Pues sí: el Madrid empezó a despedir septiembre palmando en fútbol y baloncesto. Coño.
Dolorosísimo lo primero, primer título que voló lo segundo. No llegó el consuelo entre canastas. Pero sí, yo no cerraría el Madrid, al menos de momento. Consejo aconsejable: paciencia.
Veo coincidencias más allá de la derrota en ambos equipos. La mayor que afrontan un periodo de renovación profundísima tras cerrar dos etapas gloriosas de emociones, juego, títulos, jugadores y técnicos. Y esos cambios jamás fueron coser y cantar. Ese detallito a muchos se les escapa.
Laso-Mateo fue una continuidad, ahora está Scariolo. A Zidane-Ancelotti les ha seguido Alonso. Carroll, Rudy, el Chacho, Poirier, Musa, Kroos, Casemiro, Modric, Cristiano, Bale, Marcelo, Benzema, Ramos, ¡Doncic!… Esos y otros muchos están en la Historia del Madrid y del Deporte. O sea, no siguen en el club.
Sí, es imposible despedir todo eso y pretender seguir jugando y ganando como si tal cosa, esa bella mala costumbre madridista. Estos son otros tiempos y otros protagonistas. Luego no hay mejor consejo que esperar y ver. Que no es raro que el Madrid palme, vamos.
Pero tampoco discuto que las dos plantillas son muy buenas y deben ser supercompetitivas. ¿Que falta eso, aquello otro? Pues sí, seguramente. Falta sobre todo tiempo. Y no cedo un palmo en mi impresión de que las dos van a aspirar a todo.
Lo cual no pugna con reconocer que ahora mismo el de fútbol está por debajo de varios equipos europeos y el de baloncesto más o menos, si pensamos que faltó a la última ‘final four’.
El Madrid de fútbol y de baloncesto afrontan un periodo de renovación profundísima tras cerrar dos etapas gloriosas de emociones, juego, títulos, jugadores y técnicos. Y esos cambios jamás fueron coser y cantar. Ese detallito a muchos se les escapa
Ambos caminan lejos de su velocidad de crucero, lo raro sería lo contrario. Se trata de dos plantillas nuevas. No queda otra que esperar y desterrar la comprensible idea/cabreo de querer quemarlo todo.
Y sí, fue evidente que el primer partido grande se le atragantó de lo lindo al equipo de fútbol. Desde el entrenador al último suplente. El 5-2 lo resumí como una cornada de setenta trayectorias. Normalmente se la lleva el torero, esta vez se la llevó un manso, una cosa rarísima.
Un manso corneado en el Metropolitano. No embistió. Careció de trapío, de cuajo, de calidad. Un manso de libro en un ambiente que aseguraba un rival enloquecido y más, al que no supo hacer frente en algo fundamental: fue incapaz de correr sin la pelota y cuando la tuvo corrió mal. Imposible superar la prueba.
Eso fue para mí lo más decepcionante. Cualquier madridista, de Madrid o Singapur, sabía lo que le esperaba al equipo. Pues fue, salió y no se enteró. En lo físico, lo táctico, en todo. Salió derrotado del vestuario, sí. La primera parte y la segunda.
Hay mucho trabajo por delante, claro. Sigo pensando que Xabi acierta cuando dice que debe cambiar muchas cosas, desde el juego a la actitud. Que no es, la actitud, saltar, correr, chocar más que el adversario, que también. Se trata sobre todo de saber estar en el campo y esta vez no supo. No fue tan raro que se llevara cinco. Este rival si puede te mete siete. O diecisiete. Es otro bendito peaje a todo lo vivido.
Hay mucho que trabajar y decidir. El diagnóstico del nuevo entrenador es acertado, insisto. Hace falta ver cómo evolucionan los muchachos, quiénes valen y quiénes no para la tarea de fabricar el nuevo Real Madrid, que no es cosa de cuatro días. Ni de cuarenta.
Fue incapaz de correr sin la pelota y cuando la tuvo corrió mal. Imposible superar la prueba. Salió derrotado del vestuario, sí. La primera parte y la segunda
Admito pues las dudas y aconsejo tranquilidad. Normalísimo el enfado, pero hasta ahí. Es del todo imposible que aquel Madrid arrollador, el de las 6 Copas de Europa en 11 años y lo que aquí le permitieron ganar, se repita y convierta en un plis plas, o dos, en otro equipazo.
La pasada temporada se le vieron las costuras, las carencias que provocaban las inevitables ausencias, las barrigas llenas, todo eso. Y mira que llegó Mbappé. En el Deporte no hay milagros. Hay que tener una idea, abrazarla entre todos y perseverar. A menudo lo parece, pero el Bernabéu no es Lourdes. Ni el Palacio.
Tiempo de dudas y recelos: correcto. Hasta ahí. La tarea de técnicos y jugadores es perseverar en una idea, trabajarla fanáticamente. La del pueblo, ayudarles en el tránsito. Si además ganan los grandes títulos será la monda.
¿Si los espero? Ya digo. Ahora mismo veo rivales más entonados, más hechos, más favoritos. No lo es el Madrid, vamos a esperar. La cosa me lleva a una entrevista que le hice a Juanito Esnáider, al que llamaban El Loco: “Sí, vale, lo soy. Pero no como vidrios”, me contestó y titulé. Usted tampoco los come...
Al Madrid, los dos, le espero hecho equipo, hecho mayor, ahora no lo es. El diagnóstico está y la respuesta en cada vestuario. Átense los machos, por supuesto.
(Nota final. El arbitraje del 5-2. Alberola y el VAR estuvieron lo esperado: la tostada no cayó tampoco esta vez del lado madridista, una casualidad que se repite. Nico González vs. Carvajal, penalti, lo de Sorloth y tal. El VAR juntó a dos madrileños en un derbi por primera vez. El problema no es su cuna: son todos iguales. Eso no es casualidad).
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Otra leyenda del Real Madrid se ha marchado: José Araquistain. El portero vasco llegó al club blanco en la operación renove de los guardametas que tantos éxitos habían cosechado en los 50: Juanito Alonso y Rogelio Domínguez. Araquistain fue titular en la final de la Sexta Copa de Europa, logró un Zamora y defendió el marco durante siete temporadas.
Nacido en Azcoitia (Guipúzcoa), el 4 de marzo de 1937, comenzó a jugar al fútbol con el equipo del Pilar, de Elgóibar. Sin embargo, no lo hacía como guardameta sino de defensa. Pero un día faltó el titular y lo mandaron al marco. La primera parte no fue bien y encajó siete goles. En la segunda se hizo a la portería y recibió dos. A partir de entonces se fijó mucho en el portero Ignacio Eizaguirre cuando militaba en el Valencia que fue su ídolo futbolístico y más tarde su maestro. A su padre no le gustaba demasiado la idea del fútbol y decidió que aprendiese el oficio de tornero, lo cual aceptó si le dejaba seguir practicando el fútbol y cursando delineante en sus horas libres.
Después del equipo colegial se marchó al Danobat, un equipo que habían formado amigos suyos. Su rendimiento llamó la atención del Fleje, que militaba en categoría regional. Y no solo actuó como portero, sino que también se le vio como defensa. No pasó ni media temporada cuando el Elgóibar lo fichó para que terminase la temporada 1953-54 con ellos. En el cuadro elgoibarrés demostró sus estupendas cualidades y ascendieron a Tercera división. Su nombre ya era conocido en todo el País Vasco y la Real Sociedad envió ojeadores para observarlo. En verano del 54 con 17 años firmó un contrato con los donostiarras, aunque en los primeros años perteneció al juvenil y fue campeón de España con la selección guipuzcoana. Tras una cesión al Éibar firmó un contrato profesional de cara a la temporada 1956-57. En Primera debutó con 19 años y fue a partir del curso 1957-58 cuando le arrebató la titularidad a Bagur y la mantuvo cuatro temporadas.
