Las mejores firmas madridistas del planeta

Ayer por la tarde, en la capital de España, se produjo un suceso estupefaciente. Un hombre llamado Luis Rubiales lanzó huevos contra otro hombre llamado asimismo Luis Rubiales, y todo ello en el contexto de una charla o conferencia.

El Luis Rubiales agredido se hallaba en lo alto de un escenario o tarima, en compañía de otro sujeto, cabe colegir que un maestro de ceremonias o introductor del ponente, mientras que el Luis Rubiales agresor perpetró su atentado desde el patio de butacas. El Luis Rubiales agresor fue detenido por la policía, lo que le salvó de convertirse por el mismo precio en Luis Rubiales a su vez agredido, ya que la víctima había descendido ya, como un resorte, a la altura de su homónimo con el objetivo de responder traduciendo huevos por obleas, tarea en que ni la más avanzada IA que pueda concebirse tiene las de ganar.

Los especialistas freudianos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado elaboraron enseguida una explicación psicoanalítica del suceso. Un hombre con serios problemas de autoestima habría encontrado una alternativa a la autolesión en el acto de agredir a otro llamado como él, y si le lanzó huevos y no cualquier otra cosa fue por una manifestación subliminal de ciertas dudas sobre la propia virilidad.

En otras palabras, Luis Rubiales habría lanzado huevos a Luis Rubiales como forma de autoexigirse un nivel de testosterona apto para una coyunda que últimamente se le resistiría, acaso por un problema de insuficiencia eréctil. En la mente febril de Luis Rubiales Agresor, por tanto, y siempre según estos componentes de la Policía Freudiana, un ficticio agente externo (en realidad el mismo sujeto) reclamaría al propio Luis Rubiales Agresor, vía lanzamiento de huevos a Luis Rubiales Agredido, la solidez eréctil que se le resiste. “El subconsciente es asín”, concluye nuestra fuente en la Policía Freudiana.

Sin embargo, no tardó en entrar en juego una variable que cambió el rumbo de la investigación en la frenética tarde de ayer. Llegó al conocimiento de los agentes implicados que el acto donde tuvo lugar el incidente no era en realidad una simple conferencia, sino la presentación de un libro, escrito por Luis Rubiales Agredido. El caso pasó inmediatamente a manos de la Policía de Propiedad Intelectual, donde se comenzó a manejar la hipótesis de una venganza como respuesta a una usurpación de copyright o similar.

La mayor parte de delitos de plagio literario que se conocen atañen al contenido de los libros. En este caso, sin embargo, y de manera harto fascinante, el fraude no se referiría al contenido del libro, sino a su autor. Queremos que se nos entienda: Luis Rubiales Agredido se habría apropiado fraudulentamente no del texto, sino del nombre del autor, a la sazón Luis Rubiales Agresor, a la hora de firmar la obra. De ahí el desquite del agraviado a través del lanzamiento de huevos.

En medio de todo esto, una nueva revelación sacudió de pronto los cimientos de este intrincado castillo de pesquisas. Sí, amigos, algunos tal vez ya lo sepáis. Agredido y agresor no solo compartían nombre, sino que eran además tío y sobrino.   “Ambos de Motril”, apostilló un joven oficial, con aires de gravedad.

Tío y sobrino. Motril. ¿Cómo encajar en el puzzle tan tremendos nuevos datos? De momento, el expediente cambió otra vez de manos en la sede de la Policía Nacional. Eran las 20:34, y el mismo bedel que los había trasladado del Departamento Freudiano al de Delitos contra la Propiedad Intelectual tomó el ascensor para llevar los papeles a la Unidad de Violencia Doméstica No de Género.

A altas horas de la madrugada, la policía seguía inmersa en la tarea de desentrañar todos los desconcertantes detalles. A las 2:17 AM, se conocieron extremos sorprendentes de la vida del agredido. Aparte de cosas como haber organizado fraudulentamente una competición de fútbol en un país del Golfo, o robar besos furtivos a la capitana de un equipo de balompié femenino, la víctima parecía compartir con el agresor cierta experiencia en el campo de los huevos, por cuanto en cierta ocasión se palpó los suyos propios en presencia de la Reina Letizia y de una de las infantas del Reino de España. Aun ignorándose aún la posible relevancia del dato, por precaución  se cambió de inmediato el nombre al expediente, que internamente pasó a denominarse “Luis Rubiales Lanzahuevos vs. Luis Rubiales Tocahuevos”. Solo el segundo apellido parecía marcar diferencias entre los protagonistas de la historia.

Estaban a punto de dar las cinco de la mañana en todos los relojes del Ministerio del Interior cuando se hizo del dominio de la policía el dato más perturbador e inquietante. La enésima revisión del video del incidente había confirmado la sospecha más lúgubre. El individuo de color que salta del público para intervenir en el lance, no se sabe bien en favor de cuál de los dos contendientes, era en efecto Bertrand Ndongo, popularmente conocido como “el negro de VOX”.

¿Qué hacía ahí Bertrand Ndongo? ¿Confirmaría también su presencia en la sala lo que tanto la Nacional como la Benemérita llevan tiempo barruntando, es decir, que es completamente gilipollas? Conociendo la adscripción socialista de Luis Rubiales Tocahuevos, acaso la aparición de Ndongo sugiera la forja de una maniobra política inopinada: un pacto de estado entre PSOE y VOX para borrar al PP del espectro de partidos nacionales al alcance del elector. Acaso el lanzamiento de huevos contra Rubiales Tocahuevos por parte de Rubiales Lanzahuevos no haya sido sino un ensayo de cara a un atentado similar contra la integridad física de Alberto Núñez Feijoo.

De momento, el bedel anda ya, expediente en mano, camino de la sede de la UCO.

Seguiremos informando.

 

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Corría el año 1981. Tras un año perdido estudiando Ciencias Económicas en la facultad de Somosaguas, y todavía sin tener claro mi camino hacia el mundo laboral, decidí hacer el servicio militar, obligatorio por entonces, y, de paso, tomarme unos meses de reflexión para emprender el enfoque de mis años venideros.

Pude elegir entre hacer mi "mili" o bien en España o bien en Francia, ya que ambos países me reclamaban para rendir servicios a la patria. Siendo práctico, preferí servir bajo la bandera tricolor, ya que podía ventilar esta tarea en 11 meses en lugar de los 14 que me exigían en España. Elegí pragmatismo por delante de patriotismo.

El 1 de agosto de 1981 mis padres me llevaron en coche hasta la ciudad mediterránea de Sète, al norte de Béziers y muy cercana a Montpellier, a unos 200 kilómetros de la frontera española de La Junquera. En el 81º regimiento de infantería, en el cuartel Vauban, iban a transcurrir mis siguientes once meses de vida.

