En las páginas de El arte de la negociación, publicado en 1987, Donald Trump desglosa una táctica tan vieja como el comercio y tan agresiva como la guerra moderna: la creación artificial de una crisis para obtener una mejor posición en la mesa. He detallado el año de publicación porque, a pesar del tiempo, al presidente de Estados Unidos le sigue funcionando lo mismo una y otra vez. Por cuestiones de actualidad, mencionaré la última jugada. Cuando Trump amenazó con imponer aranceles devastadores a Europa, gran parte de la «prensa» y el mundo diplomático se llevaron las manos a la cabeza, catalogando los movimientos como delirios de grandeza o desconocimiento de la ley internacional. Sin embargo, Trump tan solo estaba aplicando su propio manual: al pedir lo imposible, lograba que lo previamente «inaceptable» pareciera, para su oponente, un alivio razonable. Y ahora, a cambio de unos aranceles inventados por él mismo, obtiene un futuro acuerdo sobre Groenlandia. Una amenaza inventada para forzar una negociación sobre un activo real.
Hoy, la prensa deportiva y la opinión pública, embriagadas por la superficie de los titulares, celebran la «capitulación» de Florentino ante la UEFA; una «bajada de pantalones». Nada más lejos de la realidad. Quienes leen este acuerdo como una derrota del Real Madrid están confundiendo el señuelo con la presa. Para quien sepa leer la arquitectura del poder, lo ocurrido no es una rendición, sino la culminación de un gambito magistral. Lo que la crítica llama «fracaso» es, en Realpolitik, una victoria aplastante. Al disolver la amenaza existencial de la Superliga, Florentino ha conseguido lo que la Superliga prometía, pero sin los costes logísticos, legales y reputacionales de crear una competición desde cero.
La Superliga nunca fue solo una competición; fue el «arancel» de Florentino. Al crear una estructura legal paralela, respaldada por la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que declaraba el monopolio de la UEFA como ilegal, Pérez colocó a Aleksander Čeferin ante un abismo existencial. No se trataba solo de que el Real Madrid se fuera; sino de que, tras los últimos fallos judiciales, la UEFA se enfrentaba a demandas de indemnización por valor de 4.500 millones de euros por daños y perjuicios. En términos contables, el Real Madrid no estaba negociando desde la necesidad, sino desde la propiedad de un cheque al portador que, con seguridad, quebraría al organismo europeo.
Al disolver la amenaza existencial de la Superliga, Florentino ha conseguido lo que la Superliga prometía, pero sin los costes logísticos, legales y reputacionales de crear una competición desde cero
En la cultura de la inmediatez, el silencio se interpreta como ausencia y la discreción como debilidad. Vivimos en una era donde el titular de cinco palabras pesa más que el contrato de quinientas páginas, y donde la opinión pública, siempre hambrienta de sangre y de gloria, necesita catalogar los eventos en términos binarios de «ganadores» y «perdedores» apenas unos minutos después de un comunicado. Sin embargo, en las altas esferas del poder financiero y deportivo, la realidad suele ser un animal mucho más complejo y silencioso. Que ambas partes hayan anunciado un acuerdo y el fin de la batalla judicial, por pura lógica de negociación, indica que Florentino ha obtenido lo que buscaba por la vía más eficiente. La gente habla de derrota porque solo ve que la Superliga se disuelve, pero ignoran que el genio de esta maniobra reside en el silencio de los detalles. La paciencia es hoy la herramienta de análisis más escasa y, por tanto, la más valiosa. El hecho de que la Superliga se disuelva como marca no significa que sus objetivos —la justicia financiera frente a los clubes-estado, la sostenibilidad y el control de la gobernanza— no hayan sido integrados en el nuevo pacto. Florentino Pérez no es un idealista romántico; es un ejecutor que sabe que, para salvar el fútbol, a veces, hay que quemar el mapa antiguo para que el nuevo se dibuje bajo tus propias coordenadas.
Aquellos que hoy celebran la derrota son los mismos que no entendieron que la Copa de Europa, en los años 50, también fue tildada de delirio antes de convertir al Real Madrid en el eje del mundo. Florentino Pérez no ha dado un paso atrás; ha recogido el sedal tras haber pescado exactamente lo que quería. Igual que en la negociación por Groenlandia, el éxito no está en quedarse con la isla, sino en redefinir quién manda en el océano.
Aquellos que hoy celebran la derrota son los mismos que no entendieron que la Copa de Europa, en los años 50, también fue tildada de delirio antes de convertir al Real Madrid en el eje del mundo
Llegar a un acuerdo cuando tienes al regulador contra las cuerdas no es perder; es elegir la paz del vencedor por encima de la destrucción. La verdadera erudición en este caso consiste en esperar, en observar el vacío de los detalles y comprender que, en la alta negociación, quien se ríe el último no es quien más grita el día del anuncio, sino quien ha logrado que el oponente firme algo que hace apenas dos años era un imposible jurídico. El tiempo, ese juez implacable al que Florentino siempre ha sabido esperar, pondrá los nombres reales a esta «derrota» que tiene toda la caligrafía de un cambio de era.
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Yo siempre pensé que Florentino sólo estuvo acariciando el gato.