Araquistáin destacaba principalmente por ser un portero ágil, rápido de reflejos, dominador del área pequeña, con buena colocación bajo palos y con una calidad notable en el despeje de puños. Primero alcanzó la internacionalidad con España B en un amistoso contra Portugal en 1958, y luego con los mayores ante Chile en un partido celebrado en el estadio Nacional en el verano de 1960.
El Real Madrid había iniciado el proceso de renovación de su portería a principios de la década. Primero firmaron a Bagur al que había arrebatado el puesto en la Real Sociedad, luego a Vicente ‘El Grapas’, cuando el nivel de Rogelio Domínguez bajó y Juanito Alonso estaba cerca de la retirada, y en 1961 ficharon tanto a Betancort, como a él tras su excelente rendimiento en el cuadro txuri-urdin. El coste del traspaso fue de 6 millones de pesetas más la cesión de los jugadores Raba, Villa, Chus Herrera y el sueco Simonsson. La Real lo quiso mantener una campaña más tras el acuerdo con los merengues, pero el Real Madrid aumentó la oferta al sufrir Vicente una importante lesión de muñeca.
Como contó el guardameta de Azcoitia en una entrevista reciente a Relevo tuvo ofertas del Madrid y el Barça, pero los blancos le dieron “más sensación de seriedad”. Viajó en tren hasta Madrid y le regalaron un coche 600 cuando no tenía carnet. En el diario Marca cuando se cerró definitivamente su fichaje afirmó que “tenía verdaderas ganas de que se resolviera la situación en un sentido o en otro. Quiero a la Real Sociedad, con el reconocimiento de haberme hecho jugador en ella perteneciéndole desde el equipo juvenil, pero pensando en mi carrera profesional, no hay dudad de que entrar en el Madrid es una gran meta”.
No estaba muy preocupado por el cambio de aires: “Creo que me aclimataré pronto a mi nuevo club. Voy sin locas pretensiones, porque sé muy bien lo que valen los que van a ser mis compañeros desde septiembre. Pero con la misma esperanza y afán de ganarme el puesto, y si el entrenador me hace la confianza de designarme titular, procuraré hacerme digno de ella”. Unos días más tarde ya instalado en la capital volvió a hablar para el periódico deportivo que tituló su entrevista con el gran deseo del cancerbero vasco: “Vengo dispuesto a acabar mi vida deportiva en el Madrid”.
Se adaptó rápido al club y a los compañeros, y aunque se las tuvo en ocasiones con Di Stéfano luego sería un gran amigo. En su primera campaña se ganó la confianza de Miguel Muñoz que le otorgó la titularidad. El vasco cumplió con nota y fue un éxito en lo individual y lo colectivo. El equipo madridista conquistó el doblete de Liga y Copa y, además, el guipuzcoano logró el Trofeo Zamora como portero menos goleado de Primera división con 19 dianas en 25 encuentros (coeficiente 0,76).
La espina clavada fue la final de la Copa de Europa, la primera que disputó Araquistain, en la que los blancos cayeron por 5-3 ante el Benfica en Ámsterdam. “Solo uno de los goles fue lejano, un defensa me tapó la visibilidad y no pude atajar el balón, pero lo otros, cercanos al área, les salieron todos a la escuadra,” manifestó Araquistáin en una entrevista a Don Balón en 1984.
Unas semanas después el vasco entró en la convocatoria del dúo Coronado-Helenio Herrera para el Mundial de Chile. Según explicó también en Don Balón él era portero titular, pero tuvo un pequeño incidente con Herrera al bajar de peso y los primeros encuentros se los dieron a Carmelo. Llegada la tercera jornada, y de cara al partido decisivo contra Brasil, pensaron de nuevo en el de Azcoitia. Un choque en el que, como explicó años después Araquistain, la selección “habría ganado a los puntos”, pero Amarildo y las decisiones arbitrales pesaron demasiado y la verdeamarela se llevó la victoria por 2-1.
El curso 1962-63 lo inició como titular, pero le pesó el partido de la primera jornada de Liga contra el Real Betis. Tras varias acciones desafortunadas y un problema físico, Muñoz lo sustituyó y la oportunidad que le llegó a Vicente no la desperdició el catalán. El vasco jugó tres partidos de Liga y otros tantos de Copa, pero fue habitual suplente. La portería estaba muy bien cubierta y el técnico madrileño lo tenía muy en cuenta. En la temporada 1963-64 decidió alternar a Vicente y Araquistain, aunque con más presencia para el vasco. En la Liga disputó la mitad de los encuentros, y sus grandes actuaciones ayudaron a lograr otro título liguero. De cara a la campaña 1964-65 la mala suerte se cebó con Araquistáin. En un principio le ganó la pugna al canario Betancort y fue titular los siete primeros encuentros ligueros, hasta que una lesión contra el Real Zaragoza le apartó del once. No volvió más a ser el portero principal para Muñoz, en parte porque Betancort siempre estuvo notable.
En cuatro campañas no llegó a jugar más de 30 partidos oficiales, y solo lo hizo con alguna rotación en el marco o por una lesión del guardameta canario. Fue precisamente por un problema de Betancort cuando la historia le hizo un hueco todavía mayor en el club madridista. Una lesión en la ida de semifinales contra el Inter obligó a un cambio en la portería. En la vuelta en el Giuseppe Meazza, el vasco salió en el once, y según la crónica de Marca de Nemesio F. Cuesta tuvo una “buena actuación: estuvo segurísimo, hizo paradas magníficas y despejó el balón con el puño, a la salida de un córner, salvando el peligro de manera incuestionable”.
Cuando recordó en una entrevista ese partido declaró que fue “muy duro y competido, pero también un partido de grada porque el campo era como una caja de cerillas. En un córner me apareció delante la mitad de un freno del coche. Me hubiera pegado en la cabeza y me hubiera matado. Los italianos eran muy difíciles de ganar”. El partido terminó empate a uno y el Real Madrid se clasificó para la final. El rival fue el Partizan de Belgrado en Bruselas. Araquistaín recibió un gol a la salida de un córner del yugoslavo Vasovic, pero las dianas de Amancio y Serena dieron la Sexta Copa de Europa a los blancos. El guardameta vizcaíno “cumplió, con algunos nervios, pero hizo una parada de antología” según el cronista de Marca Nemesio F. Cuesta.
Otro problema físico de Betancort, a finales del año 1966, después de un derbi ante el Atleti en el Bernabéu, permitió a Araquistain jugar sus últimos partidos oficiales con la casa blanca. Durante ocho jornadas fue el arquero titular en una Liga que volvió a ser merengue después de dos campañas. En el curso 1967-68, pasó a ser el tercer guardameta de la plantilla por detrás de Junquera y Betancort. Muñoz solo le dio minutos en once partidos amistosos, y al término del año futbolístico dejó el cuadro blanco. Sus estadísticas totales fueron de siete campañas en las que jugó 97 partidos oficiales y ganó 6 Ligas, 1 Copa y 1 Copa de Europa.
