Buenos días, amigos. “Sobre héroes y tumbas”’es una obra muestra de la literatura en castellano, escrita por el descomunal escritor argentino Ernesto Sábato. En un tono de perturbadora negrura, explora la psique humana en un Buenos Aires marcado por su lúgubre visión del mundo.
Precisamente de Buenos Aires, con sus héroes porteños y sus tumbas veneradas (el cementerio de Recoleta es visita obligada en la capital rioplatense), venimos a hablaros hoy.
Marca trae a su primera plana a otro argentino, nacido también en la provincia de Buenos Aires, y que responde al nombre de Franco Mastantuono. Pero no lo trae a su portada solo sino en compañía, precisamente, de un héroe, el héroe más grande de todos los tiempos: D. Alfredo Di Stéfano.
El simple ponerlos juntos en el mismo montaje fotográfico es una insensatez que hace un flaco favor al nuevo y jovencísimo fichaje de los blancos. No hay por qué meter semejante presión sobre el chico, estando como está la comparación completamente fuera de lugar, pues D. Alfredo lo fue todo y Franco es solo un prometedor mozalbete. Pretender que calce las botas históricas de la Saeta Rubia, o exigirle que lo haga, o sugerir que podría hacerlo, o trazar cualquier equiparación con el héroe más grande del balompié, no será sino un elogio envenenado que muy pronto podría acabar en la tumba futbolística de Mastantuono.
Entendemos que hay varios factores que convierten la tentación en casi irresistible. Ambos vienen de River Plate, y existe un parecido físico innegable. Ambos tienen incluso ese hoyuelo en la barbilla que comparten con el mítico Kirk Douglas, pero hasta ahí llega la cosa, al menos de momento. Mastantuono debe crecer como jugador en un entorno que sea lo más natural posible, libre de paralelismos forzados que a un chico de (todavía) 17 años se le presentarán de forma abrumadora.
Dejemos reposar a los héroes muertos. Recordémoslos siempre, claro, cantemos sus loas, especialmente la de aquellos que, como D. Alfredo, no ven su gloria respaldada con profusión de imágenes, lo que demanda que nos convirtamos en juglares de sus hazañas. Pero no violentemos su descanso con comparaciones forzadas que no hacen bien a nadie.
Curiosamente (o no tanto, porque hablamos de un héroe argentino que triunfó alllende los mares), D. Alfredo no está enterrado en el bonaerense cementerio de Recoleta, sino en el madrileño de la Almudena. Quien sí yace en una de las bellísimas sepulturas que deslumbran al visitante de Recoleta es el entrenador del Real Madrid Luis Carniglia. D. Luis dirigió al equipo de nuestros sueños entre 1957 y 1959, en la era dorada del club. Kirk Douglas, por su parte, se desentiende del mundanal ruido en el Westwood Village Memorial Park Cemetery de Los Angeles. Todos ellos nos recuerdan, desde su silencio impronunciable, que no es conveniente mezclarlos con los vivos en la formulación de expectativas sensacionalistas, menos aún cuando estas se ciernen sobre el futuro de niños.
Otro niño, esta vez cruzando el río, protagoniza las portadas de la prensa cataculé. Es un niño, aunque por fin haya cumplido 18, que nos sirve de perfecto ejemplo para lo que hablamos, aunque en su caso nadie haya necesitado aludir a espectros en delirantes comparaciones. Este niño ha sido hundido sin muertos de por medio. Aún no ha sido hundido en lo futbolístico, aunque todo se andará. Como persona, poseído en una espiral de vanidad y alardes fatuos, impropia de la inocencia que debería imbuirle, está ya desbaratado, a tan tierna edad. Qué tragedia.
Mete un gol a un casi insignificante equipo asiático, en un amistoso de pretemporada, y él mismo se nombra rey (se nombra héroe) imponiendo sobre su cabeza ya decadente -tan temprano- una invisible corona.
Qué espanto. Qué tragedia de juguete roto encaminado al abismo.
“La muerte nos rodea. Desde que nacemos vamos cayendo hacia ella. Todo es como un viaje hacia la nada. Y los hombres no lo quieren ver, por eso inventan dioses, cielos, justicias eternas. Pero en el fondo de cada uno está la sospecha: la nada final, la corrupción de la carne, el silencio. Y entonces se llenan de ruidos, de luces, de falsos héroes, para no oír ese silencio que los espera.”
(Ernesto Sábato, “Sobre héroes y tumbas”)
Pasad un buen día.
Cruzaba hace unos días la calle de la Estrella, en la ciudad del mar, cuando observé un cierto revuelo entre los más jóvenes, entre la ilusión y la euforia. Mis espías coruñeses me ponían al tanto poco después: paseaba y degustaba manjares gallegos por allí, minutos antes, nuestro Lucas Vázquez. Le duele la mano de firmar autógrafos.
La comidilla coruñesa de estos días era el interés del Deportivo en hacerse con el futbolista y, ciertamente, soñar es gratis, con permiso de Hacienda, pero asumamos que ha salido a desmentirlo hasta el jefe de obituarios del último diario deportivo de la ciudad. Dicho de otro modo: no es, como se ha dicho citando fuentes oficiales deportivistas, que “no interese” al club de mi ciudad, es que “interesa” en la misma medida en que a mí me interesa Scarlett Johansson como compañera de ostras y champán esta noche.
Anda el de Curtis de homenaje popular en homenaje popular, que también se le ha visto con la familia en la playa de Perbes dando besos, fotos y abrazos, donde tenía Fraga aquel interminable chalet en primera línea marinera, desde el que salía con su característico traje de baño ceñido a la altura del pecho, inmortalizado en aquel otro baño del 66 en Palomares, cuando el genio y figura villalbés se arrojó a las aguas frente a las cámaras de TVE para ahuyentar meigas radioactivas, que se abrieron a su paso como las aguas de Mar Rojo ante la vara de Moisés.
A falta de radioactividad, en las inmediaciones de la playa de Perbes lo que hay son estupendos percebes y sabrosos bogavantes en arroz caldoso, algo que por otra parte no creo que haya que descubrirle a Lucas Vázquez a estas alturas de la juerga.
Lucas Vázquez representa todo lo que está bien en el fútbol: el esfuerzo, la superación, la elegancia en el éxito, la serenidad en el fracaso, la casta sobre el césped y, en fin, los valores dentro y fuera del campo
Pensaba yo en el que cariño que le muestran los gallegos a nuestro recién homenajeado madridista, y en lo extraordinario que resulta tal cosa, que aquí el amor al prójimo televisivo se lleva en silencio, que los del noroeste por no molestar ni molestan, y rara vez encumbran a los propios si no hay algún aburrido politiqueo empujando la bandera por detrás. Y, sin embargo, es natural que surja la magia, porque Lucas Vázquez –creo que ya lo he escrito antes- representa todo lo que está bien en el fútbol español: el esfuerzo, la superación, la elegancia en el éxito, la serenidad en el fracaso, la casta sobre el césped y, en fin, los valores dentro y fuera del campo.
Salvo uno que yo me sé que acaba de cambiar por unos días las discotecas de Cataluña por el interior de Galicia –vaya por Dios-, que tiene aún más peligro que el hijo y que el peluquero de su hijo juntos, todo padre de un futuro futbolista desearía para su vástago algo como Lucas Vázquez: ya sabes, sin enanos, sin horteradas de nuevo rico, sin más novias por temporada que goles, sin mucho ruido, honrado y trabajador, y con un montón de amigos en todos los estadios.
En este tiempo intermedio en que los madridistas repasamos una y otra vez la configuración de la plantilla –a esta hora-, buscando vicios y virtudes, hay quien clama por fichajes de otro tiempo, galácticos se decía, en grosera metáfora impropia de nuestro club, como si además de dos piernas, trajeran seis antenas con Wi-Fi. Yo en cambio, no sé si será el influjo de la proximidad de Lucas Vázquez, imploro por tipos comprometidos, por madridistas de toda la vida, por jugadores que ayuden a vertebrar el equipo, que en lo posible cubran el hueco moral inmenso que han dejado el citado lateral y nuestro Lukita Modric. Porque el Madrid de los últimos años, que tanto nos ha hecho soñar, tenía un gran conjunto de individualidades, cierto, pero tocó el cielo gracias a quera era un bloque, un equipo, un salvaje amasijo de nervios, actitud, y coraje merengue. Que nos dio títulos Joselu, que rugió Caravajal, que sentó cátedra Nacho, que al susurro de Kroos agachaban la cabeza hasta las margaritas del campo, y que Lucas Vázquez siempre fue mucho más que un futbolista comodín, convirtiéndose en el mejor anfitrión para los recién llegados, y en el puente perfecto con el resto de la plantilla.
Los que estaban, los que acaban de llegar, y los que vendrán deben encontrar la manera de que el equipo sea invencible desde el mismísimo vestuario. Con todos los respetos a la historia de la que estamos tan inmensamente orgullosos, no se me ocurre nada más galáctico que eso.
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Hola a todos, amigos. El verano y sus sofocos producen estragos en la creatividad y en la disciplina exigible al portanalista, de ahí que nos hayamos retrasado en nuestras labores cotidianas. Tampoco ayuda el páramo yermo de las portadas en sí, francamente, de manera que estas ejercen sobre el que ha de hincarles el diente una dentera similar a la que produce un tetrabrik de leche abierto a las inclemencias del bochorno madrileño tras haber sido abandonado a su suerte fuera del refrigerador durante los 17 años de Lamine Yamal, que es la mejor medida de la eternidad que nos ofrece este mundo cruel.
Pero en fin. De sobra sabemos que no os incumben las cuitas de los humildes profesionales del portanalismo, y que anheláis vuestra dosis diaria de carnaza. Sois insaciables, aunque no es fácil que seáis mala gente en atención a la fe que nos congrega en este santo portal.
A estas horas ya os habréis enterado de que Mbappé lucirá el dorsal 10 la temporada que principia casi ya, que está recontrafeliz con esta transición desde el 9 y que tanto el Sr. Paquito como Fantantonio se pronunciaron en La Galerna sobre este particular. Marketinianamente hablando, no cabe duda de que hablamos de un movimiento resultón, y nos alegramos de ello pues no es el marketing variable menor en la matriz de ingresos de nuestro club (ni en la del propia futbolista).
Nos consta que Kylian está feliz heredando el dorsal que honró como pocos Luka Modric durante su larga estadía en nuestras filas. El 10 es número de indudables connotaciones de excelencia en el mundo del balompié, si bien no tanto en el propio Real Madrid, donde ha sido en general escogido por futbolistas estimables pero efímeros (James, Sneijder), peones menos estimables y no tan efímeros como hubiéramos deseado (Lass Diarra), estrellas de brillo limitado en nuestro club (Laudrup, Figo) y buenos futbolistas sin la vitola de estrellas (Manolo Velázquez, Ricardo Gallego…). Tan solo el propio Modric y, hace siglos, Ferenc Puskás brindaron al número 10 la asociación con la excelencia que suele acompañarle, y lo hicieron de manera duradera. El culto futbolero en el Madrid ha recaído más bien sobre el 9 y sobre todo sobre el 7, número lucido casi exclusivamente por genios, desde Amancio y Juanito al mismísimo Cristiano, pasando por otros eximios delanteros como Butragueño o Raúl, y ahora Vinícius.
En el equipo blanco, en todo caso, los dorsales son otra cosa. Funcionan con reglas propias, ajenas a las que rigen los simbolismos comúnmente extendidos en el balompié, demostrando una vez más que el Madrid no forma parte del fútbol en mayor medida en la que el fútbol forma parte del Madrid, si es que se nos entiende, que suponemos que no.
En parte (intuimos) porque es el número que ha escogido desde siempre, incluida la Selección Francesa, Mbappé ha decidido renunciar al 9 del delantero Benzema para abrazar el 10 del cerebro Modric, siendo Mbappé más un delantero que un cerebro. ¿Raro? Sí, pero es lo que él quiere, y además tampoco fue nunca un 9 al uso.
Por otro lado, el propio Benzema lució toda la vida el 9 del killer sin ser un killer propiamente dicho, y habiéndole correspondido más bien el 7 que sin embargo se quedó Cristiano, tras renunciar también a un 9 que le pegaba más que el 7 que a él le gustaba de verdad, pese a ser Cristiano la quintaesencia del rematador que suele lucir el propio 9. Un lío, la verdad, un embrollo fascinante que demuestra la anomalía grandiosa de casi todo cuanto rodea al club de Concha Espina, números incluidos.
En realidad, para encontrar en la historia contemporánea del Madrid un 9 que fuera de verdad un 9 a lo mejor hay que remontarse a gente tan por lo demás magnífica como Santillana o Zamorano, pues ya el propio Suker inauguró el camino de 9s que no eran propiamente 9s. Apareció entonces Morientes para recuperar la pureza del dorsal, digamos, o su acomodo a lo que tradicionalmente se entiende por un 9, labor que Morientes ejerció de manera estimable tanto (primero) a favor como (después) en contra del propio Madrid, demostrando que hay gente tan fiel a la pureza de los dorsales como a una profesionalidad que el aficionado entiende pero no ama.
Luego llegó Ronaldo Nazário, que al principio se quedó con el 11 (sin ser un 11) para no importunar a Morientes, que ya había ganado un par de Champions blancas con el 9. Cuando el cacereño se fue al Mónaco, Ronaldo hizo lo que con el tiempo harían Cristiano y ahora Mbappé, es decir, deshacerse del dorsal de su temporada de debut para hacerse con el de su gusto personal. Tampoco era el bendito Gordito un 9 en el sentido proverbial del guarismo, sobre todo comparado con Morientes, pero es que Nazário no se acomodaba a ninguna convención. Es lo que tienen los extraterrestres.
De manera que el 9 que en el Madrid pocas veces han lucido 9s puros (ni siquiera Di Stéfan lo era) ha sido dejado a un lado por Mbappé por ser el número del 9 puro (paradoja al canto), y ha preferido en cambio hacerse con un número (el 10) que no es históricamente el número del máximo goleador del equipo, cosa que Kylian ES.
La cosa se complica, como veis, cada vez más, y abunda en ese entramado de fascinantes subtramas e intrahistorias literarias que jalonan el camino de excelencia del Real Madrid C. de F.
Os dejamos reflexionando sobre estos pormenores anómalos y dulces, si bien no podemos hacerlo sin antes endosaros el resto de primeras planas del día. Querréis verlas. Sois así.
Que sea propicio el resto de la jornada.
TODAS
Un día como ayer, 30 de julio de 1959, el Real Madrid selló en Pamplona de la mano de Pepe Samitier el refuerzo de Pachín para el cuadro blanco. El jugador cántabro se incorporaba al equipo campeón de Europa gracias a Alfredo di Stéfano, que lo “fichó” meses antes en el mismo césped del campo de San Juan tras un partido entre el CA Osasuna y el Real Madrid.
Nacido el 28 de diciembre de 1938 en Torrelavega (Cantabria), su nombre era Enrique Pérez Díaz. El sobrenombre de Pachín lo llevaba por su abuelo asturiano y los hermanos de este. Con 15 años empezó a jugar al fútbol en el Besaya, un club que fundó junto a unos amigos. Más tarde se marchó al Tintorro, un equipo de una marca de vinos que les pagaba todo, y de allí al juvenil del Sniace de Torrelavega. Solo un año después firmó por la Gimnástica de Torrelavega, que lo cedió de nuevo al Sniace durante una campaña. Su otro equipo antes de llegar al Osasuna fue el Burgos en la temporada 1957-58.
El cántabro era un jugador de fuerte personalidad, muy polivalente y versátil. Ocupó todos los puestos de la defensa, principalmente como lateral en los dos costados, pero también en alguna ocasión el de central o el de líbero al final de su carrera. Además, también jugó como media, aunque tenía alma de zaguero. Su principal virtud fue el marcaje, gracias a su rapidez, fuerza física, eficacia y contundencia para marcar territorio. Poseía una importante punta de velocidad, oficio, combatividad y valentía. En su época, todavía no se subía mucho al ataque por el carril y se dedicaba fundamentalmente a labores defensivas.
El 25 de enero de 1959, el equipo madridista visita al CA Osasuna en la jornada 19 de Liga. Los blancos se encontraban en segunda posición buscando dar caza al líder, el FC Barcelona. El cuadro rojillo era complicado en su terreno de juego de San Juan por su fútbol correoso y plagado de energía e intensidad. Pronto lo comprobó Alfredo di Stéfano en sus carnes, cuando se vio cara a cara con el medio Pachín. El de Torrelavega empezó marcando a Puskas, al que el día anterior había visto en el conocido bar de la capital navarra ‘El Burgalés’, tildándole de “gordito” y avisando que “mañana no la toca”. Sin embargo, en la primera parte sufrió mucho persiguiendo a Pancho y al descanso le pidió a su técnico Sabino Barinaga, antiguo jugador madridista, cambiar de pareja de baile y seguir a Di Stéfano. Fue entonces cuando comenzó a acosar y apretar de lo lindo a la ‘Saeta Rubia’ cada vez que recibía el balón, y este desempeño cautivó al nueve merengue. Di Stéfano ya no hizo mucho más ese día y al final del encuentro se dirigió a Pachín: “Tú, chaval, ¿quieres jugar en el Real Madrid?”. La respuesta del rojillo fue clara y contundente: “Sí, claro”. “Bueno, pronto tendrás noticias nuestras”, le espetó el madridista antes de dar por terminada la conversación. El conjunto de Carniglia acabó ganando el partido por 1-2 y el torrelaveguense fue destacado en alguna crónica al día siguiente como en la Hoja Oficial del Lunes que catalogó su actuación así: “Pachín, vestido de veterano, aunque sea casi un debutante”.
En el mes de julio, y como prometió Alfredo di Stéfan,o el Real Madrid se puso manos a la obra con el fichaje. La ‘Saeta Rubia’ había hablado de Pachín con Manolo Meana, que era el jefe de la Ciudad Deportiva y también seleccionador sub21. El asturiano lo conocía a la perfección de las categorías inferiores de la selección, y también dio su aprobación a la incorporación. Osasuna sabía que era complicada la labor de quedarse con el cántabro una temporada más y se abrió a entablar negociaciones con los madridistas. Como en casi toda negociación, la primera oferta blanca fue rechazada. Pepe Samitier, adjunto al secretario técnico Emil Osterreicher, realizó un primer intento ofreciendo algo más de un millón de pesetas y la cesión de dos jugadores: Montejano y el charrúa Héctor Ramos.
Dos semanas después el ‘Mago’ volvió a la carga y viajó a Pamplona para negociar in situ con los directivos navarros. En la prensa se publicó que un dirigente de Osasuna había filtrado que el Real Betis también estaba interesado en el jugador, y que incluso su oferta era superior en cuantía de millones a la del Real Madrid. Por ello, Samitier tenía la orden de volver con el fichaje del cántabro y no demorar más la operación para que el precio no subiese. Así lo hizo, y el día 29 se cerró el traspaso que finalmente solo tendría un componente económico y sin jugadores de por medio. El coste total ascendió a 1.800.000 pesetas. El contrato con el que quedó ligado Pachín al Real Madrid era de cinco años, y su sueldo sería progresivo. El primer año percibiría 150.000 pesetas, y cada temporada subiría 50.000 más hasta las 350.000 que cobraría en su último curso de blanco.
comenzó a acosar y apretar de lo lindo a la ‘Saeta Rubia’ cada vez que recibía el balón, y este desempeño cautivó al nueve merengue. Di Stéfano ya no hizo mucho más ese día y al final del encuentro se dirigió a Pachín: “Tú, chaval, ¿quieres jugar en el Real Madrid?”
El aterrizaje de Pachín venía con una carga importante de la que era consciente el club blanco y todo el fútbol español. Un año antes, cuando todavía era jugador del Burgos, tanto el Osasuna como el Celta pugnaron por su contratación. La entidad navarra ganó la batalla del fichaje, pero la dura pugna derivó en que el cántabro llegó a tener ficha con ambos conjuntos al haber firmado Pachín un papel timbrado del club gallego. Por todo ello decidió intervenir la Federación Española de fútbol. El órgano federativo sancionó a Pachín con un año de suspensión tan pronto acabase su compromiso con el equipo navarro. La finalización tenía como fecha el 30 de junio de 1960, y la suspensión no era obstáculo para que fuese inscrito por otro club, sino para que actuase de forma válida en partidos de la competición oficial nacional.
Por tanto, durante toda la campaña Pachín solo podía actuar en amistosos, en la Copa de Europa y con la selección nacional. Este último aspecto lo intentó aprovechar el cuadro blanco sin éxito para que la sanción fuese revocada. El cántabro fue convocado y jugó con la sub21, lo que provocó que el Real Madrid presentase un recurso. El club blanco alegó que, si para alinear a Pachín en el equipo de promesas de la selección no se había tenido en cuenta su castigo, no había motivo para que no forme en las filas de su club en competiciones nacionales. La reclamación fue denegada.
En una de sus primeras entrevistas en MARCA se definió como “un jugador de 21 años de edad, peso 72kg y mi estatura es de 1,87. Mi puesto es de defensa izquierdo. Allí empecé de pequeño y creo que es el que mejor me va”. Además, se mostraba entusiasmado y complacido “extraordinariamente por poder empezar a ser útil en la Copa de Europa de clubs”, ya que “únicamente me alineé en amistosos: que recuerde, dos en el trofeo Carranza, y después en Chamartín contra el Manchester e IFK Malmöe”.
