Una escena doméstica
El otro día escribí un tuit en X muy sencillo. Nada de análisis táctico ni conspiraciones arbitrales. Una escena doméstica. Le dije a mi hijo de dieciocho años que íbamos a ver al Manchester City FC en el Estadio Santiago Bernabéu. Se lo había prometido y se lo había ganado. Cuarto anfiteatro lateral. El gallinero de toda la vida pero más alto.
Precio de la entrada: 170 euros.
Añadí una frase que me salió sola: “Esto no hay quien lo soporte. Estoy muy enfadado”.
A partir de ahí se montó el pequeño terremoto digital: cientos de miles de visualizaciones, miles de likes, centenares de respuestas. Padres contando historias parecidas. Aficionados recordando cuando ir al Santiago Bernabéu era una costumbre dominical. Y, por supuesto, economistas de Twitter explicándome que el mercado es libre y que si el precio me parece alto siempre puedo quedarme en casa. El argumento favorito del capitalismo futbolero: si puedes pagarlo, cállate; si no puedes, vete.
Muy edificante.
Pero el asunto no es mi enfado.
El asunto es la aritmética.
La aritmética del gallinero
El euroabono del cuarto anfiteatro ronda los 500 euros por temporada.
Si lo dividimos entre los aproximadamente 25 partidos oficiales que el equipo juega en casa entre Liga, Champions y Copa, el coste real para el abonado ronda 20 euros por partido.
Yo he pagado 170 euros.
Es decir, ocho o nueve veces más por el mismo asiento.
El mismo asiento, la misma vista, la misma portería. Da igual el City que el Mollerusa.
La diferencia no está en el fútbol, la diferencia está en el modelo.
Porque el Bernabéu de hoy funciona con dos economías distintas: la economía histórica del abonado y la economía moderna del mercado. La primera construyó el estadio. La segunda lo explota.
El negocio real del Bernabéu
El estadio tiene unos 84.000 asientos.
Aproximadamente 60.000 pertenecen a abonados.
Eso significa que cerca del 70% del estadio está vendido antes de que empiece la temporada.
El resto entra en el mercado de entradas.
Aquí aparece uno de los datos más reveladores del modelo actual: ese 30% del estadio genera prácticamente el mismo dinero que el 70% restante.
Dicho de otra forma: la mayor parte del negocio del estadio ya no depende de los socios, sino del mercado. Y el mercado tiene una característica muy clara: no tiene memoria. El mercado no sabe quién lleva treinta años subiendo al gallinero ni distingue entre un turista que pisa el Bernabéu una sola vez en la vida y un abonado que ha pasado media existencia sentado en el mismo asiento. Para el mercado todos son iguales. Solo hay una variable que realmente importa: quién puede pagar más.
El asiento que se cobra dos veces
El sistema todavía tiene otra vuelta de tuerca. Muchos abonados no pueden acudir a todos los partidos y liberan su asiento, que el club vuelve a poner a la venta o ellos mismos lo revenden al precio de taquilla, al precio del abono o al precio que les sale de las narices. Si se vende por el club, el abonado recibe una parte del precio y el club otra. El resultado es que el mismo asiento puede generar ingresos dos veces: primero cuando se paga el abono anual y después cuando se revende para un partido concreto. Así que, cuando alguien paga 170 euros por el gallinero, es bastante probable que ese asiento ya estuviera pagado meses antes. No es una anomalía del sistema: es, precisamente, el sistema.
El dato que desmonta el discurso
Ahora conviene mirar las cuentas con un poco de perspectiva. El Real Madrid factura hoy más de 1.100 millones de euros al año y los ingresos totales asociados al estadio rondan los 230 millones. Pero dentro de esa cifra hay varias partidas distintas que vale la pena separar: las estimaciones sitúan los abonos en torno a 60-70 millones y las entradas sueltas aproximadamente entre 70 y 80 millones. Es decir, las entradas sueltas, que son en torno al 30% del aforo, ingresan lo mismo o más que todos los abonos juntos. Todo el dinero que entra en el Bernabéu por venta directa de entradas ronda los 70 u 80 millones anuales sobre un negocio total del club que supera los 1.100 millones. Traducido a términos simples: las entradas sueltas representan alrededor del seis o siete por ciento del negocio total del club. Menos del diez por ciento. Conviene repetirlo para que se entienda bien: menos del diez por ciento. Que no me cuenten la milonga de que los precios deben ser así para pagar fichajes. Con las cuentas en la mano, no cuela.