Su siguiente destino fue el Elche con el que llegó a disputar la final de Copa del año 1969 contra el Athletic que se llevaron los rojiblancos. Tras una lesión en el cuádriceps y el descenso de los ilicitanos firmó por el Castellón que entrenaba su excompañero madridista Lucien Muller, con el que ascendió a Primera en 1972 y disputó otra campaña en la máxima categoría antes de colgar los guantes con 35 años.
En su vida posterior al fútbol montó junto a su cuñado una fábrica de pintura y ejerció de comercial. En la entrevista a Don Balón explicó que el Real Madrid le ofreció entrenar a un equipo juvenil, pero “llevaba años fuera de Elgóibar y quería volver junto a la familia”.
Cuando se enfrentaban Real Sociedad y Real Madrid tenía el corazón partido y afirmaba pasarlo “mal, esa es la verdad, porque no me gusta que pierda ni el uno ni el otro”.
A los 88 años, hoy, José Araquistain ha fallecido en Elgóibar.
Fotografías del archivo de Alberto Cosín
Vaya día para reaparecer. He estado tentado de encargar a Jacinto el artículo mientras me refugiaba en mi cueva de la tristeza, pero no. Ya que estoy operativo de una santa vez, asumo mi responsabilidad de contarles lo que vi ayer.
Efectivamente, ya estoy recuperado de las dolencias que me han hecho pasar por tres intervenciones con sedación este año y que me han dado un pequeño susto, pero ya estoy bien, ya en forma, ya para servirles a ustedes, no sin antes agradecer a mi amigo del alma los artículos que ha escrito en este excelso medio de comunicación. Mi ausencia ha sido suplida con más calidad que la mía, perdonen ustedes y eso, es muy de agradecer. Jacinto Fernández, del que pronto publicaré la historia de su triste existencia amorosa en forma de novela, es un crack en esto de la pluma, y seguro que ha hecho las delicias de todos ustedes. Muchas gracias amigo mío, de corazón. Vamos al lío.
Hubo derbi y hubo entierro. No exagero: lo del Wanda no fue una derrota; fue una exposición pública del desastre, un catálogo de humillaciones combinadas que, si uno es madridista, le deja la sensación de que han entrado en su casa, le han cambiado los muebles por chatarra y le han dejado la factura en el sofá. 5-2. Punto, duro, desnudo, sin eufemismos.
Lo primero que hay que decir, con la frialdad que exige el diagnóstico, es que el Madrid jugó fatal. No “mal” como en un tropiezo deportivo: fatal. Lo que Xabi Alonso había empezado a insinuar (presión alta, movilidad permanente, solidaridad en el trabajo defensivo y ofensivo) se desvaneció en los primeros cuarenta y cinco minutos como una promesa electoral. Saltamos al campo como si hubiéramos leído la formación en la víspera: con buena letra, pero sin convicción. Mientras el entrenador llevaba en el bolsillo la partitura de un equipo moderno, los jugadores ofrecían un concierto de churros: sin ritmo, sin mordiente, sin coordinación. Resultado lógico: nos barrieron.
Un aspecto en el que me quiero detener. La jerarquía. En la década prodigiosa de las 6 Copas de Europa en 10 años, los madridistas nos hemos hinchado a decir que “El Real Madrid no juega finales, las gana”. Pues bien, como azucarillo en café, como sal en el mar, como el hielo en el agua caliente, la jerarquía del Real Madrid se ha disuelto en la mediocridad.
No se ganan partidos importantes y, lo que es peor, no se mantienen ventajas en el marcador. Lo vimos el curso pasado en el campo de ese equipo del que usted me habla y lo vimos ayer. Ventaja de 1-2 al limbo en pocos minutos y eso, amigos míos, no es una cuestión de juego, de entrenador ni de calidad. Es una cuestión de alma, del alma que tenían los jerarcas, los Cristiano, los Benzema, los Kroos, los Modric, alma que estos pipiolos no tienen.
Ahí hay que trabajar y mucho. El Real Madrid no puede ser un pelele en manos de cualquier rival de enjundia cuando se adelanta en el marcador. No hablo de autobuses, de juego duro ni de conservadurismo. Hablo, simplemente, de jerarquía, de ese aura de superioridad que hacía que cuando cogías una ventaja el partido se decantaba definitivamente hacia tu lado. Esto me preocupa y mucho.
El Atlético no hizo nada sobrenatural; hizo lo suyo: intensidad, centros y castigo aéreo. No necesita ser genial para zurrarte si tú te presentas abiertamente en coma: te cuelga centros, pone a sus torres en el área, remata y convierte. Sorloth se movió como poste de demolición y los nuestros, inexplicablemente, defendieron las acciones de balón cruzado con la elegancia de quien está de vacaciones. Cada saque de esquina, cada lateral a la olla, era una sentencia en trámite. Y cuando tu rival tiene fe y tú no, la suma es demoledora.
El Real Madrid no puede ser un pelele en manos de cualquier rival de enjundia cuando se adelanta en el marcador. No hablo de autobuses, de juego duro ni de conservadurismo. Hablo, simplemente, de jerarquía
Pero el drama no se cierra con el pobre planteamiento blanco: hay manos ajenas que escribieron parte de la tragedia. Y ahí es donde el relato se pone bastante más sucio. El arbitraje de Alberola Rojas tuvo algo de esa delicadeza venenosa que hemos aprendido a reconocer: no fue un atraco a voces, no hubo un penalti que saltara a la vista en la primera repetición; fue, en cambio, una acumulación de decisiones pequeñas, casi todas ellas favorecedoras de los locales, que terminaron por inclinar la balanza. El llamado “negreirismo fino”: ni estruendo ni justificaciones burdas, sino una serie de microgestos que, al sumarse, pintan el cuadro. El resultado: un Madrid desangrado por goteo.
Vayamos a los hechos concretos que USTED, que yo y que todos recordaremos con rabia: la entrada de Nico González, el niño sucio y marrullero de aquel mago del balón y líder del Superdepor campeón, Fran González, sobre Dani Carvajal. No es una interpretación retorcida: fue una entrada a la altura del tobillo, con los tacos, que dejó a Carvajal tocado y con dos meses de baja. En Inglaterra aquello se llama expulsión directa y tres partidos; aquí fue amarilla y la ambulancia moral la pagamos nosotros. Carvajal lesionado y el delantero rival se queda campando. La secuencia es tan grotesca que desarma cualquier relato de imparcialidad: te dejan jugar con la seguridad de que si te lesionan grave, el marcador seguirá su curso sin reparar cuentas.
Y atención: ese mismo Nico es quien, minutos después, fabrica el penalti que cambia el partido. No me digan que no vieron lo mismo que vimos todos: Arda Güler despeja con sentido, el balón va lejos, Nico, que se encuentra a más de un metro de la jugada, se lanza en plancha como quien quiere aparentar contacto y convertir un despeje en tragedia ajena, con malas artes, con los valores del mejor equipo de Canillejas. Alberola no necesita pensarlo: a la carrera, silbato a la boca, penalti. Si no hubiera tenido silbato, lo hubiera pitado con las manos, con los ojos o con un tamboril, deseando que estaba el chifletero cliente de Negreirita. Si el arbitraje tiene un gusto por la teatralidad, aquí compuso una escena de ópera bufa: el actor cae, el juez cae con él y el VAR se toma el descanso. ¿Revisión clara en el monitor? No lo hubo en el sentido que pedimos los que buscamos justicia, no la que llega con guante blanco. La sensación es que en el mismo partido se exigen unas cosas a uno y otras, muy distintas, a otro.
