A estas alturas, es casi una osadía no ser consciente de que al lugar donde fuiste feliz no debieras regresar (y si no, revisiten Peces de ciudad). Lisboa, parada obligatoria de la memoria de las remontadas, símbolo de un remate de gloria, capital del tiempo añadido, transmutó en infausta recaída hace poco menos de tres semanas. Aquella noche, la sombra de Mourinho, que muchos pintan alargada sobre Chamartín, lo fue sobre un escenario en el que el Madrid tampoco salió bien parado contra el Benfica en su anterior enfrentamiento.
Hagamos memoria. El 24 de febrero de 1965 los blancos visitaron la capital lusa en la ida de los cuartos de final de la Copa de Europa. Liderados por Miguel Muñoz y ya sin Di Stéfano, aunque todavía con Puskas y Gento, además de un ramillete de notables (Betancort, Zoco, Sanchís padre, Santamaría o Amancio), la caída ante el Benfica del gran Eusebio, que goleó por dos veces en un inapelable 5-1, resultó imposible de levantar en el Bernabéu (2-1). Aquello sólo constató que lo sucedido tres años antes, en la final del 62 (5-3 para los portugueses), no había sido un accidente, sino un atropello sin miramientos.
Y en ambos, el mismo protagonista, Eusebio. Tanto, que ante la imposibilidad de su contratación, la sala noble del Madrid no dudó en vestirlo de blanco con motivo del homenaje a Paco Gento. Recordemos que, en una bella tradición perdida como tantas, antaño en los homenaje y amistosos varios, la tónica era que estrellas de otros equipos lucieran los colores del club que los requiriese.
Pero volvamos a aquel 14 de diciembre de 1972, que la cosa tuvo miga. Y es que el portero del equipo rival, el mismo Os Belenenses que inauguró el coliseo blanco 25 años atrás, era Felix Mourinho, nada menos que el padre del actual entrenador del próximo rival madridista. Eusebio no marcó, pero sí lo hizo la Galerna, de penalti, y Pirri, para completar un 2-1 en una noche completa y feliz que, a buen seguro, José escuchó de su progenitor algún día.
Poco o nada ofrece más oportunidades para la revancha que el fútbol. Y con más literatura si el alumno, aunque sea a la segunda, está en disposición de imponerse al maestro. Porque, como saben, para decir “con Dios” a los dos les sobran los motivos.
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Llega el partido más importante del año y el Madrid parece entonado, en forma. Por primera vez en la temporada los brotes verdes parecen reales. Da Luz será la prueba del algodón, el bautismo de fuego de la «Misión Arbeloa», realidad objetiva que va tomando más bien aspecto de causa o de cruzada.
En un mes como entrenador del primer equipo del Real Madrid, Arbeloa ha encauzado la dirección en liga, eso es indiscutible. Ha encontrado un «pasillo de seguridad» en torno al que ordenar al equipo como si fuera una casa tradicional: del vestíbulo (Huijsen y Asencio/Rüdiger) se pasa a las habitaciones interiores (Camavinga, Valverde y Tchouaméni) y al balconcito de los laterales-carrileros (Carreras-Trent), que es el desahogo del equipo, lo que un buen patio a las casas andaluzas. Todo confluye en el salón, al que cada vez le entra más luz: de Güler a Vinícius, Mbappé y/o Gonzalo, que como dice Hughes el Madrid juega mejor cuando le faltan entre una y dos de las superestrellas del Big Three.
De momento parece una casa en la que entrar a vivir. Pero como el fútbol es un estado de ánimo y en el Madrid, más (un año son siete, como dijo Valdano, y un mes… ¡un mes es un siglo!) con las mismas, la casa se desploma y hay que volver a empezarla de nuevo.
Al ordem e progresso que ha encontrado Arbeloa haciendo a su equipo más chico, más compacto y más equilibrado, se le ha añadido felizmente Trent Alexander-Arnold. Y tenían razón todos aquellos que decían que el inglés podría mejorar ostensiblemente al equipo. Lo hace. En este punto he de reconocer mi grueso error de juicio con respecto a este jugador al que he juzgado con liviandad. Confieso un prejuicio para con todos los «productos Premier League». Aquella liga que presume de ser la mejor del mundo y que, probablemente, a nivel organizativo y publicitario, lo sea de largo, suele sobrevalorar de manera notable a sus clubes y a sus futbolistas, sobre todo si son nacionales de allí.
Por primera vez en la temporada los brotes verdes parecen reales. Da Luz será la prueba del algodón, el bautismo de fuego de la «Misión Arbeloa»
Trent es realmente bueno. No en vano ha sido uno de los puntales del gran Liverpool de Klopp, que fue uno de los tres mejores equipos de Europa en la última década. Tres finales de la Copa de Europa le contemplan, amén de otras dos ligas, y eso en el reinado, allá, del City de Guardiola y, en el continente, del Madrid de los Jerarcas.
Nos pasamos la semana leyendo a gente poniendo verde a Arbeloa porque unos periodistillas decían que Carvajal lo había convencido de que tenía que jugar él. Algunos se quedaron, mentalmente, en 2013, y con esos bueyes se supone que esta afición global tiene que arar.
El inglés tiene un golpeo a lo Beckham de precisión balística israelí, pero además con él el Madrid recupera esa amplitud que el equipo tenía con Carvajal. Ese ir y venir, esa presencia constante en los tres cuartos del campo contrario que empuja al rival contra su propia portería y ayuda a que inevitablemente el poder ofensivo madridista se imponga. Eso que ahora se dice «hundir al rival». Se intuye una sociedad con Gonzalo muy prometedora y que recuerda a la de su compatriota con Van Nistelrooy, hace veinte años, o más recientemente a la del propio Carvajal con Cristiano.
Arbeloa se pasa los partidos en la banda con ese talle enteco de castellano viejo. Parece el caballero de la mano en el pecho del Greco o uno de los extras del entierro del señor de Orgaz. Tiene un aire fordiano que conecta con algo íntimo del madridismo viejo, una gravitas sin aspavientos en contraste con las performances habituales de los entrenadores modernos, empezando por el Cholo, Guardiola y el mismo Mourinho. Su lenguaje corporal da seguridad, aplomo y se le están afilando los rasgos como a los hidalgos del Siglo de Oro, los que descubrieron y poblaron América a fuerza de fe y hambre. Algo de esa hambre está claro que ha podido transmitir al equipo porque hasta la madre de Bellingham se fotografía con él. Ha tocado las teclas adecuadas y el Madrid funciona.
En Da Luz vuelve a enfrentarse a su maestro. No sólo será un test capital para el devenir inmediato del equipo y del club, sino una prueba notable para su propia carrera como entrenador. Hace dos semanas Mourinho devoró al Madrid, le dio una soberana lección. Pero la sandía puede y debe adelantarse al tallo.
Arbeloa tiene un aire fordiano que conecta con algo íntimo del madridismo viejo. Su lenguaje corporal da seguridad, aplomo y se le están afilando los rasgos como a los hidalgos del Siglo de Oro. Ha tocado las teclas adecuadas y el Madrid funciona
La eliminatoria contra el Benfica no es sólo un gran desafío coyuntural. Está cargada de simbolismo y de Historia. Son los dos primeros campeones de Europa, las primeras dos grandes «dinastías» en la competición aristocrática por naturaleza. Pero para el Madrid, inmerso en una transformación societaria que nadie sabe a razón cierta en qué deparará (con el visir Anas negociando directamente la paz con la UEFA sin que nadie nos haya explicado todavía quién es ni qué pinta en el Madrid) el Benfica es un memento mori: el recordatorio de que una concatenación de malas decisiones, en un contexto difícil, puede arrumbarlo en el trastero de la Historia y convertir su gloria en un parque de atracciones para turistas con dinero. Es verdad que el Madrid siempre ha espantado el fantasma de la benfiquización (o milanización) a base de Copas de Europa…
En este panorama el perfil cervantino de Arbeloa se engrandece. Este doble enfrentamiento es para él lo que la eliminatoria contra el Wolfsburgo hace diez años para Zidane. La temporada ya ha demostrado que el Barcelona no es el del año pasado y, la verdad, Europa siempre es una bendita incógnita. Todo está por hacer, en realidad.
