Las mejores firmas madridistas del planeta

-Courtois: Aprobado. No se le puede culpar de la derrota ni de los goles encajados, y tuvo una gran mano en la primera parte.

-Carvajal: Suspenso. No es ni la sombra de quien fue, y sus ganas de jugar el Mundial no deberían afectar a la temporada del equipo del cual es capitán.

-Carreras: Suspenso. Irrelevante.

-Asencio: Suspenso. Señalado en los dos goles.

-Alaba: Aprobado. Sorprendentemente, fue el mejor de la defensa.

-Tchouaméni: Aprobado. Cumplió.

-Camavinga: Suspenso. Irrelevante también.

-Valverde: Aprobado. Arranque racial en el gol, pero poco más.

-Güler: Suspenso. Ofreció su cara más pusilánime y mediocre.

-Vinícius: Sobresaliente. El único que lo intentó con todo el corazón y mostró su talento. Emocionante, aunque sin fruto.

-Mbappé: Suspenso. Se le nota muy mermado.

-Trent: Suspenso. Su aportación ofensiva no valió para compensar su falta de compromiso defensivo. Bien es cierto que Arbeloa le quitó a Valverde, que tan bien le cubre las espaldas.

-Brahim: Aprobado. Voluntarioso y nada más.

-Ceballos: Muy deficiente. Pocos minutos, pero desastrosos.

-Gonzalo: sin calificar.

-Arbeloa: Suspendo. Día muy poco inspirado

En un pésimo partido, el Madrid se ha dejado casi seguro el liderato en Pamplona, así como la confianza propia y la fe de sus seguidores. Lo único que no se dejó es el alma, porque no la puso.

Arbeloa optó por dar descanso a dos futbolistas frágiles tras salida de lesión (Trent y Rüdiger), reservándolos para el Benfica y sustituyéndolos por Carvajal y Alaba, lo que unido a la lesión de Huijsen resultaba en tres cambios en defensa. Quizá era lo más juicioso a medio plazo, pero para el partido en sí mismo fue una mala decisión, y aquí hablamos de este partido.

El público del Sadar debe estar muy sensibilizado contra los flequillos mal cortados, porque dejó claro desde el primer momento que no pensaba dejar pasar la menor ocasión de abuchear a Asencio. Como seguramente también tienen una causa muy sólida contra las botas rosas, Vini compartía con el canterano los silbidos, que fueron lo único destacable de los primeros quince minutos, en los que no sucedió absolutamente nada, aparte de un dominio baldío por parte de los blancos.

A los 17 minutos, un contragolpe rojillo que agarró al Madrid partido en dos, y Budimir ensayó el primer disparo con peligro del partido. Salió rozando el palo. El Madrid replicó con un cabezazo de Asencio que paró Herrera, pero era fuera de juego. El partido era tan placentero como comer ortigas, y encima Osasuna empezaba a dar señales de subirse a las barbas, como se demostró en el 24, cuando un despeje con el hombro de Carreras hacía la propia portería obligó a Courtois a sacar una manopla plena de reflejos. Budimir remató de cabeza, sin poder dirigirla bien, a renglón seguido. El propio Budimir la mandaba al palo, antes de que hubiésemos recuperado el resuello, de manera inmediata.

Los navarros planteaban un partido áspero e intenso que empezaba, pues, a inquietar seriamente. Tal vez lo habría hecho menos de haber el árbitro amonestado a Rossier alguna vez por sus contínuas faltas a Vinícius.

De pronto, el Madrid se vino arriba y encadenó una virguería amenazante del brasileño, un buen tiro de Mbappé y una ocasión clarísima de Alaba que salvó in extremis Catena.

No solo no sirvió de nada, sino que, en el minuto 35, lo que el árbitro de campo había señalado como piscinazo (con tarjeta incluida) de Budimir lo convirtió Figueroa Vázquez en el mismo penalti residual de Camavinga en este mismo campo en el monstruoso atraco de Munuera hace no tanto. 1-0.

Tchouaméni obligó a Herrera a intervenir, tras un remate en semifallo. Fue el último estertor de un mal primer tiempo de los de Arbeloa.

