte, yo nunca acabé de creérmelo del todo.
Pero hoy, no sé muy bien por qué, he sentido la ilusión por escribiros de nuevo, y como creo que este año me he portado muy bien, quiero aprovechar estas fiestas navideñas para pediros un regalo muy especial para mí.
Veréis, queridos Magos de Oriente, os cuento el motivo y el porqué de pediros este regalo en la carta que os remito. Mi papá ha falleció, y como mi mamá también falleció hace unos años, ahora soy huérfano.
A mi madre nunca le gustó el fútbol, pero a papá sí. Él era muy aficionado. Era socio del Real Madrid. Con él he ido muchas veces al Santiago Bernabéu. Yo, al principio, no iba al campo porque me gustara mucho el fútbol. A mí lo que más me gustaba era ir con mi padre. Subir al autobús para ir hasta el campo, porque mi papá decía que luego no había quien aparcará cerca del Bernabéu, y que lo mejor era el transporte público.
Luego, y una vez en el campo, luciendo ambos nuestras respectivas camisetas y bufandas del Madrid, me encantaba vivir el ambiente tan bueno y escuchar a papá comentar las buenas jugadas o los goles del equipo, con los otros aficionados de los asientos vecinos. Luego, comernos el bocadillo en los descansos, y a la vuelta, recordar todo las anécdotas de la jornada en el viaje de vuelta a casa. Todo eso era lo que me gustaba. Era fenomenal.
Y así, partido a partido, me fui aficionando a ir al fútbol también por ver los partidos, hasta hacerme tan madridista como papá. Y como consecuencia de esa afición, como no podía ser de otra forma, ahora tengo mi habitación llena de banderas, poster y camisetas de mis ídolos del Real Madrid.
Pero claro, ahora todo eso ha pasado, ya que no tengo a mi papá para que me lleve al futbol. Por ese motivo, deseo que, de nuevo, alguien me pudiera llevar a verlos partidos del Madrid.
Ojalá algún familiar, o algún amigo o conocido de mi padre, pudiera llevarme de nuevo al estadio, y aunque ya no sería igual porque ya no estaría con mi papá, pero me gustaría poder seguir disfrutando, viendo los partidos y a los jugadores de mi club. Eso es todo lo que os quiero pedir. Ojalá, Reyes Magos, pudierais hacer posible que pueda ir de nuevo al Bernabéu.
Sin otro particular, y aprovechando para decir que os quiero mucho, se despide de vosotros, Leandro.
—¡Leandro, Leandro! ¡Vamos, levántate que ya son las 5 de la tarde! Menuda siesta que te ha echado. Venga, hombre, arriba, que van a venir a buscarte y todavía te tienes que vestir. Claro, no me oyes, porque te tienes que poner el sonotone. ¿Ya? Bien. Que te decía, que son las cinco y te tienes que vestir, que vienen a buscarte.
—¿Cómo, que quién? Pues tu nieto, quien va a ser.
—¿Qué para qué? Pero bueno, Leandro, ¿es que no te acuerdas que este domingo venía tu nieto para llevarte al fútbol.
—Pues claro que sí. Acuérdate que cuando vino el paje de Sus Majestades a la residencia le diste en mano la carta que habías escrito a los Reyes Magos. En ella, les pedias que querías ir a ver jugar al Real Madrid y así poder ver también acabado el nuevo estadio Santiago Bernabéu.
—Pues que sepas que, por tu buen comportamiento, los Reyes Magos te han concedido ese regalo, y no sé cómo se ha enterado, pero tu nieto ya te está esperando en recepción, así que date prisa.
—No, no te preocupes, que no has perdido la bufanda. No ves que la tienes puesta. Anda, anda, vete tranquilo y pásatelo bien. ¡Ah!, y que gane el Madrid.
Imágenes Gemini
En el barrio de Carboneras la Navidad duraba poco, salvo para los niños. Entre torres prefabricadas para obreros, algún colegio y el próximo polígono industrial, había poco tiempo para celebrar; sin embargo, los niños del colegio vecino, recién soltada la brida, se entregaban a feroces batallas, balón en mano, en el descampado próximo, apodado “La Cuadra” —quién sabe por qué— como si no hubiera mañana. Entre asalto y asalto, en sesión de mañana y tarde, se dedicaban a la afanosa labor de intercambiar cromos.