O puede que no. Habrá que verlo y para ello cabalgar contra los gigantes.
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Hola a todos, amigos. Ante la Real, el sábado, Vinícius desafió a la lógica con un gran partido y una jugada antológica sobre la línea de fondo que desembocó en un penalti a nuestro juicio claro, pero la prensa lleva casi 48 horas hablando de que se tiró.
Primero, es mentira. Segundo, es una mentira que sirve para tapar el mérito del jugador, que dibujó un túnel con cola de vaca digno de figurar en los anales de mejores jugadas vistas en la última década en el fútbol mundial.
Siempre es lo mismo con el brasileño, objeto de una campaña de desprestigio como no se ha visto jamás en el balompié patrio, y eso que en ese escenario hemos presenciado despellejes infames a personas insignes como Mourinho o Bale. Lo de Vini es diferente y peor aún, sañudo y miserable por parte de la prensa, las masas en los estadios y las redes sociales. Incalificable todo, con manifestaciones de racismo incluidas, manifestaciones que han sido alentadas por popes de la comunicación que como mínimo han ignorado la necesidad de denuncia.
Coyunturalmente, con todo, la cacería denota ahora una motivación notoriamente feliz: Vini está jugando otra vez muy bien, y la campaña empieza a adquirir el tufo inconfundible de quien mete cizaña como respuesta a un buen momento que inquieta sobremanera. Ya han mordido el polvo varias veces bajo las botas del chico, doblete de Champions incluido, y todo apunta a que se aprestan a volver a hacerlo, los pobres infelices.
As trae a portada precisamente a Vini, acompañado por Valverde y Gonzalo. La primera plana priísta resalta con datos la indudable mejoría no solo de Vini, sino de todo el equipo bajo la batuta de Arbeloa, a pesar de tragos amargos como la eliminación copera o la derrota en Lisboa. Escenario este último al cual retorna mañana la escuadra blanca en el primer acto de su eliminatoria ante los de Mou, con la posibilidad de venganza y “lanzados” en cuanto a juego, como consagra el diario madrileño.
Tal vez “lanzados” sea un adjetivo excesivo, pero es innegable que Arbeloa ha insuflado nuevos ánimos y ha hecho crecer al equipo desde la solidez. Es posible que le veamos perder, pero no parece probable que le veamos conceder un torrente de ocasiones al rival, tal como nos recuerda As que aconteció en Lisboa: doce tiros a puerta encajados en ese choque, por solo siete desde entonces, en total, ante varios rivales.
A todo esto, el Atleti, ese club del que solo se resaltan sus éxitos y no su fracasos, lo que tiene como resultado el que prácticamente no se hable de él, admite señales tan ciclotímicas que esta vez tienen que resaltarlas incluso los amigos de Gil Marín.
Sí la temporada del Madrid os está pareciendo (con razón) una montaña rusa casi inaguantable, mirad al Atleti. Le mete cinco al Betis en Sevilla y, a continuación, el propio Betis le derrota en el Metropolitano. Humilla al club cliente de Negreira (4-0) en Copa y a continuación es humillado por el Rayo. En este sentido, es un equipo tan endeble que se les ve perfectamente capaces de soportar una histórica remontada copera en el Camp Nou. Sucede además que el madridismo ha sido demasiado explícito a la hora de celebrar ese 4-0, y no es descartable que los atléticos hayan tomado nota. No está en el ADN colchonero el hacer felices a los seguidores blancos, ni siquiera tangencialmente.
En la preña cataculé la referencia es Raphinha, que aparece en las fotos con cara de querer degollar a alguien. Hay enojo y nerviosismo en las filas del club cliente de Negreira, y ello a pesar de que ayer se cumplieron tres años desde que todos supimos que se habían comprado el sistema arbitral durante décadas. Deberían relajarse y gozar su impunidad, pero nunca están satisfechos. Consideran que la impunidad les viene de fábrica (no andan en esto desencaminados) y que, por tanto, están en su perfecto derecho de quejarse por una jugada polémica aislada dentro del contexto de una goleada encajada ante el cholismo. Son de lo que no hay. Esta noche juegan en Montilivi, donde a buen seguro vencerán. La liga apunta con claridad meridiana a que el Madrid deberá ganar en el Camp Nou para hacerse con el campeonato.
Hágase.
Hoy debería ser un día para hablar de fútbol. De cómo el equipo presentó su cara más solvente de la temporada contra la Real Sociedad, que venía de una racha de victorias que han devuelto a los donostiarras a su trayectoria de los últimos años de la mano de Pellegrino Matarazzo. Mi amigo Patxi, un Txuri-urdin de pro, estará contento pese a la derrota del sábado: La Real se asoma a Europa. Llevan años desarrollando una propuesta futbolística de equipo grande, y parecen haber encontrado el camino después de acusar el golpe de perder a sus dos futbolistas más talentosos, ambos brillando en la Premier.
Nosotros jugamos un partido correcto. En ocasiones con brillo en los pies de Güler y de Vinicius. El brasileño está recuperando su mejor versión, torturando inmisericorde a los laterales diestros rivales, incapaces de detenerle. No me extenderé con los penalties. El VAR, como insinúa Laporta, altera la competición, pero no como él sugiere. El VAR de Mediapro desnaturaliza el fútbol. Pese a su definición inicial ("corregir errores manifiestos"), el diablo ha corrompido la semántica y el monstruo bicéfalo Tebas-Louzán han hecho lo propio con la limpieza y con la equidad. El VAR es hoy un instrumento de manipulación en manos del CTA, amparado en una supuesta e inexistente neutralidad tecnológica.
¿Qué es un error manifiesto? El sábado no hubo ninguno. Hernández Maeso, con su cara de buena persona, aparentemente ajeno a la corrupción sistémica del CTA, pitó lo que vio. Y cualquiera que haya visto fútbol y tenga un mínimo de decencia (de la que carece Antonio Fresas, por ejemplo) habría pitado lo mismo. Si en lugar de Vini, Aramburu hubiera hecho la entrada de la frustración sobre Lamine después de haber recibido un caño, yo habría pitado penalti. Es de justicia, con poco o mucho contacto. El delantero encarando al portero y con todo a favor para poner un balón de gol. Penalti. Sólo pueden escandalizarse Lama y Carlos Martínez, por razones no futbolísticas, como representantes de lo más casposo y turbio del fútbol en los medios de comunicación.
De Lama podemos afirmar su antimadridismo rencoroso por no haber conseguido ser influyente en el Real Madrid de Florentino. De Martínez podemos sospechar todo. Llegó a ser cancelado en la última contratación de los derechos televisivos de LaLiga. Y sin embargo, ahí sigue. Martínez sabe demasiado. La retransmisión de los partidos es uno de los engranajes imprescindibles para manipular la competición. En la sala VOR lo saben, y en el Moggigate quedó probado por la justicia. No es nada nuevo.
Los calificativos de Martínez el sábado sobre Vinicius serían de cese fulminante si sus jefes y él mismo no fueran parte del tinglado. Jamás le habíamos oído semejantes comentarios refiriéndose a un futbolista. Tenía que ser con Vini, claro. Sobre el personaje tengo una teoría: mientras Robinson vivía jamás se atrevió a tanto. El exfutbolista le llevó la contraria en innumerables ocasiones y de algún modo compensó en los directos su parcialidad, hoy ya innegable. Se ha convertido en un hooligan, tal vez porque tiene la luz pagada para los restos y porque no le importa empujar a los madridistas hacia las IPTVs. Sus comentaristas son Julio Maldonado, un seguidor manso haciendo caja en fase terminal, amortizado como "estudioso del fútbol", y Álvaro Benito, ex futbolista suficientemente inteligente para darse cuenta de lo que sucede, a quien no le compensa discutir con Martínez en antena porque se vive muy bien de la tele.
La guinda de la semana pasada la puso Laporta. Muy gracioso el chiste de quejarse de los arbitrajes, usando el club para emitir un comunicado aberrante en plena campaña electoral. Ausencia total de vergüenza. El pináculo de la desfachatez, después de ser él quien cuadruplicó los pagos a Negreira en 2003, dando carta de naturaleza a la corrupción de la organización arbitral que instauró Núñez mucho antes.
Pongamos un poco de perspectiva: se acercan elecciones. Laporta ha basado su estrategia para la reelección en los éxitos deportivos, mientras la deuda se come al club y los intereses de los créditos crecen más que la generación de caja. La finalización del estadio se posterga. En cuatro días, Laporta ha renovado los votos con Tebas retirando el apoyo a la demanda de Miguel Galán costeada por el propio Barcelona, ha renunciado a la Superliga y se ha apuntado a la ECF, buscando amigos poderosos que le permitan seguir saltándose todas las normas, fichar sin dinero, inscribir sin cumplir. Delinquir. La costumbre.
Mientras, 4-0 en el Metropolitano en Copa. Tragedia. Sin éxitos deportivos la cara de Laporta cada vez recuerda más a la de Dorian Grey viendo su decadencia en el espejo. El comunicado es una contramedida defensiva para que nadie le pregunte por lo que no quiere responder. Necesita seguir presidiendo el Barcelona. ¿De que iba a vivir? ¿Cómo va a dejar el club con la expectativa de trincar big money cuando le toque venderlo? Conociendo al personaje, díganme cuánto apostarían a que intentará todo lo que esté en su mano con dinero del club para llegar a la final de Copa. Oremos.
En el fondo del comunicado, además del electoralismo facilón que funciona cuando te diriges a borregos, volvemos a encontrar el victimismo tan entrañable al que estamos acostumbrados. Hablamos de "més que un club", amigos: en las profundidades de la historia de Cataluña, el victimismo ha servido como un hilo conductor para tejer una identidad colectiva marcada por percepciones de agravio perpetuo. Líderes como el bueno de Joan, independentista, colmo de virtudes y ejemplo vital para los jóvenes, han instrumentalizado al Barça para amplificar este victimismo, proyectando supuestas persecuciones sobre un enemigo omnipotente que, sin embargo, ganó más competiciones europeas que ligas durante el Negreirato.
Presentarte como víctima siendo protagonista del Caso Negreira y autor de los pagos de 8,4 millones de euros al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros (CTA) es sencillamente una patología clínica. Los desembolsos, canalizados a través de sociedades, carecían de contratos formales o informes verificables. La UCO rastreó retiradas de efectivo superiores a 400.000 euros y cheques al portador que hablan de la intención de ocultación. El club admitió ante Hacienda que estos pagos eran “meras liberalidades”, asumiendo multas, mientras Negreira amenazaba en burofaxes de 2018 y 2019 con exponer irregularidades si no le seguían pagando. Ya conocen la historia del contrato con Mundo Deportivo financiado por el Barça que casi nos garantiza que Negreira siguió cobrando. Víctimas...
Las declaraciones de los expresidentes ante la jueza Alejandra Gil ofrecen un cúmulo de incoherencias que subrayan cómo el club prioriza la narrativa sobre la transparencia. Sandro Rosell atribuyó los informes a Negreira padre, mientras Josep Maria Bartomeu los limitó al hijo. Joan Laporta negó conocer a Negreira pese a un vídeo de 2003 que muestra un saludo cordial, y afirmó que los pagos pasaban por compliance, contradiciendo su propia postura de 2009 sobre contratar ex árbitros. Estas discrepancias, fraguadas fallidamente en una cena de ex presidentes para unificar relatos, no solo exponen mentiras (como la de Albert Soler al omitir información ante Hacienda) sino que refuerzan el uso del Barça como escudo ideológico, uniendo a la afición contra un supuesto “madridismo sociológico”. Les invito a profundizar en la secuencia de artículos de Sergio Yebra en La Galerna.
Además de la cuestión electoral, tras estas maniobras subyace una estrategia calculada de negación. Ahí tenemos a Miguel Galán y otros influencers culés subvencionados, que optan por una ignorancia selectiva, tildando el caso de “bulo madridista” y derivando la opinión pública hacia una condena por administración desleal que entienden que alejaría el fantasma del descenso y de la retirada de títulos. No será así. Al resto del mundo le parece inconcebible un victimismo que ignora las facturas, el “índice corrector”, el saldo arbitral, y que califica pruebas judiciales como meras fabulaciones para preservar la narrativa ideológica. La FIFA ya ha tomado nota. La UEFA lo puede hacer en cualquier momento.
Ambas organizaciones tienen motivos más que justificados e información suficiente para intervenir de oficio. El deterioro de las competiciones españolas, la opacidad de los "patrocinios" de LaLiga, los bandazos del CTA en busca de una legitimidad que no tendrán hasta que dejen de ignorar el Negreirato (qué más tendrán escondido...) y el ínfimo nivel del arbitraje convierten LaLiga en un activo tóxico. Una inversión de riesgo totalmente incompatible con los objetivos de la UEFA en su negociación con el Real Madrid.
La FIFA ya ha tomado nota. La UEFA lo puede hacer en cualquier momento
En el caso Calciopoli, la Juventus fue descendida por influir en designaciones arbitrales sin pagos directos pero con una opacidad idéntica al Negreirato. El corrupto ejecutivo Luciano Moggi fue condenado a cárcel e inhabilitado de por vida para cargos relacionados con el fútbol. El caso derivó en revocación de títulos y descenso administrativo de categoría. La Federación Italiana y la UEFA actuaron conjunta y rápidamente para restaurar la limpieza del fútbol por un caso mucho menos grave que los pagos a Negreira. La RFEF insiste en pasar página y en poner el foco en la justicia penal, una vez finalizada su labor de encubrimiento del delito deportivo y de colaborar a su prescripción, para escarnio y vergüenza del fútbol español. Todo es muy lamentable. La vía penal tardará, pero la FIFA y la UEFA tienen intereses a corto plazo incompatibles con este circo.
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A ver, inminente no es la cosa. Vamos, que el Barça seguirá manteniendo su envidiable récord un tiempo. Pero viene un tremendo récord del Madrid, un récord a la inversa. Sí, así podíamos denominarlo.
¿Qué récord? ¿Le estoy poniendo nervioso? Vamos ya: el Barça estuvo 78 partidos de Liga, dos años, febrero de 2016 a marzo de 2018, sin que le pitaran un penalti en contra. Punto y aparte.
Ahora, tras el partido con la Real, el Madrid suma 13 a favor en esta Liga. Está pues a solo 65 de igualar tal machada. A la inversa, ya digo.
Por lo que se deduce del último comunicado culé, es probable que el Madrid lo consiga esta misma temporada. Un salto que ni Duplantis.
El récord barcelonista se produjo casualmente en los mejores momentos del Negreirismo Ilustrado de cuya existencia supimos hace por ahora tres años. ¿Sin sentencia o cosa parecida? Si. Despacio van las cosas de Palacio. Y además, a medida que pasa el tiempo, tan inexorable él, las tropelías de ese querido club aumentan hasta el punto que, como predije, lo de Negreira va a acabar pareciéndonos pequeño. ¡Qué arte!
Pues eso, que los penaltis a favor del Madrid ante la Real han excitado el finde. Además se los hicieron y los transformó Vinicius con la ilusión que tenían muchos en vérselos fallar, al menos uno. Otra vez será.
el Barça estuvo 78 partidos de Liga sin que le pitaran un penalti en contra. Ahora el Madrid suma 13 a favor. Está pues a solo 65 de igualar tal machada. A la inversa, ya digo.
Porque el Madrid le seguirán pitado penaltis a favor. Penaltis que al debutante entrenador de la Real, como a un servidor, le parecieron bien señalados. “No hay motivo para anularlos” dijo. ¿Matarazzo es un tipo especial? Puede. Pasa sobre todo que está por destetar.
Por ahora es un señor yanqui de apariencia educada y cortés que aterriza en España y espera el día de enfrentarse al Madrid con mariposas en la tripa. Es un entrenador que por primera vez en su carrera se va a medir al mejor club de la historia y lo sabe. No le ha dado tiempo a fanatizarse y dice lo que le parece. Que un defensa no debe ir al suelo, meter pie y brazos, favorecer que el delantero caiga. Que hubo falta y no hay más que hablar.
Vinicius lo estaba buscando, clamaron los 'iluminatis'. No, Vinicius busca meter gol o dárselo a un compañero. El defensa también busca: la manera de impedir que su rival progrese. En los tres penaltis pitados los oponentes, Huijsen y Aramburu por dos veces, no tocaron pelota y s'i rival: igual tiene alguna importancia.
¿Matarazzo es un tipo especial? Puede. Pasa sobre todo que está por destetar.
Flick también fue normal en sus primeros tiempos aquí. Llegaba desde Alemania, donde sucede lo mismo que en Estados Unidos: los futboleros saben quién es el Madrid y se rinden ante él.
Flick jugó en el Bayern, llegó al Camp Nou con la mili blanca hecha. Llegan y salen con el nosotros-no-hablamos-de-los-árbitros, los-respetamos y evolucionan a pedir audiencia en el vestuario arbitral del Metropolitano. Tras comerse 4, un buen resultado: conste.
¿Qué le echaría en cara Flick al árbitro? Pues como no fuera que no pusiera en el acta dos goles del Atleti no se me ocurre. O que diera validez por escrito al que anuló a su equipo basándose en una realidad irrefutable: líneas y ‘frames’ en asuntos de fuera de juego, raro es el día que no favorecen al Barça, luego aquello fue un error. O como poco, algo raro.
Y sucede, pues al ser un equipo de gente muy inteligente, desde su entrenador al tercer portero, sabe cómo tirar el fuera de juego y los burros de los rivales no tienen idea de cómo zafarse de esa trampa.
Es decir: el adversario siempre está en fuera de juego; los jugadores del Barcelona, difícilmente. Una versión futbolera del hermana-yo-sí-te-creo. O aquel racial de, ante la duda, la más sesuda.
Total, que la semana se puso la mar de divertida con lo del pacto UEFA, ECA y Real Madrid, continuó con el 4-0 de la Copa y siguió con lo del Bernabéu y el 3-0 de Butarque a la espera del Girona-Barça de hoy y la vuelta del Madrid a Lisboa mañana.
De lo de la Superliga, chitón. Hasta que no nos cuenten de qué irá finalmente la copla, no me pronuncio. Digo que el Madrid fue decisivo para que se fundara la FIFA y la Copa de Europa, lo fue en el último cambio de la Champions y lo será en el fútbol que viene.
Y eso, más las 6 en 11años, encabrona de una manera insufrible. Aquel gemelo Frank De Boer lo explica muy bien. “El barcelonismo no tolera que el Madrid siga ganando, no sabía que su odio era tan profundo”, ha dicho.
De lo otro… Verán: con el Bernabéu en la recamara, firmo que el Madrid palme pongamos 2-0 a cambio de que el Girona gane con un gol de orsay y otro en fuera de juego. Usted también, pollastre. Sí, pollo en catalán. Usted también.
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No hay nada más inevitable que el paso del tiempo. Nos golpea a todos y nos impacta especialmente cuando vemos una foto antigua, nuestra o de alguien conocido. Ese pequeño shock lo sufro cada vez que veo aquellas imágenes de Florentino Pérez recién llegado a la presidencia, con un cigarro en la boca, sonriente y lleno de energía.
Y cuando el recuerdo es en formato vídeo y reaparece aquella escena, en plena campaña electoral del año 2000, cuando le preguntaron por la presión de enfrentarse al presidente saliente y por la arriesgada promesa del fichaje de Figo, y Florentino respondió con gesto imperturbable —«¿tú me ves nervioso?»—, entonces mi yo nostálgico se derrumba y entiende que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aquella frase no fue solo una ocurrencia: simbolizaba serenidad en medio de la tensión y el inicio de una transformación que cambiaría por completo el rumbo del club.
Nos acercamos al momento en que el Real Madrid tendrá que vivir sin Florentino Pérez en la presidencia. Tras 26 años —con una breve interrupción de tres— se avecina una transición que será sin duda complicada. El mejor periodo del Real Madrid que hemos vivido la gran mayoría de los madridistas ha coincidido con el mandato de un presidente que hoy tiene 78 años y que, tarde o temprano, dará un paso al lado. La comparación con Santiago Bernabéu es inevitable. Bernabéu fue presidente hasta el final de sus días. Estuvo 35 años en el cargo. Florentino lleva 26. Vidas paralelas en cuanto a modernización y transformación estructural del club. Dos hombres que heredaron un Real Madrid grande y dejaron un Real Madrid inmenso, hegemónico.
Si la herencia que dejó Bernabeu fue un club conocido en todo el mundo y líder en Copas de Europa, Florentino Pérez ha hecho lo propio y desde su llegada se han ganado 7 Champions League, ha transformado el estadio y ha convertido al club en el más valioso del mundo con unos ingresos de más de 1.200 millones de euros.
A nivel deportivo, la última Champions conquistada —la de 2024— empieza a percibirse más lejana de lo que realmente fue. Sin embargo, probablemente el paso del tiempo la engrandezca aún más, como ocurrió con las seis Copas de Europa logradas en la última década del mandato de Santiago Bernabéu. Aquellas gestas, que hoy forman parte del ADN del club, convivieron entonces con títulos nacionales —seis Ligas y tres Copas del Rey—, pero tras aquel ciclo dorado no se volvió a levantar la Copa de Europa hasta muchos años después, ya con Lorenzo Sanz en la presidencia y aquel inolvidable gol de Pedja Mijatović en 1998.
Y en ese contexto, Florentino Pérez parece decidido a cerrar los grandes frentes abiertos antes de su marcha. Fichar a Zidane, Cristiano Ronaldo o Mbappé es extraordinariamente complejo; pero más difícil aún es anticipar el futuro, leer el entorno antes que los demás y convencer a toda la masa social de la necesidad de un determinado rumbo. Esa, en esencia, es la verdadera herencia que pretende dejar Florentino: no solo un palmarés fabuloso, sino un legado. Una visión que, en cierto modo, enlaza con la que en su día marcó Santiago Bernabéu.
Por eso, aunque lo deportivo represente para el aficionado casi el 98% de su felicidad, para un dirigente como Florentino es solo una variable más. Sin estabilidad económica, institucional y social es imposible sostener la competitividad durante décadas. El corto plazo son los resultados mientras que el largo plazo es la visión de como estará el club en cuatro u ocho años.
Y si atendemos a esa visión a futuro hay varios retos claves en el futuro del Real Madrid. Y ahí es donde aparece la figura de Florentino Pérez, que parece decidido a dejarlos encauzados antes de marcharse.
Uno de los grandes frentes abiertos al inicio del último mandato fue la creación de la Superliga. Una guerra sin cuartel contra la UEFA, liderada prácticamente en solitario por Florentino Pérez, que ha supuesto un desgaste considerable y un esfuerzo institucional de primer nivel.
Si el criterio es haber forzado una reforma del ecosistema competitivo europeo, entonces el movimiento puede considerarse un éxito estratégico
La idea original —una competición estable, cerrada y compuesta por 22 superclubes— no prosperó como proyecto inmediato. En ese sentido, puede calificarse como un fracaso táctico. Es probable que Florentino Pérez no calibrara con exactitud ni la fuerza de sus adversarios ni la lealtad de algunos aliados. Durante esta batalla, hubo socios más volátiles que firmes, más oportunistas que comprometidos. Joan Laporta y Miguel Ángel Gil Marín abandonaron el barco cuando la presión apretó y el coste reputacional comenzó a elevarse. Si esto fuera "El bueno, el feo y el malo", el reparto de papeles sería bastante evidente.
