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El hombre que susurraba a las Copas de Europa

El hombre que susurraba a las Copas de Europa

Escrito por: Antonio Valderrama8 junio, 2016
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Una semana antes de la final de la Copa de Europa, el Cholo Simeone concentraba a su equipo en algún lugar recóndito e inaccesible, como los campamentos de Al-Qaeda en Afganistán. Les hacía mear sangre y comer alambre de espino, y como Clint Eastwood en El Sargento de Hierro, cuando sus muchachos se quejaban con el cuerpo molido de los madrugones para correr 60 kilómetros entre montañas lunares como el Mont Ventoux, les advertía: “¿Creéis que un madridista va a mirar la hora que es para meteros una bala entre las cejas?” A la misma hora, Cristiano Ronaldo aparecía en Instagram repatingado en su piscina infinita, tomando el sol; Sergio Ramos subía una foto con Lucas Vázquez, Keylor Navas y Luka Modric en su finca de Camas. La preparación militar atlética contrastaba con la absoluta relajación pública de los madridistas, quienes dieron así la primera estocada al toro de la Undécima: el control psicológico de los tiempos pudo muy bien desquiciar a una plantilla que venía de perder cruelmente una final en Lisboa. Ahora se enfrentaban a los mismos fulanos, quienes no mostraban la más mínima preocupación horas antes del partido más importante de los últimos dos años. Puedo imaginarme un sudor frío recorriendo el espinazo de los rojiblancos. Es probable que las terminaciones neuronales de Juanfran Torres empezaran a fallar micropenaltis dentro de su cabeza desde ese preciso instante, y de manera ininterrumpida, hasta el sábado 28 al filo de la medianoche.

piscina sergio ramos

Esta foto simboliza un proceso largo y difícil: el que ha convertido a Sergio Ramos en el hombre que susurra a las Copas de Europa. Durante más de una década, ha sido vilipendiado, criticado, ensalzado y satirizado de cuantas formas puedan imaginarse. Comparado con Maldini y Fernando Hierro primero, despreciado con el anatema terrible de ¡sobrevalorado! después, Ramos aprendió a escribir la Historia a su modo natural, que es, por supuesto, a cabezazos. Dados y recibidos. En Munich se rompió la nariz; fue la primera vez que lo eliminó el Bayern. Allí le anularon un gol legal, que hubiese valido la clasificación: 4 años después, frente al mismo rival, falló el penalty decisivo de una tanda que apartó al mejor Madrid de Mourinho de la final anhelada. Ha sido expulsado más de veinte veces en partido oficial, la cuenta de sus errores tirando el fuera de juego durante un lustro es interminable, y aparece en el retrato de dos derrotas históricas frente al Barcelona en el Bernabéu: tirado en el suelo a mil leguas de viaje submarino de Ronaldinho, en el 0-3 de 2006, y ardiendo más allá de Orión tras la espalda de Henry, en el 2-6 de 2009.

Sin embargo, Sergio Ramos es también el protagonista de todos los grandes partidos del Real Madrid moderno, y el protagonista indiscutible de tres noches que sobrevivirán la memoria colectiva de los madridistas que las vivieron: el 0-4 de Munich, la Final de Lisboa y la Final de Milán. Como Sergio Ramos contiene dentro de sí una paradoja indescifrable, que lo hace incluso más fascinante que sus cualidades como superhéroe balompédico, esos tres partidos coronaron con una leyenda inmortal sus dos peores temporadas como futbolista profesional. Pero con la primavera, el héroe florece. Más alto que Fernando Hierro, aspirante claro a ingresar en el once histórico de la competición más grande y hermosa del fútbol mundial, Ramos se ha superado a sí mismo exhibiendo la naturaleza de condotiero que siempre hizo reinar a los monarcas del Madrid: un ansia caníbal de victoria, una sed de gloria que parece sacada del discurso de Al Pacino en Un domingo cualquiera. Pero su manera de interpretar el momento en las cumbres y las necesidades del equipo cuyo brazalete portó en Milán, son reales, no figurados. No cine, sino verdad, verdad de Camarón pues Ramos jugó en San Siro cantando que hasta el último hervor de su corazón, iba a vencer a sus enemigos. Que eran los del Madrid. Desmintiendo los pronósticos, e incluso la lógica, reescribió junto a sus compañeros el final de una temporada que empezó con un aire tan fúnebre que el Real parecía un entierro pomposo y frívolo. Pero así se hizo siempre la Historia del club que es Historia andante; con lo indómito del fútbol antiguo y la técnica del fútbol nuevo, Ramos es ya un jugador-nación como los que trajeron al Madrid de vuelta tras un sueño de 32 años.