—Tengo a Quini repetido —decía Luis, apodado El Negro—. Te lo cambio por Satrústegui.
-No, que ese es muy malo. ¿No tienes a Rummenigge? —respondió Toni.
—Dos de Maradona y Quini por Sarabia.
—¡Hecho!
Y se volvían a casa felices, convencidos de que ni Sandokan con sus barbas y todo era tan rico como ellos.
Esos días Jose, el de la tienda de los jamones, andaba algo taciturno. Su abuelo había muerto hacía unos meses, y todo lo que le rodeaba le recordaba a él. El Agüelo Matías había sido el que le metió el virus blanco en la sangre; de muy chico le hablaba de los grandes del Madrid como si hubieran ido con él a la escuela, él que apenas pudo frecuentarla:
—Lo de Puskás era tremendo, hijo. Con lo gordito que estaba te pensabas que no iba a poder ni con su jopo. Pues cogía la pelota en la esquina del área y le pegaba cada zambombazo que los porteros ni la olían. ¿Y Kopa? Chiquinino como era, se ponía a regatear y los dejaba de culo en el campo —reía el Agüelo, feliz— no podían con él ni de dos en dos…”.
Las palabras del Agüelo Matías transitaban por su cabeza mientras Jose contemplaba el álbum de cromos que conservaba en el cajón de la cómoda, entre calcetines compartidos con su hermano mayor. Hojeaba sin mucho interés las alineaciones de la Real, el Sporting o el Valencia mientras pensaba en el último regalo: el último cromo de la colección, el cromo de Hugo Sánchez.
—Si me apruebas todo este trimestre, te regalo el cromo que te falta, hijo. Ya verás cuando tengas a Hugo Sánchez en el álbum. Lo que van a envidiarte tus amiguinos del colegio…”.
Cerró el álbum con los ojos húmedos, mientras se sentaba en la litera de abajo. Qué asco todo, pensó. Ya no tenía en casa la calidez de esas manos arrugadas, cansadas de cultivar la tierra, esa sonrisa permanente, esos luminosos ojos castaños que se iluminaban hablando de don Alfredo (siempre, siempre, se refería a Di Stéfano como don Alfredo).
—Con razón le llamaban saeta, hijo mío. Don Alfredo corría tan bien y jugaba con tanto arte que te daban ganas de cantarle. Lo veía claro cuando los demás todavía estaban colocándose en el campo. Un dios con camiseta blanca.
Se adormeció con la voz del Agüelo Matías mezclada con sus propios pensamientos. “Algún día, Agüelo, lo tendré entre mis manos. Tú y yo lo disfrutaremos juntos. Te lo prometo”.
El piso del millonario, en la calle Serrano de Madrid, estaba vacío en Nochebuena; bien lo sabía Jose, que llevaba meses acechando a la familia desde que le había echado el ojo al diamante Forlani. La familia Zaldívar se había trasladado a la finca de Toledo para pasar las fiestas, sin embargo, en el edificio, uno de esos caserones señoriales del XIX, tres o cuatro familias se aprestaban a sentarse a la cena cuando Jose se dirigió al portal, impecablemente vestido de traje y corbata y portando una bolsa de The Winery en la mano.
—¿Qué desea? —le preguntó el portero.
—Buenas noches. Vengo a cenar con los Rosaleda, del 5º piso.
—Un momento —repuso el portero— mientras levantaba el auricular.
Jose asintió levemente mientras el portero llamaba al piso de los Rosaleda. “Será un milagro que te contesten, chaval. Sobre todo después de haberles hackeado la línea hace cinco minutos” —rió para sí.
—Pues no contestan.
—Seguramente no oyen el teléfono con tanto ruido. Tanta gente en casa y Carlitos que es un trasto, pues imagínese usted.
—Claro, claro. Bueno, puede usted subir. Y Feliz Navidad.
—Gracias —respondió— Feliz Navidad.
