Minuto 43 de la final de la Champions de 2022 entre el Real Madrid y el Liverpool. Karim Benzema marca un gol totalmente legal, pues el balón le viene de dos defensas rivales que lo despejan hacia su propia portería y, pese a que se ve perfectamente en las imágenes, los artistas del VAR, tras una revisión de unos tres minutos, deciden anularlo. La “muy madridista” prensa española apoya la decisión con argumentos peregrinos como si el equipo perjudicado perteneciera a la extinta Checoslovaquia. Esto de Marca pasa a mis “anales” particulares de la historia, pues ya imaginan por qué parte del cuerpo me dio esta explicación:
He querido dejar el subtítulo que acompaña a esta excrecencia: “No le hizo falta al Madrid”. Y no le hizo falta porque finalmente ganó el partido, porque fue capaz de sobreponerse al error arbitral y de derrotar a los de Klopp a base de seguridad en defensa, sobriedad y contención en el centro del campo, y la calidad de Vinicius y Courtois, los mejores del mundo en sus puestos. El Real Madrid ganó toda una final de la Copa de Europa y no necesitamos acordarnos del arbitraje.
Una extraña sensación me acompaña desde febrero de 2023, desde que constatamos que los penosos arbitrajes que sufríamos desde hacía dos décadas tenían una motivación económica: los pagos al vicepresidente de los árbitros por parte de un Fútbol Club Barcelona que reventó todas las estadísticas posibles. Al shock por la noticia sucedió la consternación por ver las declaraciones de todos los dirigentes federativos y periodistas afines al Tinglao y comprender que no iba a pasarle nada al club pagador. No solo eso sino que, además, los ejecutores de los designios de los mandamases del CTA, es decir, los árbitros, iban a seguir empleándose con la misma saña, lo que ayudó a que el mediocre Barça de Xavi Hernández se hiciera con aquella Liga.
La temporada siguiente, 2023-24, fue encarada de una manera diferente por los nuestros. Conocedores del pastel, los jugadores se dedicaron a lo que mejor saben hacer: poner su calidad en el campo y ganar los partidos pese a que los “culegiados” siguieran haciendo de las suyas. A algunos árbitros se les vio el plumero en exceso, quizás rabiosos porque la mugre había sido destapada y un club los señalaba abiertamente con el dedo en su calidad de sospechosos. Solo así se entienden decisiones como el gol anulado por Gil Manzano a Jude Bellingham en Mestalla, rematada por una expulsión al jugador por dirigirse en unos términos a los que no se acercaba ni la más suave de las frases de Luis Suárez en sus ocho años campando (agrediendo e insultando) por los campos de España. Y a todas esas jugadas polémicas sucedían los comentarios posteriores de los Pável, Pérez Burrull, Iturralde y Foutos de la vida justificando sus criterios cambiantes o las líneas mal tiradas del VAR como si los del Madrid fuéramos unos quejicas paranoicos. “Bien pitado”, resolvían con los esfínteres bien apretados para que las risas contenidas no dejaran escapar una ventosidad. O dos, tras la emanada por la boca.
Aun con esos penosos arbitrajes, el Real Madrid culminó una temporada ejemplar, con solo dos derrotas. Tampoco fue casualidad que ambas se produjeran ante el Atlético de Madrid en encuentros dirigidos por el colchonero Cuadra Fernández. Dos partidos repletos de jugadas polémicas resueltas siempre (curiosamente) a favor de los “suyos”. El equipo siguió a lo que debía y, pese al calamitoso nivel del arbitraje nacional, se ganó la Liga y la Supercopa. Y fuera del ecosistema negreiro, la Champions y, tras el verano, Supercopa de Europa e Intercontinental.
Los años pasan y hay momentos en que parece que el caso Negreira se diluye, está cerca de ser enterrado. Pero somos muchos los que mantenemos la herida abierta, una herida que no cicatriza porque nos hurgan con el dedo cada semana. El Barça se repuso en los inicios de la temporada 2024-25 y mejoró notablemente su juego, al tiempo que el nuestro bajaba. Durante esos meses, los centímetros que decidían los goles o su anulación caían siempre del lado culé o en contra del Real Madrid, ¡vaya por Dios!, “puedo ayudaros con el VAR” y Clos Gómez en el recuerdo.
Pero, aun con todos estos elementos en contra, los nuestros fueron capaces de escaparse en la clasificación. Siete puntos de ventaja en febrero. Ahí reventó el sistema. La primera media hora de Munuera Montero en Pamplona es digna de los mejores tiempos de Iturralde González y Enríquez Negreira en sus respectivas etapas de árbitros profesionales. Al atraco en Pamplona siguieron los del Bernabéu frente al Atlético de Madrid y el esperpento perpetrado en Cornellá frente al Espanyol. En solo tres semanas nos habían colocado nuevamente por detrás del Cautelares y Palancas Club.
El club se movió (¡por fin!) y emitió un duro comunicado de cuatro páginas contra el estamento arbitral. Tarde e insuficiente para el que esto escribe, pero un comunicado contundente y de enorme dureza. Muy necesario.
Ese día se unieron todos los demás clubes al corruptor, a un CTA investigado, a esa pléyade de árbitros bajo sospecha, a LaLiga que miró para otro lado y a una Federación que deseaba pasar página, y desde ese día, de tanto pensar en Negreira, a veces pienso que nos hemos olvidado del fútbol. Posiblemente sea uno de los madridistas que más se ha despegado de un deporte que he seguido y practicado desde hace más de medio siglo. Que amaba, que me desvelaba, disfrutaba y, también, me cabreaba. Este año me habré perdido la mitad de los partidos del equipo y cuando lo veo, no reconozco nada. No disfruta prácticamente nada. Cierto es que el fútbol no acompaña en la mayoría de los partidos, pero compruebo que somos muchos los que estamos pendientes de otras cosas.
Cada semana, según se anuncian los trencillas del fin de semana, comienzan los análisis de buena gente a la que aprecio (cabaislois, futbolgate) sobre las “hazañas” previas de estos tipos del silbato para restarnos puntos en el pasado. Real Madrid TV emite sus vídeos con imágenes bochornosas acerca de los sospechosos habituales: Soto Grado, HH, BB, Gil Manzano, Alberola, Díaz de Mera… Y quizás, solo quizás, de tanto pensar solo en los arbitrajes de turno, se nos ha olvidado jugar al fútbol. Sí, lo sé, lo sé. Los aficionados somos una cosa bien distinta a los profesionales que están en el campo, que deberían abstraerse de estas emboscadas y competir dignamente, como se supone que deben hacer unos profesionales. Sobreponerse a un gol erróneamente anulado, como en la final de París con la que comienzo este artículo.
Pero es imposible. Recordad la final de la Copa del Rey de la temporada pasada, cuando la sensación de impunidad de De Burgos Bengoetxea y González Fuertes les animó a amenazar al Real Madrid la tarde anterior al partido. Es imposible que un profesional no salga al campo pensando que va a ser juzgado de una manera distinta a sus rivales. Y luego, al menos ese día, no fue así, quizás por toda la presión que los mismos colegiados echaron sobre sus espaldas.
Un lector que haya llegado hasta aquí podría estar pensando ahora mismo: “¿entonces tú, soplagaitas, que has escrito un libro de 372 páginas sobre el caso Negreira, estás pidiendo que nos olvidemos del mismo y nos pongamos a jugar al fútbol como si no pasara nada? ¿Qué “cacho” del cerebro se te ha caído?”.
Yo mismo me lo pregunto muchas veces. No olvido la rebaja de calidad que ha habido en la plantilla con las salidas de Kroos y Modric sin recambios ni fichajes, ni olvido tampoco la plaga de lesiones que merma cualquier posibilidad de continuidad y crecimiento del equipo, factores ambos en los que el club, sin duda, es responsable por una gestión claramente mejorable. Me miro al espejo justo antes de afeitarme y me pregunto muy serio: “¿Y si nos olvidamos de Negreira y los arbitrajes?”.
Y mientras me paso la maquinilla, pienso en esos jugadores a los que veo desbordados. Atenazados, crispados. Haciendo aspavientos al árbitro al menor contratiempo. Solo dan pases de seguridad y los que llegaron en verano son una mala versión de sí mismos, incapaces de revertir su situación. Hay una regresión evidente.