Se auguraban cambios en el Madrid, tal vez el retorno de Trent y Rüdiger, pero tras el descanso salieron los mismos. No se entendió que Arbeloa no mandara un mensaje más claro y ambicioso. El Madrid mostró la misma falta de ideas en los primeros minutos tras la reanudación. No sabemos si sería esa la razón por la que Trent y Brahim empezaron a calentar enseguida. ¿Por qué no antes? Carvajal y Alaba estaban catastróficos. Víctor Muñoz se le iba cuando quería y como quería al 6 veces campeón de Europa. Cada vez que el Madrid ensayaba una incursión, casi siempre vía Vinicius, se encontraba con la falta de rematadores en el área. Y Gonzalo ni siquiera calentaba.

El Madrid no le ponía al partido la intensidad requerida y, en todo caso, mucho menos de la que le ponía Osasuna. Vini era el único que amenazaba, una y otra vez. Encima, los de Arbeloa se partían en dos, no se sabe si por cosa física o táctica. Cumplido un cuarto de hora del segundo tiempo, estábamos peor que en el primero.

Por fin, en el minuto 63, entraron Trent y Brahim por Camavinga y un horroroso Carvajal. Vini lo seguía intentando con tanto denuedo como calidad, de manera emocionante.

A Mbappé le anularon un gol por (justo) fuera de juego. El Madrid, en todo caso, daba una imagen de laxitud sumamente irritante. Quedaban 20 minutos y el Madrid no hacía excesivo daño, pero en una internada racial de Valverde marcó Vini desde el área pequeña.

1-1, pero no iba a ser fácil. Más allá de la jugada del penalti, dudosa, el árbitro volcaba la balanza a favor de los locales con ausencia de tarjetas merecidas y córners birlados. Gonzalo salió por Valverde y se puso a presionar como un poseso. Javi Galán la sacó bajo palos, con el muslo, en remate de Mbappé. El último cambio de Arbeloa fue la entrada de Ceballos por Güler, y el de Utrera fue decisivo, solo que no en el modo esperado. Facturó unos minutos de pesadilla, coronados con un balón perdido que desembocó en el gol de Raúl, donde tampoco estuvieron finos Asencio ni Trent.

El Madrid sigue abonado a una montaña rusa que está desesperando a sus seguidores. Cuando parece ofrecer argumentos para la fe, pierde lastimosamente y vuelven los problemas. Lamentable.

 

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No necesito más pruebas para tener una opinión sobre lo sucedido el otro día en el Estádio da Luz.

Mi convicción es absoluta: creo que Vinícius Jr. dice la verdad y que el jugador del Benfica le insultó con epítetos racistas, tal y como denunció el futbolista madridista.

El racismo no se blanquea: se combate

Es una certeza que parte de algo bastante natural en mí: la tendencia a creer a la víctima en este tipo de situaciones. Aunque no existan pruebas absolutas, más allá de las testificales que puedan surgir de la investigación, sí hay indicios que apuntan a que Vinícius ni se confunde ni miente cuando realiza sus declaraciones.

El primer indicio es difícilmente discutible: el gesto de taparse la boca con la camiseta en el momento del insulto. Digan lo que digan quienes intentan minimizar lo sucedido o restarle importancia, taparse la boca para llamar “hermano” a otro jugador mientras te abalanzas sobre él y el resto del público hace sonidos y gestos indignantes resulta, sencillamente, absurdo. Es un gesto que no tiene sentido en un contexto humano normal y, precisamente por eso, forma parte de la acusación.

0-1: Vinícius ilumina Da Luz y adelanta a un gran Madrid

En segundo lugar, la denuncia se produce en un momento en el que Vinícius no tiene nada que ganar. Acababa de marcar un gol y lo estaba celebrando con alegría. No parece el instante lógico para realizar una acusación falsa contra un rival. No hay un beneficio evidente para el Real Madrid; de hecho, durante varios minutos el equipo pareció incluso dispuesto a abandonar el terreno de juego. Esta ausencia de motivación estratégica refuerza la sensación de autenticidad de la denuncia.

El tercer indicio tiene que ver con algo más complejo y delicado: la rapidez con la que tanto el Benfica como su entrenador salieron a negar lo ocurrido y a situar el foco sobre el propio Vinicius, respectivamente. Entramos aquí en un terreno delicado.