No menos sangrante fue la novela de Sorloth. El noruego, con amarilla en el bolsillo, marca el 2–2 y va a celebrarlo a la grada como quien besa la medalla que le acaban de dar. Se abraza con medio Frente Atlético (menos mal que no se pinchó con nada de lo que por allí abunda), con el linier y con el acomodador del fondo. Reglamentariamente, esa celebración, cuando ya tienes una amonestación, es susceptible de una segunda tarjeta y, por tanto, expulsión. ¿Sucedió? No. Alberola miró para otro lado con la sonrisa de quien no quiere romper el hilo argumental del partido. Resultado: un rival en pie y sin sanción cuando nuestras querellas por algo similar raramente obtienen viento a favor. Es la doble vara que llevamos protestando desde la noche de los tiempos.
Pero aún hay más: la falta que desemboca en el 3-2 de Julián Álvarez. Muchas voces (y no precisamente de confesionales madridistas) han señalado que Le Normand estaba incrustado en la barrera, en una posición que debía invalidar el lanzamiento y forzar la repetición. La cuenta de X, Archivo VAR, que no es madridista precisamente, lo posteó con la rotundidad de quien ve la imagen y no quiere maquillarla: aquello no debía subir al marcador, pero subió. Y aquí no se trata de conspiraciones estúpidas. Se trata de hechos: si la norma se aplica con celo unas veces, y con la complacencia de quien mira a otro lado otras, al final el campo deja de ser un terreno de juego y se convierte en un teatro donde actúan los mismos actores de siempre.
Mientras tanto, Simeone paseaba por la banda con esa desfachatez que ha convertido su figura en un hábito intocable: sale, entra, se traslada por la línea como quien camina por su portal, vocifera, actúa. Y nadie le corta el monólogo. Si nosotros hubiéramos tenido un entrenador que se permitiera la mitad de esa libertad, otro gallo cantaría en los debates. Pero la permisividad es un deporte que practican algunos y prohíben a otros. Es una parte esencial del guion: hay acciones que se permiten y otras que se regulan con dureza. Eso nos deja con la sensación de que no todos los que pisan la raya reciben el mismo correctivo.
Que nadie me malinterprete: una buena parte de la derrota se debe a nosotros. A la nula protección de los laterales ante centros, a la incapacidad de tomar el control del medio cuando hacía falta, a la falta de jerarquía a la hora de mantener y aumentar una ventaja, a la resignación prematura y a la sensación colectiva de que, con todo en contra, mejor aguantar. El Real Madrid jugó sin alma, jugó sin las señas que Xabi empezaba a implantar. Y eso es grave, porque la crítica es el único camino para recomponer el traje roto. Xabi lo dijo en rueda de prensa: dolor, aprendizaje y necesidad de mejora. Pero cuidado: las humillaciones quedan; se quedan tatuadas y pesan en la balanza final de un técnico. Este 5-2 no es una anécdota. Es una muesca que, si no se corrige con títulos y con reacción, se convierte en expediente y, si no, que se lo pregunten a Pellegrini en su viaje a Alcorcón.
Y ahora, la parte que más duele, la que nos obliga a escupir rabia en escritura: esto no es solo una afrenta deportiva; es la constatación de un patrón. Que si el VAR se mira con lupa cuando interesa, que si el árbitro corre a pitar donde conviene, que si las decisiones pequeñas suman hasta crear una catástrofe. Negreira y su sombra han enseñado al público que hay maneras sutiles de ejercer el poder y el favor. Lo que pasó en el Wanda huele, por momentos, a esa misma técnica: no es el golpe grande que todo el mundo recuerda, sino la acumulación de pellizcos que acaban desangrándote. No digo más que lo que hemos visto y leído: que la suma de acciones arbitrales, la caída teatral del rival, la impunidad en celebraciones y la pasividad ante entradas duras construyen un relato que nos deja en paños menores.
El Real Madrid jugó sin alma, jugó sin las señas que Xabi empezaba a implantar. Y eso es grave, porque la crítica es el único camino para recomponer el traje roto. Xabi lo dijo en rueda de prensa: dolor, aprendizaje y necesidad de mejora
A la salida del estadio, con la garganta reseca y la rabia recién horneada, uno puede consolarse con los parches del fin de semana: la victoria en baloncesto, la alegría europea en la Ryder. Pero son curitas. La llaga del derbi es de otro calibre. Lo de ayer no se olvida. Quien quiera minimizarlo que lo haga, pero en la memoria de este club quedan tatuajes que no se borran con buenas palabras: el 4-0 del Alcorcón, la paliza del Barcelona, la derrota ante el PSG en el Mundial, ciertas goleadas dolorosas en Europa, y ahora este 5-2 que pesa como una losa.
Si Xabi Alonso quiere transformar esto en pasaporte, tiene tarea urgente: recuperar identidad, rearmar la defensa aérea, blindar los laterales y, por favor, enseñarle a sus jugadores que en el fútbol moderno no basta con talento. Hay que pelear cada centro como si fuera la última inhalación de oxígeno del partido. Y, sobre todo, exigir que el árbitro no sea juez de las pequeñas corrupciones que, al final, deciden partidos. Queremos árbitros que no parezcan autores dramáticos: que piten según el reglamento y que no conviertan un derbi en una función con guion previsible.
Vayan estas líneas como réquiem y como aviso: el Wanda nos ha pegado una bofetada de campeonato, hasta en el carné de identidad, y queda la obligación moral de responder con orgullo. Pero que conste por escrito: ayer nos barrieron futbolística y disciplinariamente, y en la contabilidad amarga de los madridistas esa suma hará ruido durante mucho tiempo. Que sirva de lección, porque si no aprendes de estas palizas el destino te las repite con mejores argumentos y peor compañía. Eso si, la afición del Atlético de Madrid ya tiene la temporada hecha y Simeone los garbanzos asegurados. Ahora hay que aguantarlos en la oficina, en la fábrica, en el bar y en los colegios, con lo pesaditos que son. Es lo que hay.
Me despido como siempre con un dolor inmenso, pero hoy más que nunca, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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Mi abuelo, que en Gloria esté, me aconsejó alguna vez lo siguiente: “nunca te sientes a escribir si estás enojado porque te vas a arrepentir cuando ya sea demasiado tarde; sal a caminar o, mejor aún, espera al día siguiente”. Pues bien, el partido del Real Madrid contra el Atlético de Madrid ha terminado hace apenas unos cinco o seis minutos, y aquí me tienen, más campante que cualquiera, tomando café y con algunas palabrillas de escaza gracia para esparcir sobre esta página. Es que anímicamente estoy intacto. Hubiera preferido ganar, es más que evidente, pero las rabias más profundas me nacen siempre de la injusticia padecida de manos de los operadores del mal (con pito en la boca) y no del juego mismo, que puede salir cara o cruz según se conjuguen los accidentes y las voluntades. Por si fuera poco, lo que sucedió esta noche no es asunto novedoso: la fórmula se ha venido repitiendo sin que hasta el momento hayamos sido capaces de castigar como es debido semejante insolencia.
He vuelto a ver lo mismo que en los últimos años contra esos señores de rojo y blanco. Me refiero a una especie de empequeñecimiento, un temblor repentino que se percibe desde lejos, desde este lado del mar incluso; ya en el túnel que los conduce al terreno de juego, a los nuestros se les ve con la mirada perdida, como la de esas reses que en los mataderos desfilan hacia el patíbulo olfateando los vapores del degüello. Los brazos se les vuelven largos y los hombros, echados hacia adelante, les hacen agachar la cabeza y buscar por el suelo la excusa que saben muy bien van a necesitar cuando termine la jornada. No sé a ciencia cierta por qué sucede esto. No tengo manera de explicarlo sin echar mano de algún argumento propio del esoterismo psicológico hoy tan de moda. Pues eso.