Y mi misma figura reflejada en el espejo trata de hacer un análisis racional de la situación, y me contesta: “si para derrotar al Mallorca necesitas marcar cinco goles para que valgan solo dos, ocurre que terminas pidiendo la hora y salvando un empate bajo palos, y la confianza se merma. Si no juegas bien frente al Rayo en Vallecas y encima ves que a Chavarría le permiten hacer dos penaltis escandalosos que se van al limbo, te vuelves a casa pensando que lo que tienes que hacer es mejorar y no protestar, porque eso es lo que te dicen. Si luego vas al campo del Girona y ves cómo una zancadilla a Rodrygo es considerada por todos los expertos como un contacto residual, sin intensidad suficiente, pues regresas con dos puntos menos y ya jugarás mejor el próximo día, que es lo que tienes que hacer. Porque al final acabas quejándote incluso en las victorias claras, como frente al Barça en la primera vuelta, o contra el Alavés, partidos en los que zancadillas escandalosas fueron consideradas piscinazos o que el defensa tenía la pierna antes que tú, o que el centímetro del VAR no falla… Y al final no disfrutas de las victorias y sigues con tu crispación ante los de amarillo”.
—Pero, entonces, subconsciente cabrón, me estás dando la razón.
—Mira a tu máximo rival cuando el partido se le atasca.
Es entonces cuando ves su partido frente al Rayo de la temporada anterior, en el que ganan 1-0 de penalti tras un agarrón leve y cómo un agarrón de tres segundos en el área culé se queda sin señalar. O cómo anulan un gol a De Frutos por un fuera de juego posicional de chiste y respondes a tu reflejo:
—¿Me estás diciendo que ellos se agarran al fútbol y no al arbitraje? Mira lo que ha pasado esta misma temporada, de penalti y sin VAR.
—No, te estoy diciendo que ellos ya saben cuáles son las normas, las suyas propias, y juegan de acuerdo con ellas, mientras que nosotros somos tan torpes que todavía no nos hemos dado cuenta de cómo hacerlo. Y llega un día en que estás espeso, las cosas no salen, como el día del Celta en el Bernabéu, y tus protestas te acaban costando dos rojas innecesarias. Rojas de hartazgo. O tienes al equipo en cuadro, repleto de lesionados, como el lunes pasado frente al Getafe, y tu misma desesperación te hace provocar tres tarjetas que conllevan sanción y tres bajas más (Huijsen, Carreras y Mastantuono). Nos pasamos el día hablando de arbitrajes, incluso los días que ni nos van ni nos vienen, como la semifinal de Copa entre el Malakito y los Negreiros. ¡Ponte a jugar sabiendo las reglas con las que te toca competir en la MLN, como hicisteis en la 2023-24, o en la final de la Champions de 2022, carajo!
Termino de afeitarme, me lavo la cara, me seco con la toalla y ya, totalmente confundido, me digo:
—De acuerdo, hay que pensar en construir en el equipo poco a poco. En recuperar a los lesionados, en buscar automatismos, en generar confianza, poco a poco. En confiar en la calidad de los que no han bajado de nivel, los mismos de París, e ir sumando adeptos a la causa. Partido a partido, aunque suene cholista. ¿Y ya después, nos olvidamos de Negreira?
—A ver, chaval, ¿quién más quiere que te olvides de Negreira?
Ese culé que dirige ahora el CTA y ha puesto al “talismán” Fernández Borbalán al frente del cotarro y a un promocionado por Negreira como Prieto Iglesias dirigiendo el VAR. Ese es el que quiere que lo olvides. Pues bien, no lo olvides nunca, al menos mientras no haya una sanción ejemplar. Lo que tienes que hacer es ignorarlo en el campo y jugar al fútbol lo mejor que puedas mientras puedas y las patadas rivales te lo permitan. Las reglas están muy claras, perfectamente definidas desde antes de esa carta del 2 de febrero de 2025, y aún más claras desde entonces. Sabes que hay árbitros que se han juntado en un sindicato (de millonarios, especie única en el mundo) con el único fin de putearte y de que no acabes con su chiringuito, pues eres el único que quiere cambiarlo. Esas son las reglas, no digo que las aceptes, pero asúmelas y juega con ellas, o contra ellas. Igual que sabes que jugar como visitante es más complicado que hacerlo de local, o que en un campo embarrado es más difícil construir el juego que cuando está perfecto, también sabes que compites en el ecosistema Negreiro. Controla lo que esté en tu mano: la forma física de los jugadores, la actitud, la confianza en el entrenador. Mejora todo aquello en lo que te has equivocado, y recupera la calidad y el físico en la plantilla. Eres mejor que todos ellos juntos, ya lo habéis demostrado muchas veces.
Y sobre todo, no olvidemos que nada les hace más daño que cada uno de nuestros títulos.
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Buenos días, amigos. El Real Madrid, puro Real Madrid, al más indubitable estilo Real Madrid, en la esencia que todo el mundo atribuye al Real Madrid, venció por 1-2 en Balaídos. Fue en el tiempo de descuento, cuando ya nadie creía en él, excepto los que siempre creen. No pudo elegir un mejor día para facturar una victoria tan prototípicamente blanca, una victoria de las de no rendirse hasta el mismísimo final. Lo hizo en el aniversario exacto del día en que, justamente 124 años atrás, los hermanos Padrós fundaron el club en un modesto local textil de la calle Alcalá de la capital.
La victoria fue heroica, por mucho que los antis y los cínicos ahora quieran restarle méritos, argüir que el Madrid debe siempre ganar al Celta, incluso con diez (¡diez!) bajas por lesiones, empezando con la titularidad de un chaval del Castilla que está encandilando (Thiago) y acabando el partido con medio filial sobre el césped. Qué hermoso ha sido que, precisamente en el día de nuestro cumpleaños, la cantera haya tenido tanto que decir en este triunfo, tan vital por lo demás para la marcha de la liga. Hoy juega el club cliente de Negreira en San Mamés, con lo cual la jornada se presenta, en este momento, como una buena ocasión de recortar puntos.
Podéis leer la crónica de Paco Sánchez Palomares y las notas de Atenea Johansson para entender las intríngulis del intenso partido de Vigo, un choque en el cual brilló la sempiterna renuencia a la derrota, o al empate, por parte de la mejor institución balompédica del planeta. Los Padrós habrían estado orgullosos de la actitud de los nuestros, y eso es lo que les pedimos.
Dice Marca, sobre una foto del autor (algo afortunado, porque hubo un desvío) del tanto del triunfo, Fede Valverde, que el Madrid se aferra a la liga. Lo hace, en efecto, a despecho de las exasperantes lesiones que lastran continuamente a nuestra escuadra y que lo hacían especialmente ayer. Y lo hace a pesar de que la actuación arbitral de Díaz de Mera fue vergonzosamente sesgada en contra de los de Arbeloa, desde la condonación de una clarísima expulsión de Jutglá en el minuto uno (entrada alevosa a Tchouaméni) al hurto de varios penaltis, desde un empujón a Vini a un plantillazo a Güler, pasando por una mano en área propia del propio Jutglá que, ayudado por el VAR, obvió el nefasto colegiado manchego.
Alude As al recadito de Arbeloa en la rueda de prensa posterior. A pesar de la proverbial tendencia de la prensa a buscar polémicas donde no las hay, en este caso tenemos que reconocer que las palabras del técnico no parecen inocentes. "Estoy muy feliz por la gente que ha querido venir". ¿Y quién no ha querido venir?, cabe preguntarse de manera casi obligatoria. Parece que Arbeloa se refiere a esos que sí han querido venir por contraste con alguien que ha tenido la actitud contraria. El mensaje parece destinado a aquellos que, aquejados de dolores de dientes excesivamente lacerantes, no son capaces de apretarlos.
Sport refleja la complicada tesitura en la cual la victoria vikinga en tierras gallegas sitúa a los clientes de Negreira, obligados a vencer hoy al Athletic Club si quieren sostener la renta de cuatro puntos sobre el Madrid. A la hora de sintetizar lo acontecido en Balaídos, el eximio rotativo cataculé no tiene reparo en explicitar su rabia. "El Madrid, in extremis y de rebote". Parece que, por lo que sea, no les ha sentado demasiado bien la trabajada victoria del rival. "El Madrid, in extremis, de rebote y con demasiados jugadores con el pelo rizado" habría sido, a nuestro juicio, una forma más explícita de hacer constar la bilis desatada en la redacción del ilustre medio barcelonés.
