La velocidad con la que el ecosistema mediático afín a ese club del que usted me habla ha salido a proclamar la derrota estratégica del Real Madrid tras el acuerdo de principios entre la UEFA y la European Club Association —con la bendición estructural de la FIFA— merece estudio antropológico. No deportivo. Antropológico.
En menos de un suspiro ya estaban los tertulianos de cámara certificando tres axiomas con entusiasmo parroquial: Florentino ha perdido, la UEFA le ha dado una salida digna y la Superliga ha sido enterrada con misa cantada y órgano desafinado. La insistencia era tan vehemente que uno sospechaba que no estaban describiendo una victoria, sino conjurando un miedo. Porque cuando alguien proclama tan deprisa que el enemigo está muerto, suele ser porque teme que todavía respire.
Si el Real Madrid estaba aislado, si la Superliga era un cadáver y si su presidente era poco menos que un conspirador derrotado, ¿para qué diablos había que firmar nada con él? ¿Desde cuándo las instituciones continentales negocian acuerdos estratégicos con actores irrelevantes? Las paces no se firman con fantasmas. Se firman con quienes siguen siendo estructurales. Y ese detalle, que parece menor, es la grieta por la que entra la luz.
La normalización que cambia el tablero
El acuerdo no es una capitulación blanca. Es una normalización institucional. El Real Madrid vuelve al marco del consenso europeo. El club cliente de Negreira, por decisión propia, no está en la foto. No porque lo hayan expulsado, sino porque prefirió mantenerse en la épica del desafío.
Y aquí empieza lo interesante. En política continental no estar en la mesa nunca es una posición cómoda cuando se discuten asuntos de poder real. Puedes ganar titulares durante semanas, pero si no estás dentro cuando se fijan los criterios, el relato deja de ser un arma y se convierte en consuelo.
La normalización no es un detalle administrativo. Es un reequilibrio de fuerzas. Y cuando las fuerzas se reequilibran, los expedientes pendientes se miran con otra serenidad.
El expediente que no ha desaparecido
Mientras los altavoces celebraban la supuesta humillación blanca, en los despachos disciplinarios de la UEFA sigue vivo el procedimiento abierto en 2023 en relación con los pagos realizados durante años al entonces vicepresidente del CTA español. Ese expediente no depende de la justicia ordinaria. No necesita sentencia penal firme para avanzar. Se rige por estándares deportivos propios y, llegado el caso, sería revisable ante el Tribunal Arbitral Deportivo.
Nadie serio puede afirmar que la exclusión europea sea inminente. Eso sería irresponsable. Pero sí es legítimo sostener que el contexto institucional para adoptar decisiones relevantes hoy es distinto al de hace unos meses. Antes, cualquier sanción fuerte habría sido interpretada como represalia en plena guerra Superliga. Ahora, con el ecosistema alineado y la paz escenificada, el coste político de actuar es menor.
Y en las estructuras de poder, cuando baja el coste, sube la probabilidad. No la certeza. La probabilidad.
El aislamiento no es romántico, es frágil
Quedarse fuera del consenso europeo puede sonar épico en rueda de prensa, pero es estratégicamente delicado. Se pierde capacidad de influencia, se pierden aliados tácticos y se reduce el margen de presión. Eso no convierte automáticamente a nadie en culpable de nada. Pero sí altera el equilibrio de fuerzas si llega el momento de tomar decisiones incómodas.
En el fútbol continental, los grandes movimientos rara vez se producen en mitad de tormentas institucionales. Se producen cuando el sistema está estabilizado. Y hoy el sistema lo está más que hace dos años.
La ironía es deliciosa: mientras se proclama que Florentino Pérez y, por ende, el Real Madrid, se han bajado los pantalones, lo que realmente ha ocurrido es que ha vuelto a estar dentro del marco institucional europeo. El supuesto derrotado regresa al consenso. El supuesto vencedor se queda fuera.
La deriva arbitral y las casualidades incómodas
Hay además una variable que hasta ahora se comentaba en voz baja y con media sonrisa torcida. Desde las reuniones entre Aleksander Čeferin y el presidente azulgrana, y desde que el club catalán comenzó a marcar distancias públicas con el proyecto Superliga, parte del madridismo percibió que el viento arbitral europeo soplaba con distinta intensidad según el color de la camiseta. Nada demostrable, por supuesto. Sólo esa acumulación de decisiones grises que parecían caer sistemáticamente en la misma dirección. Esa acumulación de “cositas” que empezaban a recordar la más negra época de Şenes Erzik, que coincidió con el patrocinio “gratuito” de UNICEF en la camiseta del club ponzoñoso negreiril y sus “épicas” Copas de Europa, Stamford Bridge, Nou Camp, Santiago Bernabéu y demás desmanes mediante.