Todas las campanas al vuelo de las últimas semanas han quedado en nada. La solidez defensiva (apenas tres goles encajados), la movilidad del balón, el “bloque alto” y todos esos lugares comunes que ponen de moda los comentadores oficiosos de este hermoso deporte se diluyeron ante la contundencia aplastante de una señora que no admite jamás reclamo alguno: la realidad. El Atlético de Madrid fue un equipo definitivo, sólido, movilizado por las convicciones de quien cree en sí mismo y reconoce ─además─ que vencer a un adversario de tal calibre lo devuelve a una liga de la que muchos lo consideraban ya excluido. Era matar o morir…y mataron.
Lo que suceda desde hoy hasta el final de la temporada al atleti muy poco le interesa. Han ganado esta noche su disputa dialéctica frente al espejo
Imagino que, a estas alturas, aquellos que hace unas horas perfumaban con inciensos la fotografía de Xabi Alonso, ahora mismo se estarán defecando en su genealogía. Se dirá, lo imagino, que no supo leer el partido, que fue un error lo de Bellingham, que los cambios estuvieron mal, que Ardita era el único con visión de juego en medio del vendaval y el caos…, imagino que todas estas cosas se dirán aderezadas con las injurias propias de quienes hacen del lenguaje una interminable secreción de purulencias. Yo no diré lo mismo, desde luego. Acaso optaré por el camino menos transitado de todos, el de la honestidad. No sé cuál es la causa de este desastre. Intentaré acaso esbozar una idea tan simple y tan poco original que casi me avergüenza: el Madrid se sabe superior en el presente, en el pasado, en el mañana, en el para siempre. Creo que cada tour por el Metropolitano es como la visita obligada de un padre divorciado que debe cuidar toda la tarde a un hijo insufrible acompañado de sus amiguitos igualmente repelentes. Simplemente no hay nada que pueda hacer para esquivar el compromiso. Aquí radica, me lo parece, ese desánimo o, mejor dicho, ese tedio, el aburrimiento infame que debe experimentar un monarca obligado una vez al año a tolerar durante largos minutos las majaderías del pueblo ebrio por los licores de su resentimiento. En cierto sentido es así: el carnaval que permite la perduración de un orden natural.
Esos caballeros de rojo y blanco, que de algún modo hay que llamarlos, celebrarán hoy su “campeonato”, tan falso como las prometedoras misivas remitidas por un príncipe nigeriano, pero a ellos les importa poco. Son así. No se pueden entender porque habitan por fuera del perímetro de lo razonable, porque son como el perro que gira mil y una veces persiguiendo su propia cola. Su victoria no computa en la columna de lo real sino en la de lo imaginario. No me cuesta suponer a estas horas algunos ojos enrojecidos por un alegre llanto y a más de un padre abrazando a su hijo, henchido de orgullo porque además de la carga genética ha sido capaz de heredarle a su retoño una misma maldición, una misma, incurable herida. Lo que suceda desde hoy hasta el final de la temporada a ellos muy poco les interesa. Han ganado esta noche su disputa dialéctica frente al espejo.
Se tenía que perder y hoy se perdió. La vida continúa y los días por venir siguen anunciando buenas nuevas. La plantilla es joven y el entrenador lleva poco tiempo entre nosotros; además, Alonso es un tipo que reúne dos cualidades fundamentales en cualquier estratega: inteligencia y astucia. Por si fuera poco, no es cobarde. Sabrá recomponer el rumbo y los jugadores, al menos aquellos con vergüenza, sabrán encarnar de una mejor manera el obligado compromiso del bendito escudo que los cobija y alimenta.
En cuanto a nosotros, pues qué quieren que les diga, caballeros. Lo repetiré en esta noche aciaga: se ganará y no poco, lo veo venir. Nuestra historia está llena de finales felices y tramas desventuradas. Ese es nuestro privilegio, el mismo que nos quieren arrebatar con la milonga esa del relato. Que se lo metan por las oquedades más recónditas y más oscuras de su cuerpo, que yo me quedo con la historia, que no es asunto superado sino semillero puntual de la esperanza. Que sigan con sus cuentos chinos, sus embustes, su interminable y desesperada demagogia. Lo que hemos sido aún nos acompaña. El fuego de la victoria que ha de iluminarnos mañana ya arde hoy entre nosotros.
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Todo mal. Comparto con el madridismo el mayor de los cabreos. Lo que no me impide pensar que este desastre es una extraordinaria noticia. Extraordinaria, porque deseamos que no se convierta en ordinaria. Pero extraordinaria sobre todo porque, aunque pueda parecer una locura, es bueno que haya ocurrido, y nos puede salvar la vida. Trataré de explicarme antes de que alguno me arroje el botellín de cerveza a la cara.
Lo llevo pensando varios días. Afrontábamos nuestro primer partido importante en medio de una racha de juego ascendente, con esa extraña sensación de que éramos invencibles, de que no teníamos techo. No existe equipo sin techo. Es una quimera. En estas larguísimas temporadas con infinitas competiciones, cada una con sus características, el techo se marca cada día.
El Real Madrid venía haciendo un fútbol eficaz, bonito, e ilusionante, tanto en lo colectivo como en lo individual. Particularmente excitante era ver que la alineación, con Xabi Alonso, había dejado de ser un problema. Nos da igual quién juegue. El entrenador los tiene a todos enchufados y el conjunto funciona igual de bien con unos que con otros, con un sistema o con otro, una circunstancia que, corrígeme si me equivoco, hace mucho tiempo que no veíamos.
Leo a los derrotistas que todo ha sido un espejismo, que el verdadero nivel del equipo se mide en el partido contra el Atlético. Si eso fuera cierto deberíamos dar por perdida la temporada al completo hoy mismo. Obviamente no lo es. Ya sabemos que el Levante o el Oviedo no nos sirven para extraer grandes conclusiones. Pero lo que todos hemos visto está ahí: el equipo juega de otra forma, presiona y recupera el balón, las nuevas incorporaciones son un lujo, de Franco a Carreras, y las combinaciones posibles en el banquillo nos hacen soñar.
Afrontábamos nuestro primer partido importante con esa extraña sensación de que éramos invencibles, de que no teníamos techo. No existe equipo sin techo. Es una quimera
En el único partido que hemos perdido hasta el momento no ha aparecido en el campo ninguna de las virtudes que venimos glosando desde el comienzo de temporada. No ha habido intensidad, no ha habido presión y recuperación, no ha habido velocidad, apenas hemos ganado duelos y, por si fuera poco, perdiendo durante toda la segunda parte, tan solo hemos acertado a tirar minutos a la basura en eternos pases horizontales en nuestro propio campo, como si fuéramos el puñetero Negreira F. C. Si no hemos jugado como lo veníamos haciendo, lo lógico es que ocurra el desastre. Todo lo que hay que analizar es por qué no se ha jugado así. Tal vez si hubiéramos jugado igual que las jornadas anteriores también habríamos perdido, y entonces sí que yo haría sonar las alarmas. Como no lo hemos hecho, el principal trabajo del entrenador ahora es que volvamos a lo que estábamos haciendo bien.
Y creo que es una extraordinaria noticia perder hoy porque, por más que los de Simeone ya hayan justificado toda la temporada con esta victoria, nosotros estamos en otra liga, la del Madrid, que es tratar de ganarlo todo. Y aquí solo nos hemos dejado tres miserables puntos.