Mundo Deportivo opta por centrarse en la pugna entre los candidatos presidenciables culés. A uno de ellos se le ha ocurrido mentar a la bicha (o sea, a Negreira), y se ha liado parda. Laporta ha "exigido" a Font "una disculpa" por hablar del "Barcelona de Negreira". Llama la atención que alguien tenga que disculparse por eso. Hablar del Barcelona de Negreira es como hablar del Parque Güell de Gaudí o de la Quinta Sinfonía de Beethoven. ¿Qué objeción existe en relacionar obra y autor?
Entendiendo que mencionar el mayor crimen de la historia del deporte ante la masa social favorecida por ese crimen no es la mejor idea para que dicha masa social te elija presidente, Font ha hecho en efecto caso a Laporta, y aunque Mundo Deportivo no lo presenta como la petición de disculpas requerida, la sensación es que lo es, o intenta serlo.
De modo harto patético, arguye Font que "todos sabemos que no hemos ganado por los árbitros". Ay, Víctor, Víctor, excusatio non petita, ya sabemos el resto. "El perjudicado es el socio", trata de aclarar, infructuosamente, el candidato. Se refiere sin duda al socio (y al simpatizante) del Real Madrid, que descubrió hace ya más de tres años cómo el oponente en la liga se había comprado el sistema arbitral de manera ominosa.
Pasad un buen día.
Courtois: sobresaliente. Es decisivo diez de cada nueve veces.
Trent: suspenso. Erró gravemente en el gol del Celta y no remontó anímicamente. Puede aportar mucho, hay que apoyarlo.
Asencio: aprobado. Como es costumbre, alternó nubes y claros. Para enjuiciarlo hoy, es menester tener en cuenta el esfuerzo realizado para jugar después del problema en el cuello.
Rüdiger: bien. Parece que acabó sano. Crucemos los dedos.
Mendy: bien. A veces olvidamos que sigue siendo jugador del Madrid. Salvó una ocasión peligrosísima del Celta momentos antes del 1-2 blanco.
Tchouaméni: sobresaliente. Está en su mejor momento. Además, marcó gol.
Thiago Pitarch: notable. Es una herramienta única en el maletín del Real Madrid. Está con ganas y parece que Arbeloa dispuesto a brindarle oportunidades.
Valverde: notable alto. El gol de la victoria no fue directamente suyo, sino de su alma.
Güler: aprobado. Alternó errores con acciones brillantes, como es habitual.
Brahim: aprobado bajo. No aprovechó su oportunidad.
Vinícius: aprobado. No estuvo acertado, pero nunca se rindió.
Palacios: bien. Enchufado y activo los minutos que jugó.
Gonzalo: aprobado. Voluntarioso, sin impacto decisivo.
Manuel Ángel: sin tiempo.
Arbeloa: notable. Resolvió la papeleta de las bajas y tuvo el arrojo de volver a depositar la confianza en los jóvenes cuando el partido entraba en su fase decisiva.
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Arbitró Isidro Díaz de Mera Escuderos del comité castellano-manchego. En el VAR estuvo Pulido Santana.
Una golfada de arbitraje. No tiene otro calificativo.
En el primer minuto cometió el primer gran error monumental, tanto él como el del VAR, con la expulsión perdonada a Jutglà. El delantero celeste le clavó la plancha a Tchouaméni en la rodilla. Una acción de juego brusco grave y muy peligrosa.
Unos minutos más tarde, empujón a Vinícius cuando encaraba al portero. Ni falta ni expulsión, porque era ocasión clara de gol.
El listón de las faltas fue un disparate. Un agarrón a Brahim cerca de la frontal no fue falta. Tres minutos después, una similar a Miguel Román en el medio sí.
En la segunda parte se comió otro penalti sobre Arda porque Mingueza le tocó con la planta. El VAR, de vacaciones.
El culmen de su patética actuación llegó en la acción del penalti por mano de Jutglà. Le avisaron desde el VAR y, en lugar de señalar los once metros, pitó un empujón previo de Palacios. No había pitado ni uno en todo el partido y ese sí. Manda «eso», que diría Trillo.
Las amonestaciones fueron otro cachondeo. La amarilla a Tchouaméni donde no tocó al defensor celeste fue una broma. Pero es que, cinco minutos después, la que mostró a Asencio —que anticipó, robó y tocó el balón ante Aspas— fue un verdadero disparate.
El otro amonestado y único por el cuadro local fue Borja, en la primera parte por llegar tarde en una fuerte entrada sobre Tchouaméni.
Por último, los gallegos se quejaron de una falta previa de Manuel Ángel a Fer López en el gol de Valverde, pero el madridista llegó a rozar el cuero.
Díaz de Mera Escuderos, DE VERGÜENZA.
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El Real Madrid aterrizó en Balaídos con una expedición integrada por los pocos supervivientes del accidente aéreo continuo que es la salud física blanca. Diez bajas. Es imposible desarrollar el potencial de una plantilla con tantas ausencias continuas. Arbeloa armó una alineación con lo que encontró en el kit de primeros auxilios. Si bien es cierto que se trataba de un once competitivo para ganar al Celta. Aunque también parecía imposible no pensar en el próximo choque contra el City. El balón echó a rodar y se comprobó que, incluso con media plantilla en el taller, el Real Madrid mantiene la incómoda costumbre de ganar, desde hace 124 años, aunque sea en el último minuto y de rebote.
Repitió Thiago, Asencio —tras el susto— se esforzó y formó junto a Rüdiger, y los laterales quedaron para Trent y Mendy. A rezar por su salud. El resto, lo disponible, con Brahim por delante de Gonzalo. En el banquillo, canteranos y Lunin, que llegó al Madrid poco después de hacer la comunión, así que cuenta casi como uno más.
El encuentro comenzó en directo, como siempre que se juega en Vigo. La primera jugada concluyó con un chut fuera de Borja Iglesias y juego brusco grave contra Tchouaméni. Jutglà le clavó los tacos en la rodilla. La roja ni estaba ni se la esperaba.
A los cinco minutos, el Panda repitió, pero en esta ocasión el disparo sí fue entre los tres palos. Y con muy mala intención. Thibaut salvó estirando su manopla izquierda a ras de suelo. Poco después, Courtois ejerció de libre y desbarató de cabeza un acercamiento peligroso.
La respuesta del Madrid fue un pase a un Vini que se batía entre varios defensas. Los ganó por velocidad y chutó según le derribaban. El balón rebotó en un palo, recorrió la línea y no entró. Al igual que contra el Getafe, ocasión tempranera no aprovechada. ¿La echaríamos en falta al final? ¿Hicieron penalti al 7 en la acción?
Tchouaméni fue el siguiente, lanzó dos torpedos. El último de ellos acabó en córner. En la botadura, Trent para Güler, Arda rasito a la frontal, y Aurélien la clavó al palo derecho de Radu. Gol de estrategia y tino. 0-1.
Para no perder la costumbre, Thibaut salvó milagrosamente un gol, de nuevo ante Borja. Extrañamente, anularon la jugada por fuera de juego que sí era.
El Madrid, a pesar de los ausentes, estaba tocando de manera más o menos aseada. ¿Perdería pronto el gas como últimamente? Después de dos derrotas consecutivas, nadie en el club se podía permitir no dar el cien por cien. O incluso más si eso fuera posible.
Thiago estaba siendo fundamental. Era como la pajita que asoma a la superficie cuando llevas tiempo debajo del agua. Acompañaba por la izquierda a Aurélien, pero ocupaba mucho campo. Según avanzaba la primera parte, fue interviniendo con menos frecuencia. En la segunda recobró protagonismo.
Pero el «plácido» encuentro que estaba viviendo el Madrid se vino abajo tras una acción lamentable de Trent. Defendió melifluamente, corriendo al Trent-Trent, frente a Williot, quien le ganó la espalda como si el lateral fuese un inmueble. El celtiña cedió a Borja y este marcó a placer desde cerca, sin que nadie le obstaculizase. Otro error defensivo que cuesta un gol. 1-1. Alexander-Arnold tiene peligro a menudo: en ataque, para el equipo rival; en defensa, para el propio. Aunque en la acción no estuvo mal solo Trent.
