El Madrid sigue siendo imprevisible. Quizás esta falta de consistencia sea la principal consecuencia de este torneo copero, siempre exhaustivo y exigente. Un primer partido de matrícula de honor y un segundo con una gran reacción y una falta de fuelle en el último cuarto calcada a la que sucedió ayer en la final. La diferencia fue que no hubo resurrección final, la casi milagrosa victoria ante el Valencia en unos segundos dignos del mejor guion de Hitchcock.
No es fácil encontrar una explicación a estos vaivenes, quizás el reparto de minutos, quizás la inexperiencia de algunos jugadores. La vieja guardia está muy bragada en este tipo de encuentros, pero al resto le queda la vivencia de estas situaciones, el hábito de sentir en la piel la camiseta madridista. Para otros, como Lyles, fuera de combate frente al Baskonia, este baloncesto europeo es una novedad en la que, a veces se mueve como pez en el agua, y otras, como elefante sobre el hielo.
Otro factor quizás tenga que ver con que la mirada de los responsables del equipo está puesta en el mes de abril y mayo, y la Copa es un extraño lugar en este planteamiento, una competición en la que tienes que lograr un pico de forma extemporáneo.
Volviendo al partido de ayer, es conocido que en las finales la responsabilidad coarta al claro favorito y la motivación multiplica las fuerzas de quien no tiene nada que perder. Los vitorianos ya habían logrado más de lo que esperaban y para el Madrid sólo valía la victoria. Cuando el partido llegó a su tramo decisivo, entre el final del tercer cuarto y el último, el encuentro se espesó y la igualdad se impuso. Jugadores con tensión, jugadas con mucho contacto, idas y venidas en las que primó más el empuje que el baloncesto.
Nos quedamos sin reacción, perplejos ante lo imprevisto, una reacción paralizante, en la que quizás pesó el miedo a perder
Los blancos encajaron mal esta situación inesperada, fuera de guion, un golpe seco, en frío, a pesar de estar en las postrimerías del encuentro. Nos quedamos sin reacción, perplejos ante lo imprevisto, una reacción paralizante, en la que quizás pesó el miedo a perder.
Queda mucha temporada y hay que afrontar el de ayer como un traspié que no debe alejar el rumbo del equipo. El Baskonia hizo un gran partido, venía con la moral por las nubes, como canta el tópico, y tuvieron un día soberbio. Hay que concederle crédito, cómo no. Cuando el rival es mejor y pierdes, no queda más que felicitarlo, apretar los dientes en el trabajo diario y afinar la forma individual y colectiva para subir el nivel de un grupo al que debemos exigirle un poco más. Están en el buen camino, pero en el Madrid hay que rematar la tarea.
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Como decía el del chiste: Ayer estábamos al borde del precipicio,afortunadamente,hoy hemos dado un paso al frente
El señor José Luis Llorente, ante de empezar el partido, dijo en Realmadrid TV poco menos que le daba cero posibilidades de ganar al Baskonia. Evidentemente, el Baskonia no ganó por lo que dijo o dejó de decir el señor José Luis Llorente, pero parece mentira que un hombre del deporte y que ha visto tanto, incluso a Branislav Prelevic meter un triple delante de sus narices desde nueve metros para empatar, momentáneamente, una final europea a ocho segundos de la finalización, se atreviese con semejante afirmación. También vio, delante de sus narices, a un compañero de equipo anotar 62 puntos en otra final europea.
El Madrid "ganó" la copa al vencer en la semifinal al Valencia. El día de la final, jugaron a ver quién era MVP y otras cosas personales, desviando la atención del objetivo: ganar. El resultado está a la vista.