Hablar de objetividad no es un capricho ni una reflexión teórica lanzada al aire. Hablar de la objetividad se vuelve casi obligatorio cuando uno termina un partido con la sensación de haber visto algo razonablemente claro y, al abrir redes sociales o leer determinados análisis, descubre que el foco se ha puesto justo en lo contrario. No en lo que explica el resultado, ni en lo que ayuda a entender el juego, sino en aquello que encaja mejor con un relato previo.
Tras el 5-1 logrado por el Real Madrid en el Bernabéu frente al Real Betis, el partido dejaba varias conclusiones evidentes. La principal, una mejoría colectiva apoyada en algo muy concreto: la velocidad, el dinamismo y la capacidad de ida y vuelta que aporta Camavinga en el centro del campo. Con él, el equipo es más intenso, más vertical y más difícil de presionar.
A partir de ahí, hubo rendimientos individuales positivos. Vinícius hizo un buen partido, sin estridencias, pero eficaz. Gonzalo, además, firmó una noticia que debería ocupar titulares por sí sola: tres goles, presencia constante en el área y una actuación que habla de futuro. Sin embargo, lo que uno acaba leyendo y escuchando va en otra dirección diferente. Que si Vinícius volvió a ser pitado, que si el Madrid estuvo muy cerca de encajar el 3-2 durante diez minutos malos en un encuentro que dominó de principio a fin. Que si los goles de Gonzalo sirven para reabrir el debate sobre si Vinícius debe ir fuera y Mbappé ocupar la izquierda. Como si la irrupción de un delantero joven no pudiera ser celebrada sin convertirla en un arma arrojadiza contra otro jugador.
Da la sensación de que lo positivo incomoda, de que reconocer una mejoría molesta, y de que siempre hay que buscar el ángulo que permita seguir sosteniendo una opinión ya formada. Es ahí donde surge la pregunta inevitable: ¿Estamos analizando partidos o estamos defendiendo prejuicios? Porque cuando lo bueno se minimiza sistemáticamente y lo negativo se amplifica hasta ocuparlo todo, deja de hablarse de fútbol. Es por eso por lo que conviene hablar de la objetividad, aunque solo sea para asumir que, en realidad, no existe. Porque no, la objetividad no existe. Ni en el fútbol, ni en los medios de comunicación, ni probablemente en ningún ámbito donde entren en juego las emociones. Se invoca constantemente como si fuera un principio sagrado, pero en la práctica funciona más como una coartada que como una realidad.
Hace no mucho hice el experimento de preguntar a un culé y a un madridista sobre qué pensaban de los narradores y comentaristas habituales de los partidos en televisión y radio, por curiosidad. Menudo pollo se montó. Resulta que uno tenía clarísimo que son todos madridistas y el otro tenía clarísimo que son todos culés. Qué pereza, de verdad. En el fútbol, este concepto se evapora todavía más rápido, porque el balón no solo rueda sobre el césped: rueda sobre simpatías, antipatías, expectativas y cuentas pendientes. El fútbol es, ante todo, emoción. El aficionado no analiza: siente. No contextualiza: juzga. No espera procesos: exige confirmaciones inmediatas de lo que ya cree. Y ahí empieza el verdadero problema. El aficionado no quiere objetividad; quiere que le den la razón.
Da la sensación de que lo positivo incomoda, de que reconocer una mejoría molesta, y de que siempre hay que buscar el ángulo que permita seguir sosteniendo una opinión ya formada
Quiere leer exactamente lo que piensa, escuchar lo que siente y compartir la indignación o el entusiasmo que ya traía de casa. Cuando el discurso coincide con su visión, lo que lee y escucha “dice la verdad”. Cuando no, pasa a estar vendido, manipulado o cegado por intereses. No hay término medio. Y los medios, lejos de corregir esa dinámica, muchas veces la refuerzan, porque también participan del mismo ecosistema emocional y del mismo negocio del ruido.
Nadie llega limpio a ver un partido porque todos lo hacemos cargados de ideas previas. Nos gusta más un jugador que otro, confiamos más en un entrenador del pasado o el que pensamos que deberíamos tener en el futuro que en el que ha elegido el club para ocupar el puesto, sospechamos de ciertos perfiles y protegemos a otros. Todo se interpreta para confirmar ese punto de partida. Si el futbolista que no te convence falla, es una prueba irrefutable de su falta de nivel. Si el que te gusta falla, es un accidente. Si el entrenador que no soportas gana, es por inercia. Si pierde, es porque no sabe lo que hace. Ese mecanismo, profundamente humano, se vuelve peligroso cuando se disfraza de análisis.