José Mourinho —un técnico que ha demostrado sobradamente tanto su competitividad como su capacidad para llevar a sus equipos al límite— también ha sido, a lo largo de los años, una figura controvertida. Muchos madridistas recuerdan esa mezcla de recuperación del gen competitivo y, al mismo tiempo, la sensación incómoda de que la línea entre la competitividad y la polémica se difuminaba con frecuencia. Ser caballero del honor no significaba gran cosa en comparación con la victoria a cualquier precio. A cualquiera.

En los últimos tiempos, se venía ganando algo más de cuartelillo cuando se probó que había un porqué para su "¿Por qué?". "Uno de noi", llegó a decir Arbeloa. Cuando Mou sólo ha demostrado, con los años, ser "uno de Mou". En el partido anterior contra el Benfica, Mou convirtió esa simpatía en relajación. Fue una victoria muy bien pensada.

la denuncia se produce en un momento en el que Vinícius no tiene nada que ganar. Acababa de marcar un gol y lo estaba celebrando con alegría. No parece el instante lógico para realizar una acusación falsa contra un rival

Insisto: resulta llamativo que un club como el Benfica y un entrenador con la experiencia de Mourinho reaccionen con tanta contundencia y rapidez en un tema tan polémico. Podría incluso dar la sensación de que el jugador implicado se sentia respaldado de antemano. ¿Por qué alguien se sentiría lo suficientemente cómodo como para proferir un insulto de ese calibre a un colega? ¿No es tan madridista su entrenador? Ésa es, para mí, la cuestión central.

Tengo la impresión de que el futbolista actúa convencido de que no habrá consecuencias o de que podrá salir indemne. Y eso inevitablemente conduce a una pregunta incómoda: ¿qué clima, qué mensajes o qué contexto previo pueden llevar a un jugador a sentirse así antes de saltar al campo?

Todo el mundo sabe que Vinícius es un jugador emocional, intenso, que se ve afectado cuando se siente agredido. Normal. Así, no me resulta imposible imaginar que alguien, consciente de esa sensibilidad, considerase útil tensar dicha cuerda. No afirmo que haya sucedido ni señalo a nadie en concreto; simplemente digo que no sería una hipótesis tan sorprendente u original. En cierto modo, ayudaría a explicar la impunidad radical con la que se produjeron los hechos.

También es relevante observar las reacciones posteriores. El apoyo global recibido por Vinícius —tanto explícito como implícito— ha sido significativo. En este caso, los silencios han pesado tanto como las palabras. Ambos han resultado elocuentes.

La experiencia nos demuestra que quienes protagonizan episodios de este tipo rara vez anticipan el impacto social que pueden llegar a tener. El caso de Jenni Hermoso y Luis Rubiales es un recordatorio de cómo una acción que en otras circunstancias pudo saldarse sin consecuencias puede llegar a desencadenar consecuencias profundas y alterar vidas y narrativas. Una maldad puntual y estratégica puede ser denunciada y percibida como una maldad estructural. Porque puede ser, al mismo tiempo, todas esas cosas. Pero maldad, en suma.

Como ya he dicho, no puedo acusar a nadie de nada. No tengo evidencias. Pero tengo convicciones y tengo indicios.

Y, en ese terreno incómodo entre lo demostrable y lo evidente, me quedo con una tesis que no me atrevería a decir en voz alta. Porque no tengo pruebas, pero tampoco dudas.

 

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Buenos días, amigos. Hoy jugamos. Será a las 18:30 en el siempre complicado escenario del Sadar, estadio intimidatorio desde los tiempos en que a Buyo le arrojaban monedas, dagas, ikurriñas en llamas. La cosa es algo menos salvaje en la actualidad, pero no deja de ser uno de los lugares más hostiles para el Madrid. Las encerronas más temibles han tenido lugar en ese recinto, usualmente en la combinación de grada iracunda y arbitraje infame. Aún nos estremecemos pensando en el destrozo perpetrado hace no tanto por el nefasto Munuera Montero, quien expulsó injustamente a Bellingham, privó a los blancos de tres penaltis cristalinos y señaló en contra uno de los llamados residuales, que no debió pitar, a Camavinga en área propia, entre otras muchas fechorías.