Al final de su primer curso, fue importante en la Copa de Europa jugando los dos partidos de semifinales contra el Barça y la final en Glasgow frente al Eintracht. Su rendimiento estuvo al nivel del equipo y le pesó la inexperiencia y la juventud. El resto de su participación se redujo a encuentros amistosos. Un total de nueve entre el Carranza, el trofeo Benito Villamarín, varios choques en el coliseo merengue y otros en Huelva y Barcelona.
Pachín continuó en la disciplina merengue durante ocho campañas más siendo un jugador de equipo, básico en los esquemas de Muñoz y uno de los nexos de unión entre el Real Madrid glorioso de las cinco Copas de Europa consecutivas y los ye-yé. Alcanzó los 218 encuentros oficiales y solo anotó dos goles, ambos en Liga y en el estadio Bernabéu, frente al Deportivo de la Coruña y la Real Sociedad. En cuanto al palmarés, este se fue ampliando y cada curso siempre sumó un nuevo título. A la Copa de Europa del año 1966 y la Intercontinental de 1960, hay que añadir siete Ligas y una Copa. Con la selección española en una época de mucha competencia fue internacional en 8 oportunidades y acudió al Mundial de Chile’62 al entrar en la lista del dúo Hernández Coronado y Helenio Herrera.
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Hola a todos, amigos. Podríamos escribir el portanálisis más triste y poético esta mañana, como si fuéramos Neruda delante de las primeras planas en lugar del folio en blanco, y a primera hora del día en lugar del crepúsculo. Escribir por ejemplo: “Ter Stegen se opera y el tiempo apremia”, que suena lo suficientemente poético e intrigante como para ir tirando de la frase en busca de un tono culé como de farsa melancólica pero con ribetes hitchcockianos, porque esto es una película de suspense.
Las reminiscencias hitchcockianas tienen que ver con la intriga de saber si los doctores responsables, que serán los de la propia Liga tebiana, dictaminarán que el tiempo de recuperación de Ter Stegen es superior a cuatro meses (con lo que podrían inscribir a Jordi) o, por el contrario, inferior, con lo que tendrían que comerse el fichaje con unos calçots, aunque aún no sea temporada.
Pensar en la que se habría liado si el Real Madrid arrebata su dorsal a una de sus leyendas, a resultas de una cuestión administrativa derivada de no tener margen financiero de maniobra, duele en el alma
Sí, lo sabemos, sería una película de un Hitchcock muy menor, incapaz ya de desatar el suspense, por cuanto de sobra sabemos que los referidos galenos ligueros (nada que ver con ninguna prenda íntima picantorra) dictaminarán precisa y exactamente lo que convenga al club cliente de Negreira, y ello a pesar de que el propio Ter Stegen ha indicado en sus redes sociales que el tiempo de recuperación será de tres meses. El post del excelente guardameta alemán nos resultó muy disfrutable por cuanto supuso una buena bofetada en el mismísimo careto de aquellos que especulan con la salud de los suyos para sacar adelante sus miserables triquiñuelas y ardides inscriptores.
En medio de todo esto, por cierto, el club cliente de Negreira ha tirado ya por la calle de en medio y a Ter Stegen le han quitado el dorsal, otorgando el icónico número 1 al mentado Jordi (excelente portero también, todo sea dicho). Es una canallada de tamaño natural, pero como quien la ha llevado a cabo es el club cliente de Negreira, y no el que ha ganado 15 Champions para gloria de España, la prensa deportiva española pasa gentilmente de puntillas por encima de la cafrada. Pensar en la que se habría liado si el Real Madrid arrebata su dorsal a una de sus leyendas, a resultas de una cuestión administrativa derivada de no tener margen financiero de maniobra, duele en el alma. Afortunadamente, el Madrid no se maneja así con sus empleados, lo que supone una razón más para seguir siendo de los nuestros.
El Real Madrid es escrupuloso con aquellos futbolistas que caen lesionados en combate luciendo la blanca, de tal modo que no puede ser más estruendoso el contraste con su eterno adversario. Lo puede atestiguar Carvajal, quien vio instantáneamente renovado su contrato al día siguiente de lesionarse de gravedad. También pueden contrastar esta realidad con Alaba, futbolista que verá respetado el contrato que firmó con el club a pesar de que al propio club, en este momento, no parece interesarle mucho contar con él.
En el Madrid, lo que se firma se cumple, y tal cosa constituye una auténtica bendición. Para el aficionado, es una señal de que está en el lado bueno de las cosas. De cara al mercado, esa seriedad supone un aliciente adicional para fichar por el (ya de por sí) mejor club del mundo.
Hitchcockianamente hablando, es posible que la película que mejor refleje la situación terstegiana sea Notorious (Encadenados). En dicha obra maestra, el malvado Claude Rains mantiene cautiva a Ingrid Bergman, quien cree estar enferma. No lo está, sino que es el propio Rains quien la está envenenando con la ayuda de su pérdida madre (la de Reins, no la de Bergman). Es fácil imaginar al pobre Marc-André recluido en su habitación, recuperándose de su lesión sin saber que el villano Jan maniobra en lo oscuro para aminorar la marcha de la misma. Un traficante chipriota le provee del veneno necesario para frenar la puesta a punto de un Ter Stegen cada vez más endeble, a resultas de los brebajes que le prepara su presidente. Es fácil imaginar a Jan subiendo lentamente la escalera con un vaso de leche en la mano, mientras la música dibuja un crescendo casi inaguantable y una bombilla dentro del vaso enfatiza el peligro del bebedizo, que el cancerbero, cada vez más débil, traga en cada desayuno por indicación de Jan.
Y así, entre Neruda, Ter Stegen y Hitchcock, como quien no quiere la cosa, vamos llegando al final del análisis de estas famélicas portadas. Os dejamos con las del resto, que no tienen gran cosa que comentar. Güler, Mastantuono y Lewandowski con ghutra.
Pues muy bien.
Pasad un gran día.
Hace unos días el Real Madrid nos recordaba en sus canales oficiales que se cumplían 25 años de la llegada de Florentino Pérez a la presidencia. 25 años de una excelencia sin precedentes. Porque si del mandato presidencial de Florentino Pérez podemos destacar algo es precisamente el legado del trabajo bien hecho. Desde su llegada, y salvo el paréntesis de tres años fuera del club, el Real Madrid ha situado su marca en lo más alto del deporte mundial. Aquel verano de hace 25 años quizá fue el mejor verano de nuestras vidas. O uno de los primeros mejores veranos de nuestras vidas.
Si bien aquel lejano 17 de julio del 2000 el madridismo no podía atisbar qué nos deparaba el futuro, sí que podemos decir que la llegada de Florentino Pérez fue arrolladora. El Real Madrid venía de ganar su octava Champions, segunda en apenas dos años, y deportivamente parecía que la gestión de Lorenzo Sanz sería imbatible. Sin embargo, Florentino Pérez habló sin tapujos sobre la situación financiera de la entidad y sobre los riesgos que se nos avecinaban si seguíamos así. El plan Pérez era situar al Madrid como la primera marca y para ello, llevar las riendas del club como quien gestiona una multinacional.
