Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Corazón tan blaugrana

Corazón tan blaugrana

Escrito por: Jesús Bengoechea11 diciembre, 2019
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

En la novela Corazón tan blanco, del muy madridista Javier Marías, hay un hilarante capítulo que relata el primer encuentro entre el protagonista y la que luego será su mujer. Él trabaja como traductor en visitas oficiales, cumbres de jefes de estado y demás eventos del más alto nivel. La escena tiene lugar en un encuentro entre dos presidentes de gobierno de dos países limítrofes. El protagonista está sentado entre ambos ejerciendo su labor, pues no hay ningún idioma común a ambos mandatarios. Hasta que leí Corazón tan blanco, yo no supe que en estas situaciones hay siempre una cuarta persona, cuya necesidad es en realidad de cajón si uno lo piensa: otro traductor que, desde un segundo plano y generalmente en silencio, vigila al primer intérprete para velar por la precisión en su labor.

En la novela, ella le vigila a él. No se conocen, pero la situación creará una complicidad que terminará meses más tarde en el altar. Él empieza a extralimitarse en sus funciones, en parte por puro aburrimiento, en parte para captar la atención de ella jugando al límite. Es un sofisticado juego de seducción. Por ejemplo, él se inventa que un jefe de estado, en su idioma, le ha dicho al otro cosas como:

-Le agradecería que dejara de hacer ruido con las llaves que lleva en el bolsillo, por favor. Es muy molesto.

Al comprobar cómo ella no interviene, a pesar de que esa sería su obligación, él constata que la seducción está funcionando. Él no puede verla a ella, a quien los tres involucrados en la charla están dando la espalda, pero en ese silencio regocijante constata el traductor benignamente fraudulento que el cortejo a seis manos (o a tres gargantas) va por la senda correcta.

Esta situación del traductor vigilado me recuerda mucho al VAR. Alguien (en este caso un árbitro) lleva a cabo su trabajo bajo la supervisión de otro de su condición (otro árbitro, en este caso ayudado por la tecnología). Si el árbitro de campo comete un error, se supone que el árbitro del VAR debe corregirlo. Digo “se supone” y creo que digo bien, pues ya dijo Velasco Carballo que una de las prioridades del juez del VAR es reconvenir las menos veces posible al trencilla principal, un poco como si el traductor-supervisor tuviera la orden de no turbar en demasía la labor del objeto de su vigilancia, con independencia del desastre que una mala tarde por su parte pudiera obrar en la relación bilateral entre ambas naciones.

Por supuesto, se trata de un patrón tan abierto a la seducción entre árbitro principal y árbitro del VAR como lo está el juego psicológico entre uno y otro traductor en el relato de Marías. El árbitro de campo puede pulsar la tolerancia (y/o el amor) del juez del VAR a base de tomar decisiones deliberadamente erróneas. Así se pondría a prueba, en silencioso pulso preapareatorio, el interés erótico-amoroso existente en esa tensión sexual no resuelta, o no por el momento.

Entre Hernández Hernández y De Burgos Bengoetxea, sin embargo, nada de esto hace falta. Si el partido finalmente se celebra, llegarán al Camp Nou (el primero como colegiado principal, el segundo como responsable del VAR) en perfecta comunión amorosa, o al menos en la más inmejorable sintonía de medios y fines. Tanto el canario como el otro (que ni es de Burgos ni es Bengoechea, al menos no un Bengoechea de la rama de mi familia) han dado sobradas pruebas de remar en la misma dirección. No será preciso el cortejo, dado que ya vienen cortejados de casa.

No hay seducción sin misterio, y en este caso el misterio no ocupa lugar. Sí Hernández Hernández decide pitar penalti en una patada de Jordi Alba contra el césped, casi podemos asegurar que De Burgos no enmendará el fallo. Si Hernández Hernández tiene a bien dejar seguir a Suárez tras alevosa patada a Varane, y la cosa acaba en gol del Barça, es altamente improbable que De Burgos se lo discuta. Si el canario opta por anular un gol a Bale por ser más alto que el propio Alba, se nos antoja ilusorio pensar que su supervisor le reconvenga. Como poder pasar, puede pasar. Citaremos al maestro Sabina para concluir con aquello de que cosas más raras se han visto, como aquel verano que no paró de nevar.

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea