Buenos días. Hemos amanecido con la penúltima vuelta de tuerca del sistema arbitral. Resulta que el árbitro Quintero González, en el Osasuna-Real Madrid del sábado, ya había dado orden de reanudar el juego cuando, a instancias del VAR, arbitró retroactivamente la jugada anterior, corrigiendo su decisión y dando validez al gol.
Decimos retroactivamente y decimos bien. Una vez el colegiado ha dado la orden de reanudar el juego, ya no se puede rearbitrar lo anterior. Lo tiene bien claro Alberto Cosín, que además se remite a ejemplos anteriores.
Os lo explica Alberto con más profundidad en este texto en esta misma casa:
https://www.lagalerna.com/arbitraje-retroactivo-osasuna-real-madrid/
Decíamos que es la penúltima vuelta de tuerca y también decíamos bien. Hasta la fecha, los árbitros se habían limitado a aplicarnos negreirismos varios en vivo y en directo, por así decirlo. Ahora rearbitran en contra nuestra contra jugadas anteriores cuando ya nos encontramos en la siguiente jugada.
En nuestra opinión, con este gravísimo error de protocolo tendría el Real Madrid causa legal suficiente para impugnar el partido. No va a suceder, porque el club no querrá que le lancen la vieja acusación de que quiere ganar en los despachos lo que no ganó en el campo. Somos presos de esas narrativas paridas por nuestros enemigos, tan prestos para exigirnos caballerosidad y tan remisos a aplicársela a ellos mismos. En resumen, el Madrid podría y quizá debería impugnar, pero no lo hará.
Por otro lado, casi todos los focos apuntan ya al decisivo partido de mañana ante el Benfica. No se sentará en el banquillo Mourinho, sancionado (eso ya lo sabíamos), y la novedad es que tampoco estará en el césped Prestianni, sancionado provisionalmente por sus (un poco más que) presuntos insultos racistas contra Vini. El periodismo patrio no ha tardado en criticar a UEFA por la suspensión, indicando que sienta un precedente el sancionar preventivamente cuando la investigación sigue en curso.
Mentira. Hay antecedentes de sobra, como nos recuerda el excelente tuitero @fsp1967.
Ya lo veis. La clave está en los testimonios. Y, en este caso, hay testimonios contra Prestianni que justifican plenamente una sanción preventiva. No habría tenido absolutamente ningún sentido que este sujeto hubiera podido jugar en el Bernabéu, después de todo lo que ha pasado.
Por lo demás, el resto de la prensa nos resulta poco atractiva. Marca desempolva el rancio tópico de la noche de brujas/os que se usa cada vez que el Atleti, o quien sea, juega contra dicho equipo belga, mientras que los rotativos cataculés lidian de manera tangencial con los consabidos chanchullos y acusaciones de estafa que rondan a Laporta.
Pasad un buen día.
El pasado sábado, en el CA Osasuna-Real Madrid, ocurrió una de las pocas circunstancias que quedaban todavía por ver en el fútbol español, manifestación de un CTA perdido y sin rumbo. Un error flagrante de Alejandro Quintero González en la aplicación del protocolo VAR.
Raúl García de Haro marcó el segundo gol navarro. En un primer momento, fue anulado por fuera de juego al levantar la bandera el linier. Fue entonces cuando con el semiautomático se revisó la posición del delantero. Tras unos segundos, el colegiado Quintero González levantó el brazo, señaló fuera de juego y dio su autorización para proseguir el juego con el pitido de su silbato. A los tres segundos, volvió a detener el partido e hizo un gesto de esperar a los jugadores. Medio minuto después dio validez al gol de los locales.
Vaya por delante que las líneas demostraron que era un tanto legal y no había fuera de juego. Sin embargo, aquí lo que se cuestiona es que se saltó el protocolo y cambió una señalización de forma retroactiva. Xavier Estrada Fernández, antiguo colegiado de VAR de Primera división, confirmó este punto en la red social X y que el trencilla onubense no había obrado de forma correcta.
Aquí, mi post inicial:
Aquí, la respuesta de Estrada:
En el fútbol europeo hay algún precedente también de error con el protocolo VAR como el que sucedió en un Tottenham – Liverpool en 2023.
En este caso el equipo red marcó un tanto que fue anulado en primera instancia por fuera de juego. En el VAR chequearon su posición y comprobaron que estaba en posición correcta. Fue entonces cuando hubo algún tipo de confusión y el árbitro principal, tras escuchar “verificación completa” de la sala VOR, mandó reanudar el juego. Una vez el balón estuvo en movimiento, ya era demasiado tarde para revisar el error. En los audios que salieron días después, a petición del Liverpool, se escucha al operador de la repetición cómo pide en varias ocasiones al árbitro de VAR que indique al colegiado principal que detenga el juego, pero el encargado de la sala VOR confirma que ya no se puede hacer nada.