Hace unos días el Real Madrid nos recordaba en sus canales oficiales que se cumplían 25 años de la llegada de Florentino Pérez a la presidencia. 25 años de una excelencia sin precedentes
Para la época era una apuesta tan arriesgada como marciana. Un señor con apariencia funcionarial venía a decirnos a todos que debíamos multiplicar la apuesta para ganar a largo plazo. Para ello, traería a los mejores jugadores del momento y el marketing obraría el milagro. De hecho, Florentino Pérez como socio ya llevaba años hablando de una reforma total del Santiago Bernabéu como pieza angular del negocio. Francamente, aquel verano solamente un milagro parecía poder darle la victoria.
Y el milagro fue la fe del madridismo en un señor que se presentó con la seriedad que hoy es su carta de presentación. Y si fuera poco, para remarcar que su discurso no se cimentaba en el vacío, hizo una apuesta: si él era elegido presidente, su primer fichaje sería Luis Figo. La estrella del Barcelona, el capitán culé y símbolo del club, sería merengue. El crack portugués iba a ser el primer galáctico. Para que propios y extraños tuvieran claro que iba en serio, Florentino advertía: «Si gano y Figo no viene, pagaré el abono de los socios durante un año».
Dicho y hecho. El 24 de julio de 2000, Luis Figo fue anunciado finalmente por el Real Madrid. Terminaba así la historia más rocambolesca de un fichaje del Madrid moderno. Aquel traspaso, más allá de la resonancia mediática y la rivalidad histórica entre ambos clubes, sigue definiendo al Florentino Pérez más hábil. Por cierto, Netflix tiene un gran documental sobre todo esto llamado El caso Figo: El fichaje del siglo.
En esos primeros veranos con Florentino, pensábamos que todo era posible. Vivíamos en nuestro particular Edén. Florentino nos maleducó. Nuestro presidente nos acostumbró a que todos los veranos fueran los veranos de nuestras vidas
Con Figo llegó el Florentinato, esa gestión presidencial donde lo económico y lo deportivo conviven en la excelencia más alta y jamás vista ni experimentada por un club deportivo. Porque la llegada del luso escenificaba el terremoto que experimentaría el fútbol con la llegada de Florentino Pérez. Luego se sumarían a la iniciativa galáctica Zidane, Ronaldo Nazario y Beckham. Con ellos y muchos más, se firmaría una etapa inolvidable de nuestra etapa reciente. Una gestión que hoy es envidiada en el mundo entero. Por poner un ejemplo reciente, Boca Juniors atraviesa una época oscura en la que la dirección deportiva va dando tumbos. Pues bien, los periodistas más prestigiosos recurren a una entrevista con Florentino Pérez donde el mandatario blanco explica cuál fue la hoja de ruta y cómo la puso en marcha. Para ellos, el señor Pérez representa a la perfección lo que debe ser un presidente moderno.
En esos primeros veranos con Florentino, pensábamos que todo era posible. Vivíamos en nuestro particular Edén. Florentino nos maleducó. Nuestro presidente nos acostumbró a que todos los veranos fueran los veranos de nuestras vidas. Y por todos es sabido que la felicidad nunca es plena ni puede durar la eternidad. Pero el recuerdo del esplendor en la hierba nos acompañará por siempre.
En algún momento, todos buscamos vivir el mejor verano de nuestras vidas. Quien más, quien menos asocia ese momento estelar a un lugar o a un recuerdo. Está comúnmente aceptado que este verano magnífico puede producirse en nuestra infancia o adolescencia, normalmente en un pueblo remoto de donde son nuestros ancestros o tal vez en alguna población con mar. También es bastante común que alguien te asocie el mejor verano de su vida con su juventud. Quien se manifiesta en este segundo grupo seguramente hizo el Interrail con alguna novia que conoció de Erasmus o fue de mochilero a Vietnam con amigos.
Cuando uno es joven, cree que tiene la vida por delante. Esta creencia está muy extendida, pero todos sabemos que es una creencia errónea. Cualquiera que haya superado los dieciocho años lo sabe aunque no quiera admitirlo. De ahí, de esa apariencia fruto de una creencia extendida pero errónea, nace el poema No volveré a ser joven. Este espléndido poema del escritor Jaime Gil De Biedma, una de las mayores proezas de nuestra literatura contemporánea, parece querer advertirnos de que la juventud no nos acompañará siempre, y de que corremos el peligro de pasar por la vida como uno de esos turistas japoneses que no dejan de hacerle fotos a Las Meninas pero no se detienen a deleitarse con la gran obra de Velázquez.
Por eso, que Florentino nos maleducara haciéndonos creer que todos los veranos iban a ser los mejores veranos de nuestras vidas fue un error. ¡Pero qué error! Ojalá todos los errores fueran así. A veces, usted y yo daríamos la vida entera por cinco minutos más de aquellos veranos. Es duro reconocer que no seremos jóvenes los próximos mil años, ni que Florentino nos durará otros hermosos 25. Pero, como dijo Modric en su despedida, amigo madridista, no llores porque terminó: sonríe porque sucedió.
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El Real Madrid necesitaba de manera urgente fichar en este mercado de verano con el fin de rellenar los huecos tan evidentes que se han podido ver durante el transcurso de la 24/25. Para el mundial de clubes se cerraron las incorporaciones de Dean Huijsen y Trent Alexander-Arnold. Simplemente con la llegada de estos dos jugadores más la pizarra de Xabi Alonso, se pudo ver a un mejor equipo del que se vio durante la temporada. No ha sido un equipo redondo ni mucho menos en este torneo, ya que todavía falta tiempo para que la idea del entrenador vaya asentándose, pero en líneas generales dejó un buen sabor de boca.
Soy consciente de que el último partido del mundial acabó con un 4-0 incontestable por parte del Paris Saint-Germain, pero en ese partido no se pudo contar con ninguno de los dos fichajes mencionados. Tampoco creo que hubieran supuesto la diferencia entre ganar o perder, ya que hoy en día el PSG es mejor equipo que el Real Madrid. Pero sí pienso que se hubiera podido competir de mejor manera, especialmente teniendo a Huijsen para contrarrestar la presión de los parisinos con su gran salida de balón.
A estas dos incorporaciones hay que añadir las contrataciones de Álvaro Carreras y Franco Mastantuono. El primero era un fichaje obligatorio, por la necesidad que había de fichar un lateral izquierdo titular, y por las propias características de Álvaro.
Se trata de un lateral izquierdo corpulento, de gran estatura (1,86) para la media de esa posición, y con buen pie. Su precio puede albergar dudas, ya que pagar 50M por un jugador que estuvo anteriormente en la cantera no deja muy bien parados a los que tomaron la decisión de prescindir de él en su momento, justo antes de recalar en el filial del Manchester United en septiembre de 2020.
Huijsen es un acierto absoluto, y viene pare ser titular. Pero no deja de ser un jugador de 20 años que lo más probable es que tenga que asumir el liderazgo de la defensa a expensas de lo que pase con Rüdiger. El alemán ha sido una certeza competitiva en los últimos dos años, pero esta temporada se le ha visto muy condicionado físicamente
Sin embargo, creo que es una inversión con sentido. Intuyo que desde el primer día rendirá a gran nivel, además de ofrecer una alternativa que seguro que convencería a Xabi de su fichaje. Por su altura anteriormente mencionada, y por su complexión, es un jugador que podría adaptarse perfectamente a jugar como central izquierdo en una línea de tres centrales. Si tuviera que buscar un jugador similar al gallego, diría que es parecido a Marc Cucurella, pero con un cuerpo más ancho.
