Esta noche el Real Madrid se enfrenta al Paris Saint-Germain. El equipo de Xabi Alonso busca una plaza en la final de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Será un partido complicado, no en vano nos enfrentamos al actual campeón de la Copa de Europa. Sin embargo, muchos aficionados, entre los que me encuentro, veremos el partido con cierta tranquilidad. El Real Madrid ya lleva ganados 72,89 millones en este Mundial de Clubes. La cifra es aproximada, se habla de hasta 80 millones ya en las arcas del club. Es decir, la misión está cumplida y Tom Cruise ha vuelto a ganar. Ahora ya solo nos falta la gloria.
El Real Madrid llega al partido de esta noche con los deberes hechos. La sensación entre nuestras filas es esa. En honor a la verdad, llegar hasta semifinales de la forma en que el equipo se ha desenvuelto es para estar más que satisfecho. Al fin y al cabo, venimos de una etapa complicada y hemos competido al máximo nivel. Es lo mínimo que se espera del Madrid. Todo lo que venga ya, bienvenido sea. Particularmente trataré de gozar las horas previas al partido pues este Mundial está siendo gozoso a todos los niveles. Ya habrá tiempo de volver a morder el polvo en el campeonato doméstico.
A los jóvenes hay que animarles a degustar el caramelo de los buenos tiempos porque la vida nos enseña a que siempre vendrá algún grinch de turno a arrebatarnos la felicidad. Nuestro grinch particular es más bien conceptual. Parafraseando a Unamuno, España nos duele. O más bien tendríamos que matizar: el fútbol español es nuestra condena.
El Real Madrid llega al partido de esta noche con los deberes hechos. La sensación entre nuestras filas es esa. En honor a la verdad, llegar hasta semifinales de la forma en que el equipo se ha desenvuelto es para estar más que satisfecho. Al fin y al cabo, venimos de una etapa complicada y hemos competido al máximo nivel
Ya tenemos calendario oficial para el campeonato liguero. El pasado sábado, en mitad de la jornada de Mundial, La Liga hizo público el calendario 2025/2026. El inigualable Javier Tebas Medrano, máximo responsable del fútbol español, vio que la coincidencia horaria con el partido del Real Madrid frente al Borussia Dortmund era el escenario ideal para el anuncio.
Para el Presidente de La Liga y responsable directo de la organización del Campeonato Nacional de Liga de Primera División, es perfectamente razonable que los jugadores del Madrid tengan menos de un mes de descanso. Y, cómo no, la prensa nacional respalda al presidente de LaLiga EA Sports, no olvidemos nunca su simpático nombre comercial. Entre dimes y diretes, nuestro simpar fútbol siempre está al quite de brindarnos momentos jocosos.
El Real Madrid había pedido que se atrasara el inicio de su concurso liguero. Era tan razonable su propuesta que todos dábamos por hecho que La Liga dejaría un margen de dos semanas. De hecho, el club de Concha Espina se puso en contacto con Club Atlético Osasuna para buscar una fecha alternativa y el equipo de Pamplona trasladó su beneplácito. Pues no. Al señor Tebas eso le trae al pairo.
El fútbol español tiene bastante de casposo y trasnochado. Cuando vemos nuevos modelos más sostenibles y atractivos, ya está el propio de turno diciendo que Florentino y la FIFA se van a cargar el fútbol y qué sé yo. Se me asemeja un poco a esa serie de Arturo Fernández llamada La casa de los líos. Si bien es cierto que tengo un vago recuerdo de ella pues yo era un niño, siempre viene a mi memoria cuando una institución peca de acomodaticia y timorata. Es el símil perfecto para ejemplificar a nuestro fútbol nacional.
La casa de los líos se sostenía gracias al carisma de Arturo Fernández. El público realmente quería ver a ese bon vivant meterse en mil problemas y salir victorioso de todos diciendo “chatina”. A pesar de contar con actores de categoría como la magnífica Lola Herrera, Emma Ozores o Florinda Chico, el argumento y la trama eran de aquella manera. Una sitcom cañí intrascendente apoyada en los recursos de toda la vida y los golpes fáciles. ¿Para qué innovar si en el fondo nos ven los parroquianos que religiosamente se van a sentar a ver la tele salga el simpático Arturo Fernández o pongan un mono con tres pistolas?
Pues nuestro fútbol es igual. ¿Quién lo sostiene? El Real Madrid. ¿Quiénes son sus teóricos rivales? Pues el Fútbol Club Barcelona y el Atlético de Madrid. De vez en cuando algún tercero se anima a darle algo de suspense al asunto pero poco más. Y para darle un poco de chicha al asunto, algún año un Cádiz de la vida te sale con camisetas con el manido lema del "gánatelo en el campo" cuando tienen enfrente al club más ganador de la historia del fútbol. Es así de surrealista todo. Por suerte, nosotros somos los buenos de la película.
Gocemos en todo caso del tremendo partido de esta noche, y soñemos con una final pionera en la historia de gloria de nuestro club.
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El Mundial, al final, nos regala una semifinal con el PSG en plena primera quincena de julio, cuando todo es sopor, hastío y canícula. El Madrid de Xabi Alonso ha ido mejorando a ojos vistas en cada partido, aunque el de cuartos de final se complicara absurdamente en los últimos cinco minutos. Sobre todas las cosas, el equipo se ha mostrado serio, con esa seriedad tan madridista que, podríamos decir, es el rasgo distintivo capital del gran Madrid campeón en Europa, da igual la época: un equipo sin alardes que, cuando muerde, va al hueso. Yo, que era muy pesimista al principio, estoy enganchado. Enfrentarse al equipo de moda en el umbral de la gran final es un reto mayúsculo, una prueba golosa. En el fondo, agradezco ya a Alonso que su equipo, a las primeras de cambio, nos ofrezca uno de esos partidos que, como dijo Kareem Abdul Jabbar, son aquellos por los que jugamos y vivimos.
El PSG es el mejor equipo del mundo. Es indiscutible que, desde la final de Múnich, son el equipo a batir. Van como un guante. Luis Enrique ha conseguido armar lo que se dice un equipo de autor. Su impronta está en todas las líneas, en todos sus futbolistas: por eso, quizá, la marcha de Mbappé le vino estupendamente para cuadrar su círculo personal, ese que no admite espíritus libres ni jugadores con entidad propia. Nada ni nadie puede pesar más que el todo. Luis Enrique, en eso, es el perfecto epígono de la escuela de Mourinho, Benítez y Guardiola. Es el determinismo absoluto, la configuración de un esquema total donde el míster es dios y los jugadores, sus proyecciones mentales. Nada más que eso.
el Madrid de Xabi Alonso ha ido mejorando a ojos vistas en cada partido. Sobre todas las cosas, el equipo se ha mostrado serio, con esa seriedad tan madridista que, podríamos decir, es el rasgo distintivo capital del gran Madrid campeón en Europa
Al Madrid de Alonso se le ven todavía las costuras, ¡no se le van a ver! Es un equipo reorganizado en torno a una idea, lo que faltó en esta última campaña con Carletto. Las piezas están en su sitio natural y el conjunto fluye, motivado por la novedad y seguramente más que eso. Los nuevos han sido una corriente de agua fresca que ha revitalizado un campo árido, sin brotes verdes. Sobre todo Huijsen. Su baja es una putada que Alonso tendrá que resolver para que nosotros, los que vemos los toros desde la barrera, podamos calibrar su verdadera maestría por primera vez. No sólo se trata de vencer al PSG, sino de hacerlo involucrando a quienes, en estos partidos, han estado un poco relegados. Asencio, por ejemplo, quien tras dos pifias importantes desapareció de la titularidad y que, de pronto, se ve ante un miura.
