Las mejores firmas madridistas del planeta

Un milagro envuelto en sueños

 

Es la primera vez que va a ver al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Su padre, Luis, ha contado con la fortuna de que un compañero de trabajo, incapacitado por una inoportuna gripe, le cediera un par de localidades. Para Marcos, esa contrariedad suponía una bendición, una muestra anticipada de la magia de la Navidad.

Antes de que diciembre asomase en el calendario, ya había escrito su carta a los Reyes Magos con letra grande y torpe: deseaba un Scalextric y un balón de reglamento. La humilde morada en la que residía carecía de espacio suficiente donde albergar tan voluminosas diversiones y, además, la economía familiar no brindaba margen para excesivas alegrías. Por este doble motivo, sus progenitores tenían muy complicado acceder a los anhelos de su retoño. Sea como fuere, esa dádiva inesperada eclipsaba a cualquier juguete envuelto en papel brillante.

Al bajarse del 27, que los traía desde la Glorieta de Embajadores, Marcos se queda anonadado ante el ambiente festivo que se vive en los alrededores del estadio. Tenderetes de banderas y bufandas, vapores de castañas asadas, bares de la zona atestados de gente que apuraba la previa del choque al cobijo de unas cervezas y de conversaciones llenas de ilusión. El templo merengue los aguardaba, imponente, como si presagiara que aquella noche iba a acontecer algo extraordinario.

Y no era para menos. Había que remontar un 5-1 al Borussia Mönchengladbach. Un conjunto alemán, con lo que eso implicaba: orden, contundencia, competitividad y jugadores del calibre de Uwe Rähm, Uli Borowka, Wilfried Hannes o Frank Mill. Mirado con sensatez, el reto se antojaba casi un imposible. No obstante, el Real Madrid nunca ha sido un equipo sensato. En el Bernabéu, con su inmaculado traje blanco, se transforma en otra cosa, un monstruo feroz que devora a quien osa desafiarlo.

Marcos y su padre ocuparon sus asientos en el primer anfiteatro de Preferencia.

¡Qué bien se veía el campo! ¡Qué bonito el césped iluminado! ¡Lo que fardaría al día siguiente en el cole con sus compañeros! Eso, si ganaban... Estaba tan nervioso que no le afectaba el frío, aunque la temperatura era gélida y una neblina flotaba sobre el tapete verde, dotando la escena de cierto aire evanescente. Luis, pendiente de él, no hacía sino recolocarle la bufanda a cada rato, buscando protegerlo de las inclemencias de la climatología.

Antes de los veinte minutos de partido, Valdano ya ha recortado la mitad de la desventaja. Dos centros envenenados de Juanito, dos fogonazos de genialidad. El de Fuengirola, ídolo de Marcos, juega como si intuyera que él se encuentra allí y no quisiera defraudarlo. El estadio ruge, tiembla; no metafóricamente. Él siente vibrar el suelo bajo sus pies, una sacudida en el pecho, un estremecimiento que le eriza la piel. A estas alturas, pocos dudan de que se halla en ciernes una nueva hazaña. Pese a que Frank Mill perdona solo delante de Ochotorena y, durante unos segundos eternos, congela el aliento del Bernabéu. Nadie dijo que fuera a ser fácil.

En el descanso, el bocadillo de chorizo sabe a gloria. Marcos trata de convencerse de que lo mejor está por venir. Sin embargo, tras la reanudación, el Madrid se enreda. Continúa dominando, sí, pero ataca con demasiada ansiedad, con balones largos y envíos directos al área. Sude, el cancerbero teutón, apenas sufre. Encima, el árbitro escocés escamotea un claro penalti sobre Juanito. La buena estrella se ha ocultado entre la niebla. Los minutos caen como gotas heladas. Cuando faltan veinticinco, Marcos se derrumba; nota que algo se le rompe por dentro. Unas lágrimas, silenciosas y amargas, asoman al balcón de su inocencia. Tal vez hoy no tocaba milagro. El recital de su héroe particular no iba a tener premio.