Ahora bien, si el análisis se limita a la no materialización de aquella Superliga de 22 fundadores, el balance es negativo. Pero si el foco se amplía y se examina el objetivo estructural —alterar el equilibrio de poder en el fútbol europeo—, la lectura cambia de forma sustancial.
La ambición última de la Superliga iba mucho más allá de una nueva competición: pretendía cuestionar el modelo de gobernanza del fútbol continental. Y en ese terreno sí se han producido avances significativos. El modelo anterior, con una UEFA percibida como omnipotente, poco permeable a las demandas de los grandes clubes y juez y parte en la organización de sus propias competiciones, ha quedado seriamente erosionado. Tras la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y las negociaciones posteriores, el equilibrio de poder ya no es el mismo.
Si el criterio de evaluación es la inexistencia de aquella Superliga fundacional, el resultado es un fracaso. Si el criterio es haber forzado una reforma del ecosistema competitivo europeo, impulsando mayores ingresos, mayor capacidad de influencia para los clubes y un marco más abierto a la negociación, entonces el movimiento puede considerarse un éxito estratégico.
En las próximas semanas y meses se medirá con mayor claridad el alcance real de ese cambio. Lo que parece indiscutible es que ese frente se encamina hacia su cierre y que, si se consolida un acuerdo definitivo, el Real Madrid y sus inversores estarían dispuestos a retirar la demanda de 4.500 millones de euros.
Abortada casi desde su nacimiento la idea de construir una competición completamente nueva en un fútbol europeo con estructuras históricas muy sólidas —y muy alejadas del modelo americano—, la alternativa ha sido transformar el sistema desde dentro. No mediante una ruptura inmediata, sino mediante la presión constante de una amenaza creíble: una reclamación milmillonaria respaldada por una sentencia judicial que reconoce el derecho de cualquier grupo de clubes a organizar una competición alternativa.
Esa es, probablemente, la verdadera herencia de Florentino Pérez. No solo para el Real Madrid, sino para el conjunto del fútbol europeo: haber demostrado que el statu quo no era inamovible.
Superada esta primera gran batalla —que obligaba al Real Madrid a mantener abiertos frentes simultáneos contra la UEFA, la Liga española, el Barcelona y figuras como Tebas, Laporta o Ceferin— el club puede replegarse estratégicamente y concentrar sus esfuerzos en el ámbito doméstico. Con la FIFA en una posición de interlocución favorable, con una relación fluida con Gianni Infantino y con la propia UEFA negociando bilateralmente con el Real Madrid un acuerdo calificado de histórico, el escenario internacional parece estabilizado. Incluso con Ceferin en la rampa de salida, el conflicto exterior pierde intensidad.
Eso desplaza inevitablemente el foco hacia la Liga española, origen de muchos de los problemas estructurales que afectan al ecosistema nacional. La pérdida progresiva de atractivo internacional, la brecha creciente con la Premier League en ingresos audiovisuales, la fuga de talento y la percepción de desorden institucional dibujan un contexto preocupante. A ello se suma el desgaste reputacional del sistema arbitral tras el caso Barcelona-Negreira, aún en fase judicial, pero con un impacto evidente en la credibilidad del campeonato.
Para que la Liga recupere fortaleza, el primer paso es restaurar la confianza. Eso exige una resolución clara y transparente del procedimiento judicial y, en su caso, la asunción de responsabilidades proporcionales. Solo con instituciones sólidas, gobernanza clara y reglas aplicadas sin ambigüedades puede construirse una competición verdaderamente sana y competitiva. Y para ello hay que forzar la resolución del caso Negreira y castigar a los culpables. Uno es evidente, el corruptor, el Barcelona y otros, los corrompidos, muchos de ellos árbitros en la actualidad e incluso dirigentes del CTA.
La limpieza de la liga española pasa necesariamente por este asunto, que ahora mismo se encuentra en sede judicial. La vía penal es lenta, técnica y, en muchos casos, limitada en sus efectos deportivos. En el mejor de los escenarios habrá sentencias dentro de varios años, con posibles responsabilidades individuales —incluso económicas—, pero sin consecuencias directas en la clasificación o en los títulos obtenidos.
Y aquí es donde podría entrar la FIFA, con capacidad directa para sancionar en estos casos. Y es donde el Real Madrid está ahora inmejorablemente posicionado. Ni a la FIFA ni a la UEFA —ahora alineadas con los intereses globales del Real Madrid— les interesa esa publicidad negativa con un club que ha comprado a un dirigente arbitral. La FIFA y la UEFA tienen precedentes en contextos comparables —como los casos que afectaron a clubes italianos hace dos décadas— donde las sanciones trascendieron el ámbito puramente penal.
Pero el escenario doméstico no se limita al caso arbitral. Existe también un pulso estructural entre el Real Madrid y la presidencia de la Liga. La relación entre Florentino Pérez y Javier Tebas ha transitado por fases de enfrentamiento abierto, recursos judiciales cruzados, denuncias públicas y cuestionamientos sobre el modelo de gestión económica, y la comercialización centralizada de los derechos audiovisuales. El club blanco ha impugnado acuerdos estratégicos como el pacto con fondos de inversión y ha llevado a los tribunales determinadas decisiones de la Liga, mientras que Tebas ha mantenido una línea de confrontación directa contra el Real Madrid y su presidente.
el Bernabéu es hoy un estadio-monumento, un icono arquitectónico en el centro de Madrid que, durante el partido de la NFL, proyectó una imagen global que sorprendió incluso al público estadounidense. Lo más difícil ya está hecho
En este contexto, cualquier posible inhabilitación de Tebas, procedimiento disciplinario o revisión judicial que afecte a la presidencia de la Liga alteraría de forma significativa el equilibrio interno de poder. No se trata solo de un enfrentamiento personal, sino de dos modelos de gobernanza distintos: uno orientado a maximizar el control centralizado y otro que reclama mayor autonomía para los grandes clubes. La resolución de ese pulso marcará el futuro inmediato del fútbol español tanto como el propio caso Negreira.
Superado el primer frente europeo, el conflicto con la UEFA, este segundo escenario podría abordarse con mayor margen estratégico. Y aquí aparece un elemento complejo: la relación ambivalente entre Florentino Pérez y el Barcelona. Ha habido momentos de alianza táctica —especialmente en el impulso de la Superliga— y momentos de confrontación abierta. Si uno intenta analizarlo con frialdad, la prioridad estratégica en aquel momento era construir un bloque fuerte frente a la UEFA; sin el Barcelona, esa presión habría sido mucho menor. Ahora, el Real Madrid no tiene la presión exterior ni la carga que suponía su relación con el Barcelona, y puede centrarse plenamente en el ámbito doméstico.
Y llegamos al punto más delicado y, probablemente, más trascendental: el que afecta al propio Real Madrid, a su gobernanza, a su estructura económica y al estadio como eje del nuevo modelo financiero.
El estadio parece seguir ya su propio curso. El proyecto, presentado hace más de una década, ha atravesado fases técnicas, financieras y urbanísticas complejas. El resultado final aún no está plenamente desplegado: los conciertos no han alcanzado la regularidad esperada —aunque nunca fueron el fin último, sino una parte del modelo de explotación—, quedan ajustes pendientes en zonas como el sky bar, la pasarela 360 o la iluminación exterior definitiva. Sin embargo, frente a esos flecos, la realidad es incontestable: el Bernabéu es hoy un estadio-monumento, un icono arquitectónico en el centro de Madrid que, durante el partido de la NFL, proyectó una imagen global que sorprendió incluso al público estadounidense. Lo más difícil ya está hecho.
