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El escándalo del Palau

El escándalo del Palau

Escrito por: Mario De Las Heras30 diciembre, 2019
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Estas palabras que siguen no van a expresar una idea o contar una historia, sino que van a tratar de descubrir algo. Es un intento de que el tecleo acabe dándome una respuesta sobre lo que vi ayer por televisión, transmitido desde el sin par Palau blaugrana.

Yo a este lugar siempre lo he tenido por el hermano feo de otros palacios catalanes. Es como si el Palau fuera un Palau que viviera entre las sombras, sucio y deforme (no digo que lo sea, sólo que así se me ha representado siempre), y se alimentara de la sangre de las alimañas del pantano como el vampiro Lestat en sus horas más bajas.

El Palau siempre me ha parecido una oquedad, una cueva oscura sin fondo, decorada con las más falaces y subversivas pancartas, en cuyas gradas el público se me presentaba como una masa difuminada, como extras impersonales, pequeños individuos animados a modo de relleno, como si el verdadero ser fuera el propio Palau en su forma grotesca, una suerte de monstruo de la ciénaga de los pabellones deportivos.

Yo estoy tratando de encontrar algo. Trato de saber qué es lo que vi ayer en la tele desde ese sitio infame. Porque aquello no fue un partido de baloncesto. Allí estaba Mirotic, ese hombre desnortado, ese jugador echado a perder para siempre, ennegrecido por fuera y por dentro, seducido por esa oscuridad palaciega. Es fuerte la llama del Palau en él, porque es como él. Se le ve el cuerpo, pero no la cabeza tan alejada, tan metida en la oscuridad.

Yo lo conocí de joven. De niño, se podría decir. Lo conté aquí. Él era blanco e impoluto y yo nunca había visto un gesto tan paternal, tan familiar, tan cariñoso y cuidadoso como el que tuvo con él Alberto Herreros hace ya muchos años. Era como su hijo. Yo lo miraba ayer y sólo podía sentir vergüenza ajena. Esas formas, esos gestos de pobre patán ensoberbecido que daba vueltas en una olla para caníbales.

Era la expresión del odio y de la envidia más visibles. Y cuánto más visibles eran, mayor era la admiración que le profesaban a través de los micrófonos el locutor, Carnicero, y los exjugadores y comentaristas: Amaya Valdemoro y Roger Esteller. Lo representado ayer por los tres bien pudo ser un hito de la desvergüenza. Un insulto inaudito, por la largura alcanzada, a los telespectadores.

A mi siempre educado y cortés y admirado amigo Alberto Cosín le salió de modo espontáneo que había miles de eyaculaciones menos sonoras que Esteller comentando una canasta del Barsa. Acertada apreciación por lo sórdido. Y no sólo eso. Además de los “¡oh!”, "¡ah!" o "¡uh!" del ínclito terceto instrumental a cada acierto barcelonista, por nimio que fuera, subyacía la inexistente calidad. La ausencia total de propiedad y de cultura.

La parcialidad descarada en cada comentario, en cada pobre chascarrillo. Era como ver un linchamiento. El linchamiento malvado, y de vulgar ejecución, de un Real Madrid víctima, fundamentalmente, de sus errores no habituales. que no eran tales sino la orgásmica (a tenor de los gritos y jadeos que se escuchaban) demostración baloncestística del equipo local.

Daba grima asistir a la abierta celebración de semejante camarilla durante los últimos minutos del partido ante la clara victoria barcelonista. Es como si se hubiera pasado a otra dimensión en la narración deportiva y se pudiera ver en ella lo que nunca se debe hacer que sin embargo se produce, cada vez con mayor libertinaje.

Un amigo tuitero, José Manuel Sabaca, me decía que todo aquello parecía un anuncio de sex shop. Y desde luego era sicalíptico. La pérdida total de las formas. El abandono del rigor y la triunfal huida de la profesionalidad. Esa es la otra dimensión. No había voces imparciales y sabias y con el timbre adecuado como sería de esperar (en realidad, no sé por qué se debía de esperar, a estas alturas). Hay ruidos. Extraños sonidos guturales emitidos sin conocimientos, ni dicción, ni vocabulario alguno, e infestados de tópicos mal entendidos y usados. Es la plaga de las narraciones futboleras que se extiende por todas partes.

Yo esperaba encontrar alguna respuesta después de unos cuantos cientos de palabras, pero sigo igual que al principio. Puede que más confundido. No sé lo que era todo eso (el Palau como ente, Mirotic y todo el Barsa burdamente alabados por la locución, todos juntos y removidos en una especie de pesadilla contra la más sencilla virtud) No se puede saber. No sé lo que ha sido ese engendro emitido por televisión. Quizá haya sido eso mismo o la penúltima demostración de un viaje sin retorno.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

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