Una volea de Santillana enciende el volcán y acerca la proeza. Resta un cuarto de hora. El verde se tiñe de rojo. Un rojo incandescente, infernal, unas brasas que queman los pies de los futbolistas alemanes. Es cuestión de tiempo. Treinta y tres… treinta y ocho… cuarenta y cuatro… Tic, tac. Tic, tac.

Y sucede.

Llega el instante que pone patas arriba el coliseo de la Castellana.

Saque de banda de Camacho a la altura del lateral de la zona de castigo. Peinada hacia atrás de Valdano. Disparo duro, pelín mordido, de Míchel. Rechace de Sude. Y Santillana, cayéndose y ganando la acción a un zaguero, remata con… el alma y desata el éxtasis.

Marcos, antes de poder asimilar lo que acaba de ocurrir, se ve espachurrado entre los brazos de Luis hasta quedarse casi sin aire. La situación lo desborda. Observa a desconocidos abrazarse igual que si fuesen hermanos. El público del gallinero, de la grada baja de Padre Damián y de ambos fondos se ha convertido en una enloquecida marejada humana que, en medio de una salvaje efervescencia, abre huecos donde parecía no haberlos. En lugar del grito unánime de gol, el Bernabéu ha vomitado una explosión. Literal, no solo de júbilo. Como si la tierra se aprestara a tragarse el recinto.

Cuando Juanito, sustituido, abandona el campo saltando, henchido de alborozo, Marcos sueña con lanzarse al vacío y fundirse con él. Ahora, las lágrimas ya no nacen de una herida. Jamás había alcanzado tal grado de felicidad. Ese concepto que, al toparte con la madurez, entiendes que no es una condición permanente, sino que reside en estos chispazos, en estos destellos de plenitud que no olvidarás en tu vida. Sale del estadio levitando, presa de una euforia infinita. El nirvana existe.

Regresan caminando hasta el metro de Estrecho. Luis prefiere esos quince minutos de trayecto y apearse en Tirso de Molina antes que esperar la intemerata en la parada del 27, abarrotada de gente, y luego viajar en el autobús como sardinas en lata. El frío arrecia, pero ya no pesa. Mientras cruzan el semáforo de la calle Orense, Marcos mira a su padre.

—Papá, creo que no hace falta que los Reyes me traigan nada. Esto de hoy es lo único que quiero que me regalen.

Luis, emocionado, lo abraza con ternura. Un brillo acuoso refulge en sus ojos.

—Si eres madridista, no tienes que pedirlo. El equipo te dará muchos momentos como este. Eso sí, no necesariamente cerca de Navidad. Nunca pierdas la fe. Para el Madrid, la fecha del calendario no es lo más importante cuando se trata de regalarnos felicidad.

—Yo seré del Madrid hasta que me muera, papá. ¡Somos los mejores del mundo!

—De todos modos —apunta Luis, sonriendo–, un pajarito me ha soplado que los Reyes ya han comprado el balón. Ojalá algún día tú me des esas alegrías desde el césped del Bernabéu. No imagino mayor dicha.

Padre e hijo prosiguen su marcha. Marcos juraría que incluso los renos de Santa Claus que adornan la calle General Perón le han guiñado un ojo. La gesta del Anderlecht, un año atrás, o la más reciente del Inter de Milán, ya son pasado. El Real Madrid siempre encuentra la forma de volver a hacer historia.

¿La próxima? ¿Quién lo sabe...? Pero llegará.

 

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El penúltimo invierno de la carpeta azul

 

Cuando uno se acerca a los cuarenta años, acaba por descubrir una serie de cosas. Por ejemplo, que una resaca dura más que algunas relaciones. O que el tiempo corre como Mbappé al espacio: sin preguntar, sin esperar y sin mirar atrás. A un servidor, la autenticidad del segundo cliché se le reveló un diciembre, cuando Madrid empieza a oler a castañas para alegría de los provincianos que la visitamos en tan entrañables fechas. Esos días en que la gente busca excusas para postergar hasta el año nuevo las promesas que no cumplió con el inicio del curso escolar.