La reforma del estadio es principalmente fruto de una visión económica. Un recinto de estas características permite prácticamente duplicar ingresos por hospitality, eventos corporativos, restauración, naming rights y experiencias premium. El rendimiento deportivo está indisolublemente unido al músculo financiero. Sin este es imposible fichar a los mejores jugadores. Y también sin un fair play financiero que haga que todos los clubes compitan en igualdad de condiciones financieras, sin un estado detrás que pague jugadores con petróleo. Y esto posiblemente también haya sido moneda de cambio en el acuerdo con la UEFA.
Más allá del estadio, quedaría la última pieza del puzzle para que Florentino se pueda bien marchar a Santa Pola a descansar, como su admirado Santiago Bernabeu, o a su chalet de Madrid con sus hijos y nietos, para contarles cómo una vez lideró a un Madrid completamente arruinado y lo convirtió en un ejemplo de gestión mundial, y en el club deportivo número uno del mundo.
Pero para ello, hay que abordar la cuestión quizá más espinosa, tanto por lo que implica como por la complejidad técnica que encierra. Y aquí debo reconocer que, pese a mi formación jurídica, necesito apoyarme en la opinión de expertos para comprender en profundidad la reforma propuesta, sus ventajas y sus posibles inconvenientes. Ese es, precisamente, uno de los desafíos: que los socios podamos entender con claridad las implicaciones reales del cambio planteado. Y en ese punto el departamento de comunicación del Real Madrid, tradicionalmente prudente, tiene un amplio margen de mejora.
Antes de intentar explicar —o al menos resumir— una materia tan compleja, que quizá incluso excede mi ámbito, conviene fijar una premisa que no es menor: si Florentino Pérez considera necesario un cambio de esta magnitud, el socio debería, al menos, reconocer la buena fe de la iniciativa. Alguien que hace 25 años pudo consolidar su posición personal dentro del club, que habría podido utilizarlo como escaparate de sus intereses empresariales y no lo hizo, difícilmente tiene ahora, con 78 años y una enorme fortuna —suficiente para varias generaciones—, una motivación distinta al fortalecimiento institucional del Real Madrid.
El modelo de club en el que unos pocos miles de socios elegían a un representante para gestionar una entidad de dimensión esencialmente local, poco tiene que ver con la realidad actual. Si ese marco tenía sentido cuando se fundó el club, en 1902 y durante varias décadas, en la actualidad, el Real Madrid es un club con más de 100.000 socios, cientos de millones de seguidores en todo el mundo, ingresos superiores a los mil millones de euros y compromisos financieros, contractuales y regulatorios de enorme complejidad.
Elegir presidente ya no es designar a un aficionado comprometido, dispuesto a dedicar tiempo y prestigio personal. Supone seleccionar a alguien con capacidad financiera para avalar cantidades millonarias, con solvencia jurídica para entender marcos regulatorios internacionales, con visión empresarial para competir frente a fondos soberanos y estados, y con liderazgo suficiente para dirigir una estructura corporativa equiparable a la de una gran multinacional. El sistema de avales económicos, pensado para garantizar responsabilidad patrimonial, limita de facto el número de candidatos posibles. La dimensión económica del club reduce drásticamente el universo de personas capacitadas para asumir esa responsabilidad.
Alguien que hace 25 años pudo consolidar su posición personal dentro del club, que habría podido utilizarlo como escaparate de sus intereses empresariales y no lo hizo, difícilmente tiene ahora, con 78 años y una enorme fortuna —suficiente para varias generaciones—, una motivación distinta al fortalecimiento institucional del Real Madrid
Además, el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El Real Madrid no compite solo contra clubes históricos, sino contra entidades respaldadas por capital estatal, petróleo, fondos de inversión o conglomerados financieros. En ese contexto, un modelo asambleario clásico encuentra tensiones evidentes: la velocidad de decisión que exige el mercado global no siempre encaja con estructuras pensadas para otra época.
La cuestión no es desnaturalizar el modelo de socios, sino preguntarse si el diseño institucional actual es el más adecuado para proteger precisamente aquello que se quiere preservar: la independencia, la competitividad y el patrimonio colectivo del club.
Y aquí es donde entra la propuesta de cambiar el modelo de club. Y aquí reitero una premisa anterior: Florentino Pérez no necesita este movimiento para su beneficio personal. No parece plausible que busque otra cosa que dejar al club estructuralmente protegido. Y, por tanto, todo lo que no sea considerar que esto lo hace Florentino Pérez por el bien del Real Madrid proviene de un interés malintencionado.
El objetivo no es otro que encontrar una fórmula que se adapte a la dimensión actual del club y a los retos del nuevo entorno competitivo: una estructura que combine control mayoritario de los socios, profesionalización ejecutiva y blindaje efectivo frente a diluciones o intentos de control hostil.
La posible evolución hacia un modelo de Sociedad Anónima —con fórmulas híbridas que preserven la mayoría social— puede ofrecer ventajas claras, pero también implica riesgos que deben abordarse con transparencia.
en cuanto a la propiedad del club, el modelo actual muestra signos evidentes de agotamiento. el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El fútbol de 2026 no se gobierna con herramientas jurídicas concebidas hace un siglo
La evolución hacia una estructura societaria implica tres riesgos que deben contemplarse con realismo: en primer lugar, una venta inicial minoritaria —del 5% o 10%— podría desembocar en futuras ampliaciones de capital que diluyan progresivamente el control de los socios si no se establecen blindajes estatutarios sólidos; en segundo lugar, la entrada de capital externo puede generar presiones cortoplacistas orientadas a la rentabilidad inmediata, condicionando decisiones deportivas que requieren visión estratégica; y, por último, desde el punto de vista reputacional y de gobernanza, una estructura accionarial mal diseñada podría favorecer tensiones internas o intentos de influencia indebida en ausencia de un liderazgo fuerte y cohesionado.
Ignorar estos riesgos sería ingenuo; pero lo sería aún más no reconocer que el modelo actual muestra signos evidentes de agotamiento y que el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El fútbol de 2026 no se gobierna con herramientas jurídicas concebidas hace un siglo.
Estos son los tres grandes retos que debe afrontar Florentino Pérez (uno ya encarrilado) hasta el final de su mandato. Por el camino, deportivamente llegarán títulos o decepciones. Tal vez otra Champions en primavera, como tantas veces cuando menos se espera. Las Champions, las ligas y el resto van y vienen, sobre todo en el Real Madrid, pero las personas visionarias capaces de cambiar completamente la fisionomía de un club y de un deporte como el fútbol aparecen cada 50 años.
En los últimos 83 años, el club ha tenido dos presidentes verdaderamente transformadores: uno durante 35 años y otro durante más de 25. Dos figuras extraordinarias que han redefinido la dimensión del Real Madrid en su tiempo. Hemos tenido la gigantesca suerte de haber disfrutado de ambos como presidentes de nuestro club. Dos personas que han cambiado para siempre la historia del fútbol y que difícilmente tendrán un relevo en un tercer visionario. Pero, si algún club es capaz de volver a hacerlo, es el Real Madrid.
Mientras tanto, disfrutemos del privilegio de estar dirigidos por quien, para muchos, no es solo el mejor presidente de la historia del fútbol, sino uno de los grandes dirigentes de la historia del deporte. Porque aunque le queden meses —ojalá años— al frente del club, hay una batalla que ni siquiera los visionarios pueden ganar: la del tiempo.
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Hay una jugada en la final de Champions contra el Liverpool (París, 2024) en la que Sadio Mané gambetea en el área, dispara y Courtois logra desviar el balón con la punta de los dedos para que golpee en el poste y salga repelido. ¿Detuvo Courtois el tiro del senegalés? No exactamente. ¿Evitó el gol del Liverpool? Sin duda.
Hemos visto en innumerables ocasiones lances en los que la intervención de un jugador priva a un rival de su objetivo sólo a base de estorbar o entorpecer un golpeo o una carrera, sin necesidad de tocar pelota ni adversario. Todos habremos perdido el autobús o el metro sin que nos hayan placado o retenido de manera activa, sino que es suficiente con ralentizar nuestro paso. Las normas de urbanidad, como el reglamento, penalizan que hagamos a un lado a la persona que se interpone entre nosotros y el lugar al que nos dirigimos.