Al salir del ascensor giró rápidamente y en silencio hacia la izquierda, donde se encontraban las escaleras que le llevaron al tercer piso, al apartamento de la familia Zaldívar. De la bolsa de The Winery, inusualmente grande para una sola botella de vino (aunque fuera del bueno) extrajo unos guantes, un juego de ganzúas y unos alicates pequeños pero fuertes. Con la linterna de bolsillo en la boca se agachó y comenzó a trabajar en la cerradura. Era una Chubb de buena calidad, pero algo antigua. No tardó más de un minuto en oír el clic que esperaba; se dirigió rápidamente al cuadro de alarmas de su izquierda y con movimientos rápidos y terminantes, cortó y empalmó los cables y desactivó el timbre de la alarma. Sólo entonces encendió la luz, comprobando que el piso estaba vacío. Sin perder tiempo, se dirigió al cuadro de Mondrian que reinaba sobre el comedor. Al descolgarlo, apareció lo que buscaba. La caja fuerte era último modelo; sabía que tardaría horas en abrirla y ni se lo planteó. En su lugar, sacó de la bolsa una jeringa de tamaño considerable llena de agua y un pequeño tubo de plástico.
Su amigo le había explicado cómo usarlo: coges el tubo, sacas la masilla y la pegas. Después le inyectas el agua y en segundos te rompe lo que sea. Qué bueno es tener amigos en una empresa de armamento, pensó. Sobre todo cuando les gusta el juego.
Tomó una pella de masilla, la pegó en la cerradura y le inyectó el agua, no sin antes pegar una bolsa llena también de agua por encima por si acaso.
De repente, como llevada por una mano mágica, la cerradura se agrietó y la puerta de la caja se abrió, inerme, ligeramente colgada de la bisagra.
Tomó la bolsa y desplegó su contenido sobre la mesa. Allí estaba el diamante Forlani; uno de los pocos diamantes azules que quedaban en España, herencia de una rica familia de la Serenísima. Exultante, se dispuso a recoger el diamante en la bolsa cuando un fugaz destello le advirtió desde la mesa del salón. Al acercarse, vio que, en una funda de plástico, había un álbum de cromos.
Sentado en la mesa de su salón, Jose prácticamente no podía creer lo que veía. Hojeaba el álbum con menguante sorpresa mientras leía los nombres de los jugadores de su infancia: Bakero, López Ufarte, Santillana…y por supuesto, Hugo Sánchez. Sonrió mientras sus ojos anegados en lágrimas de gozo contemplaban la breve figura del jugador, y pensó que a veces, la Navidad es verdaderamente blanca.
Ser bueno en algo tiene muchas ventajas en la vida pero, como todo, también inconvenientes. Nicolás casi tiene por oficio su condición de emigrante. Gran parte de su carrera profesional ha transcurrido fuera de España, trasladando el hogar, la familia, separando a los abuelos de los nietos, viviendo lejos los episodios más tristes de la vida: perder una madre, un hermano. Ya no hay cómo curar la herida más profunda; ese dolor sordo, ese zumbido en los oídos al recordar; por no haber estado, por no llegar a tiempo para un último abrazo, para que la última imagen de este mundo en esos ojos tan queridos fuera la suya.
Los días transcurren para él con el ajetreo de las responsabilidades, a veces con la sensación de que la vida es como un octógono de la UFC y el trabajo como tener a Topuria enfrente administrando golpes donde más duele, golpes que consiguen desconcertar más que dejarle KO. A veces se las apaña para esquivarlos. Algunos días se puede permitir hacer una pausa para tomar un café rápido de media mañana y estirar las piernas calle abajo, en un barrio que ya le es familiar por la costumbre. Esas veces suele dedicar unos minutos, mientras espera su expreso, a poner la mente en blanco e imaginarse ingrávido, ausente, inalcanzable para la demanda exigente de una llamada o de un mensaje electrónico. Ese instante de paz siempre le trae a la mente la misma palabra, que define su vida de manera amargamente precisa: manicomio.
Vivir en el manicomio, sobre el alambre. Un error te manda al vacío, un olvido te mete en problemas. Un mal día de insomnio con la defensa baja te puede mandar a la lona. Hay muchos ojos alrededor, demasiadas bombillas fundidas que sustituir en el mapa. Demasiado. Es demasiado.