"Ya no puedo hacer nada. Ya han reiniciado el juego".
Y es que, en el protocolo del VAR, en el punto 9, se especifica que solo se podrá revisar un incidente una vez que el juego se ha reanudado en caso de “error de identidad o por una posible infracción de expulsión relacionada con conducta violenta, escupitajos, mordiscos o acción(es) extremadamente ofensiva(s), insultante(s) y/o abusiva(s)”.
El Liverpool emitió una nota de queja afirmando que “la integridad deportiva ha sido socavada” y el cuerpo arbitral del fútbol inglés, el Professional Game Match Officials Limited (PGMOL), describió el incidente como un “claro y obvio error de hecho” y dijo que “llevaría a cabo una revisión completa de las circunstancias que condujeron al error”. Finalmente, se castigó con una nevera de un par de partidos al árbitro de VAR y su ayudante.
Fotos: Alberto Cosín
El Madrid sigue siendo imprevisible. Quizás esta falta de consistencia sea la principal consecuencia de este torneo copero, siempre exhaustivo y exigente. Un primer partido de matrícula de honor y un segundo con una gran reacción y una falta de fuelle en el último cuarto calcada a la que sucedió ayer en la final. La diferencia fue que no hubo resurrección final, la casi milagrosa victoria ante el Valencia en unos segundos dignos del mejor guion de Hitchcock.
No es fácil encontrar una explicación a estos vaivenes, quizás el reparto de minutos, quizás la inexperiencia de algunos jugadores. La vieja guardia está muy bragada en este tipo de encuentros, pero al resto le queda la vivencia de estas situaciones, el hábito de sentir en la piel la camiseta madridista. Para otros, como Lyles, fuera de combate frente al Baskonia, este baloncesto europeo es una novedad en la que, a veces se mueve como pez en el agua, y otras, como elefante sobre el hielo.
Otro factor quizás tenga que ver con que la mirada de los responsables del equipo está puesta en el mes de abril y mayo, y la Copa es un extraño lugar en este planteamiento, una competición en la que tienes que lograr un pico de forma extemporáneo.
Volviendo al partido de ayer, es conocido que en las finales la responsabilidad coarta al claro favorito y la motivación multiplica las fuerzas de quien no tiene nada que perder. Los vitorianos ya habían logrado más de lo que esperaban y para el Madrid sólo valía la victoria. Cuando el partido llegó a su tramo decisivo, entre el final del tercer cuarto y el último, el encuentro se espesó y la igualdad se impuso. Jugadores con tensión, jugadas con mucho contacto, idas y venidas en las que primó más el empuje que el baloncesto.
Nos quedamos sin reacción, perplejos ante lo imprevisto, una reacción paralizante, en la que quizás pesó el miedo a perder
Los blancos encajaron mal esta situación inesperada, fuera de guion, un golpe seco, en frío, a pesar de estar en las postrimerías del encuentro. Nos quedamos sin reacción, perplejos ante lo imprevisto, una reacción paralizante, en la que quizás pesó el miedo a perder.
Queda mucha temporada y hay que afrontar el de ayer como un traspié que no debe alejar el rumbo del equipo. El Baskonia hizo un gran partido, venía con la moral por las nubes, como canta el tópico, y tuvieron un día soberbio. Hay que concederle crédito, cómo no. Cuando el rival es mejor y pierdes, no queda más que felicitarlo, apretar los dientes en el trabajo diario y afinar la forma individual y colectiva para subir el nivel de un grupo al que debemos exigirle un poco más. Están en el buen camino, pero en el Madrid hay que rematar la tarea.
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Con motivo del lanzamiento el próximo 25 de febrero del libro «El 7 infinito» (geoPlaneta), elaborado por Salva Martín y Roberto Gómez Mira, hijo de Juanito, publicamos la siguiente pieza.
Hay nombres que evocan un patrimonio. Que unen pasado (todo nervio y corazón) y presente (soy lucha, soy belleza) con la vigencia de tener asegurado el futuro. Trascienden su contexto y se elevan sobre una época, representándola. Hay nombres que superan al hombre, y en esa categoría vive Juanito.
Porque Juanito lo fue todo en el fútbol. Talento. Rebelde. Líder. Estrella. Villano. Ejemplo. Leyenda. Y lo hizo allí por donde pasó, desde Fuengirola hasta Mérida, con parada especial en Madrid. Allí, con el equipo ya en la cima, Juanito le añadió el hechizo, el mito de los noventa minuti, el faro evocador de la conquista imposible.
Juan vive. Y lo hace en el latido del madridismo, del fútbol, y en la herencia de su irrepetible figura. Y ahora en el libro que he tenido el honor de componer junto a su hijo Roberto
El 7 infinito no sólo dejó un recuerdo cargado de maravillosas jugadas, fintas, goles y títulos, sino una manera de conducirse por el mundo guiada desde el centro de gravedad que era su corazón. Apunta en la diana Jesús Bengoechea cuando escribe que «pertenecía a esa raza de brujos ininteligibles, como Best o Maradona, aunque con una diferencia: su rabiosa idiosincrasia, tan común en este tipo de estrellas, estaba teñida de un sentido de equipo casi enfermizo. Ningún yo ha sido tan grande a despecho de fundirse tan ciegamente con el colectivo». Llegó para un qué, sustituir la magia de Amancio, y permanece por el cómo, su místico legado de resistencia a la derrota.
Juanito jugaba para ser declamado, siempre en primera línea en los elogios y las balas. Convirtió el fútbol en un manifiesto, con una actitud casi militante que le impedía retroceder incluso en los ambientes más hostiles, donde se crecía. Pese a que cierto imaginario lo asemeje a una granada a punto de estallar, detenerse en su trayectoria es encontrarlo más cerca de la chistera que de la batalla.
Eso sin negar, por supuesto, su carácter fronterizo, lejos del equilibrio que tanto buscaron su persona y su personaje. Porque Juanito tocó cumbre y se batió en el fango, y todo a cara descubierta, sin artificios ni máscaras. Si la intensidad es una forma de identidad, como escribió Borges, su vida se la aseguró con creces.
La conexión con los suyos, aquellos que un día se descubrieron ante el genio y hoy lo recuerdan en su minuto reservado, abrió un territorio sentimental propio con visos de perdurar para siempre. Porque con Juanito, como cantó Robe en El poder del arte, “nada es impensable, nada es imposible”. Ni siquiera descubrir anécdotas desconocidas, leer nuevos testimonios, acercarse a documentos inéditos y disfrutar de imágenes de su vida todavía no publicadas.
Juan llegaba siempre demasiado lejos. Lo terrible fue cuando no regresó. Pero vive. Y lo hace en el latido del madridismo, del fútbol, y en la herencia de su irrepetible figura. Y ahora en el libro que he tenido el honor de componer junto a su hijo Roberto.
Que lo disfruten.
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Buenos días. Lunes sombrío después de un fin de semana para olvidar en la Casa Blanca. En el portanálisis de ayer hablábamos de la montaña rusa del Real Madrid de fútbol, equipo que se la pega cuando se atisba una recuperación con cierto aspecto de estabilidad. Ayer le tocó al de baloncesto. Los de Scariolo nos echaron por encima su jarro de agua fría en una final de Copa para regocijo del antimadridismo. Una frustrante derrota glosada por Pablo Rivas aquí con su habitual tino.
La Copa del Rey de baloncesto es una suerte de aquelarre donde se reúnen cada año un puñado de resentidos, acomplejados y frustrados antimadridistas —valga la redundancia—, que hacen gala de un comportamiento therian y cuyo único objetivo y nexo de unión es el odio hacia el club blanco. Destilan un comportamiento primitivo, como abuchear a niños de 10 años por el mero hecho de vestir una camiseta del Real Madrid, y celebran la derrota blanca como australopitecos. Alegrías que probablemente escaseen en sus mezquinas existencias. Obtener felicidad principalmente de la derrota ajena es algo que los madridistas no entendemos muy bien. Probablemente por falta de costumbre. No por escasez de derrotas ajenas, sino por la abundancia de victorias propias (cabe no olvidarlo en los malos momentos).
Por estos motivos duele tanto perder —y más como se hizo ayer— en este conciliábulo anual del mal que es la Copa de baloncesto. Y, al igual que sucede con el equipo de fútbol, nos inunda el desencanto que producen los continuos atisbos de esperanza truncados por tropezones recurrentes.
Los medios siempre se suman a la fiesta en estos casos. Esta vez, además, el ritual pagano aconteció en Valencia, hecho que no solo satisfizo al resto de aficiones participantes, sino a buena parte de la terreta, que ayer estrenó su calendario fallero con la Crida.
En As caen en la exageración: «Vitoria vuelve a ser feliz». Entendemos que en la capital vasca habrán sido felices alguna vez en los 17 años que su principal equipo de baloncesto no levanta este trofeo. No habrá pocos vitorianos que habrán gozado de algún modo, quizá algún seguidor del Alavés entre ellos, aunque sea por una derrota blanca.
Los dóciles con su amo —los de la Ciudad Condal en esta ocasión—, se centran más en celebrar la recuperación del liderato del club cliente de Negreira que de la derrota baloncestística blanca. Sabemos que, al menos hasta que el sistema consiga la reelección de Laporta, el viento soplará más si cabe a su favor y en contra del Madrid. Después, sentido y dirección continuarán igual, pero la intensidad será menos descarada. Si además los de Arbeloa se lo ponen fácil, apaga y vámonos.
A pesar del sistema, de la montaña rusa de fútbol y baloncesto, de las efímeras celebraciones de antis y algunos propios, el Madrid sigue en el lado bueno de la historia, el honesto, el legal, en el que no gustan los chorizos, el que no vive del odio sino de la alegría.
A propósito de embutidos, la Justicia ha condenado a Villarejo por vulnerar el honor del Real Madrid y de Florentino Pérez tras acusarlos sin pruebas de amañar partidos en una entrevista.
Veremos cuánto dura el entusiasmo ajeno y los periódicos descalabros blancos. Cualquiera que tenga memoria sabe que el Madrid tiene la obstinada costumbre de sufrir menos y más cortas travesías por el desierto que el resto. Y el irritante —para los demás— vicio de levantarse cuando menos se espera y volver a ganar como si no hubiera mañana.
En España abundan los chorizos de todo tipo. La gastronomía ibérica es muy rica y podemos disfrutar de este fiambre tan nuestro en distintos puntos de la geografía. Pero abusar del chorizo —como de todo— no es bueno para la salud. Más aún si uno pretende presentarse a la reelección de un club grande —solo en cuanto a tamaño—, pues se necesita buena salud para lidiar con los múltiples problemas propios a un cargo así.
Pasad un buen día.
También en baloncesto. Jugadores tiene y muy buenos. Y brinda partidos corales de mérito, pues cuenta con gente de mucha calidad. A peso y así, en conjunto, hay más calidad en el Madrid de baloncesto que en el de fútbol. ¿OK? OK. Pero no acaban de definirse. Ambos.
El de la canasta, además, es el mejor equipo de España. Sí: ha disputado dos títulos y los ha perdido. Puede pasar y eso no impugna mi opinión. Tener el mejor equipo no asegura que vas a ganar siempre, a Dios gracias. Sería aburridísimo. Y más en torneos de KO como Supercopa y Copa.
Se resarcirá ganando la Liga más que probablemente. No lo veo palmando ‘play offs’ de tres y cinco partidos. La Euroliga es otro cantar, esa es una guerra con los mejores y mucho dopado, como en el fútbol. En todo caso, siempre una moneda al aire.
No me alarman las derrotas en esas finales. Lo raro es que pierde mucho. Da una sensación parecida al equipo de fútbol. Es más estable, pero le pasa también que le acaba faltando muy a menudo una pela p’al duro.
Le ves un día bien y al otro no tanto. En un mismo partido puede jugar sublime y lamentable. Sí, juega mucho, el calendario es tremendo. También para los demás si están en la élite. Es cierto que tiene más rivales peligrosos en serio que el equipo de fútbol, pero no me parece la excusa perfecta para esa sensación de equipo inestable.
Su final ayer fue un buen ejemplo. Todo mi reconocimiento para el Baskonia, que estuvo colosal y fue el mejor del torneo, pues supo jugar y ganar cuando tuvo el partido de cara y de culo. Ganó el viernes, el sábado y el domingo.
Es este un momento extraño en el club: no recuerdo ver perder tanto al Madrid, y así, como esta temporada. El así, la manera, es el tormento
Ganó, en fin, a un Madrid al que veo en una etapa oscura en cuanto a personalidad, como le pasa al de fútbol. Ni uno ni otro parecen El Madrid, así, en mayúscula. Y no me refiero a ganar, sino a la estampa, el cómo estar a la hora de la verdad.
Es de cajón que uno y otro no son los de cuando los títulos caían como churros. Rudy, el Chacho, Carroll son los Kroos, Modric, Cristiano del otro lado. Los grandes equipos pasan y el reemplazo cuesta, a menudo sangre. Pero en ambos casos se echa en falta un cuajo que en el Madrid se llevaba de origen. Ese aquí-estoy-yo que le ayudaba a mantenerse a flote en las buenas y en las malas.
Ayer perdió una Copa que se daba por ganada, probablemente también ellos, el vestuario. No, nada ni nadie te asegura el triunfo y más en el baloncesto europeo, donde abundan los buenísimos jugadores y eso lo hace igualadísimo.
Baskonia le puede ganar al Madrid, naturalmente. Lo ha hecho muchas veces. Pero no recuerdo una como esta. Junto a los méritos vitorianos vi un pasotismo del Madrid, una dejadez mental y en la tarea más ingrata, la defensiva, por supuesto, que le fue acercando al abismo hasta que rodó por él sin remedio. Más de 200 puntos entre semifinal y final. Caramba.
Es este un momento extraño en el club: no recuerdo ver perder tanto al Madrid, y así, como esta temporada. El así, la manera, es el tormento. Pamplona y Valencia son dos pesadillas. El miedo es que habrá más. Ah. Pasado mañana, el Benfica. ¿Está Mbappé para eso? Pregunto…
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Como en casi todos los deportes, el estado de ánimo y la confianza constituyen un elemento fundamental en el baloncesto. El cronista con experiencia sabe perfectamente que, si quiere acercarse a la verdad de lo que ocurre en el parqué, debe incluir la descripción de esta circunstancia. Y, al mismo tiempo, si uno valora el rigor de su trabajo y abomina del manoseo literario vacío, tendrá miedo de adentrarse en un territorio tan pantanoso y resbaladizo. Los sistemas tácticos se pueden enunciar y las estadísticas conforman una coartada al alcance de cualquiera que sepa contar; lo otro, en cambio, apenas se deja nombrar. Acaso el cómo explicar lo que sucede sin caer en el esoterismo emocional o la superstición de salón sea lo que distinguirá a los periodistas del futuro de los productos estándares de la IA.
Asumido lo anterior, todas las miradas estaban centradas en Mario Hezonja. No en vano, su descomunal actuación en la semifinal había colocado sobre él la responsabilidad de guiar al Madrid. Los primeros minutos del encuentro parecieron confirmarlo: velocidad, acierto, confianza desbordada… Por desgracia, el Baskonia no había llegado para ser aplastado, y respondió al 13-2 inicial con un rotundo 15-4. Los vitorianos recordaban que la sorpresa es también un arma mental: llegaban desinhibidos, libres de expectativas; por su parte, los blancos caminaban con la seguridad y la equivocada condescendencia de quien cree que los milagros siempre llegan cuando uno ya ha dado la señal.
Cada penetración de Luwawu-Cabarrot y de Forrest daba una pista acerca de por dónde iba a estar la clave del partido, y ni los jugadores ni el banquillo madridista estuvieron a la altura para desactivar una bomba tan evidente como letal. Los interiores completaron una final desastrosa: Tavares, habitualmente un seguro, defendió con un inconcebible miedo a cometer faltas, Garuba jugó con la empanada que caracterizó su peor época tras la vuelta de la NBA y Len evidenció que la falta de ritmo menoscaba la autoestima para el día en que resultas necesario. El estético Trey Lyles dio argumentos a los dirigentes de la sección para rechazar la petición de aumento de sueldo que le atribuyen algunos gacetilleros: la elegancia fría no sirve en el Madrid si no demuestras carácter en la hora decisiva. Mirotic ya hubo uno, y su historia no acabó bien.
en el baloncesto, como en la vida, la mente decide más de lo que los ojos permiten ver
El conjunto de Scariolo sujetaba el partido con ventajas pequeñas y los vascos hacían la goma. Los puntos eran siempre conseguidos a través de rachas individuales, sin mucha continuidad: el arrojo de Feliz, la intensidad de un buen Deck o los puntos de SuperMario. Sin embargo, los aficionados más sabios tenían la mosca detrás de la oreja: los tanteos de +5 al descanso y al final del tercer período reflejaban una mera ficticia ilusión de control, pero no respondían a lo que se estaba viendo en la cancha. Y lo que era peor: tampoco a lo que no se puede ver.
Una serie de catastróficos despistes de Usman convirtieron la final en un partido de un único cuarto, y ahí la diferencia de espíritu se tornó una cumbre inexpugnable. Poco importaba que Campazzo o Maledon transportasen el balón al aro rival con la lengua fuera. La defensa blanca era de mantequilla, y cada mazazo elevaba la euforia baskonista, alentada por un pabellón valenciano unido en torno al gran enemigo común. El Madrid entró con seis puntos de desventaja en el minuto final, y el triplazo de Hezonja buscando de nuevo la épica cinematográfica fue contrarrestado por varias canastas ridículamente concedidas. El auténtico factor decisivo estuvo en otro sitio: en la libertad de quien no teme y de quien ya ha superado todas las expectativas.
Este Madrid de Scariolo, que tanto promete y que a menudo gripa en el último paso, volvió a morir en la orilla. Pasan los meses y parece imposible que se desprenda de todas las dudas que lo atenazan, lo que convierte en muy frustrante este golpe. Alguno se atreve incluso a dudar de si habrá capacidad para levantarse con esta dinámica de recibir un palo duro cada pocas semanas. Por su parte, el Baskonia ganó a través de un sota, caballo y rey repetido hasta la extenuación: su ánimo fue más alto, su cabeza más firme y su valentía más intensa. Y ahí, en esa frontera invisible entre lo que se puede medir y lo que se siente, el cronista sabe que solo puede narrarlo, intentar poner palabras al temperamento, a la confianza que se hace jugada y al miedo que se transforma en un fallo. No hay estadísticas que lo contengan, ni sistemas que lo expliquen del todo; solo queda reconocerlo, dejar que el lector lo perciba, y aceptar que en el baloncesto, como en la vida, la mente decide más de lo que los ojos permiten ver.
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A Tom Waits le gustan las bellas melodías que cuentan cosas horribles. Y no hay nada peor que perder pie en algo tan bello como el Real Madrid. El equilibrio es un delgado hilo que nos mantiene firmes, nuestra estantería ordenada, la mesa de siempre en el restaurante de siempre. No hay nada más necesario y contemporizador que nuestra propia rutina y desde hace tiempo no hay puerta que el madridismo abra que no le aleje de algo. Adiós a la cadencia ganadora, nuestra mesa está ocupada groseramente por extraños.
Habituados a picar en la veta,nos sentimos incómodos librando algunos miércoles. Nada que no emocione merece la pena y hace tiempo que se perdió la emoción. Supongo que ser madridista es mentar parentelas entre semana para animar un domingo a los mismos once cabrones. Abonarse a una permanente insatisfacción elegida a partir de una especie de “síndrome de Diógenes” que nos obliga a acumular victorias con la compulsión de un jugador de casino. Porque si el Real Madrid es de lo poco que funciona, la promesa de una cena con postre dos veces por semana,¿qué nos queda sin su emoción, que es ganar? Fuimos coleccionistas de estrellas,luego recolectores de títulos y ahora y por un tiempo, consumidores de imágenes de extraños levantando nuestras propias copas.
solo el Bernabéu ha visto naves ardiendo más allá de Orión. Pero la rutina lo devora todo como una yedra
Este club es lo que es sobre los cimientos de la autocrítica y la insatisfacción y así debe seguir siendo. Pero, ahora que nada es perfecto, toca hablar de amor porque solo con amor se sobrelleva ser madridistas sin títulos. Un amor airado y crítico pero no amnésico, un trago de vino peleón por el regreso de los buenos tiempos. Por un retorno al pasado por encima de todas las cosas. Toca, eso sí, medir esa crítica con perspectiva, golpear las conciencias con precisión de relojero, exigir (sin duda) al club y al equipo, pero sin olvidar que nos ha hecho en diez años más felices que todo el tiempo al resto de clubes durante toda su vida.
El Bernabéu no es un simple objeto de contemplación,una piedra metálica de la Ciudad Dorada. El lunes volverá a ser el lunes pero los días de partido el aire de esa caja de música huele a pan nuevo. Dentro de su gran panza de metal, cemento y hierba muchos somos como mosquitos golpeando el parabrisas. Los días de partido hay sin duda dos sensibilidades en él: la de los visitantes ocasionales y la de los locales. Los aficionados de misa diaria, esos que pueden cuando quieren,viven sobre los cimientos de la historia expuestos permanentemente a un sol cegador. Tal vez el madridismo sea más puro y comprensivo cuanto más se aleje de ese núcleo, cuanto más sediento sea. No nos engañemos y, por encima de todas las cosas, no nos dejemos engañar: solo el Bernabéu ha visto naves ardiendo más allá de Orión. Pero la rutina lo devora todo como una yedra. Los aficionados ociosos, de gatillo fácil, nuestro propio “los del Siete”, de asiento o redes, sin embargo, olvidan que también el Real Madrid tiene una parcela en el Averno.
La Gran Pitada del Bernabéu no fue una pataleta, fue un recordatorio. La exigencia máxima es sin duda un gesto de amor al club. Incluso desear que este o aquel jugador no siga por la mejora colectiva no es dañar, ¿quien no tiene en mente una lista de descartes? Pero hay quien, aireando su presunto madridismo disfruta del degüello. Rizando el rizo del amor tóxico, hay incluso quien quería vender a Kroos, que es como querer construir un centro comercial sobre las ruinas de un templo. Un madridismo corrosivo que critica pero que a veces, incluso, monetariza el descontento. Tal vez en la medida esté el veneno porque hay amores que matan. Esa supuesta crítica constructiva es un plato combinado de odio travestido en amor, que golpea tanto como el escarnio del enemigo, ¿en qué momento alguien pensó que ayuda silbar el error de un jugador propio, de veinte años y en casa?
la mirada del madridista de provincias o del extranjero ve en esa rutina una Arcadia Feliz, su propio Xanadú de fín de semana. Para el visitante ocasional todo es natural, nuevo e inmediato
Solo para consumo interno de frustrados, y de eternos adolescentes inquilinos de la era Messi, el Real Madrid no es lo más de lo más en la Historia del Fútbol Mundial. Pero hay dentro del madridismo un Frente Popular de Judea que cada partido intenta pasar por el ojo de la aguja. Ese que babea ante estrellas mediáticas de cualquier rival mientras fustiga amnésico a sus campeones de Champions sin la menor indulgencia, tan cruel con los propios como comprador compulsivo de cualquier noticia recalentada que debilite al club que dice amar. Seguidores que hablan dentro de una tinaja, demasiado cerca del Ojo de Sauron de la prensa rival. Supuestos aficionados que desean el mal del club para su bien, la derrota con el objetivo presuntamente pro-bono de una némesis que aclare las nubes. Recordaremos más pronto que tarde dónde estaban cuando el carnyx vuelva a sonar.