Porque no hablamos solo de debates de bar o de redes sociales, sino de medios de comunicación que presumen de rigor, portales y tertulias en donde se decide muy pronto quién es válido y quién no, y a partir de ahí se construye un relato inamovible.
El fútbol deja de ser lo que sucede en el campo para convertirse en una sucesión de pruebas que confirman una sentencia ya dictada. Por eso, un mismo hecho se lee de manera radicalmente distinta según quién lo protagonice. Diez minutos malos pueden convertirse en una “advertencia grave” o en un simple bache, dependiendo del equipo o del entrenador. Un buen partido puede ser señalado como “lo mínimo exigible” o como una actuación sobresaliente, según a quién convenga proteger o desgastar.
En este contexto, la crítica deja de ser una herramienta útil para convertirse en una forma de demolición constante. Criticar es necesario, incluso saludable, pero criticar no es repetir siempre lo mismo pase lo que pase. No es ignorar cualquier signo de mejora porque estorba al relato, ni es analizar con lupa lo negativo mientras se pasa de puntillas por lo positivo. El ejemplo de Gonzalo es clarísimo. Marca tres goles, cumple con lo que se le pide a un delantero y deja una de las mejores noticias del partido. Lo lógico sería hablar bien de él y punto, sin ir más allá. Valorar su actuación, su olfato, su impacto. Sin embargo, su nombre se utiliza como excusa para abrir otro debate: si Vinícius debe salir para que Mbappé se vaya a la izquierda y Gonzalo se quede de 9. En resumen, hablar de si uno de los dos sobra. No se celebra lo que aparece; se utiliza para atacar a lo que ya estaba señalado.
Con el partido de Vinícius ocurre algo similar. Hizo un buen partido, sin necesidad de elevarlo a los altares, pero desde luego no para reducirlo a la nada. En la sustitución, su reacción es de tristeza, no de enfado ni la de un niñato consentido, como he leído poco antes de ponerme a escribir. Pero ni eso parece suficiente. Se habla más de los pitos que de su rendimiento, y más del contexto externo que de lo que aportó al juego. Porque cuando un jugador no gusta, cualquier elemento sirve para relativizar lo que hace bien.
Mientras tanto, se pasa casi de puntillas por lo verdaderamente estructural: que el equipo jugó mejor gracias a Camavinga, porque con él, el centro del campo fue más dinámico, hubo más ritmo, más presión y más continuidad. Eso exige reconocer que algo ha cambiado, aunque sea ligeramente
Mientras tanto, se pasa casi de puntillas por lo verdaderamente estructural: que el equipo jugó mejor gracias a Camavinga, porque con él, el centro del campo fue más dinámico, hubo más ritmo, más presión y más continuidad en el juego. Eso exige reconocer que algo ha cambiado, aunque sea ligeramente. Y reconocer eso implica aceptar que quizá el proyecto no esté tan muerto como algunos llevan semanas anunciando. Me incluyo, por cierto. Sí, al Real Madrid todavía le quedan muchas cosas por mejorar, negarlo sería absurdo. Hay ajustes tácticos pendientes, automatismos por consolidar y jugadores que deben crecer. Pero si después de un 5-1 el discurso sigue siendo exactamente el mismo, sin el menor matiz, sin la más mínima concesión a la mejora, entonces el problema ya no es futbolístico.
Cuando incluso las victorias contundentes se analizan desde la sospecha permanente, cuando los brotes verdes se ignoran y los errores se magnifican, lo que queda claro es que algunos ya han decidido el final de la historia antes de que termine el primer capítulo. Y cuando eso ocurre, la objetividad deja de ser una aspiración imposible para convertirse, simplemente, en un término vacío. El primer capítulo finaliza con la disputa del primer título del año en Arabia Saudí, la Supercopa de España. Personalmente, esperaría a leer el final, no vaya a ser que el escritor esté jugando con nosotros y no sea el que todo el mundo ha adelantado que va a ser, sin todavía habérselo leído.
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Objetivamente, el Real Madrid es el mejor equipo del mundo, del siglo XXI y de la historia.
Sí estamos a la altura de esta objetividad, quizá no necesitemos mucho más para ser campeones de la Supercopa de España en este frío invierno.
Si Florentino Pérez Rodríguez hiciera ése análisis tan insustancial y vacío de contenido, aún estaríais esperando a que Pellegrini ganara la liga porque hizo más puntos que cualquier otra temporada del club. Y eso que lo digo yo, que soy culé.