Algunos años fueron buenos. Los niños crecían sanos forjando cada uno su carácter en libertad. Viendo el mundo con ojos infantiles. Un mundo con menos aristas. Un mundo donde las injusticias eran resueltas invariablemente por la autoridad. Un mundo que olvidaba los errores y que perdonaba las ofensas sin rencor. La sensación de ver cómo se va desarrollando la personalidad de un hijo es incomparable a cualquier otro fenómeno de la naturaleza. Ver en ellos la sonrisa, los andares o el fruncir de ceño de un familiar cercano es un espectáculo con derecho de admisión: casi sólo los padres saben disfrutarlo. Hubo un tiempo en el que las actividades cotidianas no impedían a Nicolás tener vacaciones, las preocupaciones no le quitaban el sueño y hasta podía permitirse pasar casi todos los fines de semana sin trabajar. Últimamente, la cosa está peor. La velocidad frenética del mundo se acelera insensiblemente. Ni a los pasajeros de la bestia ni a los transeúntes que la observan les importa. No hay rastro de una mirada humana, de una sonrisa o de una pausa. Ya sólo existe la velocidad.
“La vida es como una caja de bombones”, decía un inesperado sabio contemporáneo. “Nunca sabes lo que te va a tocar”. Y a veces tocan los bombones que nadie quiere, como la soledad, la distancia en el espacio y en el tiempo, la envidia, la injusticia, la mezquindad, la insidia, el egoísmo.
Nicolás divide el tiempo entre la soledad y la completitud, los meses en los que ve pasar las semanas sin una conciencia clara de la dimensión del tiempo, subido en el tren, recorriendo una vía interminable entre lejanísimas estaciones, y los que traen el regalo de los abrazos y el contacto de la piel de los suyos. Sólo quien ha descendido en solitario hasta lo más oscuro de sí mismo es capaz de apreciar el verdadero valor de un abrazo, de un beso.
Algunos días están señalados en el calendario de Nicolás. Casi siempre con regularidad, pero a veces con periodicidad incierta. Su vida se asoma por una ventana mágica para mirar un rectángulo verde. En él observa, sufre y goza a ratos que siempre se quedan cortos, de una presencia colectiva, de una suerte de espíritu tribal que le conecta con su gente, con su ciudad, salvando un espacio inconmensurable y un océano de tiempo: "Sale el Madrid a luchar, sale el Madrid a ganar...". El Real Madrid ocupa un reducto en su cabeza que nunca será vulnerable para la locura que pugna por entrar y rebosarlo todo.
Para alguien que siempre está fuera de casa, el regreso, aun cuando no sea el definitivo, es un momento de emociones fuertes. La espera, los días previos al viaje... que no se te olvide nada. Que el diablo no aparezca con su traje de ejecutivo, como aquella vez, para aplazar o para cancelar los planes. El trayecto hacia el aeropuerto, esa despedida paulatina de las calles de cada día, de las tiendas, del ruido de esa ciudad que Nicolás ha llegado a querer tanto sin comprenderla del todo. Subirse al avión para un largo viaje siempre es especial. Escuchar el idioma y el acento con el que creciste cuando te estás acomodando en tu asiento te anticipa el olor de las sábanas de tu cama, la de casa, para acostarte y el color del cielo de Madrid desde las ventanas de tu habitación.
Los anuncios de Navidad de la tele están guionizados por personas que saben bien lo que significan los reencuentros. Hacer una maleta tú solo casi nunca es para irte de vacaciones. Es una tortura comparable con machacarte el pulgar (siempre es el pulgar) con el martillo mientras intentas clavar un clavo. Estar feliz mientras la preparas equivale a sonreír después del martillazo en lugar de blasfemar. Solo lo entiende el que lo ha vivido o quien, como Nicolás, odió preparar cada uno de los cientos de equipajes que llevaron sus huesos por el mundo durante todos estos años. Llegar a Madrid en la tercera semana de diciembre, con ese frío invernal tan conocido y, si hay suerte, en un día soleado, es lo más parecido al abrazo de una madre, para un emigrante madrileño.
Esperar la maleta, recogerla, dirigirse con ella a la salida de la terminal, le va acelerando el pulso y generando una hiperventilación que le nubla la vista. El recibimiento siempre es igual en estas fechas. Los ojos se humedecen. Los abrazos se prolongan. La oxitocina le circula por el cuerpo como cuando le pusieron anestesia aquella vez. La siente entrar por el dorso de la mano y nota cómo llega a cada extremidad mientras esa paz líquida le va desconectando el cerebro, va difuminando sinsabores, bajando la tensión eléctrica de sus mecanismos de alerta y el grado de atención de los sentidos.