El Madrid se disponía con Vini y Brahim muy cerca de las líneas de cal, y con Güler y Valverde bastante adelantados. En otras ocasiones era Güler quien cerraba el costado diestro. Y a veces, Vini por dentro. Pero de lo importante, marcar, nada.
el Real Madrid mantiene la incómoda costumbre de ganar, desde hace 124 años, aunque sea en el último minuto y de rebote
A la media hora, Borja Iglesias entró temerariamente a Tchouaméni, que hubo de ser atendido. La acción fue tan fuerte que incluso Díaz de Mera mostró tarjeta amarilla, y no nos encontrábamos al final del partido con todo decidido. Ya había perdonado una roja, recordemos.
Jutglà dispuso de una buena ocasión, Antonio desvió a córner, pero el trencilla señaló puerta para el Madrid.
El Madrid tocaba, Tchouaméni atraía, como un agujero negro, toda esfera que se le acercase. Pero el equipo no creaba ocasiones claras. El partido se había convertido en un tiki-taka sin fuste. El Celta tocaba menos, pero disparaba con peligro. En el 45', Courtois realizó otra buena intervención para evitar el segundo gol local.
Empate a uno al descanso. Un imperial Tchouaméni —aunque mejorable en el tanto celtiña— no había sido suficiente para marcharse con ventaja. La jugada del gol en contra, para olvidar. Mejor, para recordar y que no se repita.
El encuentro se reanudó con un taconazo de Güler a Vinícius tan estético como estéril. Por el momento, todo continuaba igual. Pero a los pocos minutos el Madrid volvió a complicarse la vida atrás en varias ocasiones. Y en ataque la cosa no mejoraba.
Güler se sumaba a las pérdidas y el partido cada vez era más preocupante: el tiempo transcurría sin ocasiones y en el banquillo no había nadie con experiencia. Aunque en ocasiones hay que permitir que la juventud puje —y pujó—. Y, además, ¿acaso quedaban más opciones?
Arda fue derribado en el área. La jugada continuó y Thiago Pitarch la concluyó con un disparo que no llegó a término porque rebotó por el camino.
Fue lo último que hizo Güler. Arbeloa lo retiró para introducir a Palacios. El turco no se marchó contento. No había disputado un partido para el recuerdo, pero es uno de esos futbolistas que pueden desatascar un choque.
Sin embargo, con la salida del canterano el Madrid comenzó a presionar más y a aproximarse a la meta rival. Palacios gozó de una buena ocasión y Fede lanzó un misil que acabó en las Cíes.
En el 69, se paró el partido para que Díaz de Mera acudiese al VAR. Jutglà había despejado un balón en área propia con la mano a lo Maradona. O a lo Messi. O a lo Piqué. No admitía duda alguna, mas el colegiado se recreó frente a la pantalla durante demasiados segundos. Cuando parecía que iba a señalar el punto fatídico, pitó un empujón previo de Palacios. De esas acciones que se ven 27 veces en cada centro al área. Esta le vino de perlas a Mera para esquivar la pena máxima y, por tanto, para mantener su estatus.
En el 76', un regulero Brahim dejó su puesto a Gonzalo. La cabeza del canterano podía ser una buena arma para el final del encuentro.
El Madrid estaba mejor que el Celta, pero esto no se trata de estar mejor o peor, sino de meter la pelota dentro. Un razonamiento similar: se gane, se pierda, se juegue bien o se juege mal, es lícito exigir un arbitraje justo. Díaz de Mera —sin i ni erre— estaba dando un recital.
Aspas salió cuando restaban pocos minutos y lo primero que hizo fue reventar un balón contra el poste. Al Celta, repito, no le hacía falta tener el balón para crear peligro.
Arbeloa cambió a un buen Thiago por Manuel Ángel y a Asencio le mostraron amarilla por robar el balón, como el otro día a Tchouaméni.
El Madrid iba camino de sumar otro partido sin vencer. Los blancos estaban dando un recital de ganas estériles. El Celta no marcó el segundo porque Mendy intervino providencialmente, como contra el City aquella vez. ¿Acabaría igual? Sí.
En el último minuto, Valverde lanzó un cañonazo con el alma que terminó en gol tras tropezar en un codo celtiña.
Victoria importantísima por muchos motivos, entre los que destaca el anímico. Ahora, a por el Manchester City.
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El otro día escribí un tuit en X muy sencillo. Nada de análisis táctico ni conspiraciones arbitrales. Una escena doméstica. Le dije a mi hijo de dieciocho años que íbamos a ver al Manchester City FC en el Estadio Santiago Bernabéu. Se lo había prometido y se lo había ganado. Cuarto anfiteatro lateral. El gallinero de toda la vida pero más alto.
Precio de la entrada: 170 euros.
Añadí una frase que me salió sola: “Esto no hay quien lo soporte. Estoy muy enfadado”.
A partir de ahí se montó el pequeño terremoto digital: cientos de miles de visualizaciones, miles de likes, centenares de respuestas. Padres contando historias parecidas. Aficionados recordando cuando ir al Santiago Bernabéu era una costumbre dominical. Y, por supuesto, economistas de Twitter explicándome que el mercado es libre y que si el precio me parece alto siempre puedo quedarme en casa. El argumento favorito del capitalismo futbolero: si puedes pagarlo, cállate; si no puedes, vete.
Muy edificante.
Pero el asunto no es mi enfado.
El asunto es la aritmética.
El euroabono del cuarto anfiteatro ronda los 500 euros por temporada.
Si lo dividimos entre los aproximadamente 25 partidos oficiales que el equipo juega en casa entre Liga, Champions y Copa, el coste real para el abonado ronda 20 euros por partido.
Yo he pagado 170 euros.
Es decir, ocho o nueve veces más por el mismo asiento.
El mismo asiento, la misma vista, la misma portería. Da igual el City que el Mollerusa.
La diferencia no está en el fútbol, la diferencia está en el modelo.
Porque el Bernabéu de hoy funciona con dos economías distintas: la economía histórica del abonado y la economía moderna del mercado. La primera construyó el estadio. La segunda lo explota.
El estadio tiene unos 84.000 asientos.
Aproximadamente 60.000 pertenecen a abonados.
Eso significa que cerca del 70% del estadio está vendido antes de que empiece la temporada.
El resto entra en el mercado de entradas.
Aquí aparece uno de los datos más reveladores del modelo actual: ese 30% del estadio genera prácticamente el mismo dinero que el 70% restante.
Dicho de otra forma: la mayor parte del negocio del estadio ya no depende de los socios, sino del mercado. Y el mercado tiene una característica muy clara: no tiene memoria. El mercado no sabe quién lleva treinta años subiendo al gallinero ni distingue entre un turista que pisa el Bernabéu una sola vez en la vida y un abonado que ha pasado media existencia sentado en el mismo asiento. Para el mercado todos son iguales. Solo hay una variable que realmente importa: quién puede pagar más.
El sistema todavía tiene otra vuelta de tuerca. Muchos abonados no pueden acudir a todos los partidos y liberan su asiento, que el club vuelve a poner a la venta o ellos mismos lo revenden al precio de taquilla, al precio del abono o al precio que les sale de las narices. Si se vende por el club, el abonado recibe una parte del precio y el club otra. El resultado es que el mismo asiento puede generar ingresos dos veces: primero cuando se paga el abono anual y después cuando se revende para un partido concreto. Así que, cuando alguien paga 170 euros por el gallinero, es bastante probable que ese asiento ya estuviera pagado meses antes. No es una anomalía del sistema: es, precisamente, el sistema.
Ahora conviene mirar las cuentas con un poco de perspectiva. El Real Madrid factura hoy más de 1.100 millones de euros al año y los ingresos totales asociados al estadio rondan los 230 millones. Pero dentro de esa cifra hay varias partidas distintas que vale la pena separar: las estimaciones sitúan los abonos en torno a 60-70 millones y las entradas sueltas aproximadamente entre 70 y 80 millones. Es decir, las entradas sueltas, que son en torno al 30% del aforo, ingresan lo mismo o más que todos los abonos juntos. Todo el dinero que entra en el Bernabéu por venta directa de entradas ronda los 70 u 80 millones anuales sobre un negocio total del club que supera los 1.100 millones. Traducido a términos simples: las entradas sueltas representan alrededor del seis o siete por ciento del negocio total del club. Menos del diez por ciento. Conviene repetirlo para que se entienda bien: menos del diez por ciento. Que no me cuenten la milonga de que los precios deben ser así para pagar fichajes. Con las cuentas en la mano, no cuela.