Mi preocupación máxima no era estar a mil kilómetros de mi hogar madrileño, de mis padres, de mis hermanos y de mis amigos. Ya para entonces había pasado largas temporadas viviendo en París o en el sur de Francia, en el País Vasco francés.

No. Mi máxima angustia era el alejarme durante tantos meses de mi lugar favorito, el estadio Santiago Bernabéu, y del club de mis amores. Repito que era el año 1981: para ponernos en contexto no había teléfonos móviles, ni tampoco televisión por cable, ni siquiera de pago, al menos en España, y, va de suyo, tampoco existía Internet. Claro que había radio y tenía un pequeño transistor, pero nunca hubo manera de sintonizar el Carrusel Deportivo de turno.

Ver por tanto los partidos era tarea imposible, jamás se retransmitía un partido de la liga española en las televisiones francesas. Quizás en las competiciones europeas, siempre y cuando el rival del Real Madrid fuese un equipo francés. Si se daba ese improbable caso, tenía además que coincidir que dicho día no hubiese que hacer guardias o instrucción fuera del cuartel.

Las soluciones para seguir las andanzas del equipo eran o bien llamar a casa por teléfono por medio de una conferencia internacional —cada llamada era carísima para un recluta que ganaba 200 francos al mes, al cambio unas 3200 pesetas—, o bien consultar L'Equipe de los lunes para poder apenas conocer el resultado de la jornada del domingo. Es decir, con mucha suerte, te podías enterar del resultado y de la clasificación ya el lunes por la tarde, si te dejaban salir del cuartel tras las tareas diarias y si encontrabas un ejemplar del cotidiano deportivo a esas horas —tampoco había un exceso de kioskos por la bella ciudad de Sète, cuna de poetas como Paul Valéry o como Georges Brassens—.

Porque lo de encontrar un periódico español, como mucho El País o el Marca, era tarea de Hércules. Alguna vez me hice con un ejemplar de dichos rotativos, ya manoseado, a mediados de la semana y a un precio tres o cuatro veces superior al de su precio en España.

De vez en cuando podía llamar a mi casa de Madrid a cobro revertido, y en muy breves minutos mi querido padre me narraba de forma casi telegráfica el partido anterior, con los goleadores blancos y una breve crónica.

Mi máxima angustia era el alejarme durante tantos meses de mi lugar favorito, el estadio Santiago Bernabéu, y del club de mis amores. Repito que era el año 1981: para ponernos en contexto no había teléfonos móviles, ni tampoco televisión por cable

Coincidió mi estancia como militar con la temporada 1981-1982, época post Pirri y Amancio, ya retirados. Un equipo liderado por Santillana y por Juanito, el cual unos pocos meses antes había caído en el Parque de los Príncipes ante el Liverpool, en la final de la Copa de Europa. Estaban los García, y bastantes jóvenes del glorioso Castilla de 1980, finalista de la Copa del Rey ante su equipo matriz. La quinta del Buitre se estaba gestando por entonces en las categorías inferiores del club.

Castilla final Copa del Rey

También estaba el correo postal, obviamente, y cada semana mi padre metía en aparatosos sobres los recortes más importantes y destacados del Marca y de La Hoja del Lunes, con las correspondientes crónicas, las alineaciones puntuadas entre el 0 y el 3 —la nota máxima—, y algunas fotografías con los lances de los goles o con las paradas espectaculares de Miguel Ángel o del joven Agustín.

El inconveniente es que dichos envíos llegaban a mi destino como mínimo con quince días de retraso, pero cada vez que el suboficial de turno me repartía el correo, ese era sin duda el mejor momento de toda la semana. En la intimidad podía revivir el pundonor de Camacho, las diabluras de Cunningham, la sociedad perfecta entre Juanito y Santillana, los primeros pasos de Ricardo Gallego o de García Hernández o el motor incansable de Uli Stielike, entrenados por Vujadin Boskov.

Aquella no fue una temporada sencilla, tras la decepción de la Copa de Europa. Era un equipo en transición y una temporada en la que ya faltaban valladares defensivos como Pirri. Fueron los últimos partidos de Goyo Benito, y hubo una plaga de lesiones, sobre todo en la delantera. El club sufría también en la parte económica, y la directiva de D. Luis de Carlos tenía que hacer malabarismos para ajustarse a un estricto y sobrio presupuesto, pese a los esfuerzos titánicos de directivos como el tesorero D. Luis Miguel Beneyto.

En los permisos que tenía, resultaba muy complicado, además de caro, ir a Madrid a pasar unos días. Apenas un par de veces en todo el año, teniendo que ir desde Sète a Barcelona en tren (casi cuatro horas) y luego desde El Prat hasta Barajas.

Más fácil era pasar de tanto en cuanto un fin de semana en Barcelona, ya que junto a mí había otros dos reclutas que, siendo también de nacionalidad francesa, residían en la Ciudad Condal y me invitaban a pasar algunos días en sus domicilios. Por supuesto que aprovechaba para asaltar los kioskos de las Ramblas y llevarme en la maleta los Marca, As, Mundo Deportivo y hasta el diario Dicen, desaparecido pocos años después.

También adquiría Don Balón, lo mismo que en Sète compraba semanalmente France Football. Recuerdo que en aquellos años no había tanta rivalidad como hoy en día entre Barça y Real Madrid,  y hasta se percibía bastante respeto por el club merengue: eran los años en los que el FC Barcelona salvaba su temporada venciendo al Madrid, como así fue poco antes de Navidad cuando los nuestros fueron derrotados por 3-1.

Paralelamente a la liga, el Madrid jugó aquella temporada la Copa de la UEFA, en la que fue pasando de rondas sin pena ni gloria y ante rivales de segundo nivel: el Tatabanya húngaro, el Carl Zeiss Jena de la RDA, el Rapid de Viena, con resultados cortos resueltos casi siempre en el Bernabéu. Uno de los pocos partidos que pude ver aquel año en Madrid precisamente fue el de la vuelta de los octavos de final ante los vieneses, en una fría noche de diciembre,  que terminó con un aburrido empate a cero que dio el pase a cuartos a los nuestros tras haber ganado en el Práter de Viena por 0-1, con gol del gran Carlos Santillana.

El gran rival en la liga fue la Real Sociedad de Ormaechea, que quería revalidar su título obtenido en 1981. Como así fue. La clave estuvo en el doble duelo ante los donostiarras, que dominaron 3-1 en el antiguo estadio de Atocha y que resistieron 1-1 en el Bernabéu, con una actuación prodigiosa de Arconada. De todo aquello yo, como siempre, me enteraba días o semanas después, lamentando no poder ayudar a los míos desde la grada de pie del fondo norte de Chamartín.

Sí que tuve la oportunidad de seguir más la liga francesa, muy menor en aquel tiempo, con una interesante batalla entre el Saint Étienne, el Sochaux (equipo de la Peugeot, hoy en día en divisiones inferiores) y el Mónaco, que se acabó imponiendo en las jornadas finales. La final de la copa de Francia la ganó el PSG, liderado por Rocheteau, tras imponerse por penaltis al Saint Etienne de Platini.