Yo, como tantos otros, tenía una carpeta azul donde guardaba esas promesas no cumplidas. El color se había desteñido ligeramente, deslizándose hacia una frontera imprecisa entre el azul y el morado; me gustaba pensar que suponía un homenaje azaroso a los distintos cromatismos del escudo del Real Madrid. La había comprado a principios de los 2000, en una papelería que ya no existe, en una ciudad en la que ya no vivo, ridículamente convencido de que me iba a servir para ordenar mi vida como quien ordena una defensa: colocando cada cosa en su sitio, cerrando espacios, haciendo basculaciones. La realidad es que terminó constituyendo un archivo de ocurrencias caóticas: fotos de viajes mal encuadradas, entradas de partidos, cartas que nunca envié, poemas que jamás deberían ver la luz, y el borrador de una novela que, en justicia, únicamente podía considerarse como tal por tener más de cien páginas. Y, por supuesto, en la carpeta también guardaba una postal de Eva.

Eva era la chica con la que salía cuando tenía veinte años y demasiadas certezas. Lucía la sonrisa de quien ha leído mucho y ha discutido poco, y una forma de mirar que parecía haber llegado antes a las conclusiones y que convertía en innecesarias las réplicas. Era madridista, pero de esa minoría que entiende el fútbol como un ritual íntimo: el partido, el sofá, un chocolate caliente y ese silencio casi religioso con el que esperaba las jugadas importantes. “El Madrid me gusta así —me decía—, en calma primero, en tormenta después”.

Nos dejamos mutuamente, que a menudo es la manera elegante de decir que fuimos jóvenes, torpes y algo cobardes. Aunque en ningún caso le guardé rencor. Al revés, cada diciembre la recordaba con la nostalgia justa, como un gol mal anulado o un abrazo que se quedó a medio camino. Hasta que este diciembre, el del frío anticipado, el del peligroso acercamiento a la crisis de los cuarenta, el de la carpeta azul amenazando con desbordarse, Eva reapareció.

Coincidimos en un mercado navideño de la Plaza Mayor, mientras trataba de comprar turrón sin que el vendedor la convenciera de llevarse todas las existencias del resto de productos. Yo estaba detrás, esperando mi turno para llevarme unos adornos que no necesitaba y que seguramente acabarían en la famosa carpeta. Cuando se giró, me reconoció al instante.

—Hola —dijo, con una voz que sonaba distinta.

—Hola —respondí, intentando aparentar una seguridad poco creíble.

Hubo un silencio breve, del tamaño exacto para que cupiera un recuerdo y medio.

—Estás igual —mintió ella.

—Tú también —mentí yo.

Inmediatamente soltamos una carcajada espontánea, desterrando cualquier dramatismo, y caminamos un rato por el mercado. Hablamos de nuestras vidas, de amigos comunes, de trabajos, de fracasos asumidos y de algunas manías nuevas. Ella seguía siendo del Madrid, si bien la conversación de repente adquirió derroteros menos festivos. Me confesó que hacía años que intentaba recuperar la ilusión por la Navidad, pero cada vez se le hacía más cuesta arriba. Le contesté que me pasaba igual, subrayando que diciembre a menudo parecía calzarse unas botas de plomo. En ese momento añadió:

—Quizá es porque ya no esperamos sorpresas. A los veinte todo sorprende. A los cuarenta, casi nada.

Un poco abrumado por la repentina ráfaga de intensidad, quise reconducir el tono.

—El Madrid aún lo consigue —repliqué.

Eva calló y me regaló una de sus fabulosas sonrisas. Antes de despedirnos, me preguntó si iba al partido del 23 de diciembre. Le confesé que desde hacía algunos lustros había instaurado esa tradición, absolutamente sagrada, cuadrando cada invierno las vacaciones laborales para siempre poder acudir a la jornada previa a la Navidad. Me dijo entonces que casualmente también tenía planeado acudir, puesto que su hermano, con el que llegaba tarde a almorzar, poseía un abono que no usaba cuando hacía frío. Rompimos el siguiente silencio con un abrazo que duró medio segundo más de la cortesía, mientras nos deseábamos felices fiestas. La observé alejarse calle abajo antes de que una boca de metro la engullese.