Es, posiblemente, la respuesta con más carencia de inteligencia respecto al contenido de un artículo que he leído en mi vida, Johan. Enhorabuena
Mucha salud, Teodoro!! I visca el Barça i visca Catalunya!!
Hay que ver lo poco que da de sí la absoluta carencia de recursos intelectuales. Qué lástima, "nen"
Te molesta Catalunya? Si quieres, nos dejas votar y nos perdemos de vista, genio. I visca el Barça i visca Catalunya lliure!
Pues si, me molesta la ausencia de inteligencia de los catalanes, que os creéis el ombligo del mundo cuando sois más inútiles que soplar a un ventilador, y más sinvergüenzas que quien metió en el gobierno a Bildu. En las próximas elecciones que nos vais a pedir a los españoles que os habremos robado?
Se cree el ladrón que todos son de su condición, nen, a ver si llegáis al domingo.
Mucha salud y visca el Barça i visca Catalunya
5-0
Negreiro.
Lo es del siglo XX objetivamente, aunque no está muy lejos de serlo en el XXl.
Solo hay que leer a los dos ceporros que han escrito arriba para corroborar lo que has escrito, Roberto.
El domingo hubo buenas noticias, Camavinga y el doble pivote fue una de ellas, Gonzalo otra, y también la mejoría de Vinicius, leve, pero mejoría, así como la confirmación de que Rodrygo ha vuelto. Eso no debe obviar que el juego fue inestable, de ahí los pitos, así como la presión o la intensidad en ciertos momentos. Mañana el rival no será el Betis, un equipo aseado pero que deja espacios y apenas presiona. Debemos dar un salto en todo si queremos competir la Supercopa.
¿ Por qué Galerna suprime mis comentarios ?
Ahora me dices que sigue "pendiente de moderación" 3 horas después de haberlo enviado.
¿ Lo está evaluando algún comité de sabios ?
Merezco un respeto por la gloria de mi madre.
A ver si ahora lo publicais
Dise que va el mono con el fistro muy marrl y va y dise quiero mi mona, no puedo, no puedo jarrr
Y el mono físicamente sicològicamente quiere hacer una guarrerida espanyola. Y va Y sale un león y el león camina con el diodeno, y le dise el mono, ahorarrrrr y se sube al león pecador y le hase la caída de Roma
Para cerrar el círculo, yo que lo abrí, la objetividad se desplegó a lo largo de toda la 14 y en la 15. La objetividad es que tras el mejor Barça de toda la historia, queda el palmarés, 15 a 5 en Champions.
HASTA HOY, PENSABA QUE LA GALERNA ERA SOLO DE MADRIDISTAS HABLANDO DEL MEJOR CLUB DEL MUNDO Y DESPUÉS DE LEER DE POLÍTICA Y OTRAS COSAS QUE NO TIENEN NADA QUE VER CON ANÁLISIS, COMENTARIOS Y OTRAS CUESTIONES,LO SIENTO MUCHO PERO. DEJO DE LEER LA GALERNA HASTA QUE LOS RESPONSABLE TOMEN LAS MEDIDAS PERTINENTES HACIA LOS QUE HABLAN DE POLÍTICA EN LA GALERNA.. MUCHAS GRACIAS, HACE YA UN TIEMPITO QUE ESTO SE ESTÁ VOLVIENDO INSOPORTABLE,,ADIOOOOOS
Arre inútil
Buf! Cuanto nerviosismo en los comentarios de este buen artículo:
— El troll culerdo de costumbre, con las bobadas de costumbre.
— Uno que pica y le da bola, lastimosamente generalizando en lugar de concretar en el foco de toxicidad.
— El típico indignado con el sistema automático de moderación de comentarios, pero esta vez pasado de LSD.
— Y otro enfadado con La Galerna por lo que dicen los lectores que comentan, no por lo que dice la propia Galerna.
En fin, jaula de locos los comentarios de hoy XD
Buen artículo 😉
Ojo, parece que hay dos RAF. Yo, aunque estoy de acuerdo con lo que dice el otro RAF, soy el que solo siente lástima por el “nen”, no el que escribe después. Por lo demás, y por alusiones, sí, me encantaría dejaros votar, pero aún mejor que eso, y mucho más seguro para que os perdiésemos de vista definitivamente, sería que votemos toda España. Hasta nunca, “nen”
…y, por favor, ante todo, no perdamos de vista el magnífico artículo de nuestro amigo Roberto.