Ahora viene otro detalle bastante revelador del nuevo modelo. El Tour del Estadio Santiago Bernabéu cuesta alrededor de 35 euros por visitante, pero si uno quiere añadir alguna de las experiencias interactivas —los juegos de precisión, velocidad o ese simulacro de “tirar a puerta” que forma parte del recorrido— la factura se acerca tranquilamente a 55 o 60 euros. Traducido a números sencillos: tres turistas haciendo el tour con sus jueguecitos generan prácticamente el mismo dinero que una entrada del gallinero para un partido de Champions. Conviene detenerse un momento en ese dato, porque explica bastante bien hacia dónde se está moviendo el modelo: el estadio empieza a producir casi tanto dinero enseñando el Bernabéu como jugando al fútbol dentro de él. Y cuando un club descubre que el museo, las experiencias y el entretenimiento turístico generan cifras comparables a las del propio partido, la tentación es inevitable: el estadio deja de ser el lugar donde se vive el fútbol para convertirse en algo mucho más rentable y mucho más inocuo, un parque temático donde el fútbol es solo una atracción más del recorrido.
Aquí entra en escena el nuevo lenguaje del fútbol moderno. El estadio ya no es un estadio: ahora es una “experiencia”. Hay hospitality, zonas premium, restauración temática, pantallas gigantes y hasta espacios de networking donde uno puede cerrar negocios mientras el balón rueda por ahí abajo. Todo muy sofisticado, muy global y, sobre todo, muy rentable. Pero en ese brillante catálogo de palabras inglesas hay un detalle que rara vez aparece en las presentaciones corporativas: para que todo ese nuevo público entre, alguien tiene que salir. Y ese alguien, curiosamente, casi siempre es el mismo: el aficionado de siempre.
Cuando el gallinero cuesta 170 euros, ya no se está vendiendo fútbol: se está filtrando a la gente. Se está estableciendo, de forma silenciosa pero muy eficaz, quién puede entrar… y quién sobra. Y el público que empieza a desaparecer no es el turista que pisa el estadio una vez en la vida, sino el aficionado de siempre: el chaval del gallinero, el aficionado de toda la vida, el padre que quiere llevar a su hijo más de una vez al año. En otras palabras, la misma gente que durante décadas sostuvo el ecosistema social del club y convirtió el Bernabéu en algo más que un estadio.
Los que llevamos décadas entrando en ese estadio sabemos que no siempre fue así. Hubo un tiempo en que un chaval podía ir al Bernabéu con el dinero justo en el bolsillo. En los años noventa se podía entrar en el gallinero por 3.000 o 4.000 pesetas, que en euros actuales son 20 o 25 euros, exactamente lo que cuesta hoy el partido para un abonado. Ir al Bernabéu no era un lujo ni una experiencia exclusiva: era una costumbre, casi una rutina de la ciudad. Había chavales que subían al cuarto anfiteatro como quien sube a su barrio, gente que llevaba treinta años viendo el fútbol desde el mismo escalón, caras que se repetían domingo tras domingo hasta formar una pequeña comunidad. Había memoria. Y esa memoria, poco a poco, empieza a evaporarse.
Voy a contar algo. Años 70, partido de Copa de Europa, lo echaban por televisión (raro). La tele de casa se estropea una hora antes de empezar el partido, el niño empieza a llorar (menda lerenda). Mi padre dice: “Nena, prepara unos bocatas, que nos vamos al campo”. Dicho y hecho. Bocatas, manta, familia al campo, taquilla, entradas y para adentro. Sin más y sin estropear la economía familiar. Ahora esa situación es absolutamente imposible.
Conviene recordar algo que a veces se olvida entre balances y presentaciones corporativas: el Real Madrid no se hizo grande solo en los despachos. Se hizo grande también gracias a una afición popular que defendía al club en todos los lugares donde el club no estaba: en las oficinas, en las obras, en los colegios, en los bares. Gente que discutía, peleaba y sostenía el orgullo del Madrid cuando el antimadridismo dominaba el relato. Esa afición no tenía hospitalities ni experiencias premium; tenía bufandas, orgullo y memoria. Y es precisamente esa afición —la que sostuvo al club durante décadas— la que empieza a quedarse fuera del estadio. Y empieza a quedarse fuera por decisión del club, no lo olvidemos.
Luego nos preguntamos por qué el Bernabéu a veces suena distinto. Pero el problema no es el ruido, sino quién está dentro. Cuando conviertes el estadio en un espectáculo global empiezan a pasar cosas curiosas: hay más móviles que bufandas, más selfies que cánticos, más gente grabando el himno que cantándolo. El estadio no se vacía, sigue lleno, pero cambia. Y cuando cambia el público, cambia algo más profundo que la acústica del recinto: cambia el alma del estadio.
Aquí aparece la gran paradoja. El club quiere que el Bernabéu siga siendo una caldera europea, pero al mismo tiempo está expulsando del estadio a buena parte de la afición que realmente empujaba. Porque cuando alguien paga 170 euros por la entrada más barata, resulta difícil pedirle además que actúe como animador profesional durante noventa minutos. Antes el aficionado era parte del espectáculo; ahora empieza a parecer el cliente del espectáculo. Y el cliente no empuja: el cliente observa.
A pesar de todo, iré al partido. Porque cuando le dije a mi hijo que íbamos al Bernabéu se le iluminó la cara. Dentro de veinte años probablemente no recordará cuánto costaba la entrada; recordará, en cambio, subir las escaleras interminables del cuarto anfiteatro, ver aparecer el césped de golpe al salir al graderío, el olor inconfundible del estadio, el gran bocadillo del descanso y el rugido que recorre las gradas cuando el equipo salta al campo. Eso es lo que queda cuando el tiempo pasa y el precio se olvida: el recuerdo de haber estado allí.
El Real Madrid es más poderoso que nunca y el Estadio Santiago Bernabéu es más espectacular que nunca. Pero también es verdad que algo del viejo Bernabéu —ese estadio áspero, popular y ruidoso que conocimos— empieza a desaparecer. No por accidente, sino por decisión. Porque hay una diferencia enorme entre un estadio lleno y un estadio vivo, y el Bernabéu fue durante décadas mucho más que un estadio lleno: fue una grada popular, una ciudad dentro de otra ciudad. Hoy sigue siendo un gran negocio, pero cada vez pertenece menos a la gente que lo convirtió en lo que fue. Y el día que esa gente deje de estar dentro, el estadio seguirá brillando, las cuentas seguirán batiendo récords y los turistas seguirán haciéndose fotos; pero el Bernabéu habrá perdido algo que no aparece en ningún balance: no su alma, algo peor, a la gente que lo hizo grande.
Me despido como siempre, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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No hay precedentes. Nadie entiende muy bien qué sigue. Quién tiene la capacidad de sancionar y las consecuencias. La preocupación en la UEFA y en la FIFA es máxima. ¿Cómo enfrentarse a una organización que ha corrompido desde las instituciones la competición durante treinta años? ¿Cómo sancionar a un club histórico que decidió tomar el camino corto para aspirar a la grandeza?
Hay que entender el contexto político. España es un país con un gobierno deficiente, incapaz de planificar, que reacciona por pulsiones irracionales ante las tragedias y rodeado de casos de corrupción. El sistema judicial, la policía, viven un proceso de descrédito ante la sociedad nunca antes visto. Jefes policiales envueltos en asuntos turbios como el narcotráfico, abusos sexuales... un fiscal general acusado de revelación de información sensible de ciudadanos.
No me entiendan mal. No estoy haciendo política. Quiero que cualquier ciudadano de cualquier credo, condición o militancia acabe entre rejas cuando cometa un delito. Estoy señalando la degradación moral de la sociedad a la que asistimos inermes.
En ese contexto, el fútbol parece un asunto trivial: "a ver, niños, hagan las paces..." Corremos el riesgo de minimizar el impacto social y emocional haciendo la vista gorda ante el caso de corrupción en el deporte más grave de la historia. Treinta años de manipulación de resultados. Al menos diecisiete de ellos con facturas de por medio. Pagos al vicepresidente del CTA que podía otorgar o cancelar salarios de 300.000 euros al año con sus correcciones a las evaluaciones de los árbitros. Designaciones. Acompañamientos del hijo, pagados, al Camp Nou. Reuniones en su bar en la previa de los partidos. Asiento en el palco. Presencia en la ciudad deportiva. Hay grabaciones, hay declaraciones, hay una instrucción judicial. Y, para estupefacción del madridismo, hay más ruido social que mediático. Estupefaciente. Los medios no están interesados en este caso salvo contadísimas excepciones.