Cada Navidad, invariablemente, Nicolás mantiene sus tradiciones atávicas: las comidas y cenas en familia y con los viejos amigos, con quienes compartió media vida, trabajo, pandilla, ilusiones y sueños de fútbol. Dedicar tiempo a sus hobbies. Repartir abrazos. Son días sin hora, recuerdos de fechas remotas, pero tan luminosos y coloridos como si fueran recientes. No importa que se repitan cada año las mismas anécdotas, son la chimenea encendida en una noche de nevada mientras te arropas con la vieja manta de alpaca que siempre está cerca del sofá. Las reuniones familiares se suceden en los fríos días de diciembre. Nunca falta la misma pregunta de cada año para abrir el cajón del alma que guarda el puñal que debería permanecer escondido hasta después del día de Reyes: "¿...y cuándo te vuelves a España, Nicolás?"
Las luces de la ciudad brillan como siempre. Los adornos navideños despiertan el niño interior que todos llevamos dentro, aunque aborrezcas otras navidades, aunque el mundo sea el lugar punzante, vertiginoso y caótico que vemos en las noticias. Nicolás conduce, los chicos y ella hablan de otras cosas mientras el coche avanza en dirección al destino: ese parking tan especial donde te cobran cuando llegas, para no hacerte esperar a la salida. El siguiente trayecto es a pie, unos cientos de metros. Es un camino que Nicolás recorrió decenas de veces, casi siempre en volandas entre la multitud. En algunas ocasiones, durante el paseo, soñó con viajes a bonitas ciudades en primavera.
En unos minutos va haciéndose enorme, delante de ellos, el templo, con todas las luces encendidas. Siempre la misma imagen impresionante. No importa cuántas veces la hayas visto. Ahí está, como ha estado siempre, imponente, dibujándose luminoso contra el cielo de Madrid: el Santiago Bernabéu. En medio de la ciudad. Una rareza. Un lujo excéntrico en el siglo XXI sólo posible por la voluntad de un general con un corazón de oro y un puño de hierro. Y dentro del templo, el rectángulo verde. Los 105 x 70 metros más famosos del mundo. La ventana a los sueños ya no es digital. Ahora es de verdad: es aquí y es ahora. No hay una sensación que transmita más nítidamente el presente que el momento de cruzar el umbral del estadio y contemplar el interior mientras llegas a tu asiento. Es el regalo navideño que cada año trae a Nicolás desde cualquier lugar del mundo en una peregrinación casi religiosa ("de lejos y de cerca, nos traes hasta aquí"), para despedir otro año, para reunirse con su familia, para celebrar la vida, para volver a sentir que pertenece a este lugar, traiga lo que traiga el futuro. Mientras suena la música, los jugadores blancos, que brillan como los ángeles del árbol de Navidad, van caminando sobre el césped para inmortalizar la formación que protagonizará el evento del día ("ya salen las estrellas, mi viejo Chamartín") y retumba en todas direcciones una verdad absoluta y una fe imperecedera:
¡Madrid, Madrid, Madrid, Hala Madrid!
¡Y nada más, y nada más!
¡Hala Madrid!
Feliz Navidad, madridistas.
Alfonso observaba la lista de nombres sobre la mesa de la cocina con una mezcla de afecto y agotamiento. La Navidad se había convertido, a fuerza de anuncios ruidosos y luces de neón, en un inventario de objetos. Un perfume para su hermana, la última consola para su sobrino, una corbata de seda para su padre, una esponjosa bata de baño para su madre, incluso su tía política, desde Cataluña, se había colado en la lista con un lujoso pack de Aloe Vera. Mientras tachaba nombres, sintió un vacío extraño. Estaba cansado de lo efímero, de las cajas que se abren con prisa y se olvidan en el fondo de un armario antes de que terminen los brindis de enero. Estaba un poco al borde del consumismo y del corto placismo.
Se detuvo un momento y, por puro juego intelectual, se preguntó: ¿y él? ¿qué querría él? Definitivamente no quería nada que tuviera precio. Quería algo intangible. Una experiencia, algo que no se pudiera envolver.
Ese algo debía ser realmente especial. Quería algo eterno, una constante que lo acompañara desde el primer café de la mañana hasta el último suspiro de la vejez. Un maestro que le enseñara a sufrir sin desmoronarse y a reír sin soberbia. Anhelaba una escuela de valores donde la lealtad no fuera una palabra hueca, sino un código de honor; un lugar donde aprender a gestionar la ansiedad de la espera y la explosión de la catarsis. Buscaba, en definitiva, un ancla para el alma.