Ya se estaba configurando una gran selección gala que pocos meses después, en el Mundial 82 de Naranjito, maravilló a todos y fue claramente atracada en la semifinal de Sevilla ante los alemanes de Harald Schumacher.

La vida en el cuartel era monótona pero muy cómoda: tuve la suerte, por saber escribir a máquina, de pasar los últimos meses como secretario del coronel del regimiento, un trabajo más que plácido que me permitió devorar como nunca decenas de novelas clásicas, y que me permitía escribir cartas a mis queridos amigos de Madrid, a los que tanto echaba de menos: a Eduardo, a Antonio, a Carlos, a Pierre.

Anecdóticamente, el coronel y algunos otros oficiales me prolongaban a menudo mis permisos de fin de semana, pudiendo regresar los lunes a mediodía al cuartel en lugar de los domingos por la noche, y cada vez que viajaba a Barcelona me pedían que les trajese de España alguna botella de pastís Ricard, que costaba mucho más barato en España que en Francia. Todavía no sé, más de cuarenta años después, qué hubiese pasado si en la frontera de Le Perthus los de las aduanas me hubieran abierto el equipaje con tres o cuatro botellas de pastís (en 1982 aún no formaba parte España de la Comunidad Económica Europea). Yo creo que se me habría caído el pelo (ya bien rapado en el cuartel cada tres semanas) de forma definitiva.

Pese a que la trayectoria en la liga fue de muchos altibajos merengues, en la Copa del Rey el Real Madrid pisó firme desde los octavos de final. Fueron cayendo el Málaga, el Atlético de Madrid en cuartos y la Real Sociedad en semifinales, resuelta la eliminatoria por penaltis en el Bernabéu. El Madrid pudo curar en parte las heridas producidas quince días en la Copa de la UEFA, cuando fue vapuleado 5-0 por el Kaiserslautern tras haber ganado en la ida por 3-1. Quien les escribe tardó varios días en conocer dicha debacle, aunque algo sospechaba al no poder hablar durante bastante tiempo con mi padre. No había noticias, por lo tanto, debían de ser malas noticias. Aquellos años 80 fueron terribles cada vez que los nuestros pisaban territorio teutón, las goleadas en contra fueron hasta tristemente rutinarias.

Obviamente, no pude ver la final de la Copa del Rey de aquel año. Se jugó en 13 de abril, posiblemente para no coincidir con el inicio del Mundial que se iba a celebrar en España. Fue en el estadio de Zorrilla, en Valladolid, conocido por ser el de la pulmonía, pese a haber sido enteramente remozado para la cita mundialista. Un martes y trece, nada menos, día extrañísimo para una final de copa. Por mi padre supe que él, junto a varios de mis hermanos mayores, fueron en coche hasta la capital pucelana, con lo que al día siguiente  tiré de mis ahorrillos, y pude pagar una conferencia internacional de unos diez minutos —tuve que hacer trueque con mis paquetes de Gauloises y de Gitanes para conseguir liquidez— para que mi padre me contase con todo detalle la victoria 2-1 contra el Sporting de Gijón de Maceda, de Mesa, de Joaquín y de Enzo Ferrero. Nunca llegué a ver ese partido, aunque conozco los detalles, los goleadores (Jiménez, en propia puerta y Ángel de los Santos), en un partido gris y muy igualado, ya dirigido por don Luis Molowny, que había sustituido al cesado Vujadin Boskov poco después del estrépito de Kaiserslautern y tras una nueva derrota en el Estadio Insular ante Las Palmas.

Quien les escribe tardó varios días en conocer dicha debacle, aunque algo sospechaba al no poder hablar durante bastante tiempo con mi padre. No había noticias, por lo tanto, debían de ser malas noticias

Por mi parte, ya había ganas de regresar a Madrid, y eso que mi servicio militar había sido muy placentero; mi coronel acabó ascendiéndome a cabo primero y me dejaba libertad para salir todas las tardes, además de exonerarme de marchas y de acampadas nocturnas. Sé que estaba haciendo la “mili” porque vestía cada día de uniforme y porque cada quince días iba a practicar tiro con mi fusil de asalto Famas F1. Incluso tenía el privilegio de almorzar en el comedor de suboficiales, por autorización expresa del coronel del regimiento.

Ya a finales de abril se consumó lo que parecía claro desde el mes de febrero: el Real Madrid no iba a ganar la liga, que cayó por segundo año consecutivo en las manos del equipo donostiarra, ya saben, el de los Arconada, Zamora, Perico Alonso, Idígoras, Satrústegui y López Ufarte. Un tercer puesto, a 3 puntos del campeón, y por detrás del Barcelona. Y el consuelo de haber logrado el título de Copa.

Camacho y López Urfarte en Atocha. 1982

Quedaban aún dos meses para acabar mi estancia cuartelera y, por lo tanto, el estrés de saber cuál iba a ser cada semana el resultado del equipo, ya que la temporada futbolera había llegado a su final.

Además, ya era todo un veterano en el cuartel, tras 9 meses allí, y con un puesto de trabajo privilegiado. Así que las semanas siguientes pude aprovecharme del buen tiempo que hacía al borde del Mediterráneo e ir quitando hojas en el calendario para poder regresar a Madrid, así como a esperar ya el comienzo del Mundial de fútbol que se iba a disputar en España, a mediados del mes de junio. Y me decía a mí mismo: el 1 de julio ya estaré en Madrid, y ya empezarán los rumores y los fichajes para la temporada siguiente. El martirio de estar tan desconectado de mi club iba por fin a llegar a su final.

 

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Buenos días. Tomás Roncero se ha apuntado un tanto extraordinario entrevistando para As a Carlo Ancelotti. La entrevista habría sido bienvenida en cualquier otro momento, por cuanto Carlo es y será siempre venerado por el madridismo.

Sin embargo, en este preciso instante, cuando las polémicas artificialmente hinchadas amenazan con horadar el buen clima y la necesaria estabilidad en el Real Madrid, las declaraciones que Roncero ha logrado extraer de Carlo suponen un verdadero bálsamo. Hay que agradecérselo al nuevo As de José Félix Díaz y al propio Tomás porque, aparte de la idoneidad que siempre comporta entrevistar a una figura capital del fútbol mundial, lo publicación de lo dicho por Ancelotti es en última instancia un servicio al madridismo.

Sí, Ancelotti defiende a Xabi. Dice sobre él lo que refleja la portada (o sea, qué más le vamos a pedir a un técnico que tiene al equipo clasificado primero en liga y en el Top8 de Champions) y también, en otro momento de la entrevista, apuesta por el triunfo del tolosarra en el Real Madrid.

Este apoyo de Carlo a Xabi es el apoyo de tres personas en una.