Esta presumible encerrona de hoy llega además emparedada entre los dos decisivos partidos de Champions frente al Benfica. Es un sándwich de encerrona, y los nuestros deberán mostrar una sólida combinación de personalidad férrea y pericia en el juego para salirse con la suya y asegurarse el seguir liderando la tabla al término de la jornada.

Como sucede en toda víspera de partido, ayer habló el entrenador del Real Madrid. Cada rueda de prensa de Álvaro Arbeloa es un máster de madridismo y sentido común, razón por la cual no gustan ni al antimadridismo ni al neomadridismo iconoclasta. Habló sobre todo del incidente de Da Luz, que aún colea, y tomó partido en favor de su jugador, agraviado con un insulto racista, con una contundencia que hacía falta. Alguien tenía que explicitar de modo inequívoco lo que Arbeloa prometió ayer, es decir, que el equipo se habría retirado del campo de haberlo querido así la víctima, y que, en consecuencia, lo hará si vuelve a darse una situación similar y Vinícius decide que no quiere que se reanude el partido.

 

No lo quiera Dios, pero todo suena, conociendo el percal, que una situación similar podría no tardar mucho en darse. Quién sabe si no será hoy mismo.

En cuanto a la prensa del día, qué contaros. Habréis notado que las portadas vienen siendo tan inanes que el portanálisis raramente trata ya de las portadas. Marca avanza en su imparable proceso de culerización.

Sí, amigos, una entrevista con Joan García, guardameta del club que pagó a Negreira. Central Lechera a tope. El diario otrora considerado de tendencias vikingas es en la actualidad apenas distinguible de Sport o Mundo Deportivo. Encima se han cargado a Carlos Carpio, uno de los pocos periodistas del medio comprometidos en la lucha contra el negreirato. Aprovechamos para enviar a Carlos un abrazo, con nuestra consideración.

 

Vista la primera plana de la prensa cataculé destacada en Madrid, los representantes de la metrópolis barcelonesa andan también a sus cosillas: que si Aitana Bonmatí, que si Flick recupera algunos efectivos de cara al encuentro ante el Levante… “Que siga la apuesta por el fútbol femenino”, dice Aitana en vísperas de otra eliminatoria europea contra el Madrid. Pocas esperanzas blancas en ese choque, lo que nos hace reinterpretar en clave blanca las palabras de Aitana. Que siga la apuesta por el fútbol femenino en términos que permitan salir a la sección de la permanente aceptación de su inferioridad.

Os dejamos con As, que apuesta por la vía fichajil. No tenemos la menor idea de si estamos o no detrás de ese central del Dortmund, como ignoramos si se trata o no de la mejor opción. Sí sabemos que es necesario reforzar la zaga.

Pasad un buen día, con el deseo de que sobrevivamos a la encerrona.

Como madridista militante del mes de febrero del año del Señor 2026, soy el sheriff de No es país para viejos en la novela de Cormac McCarthy: “Crees que cuando te despiertas por la mañana el ayer ya no cuenta. Pero el ayer es lo único que cuenta. ¿Qué más hay? Tu vida está hecha de los días de los que está hecha. Nada más”. Ese es mi consuelo merengue y mi desesperanza blanca.

Me asomo de perfil a los partidos del Real Madrid. Ni siquiera vacilo en la previa con los amigos del Barça cuando lo veo en el bar coruñés. Ya no me pongo en primera fila, sino un tanto agazapado, en un rincón que mi amigo Tato ha tenido a bien ponerme in memoriam, como si estuviera medio muerto, adornada la pared con el póster promocional de mi novela “Rosas de papel” enmarcado y autografiado para la cervecería, el Sir John Moore. Una columna tapa la mitad de la pantalla. Si me invade la alegría, asomo plenamente el morro, si veo a los nuestros mamonear, me tiembla la recta afición, y me eclipso poco a poco tras la viga, con un acobardamiento futbolero en el que no me reconozco. Yo, que he nacido para enseñar las copas tatuadas en el pecho como el idiota de Otamendi, si no creyera aún en la correlación entre tatuajes y antecedentes penales.