Hace tres primaveras, el Madrid, que parecía acabado, renació en una noche inolvidable frente al PSG, que entonces también era lo más. Los viejos jerarcas, aquellos que habían escrito la Ilíada y la Odisea, empujaron al cielo del fútbol a dos nuevos superhéroes, Vinicius y Valverde. De Marcelo, Casemiro, Carvajal, Kroos, Benzema y Modric, sólo el 10 estará en Nueva Jersey, la ciudad de Tony Soprano, para representar el último acto sublime de una trayectoria irrepetible, la del mejor Madrid de todos los tiempos, de quien él es superviviente, símbolo y legado. Ese es, en mi opinión, el motivo más hermoso de todos para estar delante del televisor el miércoles a las 9 de la noche: ver, quizá por última vez, a Luka Modric realizando un trabajo milagroso que durante años dimos por costumbre, hacernos felices mientras trota por una moqueta verde con la media melena color amontillado flotando suavemente sobre la camiseta que llevaron antes que él Di Stéfano, Zidane y Cristiano Ronaldo.
También estará Mbappé. Regresó con un golazo. Se le ve fino, como para correr el Tour. O los sanfermines. Su duelo con el equipo al que sacrificó los mejores años de su carrera tiene algo de titánico, como si un hombre se enfrentara al Tiempo para robarle lo que un día le regaló, sin saberlo: la juventud, la ilusión, los sueños. Su sueño era jugar en el Madrid y tardó siete años, siete años llenos de dinero, extorsiones y chantaje emocional de los que, imagino, a cualquiera le costaría recuperarse. Mbappé, en Madrid, es menos semidiós y más hombre. Descubrimos que era de carne y hueso y eso lo emparentó más con nosotros, sin saberlo. Mbappé, al que vimos por fin de cerca y ya no nos pareció que brillara tanto, tanto por lo menos como brillaba en nuestra imaginación cuando lo deseábamos, tiene una oportunidad que, en la vida, sólo concede la literatura: la de darle una estocada al pasado, hasta la bola, y coger de una vez el martillo y el cincel para escribir su nombre en el mármol de la historia del Madrid.
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Buenos días. Apoteosis de fútbol femenino hoy en las portadas de la prensa deportiva patria. No tenemos nada que objetar, pues España está disputando el Europeo en esa categoría, aunque es imposible no preguntarse si tanta uniformidad es natural, e impulsada por un amor sincero de estas cabeceras al deporte rey en su versión femenina, o si hay cierta artificialidad y un intento de impulsar el asunto desde un determinado posicionamiento ideológico.
Con el debido respeto, nos preguntamos si el futbolero español medio está en estos días más pendiente de esta Euro de mujeres o del Mundial de Clubes que se disputa en Estados Unidos. No tenemos estadísticas que la respalden, pero una fuerte intuición nos mueve a concluir que las siguientes portadas no reflejan la división real del interés sociológico que suscitan una cosa y otra. Podemos entre todos abrazar la ilusión de que Alexia Putellas produce el mismo interés planetario (o incluso solo en España) que Mbappé o Vitinha. Si eso nos hace felices, hagámoslo, y facturemos portadas como las que hoy nos conciernen.
Como decíamos al principio, nada que objetar, salvo el natural temor a que exploten los globos hinchados en demasía por pulmones ajenos. Impostar un grado de interés por encima de lo real puede ser contraproducente desde un punto de vista sociológico. Las cosas que no se proyectan y crecen de manera orgánica nunca lo harán en realidad.
En realidad, el Europeo femenino se convierte en el foco principal de la prensa del día a partir del momento en que está sucediendo otra cosa que, si bien tiene indiscutible relevancia planetaria, quiere ser minimizada por nuestra amada prensa patria. Ese algo es el Mundial de Clubes. Si en lugar de ser un Europeo femenino de fútbol fuera un torneo de chapas de Alpedrete, con un perfil algo más alto de lo habitual por la presencia del campeón uzbeko, sería eso lo que coparía las portadas, en lugar de hacerlo el Mundial. Tebas le ha declarado la guerra a esta competición y en consecuencia, por lo que sea, también se la ha declarado Marca, que le presta una atención como a regañadientes, aprovechando cualquier acontecimiento deportivo de interés mediano (el fútbol de mujeres, Topuria, una entrevista con Ricky Rubio) para relegar, en sus portadas, los pormenores del torneo a un segundo lugar.
Si Marca mantiene una discreta distancia con el Mundial (de manera que no cante tanto como para que la audiencia les pregunte de qué van), la prensa cataculé lo ignora olímpicamente, lo que encaja bien con la periodicidad prevista para la competición. Sport y Mundo Deportivo -o Sportivo, como cariñosamente les llamamos a veces, en su inequívoca unicidad de planteamientos y miserias- solo van a dedicar una portada al Mundial cuando suceda lo que los madridistas no queremos que pase pero bien puede suceder mañana, a saber, la eliminación de los blancos a manos (o a piernas) de los pupilos de Luis Enrique, a la sazón trasunto o vicario del club cliente de Negreira.
Si el PSG, no lo quiera Dios, se ventila a los de Xabi en la semifinal, no tengáis la menor duda de que Sportivo dedicará por fin una portada a lo que está sucediendo en Estados Unidos. Si, por el contrario, el Madrid sigue adelante y gana al Mundial, será gracioso ver la portada del día, sin duda en la onda "Valverde da el OK a Bellerín" del día de la Decimosegunda en Cardiff.
Por nuestra parte, seguiremos prestando al Mundial la atención que merece. Es lo que tiene no sufrir de envidias insanas ni estar a las órdenes de un enemigo del desarrollo del fútbol, temeroso de que su poltrona se desmorone con el ímpetu de los nuevos vientos.
Pasad un buen día.
A diferencia de muchos de los equipos a los que se ha enfrentado el Real Madrid en el Mundial, casi todo el mundo ha visto jugar bastantes veces al Paris Saint-Germain de esta temporada. Así pues, vamos a tratar de aportar algo distinto a la mayoría de análisis que vamos a poder leer.
Los puntos fuertes son archiconocidos; la presión alta desde el primer minuto, el peligro de ambas bandas, que cuentan, posiblemente, ahora mismo, con los dos mejores laterales-carrileros del mundo, Achraf Hakimi y Nuno Mendes, la solidaridad de todos sus jugadores titulares, el dominio poderoso de su centro del campo, la dupla portuguesa Vitinha-Neves y el sevillano Fabián Ruiz, además de un Désiré Doué en estado de gracia, un extremo rápido y duro como el pedernal como Kvaratskhelia, y el regreso en forma de Dembélé, que ha sido su jugador franquicia en este año triunfal para los parisinos.