Corremos el riesgo de minimizar el impacto social y emocional haciendo la vista gorda ante el caso de corrupción en el deporte más grave de la historia
Los medios no investigan porque les pagan para no hacerlo, algunos se acercan a la línea, pero jamás la traspasan. No acusan. No indagan. Están subvencionados por LaLiga, el recaudador del negocio del fútbol. La empresa que mueve sus recursos con opacidad total, en manos de una persona con un termómetro moral que se debate entre el ridículo y el escándalo.
Son hechos probados que la RFEF, LaLiga, el Barcelona y el CSD maniobraron para hacer prescribir el delito de corrupción deportiva que habría supuesto descenso inmediato y retirada de títulos. La sincronización de la agenda de Albert Soler con el calendario de la prescripción es todo menos casual. La cooperación de todos los actores del fútbol en una bochornosa votación para eliminar el delito de corrupción y su prescripción en el código ético de la RFEF debería ser suficiente para que todos desfilaran ante el juez. El fútbol español es una organización criminal.
¿Y qué dice de esto la IA?
Pues dice que el expediente disciplinario de la UEFA, abierto en febrero de 2023, sigue vivo. Y dice que amparándose en el art. 4 del Reglamento Disciplinario de la UEFA y también en el art. 4.2 del Reglamento de la Champions League, aunque no haya avance en el proceso penal, la UEFA puede sentenciar que el club que amañe un partido no podrá participar en la competición durante un año.
Los juristas de la UEFA jamás imaginaron que alguien pudiera querer comprar 30 años de competiciones, se quedaron en lo racional: amañar un partido. Pero estamos ante 30 años de corrupción. ¿Quién sino un psicópata paranoico podría atreverse a tanto? Quicir... ¿Quién se atrevería a darle continuidad a los pagos a un dirigente arbitral sabiendo que estaban cometiendo un delito sino delincuentes habituales? Los cinco últimos presidentes del Barcelona fueron imputados por graves delitos, dos de ellos pasaron por la cárcel. El último tiene cuatro juicios pendientes por estafa. No hay más preguntas, señor juez.
Un partido... sólo un partido amañado te excluye de Europa. Ahora mismo no tengo a mano el número de partidos que pudieron amañarse durante treinta años. Pongamos media docena por temporada para ser generosos. ¿180 partidos? Entonces... ¿180 años de "inelegibilidad" para participar en competiciones europeas? Hay un club albanés y otro montenegrino sancionados con 10 años de exclusión y otros dos de Letonia y Macedonia con 7 y 8 años respectivamente. La bola es tan gorda y baja tan rápido por la montaña que nadie se atreve a meterle mano al Barcelona. De momento.
LA FIFA NO ESTÁ LIMITADA POR LAS PRESCRIPCIONES NACIONALES ESPAÑOLAS. LA FIFA PUEDE DESCENDER CLUBES, ANULAR RESULTADOS Y RETIRAR TÍTULOS
Lo que no puede hacer la UEFA, según la IA, es descender al Barcelona o retirarle los títulos conseguidos ilegítimamente. No tiene jurisdicción más allá de las competiciones europeas. LaLiga y la RFEF habrían podido. Pero recuerden la velocidad neuronal desacostumbrada de Tebas en aquella entrevista 48 horas después de que estallara el caso Negreira en febrero de 2023. Respondía al entrevistador casi antes de que este le preguntara: "No puede haber sanciones deportivas, el delito ha prescrito".
Más recientemente tuvimos que escuchar al presidente del CTA, Fran Soto, una serie de perlas consecutivas, en la COPE, claro: "hay que olvidar el caso Negreira", "imposible expulsar a todos los árbitros que coincidieron con Negreira", la figura de Negreira ha hecho "mucho daño" y el enfoque del comité ahora debe centrarse en la renovación y el uso de nuevas tecnologías para garantizar la transparencia. Se refiere al VAR como garante de la transparencia. ¿Entienden? El VAR. Transparencia. El número de golfos en el CTA es muy superior al del número de botellines del planeta.
Pero vamos a la IA de nuevo:
“La FIFA puede intervenir en casos graves de corrupción incluso en competiciones nacionales. Puede descender clubes, puede deducir puntos, puede anular resultados de partidos, puede expulsar a los clubes de competiciones y puede retirar títulos nacionales o internacionales, en casos de manipulación probada”.
“Llegaría a intervenir si considera que la federación nacional competente no actúa con suficiente rigor. También si recibe una denuncia formal o si observa violaciones graves del código ético FIFA”.
En el Calciopoli la FIFA respaldó las decisiones de la Federación Italiana, presionó y validó las medidas de descenso y exclusión de las competiciones europeas de la Juventus. La FIFA, amigos, no está limitada por las prescripciones nacionales españolas, como la de la Ley del Deporte amañada por Albert Soler, ni por las modificaciones del código ético de la RFEF votada por los circunspectos Rocha, Rubiales y Laporta en la foto de la vergüenza que todos recordamos, con sus papeletas en alto.
Ánimo, madridistas. La batalla sigue.
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En momentos de zozobra resulta casi instintivo echar la vista atrás, acaso por nostalgia, seguramente con la esperanza de que de allí podamos rescatar algo —a estas alturas en el Madrid valdría lo que sea— que ofrezca algo de luz en el túnel. Una idea. Un motivo. La vergüenza de los que vistieron la misma camiseta.
Retrocedamos a estos días de marzo de 1988. Con Faith (Fe) de George Michael tronando en las ondas y Buenos días, Vietnam reventando las taquillas, el Madrid de la tercera campaña de Mendoza, la segunda de Beenhakker y la primera sin Juanito —que no es poco— se las veía con el Bayern de Múnich. El equipo, retocado en la última parte del año anterior con el yugoslavo Jankovic, sonaba a títulos: Buyo, Chendo, Sanchís, Tendillo, Camacho; Míchel, Jankovic, Martín Vázquez, Gordillo; Butragueño y Hugo Sánchez. No les culpo si acaban de suspirar.
Ese era el año. Tras dejar en la cuneta al Nápoles de Maradona y al Oporto, vigente campeón continental, de nuevo apareció el Bayern, sin tiempo a que la dramática eliminación del curso anterior hubiera cicatrizado. La ida, en Alemania, comenzó respetando los cánones ochenteros: árbitro casero (clamoroso penalti a Butragueño al limbo) y goleada de castigo: dos tantos en cinco minutos antes del descanso y otro más nada más comenzar la segunda parte. Pero, queridos, aquel Madrid, a falta de la garra germana y la costumbre de bregar sobre un césped helado, tenía alma. La espita capaz de derribar muros. Y en los últimos seis minutos el equipo comenzó la que sería una nueva remontada épica: primero el Buitre y luego Hugo, aprovechando sendos errores, colocaron el 3-2 definitivo en lo que fue una derrota victoriosa, preludio de lo que se avecinaba en Chamartín.
Nadie pide a estas alturas el coraje de Camacho, la calidad de Míchel o Martín Vázquez o el orgullo de Hugo Sánchez. Pero de ahí a no llegar ni al nivel del último año de Ancelotti...
Dos semanas después, los blancos terminaron con la maldición del Bayern. Apunten dos claves: cabeza fría para evitar errores previos y caídas en las habituales provocaciones e insistencia en el plan del fútbol ofensivo. Generalmente, las guerras se ganan cuando exprimes tus armas, y así fue. Con paciencia, buen pie y espíritu de equipo, Jankovic en el 26’ y Míchel en el 41’ pusieron sus nombres en la Historia del Madrid, y provocaron que Matthäus se rindiera ante el mito: «En la vuelta no nos dieron oportunidad alguna y perdimos 2-0. Fue entonces, sobre el césped, cuando entendí el significado de la frase de Juanito de "90 minuti en el Bernabeu son molto longos". No conozco un solo estadio en el que el tiempo dé la sensación de pasar más lentamente para el rival que allí. Cada minuto fue pura pugna».
Después de caer ante el Getafe, Arbeloa se revolvió: «Esto es el Madrid (…) aquí no se rinde nadie». Sin embargo, no lo pareció minutos antes. Ni siquiera se vio ante los azulones el arreón de los últimos minutos tan temido por los rivales cuando llevan ventaja en el Bernabéu. Nada. Y eso, más allá de los resultados (ojo que el salmantino ya acumula cuatro derrotas en 12 partidos, las mismas que Alonso tardó en cosechar en 22), es lo que hastía y mustia el ánimo del madridista. Porque si algo define al equipo —habrá que repetirlo hasta que cale— no es su historial de victorias, sino su resistencia a la derrota.