Leo con asombro a una parte no pequeña de la comunidad madridista tuitera diciendo que el Efecto Xabi Alonso es un bluf, que la plantilla es un desastre, y que este baño de realidad nos devuelve a nuestro lugar. Compadezco a esta clase de aficionado, porque tiene que ser agotador elevar a los altares a los tuyos y arrojarlos después al infierno una semana sí y una no.
queda toda la temporada y el clima triunfalista de las seis primeras victorias era, lo digo como lo siento, nuestro obstáculo más peligroso para el crecimiento y para afianzar el nuevo estilo de juego
No justifico nada. El equipo debe trabajar, y mucho, sobre lo ocurrido. Alguien debe explicarnos qué le ha pasado hoy a Carreras, a mi gusto el mejor de lo que llevamos de liga, pensar si salir con Jude fue brillante o arriesgado, alguien debería justificar –Xabi no lo ha hecho- cómo demonios sienta a Guler sin meter en el campo a ningún otro pelotero de un perfil que pueda siquiera parecérsele, por qué narices no ha habido ni una reacción en toda la segunda parte, y hasta estoy dispuesto a exigir explicaciones sobre por qué Curtois la toca pero no la para, algo rarísimo en su historial deportivo, porque siempre que llega a tocarla, el madridismo ya sabe que ese balón no entra.
Pero queda toda la temporada y el clima triunfalista de las seis primeras victorias era, lo digo como lo siento, nuestro obstáculo más peligroso para el crecimiento y para afianzar el nuevo estilo de juego. A veces hay que morder el barro antes de la gran victoria final. Insisto: quizá esta repugnante derrota nos salve la vida.
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La noticia de Jaime Rodríguez publicada por El Mundo es muy positiva para el Real Madrid. No solo en el aspecto económico, sino en el del relato, porque la realidad cuando se impone deja en muy mal lugar a los discursos victimistas que el club blanco es ayudado continuamente por las instituciones.
En su día, el Real Madrid realizó el trueque con el ayuntamiento de Madrid de una parcela que poseía el club a cambio de otras que le cedía el consistorio. Sin embargo, no fue posible ceder los primeros terrenos y se cedieron otros. La Comisión Europea consideró que se había producido una valoración errónea por parte del ayuntamiento del valor de esas parcelas de modo que beneficiaba al Madrid y el club debía ingresar la diferencia económica. En concreto, 20 millones de euros en concepto de «ayudas ilegales».
El Madrid no estaba de acuerdo con que hubiese recibido fincas de un valor superior a la que había entregado él y comenzó a recurrir hasta que el asunto se ha cerrado cuando Europa finalmente le ha dado la razón al club.
Cabe destacar que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya le había dado la razón al Madrid seis años antes, sin embargo, la reapertura del caso llevada a cabo por la Comisión Europea complicó todo.
Ahora, según titula Jaime Rodríguez la mencionada noticia: «Europa da la razón al Real Madrid y al Ayuntamiento y valida el último acuerdo por las Cuatro Torres: el consistorio tendrá que devolver 20 millones (más intereses) al club blanco». Porque este asunto tiene su origen en aquella famosa operación.
El litigio comienza de la siguiente manera: el consistorio de la capital entregó al Madrid tres parcelas por otra en Las Tablas incluida en el primer acuerdo de 1998 por la antigua Ciudad Deportiva, pero un cambio en la Ley del Suelo de 2008 lo bloqueó. De modo que ambas partes llegaron a un acuerdo por otras tres parcelas equivalentes en valor a la prohibida. Pero este cambio no le pareció legal a la Comisión Europea en 2016 y lo definió como «ayuda estatal indebida». El expediente lo había iniciado en 2013 el socialista Joaquín Almunia, comisario de Competencia europeo.
La es muy positiva para el Club. No solo en el aspecto económico, sino porque la realidad se impone y desmonta el relato ficticio de que el Madrid es un club estado
Aquí ya comienza a caerse una parte del relato de que recibe ayuda de las instituciones, pues fue un político español quien inició el proceso contra el Real Madrid. Algo que no casa bien con la teoría antimadridista de que se trata de un club estado.
La investigación resultante del expediente concluyó que las fincas afectadas por la operación se sobrevaloraron en más de 18 millones de euros, lo que otorgaba al Madrid —según la Comisión Europea— «una ventaja injustificada frente a otros clubes». A consecuencia de ello, el club debió devolver unos 20 millones de euros, intereses incluidos, al ayuntamiento de Madrid.
Hay una comisión en Europa que se encarga de revisar que la competencia es legal y que los estados no ayudan más a unas empresas que a otras. De acuerdo con ese criterio, si entendían que esas fincas que recibía el Madrid estaban valoradas en más de lo que había entregado, era coherente que echaran para atrás el acuerdo, porque hubiese supuesto una ayuda del consistorio al Madrid frente a otros competidores. El asunto es que se estaba equivocando la Comisión Europea.
El concejal de Economía Carlos Sánchez Mato se encargó de urgir al club el pago con maneras algo abruptas que aún se recuerdan en el Bernabéu. Es decir, otro político de otra institución apremia al Madrid (lo del relato de club estado). Más Madrid, formación política que ostentaba el gobierno capitalino, vendió el asunto como un éxito al ganarle un dinero al club blanco y, según ellos, demostrar que aquel acuerdo de Florentino con Gallardón fue ilegal.
El Madrid no se quedó con las manos quietas y recurrió la sentencia hasta el alto tribunal europeo, que en 2019 le dio la razón. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea concluyó que aquel trueque de fincas fue legal y se realizó a precio de mercado, de modo que no merecía sanción alguna. La consecuencia: los 20 millones de euros debían ser devueltos al Real Madrid.
Es decir, el Tribunal argumentó que lo que entregó el Madrid era equivalente a lo que recibió, por lo que si se le multaba con 20 millones de euros a quien se estaba perjudicando era al propio club con respecto a sus competidores y no al revés, como sostenía el relato. Lo contrario a una ayuda de Estado.
el Tjue argumentó que lo que entregó el Madrid era equivalente a lo que recibió, por lo que si se le multaba con 20 millones de euros a quien se estaba perjudicando era al propio club con respecto a sus competidores y no al revés, como sostenía el relato
La sentencia llegó cuando se produjo un cambio en el ayuntamiento. El nuevo equipo de gobierno encabezado por Almeida consultó a la Comisión si debía proceder a la devolución de los 20 millones de euros al Madrid. Sin embargo, pese a la sentencia del TJUE, la Comisión Europea recomendó no hacerlo, según explicaron fuentes municipales a El Mundo. Es tremendo. Existía una sentencia y no la cumplió la Comisión.
Finalmente, la propia Comisión Europea se ha corregido y obliga a devolver el dinero que le pertenece al Real Madrid. Este retraso en el pago conlleva, además, no pocos intereses, hecho que nos cuesta dinero a los contribuyentes madrileños.
Además de los relatos derribados, tenemos que tener en cuenta el efecto económico para el Real Madrid, explicado muy bien por Tomás Rubio, que recogió lo que el club estableció en sus cuentas:
No sólo se cierra de una vez por todas el caso sino que como en su día se provisionó, esta temporada tendremos un ingreso extraordinario de 23.5 mill. 😁😁 https://t.co/E3hiUe57BW pic.twitter.com/MAM5Wh5AwS
— Bruce Wayne (@elmozo7) September 26, 2025
Es decir, el Madrid aprovisionó un gasto de 23,5 millones de euros para el supuesto de que el ayuntamiento no pagase lo que le correspondía abonar. De modo que la consecuencia de que el club cobre este dinero es que se apuntará un ingreso extraordinario de esos 23,5 millones en las cuentas del próximo ejercicio.