Añadamos la facilidad que tienen para crear y abrir espacios, sobre todo gracias a la ratonería de Vitinha, y el peligro que pueden llegar a tener, en ataques estáticos, con lanzadores de primer orden desde la frontal del área, como son el propio Fabián, Ousmane Dembélé y el georgiano Kvaratskhelia.
Incluso un portero que se ganó, con merecimiento, su fama de irregularidad, su debilidad en balones por alto y en algunos despistes con su juego de pies, está siendo -ya lo fue en las fases finales de la Champions- un baluarte prácticamente inexpugnable. Tras 5 partidos de competición, tan solo fue batido en una ocasión, contra el Botafogo, con gol de Igor Jesús desde fuera del área, y ante el Bayern de Munich tuvo unas cuantas intervenciones de mucho mérito.
Pero así, y con todo, el PSG ante los bávaros tuvo unas dosis de fortuna importantes, añadidas a la inoperancia atacante del Bayern, que malogró, con el desafortunado Musiala, con Gnabry, con Kane y con Olise, un buen ramillete de ocasiones que podían haber cambiado el curso de esa eliminatoria de cuartos de final. Hubo muchos momentos de dominio absoluto alemán, y al PSG se le notó agotado y posiblemente presa de un empacho de partidos importantes en esta larga temporada. El medio campo no fue tan dominador como acostumbra, y tan solo Marquinhos, Doué y, sobre todo, Hakimi, brillaron a una altura considerable.
Como se ha visto, se ha dicho y se ha escrito ya miles de veces, Luis Enrique ha logrado armar un equipo de fútbol, no tan solo una suma de talentos individuales. Habrá por tanto que ahondar en sus puntos débiles, que también los tiene.
Precisamente, el miércoles van a echar los parisinos en falta a su central ecuatoriano Willian Pacho, una de las sensaciones de este año. Su entrada alevosa y sin sentido a Goretzka le va a suponer ver el partido ante el Madrid desde la grada. Como además, Lucas Hernández también fue imprudente -con un 2-0 a favor y faltando escasos minutos de partido- y vio otra cartulina roja al propinar un codazo a Guerreiro, Luis Enrique se va a ver obligado a alinear a lo que en principio es un eslabón débil en su cadena defensiva: y es que con el brasileño Beraldo, propenso a los despistes, el Madrid puede encontrar una vía inesperada, tanto a ras de césped como en los balones por alto. No parece muy probable que en lugar de Beraldo vaya a ser alineado Kimpembé, central que de muy joven parecía que se iba a comer el mundo y que no ha progresado nada en los últimos años, siendo actualmente el 5º central y además, al parecer, con molestias musculares que le impedirían jugar.
Nuno Mendes, que arrasó casi por si solo al Inter en la final de Munich, y que se llevó por delante a Yamal, a Mingueza y a Porro en la reciente Nations League, parece que ha perdido algo de fuelle respecto a hace unas semanas, lo mismo que los 3 centrocampistas titulares. Pero nadie duda que el extra de motivación que supone siempre tener enfrente al Real Madrid -verdugo del PSG en las 3 últimas eliminatorias en las que se vieron las caras ambos equipos- más las dosis torrenciales de adrenalina que les va a infundir a sus jugadores Luis Enrique -posiblemente el más motivado de toda la plantilla del PSG-, vaya a hacerles olvidar a todos sus cansancios, sus molestias y sus ganas de disfrutar de sus vacaciones, tras una temporada de casi 11 meses de duración.
Se ha escrito también que tanto Hakimi como Joao Neves no entrenaron el domingo, fruto también de unas molestias adquiridas luego del buen partido ante el Bayern. No hagan ni caso, créanme. Son dos jugadores hiper competitivos, y para ellos no puede haber mejor escaparate para su club y para ellos mismos que esta semifinal ante el Real Madrid, sin duda el mejor partido que se puede ver hoy en día a nivel planetario entre los dos últimos campeones del trofeo más prestigioso: la Copa de Europa.
Si sumamos talento individual, onza por onza como se dice en el noble deporte del boxeo, es posible que el Real Madrid gane a los puntos al PSG, pese a las bajas importantes que siguen teniendo los blancos, figuras mundiales como Carvajal, Militao y Camavinga, esencialmente. Veremos si, tras los 5 partidos y algunas pocas sesiones de entrenamientos con Xabi, el conjunto merengue es capaz de ser tan equipo como el que va a tener enfrente.
Los brotes verdes están ahí, y en cada partido se va notando, inexorablemente, la mano del tolosarra, que tiene ideas muy claras de lo que quiere, con ese juego de tres centrales, con esa presión alta, desconocida en tiempos del gran Carlo Ancelotti, con las apariciones en ataque de un estilista como Trent y un guerrero más veloz que un guepardo, un invitado inesperado como está siendo Fran García, con el arte de Güler al que ya vemos en puestos de creación y no simplemente como falso extremo derecho. Por no hablar del advenimiento de Gonzalo, capaz de ocupar todas las posiciones de ataque, además de aportar trabajo a destajo y una variedad admirable en todo tipo de remates.
Habrá que tener especial atención para cubrir ambas bandas y a los cuchillos galos Doué y Kvara -acompañados de otros dos lugartenientes en ataque como son Hakimi y Mendes- y a la salida de balón, en la que se echará en falta a Huijsen, y que ha sido una de las jaquecas más grandes que hemos sufrido los madridistas en la temporada 24-25. Seguro que, a estas alturas, Xabi tratará de suplir esa carencia con alguna solución adecuada.
Finalmente, si analizamos el banquillo del PSG, destaca el talento, poco utilizado últimamente, de un internacional francés como Zaïre-Emery, con un Barcola que ha disfrutado -y desaprovechado- muchas oportunidades como titular en el Mundial y poco más, ya que Gonçalo Ramos apenas cuenta como refresco en ataque, y el centrocampista Lee Kang-In baja muchos enteros respecto a los titulares. Quizás la buena noticia para ellos la han tenido con Senny Mayulu, que ha brillado con luz propia incluso en la final del 5-0 contra el Inter.
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Estaba jugando el Madrid con la Juve, juraría, y sortearon el calendario de Liga: fue una bonita manera de jorobar al madridismo que estaba con el gol de Gonzalo y esas sus cosas, ajeno a tal pesadilla. Montan el sorteo en otro momento y se entera, el madridismo, al día siguiente.
Me invadió una pereza enorme. Sortean, luego la cosa se acerca. Miau. Lejos queda aquel feliz último domingo de mayo, dichosa fecha final de la última. Es una vergüenza lo rápido que pasa el tiempo. Quedan pues sólo 24 días de julio + 14 de agosto para que vuelva la burra al trigo. ¡Sólo 38! Cada noche que cae es una pérdida, un horror, una tortura.
La O de Osasuna va antes que la R de Real y eso, el Madrid figurará el último el lunes 18 por la noche. Los muchachos con años en la casa lo tomarán más o menos bien, pero vaya usted a saber Trent, Huijsen, Franco, Carreras si finalmente viene… Ojo, ya digo.