Ahora llegan curvas, y muy peligrosas. Un calendario envenenado, Celta, City, Elche y Atlético, cuatro equipos a los que el Madrid no ha conseguido ganar esta temporada (derrotas frente a los gallegos, ingleses y rojiblancos, y empate contra los ilicitanos) y una realidad clara: si los resultados salen de cara significará un mes más de supervivencia; pero, si salen cruz, la temporada puede haber finalizado tres meses antes de que lo haga la competición. Con todo lo que ello implica en el volcán que es el Madrid.
Nadie pide a estas alturas el coraje de Camacho, la calidad de Míchel o Martín Vázquez o el orgullo de Hugo Sánchez. Pero de ahí a no llegar ni al nivel del último año de Ancelotti, que luchó por un título hasta el final (la Copa), dista un mundo. El que se puede caer encima (o no) en dos semanas.
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Buenos días, galernautas. Qué raro se hace que nuestro equipo juegue un viernes. Esta noche visitamos Balaídos para enfrentarnos al Celta y visto el resultado de la primera vuelta en el Santiago Bernabéu, el estado de forma del rival y el actual nivel de juego del Real Madrid nos embarga el catastrofismo. Añadamos a la ecuación que Arbeloa apenas puede contar con media plantilla. Sanciones aparte, al Madrid se le lesionan jugadores hasta en el minuto de silencio, como diría Gregorio Manzano, así que el panorama no puede ser más desolador.
En el día en que nuestro club cumple 124 años, nadie parece hacerse mucho eco de tamaña efeméride, aunque siempre hay tiempo para justificar infamias pretéritas de la forma más torticera. Marca, sin ir más lejos, lleva a su portada un montaje muy mejorable con los caídos del Real Madrid y titula de manera muy sensacionalista, hablando de situación límite, de un Madrid herido y de todas esas hipérboles que tanto gustan a los marcaicos. También se recrean en que Gareth Bale, campeón de Europa en cinco ocasiones, les ha dado presuntamente la razón con el asunto de su famosa hernia.
Nada más lejos de la realidad. En la citada entrevista, Bale admite que tuvo “problemas en la espalda”, pero en ningún momento utiliza la palabra “hernia”, que es la que en su momento utilizó Marca. Bale tenía una protrusión y jamás lo negó. No hay por tanto absolutamente ninguna novedad al respecto. Bale no da la razón a Marca retrospectivamente en nada. El uso de entonces de la palabra “hernia” no queda avalado ahora ni nunca, por la sencilla razón de que es mentira. Ni Bale tuvo una hernia ni admite ahora haberla tenido.
As resulta más sobrio en su planteamiento y nos muestra a Asencio entrenando. Qué mérito tiene este jugador, que se arriesga a una lesión larga con tal de ayudar al equipo. Eso es carácter y madridismo. Ojalá resultaran contagiosos y se los transmitiera a algunos de sus compañeros.
El galernauta, como toda mente brillante, quiere saber siempre. Tal es así que seguro que tenéis interés en conocer los contenidos de las portadas de los diarios cataculés, aun a pesar de que constituya casi un ejercicio de masoquismo.
Mundo Deportivo, diario del Conde de Godó, grande de España, plasma a Laporta en su portada. Se le ve sentado, leyendo, cual prócer aplicado en pos de su club. Lo hilarante aparece en el titular: “Hemos devuelto la alegría y el orgullo”. Este portanalista ha sufrido un amago de angina de busto al llegar a lo del orgullo, si bien su vida no parece correr peligro. ¿De qué puede enorgullecerse el Barcelona? ¿De protagonizar el mayor escándalo de la historia del fútbol? Ese, y no otro, es el único récord verdaderamente asignable a ese club.
En Sport, Araújo convierte la portada en una fiesta de la obviedad que no merece siquiera comentario.
Pasad un excelente día y que gane nuestro equipo esta noche, aunque sea cumpliendo una versión libre del dicho taurino: puerta grande y enfermería.
Después de toda la información generada a raíz de lo desvelado por Ricardo Ramos Neira y Juan Luis Martín de Pozuelo en el canal de YouTube del primero (más vídeos de Pepe Kollins, el artículo que escribí yo y el artículo que publicó nuestro editor Jesús Bengoechea), es conveniente hacer algunas aclaraciones y consideraciones para situarnos.
Lo primero que hay que dejar bien claro es que el artículo de Bengoechea (https://www.lagalerna.com/por-sancion-uefa-el-barca-podria-quedarse-sin-champions-desde-la-26-27/) es relativo a las esperanzas del Real Madrid al respecto de las posibles actuaciones de UEFA y FIFA. Es decir, son las impresiones que tienen en el club de lo que pueda pasar, y esto no quiere decir que tengan razón, porque no son adivinos. Es obvio que manejan información que nosotros no, porque (no seamos ingenuos) ha habido reuniones entre Madrid y UEFA últimamente, y sabemos que también la FIFA ha hablado al respecto con el club blanco. Pero incluso unos y otros parecen manejarse sin certezas absolutas.
Ya aclaró Jesús que UEFA había dejado todo paralizado para esperar a las testificales de los expresidentes culés en el Juzgado. Todos reconocieron como benditos haber hecho los pagos, y eso ya es una infracción grave para la UEFA (y para la FIFA… y para la RFEF), y el propio Real Madrid les hará llegar un dossier con toda la información de lo que se lleva de instrucción judicial, amén de mucha más documentación. Por tanto, la infracción grave, según el código ético de UEFA y FIFA, está reconocida ya. En cuanto declare Elena Fort, última testifical que queda de un investigado del caso (declarará en nombre del F.C. Barcelona), el Real Madrid añadirá ésta al dossier y lo remitirá a ambas instituciones.
UEFA, tal y como expliqué en el anterior artículo, atiende a intereses jurídicos diferentes a los de FIFA, y actuarían sobre las competiciones que organizan ellos. Y pueden hacerlo, porque la infracción no ha prescrito según su código ético. Podrían sancionar al Barça, privándole sin competir en Europa de 1 a 10 años, prohibición de usar ventanas de fichajes, multa económica, etc. Pueden coger una, varias o todas las sanciones de la anterior lista. Entiendo que también tienen potestad de quitar los títulos que haya ganado el Barça en competiciones suyas (Champions League y Supercopas de Europa). Basándonos en los mismos principios, FIFA podría sancionar sin jugar sus competiciones, y podría quitar títulos que hayan organizado ellos: Mundial de clubes o Copa Intercontinental.
El Real Madrid piensa que la FIFA no tiene potestad para quitar títulos nacionales al Barça, ni descenderlos, porque eso depende de la RFEF, y en españa está prescrito. Pero este temor del club es simplemente porque no ha sucedido nunca algo así. Estamos en territorio por explorar
Decía en su artículo Jesús una cosa que desanima al más optimista, y es que en las oficinas de Concha Espina consideran que, a priori, la FIFA no tiene potestad para la retirada de titulos nacionales y para descender de categoría al Barça: en el Moggigate las impuso la Federación Italiana, y la FIFA, simplemente, las sancionó. También informó de que el caso español con la prescripción del delito en la Ley del Deporte (Derecho Contencioso Administrativo para el código Disciplinario que ya expliqué en mi artículo) sería un obstáculo infranqueable para la propia FIFA.
El Real Madrid piensa que la FIFA no tiene potestad para quitar títulos nacionales al Barça, ni descenderlos, porque eso depende de la RFEF, y aquí está prescrito. Pero este temor del club es simplemente porque no ha sucedido nunca algo así. Estamos en territorio por explorar, pero siempre hay una primera vez para todo, y en el propio Real Madrid también lo piensan, por eso van a denunciar ante UEFA y FIFA remitiendo todo el dossier. El Madrid piensa que deben aclararse entre ellos sobre cómo y quién debe proceder. Nota aclaratoria: pueden, aunque no haya pasado nunca, que sean sancionados por los códigos éticos tanto de UEFA como de FIFA, porque atienden a asuntos jurídicos diferentes.
Pero, ¿es fundado el miedo del Real Madrid de que FIFA no pueda ? Veamos y analicemos jurídicamente todo.