Primero, Xabi está siendo apoyado por uno de los personajes más eminentes que quedan vivos en el mundo del balompié.

Segundo, es el respaldo del técnico más laureado (y, por tanto, el mejor) de cuantos han ocupado el banquillo del Real Madrid, que es el que Xabi ocupa ahora. Es la historia más reciente de gloria del club apostando por la gloria que el vasco puede traer si se tiene la necesaria paciencia.

Tercero, y quizá este es el Ancelotti más importante en este caso, la faceta más notable. El italiano, además de ser una leyenda para el fútbol mundial y para el Real Madrid en particular, es ahora mismo el seleccionador nacional de Brasil y por tanto de Vinícius. Sabemos que su relación con Vini es extraordinaria. El hecho de que el técnico de Vini en el equipo de su país, que además tiene una relación paterno-filial con el astro brasileño, apoye explícitamente a Xabi es fundamental por cuanto se supone, precisamente, que Vini y Xabi no pueden ni verse. De hecho, no hace muchos días, en otra entrevista, el viejo y querido Carlo manifestó públicamente haber afeado a Vini su gesto al ser sustituido en el mal llamado clásico.

Ancelotti ya no está en nómina en el Real Madrid, pero a través de declaraciones como estas sigue rindiendo un servicio impagable al club blanco. Sembrando paz en medio de la discordia (una discordia convenientemente exagerada por medios y youtubers, claro). Aportando sentido común y la mesura que preconizaba el propio Xabi en su rueda de prensa de Vallecas. Y no dudando en ayudar al nuevo entrenador blanco a pesar de que lo más fácil para él, sin duda alguna, sería abstenerse de entrar en el debate o hasta decantarse por Vini en la presencia de un eventual pulso.

Lo dicho: un bálsamo. Gracias a Carlo. Y gracias también a Roncero y As por aplicárnoslo en esta mañana de parón que ahora parece más sobrellevable. Enhorabuena.

Las portadas de los restantes rotativos de la jornada se nos antojan sosas e indigestas como un polvorón con edulcorante. Solo nos llama la atención el puño al aire de Laporta, como si quisiera cantarnos La Internacional. En un parón, uno puede esperarse cualquier cosa.

Pasad un buen día.

 

 

 

La eterna disyuntiva entre la “mano izquierda” y el “puño de hierro” acompaña a la humanidad desde siempre. Gobiernos, empresas, familias, clubes deportivos… todos han debatido, generación tras generación, sobre cuál es el camino más eficaz para dirigir y cohesionar a un grupo.

A mí, desde muy joven, este dilema me resultó fascinante. Siempre me ha atraído la habilidad de ciertos líderes para influir en la conducta de sus equipos sin recurrir al castigo ni a la imposición, sino apoyándose en herramientas tan complejas como sutiles: la persuasión, la escucha, la empatía y el convencimiento genuino.

Hoy, observando la dinámica del Real Madrid y lo que significa gestionar el vestuario más complejo del mundo, no puedo evitar pensar en el desafío al que se enfrenta Xabi Alonso. Como consultor corporativo y coach ejecutivo, he trabajado con equipos profundamente heterogéneos, donde conviven culturas, prioridades, personalidades, edades, egos y expectativas profesionales radicalmente distintas. Y esa labor, la de “amalgamar” seres humanos para que remen con convicción hacia la misma orilla, es un reto tan apasionante como decisivo.

Por eso no me sorprenden las versiones difundidas recientemente por periodistas e influencers, según las cuales Xabi habría cedido parcial o temporalmente a presiones internas del vestuario. No afirmo que sea cierto; tampoco lo descarto. Lo que sí sostengo es que es absolutamente posible y altamente probable, porque este tipo de tensiones es inherente a cualquier grupo humano de alta exigencia, desde empresas multinacionales hasta equipos de élite.

he trabajado con equipos heterogéneos donde convivían culturas, prioridades, personalidades, edades, egos y expectativas profesionales distintas. Y esa labor, la de “amalgamar” seres humanos para que remen con convicción hacia la misma orilla, es un reto tan apasionante como decisivo

Mi intención aquí no es confirmar lo que ocurre puertas adentro del Real Madrid, sino aportar una lectura profesional sobre un fenómeno universal: cuando la gestión humana falla, ningún talento técnico, ni del entrenador ni de los jugadores,  es suficiente.

Y es ahí donde Xabi debe decidir, consciente o inconscientemente, si su estilo se acercará más a un Mourinho o a un Ancelotti. No por imitar personalidades, sino porque ambos representan dos arquetipos de liderazgo que, bien gestionados, pueden marcar la diferencia entre potenciar un vestuario… o permitir que las fricciones invisibles lo mermen.

Porque, nos guste o no, la variable “gestión del grupo” es capaz de elevar o hundir el rendimiento de cualquier colectivo, incluso de uno tan excepcional como el del Real Madrid. En un entorno donde los egos, los objetivos individuales, las diferencias económicas, las edades, las nacionalidades y los intereses personales convergen en un mismo espacio, un entrenador queda inevitablemente expuesto. Si no gestiona esas diferencias, corre el riesgo de que el ruido relacional opaque la calidad futbolística.

Por eso defiendo (desde hace años) la figura del “amalgamador”, un rol especializado cuya función exclusiva es armonizar las relaciones internas, anticipar conflictos, gestionar sensibilidades y garantizar que lo emocional, lo relacional y lo cultural no interfieran con lo deportivo. Un rol que en el mundo corporativo ya es habitual, pero que en la élite deportiva se sigue ignorando, pese a que cada vez se valora más la especialización y se incrementa la inversión en otras áreas: nutrición, psicología, biomecánica, análisis de datos, fisiología, porteros, preparación física, etc.

Y, sin embargo, pocas cosas afectan más al rendimiento que la calidad de la convivencia interna.

¿Qué podemos esperar del Madrid en el Mundial?

Lo ideal, por supuesto, es que el entrenador sea un técnico excepcional y un gestor humano extraordinario. Pero pedirle que encarne ambas figuras al 100% es tan irreal como injusto. Quienes rodean al entrenador deberían complementar, no cargar, su rol. A un director técnico hay que facilitarle un entorno fértil para que sus ideas puedan florecer con naturalidad.

El riesgo para Xabi Alonso (y para cualquier líder en cualquier sector) es que su extraordinario potencial profesional quede condicionado por tensiones y fricciones que nada tienen que ver con el fútbol, pero que son capaces de alterar entrenamientos, dinámicas internas, alianzas, esfuerzos colectivos y, finalmente, resultados.

Lo ideal, por supuesto, es que el entrenador sea un técnico excepcional y un gestor humano extraordinario. Pero pedirle que encarne ambas figuras al 100% es tan irreal como injusto

Ojalá que, aun sin esa figura experta en armonizar el entorno humano, Xabi logre dar con la tecla que permita al Real Madrid maximizar su enorme capacidad competitiva. De lo contrario, veremos (más veces de las que la lógica deportiva justificaría) cómo equipos con recursos muy inferiores logran competirle, e incluso superarlo, simplemente porque han sabido gestionar mejor aquello que no se ve: la armonía, la cohesión y la disposición de trabajar por el equipo.