El caso es que los jugadores madridistas llevan un año jugando, el que va de julio de 2024 a este. Ahora andan representando a nuestro fútbol en el primer Mundial. O mejor: se representan a sí mismos. Tebas y sus generales consideran que con 40 días mal contados tienen bastante para volver de Estados Unidos, irse de vacaciones, bañarse, volver a casa, realizar una pretemporada y presentarse lozanos y a punto ese mágico 19 de agosto.
A ojo, sin la pelota estarán unos 20 días, 20 de 365, tiempo que les parece suficiente a quienes no tiraron una pared en su día para competir con garantías físicas y mentales. En agosto, septiembre, octubre y así hasta mayo. Eso en el club, los internacionales tendrán Mundial. No quieres chocolate, vale: dos tazas.
El Madrid y la AFE, que por lo visto existe, dicen que lo suyo serían tres semanas de vacaciones y otras tres de pretemporada. Tomando este lunes 14 como fecha de partida serían tres semanas festivas, hasta el 3 de agosto, y otras tres de pretemporada, del 4 al 24. Les avala el convenio y el sentido común, luego será difícil que lo consigan.
Gonzalo sí podría estar el día 19. Y el 9. Este no es que se apunte a un bombardeo, es que es una bomba. Como Athenea. Es probable que les perjudique más quedarse mucho tiempo en casa. Gonzalo-Athenea: el pueblo rugiría salvajemente.
Eso evitaría puntos de sanción por la no presentación. OK, pero no lo veo tan importante. Sí la salud. Que van a tangar al Madrid lo sabe todo el mundo. ¿Qué más da perder puntos en la primera jornada y/o en la 23? Sería un buen entrenamiento y morbosamente bellos esos titulares: “El Madrid, obligado a remontar desde el 19 de agosto”.
El ambiente en el Bernabéu tras el regreso sería explosivísimo, en plan aquellas noches con PSG, City, Bayern, esas gentes. El día del regreso frente al Mallorqueta, con Maffeo además si no lo traspasan… ¡ríanse de lo del miércoles con el PSG! Mi apuesta es la no aparición, entenderé a quienes apuesten por la alternativa Castilla.
Y es que lo del baile en el calendario ya ha aparecido. El inevitable Barça ha pedido no jugar en casa hasta la cuarta jornada. Espera hacerlo para entonces en el Camp Nou. Por lo que cuentan operarios turcos hacedores de la magna obra puede ser en la cuarta o en la 44. ¡Qué más da!
Eso les supondría jugar de local más partidos que nadie en la segunda vuelta. ¿Alterar la competición? ¡Jaaaaaaja! Esto sería pecado venial. Capone yéndose sin pagar las cervezas en un bareto de Chicago.
Pues nada. Tengan ustedes buen tránsito hasta la semifinal y mi abrazo más fuerte a quienes esperaron que el Madrid cayera en la fase de grupos, ante Juve o Dortmund. Quizá ahora. O no. Quizá en la final. O tampoco. ¡Qué manera de sufrir, pobre gente!
(Nota final: la primera salida del equipo será en Oviedo, sí. El Madrid compró acciones del club para ayudar a que no desapareciera. ¿Si habrá bronca en cuanto aparezca por el túnel? No. Jamás dejaré de tener fe en el ser ‘umano’).
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Un auténtico despropósito de Mundial de Clubes: jugadores y ligas en contra, calendarios destrozados y un ecosistema del fútbol profesional gravemente dañado, con cientos de miles de empleados afectados. Sobre los ingresos televisivos y los patrocinios ya está todo dicho, algunos de ellos acuden “tirados de la oreja”. Para colmo, las entradas se desploman de precio para “llenar” estadios, mientras surgen problemas fiscales tanto para los jugadores como para las entidades.¿Se puede hacer peor? Aun así, hay quien sigue vendiendo la moto de que ha sido un éxito rotundo y es el futuro del futbol. Que Dios nos libre de estos iluminados, por favor.
Hola a todos, amigos. Las palabras con las que encabezamos el portanálisis de hoy son de Javier Tebas Medrano, presidente de la Liga de Fútbol Profesional, y fueron regurgitadas en X, antiguo Twitter, que es donde D. Javier suele tener a bien administrarnos sus regüeldos para desesperación de los responsables de las redes sociales de la propia Liga. Ser community manager de Tebas es como serlo de Donald Trump. Son trabajos nunca suficientemente remunerados en los que debes pispar el móvil de tu jefe y hacerle creer que se lo ha dejado en casa, a fin de mantenerlo lejos de inoportunos trinos.
A Tebas le escuece el Mundial de Clubes porque es un señor del antiguo régimen (no lo decimos con connotaciones políticas, aunque quizá también) que no quiere abrirse a un futuro imparable. Tebas se pasa la vida soplando contra el viento, simplemente porque los nuevos aires no le favorecen y ponen en riesgo el chiringuito del cual disfruta. El Mundial está poniendo de manifiesto que hay otro fútbol posible, uno gratuito que puede ser puesto a disposición del aficionado para que todos los agentes involucrados en el fútbol puedan nutrirse de los cuantiosos ingresos de publicidad que generará una audiencia universal y masiva. Pero Tebas prefiere tener el fútbol secuestrado, por la sencilla razón de que así puede cobrar el rescate que apareja su papel de intermediario desfasado e innecesario. Es de la estirpe de Ceferin. En palabras de nuestro llorado colaborador Antonio Escohotado, son enemigos del comercio, hombres aferrados a sus prebendas de mucho beneficio y corto alcance, propietarios de videoclubes que claman contra Netflix mientras se multiplican las suscripciones a la plataforma ante sus ojos exasperados.
-Un auténtico despropósito en Netflix ese: propietarios de videoclubes en contra, mis ingresos personales destrozados y un ecosistema del consumo de cine y series gravemente dañado. Hay productoras que contactan con Netflix “tirados de la oreja”. ¿Se puede hacer peor? Aun así, hay quien sigue vendiendo la moto de que Netflix está siendo un éxito rotundo y es el futuro del entretenimiento. Pero ¿cómo va a ser el futuro del entretenimiento algo de lo que yo no me beneficio?
Las portadas del día, pertenecientes en más de un caso a medios muy vinculados al mandamás de la liga, hacen en su mayoría como si el Mundial no existiera, poco más o menos. También los gremios de propietarios de videoclubes, en algunos países, ante el auge de las plataformas digitales, financiaron la proliferación de pasquines callejeros que negaban la propia existencia de Netflix.
QUE NO TE ENGAÑEN. ¿UN SISTEMA PARA VER LAS MEJORES PELÍCULAS SIN MOVERTE DE TU CASA, A UN PRECIO IRRISORIO Y CON GRAN VARIEDAD DE CONTENIDOS? ESO ES IMPOSIBLE. DIOS NOS LIBRE DE ESOS ILUMINADOS.
Aparte de hacer desaparecer, mágicamente, de su primera plana cualquier contenido relativo al Mundial, Mundo Deportivo tiene el cuajo de comparar a Nico Williams, el fruto prohibido, desfavorablemente con Luis Díaz, que llegaría "sin condiciones". "Al contrario que Nico, el colombiano no exige una cláusula liberatoria si firma con el club cliente de Negreira" (lo del club cliente de Negreira no lo pone Mundo Deportivo, sino que es de nuestra cosecha).