El amor condicionado a un club tiene algo de orgiástico, literalmente. Porque solo en una orgía y en el estadio nos abrazamos a alguien a quien no hemos visto antes ni volveremos a ver. Porque hay instantes que son una tregua: levantar la cabeza en ese coliseo moderno, oler la gloria y gritar un gol, lo son. Para quien no goza de barra libre, para aquellos para quienes la primera puede ser su última vez, los días de partido son Noche de Reyes, un amperaje que recorre la espina dorsal. Pero el saciado y el rutinario, contemplan la experiencia con la pasión de un registrador de la propiedad. El aficionado “pipero” es la expresión más pura de esa rutina. Atrás quedó hace mucho el Kilómetro Cero de sus sueños de infancia. Las cervezas en Padre Damián o el bullicio de Concha Espina son entonces solo lúpulo y ruido. Compararlos con el aficionado ocasional es una pugna de optimates y populares porque la mirada del madridista de provincias o del extranjero ve en esa rutina una Arcadia Feliz, su propio Xanadú de fín de semana. Su concepción no es puramente finalista, la de la victoria, porque el placer también está en el ritual, un ritual que puede que aburra al local desde hace demasiado tiempo. Para el visitante ocasional todo es natural, nuevo e inmediato.
Causa cierto pudor contemplar a los asnos mofarse del caballo de carreras. Algunos de esos asnos llevan 11 años sin alcanzar el título con 10 CL menos. Otros ni conocen su sabor. Es la conjura de los necios
Tal vez sea hora de cambiar fríos estadios anglosajones por recintos amigos de Colombia, México o Asía, dejar a un lado la tiranía inapelable de la cuenta de resultados por una vez y llevar el madridismo de vuelta a donde más se celebra. Incluso los días en los que este equipo nos esconde la botella y decide perder, la magia sigue para el aficionado foráneo porque se alimenta de pequeñas cosas. Su madridismo nunca fue de todo o nada, más bien el sueño consciente de que si hay un solo equipo en el mundo que se puede (y por estadística, debe) permitir pasar unos años fuera de la élite mientras arma un gran equipo, ese es el Real Madrid. Y esa conciencia toma cuerpo en el Bernabéu.
Causa cierto pudor contemplar a los asnos mofarse del caballo de carreras. Algunos de esos asnos llevan 11 años sin alcanzar el título con 10 CL menos. Otros, ni conocen su sabor. Es la conjura de los necios. Como madridistas no cabe asumirlo pero como aficionados sí: hasta el más grande necesita pasar por transiciones, que durarán menos que las del resto y traerán más años de gloria que al resto, pero llegan.
Volverá el reservado en la mesa de siempre pero nunca se olvidará el recuerdo amargo de la crítica destructiva. A fín de cuentas el Madrid es lo poco que queda de aquel tiempo en que el plan funcionó, un estante de libros ordenados donde todo tiene sentido frente a un mundo de cabezas borradoras. Lo más parecido al momento irrenunciable en el que fuimos durante un tiempo, reyes de nuestra propia California.
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Hola a todos. No sabemos ni qué decir, salvo que este equipo es ya un fastidio, una broma macabra empeñada en traicionar las buenas expectativas que ocasionalmente crea, un rompehuevos. La Galerna pasa por ser un referente del madridismo reflexivo y optimista. Sí esa es la misión que se nos encomienda por parte del lector, hoy no cuenten con nosotros.
La temporada es una montaña rusa. Así pues, como corresponde tras una gran alegría (la convincente victoria en Da Luz), llega ahora una decepción que es doblemente lacerante. Primero, por ser. Segundo, por su carácter recurrente. ¿De verdad el Real Madrid no puede hacer nada para que la consabida encerrona del Sadar se cumpla con éxito inexorablemente?