Porque en el fútbol, como en la empresa y como en la vida, no ganan siempre los más talentosos. Ganan quienes saben relacionarse mejor.

 

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A finales del siglo pasado, en 1997, una figura inesperada apareció para quedarse en el panorama cinematográfico. El indomable Will Hunting fue la película que catapultó a la fama a Ben Affleck. Junto a Matt Damon, su amigo de toda la vida  y protagonista del film, había escrito la historia que les supuso ganar el Oscar al mejor guión original. A su vez, Robin Williams ganaría el Oscar al mejor actor de reparto también. Si bien es cierto que Affleck venía apareciendo periódicamente en algunas producciones independientes, fue El indomable Will Hunting la película que le hizo conocido. Y la autoría del guión, con Matt Damon, lo coronó. Definitivamente, sus figuras emergieron y sus nombres se establecieron en la órbita de la industria del entretenimiento.

Hasta ese momento, ambos eran unos desconocidos para Hollywood.  El director Kevin Smith tenía en Affleck y Damon dos de sus colaboradores estrellas. De hecho, por aquel entonces rodaba con Affleck Mallrats y con Affleck y Damon la deliciosa comedia de culto Persiguiendo a Amy. Sin embargo, todo cambió con el éxito de El indomable Will Hunting. Con un presupuesto de apenas 10 millones, la película producida por Miramax acabó recaudando 225 millones de dólares en taquilla. Tras el éxito de la misma, la vida de Ben Affleck daría un vuelco.

Fue una estrella rutilante en su juventud, pero también sufrió importantes reveses. Se rearmó varias veces para volver del infierno. Puro madridismo

Ben Affleck encaró el arranque del siglo XXI como una de las grandes estrellas emergentes. Con aciertos y desaciertos, se fraguó una reputación actoral de absoluta estrella mediática, pero sin regatear el sambenito de ser un intérprete limitado para la crítica especializada. En 1998, Michael Bay cuenta con él para la épica Armageddon. En 2009, protagoniza La sombra del poder junto Russell Crowe, una historia acerca de las podredumbres del poder y la obligación de desenmascarar sus aspectos más sórdidos por parte de la prensa libre. En 2014, protagoniza junto a Rosamund Pike la cinta Perdida del director David Fincher, todo un éxito de 369 millones de dólares. Éstos son algunos de sus trabajos más celebrados, más allá de algunos traspiés como Daredevil, Pearl Harbor o Gigli.

En 2007, sorprendió a propios y a extraños con el suspense Adiós pequeña, adiós. El actor decidió escribir, producir y dirigir su primera película como realizador. Fue todo un éxito de crítica y público. En 2010, siguió la senda y protagonizó, dirigió y escribió The Town (2010), una historia sobre ladrones que recibió numerosos elogios.

En 2012, repitió la experiencia con Argo. La película ganaría tres premios Oscar, entre ellos a la mejor película.  La película adapta los hechos de la operación Subterfugio canadiense, en la que el experto en rescates Tony Méndez lideró el rescate de seis diplomáticos estadounidenses de Teherán bajo el pretexto de filmar una película de ciencia ficción durante la crisis de rehenes de Irán entre 1979 y 1981. En 2016, dirigiría Vivir de noche, retrato de la incursión de un hombre en el mundo del crimen organizado en la época de la ley seca durante los años 20.

Alrededor de 2015, el actor entró en el periodo más oscuro de su vida. Tras el divorcio con la también actriz Jennifer Garner, atravesó una etapa complicada en el plano profesional y personal. Con un historial de alcoholismo y rehabilitación ya dilatada, el actor se enfrentó a una importante recaída en 2018. Por fortuna, la estrella californiana supo reponerse y salir reforzado de la experiencia. En 2016, formó parte del universo cinematográfico de DC que levantó el director Zack Snyder. En él dio vida al icónico Batman, personaje que interpretaría en varias películas más.

A principios de 2020, mientras rodaba Deep Water, comenzó una relación afectiva con la bellísima Ana de Armas. Felizmente el actor estaba de nuevo en lo más alto tras una etapa dolorosa y oscura.  Ya quisiéramos todos atravesar nuestro peor momento y sobrevivir al mismo de una forma tan genial.

El jugador que más se le asemeja puede ser Gareth Bale, por su mala prensa o por sus varios hiatos, de los que volvió para reafirmarse

Podemos concluir que la carrera de Ben Affleck ha sido una noria total, con sus vaivenes pero también con sus luces de colores. Fue una estrella rutilante en su juventud pero también sufrió importantes reveses. Se rearmó varias veces para volver del infierno y poder contárnoslo. Su historia es una historia de superación, alguien que fue varias veces dado por acabado y en un pestañeo volvió a representar la imagen del éxito. Puro madridismo.

El jugador que más se le asemeja puede ser Gareth Bale por su mala prensa, o por sus varios hiatos, de los que volvió para reafirmarse. Sin ir más lejos, el 3 de junio de 2017, se proclamó campeón de la Copa de Europa en el Millenium Stadium de Cardiff, su localidad natal. Tras una etapa complicada, emergió como un dios del Olimpo con esa chilena imposible para encarrilar la victoria del Real Madrid en Kiev frente al Liverpool. Fue el absoluto héroe de la decimotercera con sus dos goles y partiendo desde el banquillo. Bale fue un jugador de destellos y sombras. Un jugador de culto que no fue entendido por una parte de la afición, pero que finalizada su carrera posee un palmarés difícilmente igualable.

En esta diatriba se ha movido siempre Ben Affleck, entre la excelencia y la incomprensión. Capaz de alzarse con una estatuilla de la Academia de Hollywood por una historia original y, al mismo tiempo, regatear entre malas decisiones como intérprete o proyectos sobresalientes como realizador.  Su última experiencia como director es Air, una  película sobre cómo Nike fue capaz de crear en torno a Michael Jordan una marca de zapatillas de deportes que cambiarían el negocio del calzado deportivo, la marca Air Jordan. Una historia fundamental para los más curiosos. Muy recomendable en los interesados en el mundo del márketing y en cómo éste afecta al deporte y la cultura contemporánea.

Vemos pues cómo la carrera de Ben Affleck ha estado plagada de éxitos, pero también ha sufrido algunos contratiempos. Con sus luces y sus sombras, la carrera del californiano ha sido sobresaliente. Y aún queda lo mejor. Estoy convencido que, en su madurez, nos ofrecerá aún más joyas como director, y desplegará alguna que otra interpretación convincente en una gran producción como intérprete. Aun así, y también como el Madrid, siempre tendrá a la crítica en contra.