Nuevamente, se trata hacer colar la especie de que exigir garantías de inscripción (que es a lo que Mundo Deportivo llama pérfidamente "cláusula liberatoria") es una excentricidad y poco menos que una traición, aun teniendo en cuenta las manifiestas trampas y ayudas gubernamentales a las que Laporta se ha visto obligado a recurrir para inscribir en el pasado. Para terminar de definir la escasa catadura moral del rotativo catalán, atención al comentario mezquino sobre el Liverpool: "Cuando pasen unos días de luto por Diego Jota, pedirán al Liverpool su salida". Qué clase, coño. Solo les ha faltado mentar el dicho relativo al hoyo y el bollo.
Qué gente.
Os dejamos con el resto de portadas del día, que se nos hace tarde. Pasad un buen día.
Estoy satisfecho por el pase a las semifinales, pero cabreado aún, y como una mona, por la actitud del equipo en la segunda parte y, sobre todo, en los minutos finales del encuentro. Mucho. No se puede consentir el espectáculo dantesco que se vio en el MetLife Stadium de East Rutherford, New Jersey, al lado de la Estatua de la Libertad. Vale, libertad sí, pero el libertinaje deportivo del sábado no, eso no, queridos lectores.
El Real Madrid está en la semifinal del Mundial de Clubes. Esa es la noticia, esa es la portada, esa es la razón por la que algunos se fueron el sábado a dormir con una sonrisa y una copa de vino. E hicieron bien, pero, ¡ay!, amigos, entre el vinito de la victoria y el vinagre del análisis, hay un océano de diferencia, y en ese océano, navegado a ratos como un acorazado imperial y a ratos como una balsa a la deriva, se disputó un partido que pasará a la historia no sólo por el marcador (3-2), no sólo por el rival, ese Borussia Dortmund que ya es histórico del fútbol europeo, no solo por el pase a la final, sino por haber sido un ensayo general de todo lo bueno, lo malo y lo mediopensionista que puede ofrecer este Real Madrid.
Durante treinta minutos, el Real Madrid fue el Real Madrid. Y no un Real Madrid cualquiera, sino uno con regusto vintage, uno que evocaba a los García ochenteros, a ese linaje inagotable de currantes, zurdazos y pulmón, a esos jugadores con cara de haber salido de un Seat Panda para jugar, nada menos, que una final de la Copa de Europa.
Fueron minutos gloriosos, el balón se robaba arriba, con la precisión de un prestidigitador y la fe de un seminarista. El Dortmund no salía, no es que no pudiera, es que no sabía. Estaba rodeado de camisetas blancas, de presión, de asociaciones rápidas, de fútbol vertical. Un baño táctico con toalla caliente y masaje tailandés.
Y entonces, como si el universo tuviera sentido del humor, marcaron dos García. Sí, Gonzalo y Fran. El uno como si llevase trescientos partidos con la camiseta del Madrid; el otro, como si su nombre hubiese estado escrito en las baldosas del Bernabéu desde 1981. Fue hermoso, fue emotivo, fue merengue en estado puro. Una aparición mariana de la cantera, una resurrección del Madrid de los García, pero en versión 2.0.
Pero entonces… llegó el cooling break. Y, con él, el apagón.
fue un partido que pasará a la historia no sólo por eel pase a la final, sino por haber sido un ensayo general de todo lo bueno, lo malo y lo mediopensionista que puede ofrecer este Real Madrid.
A partir del minuto treinta, el equipo se tiró al sofá mental. Se acabó la presión, se acabó la circulación de balón, se acabó la ambición. El partido, que olía a 4-0 y a monólogo imperial, se transformó en una sesión de jazz mal entonado: pases imprecisos, líneas demasiado juntas (las del Dortmund), líneas demasiado separadas (las nuestras) y un lenguaje corporal más propio de un sábado por la mañana que de unos cuartos de final de Mundial.
¿El Dortmund? Un equipo flojo, blandito, un rival que parecía una peña de amigos con buena voluntad y poco veneno. Pero no hace falta mucho para meter mano a un Madrid en Babia. Y ellos, torpes pero vivos, intuyeron que se podía hacer daño, como los niños que descubren que el perro de la casa es muy grande pero no muerde.
El segundo tiempo fue un calco del final del primero, pero con más bostezos. El Real Madrid jugaba con el freno de mano echado y la ventanilla bajada, las oportunidades desaparecieron, el balón circulaba con pereza y el equipo se fue metiendo atrás con una mezcla de arrogancia y dejadez que debería estar penada por el Código Penal y por la historia del club.
Llegó entonces el 2-1, como llega siempre en estos casos: por error, por relajación, por mirar el móvil antes de que suene la campana. Un fallo de esos que uno no se explica, un momento de “¿pero qué está pasando aquí?”. Y de repente, susto, porque el 2-1, aunque no parecía mortal, reanimaba a un Dortmund que ya pensaba en las duchas.
Por fortuna, apareció Mbappé. Golazo, absoluto, media chilena de ensueño, una obra de arte en mitad de la nada, una puñalada hermosa, un recordatorio de que la camiseta blanca aún alberga genios capaces de marcar diferencias incluso cuando el equipo se comporta como si ya estuviera en la cena de gala. 3-1. Se acabó, fin del partido. Y todos a casa. ¿No?
Pues no.
Lo que ocurrió a continuación debería proyectarse en las escuelas de fútbol como ejemplo de lo que nunca debe hacer un equipo campeón. Porque provocar un penalti tras el saque de centro tras marcar el 3-1 es de un surrealismo que haría palidecer a Buñuel.
Pasaron como Pedro por su casa. Como si el campo madridista fuera una avenida peatonal de Dortmund, sin oposición, sin piernas, sin alma. Y claro, penalti. Expulsión de Huijsen, que venía haciendo un buen partido, y 3-2. ¿Era justo? No. ¿Era evitable? Totalmente. ¿Era indignante? Absolutamente.
Y aún quedaba el último susto. El último guiño al desastre. Un balón suelto, una internada en medio de la defensa, un remate, y entonces apareció Courtois con su guante providencial. Esa mano que vale finales, esa parada que en otro contexto sería heroica… pero que hoy, sinceramente, fue una bofetada a la complacencia del resto.
El Madrid está en la semifinal, nos espera el temido PSG, el Campeón de Europa. El Real Madrid, con todos sus García, su Mbappé, su Vinicius y su Courtois, puede comerse el mundo. Pero lo que no puede permitirse es jugar media hora como un gigante y sesenta minutos como un turista, lo que no puede hacer es regalar confianza a rivales inferiores, lo que no debe volver a pasar es esta actitud de suficiencia, de “esto ya está hecho”.
Xabi Alonso tiene mucho trabajo por hacer; la pinta es buena; las intenciones, magníficas; la impresión, ilusionante, pero hay que trabajar, en los entrenamientos, en los partidos, en las charlas. El nuevo y flamante técnico blanco tiene curro, tiene que conseguir que esa media hora sublime del primer tiempo se extienda durante todo el encuentro, durante todos los encuentros, porque, amigos míos, somos el Real Madrid.