La tarde del encuentro, el Bernabéu refulgía como en un sueño infantil. Entré con mi carpeta azul a modo de talismán, ese día metida en una mochila para fingir que era un intelectual y no un archivador ambulante de nostalgias. Solo, pues mi acompañante me había dado plantón, lo cual me irritaba sobremanera. Sin embargo, la vida, cuando quiere parecerse al Madrid, lo hace a conciencia: inesperada, incómoda y, a su manera, gloriosa.

Eva estaba sentada tres asientos a mi izquierda.

Nos saludamos con una mezcla de sorpresa y humor. Comentó que aquella semana parecía un guion, y yo respondí que sí, aunque uno escrito con prisas, de esos que confían más en el azar que en la coherencia. Añadí que el guionista, de haberlo, debía de ser torpe, pero bienintencionado. Ella evitó calificar mi pedantería y dirigió sus ojos al césped, ahogada la charla por el himno atronador. Aquella fecha tuvo todo lo que se necesita para disfrutar de una experiencia en el estadio: rival detestable, polémica en contra, nervios, y un Madrid que remonta en el último suspiro para justificar nuestro sufrimiento.

En el minuto 90 llegó el gol de la victoria. El estadio rugió, el madridismo rugió, Madrid rugió, y Eva me agarró del brazo súbitamente, como si no lo hubiera pensado. Yo tampoco reflexioné, simplemente dejé que ocurriera. El gol, la euforia compartida, la sensación jubilosa de que el tiempo, de vez en cuando, se toma un descanso de sí mismo. Al salir del estadio, anduvimos juntos por la Castellana.

—¿Sabes? Me alegro de haberte encontrado. A los cuarenta no pasa tanto.

—A los cuarenta nada pasa solo —acerté a balbucear.

La contemplé fijamente y me devolvió otra de sus sonrisas. No era una historia nueva, si bien tampoco era la misma. Me dije que quizá ahí reside la magia: en que el tiempo, con toda su prisa, en ocasiones deja una pequeña ventana para las segundas oportunidades. Las cuales, ciertamente, no son como las primeras… A menudo son mejores, porque saben que el reloj corre.

Nos despedimos con un gesto sencillo. Sin beso y sin fuegos artificiales, pero con una vibración compartida. Prometió que me llamaría después de las fiestas.

Cuando llegué a casa, abrí la carpeta azul. Por primera vez en veinte años, saqué cosas, tiré otras, hice espacio. Debo confesar que no sé exactamente para qué. O quizá sí. Para lo que venga.

 

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Cuento de Navidad de Yasujiro Mizoguchi

 

Sí, hoy es Nochebuena. No ha sido un año fácil. Son las ocho de la tarde y está nevando ahí fuera. Nada como el calor del hogar cuando nieva. Y estar rodeado de los tuyos. Me he afeitado antes de la cena. Esta noche cenamos solos los tres. Mi mujer y mi hija se han vestido con sus mejores galas. Mi hija Laura, a regañadientes. Tiene seis años. Se ha puesto el vestido de los domingos. Pero ella siempre se siente más elegante con su camiseta del Real Madrid que con cualquier otro vestido. Ella es feliz con su camiseta de Vini Jr.

Esta es la primera Navidad sin mi padre. Laura tiene la nariz pegada al cristal de la ventana. Está viendo caer los copos de nieve. Me asomo a su lado. En la calle la gente se va recogiendo. Todos se dirigen abrigados hacia las cenas con sus familiares. Miro hacia arriba. Seguro que mi padre está ahí, viendo a su nieta pegada al cristal. Laura está mirando hacia el cielo, seguramente buscando a su abuelo.

Mi esposa Arancha ya está nerviosa haciendo viajes a la cocina. No pasa nada, cariño. Estamos solos los tres. Seguro que todo está muy rico. Lo importante es que estemos juntos.

Rodeo la mesa del comedor. Sí, ahí está la silla vacía de mi padre. Le tuvimos en casa durante sus últimos años. Fue perdiendo la vista y el oído. Pero siempre estaba de buen humor. Laura está tranquila. Ella no sabe lo que es la muerte. Ella solo sabe que su abuelo está ahí arriba, con nuestro gato Felipe y con don Alfredo Di Stéfano.