El episodio de Lisboa ante el Benfica, con el gol anulado a Mbappé en una nebulosa reglamentaria todavía no aclarada y varias interpretaciones quirúrgicamente adversas, no hizo sino alimentar la sensación de que competir en Europa llevaba mochila adicional. ¿Pruebas de trato de favor hacia otros? Ninguna. ¿Casualidades acumuladas? Las suficientes como para que la sospecha se instalara en la conversación pública, bueno, para el relato institucional no había nada que sospechar, como siempre.
Y aquí el acuerdo introduce una hipótesis incómoda: si la paz institucional diluye la narrativa de enfrentamiento y el Real Madrid deja de ser el club incómodo, también podría evaporarse esa atmósfera de tensión que parecía acompañar ciertas decisiones. En el fútbol europeo la neutralidad es más rentable cuando no hay guerra declarada. Si a partir de ahora cambian las inercias, algunos lo llamarán estadística. Otros lo llamarán clima. Pero el clima, como todos sabemos, influye en cómo se mueven las nubes.
El pánico preventivo como síntoma
Lo verdaderamente revelador no es el acuerdo. Es la reacción. La necesidad casi terapéutica de repetir que Florentino ha perdido, que la UEFA le ha ofrecido una salida, que todo esto es una claudicación blanca. Demasiada urgencia para quien supuestamente ha ganado.
Si realmente nada va a pasar con el expediente, si todo es humo, si la investigación no tiene recorrido, ¿por qué tanta prisa en enterrar al adversario? Quien está tranquilo no necesita escribir el obituario del otro antes de que amanezca.
Hay algo profundamente revelador en esa ansiedad por fijar el relato antes de que se mueva ninguna ficha disciplinaria. Es la intuición de que el contexto ha cambiado. Y cuando el contexto cambia, las posibilidades se reordenan.
Cuando la guerra termina, empieza la contabilidad
En plena guerra institucional cualquier sanción fuerte habría sido interpretada como ajuste de cuentas. Con la guerra cerrada, cualquier decisión puede presentarse como defensa de la integridad competitiva. La diferencia es enorme.
Nadie necesita conspiraciones para entenderlo. Basta con comprender cómo funcionan las estructuras de poder. Las instituciones no actúan sólo con códigos; actúan con cálculo. Y el cálculo hoy es más favorable a decisiones firmes que cuando el continente estaba dividido.
Eso no significa que la exclusión europea sea inevitable. Significa que es más real que antes. Más plausible. Más asumible desde el punto de vista sistémico.
La ironía final
Mientras los portavoces oficiosos celebran la supuesta humillación blanca, el tablero muestra otra cosa: el Madrid dentro del consenso, ese club del que usted me habla fuera de la foto y un expediente disciplinario que sigue respirando en silencio.
Quizá todo quede en multa. Quizá en advertencia. Quizá en nada. Pero lo que resulta evidente es que la posibilidad objetiva de una decisión relevante es hoy mayor que cuando el sistema estaba fracturado.
Y eso explica la prisa. Porque cuando el enemigo que dabas por muerto vuelve a la mesa y tú decides no sentarte, el orden del día deja de depender de ti. Y en el fútbol europeo, cuando no controlas el orden del día, lo prudente no es cantar victoria. Es esperar en silencio.
Pero el silencio nunca ha sido la especialidad de quienes necesitan convencerse de que todo sigue bajo control.
Me despido como siempre: ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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Nunca hay que dar al Madrid por muerto, ni en lo deportivo ni en lo institucional. En fundador de la Copa de Europa ha venido otra vez a revolucionar el fútbol. Siempre el Madrid.
Pero de verdad pensáis que la UEFA va a hacer algo en el caso Negreira?
En la negociación internacional se suele decir que si “no estás en la mesa, estás en el menú”
A ver si es verdad en este caso.
Voy a dar mi opinión como un simple aficionado al fútbol que sólo ve los partidos del Real Madrid:
Si por mí fuese sólo jugaríamos en una liga, no sé si llamarla súper, hiper o mega, el nombre da igual, y ésta estaría integrada por los mejores clubs ingleses que ahora dominan el fútbol europeo, el PSG, que por fin pinta algo y el Bayern de Múnich, que siempre pinta.
Pero la Arcadia no existe, Jauja tampoco y Utopía sólo en la mente de Tomás Moro...
Lo que nos depara el futuro es una eliminatoria trascendental con un grande de Europa, el Benfica, Lisboa es clave señores.