El dato verdaderamente incómodo
Ahora viene otro detalle bastante revelador del nuevo modelo. El Tour del Estadio Santiago Bernabéu cuesta alrededor de 35 euros por visitante, pero si uno quiere añadir alguna de las experiencias interactivas —los juegos de precisión, velocidad o ese simulacro de “tirar a puerta” que forma parte del recorrido— la factura se acerca tranquilamente a 55 o 60 euros. Traducido a números sencillos: tres turistas haciendo el tour con sus jueguecitos generan prácticamente el mismo dinero que una entrada del gallinero para un partido de Champions. Conviene detenerse un momento en ese dato, porque explica bastante bien hacia dónde se está moviendo el modelo: el estadio empieza a producir casi tanto dinero enseñando el Bernabéu como jugando al fútbol dentro de él. Y cuando un club descubre que el museo, las experiencias y el entretenimiento turístico generan cifras comparables a las del propio partido, la tentación es inevitable: el estadio deja de ser el lugar donde se vive el fútbol para convertirse en algo mucho más rentable y mucho más inocuo, un parque temático donde el fútbol es solo una atracción más del recorrido.
El discurso de la “experiencia premium”
Aquí entra en escena el nuevo lenguaje del fútbol moderno. El estadio ya no es un estadio: ahora es una “experiencia”. Hay hospitality, zonas premium, restauración temática, pantallas gigantes y hasta espacios de networking donde uno puede cerrar negocios mientras el balón rueda por ahí abajo. Todo muy sofisticado, muy global y, sobre todo, muy rentable. Pero en ese brillante catálogo de palabras inglesas hay un detalle que rara vez aparece en las presentaciones corporativas: para que todo ese nuevo público entre, alguien tiene que salir. Y ese alguien, curiosamente, casi siempre es el mismo: el aficionado de siempre.
El Bernabéu como filtro social
Cuando el gallinero cuesta 170 euros, ya no se está vendiendo fútbol: se está filtrando a la gente. Se está estableciendo, de forma silenciosa pero muy eficaz, quién puede entrar… y quién sobra. Y el público que empieza a desaparecer no es el turista que pisa el estadio una vez en la vida, sino el aficionado de siempre: el chaval del gallinero, el aficionado de toda la vida, el padre que quiere llevar a su hijo más de una vez al año. En otras palabras, la misma gente que durante décadas sostuvo el ecosistema social del club y convirtió el Bernabéu en algo más que un estadio.
Cuando ir al Bernabéu era normal
Los que llevamos décadas entrando en ese estadio sabemos que no siempre fue así. Hubo un tiempo en que un chaval podía ir al Bernabéu con el dinero justo en el bolsillo. En los años noventa se podía entrar en el gallinero por 3.000 o 4.000 pesetas, que en euros actuales son 20 o 25 euros, exactamente lo que cuesta hoy el partido para un abonado. Ir al Bernabéu no era un lujo ni una experiencia exclusiva: era una costumbre, casi una rutina de la ciudad. Había chavales que subían al cuarto anfiteatro como quien sube a su barrio, gente que llevaba treinta años viendo el fútbol desde el mismo escalón, caras que se repetían domingo tras domingo hasta formar una pequeña comunidad. Había memoria. Y esa memoria, poco a poco, empieza a evaporarse.
Voy a contar algo. Años 70, partido de Copa de Europa, lo echaban por televisión (raro). La tele de casa se estropea una hora antes de empezar el partido, el niño empieza a llorar (menda lerenda). Mi padre dice: “Nena, prepara unos bocatas, que nos vamos al campo”. Dicho y hecho. Bocatas, manta, familia al campo, taquilla, entradas y para adentro. Sin más y sin estropear la economía familiar. Ahora esa situación es absolutamente imposible.