A medida que cumples años tienes más aliados en el cielo que en la tierra. Pero la conexión nunca desaparece. Nunca. Mi conexión con mi padre fue el Real Madrid. A medida que nos vamos haciendo mayores, los temas de conversación con nuestros padres son cada vez menos. Al final solo nos queda el tiempo y el Madrid. Se nos ha lesionado otra vez Carvajal, papá. Sí, hijo. Qué le vamos a hacer. A ver si encontramos un lateral derecho en condiciones. Esas son las únicas cosas que les distraen de las complicaciones de salud a ciertas edades.

Espero poder disfrutar muchos años de mi hija. Tal y como disfruté de mi padre. Ambos compartimos la pasión por el Real Madrid. Una pasión que se transmite de generación en generación.

Llega una edad en la que todo está numerado. Los partidos del Real Madrid que te quedan por ver son finitos. Cuántos nos quedan. Cuántas temporadas. Cuántas orejonas más verán nuestros ojos. Empezamos a valorar todos y cada uno de los partidos porque están numerados. A la edad de Laura los partidos son infinitos.

Mi padre disfrutó de sus jugadores y de sus entrenadores. De Gento, de Amancio, de Pirri y de Stielike. De Miguel Muñoz. De un Bernabéu distinto. Conmigo coincidió en la Quinta del Buitre y en la travesía del desierto hasta la séptima. Y disfrutamos juntos de la mejor etapa de la historia con Cristiano, con Toni Kroos, con Luka Modric. El croata le encantaba a mi padre. Y con Zidane y don Carlo como estrategas. Laura ha empezado a disfrutar ahora con la sonrisa de Vini, con la simpatía de Camavinga y con el coraje de Bellingham. Son sus preferidos. El espíritu del equipo se seguirá transmitiendo a los jóvenes. Los veteranos se encargarán de ello. Los valores del Real Madrid son los de mi familia. Nuestros valores se transmiten por lo que vemos de nuestros padres. Todos estamos de paso, solo los valores y el Real Madrid perduran.

Entro en la cocina. Mi esposa está adorable. Arancha, deja que Laura se ponga la camiseta. Ella es feliz así. Un beso en la nuca lo soluciona todo. Tengo la mejor esposa del mundo. Arancha sonríe y asiente con la cabeza. Ella no es futbolera, pero es madridista porque las dos personas a las que más quiere lo son. No nos perdemos un partido. Le gusta vernos felices. Aunque a veces nos pillemos algún rebote con los de negro.

Voy a la habitación de mi padre. Abro su armario. Todavía no he sido capaz de sacar su ropa. Aquí está su camiseta Teka. Sí, la de Fernando Hierro. Hubo un tiempo en que le iba justita. Los últimos años empezó a adelgazar y le sobraba camiseta por todos lados. Pero no quería otra. Me acerco al salón y la coloco en el respaldo de su silla. Laura me mira. ¿Puedo? Me dice con la mirada. Por supuesto. Sale disparada, como Vinicius persiguiendo un balón en profundidad de Toni Kroos. Regresa con su camiseta y con la mía. Ya estamos todos equipados.

Laura sabe que su abuelo no se pierde ningún partido, tiene un asiento privilegiado. Ve todos los partidos desde el cielo. Su mirada tiene rayos X y atraviesa el techo del estadio. Grita gol exactamente igual que nosotros. Solo que no le oímos. Está muy lejos. Sentado en una estrella junto a don Alfredo. El día cuatro jugamos contra el Betis. No nos lo perderemos.

Nos sentamos a la mesa. Lleno con agua la copa de Laura. No trae mala suerte, Arancha. Eso son tonterías. Somos el Real Madrid. Lleno con champagne la copa de mi esposa. Después la mía. Ahora sí. Ya estamos todos. Puedes atacar los canapés, Laura. Feliz Navidad. Y hala Madrid.