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Buenos días. El Real Madrid fue vapuleado (5-2) por el Atlético de Madrid en el Metropolitano. No habíamos encajado tantos goles de parte del rival capitalino desde la era preDistéfano. El primer gol rojiblanco (1-0) llegó en un remate de cabeza de Le Normand, para practicar el cual agarró descaradamente de la camiseta a Tchouaméni. El gol no debió subir al marcador, pero si el equipo no tiene la sangre suficiente para plantarse en el campo y no sacar de puerta hasta que el VAR revise la jugada, ¿por qué debe La Galerna asumir la pesada carga de denunciarlo?
El Madrid logró remontar temporalmente (1-2) gracias a dos grandes acciones que acabaron en sendos goles de Mbappé y Güler, pero Sorloth empató (2-2) antes del descanso con un gran remate de cabeza, tras el cual se fue a celebrar con la grada. Eso es tarjeta de manual, sin discusión, y habría sido la segunda de Sorloth, pues ya antes se había granjeado una por una peligrosa entrada sobre Courtois. Sin embargo, si el equipo no tiene siquiera el nervio y la rebeldía de exigir esa tarjeta al negreiro de turno (Arberola Rojas), ¿por qué debe exigirla La Galerna?
Con el empate nos fuimos al descanso. Nada más reanudarse el partido, Arberola pitó un penalti en contra del Madrid que podría haberse resuelto con un simple libre indirecto por juego peligroso. No obstante, si los hombres de Xabi no tienen ni siquiera el afán competitivo suficiente como para rodear al árbitro demandando una explicación, ¿por qué deberíamos demandarla nosotros?
El Madrid jugó rematadamente mal y fue seria, dolorosamente vapuleado. Peor que eso, no obstante, es la falta de brío, de tensión, revelada en la mansedumbre ante las jugadas polémicas pero en otras muchas cosas también: la ausencia de concentración en los balones aéreos, la sensación bastante genuina de que no se hablan unos a otros en el campo, la ingenuidad en un ambiente de colmillos retorcidos.
Esta falta de nervio, por supuesto, está ligada íntimamente a un defecto menos doloso, pero igualmente preocupante: la bisoñez. Tenemos un equipo enormemente talentoso, pero tan joven que peca de una inocencia digna de ursulinas en clausura. Este problema, ya detectado anteriormente, pero nunca con tanta crudeza como ayer, produce espeluzno, y podría resolverse con algo que por naturaleza escasea en los alrededores de Concha Espina: paciencia.
Estas dos primas hermanas (inexperiencia y laxitud) son las que nos traen por la calle de la amargura en esta mañana aciaga, más aún que el mal juego, porque el equipo tiene talento y sabrá volver a jugar bien. Pero hay rivales mucho más potentes que el Atleti en el horizonte. Si no aprendemos a marchas forzadas a jugar ese “otro fútbol”, el que distingue a los astutos con determinación de los floridos especuladores, nos van a destrozar como nos destrozaron ayer los del Cholo.
Ah, se nos olvidaba. Estábamos aquí por las portadas.
Ya está, ya las habéis visto. ¿Se puede pasar el día con cierta normalidad después de haberlas visto? Sí, se puede. Joden infinitamente, pero poderse se puede. Con lo que cuenta más vivir es con la sensación de que nuestro equipo no compitió, como Xabi reconoció en la rueda de prensa, y no compitió porque no tiene ninguna malicia ni solvencia, y porque jugó muy mal, y porque no tuvo alma, y porque el propio Xabi desconcertó a todo el mundo dejando a Mastantuono en el banquillo y recuperándolo después… pero para sustituir a Güler, que estaba siendo de lo más llevadero del encuentro.
La decepción es monumental. Hay en el madridismo un fatum que consiste en la asunción no ya de que nos van a ganar, sino de que nos pueden golear rivales directos en las luchas por los títulos, y la impresión de que prevalece ese cruel destino es inaguantable para un alma naturalmente exigente como la blanca.
En el último año, hemos sufrido goleadas denigrantes a manos del equipo cliente de Negreira, del PSG y ahora también del Atlético de Madrid. Solo queda entender la rabia del seguidor blanco, y asumirla como propia.
La Galerna sigue creyendo en este equipo y en este entrenador. Es un proyecto con trazas de ser ganador, aunque sea susceptible de contar con piezas que lo mejorarían. Esto pensábamos ante de este partido, y no hemos dejado de pensarlo. Pero le urge un gran partido ante un rival de gran enjundia a no mucho tardar, para lo cual habrá de limar en tiempo récords deficiencias de juego y sobre todo de carácter que ayer quedaron penosamente al descubierto.
Pasad un buen día.
Courtois: suspenso. Al mejor del mundo hay que exigirle más y encajó cinco goles. Vivió bajo el larguero y no paró lo que otras veces sí detiene.
Carvajal: suspenso. Discreto en defensa y torpe en ataque.
Militao: bien. Sufrió una patada muy fuerte en el tobillo de Sorloth nada más comenzar el partido. Fue sustituido al descanso. Había sido de los mejores durante la primera mitad.
Huijsen: suspenso. A pesar de su altura se tragó todo por alto.
Carreras: suspenso. Sobrepasado.
Tchouaméni: suspenso. Se zampó el primer gol.
Valverde: suspenso. Regaló el quinto gol. Fatal. Además, Xabi no lo coloca donde más puede rendir.
Güler: notable. Gol y asistencia. Aún nos preguntamos por qué lo cambio Xabi.
Bellingham: suspenso. Quizá no estaba para ser titular.
Vinícius: aprobado. Dio una asistencia.
Mbappé: bien. Marcó un golazo que no sirvió de nada.
Asencio: suspenso. Él tampoco pudo frenar las incursiones rivales.
Mastantuono: bien. Parece claro que debió jugar en lugar de Jude, aún sin la forma necesaria para un partido de estas características.
Camavinga: aprobado. Tampoco se notó mucho.
Rodrygo: suspenso. No aprovechó la oportunidad..
Gonzalo: sin tiempo.
Xabi Alonso: suspenso. Alineación, planteamiento y cambios incomprensibles. Tchouamenizar a Valverde no está funcionando.
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Arbitró Javier Alberola Rojas del colegio castellano-manchego. En el VAR estuvo Del Cerro Grande.
Partido intenso y áspero de los habituales cuando el Real Madrid visita el Metropolitano. Su mayor error fue no expulsar a Sorloth cuando la regla es clara y concisa. El delantero, con una amarilla ya, fue a la grada a celebrar el gol con los espectadores, y es uno de los supuestos de tarjeta.
El penalti de Arda a Nico en el 49' fue protestado, pero, aunque toque balón, su bota impacta en la cabeza del argentino.
En lo disciplinario hubo una lista extensa de tarjetas. Sorloth y Nico la vieron en la primera parte por llegar tarde ante Courtois y por pisar a Carvajal respectivamente. En la segunda Arda la vio por el penalti, Lenglet por agarrón a Mbappé, Asencio por derribo a Julián, Carreras por nada ante la simulación de Giuliano Simeone, el propio argentino por protestar, Gallagher por entrada tardía a Mbappé y Mastantuono por un pelotazo a la grada.