El Real Madrid acierta con estas tres incorporaciones. Está solucionando las fallas que se pudieron ver el año pasado, y además lo está haciendo con jugadores que van a elevar el nivel tanto de la plantilla en sí, como del once titular.
Ahora bien, ¿se necesita algo más? ¿Un central? ¿Un centrocampista? ¿Los dos? Son las dudas que más leo en redes sociales, y que más debate generan. Sin embargo, tengo bastante clara la posición en la que ficharía, y es la de central.
En el centro del campo se tienen bastantes efectivos, incluso con la baja por lesión de Bellingham que le va a tener apartado durante tres o cuatro meses. Y el segundo motivo por el que tampoco invertiría una cantidad importante de dinero en un centrocampista es Arda Güler. En este mundial se ha podido ver que, como centrocampista creativo, puede aportar mucho al equipo y asumir ese rol de organizador. Creo que todavía falta mucho trabajo para que vaya adquiriendo más conciencia defensiva para que el equipo no se resienta a su espalda, pero es algo que requiere tiempo y el desarrollo del propio futbolista, tanto físico como posicional.
Xabi Alonso comentó en una rueda de prensa durante el mundial que había que invertir en Arda. Es consciente de lo que puede llegar a ser, y quiere apostar por ello. Por esta razón creo que no habría que hacer un gran desembolso para esta posición. Sin embargo, creo que tampoco estaría de más hacer una apuesta por un jugador que todavía no es muy relevante, pero que creo que tiene unas características que encajarían muy bien.

Ese jugador es Kees Smit. Un joven centrocampista holandés del AZ Alkmaar, con unas grandes condiciones: zancada potente; dominio de ambas piernas; gran conducción; y asiduo en bajar a recibir. Quiero verle más, porque por unos vídeos no se puede establecer una opinión sobre un jugador, pero sí te dan una pista acerca de cuáles son sus virtudes. Y creo que es un jugador interesante para el futuro, por el cual el Real Madrid no tendría que realizar un gran desembolso.
Pero, como he dicho antes, el fichaje debería ser el de un central. Por una cuestión de no repetir los mismos errores del año pasado. Huijsen es un acierto absoluto, y viene pare ser titular. Pero no deja de ser un jugador de 20 años que lo más probable es que tenga que asumir el liderazgo de la defensa a expensas de lo que pase con Rüdiger. El alemán ha sido una certeza competitiva en los últimos dos años, pero esta temporada se le ha visto muy condicionado físicamente por la carga de minutos que ha tenido que soportar. Y el mundial ha confirmado estas sensaciones. Por tanto, no sé hasta que punto es una cuestión de descanso, o si ha empezado un descenso en cuanto a rendimiento. Militão, por su parte, dejó buenas sensaciones en su vuelta contra el PSG, pero hay que ser extremadamente precavidos con él por su historial de lesiones.
Por estos dos motivos, el fichaje debe hacerse en esa zona. Y mi nombre ideal es Ibrahima Konaté. El central francés del Liverpool es uno de los mejores centrales del mundo, y termina contrato en 2026. Su encaje sería perfecto, ya que ensamblaría a la perfección con Huijsen, y permitiría descargar de minutos a Rüdiger.
Tiene un valor de mercado de 60 millones, y merece la pena pagarlos. Tanto por el nivel del jugador como por la urgencia del Real Madrid en esa posición.
El Liverpool está desembolsando una gran cantidad de dinero en este mercado, y dudo bastante que quieran repetir lo que no les funcionó con Trent Alexander-Arnold a la hora de firmar una renovación. En definitiva, los blancos tienen muy buenas cartas para jugar en esta negociación, y deben aprovecharlas.
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Es de agradecer que la kiss cam en los conciertos de Coldplay no se dedique solo a desenmascarar affairs tórridos de CEOs con Directoras de Recursos Humanos, y que de vez en cuando enfoque a matrimonios con todas las bendiciones de la Santa Madre Iglesia. Lo de la Santa Madre Iglesia me ha salido así porque estoy leyendo el mismo libro que lee todo el mundo en este verano, es decir, “El loco de Dios en el fin del mundo”, el relato de Javier Cercas sobre el viaje a Mongolia del Papa Bergoglio. Nunca un libro escrito por un ateo habrá conducido a un tibio a cotas tan altas de meapilismo estival.
Para otro día dejamos el debate sobre si vale la pena poner en riesgo tu matrimonio por ir a ver a Coldplay. Sí por lo menos fuera Springsteen o The Who, te queda al menos el consuelo de que te han dejado con los tobillos temblando, y no precisamente por la fogosidad de tu amante. The Who tiene en su repertorio, de hecho, una obra maestra sobre un hombre que no necesita ninguna kiss cam furtiva para saber que su pareja le ha sido infiel en la distancia.
I know you’ve deceived me,
now here’s the surprise:
I know that you have
cause there’s magic in my eyes.
Cualquier parecido entre The Who y Coldplay es mera coincidencia. ¿Qué se puede esperar de un concierto en el que la mayor atracción no está en el escenario sino en la grada? El caso es que la cámara de los achuchones más o menos furtivos se enfocó esta vez, en el último concierto de Coldplay en Miami, sobre una pareja consolidada y legal, ajena (que se sepa) a deslices y hankypankies extramaritales. Se trataba de Lionel Messi y su encantadora esposa Antonela Rocuzzo. Chris Martin, el líder de la banda, se deshizo en elogios no bien los vio en la pantalla:
-Por favor- rogó a su público-, un fortísimo aplauso para el mejor deportista de todos los tiempos.
Los culés, si los hubiere, que lean este artículo no creerán ni una palabra de lo que voy a decir a continuación, pero a mí me gustaría muchísimo que Chris Martin tuviera razón y Lionel Messi fuera, en efecto, el mejor deportista de todos los tiempos. Ello acrecentaría aún más los méritos del Real Madrid, dado que supondría que los blancos minimizaron el impacto de la presencia del mejor de todos los tiempos en las filas del rival, alzándose pese a ello con nada menos que 6 Champions Leagues en el transcurso de una década. Nada me complacería más que ser consciente de que no solo no hubo una hegemonía del equipo que contaba con el mejor de la historia, sino que fue el Madrid quien supo sobreponerse a esa ingente ventaja del adversario e imponer su propia hegemonía pese a todo. En el reconocimiento a la grandeza de tu competidor subyace siempre la satisfacción del propio deber cumplido, sobre todo cuando la cosecha de éxitos ha sido abrumadora.
a mí me gustaría muchísimo que Chris Martin tuviera razón y Lionel Messi fuera, en efecto, el mejor deportista de todos los tiempos. Ello acrecentaría aún más los méritos del Real Madrid
Sin embargo, y lamentándolo mucho, no puedo estar de acuerdo con Chris Martin, tan poco inspirado en su exhortación a su público de Miami como suele estarlo cuando se sienta a componer. Leo Messi no puede ser el mejor deportista de todos los tiempos, por la simple y triste razón de que Leo Messi no existe. Es, en lenguaje becqueriano, un sueño, un imposible, (un) vano fantasma de niebla y luz.