 

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El Real Madrid femenino rescató un punto en la tercera jornada de la Champions League al empatar in extremis (1-1) ante el Paris FC. Las visitantes se pusieron por delante gracias a un gol de penalti de Lorena Azzaro y, a pesar del dominio e insistencia madridista, sólo un disparo de Caroline Weir en el último suspiro restituyó un mínimo de lógica al resultado final.

Sangre, sudor, lágrimas y mucha, mucha frustración acumulada fue el menú nocturno del Real Madrid femenino en el tercer partido europeo de la temporada ante un rival que comienza a posicionarse como una de las pesadillas de las blancas. Si hace dos años los duelos ante el Paris FC terminaron en descalabro merecido, en esta ocasión fue el Madrid el equipo llamado a hacerse con la victoria por insistencia, dominio del juego y ocasiones de gol. Sin embargo, y aunque el equipo salió envalentonado y confiado tras la buena racha que viene arrastrando, todo acabó enredándose en el momento menos indicado.

Con el Barcelona y el Arsenal aguardando a la vuelta de la esquina para hacer sufrir al equipo de Pau Quesada, los tres puntos debían quedarse en el Alfredo di Stéfano. El XI dispuesto, perfectamente titular, permitió al Madrid hacerse con la batuta sin dificultad, superando la muy valiente presión alta del Paris con buenas asociaciones desde la defensa. Los acercamientos al área de la exmadridista Mylène Chavas no tardaron en llegar y, a partir del minuto 10, el rodillo blanco debía conducir a la goleada como único desenlace lógico. Linda Caicedo, Alba Redondo y Naomie Feller rondaron el gol una y otra vez, a lo largo de media hora, pero en la grada no se pasó de cantar ‘uys’.

Las visitantes se pusieron por delante gracias a un gol de penalti de Lorena Azzaro y, a pesar del dominio e insistencia madridista, sólo un disparo de Caroline Weir en el último suspiro restituyó un mínimo de lógica al resultado final

Si al disparo de la colombiana en el 21 tras otra jugada de funambulista en la frontal le hubiesen sobrado cinco centímetros de altura, para acabar en la red y no en el larguero, nada de lo que sucedió después habría seguido el guion definitivo. Pero esta vez el Real Madrid no tuvo fortuna en el cruce de caminos y, desaprovechado su momento de superioridad, la ruta fue un transitar por la calle de la Amargura. No bastó con la falta de gol sin más, sino que en un ataque aislado del Paris Filippa Angeldahl metió con torpeza el pie a destiempo cuando la atacante Sheika Scott se revolvía, sirviendo en bandeja la infracción dentro del área. La jugada, que había nacido con una muy discutida falta sobre Sara Däbritz no señalada, hizo añicos la estabilidad mental de las blancas.

Conocedores de haber perdido la oportunidad de irse al descanso con dos o tres goles en la mochila, el 0-1 convertido por Lorena Azzaro hizo que en la segunda parte se esfumara la clarividencia con balón. Los ataques dejaron de ser fluidos, se sucedieron los centros acelerados a ninguna parte –o como mucho a los guantes de Chavas– y las visitantes rompieron el ritmo aprovechando cada golpe para requerir la asistencia médica. La ubicación de las piezas sobre el tablero conducía al petardazo. Tampoco contribuyó a los intereses blancos la actitud incendiaria de la árbitra sacando amarillas a las futbolistas madridistas por requerirle justicia y mejor criterio, pero el nivel de las profesionales del silbato es el que es: de juzgado de guardia.

Ya en los últimos minutos, Pau Quesada se lo jugó todo al gol del empate acumulando en el frente ofensivo a Athenea del Castillo, Lotte Keukelaar e Iris Ashley junto a Linda Caicedo y Caroline Weir. Si bien la frescura encaradora de las dos primeras y el trabajo de ‘9’ de la canterana permitió renovar el optimismo, el escenario por entonces era agónico. El Paris achicaba agua dentro de su área, el Madrid chocaba contra una pared invisible y el descuento kilométrico tras las pérdidas de tiempo completaba el drama.

Todo estaba perdido superado el minuto 96, con Misa Rodríguez volviendo a campo propio tras intentar acudir a rematar un balón en la que era la vigesimotercera ocasión de la noche. Estaba perdido, sin vuelta atrás, y aún así bastó un balón llovido del cielo que María Méndez peleó por alto para conseguir lo imposible. El cuero quedó muerto dentro del área, Caroline Weir llegó antes que cualquier pie rival… y Mylène Chavas tardó en estirarse lo suficiente para que se cantase el gol del empate como se canta el de una victoria. A falta de tres puntos, no hay mejor forma para rescatar un empate.

 

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Buenos días, amigos. Estamos ya inmersos en el parón de selecciones que tanto temíamos y, la verdad, bien mirado, no está tan mal. Lo que uno suele temer de estos periodos anticlimáticos en medio del calendario futbolístico es el tedio que aparejan. Sin embargo, en esta ocasión no se puede decir que no tengamos cosas con las que entretenernos.

Para empezar, parece que los madridistas de las redes sociales, espoleados por exitosos youtubers, estamos inmersos en la tarea de quemar el Real Madrid. No se podrá decir que andamos ociosos, porque reducir a chamusquina 123 años de historia del club de fútbol más prestigioso de la historia da para mucho. Estamos inmersos en una tarea hercúlea, amigos, pero no por ello menos acuciante y necesaria. El equipo anda primero en liga, con tres puntos de ventaja sobre el segundo, y se encuentra clasificado en el anhelado Top8 de la Champions. La afición no tiene por qué pasar por una humillación semejante.

Hay que derrumbar el club, y tenemos el tiempo del parón para hacerlo. Es un tiempo que a priori parece eterno, pero atención, no nos confiemos, porque luego los días vuelan. La tarea de demolición de la entidad será onerosa. Las habilidades que comportará el trabajo no están exentas de fineza, porque debe derrumbarse la institución mientras el estadio permanece en pie todavía unos días, ya que en su interior se celebrará el partido de la NFL entre los Miami Dolphins y los Washington Commanders. No es fácil cargarse una institución mientras en sus infraestructuras tienen lugar eventos de alto perfil mundial, pero habrá que ponerse a ello echando mano de la máxima sutileza.

Apliquémonos a la tarea con constancia y determinación. Echemos mano de cuantos rumores lleguen a nuestros oídos, y procedamos a darles verosimilitud factual y caracteres de tragedia griega. Convirtamos presuntas desavenencias internas en comprobados cismas irresolubles, e inflemos el globo hasta que la institución estalle, porque si no decidnos: ¿de qué vamos a hablar durante el parón? Cualquier cosa menos el aburrimiento y la falta de pinchazos.

