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Grandes momentos fugaces de la Supercopa

Grandes momentos fugaces de la Supercopa

Escrito por: Pepe Kollins14 enero, 2020
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En toda narración hay momentos minúsculos cargados de significación, instantes que cruzan fugaces como una estrella pero que dejan un rastro difícil de olvidar. Un partido de fútbol no es distinto. Aunque los focos se centran en la eclosión del gol, en la acción virtuosa o en el pitido que sanciona con severidad, hay pasajes de un encuentro que nos impactan por su excepcionalidad, aunque luego apenas se hable de ellos. De esta Supercopa de los invitados quedará la patada de Valverde a Morata, la celebración de Ramos tras el penalti definitivo o alguno de los paradones de Courtois, pero he seleccionado tres momentos minúsculos que me resultaron llamativos pese a su discreción.

 

La incomprensible sonrisa de Zidane

A muchos les extrañará que me sorprenda por la que posiblemente sea la pose más característica de Zidane. No obstante, la sonrisa que destaco en esta ocasión no pudo resultar más extraña. Sucedió justamente al término de los 90 minutos. El Madrid había acechado al Atleti de forma infructuosa en las postrimerías de la segunda parte. El árbitro señaló el final y los jugadores acudieron a la banda para hidratarse y recibir las instrucciones de su técnico. Entre ese corrillo formado frente al banquillo, abundaban los síntomas de agotamiento y los rostros de desconcierto por la dificultad para meterle mano a un rival correoso. Y de repente asomó Zidane pronunciando una sonrisa que pronto degeneró en una risa incontenida. El técnico francés, lejos de mostrarse tenso, parecía absolutamente distendido, propagando esa alegría entre sus jugadores, como si el resultado fuese otro o como si todavía resonase en su interior la carcajada por el último chiste que le había contado Chendo. Se trataba de una expresión no forzada que no solo no encajaba con el momento sino que contrastaba con la seriedad y concentración de sus jugadores. Pero de inmediato, como si de una revelación se tratase, muchos madridistas tuvimos el mismo pálpito sobre aquello que dominaba a Zidane en ese instante: lo sabía, sabía que íbamos a ganar, como ese demiurgo que conoce todos los hilos presentes y futuros, como aquel que sabe aquello que está por venir y el camino que lo conduce. La llamada flor, que provoca la incomprensión de todos ante la comprensión de uno. Zidane lo sabía, como supo aquella noche en Glasgow que aquel churro lanzado a la estratosfera por Roberto Carlos caería justamente donde él se encontraba en ese momento y por ello se detuvo ahí, a la espera de que bajase.

El gesto de admiración del Cholo

Pasó casi desapercibido, entretenidos los espectadores en la tangana en la que había derivado la patada de Valverde. A priori pareció un gesto paternal, pero casi que fue todo lo contrario. No era un acto de condescendencia de un adulto hacia un adolescente sino un tipo emocionado ante la contemplación de una patada que le había hecho rejuvenecer treinta años. Muchos no lo sabrán, pero en sus tiempos de jugador el Cholo tenía un ritual cada vez que se enfrentaba a un rival debutante, por lo general canterano, cuya calidad le había aupado al primer equipo, a pesar de su tierna juventud. Antes de que hubieran transcurrido quince minutos, el Cholo ya le había partido en dos con una patada estremecedora. Era su saludo de bienvenida a Primera División que bastaba para que el chico no volviese a pedir el balón hasta el pitido final. Si el Cholo futbolista se enfrentase hoy al Barça, el equipo culé jugaría con cuatro delanteros al cuarto de hora: Messi, Griezmann, Ansu y Fati.

Con la patada de Fede Valverde a Morata, el técnico del Atlético de Madrid no pudo reprimir su querencia por el deber cumplido, por esa patada eficaz que luego confesó “había ganado el partido”. Y observó como el pajarito pasaba frente a él, como lo hace un soldado en pleno desfile. Y entonces lo tocó, como toca un fan al cantante de rock al que admira, a la salida del hotel. En aquel momento, mientras las críticas a la fealdad de la entrada resonaban en las televisiones y las radios, el Cholo hubiera dado un reino por haber tenido, ¡por haber sido!, ese jugador.

 

La trayectoria de Rodrygo

No me refiero a la progresión deportiva del santista sino a la carrera que inició Rodrygo Goes justo antes de golpear el penalti. El disparo resultó ya de por sí llamativo, pues no es normal que se ejecute una pena máxima con un trallazo por la escuadra, como si uno se creyese Puskas renacido, con 19 años recién cumplidos. ¿Se trataba de arrojo o de inconsciencia?

Acostumbran los futbolistas a realizar una carrera corta, al trote y en sentido recto, por lo general solo dos o tres pasos, antes de chutar. La carrerilla de Rodrygo no fue recta sino pronunciadamente curva. Fueron siete pasos que se iniciaron yéndose en dirección a la banda, donde se encontraba el árbitro que, como el resto de los que estábamos viendo la acción, debió pensar “¿A dónde va este tío?”. Pero pronto, Rodrygo viró su rumbo en dirección, de nuevo, a la pelota, como si fuese Alberto Tomba en un slalom gigante. El desconcierto fue tan generalizado que el propio Oblak se movió en dirección a la salida y luego no logró reaccionar ante el derrape del brasileño, que por la decisión del movimiento pareció tenerlo tan claro, como si estuviese acostumbrado a practicarlo en el sambódromo. “¿Cómo voy a tirar un Panenka después de esto?” debió pensar Sergio Ramos.