Para mí, aunque la posteridad no haga (todavía) esa lectura, el argentino vaga por el mismo limbo de inexistencia que Lance Armstrong y Ben Johnson, otros que, de existir, podrían muy bien ser candidatos al título alegremente concedido por el mediocre cantante de Coldplay. La posteridad no les contempla porque hicieron trampa. Es como si el Juez Supremo de la Ética se hubiera dirigido al jurado que compone la Historia y les hubiera instado a desoír los testimonios recabados durante la vista, en este caso el testimonio de sus propios ojos.
Messi deambula por el mismo valle de personaje en busca de autor por donde penan Johnson y Armstrong. Y es una verdadera desgracia porque, de haber existido, Messi podría haber aspirado a ser el más grande de todos los tiempos
Leo Messi no ha sufrido el mismo destierro oficial que Armstrong o Johnson, pero su equipo (y el fútbol es un deporte de ídem) hizo trampa, igual que aquel ciclista y aquel atleta. Solo falta que la oficialidad respalde lo que indica la moral para que la Pulga y sus compañeros se vean desposeídos de los títulos que ganaron durante la época Negreira (17 años nada menos), lo que sin duda reduciría muy sustancialmente el brillo de la estrella Messi en el firmamento deportivo de la historia del planeta.
Quienes se lleven las manos a la cabeza argüirán que nada tienen que ver los pagos ilícitos de su club a la cúpula arbitral española con las habilidades balompédicas del rosarino. Tampoco sabemos qué peso tuvo el dopaje en el récord de los 100 metros de Johnson o los tours de Francia del ciclista americano. Sin embargo, aunque no lo sepamos, aunque seguramente habrían ganado igual sin usar ardides ilegales, sabemos que hicieron trampa, que jugaron sucio, y eso basta para expropiarles de sus trofeos con todo el deshonor. Lo mismo debería valer para el presuntamente mejor Barcelona de todos los tiempos, que tiene a Messi dentro.
Para mí, desde luego, en ausencia de un método que nos permita cuantificar cuánto influyeron los esteroides o los sobornos, el arrinconamiento a los márgenes de la posteridad es la única pena posible para todos los responsables de fraude. En mi mente esto es así. Difícilmente puedo considerar el mejor deportista de todos los tiempos a quien se benefició de esa ignominia de manera directa. Dejaremos de lado otras dudas que se ciernen sobre el propio Messi, en cuerpo y alma.
Messi, pues, no existe, e insisto en que me duele no atribuirle carta de existencia real. Me duele a mí más que a él, porque a él le dará completamente igual, por supuesto. Habría sido bonito poder decir que el Madrid superó la presencia del más grande en la otra orilla del río, e incluso que la utilizó como acicate para dar lo mejor de sí y firmar, durante su existencia, su era dorada por antonomasia. Pero no hubo tal existencia, como tratamos de explicar. Messi deambula por el mismo valle de personaje en busca de autor por donde penan Johnson y Armstrong.
Y es una verdadera desgracia porque, de haber existido, Messi podría haber aspirado, tranquilamente, a ser el más grande de todos los tiempos, como proclama Chris Martin. Con Messi me sucede exactamente lo contrario que con Coldplay: querría de verdad que hubiese existido.
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Todo parece indicar que Mbappé heredará de Modric el número 10 del Real Madrid. Como subrayó nuestro redactor jefe, el Sr. Paquito, aquí hace poco, el 10 es un número con una connotación cultural muy específica en el lenguaje del fútbol, que alude a la excelencia. El repaso histórico que hace en su artículo nos lo prueba, aunque como él mismo señala, no siempre: el 10 del Madrid también lo vistió Lass Diarra, del que la mejor historia que se puede contar es la de que dejó el deporte profesional para alistarse como yihadista del Ejército Islámico en la guerra de Siria, y resulta que es mentira.
El zoólogo Desmond Morris describió el fútbol como “una de las más extrañas pautas de comportamiento humano que se observan en la totalidad de la sociedad moderna”. Su antropología del fútbol gira en torno a la idea de que cada club es una tribu, “con su territorio, sus ancianos, hechiceros, héroes, seguidores y demás variados miembros”. Y es verdad. Hasta la postguerra mundial no se generalizó el uso de dorsales. El debate, como el juego, se inició en Inglaterra, donde tuvo una resonancia parecida a la cuestión, en España, de los petos de los caballos de los picadores en las corridas de toros. Había quien decía que ponerle un número a las camisetas de los futbolistas desvirtuaba, acaso estéticamente, el fútbol. Desde el principio, los dorsales estuvieron relacionados con la posición de los jugadores en aquellos esquemas donde había más delanteros y medios ofensivos que defensas.
Por eso, el 10, solía llevarlo el jugador más adelantado, el delantero puro. No hubo dorsales fijos asignados a uno u otro jugador hasta muy, muy tarde, y era frecuente que se fueran cambiando, por lo que la correspondencia establecida entre número y posición creó toda una mitología. A medida que pasó el tiempo y las tácticas fluyeron en muchas direcciones, el 10 siguió llevándolo un referente ofensivo, pero no exactamente el goleador. Está claro que, en el tema de los dorsales, hay una simbología más o menos universal y, luego, aspectos particulares de cada idiosincrasia. Se puede decir que Pelé y Maradona fijaron para siempre la calidad connotativa del 10: el crack, el mejor jugador del equipo, el fantasista. Por eso, en el Madrid de la Edad de Oro, el 10 lo llevaba Puskás y no Di Stéfano, aunque el que llevara el compás del equipo, como si fuera Paco de Lucía tocando la guitarra, fuera don Alfredo: el húngaro era capaz de controlar una pastilla de jabón con su pie izquierdo, lo que imprimió al 10 madridista, desde ahí, un matiz distinto, asociado no sólo a la genialidad sino sobre todo a la condición de zurdo vago y genial.

Y un zurdo genial suele ser, por lo común, un genio maldito. Puskás se paraba y chutaba desde lejos porque, con la panza que tenía, era incapaz de correr. No lo necesitaba, con la zurda podía dirigir el balón donde le diera la gana. Sólo
Maradona tuvo semejante poder y, aunque no jugara nunca en el Madrid, afianzó, con el ejemplo de su propia su vida, la leyenda del 10 dionisíaco y atormentado, capaz de lo sublime y también de lo grotesco. Guti tuvo que llevar el 10, pues reunía todas las condiciones: su pie izquierdo era un violín y su imaginación abarcaba el infinito; su carácter de cimarrón y su irregularidad lo hacían el perfecto portador de esa antorcha tenebrista, el sucesor que ni pintado de un aborto de genio como Prosinecki. Pero cuando debutó, en el Madrid jugaba Laudrup, otro virtuoso de la media punta, y entonces Guti hizo toda su carrera con el 14, el número de Cruyff, que había reinventado él solito al Fútbol Club Barcelona. Por lo que Guti fue maldito hasta en la cábala.
