Como madridista militante del mes de febrero del año del Señor 2026, soy el sheriff de No es país para viejos en la novela de Cormac McCarthy: “Crees que cuando te despiertas por la mañana el ayer ya no cuenta. Pero el ayer es lo único que cuenta. ¿Qué más hay? Tu vida está hecha de los días de los que está hecha. Nada más”. Ese es mi consuelo merengue y mi desesperanza blanca.
Me asomo de perfil a los partidos del Real Madrid. Ni siquiera vacilo en la previa con los amigos del Barça cuando lo veo en el bar coruñés. Ya no me pongo en primera fila, sino un tanto agazapado, en un rincón que mi amigo Tato ha tenido a bien ponerme in memoriam, como si estuviera medio muerto, adornada la pared con el póster promocional de mi novela “Rosas de papel” enmarcado y autografiado para la cervecería, el Sir John Moore. Una columna tapa la mitad de la pantalla. Si me invade la alegría, asomo plenamente el morro, si veo a los nuestros mamonear, me tiembla la recta afición, y me eclipso poco a poco tras la viga, con un acobardamiento futbolero en el que no me reconozco. Yo, que he nacido para enseñar las copas tatuadas en el pecho como el idiota de Otamendi, si no creyera aún en la correlación entre tatuajes y antecedentes penales.
Contra el Benfica estaba razonablemente feliz. Se había roto la malla, la ilusión llamaba a mi puerta, y Vini tuvo a bien llevarnos al cielo arrojando antes unas flores a los pies del santuario de Fátima. Lo que vino inmediatamente después me desconectó del partido. A mí y a todos los futbolistas. No caeré en la trampa de juzgarlo en público y ser acribillado por los unos y los otros, como decía cansinamente Albert Rivera, porque a estas alturas de la vida literaria sé que el francotirador nunca lee más allá de sus narices, y su ley es la literalidad. Pero el hecho es incontrovertible: nos fuimos del partido y las consecuencias pudieron ser un horror.
No es un hecho aislado. Una de las características del Madrid de esta temporada es que, tras regalarte unos minutos de oro, se borra
Con todo, a mi me quedó rondando en la cabeza la gran cuestión: ¿desde cuándo hechos ajenos al fútbol son capaces de sacarnos de un partido de Champions? Sí, todos recordamos los clásicos de la era Mou, con la banda blaugrana danzando sobre el filo de la Negreira de afeitar, y toda la parafernalia mediática. Pero ni siquiera en esas cuitas los nuestros se ausentaban, como si les hubieran apagado el navegador en pleno vuelo.
No es un hecho aislado. Una de las características del Madrid de esta temporada es que, tras regalarte unos minutos de oro, se borra. Siempre he pensado que era algo físico, relacionado con una preparación deficiente, pero ahora que veo a los nuestros más fuertes, me asombra que nos concedamos la oportunidad de desconcentrarnos de la única misión importante aquí, que es machacar al rival.
Sea como sea, sigo en lo mismo. Me despierto pensando que el ayer no cuenta y me muero de miedo. Después comprendo que el ayer, las copas y las gestas, es lo único que cuenta, y afronto el siguiente partido con la ilusión de un despertar. Y poco a poco, lentísimo a mi gusto, veo al Real Madrid mudando su cara, ganándose poco a poco Arbeloa la confianza que de todos modos ya le concedí el día de su llegada, porque si él no, que es puro madridismo, ¿quién?
Cuánta zozobra, qué leve esta primavera, y cuánto anhelo de felicidad blanca. Menos mal que nos queda la literatura. A veces, del madridismo, la sintaxis. Releo a Céline. “Y lo peor es preguntarte si a la mañana siguiente tendrás fuerzas para continuar lo que hiciste la víspera y desde hace tanto tiempo”, pero el francés nos saca pronto del pesimismo: “todo para convencerse una vez más de que el destino es insuperable”. Sí. Ya corre La Saeta. Todos aquí sabemos cuál es el destino del Real Madrid.
Getty Images















La Galerna trabaja por la higiene del foro de comentarios, pero no se hace responsable de los mismos