La afición que hizo grande al Madrid
Conviene recordar algo que a veces se olvida entre balances y presentaciones corporativas: el Real Madrid no se hizo grande solo en los despachos. Se hizo grande también gracias a una afición popular que defendía al club en todos los lugares donde el club no estaba: en las oficinas, en las obras, en los colegios, en los bares. Gente que discutía, peleaba y sostenía el orgullo del Madrid cuando el antimadridismo dominaba el relato. Esa afición no tenía hospitalities ni experiencias premium; tenía bufandas, orgullo y memoria. Y es precisamente esa afición —la que sostuvo al club durante décadas— la que empieza a quedarse fuera del estadio. Y empieza a quedarse fuera por decisión del club, no lo olvidemos.
El estadio que empieza a sonar distinto
Luego nos preguntamos por qué el Bernabéu a veces suena distinto. Pero el problema no es el ruido, sino quién está dentro. Cuando conviertes el estadio en un espectáculo global empiezan a pasar cosas curiosas: hay más móviles que bufandas, más selfies que cánticos, más gente grabando el himno que cantándolo. El estadio no se vacía, sigue lleno, pero cambia. Y cuando cambia el público, cambia algo más profundo que la acústica del recinto: cambia el alma del estadio.
Y luego pedimos que el público empuje
Aquí aparece la gran paradoja. El club quiere que el Bernabéu siga siendo una caldera europea, pero al mismo tiempo está expulsando del estadio a buena parte de la afición que realmente empujaba. Porque cuando alguien paga 170 euros por la entrada más barata, resulta difícil pedirle además que actúe como animador profesional durante noventa minutos. Antes el aficionado era parte del espectáculo; ahora empieza a parecer el cliente del espectáculo. Y el cliente no empuja: el cliente observa.
La cara iluminada de mi hijo
A pesar de todo, iré al partido. Porque cuando le dije a mi hijo que íbamos al Bernabéu se le iluminó la cara. Dentro de veinte años probablemente no recordará cuánto costaba la entrada; recordará, en cambio, subir las escaleras interminables del cuarto anfiteatro, ver aparecer el césped de golpe al salir al graderío, el olor inconfundible del estadio, el gran bocadillo del descanso y el rugido que recorre las gradas cuando el equipo salta al campo. Eso es lo que queda cuando el tiempo pasa y el precio se olvida: el recuerdo de haber estado allí.
Pero conviene decirlo
El Real Madrid es más poderoso que nunca y el Estadio Santiago Bernabéu es más espectacular que nunca. Pero también es verdad que algo del viejo Bernabéu —ese estadio áspero, popular y ruidoso que conocimos— empieza a desaparecer. No por accidente, sino por decisión. Porque hay una diferencia enorme entre un estadio lleno y un estadio vivo, y el Bernabéu fue durante décadas mucho más que un estadio lleno: fue una grada popular, una ciudad dentro de otra ciudad. Hoy sigue siendo un gran negocio, pero cada vez pertenece menos a la gente que lo convirtió en lo que fue. Y el día que esa gente deje de estar dentro, el estadio seguirá brillando, las cuentas seguirán batiendo récords y los turistas seguirán haciéndose fotos; pero el Bernabéu habrá perdido algo que no aparece en ningún balance: no su alma, algo peor, a la gente que lo hizo grande.
Me despido como siempre, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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Una rectificación, el estadio parece que ahora no llega a los 80000 asientos (según youtubers madridistas) porque se han reducido por las obras y está por ver si se aumenta en un futuro.
Del resto está claro que se podrían dejar esas entradas más baratas porque el quebranto al presupuesto del club no iba a ser tan grande, de hecho ser socio es imposible ahora salvo que seas hijo de socio tengo entendido, y luego está lo del carnet de madridista y madridista premium (ahí estoy yo) que da descuentos pero como no soy de Madrid no lo he utilizado nunca y no sé si son grandes descuentos.
Y por último, ya lo he dicho, sin desdeñar la obra hecha en el estadio histórico del Madrid (que lleva ahí desde 1924 si contamos el antiguo Chamartín) igual hubiese sido mejor un nuevo estadio a las afueras tb nuevo y cerrado y todo pero con una capacidad mayor (mínimo 90000 espectadores) y con algo más de separación entre filas y con algo más de espacio en los asientos como se hacen hoy en día los nuevos estadios, entiendo una hipotética razón por la que Florentino no quisiera hacer eso y es para que no le den la turra otra vez con lo mismo de la ciudad deportiva de comienzos de siglo, porque claro, el Madrid querría recalificar ese terreno en plena castellana y habría oposición como con todo (como si no estuviese rodeado de edificios).