Porque en el Real Madrid no se relaja nadie. Ni con 3-0, ni con 5-1, ni en el calentamiento. Porque este club es exigencia, es honor, es sudor hasta el pitido final. Y porque, cada vez que alguien se olvida de eso, el escudo llora.
El sábado lo salvaron dos García, un Mbappé y un belga con capa. Pero mañana, quizás, no alcance. Y entonces, la historia no tendrá piedad.
Me despido como siempre, con la frase de mi amigo Javi, que estaba como yo, con un rebote que ni los de Tavares, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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EL DÍA QUE EL FÚTBOL SE QUEDÓ SIN LUZ
Siete de julio. En el calendario nacional, fiesta de San Fermín. En el calendario madridista, duelo perpetuo. Porque ese día, en 2014, se apagó la vida de Don Alfredo Di Stéfano. Y con ella, algo más que un hombre, algo más que un mito, algo más que una leyenda. Se fue el corazón antiguo del Real Madrid, el primer latido fuerte de un club que ya había nacido grande, pero que con él aprendió a mirar al horizonte con hambre, con orgullo, con una voluntad inquebrantable de victoria.
Se fue el que enseñó al mundo que la camiseta blanca no se arruga, ni en Viena ni en Glasgow, ni en Chamartín ni en el infierno.
Siete de julio. El verano madrileño se volvió gris, y los balcones del Bernabéu quedaron huérfanos de su sombra. Quienes lo conocieron dicen que tenía mirada de general y sonrisa de amigo; quienes lo vieron jugar, aún hablan de él con un respeto que sólo inspiran los elegidos, los que cambian el juego, los que no pasan, sino que fundan. Porque eso fue Don Alfredo: el fundador del Madrid eterno.
Me cuenta nuestro querido Javi (Javidatos, @RMadriddatos ya saben), que cuando él empezó a ir al estadio solo, con 9 o 10 años, los aficionados le decían una frase lapidaria… “Chaval, tu no has visto jugar a Di Stéfano”. Efectivamente, ni Javi (ni yo) vimos jugar a la saeta rubia, no vimos el fútbol total hecho pincel y lienzo sobre el terreno de juego pero, después de años de estudio y conocimiento, tanto Javi como yo hemos llegado a valorar la dimensión que este hombre rubio, flaco y listo como el hambre, tuvo en el devenir de la historia del fútbol y, por ende, en la historia del Real Madrid de nuestros amores.
A veces nos cuesta explicar lo que fue Di Stéfano. Tal vez porque todo se nos queda corto. Las palabras no bastan, los números tampoco. Lo ganó todo, sí. Cinco Copas de Europa seguidas y marcando en todas y cada una de las finales, ocho Ligas, más de 300 goles. Pero lo verdaderamente escandaloso no está en la estadística, sino en la actitud. En cómo transformó el fútbol europeo con una manera nueva de entender el juego: la de bajar, subir, pasar, rematar, recuperar, ordenar, gritar, animar, exigir. Una mezcla de genio y soldado, de relámpago y yunque. El equipo era él y él era el equipo.
"Un jugador completo", decían. No, el más completo, el primero en abarcarlo todo. Di Stéfano fue el arquitecto de un Madrid universal, pero también fue el albañil, y el pintor, y el vigía en la torre. Y el que barrió el vestuario si hacía falta. Jugaba donde hiciera falta, cuando hiciera falta, como hiciera falta. Y siempre para ganar.
No es sencillo escribir sobre él sin emocionarse. Porque no hablamos de un recuerdo, sino de una raíz. Di Stéfano no es pasado, es fundamento. Sin él, el escudo del Real Madrid sería otro. Sin él, tal vez no habría tantas Copas de Europa en la vitrina, tal vez no habría esa palabra que nos acompaña como una obligación moral: ganar, ganar siempre. ganar con nobleza, con ambición, con trabajo, con orgullo, ganar como él nos enseñó.
Los madridistas que no lo vimos jugar lo veneramos como un mito. Los que sí lo vieron lo veneran como un Dios. No uno de esos dioses lejanos que miran desde el cielo sin mezclarse en la tierra, sino uno de esos que sudan con los hombres, que se manchan de barro, que se parten el alma por los suyos. En eso se parecía a don Santiago Bernabéu, hombre de palabra rotunda y carácter acerado. Con ellos dos se levantó la edad de oro del Real Madrid, el templo, el credo.
El día de su muerte, el Estadio Santiago Bernabéu enmudeció, se pararon las escaleras mecánicas, se apagaron los focos, el césped se quedó inmóvil, como un niño que ha perdido al padre. Miles de aficionados peregrinaron para despedirle, gente mayor, jóvenes que solo lo conocían por los vídeos, padres con hijos de la mano. Todos lloraban, todos, con una pena que no era sólo fútbol, era historia, era identidad, era familia, porque Don Alfredo no era sólo nuestro, era de todos, era del mundo del fútbol, y todos sentíamos que se iba una parte del nuestro alma.
El féretro, cubierto con la bandera blanca. Las flores, las bufandas, los rezos silenciosos. Todo Madrid estaba allí, aunque no pudiera estar, porque el madridismo no se mide en cuerpos presentes, sino en corazones, y ese día el corazón del club latía lento, dolido, roto.
A veces me pregunto qué pensaría él de este Real Madrid que ha seguido agrandando su legado. De la Décima, que apenas pudo ver; de la Duodécima, con ese juego coral en la segunda parte de Cardiff; de la Decimotercera, al ver la picardía de Benzema y la chilena de oro de Bale; de la Decimocuarta, con aquellas remontadas inverosímiles, de aquellos chicos que besan el escudo después de levantar la Copa de Europa, su Copa de Europa. Me gusta pensar que sonríe, en esa especie de palco celestial donde habitan los inmortales del balón. Me gusta pensar que sigue siendo exigente, que sigue marcando el camino, que se sigue cabreando bramando en arameo y que sigue feliz con cada triunfo blanco, porque él no era de celebraciones largas, era de volver a entrenar al día siguiente.
“Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.
Su sentencia más acertada, su frase mito, su legado en forma de palabra. Una frase que no es una frase hecha, sino la brújula de todo madridista que se precie. Regla sagrada de una religión que no admite herejías.
Cada siete de julio, el madridismo se detiene, se inclina, guarda silencio. No hay bromas ese día, no hay burlas ni memes, ni guerras futboleras. Sólo hay respeto, memoria y una tristeza serena, digna, blanca como su camiseta. Porque él fue el principio de todo, el primero que encendió la lámpara de la gloria. Y cada vez que el Madrid brilla, cada vez que el himno de la Copa de Europa suena, en cada gol de Vinicius, de Modric, de Bellingham, hay un eco que viene de atrás que nos dice: "Esto empezó conmigo, cuidadlo, honradlo, no lo traicionéis."
Y no lo hacemos, Don Alfredo. O al menos lo intentamos. porque su legado es nuestra promesa, porque su nombre es una obligación, porque usted no es pasado: es brújula. Es columna. Es raíz.
Siete de julio. El día en que el fútbol perdió a su rey, el día en que el Real Madrid perdió al padre que lo hizo eterno.
Pero hay cosas que la muerte no puede tocar.