 

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Los Reyes siempre vuelven

 

En casa de Roberto siempre fueron de los Reyes Magos. Y eso que Papá Noel tenía a su favor el calendario, con esos regalos que pueden disfrutarse durante todas las vacaciones, mientras que los de los Reyes exigían un atracón: ese día Roberto se quedaba con el pijama puesto hasta que volvía a hacerse de noche, con tal de no perder ni un segundo de juego. Fue así todos los años menos el de la bici, porque su madre no le iba a consentir de ninguna manera salir a la calle sin abrigarse. Y allí fue él a recorrer la acera desde la que algún día su padre le enseñaría cuatro torres que aún no existían. «Mira, Roberto: torre Figo, torre Zidane, torre Ronaldo y torre Beckham», bromeaba. Quedaban unos pocos años para que esos nombres tuviesen algún significado, pero el principal para Roberto no fue nunca futbolístico. Desde el día en que se erigieron las columnas que apuntalan el cielo de Madrid, él consideró que se habían construido con el único propósito de constatar las palabras de su padre una Navidad: «la Ciudad Deportiva está aquí mismo». Hasta que dejó de estar.

Lo que no cambió nunca, año tras año, es que al día siguiente de Reyes, el fatídico 7 de enero, Roberto tenía que regresar al colegio y dejar sus juguetes nuevos aparcados en casa. Sí, el calendario era una canallada, pero no por eso iba él a replantearse su adhesión a Sus Majestades de Oriente, porque además de la inercia familiar, Roberto aplicaba a la cuestión una lógica personalísima e irreprochable: Papá Noel no llevaba corona y era rojiblanco.

La decepción fue en enero del 94. Por entonces, Roberto creía tanto —y de forma tan temeraria— que esa Navidad escribió su carta y la echó al buzón en persona camino del colegio, es decir, sin delegar en su padre. En casa le preguntaron si había hecho su lista y él contestó que sí, que claro, que los Reyes ya sabrían lo que él había pedido y, aunque terminó por contar algunas de sus peticiones, dejó como un secreto entre él y Sus Majestades el mayor deseo de todos. Por eso, cuando la mañana de Reyes la camiseta blanca no apareció junto al belén —en su casa también eran más de belén que de árbol—, Roberto sintió una pequeña decepción y un atisbo de pánico, porque las normas de los regalos y el carbón lo dejaban todo bastante claro: tal vez no era lo suficientemente bueno.

Para colmo, al día de Reyes le siguieron más desgracias. Ese 7 de enero no fue de los peores, porque empezaba el fin de semana, pero el sábado 8... ay, el 8. Romario desatornillando a Alkorta en la frontal del área y todo lo demás. Una tortura que su corazón de niño aguantó a duras penas, con aplomo de vikingo. Sufrió tanto que su madre llegó a sugerir que Roberto no debía ver fútbol nunca más. Su padre replicó que ya se le pasaría y él los oyó discutir desde la cama impresionado, porque era algo insólito. La camiseta soñada no llegó a casa, el Barcelona le había metido cinco al Madrid y sus padres discutían. Ya no había dudas de que el universo debía de estar castigándolo.

De ser cierto, su principal falta debía de ser la terquedad. En su primera visita al Bernabéu se compró en los puestos de bocatas una bufanda con copas antediluvianas. Además de esas, su padre le señalaba también las de mitad de los 80 —que no parecían un ánfora, sino más bien un florero—, pero a Roberto, incluso en su inocencia infantil, aquello le sonaba a gato por liebre. Hasta las cinco ligas seguidas se le perdían ya en el terreno de la mitología, porque había nacido tarde. Todo le había cogido demasiado niño, pero él nunca dejó de arrimarse a su padre cuando hacía frío en la grada y así se le terminó por pegar lo esencial, que no debía de ser el calor, o no sólo el del cuerpo.

Roberto se hizo madridista en el peor momento posible y con una ilusión que fue desarbolada hasta la saciedad por el crudo viento de los tiempos. Fueron cuatro años, un silbido en una historia que ya apuntaba a centenaria, pero en la escala vital de un niño resultaron un páramo insoportable. Su padre seguía hablando de Butragueño como si fuese un crío, pero para Roberto ya era un señor mayor y en Barcelona tenían más de todo. Más estrellas, más dinero, más trofeos, más. Al parecer acababan de reinventar el fútbol, o eso decían, y su entrenador llevaba gabardina, hablaba gracioso y le daba al Chupachups en el banquillo. Hasta se habían llevado —tras una eternidad de fracasos— una de esas copas que en España eran lo nunca visto, porque ni siquiera el trofeo era ya el mismo que se apolillaba en las bufandas madridistas, aunque se llamase igual.