El 10 clásico, en el Madrid, es un trescuartista y no un delantero centro. Es decir que debiera ser Bellingham el que sucediera a Modric, pero Zidane cambió la historia con el 5, y eso es material de mi siguiente artículo. Sneijder fue otro 10 tan fulgurante como breve, crápula y noctámbulo. Cuando llegó, el 10 lo tenía Robinho, ¡qué pareja! El tema Hong Kong, del disco El Madrileño de Tangana, al alimón con Calamaro, está inspirado en sus trapacerías por La Noche de Madrid, que era entonces una dimensión ajena al curso natural del tiempo. Por un lustro no se sumó al dúo James Rodríguez, el 10 después de la Décima: zurdo, tropical y cumbiero, que también sale en ese disco, en aquella estrofa de Un veneno que dice:
Es un veneno que llevo dentro,
en la sangre metido,
que va hacer que me mate
sin que me haya siquiera querido.
Seedorf, el 10 de la Séptima, no pertenece a este Rat Pack del 10 en el Madrid, como tampoco Figo, al que parecía que el número, huérfano desde la marcha del maestro holandés a Italia, estaba esperando. Figo dejó también una buena ristra de promesas sin cumplir, como no podía ser menos en el 10 de Los Galácticos: utopía brillante y sangrienta, como todas, cuyo cadáver dejó un hedor que atufó a todo el Universo.

A Mbappé no le pega el 10 porque al 10 se le presupone poca vergüenza, tendencia a la golfería, que haga pasamanería con el pie izquierdo y que sea, o bien frágil y delicado como un aristócrata en ruinas, o bien altanero y disoluto como un príncipe otomano. Como decía Guti, ¿qué voy a salir, cuando tenga sesenta años? Isco también habría sido un 10 estupendo, como Güler. El 10 hace sulfurar a los castizos, a los que subleva sobre todo, en esta vida, el talento derrochado. Özil fue, en ese sentido, el 10 perfecto, a la altura de Martín Vázquez, el 10 de la sobrevaloradísima Quinta: estamos condenados a vivir con la duda de lo que pudo haber sido. Özil nació para derrochar toda su fortuna lentamente, en algún fumadero clandestino de opio de la Viena del cambio de siglo. Sin embargo, su mala fortuna le hizo nacer futbolista, y llegar a tiempo para cambiar la historia del Madrid negándosele la entrada en el paraíso. Mbappé es, genuinamente, un 7, pues Vini casa más con lo que cuentan que fue Di Stéfano, el generador eléctrico de todo el
equipo, en todo el campo. En virtud de lo cual, debía heredar él el 9, también en honor a Benzema, pero esa también es otra historia.

El 10 del Madrid es lo que Manuel Alcántara decía que era el dry Martini: un cuchillo disuelto. Tiene esa densidad plateada de los gimlets que se tomaban Bogart y los demás en el bar del Plaza. Es un número canalla, más de expectativas y de ilusiones que de genuinas realidades. Por eso, Modric, siendo el mejor 10 de todos los tiempos, no ha sido un buen 10 del Madrid: las ha cumplido todas.
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El pasado domingo, ahora sí, los amantes del fútbol (esos que de alguna manera “sufrimos” la ausencia de transmisiones, noticias, alineaciones probables, adrenalina, pronósticos, previas y post-partidos durante el verano) sentimos que no quedaba ya nada a qué aferrarse, una vez se pitó el final de la Eurocopa Femenina en Basilea, Suiza.
Tras las celebraciones de Inglaterra, reeditando el título que habían conquistado en 2023, y las lágrimas amargas de las futbolistas españolas, quienes vivimos el calendario futbolístico europeo (y muchas veces también el mundial) como si fuera un metrónomo de nuestras rutinas y emociones, entendimos que había llegado, ahora sí, el “break”. El momento de la descontaminación forzosa de casi todo lo que huela a fútbol. Porque, si bien esta temporada 2024-25 se extendió inusualmente debido a la Euro Femenina y al reciente Mundial de Clubes, finalizado apenas dos semanas atrás, también es cierto que ya asoma el primer suspiro de la próxima (2025-26), con la mayoría de los equipos dando sus primeros pasos de preparación.
En este contexto, con la serenidad que me brinda esta tregua inevitable, y mientras veía a las inglesas celebrar su ascenso al Olimpo futbolístico, me encontré, casi sin querer, haciendo balance de la temporada. Y en ese proceso, tuve una revelación que sentí necesario compartir con ustedes, amantes, promotores y críticos del “deporte rey”.
Luego de ver y analizar varios partidos de esta Eurocopa Femenina, llegué a tres conclusiones que, con humildad, quiero poner sobre la mesa. No con ánimo de sentenciar verdades absolutas, sino con el deseo genuino de invitar a la reflexión.
Primera conclusión:
En líneas generales (y con excepciones cada vez más admirables), siento que aún existe una distancia técnica considerable entre el fútbol femenino y el masculino. Y me parece absolutamente normal y razonable. La historia del fútbol femenino es mucho más corta, menos estructurada, y ha contado con mucho menor apoyo económico y organizativo. Eso ha limitado su desarrollo desde edades tempranas, así como las oportunidades de profesionalización. Pero esa brecha se está reduciendo, y lo vivido en este torneo es una prueba de ello.
Segunda conclusión:
Existe, por naturaleza, una diferencia física entre hombres y mujeres que, aunque a veces se minimice, influye directamente en el ritmo, la potencia y la resistencia del juego. Ante la dificultad de adaptar campos específicos o modificar dimensiones de juego para compensar esa diferencia, me pareció interesante la sugerencia de mi hermano menor: reducir levemente los tiempos de partido en el fútbol femenino. No como medida discriminatoria, sino como ajuste que potencie la competitividad y ayude a nivelar el impacto físico. Una idea, al menos, digna de explorarse.
Y la tercera conclusión, la más poderosa y conmovedora para mí, va totalmente a favor del fútbol femenino. Y es que la diferencia de honorabilidad y señorío entre jugadoras y jugadores es abismal. Durante esta Eurocopa, una y otra vez me encontré admirando el comportamiento de las futbolistas: guerreras valientes, intensas, funcionando a altísimas pulsaciones y entregadas al contacto, pero sin fingimientos, sin simulaciones, sin teatrales dolores tras cada entrada. Sin cuestionar constantemente al árbitro. Sin caer en rifirrafes absurdos con las rivales. Todo ello, tan decepcionante y tan exasperante para la mayoría de los espectadores.
En este punto, pareciera que el fútbol femenino sí está a años luz del masculino. Este último cada vez más ensuciado por lo extradeportivo, por conductas reprochables dentro del campo, que lamentablemente muchos niños y jóvenes tristemente reproducen a la perfección. ¿No sería lógico que, en busca de una reconducción, el fútbol base empiece a mirar hacia el ejemplo de las mujeres? ¿A enseñar respeto, lealtad y nobleza como valores esenciales del juego?
Como primera piedra, propongo precisamente eso: utilizar partidos como la final del pasado domingo entre España e Inglaterra como modelo formativo. Porque más allá de la tensión, la agresividad, la emoción visceral del fútbol... allí, en esa final, así como en la mayoría de los partidos que vi de la Euro Femenina, lo que prevaleció fue la honestidad. La lealtad. El señorío.
Y es que, sin lugar a dudas:
“Las mujeres no lloran”.