Lo último a reseñar es el gol bien anulado por mano de Lenglet en el 43' en un balón que entró en la portería merengue.
Alberola Rojas, DEFICIENTE. Una decisión cristalina como la de Sorloth puede marcar un partido. No se atrevió.
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El Madrid visitaba el Metropolitano, estadio que alberga neonazis con la aquiescencia del club, multitud de los cuales corearon en los alrededores del estadio: «Alé, alé, alé, Vinícius, chimpancé». Los de Xabi llegaban con muchas expectativas y acabaron colapsando. Los de Simeone les endosaron cinco goles y fueron claramente superiores.
La principal novedad del once de Xabi fue la inclusión de Bellingham. El sacrificado, Mastantuono. Güler, titular. En principio desde la derecha, pero, como es habitual, se movería más que un garbanzo en la boca de un desdentado.
La primera ocasión fue para Sorloth, que anduvo lento y le arrebató el esférico la zaga blanca cuando encaraba solo a Courtois. Fue Militao quien le quitó el balón y, en la acción, el delantero rojiblanco remató con todas sus fuerzas sobre el tobillo del 3 madridista. Patada dolorosísima. Sorloth ni se interesó por su compañero de profesión. No podemos entenderlo, efectivamente. Calentaba Asencio.
Antes del minuto once, el educado nueve rojiblanco cabeceó un balón llovido por Barrios y Thibaut envió a córner el remate parabólico para evitar problemas, quizá fuese fuera.
En el 13' se adelantó el Atleti. Centro bueno de Giuliano desde la derecha y testarazo de Le Normand que se adelantó a Tchouaméni. El balón despeinó a Courtois. El Madrid no estaba transmitiendo las sensaciones que transmite este Madrid de Xabi. Poco después, gran acción defensiva de Jude para evitar un posible segundo tanto colchonero. El Madrid necesitaba que lo cogieran por las solapas y le metieran un meneo para que espabilara. En lugar de eso, le cambiaron el pinganillo a uno de los auxiliares. Y, claro, no tuvo el mismo efecto.
Sorloth volvió a golpear a un rival, en un balón dividido, pisó a Courtois. Quirante comentó que el meta del Madrid «se hizo daño». Al menos esta vez el árbitro de Next que pagó al hijo de Negreira, Alberola, sí amonestó al delantero rojiblanco. El Atleti dominaba y el Madrid estaba fatal. De momento, el cambio de alineación le había cortado la digestión al conjunto blanco.
De repente, Güler magistral para Mbappé por la derecha. El francés se la colocó con un toque y la enchufó rasa al palo más lejano. La mete todos los días. Kylian es devastador. 1-1. Golazo. Mbappé es más pernicioso para los rivales que los políticos para los ciudadanos honestos. Aunque hoy serviría de poco.
En el 36, error de Le Normad, recuperación de Kylian, apertura a Vini, recorte, centro al punto de penalti y tanto de Güler con clase a bote pronto. El Madrid había remontado el partido en un suspiro, pero con muy poco. Arda, 36 minutos, una asistencia y un gol.
Dos minutos después, Julián chutó al palo desde uno de los edificios donde se escuchan los conciertos del Metropolitano. Qué peligro tiene la Araña, qué bueno es.
Nico González pisó a Carvajal y fue necesario que el capitán fuese atendido. Tercera entrada violenta de los del Cholo. Se quedó en amarilla porque quien agredió no llevaba la camiseta blanca.
Dos minutos después, gol de Lenglet con la mano. Alborozo en DAZN, suponía el empate a dos. En principio, Alberola lo concedió, como no podía ser de otra manera. Después le avisaron y fue a revisarlo al VAR. El trencilla hercúleo lo anuló. Si hubiese sido Messi, habría sido válido y Rojas hubiera arbitrado la próxima final de Copa del Rey.
Antes del descanso, una gran combinación entre Vini, Carreras, Bellingham y Güler concluyó con el esférico muy por encima del travesaño. Y en el 47, apoteosis en la narración, cabezazo de Sorloth y gol. Esta vez quien no llegó a despejar fue Huijsen. Muy flojo el Madrid por alto y el Atleti lo estaba aprovechando. El goleador se abrazó con la grada, pero no vio la segunda amarilla. Por lo que sea.
Los de Xabi llegaban con muchas expectativas y acabaron colapsando. Los de Simeone les endosaron cinco goles y fueron claramente superiores
Descanso. Primera mitad mala del Madrid. Los de Xabi comenzaron fatal, después remontaron gracias a la pegada y al final volvieron a encajar otro gol por alto (y gracias que no fueron más). El Madrid debía mejorar (no solo) mucho su juego defensivo aéreo porque el Atleti solo tenía que repetir una y otra vez la misma jugada para crear una ocasión. Tampoco vendría mal que Courtois dejase de cobijarse de vez en cuando bajo la sombra del larguero. 52 minutos, cuatro goles, tres acciones bruscas de los colchoneros sobre los blancos y una segunda amarilla perdonada a Sorloth. Liga peligrosamente preparada, ¿no? Aún así, lo mejor al descanso para el Madrid era el resultado. Había que espabilar y mucho.
La segunda parte comenzó con Asencio sobre el campo en lugar de Militao, que había sufrido una violenta patada de Sorloth al comienzo del partido.
En los primeros minutos, Güler despejó un balón en el área tras un córner y después tocó en la cabeza de Nico. Alberola decretó penalti y amarilla para el turco. Gol de Julián. 3-2. En otras ocasiones, acciones similares, pero con las camisetas al revés, no habían sido pena máxima.
También había comenzado mal la segunda parte.
A la siguiente jugada, Simeone Jr. se tiró al suelo al más puro estilo Busquets y aprovechó para perder algún minuto tumbado en el suelo. De casta le viene al galgo.
Antes de la hora de partido, dos cambios. Sorprendentemente, Xabi retiró a Güler. En su lugar entró Mastantuono. Camavinga hizo lo propio por Carvajal. Tchouaméni bajaría al centro de la defensa, Eduardo, a la manija y Asencio, a estas alturas ya con amarilla, al lateral derecho.
Buena intervención de Courtois en el 60' y poco después amarilla a Carreras por existir. Luego, paradón de Courtois en mano a mano con Sorloth. La cosa no iba bien. El tolosarra quitó a Jude e introdujo a Rodrygo.
Tanto fue el cántaro a la fuente que en el 63' Julián marcó de falta por encima de la barrera. El típico gol imparable que en otras veces sí ha evitado el belga. 4-2. el Real Madrid estaba ofreciendo un rendimiento pésimo.
El Atleti, a diferencia de los blancos cuando se pusieron por delante, sí sabía manejar la ventaja, y cada vez que caía un hombre al suelo perdía un tiempo considerable. Además, estaban defendiendo bien, lo que combinado con que el Madrid atacaba mal solo apuntaba hacia un sitio.
El tiempo transcurría y los del hoy extraño Xabi no daban la sensación de poder remontar, siquiera empatar, ni por asomo. Sin disparar a puerta es complicado meter gol salvo que se lo marque el contrario.
El último intento, estéril, fue la entrada de Gonzalo con el tiempo casi concluido por Huijsen. Pero quien marcó fue el Atleti, que aprovechó el error de Fede para que Griezmann marcara el quinto.
Primera derrota, muy dolorosa, del Madrid de Xabi, quien tuvo no poca responsabilidad en ella. El Madrid tiene la irritante querencia a hacer sus peores encuentros contra rojiblancos y culés. No obstante, esto acaba de empezar.
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