Primero pondré algo que el otro día no hice constar en mi texto, que es el artículo 1.9 del Estatuto de la Real Federación Española de Fútbol (https://rfef.es/es/federacion/transparencia/estatutos), que dice esto:
Tanto los órganos de la RFEF como quienes los conforman, se comprometen a observar los reglamentos y directrices de los organismos internacionales del fútbol, incluyendo el Código Ético de la FIFA.
Por tanto, y teniendo en cuenta que el verbo observar en textos jurídicos hace referencia a cumplir, lo que dice la RFEF es que se compromete a cumplir el Código Ético de la FIFA. El sistema está diseñado para que ni FIFA ni UEFA permitan la impunidad si la federación nacional decide no actuar. El mecanismo funciona de la siguiente manera:
El artículo 30.2 del Código Disciplinario de la FIFA establece que
Las confederaciones, federaciones y otras organizaciones deportivas son responsables de investigar, procesar y sancionar las conductas mantenidas en sus respectivas jurisdicciones. […]
Para hacerlo, el artículo 45.1 de los Estatutos de la RFEF faculta a su propio Comité de Ética para castigar las conductas ilegales o inmorales, aplicándoles subsidiariamente las severas sanciones tipificadas en el Código Ético de la FIFA o de la UEFA (como el descenso o la inhabilitación), precisamente cuando estos organismos supranacionales no sean los competentes por razón del ámbito territorial.
Si la RFEF se niega a sancionar, mira hacia otro lado o escuda su inacción en que la vía ordinaria ha prescrito, la jurisdicción internacional puede intervenir.
El artículo 30.6 del Código Disciplinario de la FIFA advierte que los órganos judiciales de la FIFA se reservan el derecho a investigar, procesar y sancionar directamente las infracciones graves (mencionando específicamente "la manipulación de partidos") en la jurisdicción de una federación nacional, si dicha federación no ha emprendido una investigación formal en un plazo de 90 días desde que se tuvo constancia de la infracción.
Por otro lado, cuando es la RFEF la que finalmente impone la sanción a nivel nacional por una infracción calificada como grave (como manipulación o corrupción), el artículo 70 del Código Disciplinario de la FIFA impone a la RFEF la obligación de solicitar a la Comisión Disciplinaria de la FIFA que extienda dichas sanciones para que tengan efecto en el ámbito mundial.
En conclusión: Es el Comité de Ética de la RFEF quien debe proponer y aplicar estas sanciones en base a las normas de la FIFA. Pero si la RFEF no cumple diligentemente con este deber, tanto la FIFA como la UEFA tienen herramientas estatutarias para arrebatarle el caso, juzgarlo en Suiza e imponer esas mismas sanciones directamente.
Así que visto todo esto, si realmente el Real Madrid tiene miedo a que la FIFA no actúe poque estamos en territorio por explorar, realmente los propios Estatutos y Reglamentos de FIFA, UEFA y RFEF tienen todo recogido.
Visto esto, ¿realmente el hecho de excluir del Código Ético de la RFEF las infracciones y prescripciones hacen que realmente estén prescritas como dice la Ley del Deporte en lo que toca a la parte del Derecho Contencioso Administrativo? Pues juzgad vosotros mismos, pero el código ético tiene una única misión en la FIFA, y es unificar criterios reglamentarios para todos los miembros independientemente de las leyes propias de un país donde se encuentre una Federación de Fútbol. Sería injusto a nivel competitivo que equipos de otro país se favorecieran de la corrupción y leyes catastróficas de un tercero (por ejemplo, una ley local que estableciera plazos de prescripción ridículos para delitos muy graves).
Por cierto, quiero aclarar un par de cosas para cierta persona que se dedica a leer lo que publicamos y hacer disertaciones jurídicas en X, gracias a ChatGPT (viciado por noticias y opiniones que no se atienen a derecho) y bloqueando a todos los que le rebaten juridicamente en la citada red. Este señor va comentando por ahí que el código ético de la FIFA también ha expirado en el caso Negreira porque han pasado cinco años.
La primera aclaración es que él sabe perfectamente, igual que yo, que los casos de corrupción y cohecho tienen un periodo de prescripción de diez años en el citado código, y no cinco como él sugiere. La segunda es, que en caso de ser de cinco años como sugiere de forma incorrecta y malintencionada, tampoco hubiera prescrito, porque el periodo de prescripción queda congelado en el momento que hay un proceso judicial respecto al hecho investigado, como es el caso que nos ocupa, y la admisión a trámite y comienzo de la instrucción judicial de la causa dio comienzo el 15 de marzo de 2023, y el último pago al Sr. Enríquez Negreira, a través de su empresa DASNIL 95 SL, se realizó el 18 de julio de 2018.
Si esta persona, a parte de copiar lo que le dice ChatGPT según lo que él pregunta de forma sibilina para que le dé la razón, supiera un mínimo de matemáticas, no haría el ridículo día sí y día también, erigiéndose en tótem de toda la culerada indocumentada que lo citan como un prócer y animal mitólogico sagrado de sabiduría de Derecho. No dice más barbaridades porque no entrena.
He leído en algún sitio que la modificación del Código Ético de la RFEF en junio de 2021 contó con la aprobación del Presidente del Real Madrid. No es cierto, hay un vídeo donde se les ve votando, y se ve a Florentino Pérez que no vota nada, amén de que las actas publicadas de la votación no contabilizan voto alguno del Real Madrid. Además, no se informó en el Orden del Día de la Asamblea General Ordinaria de la RFEF en qué consistía dicha modificación del código ético, por lo que algunos nos permitimos dudar de que todos los que votaron a favor estuvieran enterados de lo que votaron.
También he leído que fue ilegal la aprobación de dicha modificación porque no lo hizo la Comisión Delegada, pero esto no es cierto, porque fue ratificado directamente por el máximo órgano de gobierno, la Asamblea General, lo cual refuerza su legitimidad institucional. El Secretario General de la RFEF en aquel momento, Andreu Camps, destacó que este código se diseñó para conjugar la normativa ética con los sistemas disciplinarios vigentes.
Un aspecto relevante de su legalidad es que el texto aprobado en 2021 generó, como ya hemos explicado, una desregulación explícita de la prescripción nacional, lo que obliga a aplicar de forma subsidiaria el plazo de diez años previsto en el Código Ético de la FIFA para casos de corrupción. Es decir: quitar las sanciones y prescripciones de las mismas de tu Código Ético no hace que dejes de tenerlos.
El artículo 23.3 de los Estatutos de la RFEF establece taxativamente que los miembros deben responder ante los órganos éticos cuando su responsabilidad no sea exigible por la vía disciplinaria deportiva (por ejemplo, por haber transcurrido los tres años de prescripción administrativa).
La modificación de 2021 tuvo como uno de sus objetivos principales la adaptación a los estándares internacionales marcados por el Código Ético de la FIFA. Los Estatutos de la RFEF obligan expresamente a sus miembros a cumplir con las directrices de los organismos internacionales, incluyendo el mencionado código de la FIFA.
Según las fuentes, no existe ninguna declaración de ilegalidad sobre este cambio; por el contrario, se describe como el marco normativo actual que permite a la RFEF investigar conductas graves contra la integridad del fútbol cuando la vía de los Comités de Competición ya está cerrada.
Es decir, y concluyendo, que el Comité de Ética de la RFEF debería actuar de oficio en el caso Barça Negreira salvaguardando el Código Ético de la FIFA que se encarga de hacer cumplir según sus propios Estatutos, y ha sido incumplido por todos los Presidentes del F.C. Barcelona, y aquellos miembros de sus Directivas que conocieran los pagos, así como por el señor Enríquez Negreira, que entonces ocupaba el cargo de Vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros.
El que esté prescrito en el derecho contencioso Administrativo de España es lo que hace, precisamente, que se deba aplicar el citado Código Ético.
Este tipo de infracciones no se denuncian como en la Justicia ordinaria, donde la acusación hace un escrito con una propuesta de sanción. Aquí el citado Comité redacta la infracción cometida y recomendación de sanción a aplicar, y el Presidente de la RFEF, en este caso, sanciona.
Puedo entender que el Real Madrid tenga dudas sobre la capacidad de actuar de la FIFA pero, jurídicamente, debido a la inacción de la RFEF (inacción que se dio pese a estar obligada a actuar por sus propios estatutos), es ahora la FIFA quien debe actuar para no dejar pasar la infracción.
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