En esta mañana el planeta fútbol entero, como no tiene dónde rascar, se hace eco de los rumores propagados por madridistas 3.0, y tenemos fundadas esperanzas de que al término del parón no quedará ni un rescoldo del Real Madrid C. de F. Pero tal cosa solo sucederá si no nos relajamos. Hay que darse prisa para aniquilar el club entero durante estos días sin competición de clubes. Como decíamos antes, estos paréntesis parece que son eternos pero cuidado, porque luego los días pasan en un suspiro y se acaba el parón y lo mismo hasta el club sigue en pie. No dejemos resquicio alguno a la posibilidad de que esto suceda.

Nosotros no vamos ni a hacernos eco de rumores, ni a convertir los rumores en noticias ni a inflar la importancia de las presuntas noticias. Es más, vamos a decir algo tremendamente arriesgado que seguramente nos granjeará todavía más enemigos entre los correligionarios madridistas: si al término del parón el Real Madrid sigue en pie, no pensamos protestar por ello.

La prensa, curiosísimamente, tampoco refleja en portada la agonía del madridismo de las redes. Es extraño, por cuanto son tradicionalmente los primeros interesados en las labores de demolición. Pensamos que no se hacen eco porque ello implicaría otorgar crédito a youtubers que consideran sus adversarios en la captación del interés de los aficionados. De lo contrario, de buen grado se subirían al carro con banda sonora de Bernard Herrmann.

Marca habla de “tormenta en la selección” mientras Lamine parece asistir muy atento a las explicaciones del rotativo de Gallardo. Parece ser que hay guerra entre la Federación cuya estructura arbitral acogió a Negreira durante décadas y el club que lo tuvo en nómina durante al menos 17 años. Las trifulcas entre Jesse James y Billy el Niño, a fuer de ser sinceros, nos resbalan bastante. No nos motivan las batallas entre forajidos.

Por cierto, hablando de forajidos, una “mosca” en la portada de Marca nos alerta de que en el interior nos esperan 10 preguntas y diez respuestas sobre la entrada de Apollo en el capital del Atlético de Madrid. A nosotros nos bastaría con una sola respuesta a una sola pregunta: ¿Por qué ustedes, señores de Marca, han tratado con total normalidad ¡desde 1992! que los propietarios de dicho club se lo hubieran apropiado de manera indebida, según sentencia judicial cuyos efectos por desgracia prescribieron, y han blanqueado (con perdón) hasta la untuosidad a personajes de la catadura moral de los hoy vendedores?

As y Mundo Deportivo coinciden en su foto de portada. Dado que ambos titulan algo relativo a Lamine Yamal, deducimos que la cabecita que se intuye bajo una gorra coronando ese inmenso outfit es la del extremo culé. Parece ser que en Can Barça es Lamine quien se pone la ropa que compran para Laporta. No entendemos muy bien.

El protagonista de Sport, en cambio, es Messi. Eso nos recuerda que este portanalista ha soñado esta noche que coincidía con el rosarino en un baño turco.

—Vienen ahora los dos joanes—, nos decía la Pulga.

En ese momento, nos despertamos entre sudores. Por el baño turco, suponemos.

Pasad un buen día.

Es algo habitual, con todos los entrenadores sucede, pero encuentro mucho alboroto en torno al Real Madrid desde que Xabi Alonso aterrizó en el banquillo. Unas veces para bien y otras para mal. Estamos los que puedo considerar madridistas y los que quiero considerar “jugadoristas”. No me entra en la cabeza que haya gente que trate de justificarlo todo por salvar a su futbolista favorito.

Los resultados están acompañando a Xabi en estos primeros meses como entrenador del equipo con la máxima exigencia del mundo. Cierto es que nos quedamos a las puertas de la final del Mundial de Clubes y en los partidos importantes (Atlético y Liverpool) no hemos dado el callo. Del Metropolitano salimos escaldados y de Anfield simplemente superados. La victoria en el Clásico frente al Barça digamos que fue un partido de luces y sombras.

El empate en Vallecas ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos de nosotros, porque vemos que este Real Madrid está apagándose. El lío de Vinícius y su famoso cambio desencadenaron una situación insostenible entre los defensores de Alonso y los del brasileño, pasando por un Mbappé, inconmensurable, al que le han caído palos por todos los lados siendo Bota de Oro la temporada pasada y acumulando una media de un gol por partido en esta.

Dejemos a un lado los egos y las decisiones técnicas. El Real Madrid es el que permanece, los jugadores y los entrenadores van pasando

Llevo pensándolo y diciéndolo desde que empezó la temporada, pero cada vez es el sentir de más gente que busca soluciones a la situación actual del Real Madrid: en este equipo faltan centrocampistas con mejor tacto de balón. Kroos y Modric, respaldados por Casemiro, dejaron el listón demasiado alto porque además de deleitarnos en cada partido fueron capaces de liderar desde el juego a un grupo de futbolistas que ganaron todos los títulos posibles y nos hicieron muy felices.

Pienso en si podemos estar viviendo una etapa de transición, pero también se hablaba sobre ello cuando la mayor leyenda del Club salió del Real Madrid y yo he visto a Marcelo y Nacho levantar dos Copas de Europa pocos años después de la partida de Cristiano Ronaldo.

Dejemos a un lado los egos y las decisiones técnicas. El Real Madrid es el que permanece, los jugadores y los entrenadores van pasando. Que nunca se nos olvide que lo que nos hace grandes es la unión y, tal y como estamos ahora, no vamos a ninguna parte.

 

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Querido Xabi, el responsable eres tú. Cuando llegaste al Madrid, vendiste que tu equipo se iba a caracterizar por ser vertical, presionando arriba. Dijiste que en el Bernabéu íbamos a ver rock and roll.

Personalmente, quedé muy satisfecho con lo que mostró el equipo durante el Mundial de Clubes. Me gustó la salida de balón con los tres centrales, los dos carrileros bien abiertos, un centro del campo jugón con Güler como protagonista, y la oportunidad para un canterano como Gonzalo, que rindió a la perfección. Pero ninguno de los recursos tácticos que vimos en el Mundial se ha repetido. El Madrid está siendo una continuidad de lo que se vio el año pasado con Ancelotti. Un equipo plano, sin fútbol, sin ideas, y a la espera de que Mbappé resuelva los partidos.

Lo bueno es que hay solución.

Para mí es clara, Xabi. Si vas a perder, pierde con tus ideas. Mantén el 3-5-2, dale confianza a Trent de carrilero, y vuelve a poner a Valverde de centrocampista, que es el mejor que tienes en plantilla. Si bien los delanteros seguirían siendo Mbappé y Vini, tienes que volver a contar con Gonzalo, tu único rematador nato, o con Endrick, que seguro que aporta algo distinto.

Brillaste en el Leverkusen por tener personalidad, ideas claras, y ganas de ver un equipo crecer. Si bien esto es el Real Madrid y los experimentos no siempre funcionan, no puedes esconderte detrás de un modelo de juego clásico que además no funcionó con estos futbolistas la temporada pasada.

