Arbitró un italiano cuyas siglas son D.M. En el VAR estuvo su compatriota Marco Di Bello.
Llegó con una clara intención de ser más casero que los flanes y lo logró. Un arbitraje lamentable y asqueroso.
Listón desigual en las faltas, criterio distinto en las tarjetas y no digamos ya en las caídas dentro del área. Estaba con ganas de pitar un penalti a los encarnados desde que saliera de su casa en Italia.
La amarilla a Tchouaméni en el minuto 2, una broma. El codazo de Dedic a Vinícius, nada. Tampoco era el penalti de Bellingham a Prestianni y lo pitó. El del VAR le hizo pasar vergüenza ajena. Al final del primer tiempo, Otamendi cayó por nada ante Tchouaméni y ahí ya sabía que el VAR no podía entrar. Peligrosamente preparado su acción para decretar pena máxima. Vomitivo.
En la segunda parte acribilló a tarjetas a los blancos. Asencio dos y a la calle. Rodrygo se debió de acordar de su madre y enfiló también los vestuarios. Si caía un jugador madridista, que se levantase, si era un benfiquista, falta. Como la última de Bellingham a Aursnes que te entra la risa floja al verla. Los otros que se marcharon amonestados fueron Huijsen, Carreras y Dahl.
Una actuación de un verdadero golfo. Poco más que añadir. Omitiremos su nombre en la calificación porque ni se merece tratarle con respeto.
El italiano, DESPRECIABLE.












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