El Madrid estaba para derribo. En verano quisieron enmendarlo fichando a un entrenador con gomina y acento meloso. Y hasta tenía un buen bronceado y todo, porque aterrizó desde Tenerife. Era el mismo tipo al que Roberto debía sus lágrimas de las dos últimas primaveras, o eso creía él, porque todavía quedaba una eternidad para saber cuánto costaba un paquete de aloe vera. El equipo apuntaba a cambios. El día que trajeron a Laudrup, a Roberto le encantó cómo le caía la camiseta. Era la misma que él había querido en Navidad, la que llevaba unos galones como de teniente en la manga. Pero pronto se supo que la presentación había sido una chapuza más de aquellos tiempos: al danés le pusieron ropa caducada y la nueva versión del uniforme era un cambio demasiado grande para lo que un niño puede tolerar. Hasta el color morado era de un tono distinto, y en vez de los galones tenía un rastro de huellas como si un gato se hubiese paseado por encima después de meter las patas en un bote de pintura. Claro, que no sólo le disgustó a él, porque su padre la elevó al rango de herejía. Siempre fue un purista de la pulcritud. «Limpia y blanca que no empaña», «cuando pierde da la mano», esas cosas que todo el mundo iba dando por pasadas de moda. Camino al estadio se cagaba en Reny Picot —aunque él siempre dijo René, René Picot, que debía sonarle más francés todavía— y en la Zanussi y en la Otaysa y en la Parmalat y en la Teka y en la madre que parió al fútbol moderno (de eso hará treinta o cuarenta años, y el fútbol entonces ya no era el de antes).

Al final del otoño, la temporada ya pintaba bien, pero Roberto todavía no se fiaba, porque desde enero estaba abonado al desengaño. Todos tenemos una Navidad de dejar de creer y otra de resucitar la magia (es decir, lo que tardan Sus Majestades de Oriente en encontrar nuestra nueva dirección postal), pero lo que a otros les sucede mediante la adultez, la paternidad y un puñado de lustros, a él le pasó de forma consecutiva, sin dejar nunca de ser niño ni de jugar. De una Navidad a la siguiente, y tiro por que me toca.

Supo que durante las vacaciones escolares abrirían los entrenamientos al público. Y su padre le dijo que sí, que irían, entre otras cosas porque «la Ciudad Deportiva está aquí mismo». Y allá se fueron con más frío que nunca, con la bufanda de las copas que nadie había visto en color anudada en la garganta y con gorro y con un bocata y con guantes y con varias cosas más que les dio su madre. Y Roberto vio de cerca a todos los jugadores, incluyendo a quien era ya su ídolo, que era un chaval recién subido sin escalas del C y que había mandado al banquillo nada menos que a Butragueño. Ese fue el motivo por el cual su padre no tragó jamás a Raúl, pero a Roberto le gustaba porque era tan joven como los más mayores de su colegio, es decir, mayor sin exagerar, que es la mejor manera de ser joven y quizás la única manera inteligente de ser adulto. En la grada de cemento, aquel día, su padre le animó para que pidiera su camiseta a los Reyes, «la morada, con la que debutó el chaval», pero Roberto le confesó la verdad: la que él hubiera querido era la anterior, la de los galones, aunque no hubieran ganado nada con ella. Más o menos ahí debió de ser cuando el renegado de la Parmalat y de la Teka entendió que el fútbol sirve, entre otras cosas, para enseñarle a los viejos que nunca se es demasiado joven para la nostalgia.

Además de ellos dos, por allí había una turbamulta de padres y de niños que llamaban a los jugadores. Si alguno se acercaba un poco, todos le gritaban cosas parecidas: «¡Cinco, tenéis que meterles cinco!». Era como si con las vacaciones escolares en la ciudad se hubiera declarado una epidemia infantil de excitación, porque el destino —o eso creía Roberto entonces, porque aún no sabía cuánto vale un pack de aloe vera— había querido que el calendario de una temporada calcase con precisión al de la anterior, igual que había pasado con lo de Tenerife durante los dos últimos años. ¡Cuánta casualidad! Otra vez había que jugar contra el Barça a la vuelta de Navidad y esta vez era en la fecha más odiosa del año, el 7 de enero. Al menos era sábado.