Hemos estado aquí tantas veces, después de jugar precisamente en el Sadar, que podríamos escribir siempre la misma crónica. Genaro Desailly, en la suya que publicamos ayer, trató de hacer otra, pero mucho nos tenemos que le salió de nuevo la de siempre (gracias, Gerardo, de todos modos) a fuerza de ser el partido de siempre, una amalgama inextricable de falta de fútbol, falta de ideas y falta de carácter coronada por una actuación arbitral sesgada en nuestra contra pero ante la cual no quedan fuerzas para protestar, sobre todo por culpa de la falta de fútbol, ideas y carácter reseñadas. ¿Se merece esta gente que protestemos en su nombre, cuando ellos ni siquiera tienen la personalidad para hacerlo sobre el campo? Dejaron solo a Vini en el juego, pero también en sus protestas ante un colegiado muy permisivo con la agresividad local y ante un VAR que ganó el partido para los locales en dos decisiones discutibilísimas y acerca de las cuales, de nuevo, se birla información al espectador. El estupendo tuitero Yasujiro Mizoguchi lo resumía muy bien.

Admiramos, en todo caso, a Yasujiro (y a otros) en su afán por defender a un equipo que no quiere que le defiendan. Si quisieran que les defendieran, se defenderían primero ellos. Si quisieran que les defendieran, además, pondrían sobre el tapete el mínimo esfuerzo para convencer a su parroquia de que son gente defendible.
Marca habla de “frenazo”, e ilustra la palabra magníficamente, la verdad: Vini, que fue la excepción y jugó muy bien, siendo agarrado por enésima vez, en jugada que como siempre no fue castigada con amarilla. No da igual, pero casi dan ganas de escribir que da igual ante el festival de resignación, apatía y actitud funcionarial de un equipo que piensa que puede ganar algún partido al trantrán cuando ya no tiene la calidad que tenía, cuando el resto de equipos le juegan (cuchillo entre los dientes) a cualquier cosa menos al trantrán y cuando en el VAR hay tipos como Figueroa Vázquez.
¿De verdad tenemos que decir esto nosotros a los jugadores del Real Madrid? ¿De verdad no son previamente conscientes de todos estos extremos?
“Chupinazo y batacazo”, titula As. No andamos para sanfermines. Como dice un amigo muy camp y muy divertido, no tenemos el chocho para farolillos. “Mbappé estuvo desaparecido”, nos informan los prisaicos. Ya vimos nosotros solitos el partido, gracias. Kylian, en efecto, da la sensación, a pesar de que la tuvo para ganar el partido y la sacó un defensa, o quizá precisamente por eso, de estar muy mermado físicamente. Si lo está, ¿por qué juega? Tampoco Arbeloa tuvo su día, quizá con la mente excesivamente fijada en el partido del miércoles. Puede ser que Valverde precisara algo de descanso, pero dejar a Trent sin sus coberturas es poco menos que un suicidio defensivo, como se vio en el segundo tanto local.
Mundo Deportivo titula con una evidencia, dado que el liderato está en efecto en las manos del equipo por el cual ellos beben los vientos, es decir, el mismo que sobornó durante 17 años al vicepresidente de los árbitros españoles. Sí ganan hoy al Levante, y pensamos que lo harán, serán líderes con un punto de ventaja sobre el Madrid, club que tiene el imperativo moral de intentar evitar por todos los medios que dicho club, desgracia del deporte, gane una nueva liga. No parece que el Madrid parezca dar mucha importancia a esta encomienda higiénica que le hace el balompié.
Sport busca hacer más sangre y titula “Un líder de pena”. Solo podemos darles la razón, si bien de inmediato sobreviene una pregunta impepinable: si el líder es “de pena”, ¿de qué es el vicelíder?
En fin. Os dejamos, no porque tengamos nada en contra vuestra, todo lo contrario, sino porque ya no podemos más.
Pasad un feliz domingo.
Arbitró Alejandro Quintero González del comité andaluz. En el VAR estuvo su compatriota Figueroa Vázquez.
Un árbitro malo se ve rápido. Es aquel que compensa, lo cual provoca dos errores (faltas no señaladas), aquel que tarda en pitar los agarrones continuados una eternidad, aquel que no muestra las tarjetas que debe o aquel que se traga córners sencillos. El culmen es equivocarse en una decisión que le dicen desde el pinganillo porque en el segundo gol local dijo antes que era fuera de juego.
En el minuto 3 debió ver que era demasiado pronto para amonestar a Galán en una jugada prometedora de Valverde. Por tanto, el primer tarjetas fue Aimar en el 32' por una falta a Vinicius. Un minuto después sacó amarilla a Budimir. Terminó pitando penalti tras ayuda del VAR por pisotón de Courtois al croata.
En la segunda mitad Moncayola vio amarilla por agarrar a Brahim en el 65'. Más tarde, se le unieron Trent por derribar en el pico del área a Víctor en el 83', Vinicius por protestar en el 89' y Alaba por una falta a Raúl en el 93'.
Por último señalar que se pitó fuera de juego que era de Mbappé en un gol merengue en el minuto 69'.
Quintero González, DEFICIENTE y DESESPERANTE.