Es palmario que esa Superliga, tal y como se concibió, no va a ser, pero ¿hay alguien en condiciones de afirmar que los cambios que han ocurrido en el formato de competición europea, así como los que quedan por venir, no son tributarios de ella?
Una intervención mínima puede ser decisiva, porque todo en la vida, al final, acaba siendo cuestión de pulgadas, las mismas a las que se refiere Al Pacino en su monólogo de Un Domingo Cualquiera. Quienes abrazamos el sistema métrico decimal manejamos mucho mejor los milímetros que las pulgadas, todo sea dicho, si bien sabemos que una pulgada son 25,4 milímetros.
¿Ha fracasado Florentino Pérez en su proyecto de Superliga ahora que ha llegado a un acuerdo con la UEFA? No tengo la menor idea. Es palmario que esa Superliga, tal y como se concibió, no va a ser, pero ¿hay alguien en condiciones de afirmar que los cambios que han ocurrido en el formato de competición europea, así como los que quedan por venir, no son tributarios de ella? ¿Es posible que Florentino Pérez no haya detenido el balón pero haya desviado el tiro lo justo como para que no entre y se vaya al palo?
El periodismo deportivo patrio ha mostrado mucha prisa por decretar si el balón entró o no, repartiendo roles de vencedores o vencidos, de éxitos y fracasos. Quizás en esta ocasión la parte interesante sea cuánto y para qué desvió el balón el presidente del Real Madrid.
En opinión de quien esto escribe, los males endémicos del periodismo deportivo español se resumen en dos: incultura y soberbia. La primera queda más que acreditada abriendo cualquier diario deportivo o escuchando cualquier intervención hablada de un profesional del ramo. Salvo honrosas excepciones, Cela, Cervantes, Quevedo, Baroja, Lope de Vega y otros cientos ven mancillado su legado ante los repetidos crímenes de leso lenguaje que se perpetran en esos medios de comunicación. La segunda es madre de la primera pues, en la época con más y mejor acceso a la cultura, esta se ve ignorada porque para qué les va a servir. Esto es opinión, sí, pero leer a García Márquez es imprescindible para escribir bien sobre lo que sea, da igual que se trate de economía, deportes, filosofía o política.
La cultura de lo inmediato ha reducido la unidad mínima de información a un tuit, a un titular, de manera que no hay margen para el matiz o para la apertura de un abanico de posibilidades que permita al lector formarse su propia opinión. Todo viene comprimido, sin desarrollo ni matiz, y procesado, listo para ser regurgitado directamente a la garganta de los polluelos que son los lectores o espectadores. Sí, considerarlos tan estultos y permeables a lo que se les diga no deja de ser otra cara de la soberbia antes referida.
Así, ¿fracasó Florentino Pérez a la vista de su acuerdo con la UEFA? Seguimos sin tener la menor idea. Quizá lo sabio en esta ocasión, como en otras tantas, sea alejarnos en tiempo y distancia, de manera que ganemos perspectiva y nos sorprendamos con que los manchurrones que veíamos constituyen una obra maestra impresionista.
Por todo lo anterior, seamos prudentes y ponderados, ganemos distancia y tiempo y, sólo entonces, con información y perspectiva, formémonos una opinión. Cuestión de pulgadas.
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Hola a todos. Hoy es el día. Hoy se cumplen tres años de la muerte de nuestra inocencia, aunque bien es cierto que, antes de que se supiera lo de Negreira, algunos ya nos maliciábamos que also muy turbio estaba teniendo lugar entre bambalinas. Hoy, sí, se cumplen tres años desde que sabemos que el FC Barcelona pagó durante un mínimo de 17 años al vicepresidente de la organización arbitral, José María Enríquez Negreira.
Son tres años, llenos de meses, semanas y días, de completa impunidad. Eso es lo grave, lo lacerante. Han transcurrido tres años sin que el FC Barcelona haya recibido sanción alguna tras haber protagonizado el mayor escándalo de la historia del futbol español y mundial, tal vez el mayor escándalo en la historia del deporte, debido al tiempo de duración del mismo. Tenemos constancia contable de que fueron 17 años, porque esa es la horquilla temporal de la cual tenemos facturas, pero según declaraciones de antiguos directivos culés (Perrín y Freixa, tan siniestros como torpes) hay que considerar muy seriamente la hipótesis de que todo comenzara en la presidencia de Josep Lluís Núñez. Los madridistas que peinen canas recordaran la ominosa final de Copa Madrid-Barça de 1990 y el descarado hurto arbitral de las dos ligas perdidas por los blancos en la última jornada en Tenerife.
Hoy se cumplen tres años desde que sabemos de algo que ocurrió “oficialmente”durante diecisiete, pero a lo que no sería descabellado otorgar una duración de décadas y décadas, desde los noventa del pasado siglo. Nuestra ingenuidad murió definitivamente hace hoy tres años. Millones y millones de seguidores del fútbol en todo el mundo fueron estafados durante décadas, y aquí no sucede absolutamente nada.
Es un oprobio de dimensiones colosales. El lóbrego Albert Soler maquinó, desde su cargo alterno en la directiva blaugrana y el gobierno de España, la prescripción del crimen para la justicia deportiva, y ahora todo parece a expensas de los paquidérmicos movimientos de la justicia ordinaria.
¿Y la prensa? ¿Qué hace la prensa en medio de este asco consuetudinario? Pues lo mismo que todos los demás agentes implicados, es decir, pretender que todo se olvide. Balón fuera del estadio. Patapum pa’arriba. Detritus bajo la alfombra y a seguir adelante. Hoy tenéis la mejor prueba en sus portadas, que no hacen mención alguna del asunto con la excepción de As, publicación a la que honra, al menos, colocar un jalón en su faldoncillo, un mojón recordatorio: “El caso Negreira cumple tres años y continúa en fase de instrucción”. Gracias por no olvidarlo, aunque nosotros tengamos que dibujar un círculo rojo en torno a ese aviso para compensar su muy reducido tamaño.
Paradójicamente, en manifestación de un cinismo apabullante, la prensa cataculé sí habla hoy de árbitros, pero no para señalar el aniversario del gigantesco escándalo que contamina para los restos el palmarés del club que aman, sino para lo contrario, para quejarse. Un amigo nuestro, cuando éramos jóvenes, en sus borracheras, vomitaba tan fuerte que se le reventaban pequeñas venas en el rostro, por el esfuerzo, de suerte que al día siguiente no había forma de mantener oculta su intoxicación de la noche previa. Se llaman petequias, y hoy hemos amanecido con la cara perlada de ellas a resultas del vómito violento al que nos condujo el ver, ya anoche, la portada de Mundo Deportivo de hoy. Esta gente (o sea, Mundo Deportivo pero también el culerío en general) ha logrado una combinación de sinvergonzonería intelectual y cinismo desaforado digna de mejor causa.
Sí, amigos. Esto es lo que Mundo Deportivo tiene que decir en el día en que se cumplen tres años, tres (nos vais a permitir) putísimos años de que se supiera que su cosecha histórica de títulos está enmarronada para siempre.
En fin. Ya sabéis por lo demás que el Madrid goleó (4-1) a la Real en el Bernabéu, dejando buenas sensaciones de cara al trascendental partido del martes ante el Benfica. Os lo contó Athos Dumas en La Galerna, podéis disfrutar de su crónica, así como de las notas de Genaro Desailly.
Os dejamos con las otras dos portadas del día, que ignoran completamente el luctuoso aniversario.
Pasad un buen día.
Arbitró Francisco José Hernández Maeso del colegio extremeño. En el VAR estuvo Trujillo Suárez.
Partido con tres penaltis acertando en dos y errando en uno. También dejó un par de tarjetas sin sacar y alguna falta que se fue al limbo.