Las afueras donde se hubiese hecho el estadio nuevo de haberse hecho imagino que sería Valdebebas que ahora está mejor comunicado que cuando se hizo la ciudad deportiva y además había terreno del club disponible donde ahora se va a hacer un lugar para empresas tecnológicas o algo así.
D. Javier decirle cuanto me identifico con su artículo
Yo soy una socia que ha vivido dentro del estadio el "marcador simultáneo dardo" y que al salir del campo iba presurosa a adquirir la famosa "Gaceta".
Y por supuesto la disposición y entrega de jugadores como Di Stefano, Kopa, Santamaría , Rial, Del Sol, Puskas, Gento etc etc etc
La primera vez que un comentario mio en defensa de precios módicos para todos esos niños que tanto desean ir a ver a su Madrid con sus papás y abuelos me dicen que está pendiente de moderación.
Desconozco que significa
A mi que me esperen que ya mismo voy a soltar 100 euros más aparte autobús o tren o gasolina para el coche, para ver dos horas del espectáculo que nos dan estos últimos dos años. Y encima con tíos que no le pueden mirar a la cara a Cristiano o Benzema o Modric
Buen artículo,,, deciros que estaba la zona de niños, por cien pesetas y dejaba a mi hermano pequeño y yo me subía al gallinero,, por quinientas pesetas,, para animar y decirle,, HOLA Florentino hola gallinero....
Pablo por aquella época a Florentino no lo conocía ni el 'Tito"
Muy buen artículo, reflejando la realidad actual que se vive en el estadio.
Vemos que bastante gente "se cae del guindo", jo , ya en el segundo cuarto del siglo XXI. Que el S.Bernabéu son los padres
no se puede querer todo, algo más siempre es a costa de algo menos
Desgraciadamente este es oferta y demanda, como en casi todos los ámbitos de la vida. Si a uno le ofrecen un sueldo mejor a pesar que la actual empresa sea la que le formó, le dio el primer empleo etc...uno se irá, sin más romanticismos. Desde el momento que hay gente dispuesta a pagar ese dinero, el club sería negligente si no lo explotara. Los abonados de toda la vida, esos que hemos vivido la etapa prechampions modernas, tenemos nuestros abonos a un precio cada vez mayor pero bajo mi punto de vista "razonable". Para que ese 30% no suponga casi o mas de lo que genera el 70% de los abonados, que hacemos?, subimos los abonos?...obviamente NO. En mi modesta opinión el error está en apostar por un estadio vip pero de dimensiones "reducidas" para lo que podría ser, (ahora mismo 78.000 cuando hace 20 años se metían por encima de 100.000), que podría permitir por ejemplo, poner un cupo de 2.000-3.000 entradas de venta a precios populares únicamente por taquilla o venta de proximidad. Está claro, que el taquillaje y los abonos, ya no son la piedra angular del presupuesto, pero no se va a renunciar a ingresos extras, más teniendo en cuenta que el estadio se ha quedado muy pequeño. Desgraciadamente es lo que hay
No es que sea mucho, pero se te ha olvidado añadir la cuota de socio: 179 €, que es la que pagan la mayoría.
Excepcional artículo de uno de los madridistas de siempre, de los que quedamos pocos. Verdades como puños. El Madrid debe ser siempre el equipo del madridismo y de los madridistas, don Javier, y no el de la globalización del capitalismo salvaje.
Yo no quiero que el Real Madrid se parezca a los dallas cowboys. No quiero. Muy bien lo del negocio, pero estoy muy de acuerdo con Javier. Llevo los últimos 25 años intentando hacerme socio del club. Imposible. Anualmente me dejo bastante más que un socio de fondo o de tercer anfiteatro. No es justo.
Rigor en los datos y sensibilidad en el análisis. Como siempre, un placer leer a D. Javier Vázquez.
Chapó por el artículo Javi. Quizá es que somos unos nostálgicos, pero comparto punto por punto lo que dices. Un abrazo grande y Hala Madrid siempre!!!