Una de ellas es usted.
Gracias, Saeta.
Siempre.
Me despido como siempre, como supongo le gustaría al hombre que honramos. Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
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Seguimos en Estados Unidos, tierra de Libertad y del Corn Palace de Mitchell, Dakota del Sur, único edificio del mundo hecho íntegramente en maíz. Extinguidos los fuegos artificiales del 4 de Julio, el verano sigue su curso entre melodías de los Beach Boys; como aquella cuya letra nos traslada desde Aruba hasta Jaima, desde Bermuda hasta Bahama, desde Key Largo hasta Montego y, finalmente, desde allí hasta Kokomo, un pequeño lugar en Florida Keys donde hay cuerpos en la arena y bebidas tropicales.
Cerca de Florida Keys no solo está Kokomo sino también el Mundial de Clubes, que también sigue su curso. De pronto hemos pasado de los partidos entre el Mamelodi Sundowns y el Ulsain Hyundai a una futura semifinal entre el Real Madrid y el PSG. Menudo viaje, oigan. Como ir de Aruba hasta Kokomo.
Este año, por cierto, se celebra no solo el Mundial de Clubes, sino el 50 aniversario del estreno de “Tiburón”, que es una película muy veraniega. Aquí en USA es costumbre al llegar el mes de julio que se organicen pases especiales de la película en el mar. Es decir: literalmente dentro del mar, ya que la audiencia no se sienta en butacas sino en enormes flotadores sobre el agua cerca de la playa, mientras la película se proyecta en una pantalla situada en orilla. Una experiencia totalmente inmersiva, como ver un partido del Barça mientras te roban el coche.
Algo así no me lo podía perder. “Tiburón” es una de mis películas favoritas y ansiaba verla con la adrenalina a tope; metido en el agua y temiendo ser zampado por un escualo. Así que allá que me fui, con mi flotador y mis palomitas. Justo en medio de la película recibí una llamada de Don Frank, editor jefe de La Galerna: que dice que deje de hacer el chorras y me vaya a buscar noticias, exclusivas e impactantes scoops sobre el Mundial de Clubes, que para eso he venido.
Vaya por Dios. Renuncié a ver por enésima vez el final de “Tiburón” y, sobre mi flotador, fui remando desde Florida hasta New Jersey. La final del Mundial se juega aquí, en lo que los neoyorkinos conocen con la seductora descripción de “el Sobaco de América.” Los de Jersey prefieren “el Estado Jardín”, por razones evidentes. Jersey es famosa por tres cosas: Bruce Springteen, Atlantic City y los mosquitos del tamaño de transatlántico. “¿Cómo sabes que has pasado demasiado tiempo en New Jersey? —reza un dicho local— Cuando el zumbido de los mosquitos empieza a sonarte como Born in the USA.” Aquí esperamos que New Jersey pronto sea famosa por convertirse en el lugar donde el Real Madrid ganó su primer Mundial de Clubes. Toquen madera.
De pronto hemos pasado de los partidos entre el Mamelodi Sundowns y el Ulsain Hyundai a una futura semifinal entre el Real Madrid y el PSG. Menudo viaje, oigan
El Real Madrid está en semifinales. Igual algunos no se han enterado por culpa de Javier Tebas, que hace lo posible por boicotear el torneo al que ha jurado odio eterno. Llevado por ese afán, el otro día don Javier publicó el calendario de la Liga a la vez que los blancos se jugaban el pase a cuartos. Estas argucias resultan casi enternecedoras. Tebas contraprogramando al Real Madrid es como intentar contraprogramar la llegada del hombre a la Luna con una reposición de “Farmacia de Guardia.”
En cualquier caso, y si don Javier lo permite, el equipo de Xabi Alonso se enfrentará al PSG de Luis Enrique, sueño cumplido de los culés para quienes el equipo parisino ejerce una suerte de representación vicaria blaugrana en el torneo, mientras que Laporta se dedica a sus cosas de Laporta. La última: querer fichar a Nico Williams sin pagar cláusula, sin garantizar su alta en el equipo, ofreciéndole como prima unas habichuelas mágicas; y que, ya de paso, les pague la multa que les ha puesto la UEFA. Nico ha dicho que antes prefiere tragarse un ventilador en marcha y ha renovado por el Athletic. Los culés se han enfadado un montón y Nico Williams ha descendido varios puestos en su escala de valores. Ya solo piensan volver a intentar ficharle gratis otras seis veces. Y luego ya se acabó: el tren del Barça solo pasa una vez en la vida… Salvo que no pretendas cobrar por subirte, entonces pasa las veces que haga falta y a la hora que mejor te venga.
El Real Madrid está en semifinales. Igual algunos no se han enterado por culpa de Javier Tebas, que hace lo posible por boicotear el torneo. Tebas contraprogramando al Real Madrid es como intentar contraprogramar la llegada del hombre a la Luna con una reposición de “Farmacia de Guardia.”
“Vivo como quiero y así seguiré” es una frase que pronunciaba Ava Gardner en “La Condesa Descalza” y que bien podría aplicarse al Fútbol Club Barcelona en general. La película, por cierto, está inspirada en la historia de la actriz Rita Hayworth quien, miren ustedes por dónde, es tía-abuela de Gonzalo, la nueva perla del Real Madrid. Y con esta fina ligazón de conceptos, volvemos al Mundial de Clubes. De Aruba a Kokomo otra vez. No me digan que no soy un genio.
A mí lo de que Gonzalo sea sobrino nieto de Rita Hayworth me parece algo sublime pero no sorprendente. Hayworth te revolucionaba la pantalla cuando enseñaba las piernas y con las suyas Gonzalo te pone cualquier partido del revés. Desde que me enteré de este parentesco no paro de buscar genes del Hollywood dorado en el resto de la plantilla del Madrid. Veo en Arda Güler la mirada de Bette Davis mientras decía aquello de “fui la Marlon Brando de mi generación”. Güler es el Modric de la suya. En Andry Lunin percibe ecos de una noche loca entre Clint Eastwood y Katherin Hepburn y en algún lugar del árbol genealógico de Vinicis Jr. figura Rosalind Russell, quien decía que “la alegría es el mejor cosmético.” En Xabi Alonso encuentro ecos de Howard Hawks, el “zorro plateado” de Hollywood. Suya es la frase “cuando hago películas tengo diez mandamientos, nueve de ellos son: ¡no aburrir!”. Diríase que ese es el mantra de Xabi desde que ha cogido al equipo de Conchaespina.
Este Madrid de retoños cinematográficos se enfrentará al PSG por el pase a la final. He acudido a la rueda de prensa de Luis Enrique, aún con el flotador que llevaba puesto durante el pase de “Tiburón”, recién llegado de subirme a remo desde Miami a Atlantic City. Le he peguntado al entrenador del PSG si para enfrentarse al Real Madrid planea una estrategia de tipo ofensivo, pero no me ha respondido. Tal vez porque le he hecho la pregunta desde fuera de la sala de prensa y gritando a través de una ventana porque no me han dejado entrar. Me han dicho que los corresponsales de verdad no van a las ruedas de prensa con flotadores de “Tiburón”. Verás qué bronca me echa Don Frank, que en un día bueno es como Luis Enrique después de recibir una notificación de Hacienda.