Miró el reloj. Faltaban pocos minutos. Dejó la pluma, apagó la luz del comedor y encendió el televisor.
Una vista aérea del Bernabeu fue lo primero que apareció en la transmisión. Impresionante estructura llena de historia hecha e historia por hacer, iluminada de manera perfecta y dejando claro su majestuosidad al ver los diminutos asistentes deambulando por sus alrededores, ya prestos a entrar. Alfonso sonrió ligeramente al ver a los relatores afuera del estadio, recordaba dulcemente una medida tomada por el club con respecto a algunos medios de comunicación. La pantalla se iluminó con el verde impecable del césped. En ese instante, el consumismo de la tarde se disolvió. La cámara enfocó a la grada: un padre le ajustaba la bufanda a su hija pequeña, cuyos ojos reflejaban por primera vez el brillo de los focos; al otro lado, un grupo de aficionados del flanco sur ondeaban sus banderas blancas mientras cantaban sin cesar, mas allá un anciano de manos nudosas lloraba en silencio, acariciando el asiento como quien toca un altar, cumpliendo el sueño de una vida entera de radio y nostalgia, a su lado, su hijo daba muestras de infinita felicidad. Alfonso sintió un nudo en la garganta. Ahí estaba la parte humana, la cadena invisible que une a los que ya no están con los que acaban de llegar.
Luego, el plano cambió al palco, donde un hombre de ademanes sobrios y mirada visionaria vigilaba su obra con la calma de quien sabe que el tiempo siempre le da la razón.
Empezó el partido. No hacían falta nombres. Vió a un extremo izquierdo, eléctrico y desafiante, bailar sobre la cal con la alegría de quien juega en el patio de su casa, convirtiendo cada regate en un acto de rebeldía contra el pesimismo. En el centro del campo, un correcaminos incombustible, un espigado de zancada infinita, se multiplicaba en cada rincón, recordándole a Alfonso que el talento sin esfuerzo es solo un adorno. Bajo los palos, un gigante, una torre inexpugnable que parecía detener el tiempo con sus manos, transmitía la paz de quien sabe que, mientras él esté allí, nada malo puede pasar. También corría un moreno impertérrito, ocupaba gran parte del engramado, estaba en todos lados, músculo y sutileza mental en proporción perfecta. Un cerebro con patas, enjuto, pequeño, pero cuyos pases milimétricos deleitaban al universo. El ariete parecía que tenía pegamento en los pies, su velocidad con el balón nunca se había visto en el Bernabéu; cada pelota que tocaba era una oportunidad para tomar aire y gritar gol hasta quedar ronco.
El juego fluía como una sinfonía de tensiones. Alfonso sufrió cuando el balón rozó el poste y gritó cuando la red se estremeció tras una jugada colectiva que parecía coreografiada por el destino. Percibió la impotencia de los jugadores merengues con algunas decisiones arbitrales y vio como seguian bregando en el campo con mucha resiliencia. También vio al director técnico dar indicaciones con vehemencia y celebrar los goles con mucha efusividad. Alfonso sintió esa ansiedad punzante que solo conocen quienes han visto remontadas imposibles, esa fe ciega que dicta que, en el Barnabeu, el último minuto nunca es el último.
Al terminar el encuentro, el resultado era lo de menos. Los jugadores se abrazaban, el público cantaba y Alfonso, en la penumbra de su salón, se quedó mirando los créditos en silencio mientras se oía el himno de la décima.
Miró de nuevo la lista de regalos sobre la mesa. Sonrió con una claridad nueva. Ya no sentía envidia por los paquetes que llegarían el día 25. Comprendió que el regalo perfecto, el que buscaba con tanto anhelo, ya lo había recibido hacía muchos años, quizás en el regazo de su abuelo o en una tarde de radio bajo las sábanas.
Tenía un maestro que le enseñaba que rendirse no es una opción. Tenía una patria sin fronteras. Tenía una emoción que no caduca y un sentido de pertenencia que lo elevaba por encima de lo material. Se sintió fuerte, se sintió honesto y pleno. Se levantó del sofá y se tomó una sopa caliente antes de irse a dormir, supo que no necesitaba pensar nada más.
El regalo perfecto, simplemente, es ser del Real Madrid.
Imágenes Gemini