En el 19' Huijsen derribó claramente a Yangel en una pena máxima cristalina. Además, el defensa merengue fue amonestado. Apenas cinco minutos después, en el otro área, Aramburu barrió a Vini. Sin mucha intensidad, pero la suficiente para el derribo. El tercer penalti no fue. En otro duelo entre Vinicius y Aramburu, el delantero brasileño se está cayendo al suelo sin que la acción sea punible. El VAR debió intervenir, pero como la consigna del CTA es intervenir lo menos posible pues se inhibió.
El otro tarjeteado del choque fue Turrientes, con una entrada a destiempo en el descuento a Ceballos. En la primera mitad pudo verla Camavinga por alguno de sus dos pisotones, y en la segunda Zubeldia en una entrada por detrás a Gonzalo en la que ni siquiera señaló falta.
Por último, apuntar que hubo dos goles anulados por fuera de juego en los últimos diez minutos del encuentro. El primero muy claro del realista Oskarsson y el segundo de Vini en una falta lateral que pareció mucho más ajustado por la posición de un defensa txuri-urdin.
Hernández Maeso, CORRECTO.
Aupado por una espectacular reaparición de Trent, un brillante Vinícius y un trabajo sólido de todos los demás, el Madrid se impuso con claridad a la Real Sociedad y dio muestras de firmeza en vísperas del crucial choque ante el Benfica.
Con Mbappé en el banquillo por problemas físicos, el prepartido prometía por la rara coincidencia sobre el césped del mejor centrador del equipo (Trent, que estrenaba titularidad tras su lesión) y del mejor especialista en el remate (Gonzalo), dupla que presagiaba un remake de la dueña sociedad que ambos futbolistas apuntaron en el Mundial de Clubes. No bien acababa el cronista de escribir estas palabras, el inglés metía un balón prodigioso al área y el canterano lo embocaba en dirección a portería con un toque sutil que cruzaba hasta el palo opuesto, lo tocaba gentilmente y se iba para adentro con la sutileza de un guiño a mí, al cronista. En casa solo me quieren mis perros, por lo que todo chute de autoestima es bienvenido.
Pese a ello, en esos minutos iniciales, el dominio correspondía a la Real, que dominaba y atacaba con sentido ante un Madrid que parecía conforme escudándose con un bloque medio y buscando balones largos del propio Trent o Rüdiger a las escapadas de Vinicius. Güler se tenía que venir muy atrás para ayudar a construir el juego, dada la presión donostiarra, y ya sabemos cuántos enteros baja el turco lejos del área rival. A la hora de lanzar un córner, Arda y Trent ensayaron una danza de indecisión que pareció un minué de despiste propio y/o ajeno. Los dos los lanzan muy bien, pero parece dudoso que el lanzarlos al alimón incremente sustancialmente las posibilidades de éxito.
Al filo de los 20 minutos, un buen balón de Soler desembocó en una entrada intempestiva, absurda, de Huijsen en el área. Penalti inobjetable e innecesario, pues ni siquiera era tan clara la ocasión visitante. Huijsen tiene la técnica de un defensa de época y la candidez de un infantil impresionable. O mucho ha cambiado el Real Madrid desde que lo conocemos, o parece improbable que tenga la paciencia suficiente para dejarlo triunfar. Pero bueno, cosas más raras se han visto. La tuvo con Marcelo o con Benzema, que también eran el paradigma de la bisoñez al principio, y también irritaban al personal con su lenguaje corporal. Y valió la pena tenerla.
Sin embargo, no pasaría mucho tiempo antes de que un nuevo penalti volviese a adelantar a los locales. Vinícius se lo guisó, Vinicius se lo comió, y ese pícaro gordo lo protestó. Muy poco faltará si el Barça no emite un comunicado oficial poniendo el grito en el cielo, pero el penalti fue tan claro como soberana fue la ejecución del propio Vini, engañando a Remiro.
La Real tocaba con criterio, pero no creaba ningún peligro. De hecho, Courtois fue un mero espectador hasta que el colegiado pitó el final del primer periodo. Como premio a los buenos minutos blancos, Valverde culminó con un pase a la escuadra una preciosa jugada colectiva, dejando a los donostiarras boquiabiertos ante tanto arte y precisión en los pases.
El Madrid defendía con mucha solidaridad y, gracias sobre todo al guante de seda de TAA, sacaba con mucha pulcritud la pelota desde su guarida. Apenas pasaron más cosas destacables excepto en el último minuto de la primera parte, en el que tras, un centro de lujo de Valverde, Gonzalo marró una oportunidad de oro al elegir mal la pierna con la que finalmente remató. Trent, de nuevo en la jugada habilitando en largo a Valverde.
Tras el descanso, Vinicius le hizo un traje de gala a Aramburu y logró un nuevo penalti a favor. El carioca volvió a batir a Ramiro lanzando a su derecha, casi lamiendo el poste. Era el 4-1 y transcurría tan solo el minuto 48. El Madrid se sentía muy cómodo sobre el terreno de juego y la Real jugaba de forma preciosista, pero sin crear absolutamente nada de peligro.
Era el minuto 60 y ya pensaba Arbeloa en Lisboa. Alaba y Carvajal entraban para dar descanso a Trent, soberbio durante toda la noche, así como a Rüdiger.
Courtois paró un cabezazo a bocajarro de Jon Martín tras lanzamiento lateral de una falta. Era la primera intervención del belga en todo el encuentro, corría ya el minuto 62. Al minuto, erró Carvajal en una dejada y tuvo de nuevo que intervenir Courtois. Mientras tanto, Valverde era el guardián absoluto del centro del.campo impidiendo todos los contraataques de la Real Sociedad, que seguía mimando el balón y haciéndose con el control del partido, gracias sobre todo a las intervenciones de Guedes.
Cada vez que Vinicius se hacia con el balón, el pánico cundia entre los guipuzcoanos, vestidos en esta ocasion con uniforme naranja. Gonzalo tuvo el quinto en sus botas en una gran cabalgada, pero Jon Martín sacó el gol bajo palos, con Ramiro ya batido.
Ceballos y Brahim daban respiro a Camavinga y a Valverde, ambos tras una actuación más que notable. Era el minuto 73 y apenas unos segundos después Vinicius volvía a inquietar a sus rivales, aunque no acabó de rematar su ocasión. Era un partido de guante blanco, con dos equipos preocupados tan solo por jugar al fútbol, sin asperezas y sin defensas férreas. Matarazzo sin duda ha cambiado la cara de su equipo, y desde hace un mes es una de las escuadras que más gusto da ver para un espectador neutral.
Hubo un quinto cambio, también para dar algo de descanso a Tchouaméni, y Cestero pudo tener de nuevo unos minutos para completar su Erasmus en el Bernabéu. Mbappé ya no iba a poder ampliar sus magníficos registros de esta temporada. Todos en el Bernabéu estábamos ya pensando en el martes 17 de febrero y en Da Luz.
Hubo tiempo para anular a Oskarsson un gol por un claro fuera de juego. Todos los jugadores blancos estaban ya pensando en descansar y quizás poder celebrar los últimos minutos de la noche de San Valentín de forma privada. Aún hubo tiempo para anular por un fuera de juego milimetrico un gol marcado por Vinicius con remate de hombro.
Noche plácida y redonda, con una victoria contundente, con la que se recupera el liderato, al menos hasta el lunes por la noche, en el que habrá duelo de equipos que juegan la liga pero que no creen mucho en el estado español, dueño de dicha liga de fútbol.
Asistimos a magníficas prestaciones sobre todo por parte de Vinicius, que provocó y anotó dos penaltis, de Trent, de Gonzalo y de Valverde. En definitiva, una actuación coral notable. Los de Arbeloa completan con esta victoria nada menos que 8 seguidas en el campeonato (Alavés, Sevilla, Betis, Levante, Villarreal, Rayo, Valencia y Real Sociedad).
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