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La encrucijada del Madrid posjerarcas

La encrucijada del Madrid posjerarcas

Escrito por: Pablo Rivas17 enero, 2026
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Siempre me ha resultado curioso comprobar cómo cada historiador o periodista que se pone a juguetear con la transición española tiene su propio criterio hasta a la hora de establecer la duración de la misma. Si su inicio ya da pie a controversia —a menudo lo sitúan en 1975, la fecha de la muerte de Franco, aunque ¿acaso no sería más correcto considerar como el origen el día de la aprobación de la Ley para la Reforma Política?—, con el final muchos se permiten auténticos ejercicios de creatividad: se admite 1978, por la Constitución, pero también 1981, por el intento de golpe de Estado, e incluso 1982, con la llegada al poder de los socialistas. Hasta hay quien se ha atrevido a mencionar 1996, aprovechando la vuelta de la derecha al gobierno, en un barroco cierre simbólico del círculo. En cualquier caso, todo voluntarismo imaginativo tiene límites, y el chicle no admite más estiramientos: por más que haya quien se divierta hocicando en el pasado, nadie puede dudar de que la transición se acabó, y de que ahora, con todas las limitaciones y matices que se quieran, el pueblo español es dueño de su destino.

Esta dificultad para la fijación de una fecha final de la transición permite establecer un paralelismo, no especialmente halagüeño, con el Madrid de los últimos años. Si nos ponemos introspectivos en plan Zavalita, cambiando la avenida Tacma de Lima por la Castellana, podemos preguntarnos en qué momento se terminó —Zavalita hubiese empleado otro verbo— el Madrid de los Jerarcas. Hubo quien lo vaticinó con la marcha de Cristiano en 2018, pero sin duda constituyó una precipitación: al fin y al cabo, el núcleo duro del vestuario se conservó casi al completo. La partida de Ramos, el jerarca por antonomasia, tampoco resultó decisiva: la Catorcésima vino solo un año después. Servidor, benzemista impenitente, se ve tentado de colocar el obituario con su peregrinación a Arabia; mas sería injusto a todas luces, pues los faros de Kroos y Modric aún nos iban a regalar otro doblete magnífico. ¿Podemos, entonces, concluir que el ocaso de Lukita implica el Requiescat in pace definitivo? La realidad es que, por más que los poetas y los periodistas —y, peor aún, los periodistas que se creen poetas— se empeñen, nunca hay un día concreto señalado en el calendario: el fútbol no obedece a decretos solemnes, sino a la lenta erosión del tiempo. Los Jerarcas se fueron a sorbos, con cuentagotas, dejando la engañosa sensación de que aquello podía prolongarse un poco más, de que siempre quedaba uno para sostener el edificio. Sin embargo, de la misma manera que ya nadie lógico puede sostener que continúe la transición española, también podemos afirmar que de ese Madrid ya no queda rastro. Un Madrid que fue, antes que nada y por encima de todo, una asombrosa acumulación de jugadores extraordinarios. No únicamente en el sentido publicitario del término: también en el más exigente. Fueron futbolistas con una calidad técnica superlativa, pero al mismo tiempo con una inteligencia competitiva que les permitía gobernar los partidos sin necesidad de manuales. Su jerarquía no emanaba del brazalete ni del volumen de su voz; más bien de la certeza compartida de que, llegado el momento decisivo, sabrían qué hacer.

Zidane y Ancelotti tuvieron la sabiduría suficiente para entender que a aquellos hombres no se les debía encorsetar. La táctica era necesaria, por supuesto, si bien siempre como  marco flexible, incluso como cortesía, antes que como camisa de fuerza. En última instancia, ellos resolvían a base de talento, compromiso, responsabilidad y una lectura del juego que convertía a casi todos los rivales en un problema menor.

Ese mundo, insisto, ya no existe. O, al menos, no existe tal y como algunos se empeñan en recordarlo. El error —humano, comprensible— consiste en creer que la jerarquía se hereda y que basta con haber estado allí para asumir el rango. Unos cuantos jugadores actuales, por otro lado magníficos, se creen merecedores del apelativo de jerarcas porque crecieron a la sombra de los auténticos, y reclaman idéntico margen de maniobra, aunque —visto está— no ofrezcan la misma
solvencia. Conviene no confundir la libertad con el derecho adquirido.


Llegados a este punto, se abre una encrucijada. El Madrid debe decidir qué quiere ser ahora, cuando el pasado ya no responde al teléfono. Puede intentar construir un nuevo equipo de puros jerarcas —quizá con algunos de los que están, más otros que vengan—, capaz de volver a imponerse desde el descomunal talento, y permitiendo al entrenador ese lujo rarísimo en el fútbol actual, que es la libertad táctica. O también puede, tras la resignada asunción de que la genialidad escasea, optar por un proyecto distinto: uno en el que el técnico mande más, explique más, corrija más. Un proyecto en el que el vídeo del rival no sea una molestia y el trabajo sin balón no se perciba como una pequeña dosis de humillación.


No hace falta ser un lince para adivinar que este segundo camino resulta incómodo para quienes vivieron la época dorada. Estos días se ha dejado caer que a muchos les fastidia que les hablen de mecanismos, de ajustes, de retornos… Quizá les desagrade el estudio minucioso del adversario no por pereza, sino porque rompe cierta infantil ilusión de superioridad natural. Seguramente haya en ese vestuario quien recuerde un Madrid que ganaba porque era mejor antes que por ser más aplicado. Una visión benevolente del asunto nos puede sacar una sonrisa de empatía: algunos de nuestros jugadores parecen tan forofos como nosotros. El problema es que esa nostalgia y ese idealismo ya no gana partidos.

Ser o no ser en Albacete
Soy consciente de que los intentos de modernización no han sido indoloros. Xabi Alonso, con su inicial —y posteriormente diluida— obsesión por el orden, la ocupación racional de los espacios y la disciplina pizarril, encarnó al principio cierta voluntad de adaptación a un fútbol cada vez más trabajado. Su propuesta, sin embargo, encontró resistencias en algunas actitudes, y todo derivó en una convivencia tensa. Arbeloa, como hombre de club, tiene ante él una disyuntiva dificilísima. No obstante, es el club el que, a fin de cuentas, tiene que decidir el rumbo a medio plazo. Apostar por la reconstrucción de una nueva plantilla de genios irrepetibles o dar un vuelco a ese modelo. No hay una respuesta evidente, como no la hubo en la transición española ni en ninguna que merezca tal nombre. En el Madrid nada está atado, ni mucho menos bien atado. Pero no es tolerable el recrearse en el pasado. Hay chicles que no admiten más estiramientos. Y clichés que tampoco.

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10 comentarios en: La encrucijada del Madrid posjerarcas

  1. La transición fue dirigida desde fuera. ¿Es Anas Laghrari el nuevo Kissinger? Ahí dejo una idea de artículo para algún atrevido de La Galerna.

  2. Abucheos al salir los jugadores al campo y al volver a vestuarios. Pitos en especial a Vinicius y Bellingham. Y pañolada. Poco para lo que se merecen. Y al de arriba por ahora nada. Todo llega.

  3. Quizá mi comentario fuese demasiado largo aunque, a veces, se leen auténticas peroratas interminables de los antis...
    Háganse mirar lo de la moderación de comentarios.
    Saludos.

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