1995 empezó con una semana que no se acababa nunca. El partido lo vio en casa con la bufanda desplegada sobre la tele y cumplió con lo prometido por los sueños. Bam-bam-bam, tres de Zamorano. Y una asistencia a su amigazo. Y antes otro que mandó al palo y que fue el cuarto, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y no marcó Raúl pero a Roberto le dio igual, porque los dos eran jóvenes y les quedaba toda la vida por delante. Y fue como si el día de Reyes ese año hubiese durado el doble: un atracón de juego.

Sin embargo, la gran alegría para Roberto había sido la mañana anterior. Su epifanía había sido encontrar junto al belén una camiseta absurda, anacrónica, imperfecta y, sobre todo, suya: galones como de teniente en los hombros, Teka en el pecho y el 7 en la espalda, pero no un 7 cualquiera. La particularidad era que el dorsal estaba impreso —con tosquedad de puesto ambulante— en otro morado distinto al del resto de detalles de la camiseta. Se trataba, sin duda, de un tono mucho más cercano al que estaba vigente esa temporada, pero a primera vista producía el efecto contrario, como si fuese el número el que estaba anticuado, y no la prenda. Con ella enfundada encima del pijama, Roberto pasó las últimas horas antes del partido jugando y no volvió a sufrir más por el resultado, porque había dejado de tener dudas. Antes de haberlo visto sobre el césped él ya lo tenía todo claro: los Reyes siempre vuelven.

A veces un semáforo los detiene en seco cuando van hacia el colegio y Roberto busca la silueta de las torres elevándose sobre Madrid. Entonces le dice a su hijo que justo ahí estaba la antigua Ciudad Deportiva y, como las copas de las bufandas ya no tienen polillas ni son en blanco y negro, también querría poder explicarle lo frío que estaba el cemento de aquel graderío el día en que todos los niños se desgañitaban pidiendo el mismo deseo, y el deseo se cumplió. Vestido con su extraña camiseta talismán (mitad Butragueño, mitad Raúl), Roberto ya ha visto lo nunca visto: nueve Copas de Europa ganadas. Y muchas más perdidas, aunque de esas se hable menos. Y por el camino le han salido canas, pero él sigue sin saber muy bien cómo se hace lo de ser padre —quizás no lo sepa nunca; tal vez aún le pese no ser lo suficientemente bueno—, así que por ahora empieza a hablarle a su hijo de las cosas que decía el abuelo en la Ciudad Deportiva. Hasta que dejó de estar.

Fue en unas vacaciones de Navidad inolvidables y de otro siglo, cuando de verdad había que abrigarse. Roberto lo recuerda como si fuera ayer: el invierno había durado cuatro años y los Reyes Magos encontraron otra vez el camino a casa.

 

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Por la presente queda convocado el VI Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad de La Galerna con arreglo a las siguientes BASES:

1.- Los cuentos participantes tendrán por doble temática la Navidad y el Real Madrid y/o el madridismo, no necesariamente en este orden.

2.- La extensión de los cuentos será de un mínimo de 500 palabras y un máximo de 2.500.

3.- El plazo de entrega se abre el 12 de diciembre de 2025 a las 17 horas y se cierra el 23 de diciembre del mismo año a la misma hora.

4.- Los relatos participantes se enviarán al correo madridaxis@gmail.com, indicándose en el apartado Asunto las palabras "Certamen de Cuentos".

5.- La dotación del premio consiste en una camiseta del Real Madrid firmada por un componente actual de la primera plantilla. Asimismo, el cuento ganador se publicará en lagalerna.com el 24 de diciembre de 2025.

6.- La Galerna se reserva el derecho de publicar con anterioridad a dicho momento, y con posterioridad al cierre del plazo de presentación, cualesquiera otras obras presentadas que considere del interés de sus lectores.

7.- El premio podrá declararse desierto.

8.- Cada participante podrá presentar un solo cuento al Certamen.

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