Cartas de un madridista millennial
Hola de nuevo:
Quería dejarlo pasar, puesto que ya hemos tratado el tema en otras ocasiones (https://www.lagalerna.com/cartas-de-un-madrididista-millennial-el-madrid-siempre-robando/ ), pero esta vez el ruido de la polémica ha resultado más insoportable de lo habitual. Suele ocurrir cuando anda por medio esa plañidera institución que responde al nombre de Atlético de Madrid. Transcurridos varios días del derbi, el CM del club continuaba desgañitándose ( https://x.com/Atleti/status/2037228850619330864 ) desde las cuentas oficiales en las redes sociales. Cuentas oficiales que, conviene recordar, hacen mutis por el foro desde que comenzó la escandalosa instrucción del caso Negreira. Únicamente lo recalco porque estarás conmigo en que la comparativa es una de las principales bases del conocimiento.
Por otro lado, también sabes de sobra que la tendencia a la empatía constituye uno de los rasgos de mi carácter. Hasta el punto de que, al inclinarme por una opción en un dilema, de inmediato la alternativa empieza a seducirme con sus argumentos, impidiéndome alcanzar el reposo de la certeza absoluta. En el caso del partido del otro día, reconozco que un servidor pensó de primeras que no había ningún penalti de Carvajal a Marcos Llorente. Me basé principalmente en que el converso rojiblanco era quien había pisado al capitán del Madrid una vez que ya había disparado a puerta, con el balón sin posibilidad de ser disputado. Se trataba, entonces, de una acción etiquetada como residual, por emplear el término acuñado por esa legión de pedantes que ahora pretenden otorgar densidad semántica a sus descripciones de lo obvio. Sin embargo, con posterioridad me mostraron una de esas circulares con las que los jefes de los árbitros manosean el reglamento (https://rfef.es/sites/default/files/circular_3-1.pdf ), en la que se afirma que “si el contacto posterior produce un impacto que se considere temerario, debe sancionarse como penalti”.
¡Ah, las circulares, esas fabulosas simientes de la arbitrariedad! En la práctica se interpretan de modo tan desigual que antes que circulares deberían llamarse elípticas; no solo por el chiste geométrico, también en tanto en cuanto actúan como una figura literaria. ¿Acaso no debemos considerar una elipsis, en este caso narrativa, que esta norma no se aplicase a la acción de Gorosabel sobre Mendy https://cadenaser.com/programa/2020/09/20/carrusel_deportivo/1600632596_599391.html) en San Sebastián, aquel año en que perdimos la liga pospandemia por un mísero punto en favor de, precisamente, el Atlético de Madrid? ¿No demostró Soto Grado un dominio de la elipsis cuando pasó por alto aquel sellado —contundente, como de funcionario compulsando un formulario— de los tacos de Torró en el gemelo de Vinicius (https://www.eurosport.es/futbol/la-liga/2021-2022/laliga-real-madrid-polemica-vinicius-reclamo-penalti-por-un-pisoton-en-el-area_sto8605112/story.shtml ) en un Real Madrid-Osasuna? En cualquier caso, poco importa la contradictoria jurisprudencia: como subrayé antes, uno asume que la verdad a menudo tiene un pie en el campo del adversario y se deja convencer con facilidad, de forma que no me costó demasiado aceptar que, observada desde la nueva perspectiva, la jugada del derbi podría haberse considerado como penalti. Así pues, el arbitraje había sucumbido al sempiterno tópico del reparto de errores: una posible pena máxima no señalada a los colchoneros y una expulsión exagerada en contra de los madridistas. Ahora que estamos en fechas propicias para ello, la referencia bíblica salía sola: quien esté libre de pecado, etcétera, etcétera.
esa despiadada búsqueda de venganza, por encima de los hechos objetivos y de cualquier realidad verificable, encaja perfectamente con el sentir antimadridista. El de quienes están cobijados por una supuesta fe verdadera, que no es otra que el odio al blanco
Sin embargo, mi salomónica conclusión quedó sepultada por el acostumbrado torrente —nunca mejor dicho— de bilis antimadridista. Comme d’habitude, los antis pasaban por alto cualquier acción interpretada en contra del Madrid y voceaban, inmisericordes, por la injusticia cometida. Me reprocharás un exceso de candidez, pero prometo que no por esperable deja de sorprenderme su desvergüenza analítica. En un nuevo ejercicio de empatía, mi espíritu evocó a aquel pintoresco presidente de la Federación, Ángel María Villar, al que atribuyeron la famosa sentencia, tan taxativa que parece un versículo del Evangelio: «¿Qué más quieres que te dé?», supuestamente dirigida a uno de esos presidentes barcelonistas que pagaron al vicepresidente de los árbitros —han sido tantos que, comprenderás, resulta imposible acordarse de a quién exactamente—. El cuestionamiento de la insaciabilidad anti es pertinente. ¿Cómo puede uno convivir con esta gente, a la que todo daño al blanco le parece poco, y a la que cualquier interpretación gris que caiga del lado opuesto le supone un agravio irremediable?
En Semana Santa, incluso los ateos pueden encontrar referencias en el Nuevo Testamento. En Marcos 4:25, por ejemplo: «Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará». Cuando era niño e iba a la iglesia, escuchar aquella sentencia me provocaba cierto desasosiego: semejante rigor implacable me parecía lindar con la crueldad, y casaba poco con el amor y el perdón que se predicaba en la mayor parte del resto de episodios mencionados. Sin embargo, esa despiadada búsqueda de venganza, por encima de los hechos objetivos y de cualquier realidad verificable, encaja perfectamente con el sentir antimadridista. El de quienes están cobijados por una supuesta fe verdadera, que no es otra que el odio al blanco.
No quisiera que el final de esta misiva te deje con mal sabor de boca. Es sabido que, tras la muerte de Jesús, hubo varias comunidades judeocristianas que se disputaron la transmisión de la doctrina. La Iglesia de Jerusalén, comandada por Santiago el Justo, Pedro y Juan, demostraba una severidad notable en el cumplimiento de la liturgia y los ritos, heredera de la ley judía, muy atenta a los detalles. Por otro lado, su coetáneo Pablo de Tarso era mucho más indulgente—¿en qué medida somos esclavos de nuestros nombres?— en sus homilías por el Mediterráneo: mientras se cumpliese el mensaje de amor al prójimo, qué más da si un prosélito se circuncida o no, o qué tipo de carne se coma (https://es.wikipedia.org/wiki/Incidente_de_Antioqu%C3%ADa ). No hace falta mucho esfuerzo de imaginación para cuál de los dos talantes adjudicar al madridismo y cuál al antimadridismo. Más aún cuando se conoce el final de la historia: la versión de Pablo alcanzó la hegemonía mundial y la Iglesia de Jerusalén se diluyó en el desierto como consecuencia de la guerra judeo-romana, finiquitada por un general y posterior emperador llamado, lo que son los azares de la vida, Tito.
«No juzguéis, y no seréis juzgados. Porque con la medida con que midáis se os medirá». Habitualmente es difícil estar a la altura, pero se intentará. Porque lo de amar a los enemigos me parece imposible. En unos días viene el Bayern.
Cuídate. Volveré a escribirte pronto.
Pablo.















Buen texto, gracias.