Xabi, si vas a perder, que sea con el rock and roll. Confío en que vuelvas a ser tú

Tampoco puedes seguir vendiendo que estamos en fase de construcción, cuando en poco más de un mes nos estaremos comiendo las uvas, y tú más que nadie sabes que el Madrid no perdona, ni a futbolistas ni a entrenadores. Hoy el equipo remata menos y pisa menos área que el año pasado. El Real Madrid promedia 9,7 tiros por partido en Liga, cuando la temporada pasada cerró en 14,3. Y lo más preocupante: apenas 2,4 remates al área chica por cada 90 minutos, el número más bajo del Madrid en la última década. Además, Mbappé marcó el 40% de los goles del equipo en Liga la temporada pasada y esta ya lleva el 50%. Números que indican que no se ha mejorado en ataque.

Xabi, si vas a perder, que sea con el rock and roll. Confío en que vuelvas a ser tú. En que transmitas tu mensaje, tus ideas y tus tácticas, y en que apartes a aquellos que no acompañen tu fútbol.

 

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El año pasado tocamos fondo. O eso creímos. La indolencia, la apatía del equipo se llevó por delante a Ancelotti. Las viejas matemáticas del fútbol dicen que es más fácil echar a uno que a veinticinco. A veces funciona. Otras no.

Achacamos una temporada casi en blanco a la falta de recambios para los lesionados. El club no quiso o no pudo fichar. Tampoco sobraban opciones, los jugadores de nivel estaban ya en equipos ganadores, gozando de minutos o blindados en clubes donde el dinero no es un problema. Las diferencias son enormes con la quebrada liga española, en la que nuestro presidente no va a tener más remedio que convertir el club en una multinacional del entretenimiento para generar ingresos propios y aislarse de un campeonato nacional condenado por la corrupción y por una gestión nefasta que amenaza ruina.

El Madrid debe explicar por qué le agreden

Pero no fue lo único. Recibimos muchos goles, sí, pero además nos desplomamos con estrépito en momentos clave y contra rivales de nivel, mientras veíamos al bueno de Carlo consumir sus chicles con desesperación. Apareció la apatía, la desgana que conocemos bien y que históricamente nos ha conducido a la necesidad de esas remontadas heroicas que también forman parte de nuestro ADN.

Hablar del Real Madrid genera miles de horas de video en YouTube, cientos de miles de posts en X y deriva en sesudas reflexiones de la prensa del régimen bolivariano de Tebas. El Madrid genera tráfico, interacciones y despierta filias y fobias. Sobre todo fobias. Las exógenas serían lo más normal, pero le estamos cogiendo el gusto a las endógenas. Contamos por legiones los madridistas cuya médula ósea genera anticuerpos que actúan violentamente contra la propia inmunidad al menor síntoma de flaqueza.

Contamos por legiones los madridistas cuya médula ósea genera anticuerpos que actúan violentamente contra la propia inmunidad al menor síntoma de flaqueza

El clima se vuelve irrespirable ante un resultado negativo. Dos seguidos ya son demasiado. Además, si se producen como frente al Liverpool la semana pasada, seguidas del tropiezo del domingo en Vallecas... Cierto es que volvimos a ver falta de filo en los futbolistas. Flojera. No es normal que sistemáticamente corramos varios kilómetros menos que el rival. Entiendo la crítica. No entiendo el brote psicótico de piromanía: hay que incendiar el Bernabéu, hay que vender a Mbappé, hay que echar al entrenador antes de los turrones.

Huijsen está flojeando, ahora nos parece peor futbolista que hace un mes. Carreras ya es irregular incluso durante el mismo partido. Camavinga sigue sin ser fiable con la pelota. Güler no es Modric todavía. Kylian nunca será un nueve y tiende a la desconexión. Jude sigue abarcando mucho y apretando poco. Vini se va demasiado solo a la guerra. Valverde no acaba de estar bien. Todo cierto. Cómo negarlo.

Se mantiene a flote Courtois, demasiado hace. Hasta le perdonamos que rife la pelota, a veces sin necesidad, a cambio de evitarnos bochornosas goleadas. Asencio se perfila como titular con Militao, cuya recuperación médica y deportiva sigue sorprendiendo. Brahim nos da 60 minutos de calidad y brega por partido, muy por delante de lo que nos queda de Rodrygo, jugador decisivo en momentos históricos pero, para tristeza de todos, en caída libre desde el mes de marzo.

Entiendo la crítica. No entiendo el brote psicótico de piromanía: hay que incendiar el Bernabéu, hay que vender a Mbappé, hay que echar al entrenador antes de los turrones

Hoy no me apetece hablar del arbitraje. Sólo diré que hacerle penaltis al Real Madrid tiene premio. Los rivales lo saben y ya forma parte de la estrategia defensiva de los balones parados y de los centros al área. Lo entrenan los defensas y lo entrenan los árbitros. Hasta inventan reglas para explicar de mil creativas formas que evitar un remate dentro del área haciendo falta no es penalti ni cuando se lo hacen a Vini ni cuando lo comete Araujo.

Aún no hemos visto a Gonzalo ni a Endrick siquiera como revulsivos para 20 minutos (¿a quién se supone que le va a poner balones Trent…?) y muy poquito a Ceballos, el único centrocampista organizador y maduro que tenemos. El equipo es muy joven en puestos clave. Casi todos eran niños hace dos Champions. Anteayer. Xabi tiene una reflexión peliaguda en el horizonte. Ahora dispone de dos semanas para pensar, porque al equipo le pasa algo y es el momento de corregir o de alimentar la zozobra y la lluvia de fuego del vinagrismo madridista.

Madridismo mesurado es una suerte de oxímoron extremo. En el Madrid nos van las emociones fuertes, lidiamos cada día con la amargura de nuestro querido coro griego, que nos va anticipando las catástrofes entre título y título

Seguramente hay mucha tela que cortar en el club y en Valdebebas, porque a Florentino la imagen del equipo en Liverpool o en Vallecas no le debe hacer más gracia que a nosotros. La cara de Xabi en la última rueda de prensa decía bastante, pero sus palabras también: autocrítica positiva y mesura. Justo lo contrario que nos llega en oleadas flamígeras desde los medios y las redes. Madridismo mesurado es una suerte de oxímoron extremo. En el Madrid nos van las emociones fuertes, lidiamos cada día con la amargura de nuestro querido coro griego, que nos va anticipando las catástrofes entre título y título.

Entretanto, les pido un poco de paciencia y que feliciten por su cumpleaños (ayer) a Camavinga y a un servidor, nacidos en décadas tan diferentes (ay…) para poder ser padre e hijo. Qué buenos consejos le daría si me dejara… Sin embargo, coincidimos en que ambos estamos donde queremos y en que ambos tenemos margen de mejora, cada uno en lo suyo.

 

Getty Images y Gemini

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