Decido colarme en la rueda prensa para que mi crónica no acabe de vacío. Me coloco el flotador bajo la camiseta y doy al guardia de seguridad un nombre falso.
— ¡Miente: usted no es Jan Laporta!
— Oh, my God, ¿cómo me ha descubierto?
— Porque lleva aquí diez minutos y no ha intentado fichar a nadie vendiendo los palcos VIP del Madison Square Garden.
— ¡Shit!
Hora de salir corriendo en dirección Aruba, Jamaica, Bermuda, Bahama, Kay Largo, Montego, Kokomo o cualquier otro sitio donde el Fútbol Club Barcelona puede tener una cuenta corriente a nombre de un testaferro con pito. Pero soy demasiado lento y me capturan unos sicarios de Al Khelaifi pensando que soy un espía madridista porque llevo un tiburón blanco en la camiseta.
Hace 50 años, sí, se estrenó “Tiburón”. Su rodaje fue un infierno. Durante una toma en el “Orca”, el barco en el que los protagonistas van a la caza del escualo, a la nave le salió un boquete y empezó a hundirse. Cundió el descontrol y los presentes trataron de poner a salvo los elementos y miembros más importantes del rodaje. Entonces un tipo se encaramó al mástil de “Orca” y empezó a gritar mientras se sumergía poco a poco: “¡Qué jodan a los actores! ¡Qué jodan a los cámaras! ¡Qué jodan al director! ¡¡Salvad al técnico de sonido!!”.
Algo parecido gritaba yo cuando los seguratas del PSG me acompañaban a la salida: “¡salvad al corresponsal de La Galerna!”
Devolvemos la conexión.
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Entregas previas de nuestro corresponsal virtual en USA
-Octavos de final: The show must go on
Antes de comenzar el Mundial de Clubes, Xabi Alonso tenía tres misiones: adaptar a sus jugadores al nuevo paradigma de juego en tiempo récord, empezar a “encender” (afortunado verbo) a la afición en la distancia y, en medio de todo esto, como quien no quiere la cosa, ganar el campeonato. Las dos primeras ambiciones están esencialmente logradas. La tercera, en el día en que escribo este texto, se halla en curso. Se logrará o no y, conociendo el percal, nada que no sea ganarlo servirá absolutamente para nada a ojos de la crítica, pero a un entrenador recién aterrizado, que ha asumido la responsabilidad de tener que cumplir objetivos exigentes en pocos días, poco más se le puede demandar.
Sí se le puede rogar que, llegados a este punto, tan avanzado, ya puestos nos llevemos el Mundial. Está en ello. El escollo del PSG se antoja ingente. Es el actual campeón de Europa, y ahora mismo proyecta un aura de (casi) imbatibilidad. Luis Enrique ha conseguido forjar un colectivo campeón donde antes solo había yermo petroclubismo. Una persona importante del club me dijo hace algo más de un lustro: “Es cuestión de tiempo el que el dinero inacabable del petróleo, sin ningón control del Fair Play, se traduzca en títulos europeos. Solo necesitan el know-how”. El know-how del PSG se llama Luis Enrique. Ya han ganado una Champions, como antes lo hizo el City. Solo el Madrid ha sido capaz de impedir, milagrosamente, que ese título del City se extendiera hasta conformar una hegemonía clara en el Viejo Continente. Sin que el City haya desaparecido del mapa de los candidatos, ni mucho menos, ahora corresponde hacer lo propio con el petroclubismo francés, impedir que arrasen en el porvenir cercano. Al Madrid siempre le toca bailar con la más fea (o con la más rica), pero para eso es el patrón de las causas perdidas. Si se me permite la inocente irreverencia, ya no es San Judas Tadeo: de un tiempo a esta parte, para las iniciativas imposibles, se le reza al Madrid.
Xabi Alonso tenía tres misiones: adaptar a sus jugadores al nuevo paradigma de juego en tiempo récord, empezar a “encender” (afortunado verbo) a la afición en la distancia y, en medio de todo esto, como quien no quiere la cosa, ganar el campeonato. Las dos primeras ambiciones están esencialmente logradas
Ese camino empieza con la semifinal del miércoles, que no es un imposible pero casi. El club del nefasto Al-Khelaifi cuenta con una nómina interminable de extraordinarios futbolistas, con el excelso Vitinha en cabeza. Es el futbolista más parecido a Modric que queda en el panorama mundial. Xabi anda en el proceso de “invertir” (otro muy buen verbo) en la creación de su propio nuevo Modric, que se llama Arda Güler. Las señales, en este sentido, son alentadoras, pero estamos en el primer capítulo, en los prolegómenos de la trama, mientras que Vitinha es ya el pleno nudo de la historia. El Madrid contaría con una ventaja clara sobre su rival con la presencia de Huijsen, pelotero deslumbrante en la tarea de mover el balón desde atrás, pero desgraciadamente el malagueño se autoprivó del desafío cometiendo un penalti tontísimo en los últimos minutos ante el Dortmund. No le justifico, pero entiendo que su cabeza, en esa reacción instintiva, no reparara en que las consecuencias de su acción podían ir más allá de ese mismo partido. Imagino que su mente no llegó tan lejos, y lo puedo entender. Se ha disculpado en redes sociales, demostrando que es un tipo cabal además de un futbolista como la copa de un pino.
Con todo, el Madrid dispone de otros activos que permiten soñar con la hazaña. Courtois está de vuelta con la vitola de mejor portero del planeta después de la parada salvadora en los últimos segundos de los cuartos. Solo el mejor es capaz de lucir así ante el único tiro remotamente parable que ejecuta el rival, cuando el partido ya muere y el triunfo se escurre entre los dedos. Fran García está encandilando más allá de lo esperado. Tchouaméni y Valverde integran una sala de máquinas férrea y dúctil a la vez, con el francés triunfando en una especie de doble posición que da para que todos veamos cómo Xabi instaura su sistema favorito, con tres atrás, mientras el futbolista “se cree” que juega como centrocampista, que es lo que a él le apetece. Hay astucia aquí, pero no lo escribamos muy alto para no revelar el truco a la audiencia.
La temporada que se avecina, con jugadores que acumulan meses y meses de competición sin nada digno de llamarse descanso desde la 23/24, va a ser dificilísima. Lo que hay entre manos no es poco, porque se trata de llenar el crédito
Arriba, los blancos siguen contando con las piezas determinantes. Vinícius estuvo gris ante el Borussia, pero está haciendo un Mundial pleno de compromiso y sembrando el pánico en las filas adversarias. Gonzalo es el gran descubrimiento de la competición (máximo goleador de los vikingos con 4 tantos), mientras Mbappé ya se ha desentumecido con un golazo después de pasar el calvario digestivo de un virus voraz, y apunta a su exequipo con un aire amenazante que trasciende el morbo.
La temporada que se avecina, con jugadores que acumulan meses y meses de competición sin nada digno de llamarse descanso desde la 23/24, va a ser dificilísima. Lo que hay entre manos no es poco, porque se trata de llenar el crédito. Xabi lo está haciendo muy bien y el equipo también. Vamos a por ellos. Hala Madrid.
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