Contra el Benfica estaba razonablemente feliz. Se había roto la malla, la ilusión llamaba a mi puerta, y Vini tuvo a bien llevarnos al cielo arrojando antes unas flores a los pies del santuario de Fátima. Lo que vino inmediatamente después me desconectó del partido. A mí y a todos los futbolistas. No caeré en la trampa de juzgarlo en público y ser acribillado por los unos y los otros, como decía cansinamente Albert Rivera, porque a estas alturas de la vida literaria sé que el francotirador nunca lee más allá de sus narices, y su ley es la literalidad. Pero el hecho es incontrovertible: nos fuimos del partido y las consecuencias pudieron ser un horror.

No es un hecho aislado. Una de las características del Madrid de esta temporada es que, tras regalarte unos minutos de oro, se borra

Con todo, a mi me quedó rondando en la cabeza la gran cuestión: ¿desde cuándo hechos ajenos al fútbol son capaces de sacarnos de un partido de Champions? Sí, todos recordamos los clásicos de la era Mou, con la banda blaugrana danzando sobre el filo de la Negreira de afeitar, y toda la parafernalia mediática. Pero ni siquiera en esas cuitas los nuestros se ausentaban, como si les hubieran apagado el navegador en pleno vuelo.

No es un hecho aislado. Una de las características del Madrid de esta temporada es que, tras regalarte unos minutos de oro, se borra. Siempre he pensado que era algo físico, relacionado con una preparación deficiente, pero ahora que veo a los nuestros más fuertes, me asombra que nos concedamos la oportunidad de desconcentrarnos de la única misión importante aquí, que es machacar al rival.

Sí, se está trabajando

Sea como sea, sigo en lo mismo. Me despierto pensando que el ayer no cuenta y me muero de miedo. Después comprendo que el ayer, las copas y las gestas, es lo único que cuenta, y afronto el siguiente partido con la ilusión de un despertar. Y poco a poco, lentísimo a mi gusto, veo al Real Madrid mudando su cara, ganándose poco a poco Arbeloa la confianza que de todos modos ya le concedí el día de su llegada, porque si él no, que es puro madridismo, ¿quién?

Cuánta zozobra, qué leve esta primavera, y cuánto anhelo de felicidad blanca. Menos mal que nos queda la literatura. A veces, del madridismo, la sintaxis. Releo a Céline. “Y lo peor es preguntarte si a la mañana siguiente tendrás fuerzas para continuar lo que hiciste la víspera y desde hace tanto tiempo”, pero el francés nos saca pronto del pesimismo: “todo para convencerse una vez más de que el destino es insuperable”. Sí. Ya corre La Saeta. Todos aquí sabemos cuál es el destino del Real Madrid.

 

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Buenos días, galernautas. Vuelve a ser viernes. Parece que fue hace siete días y ya estamos aquí de vuelta. Os suponemos informados, en no poca medida gracias a la Galerna, de la actualidad de nuestro club. Os asumimos sabedores de los repugnantes acontecimientos del martes en Lisboa pese a la victoria, de la no menos mefítica fiesta de la adversativa que se ha organizado en España por parte de los de siempre, es decir, la mayoría, así como de los arabescos procesales del asunto Negreira, de cuya explosión se cumplieron tres años hace bien poco.

Ya sabéis, eso de que un club pague durante al menos dos décadas al vicepresidente del organismo que controla a los árbitros y que las actuaciones de éstos arrojen aberraciones estadísticas coincidentes con el mejor periodo deportivo de la historia del club pagador. Llamativo, ¿verdad? Tamaño escándalo, el mayor de la historia del fútbol y un duro contendiente en cuanto al mayor de la historia del deporte, ha arrojado un total de CERO consecuencias. El contexto: una liga de fútbol presidida por alguien que se dice jurista, si bien no parece apto para dirimir una pelea de gallos, haciendo piruetas dialécticas para proteger al infractor, una prensa cómplice a la hora de silenciar el asunto bajo toneladas de estiércol igualmente pestilente y unos clubes que otorgan a base de callar. El panorama es nauseabundo.

Nuestro país es maravilloso para muchas cosas, de forma que, hasta en momentos de zozobra deportiva, política, económica, social o moral, nos las arreglamos para que salgan dos quijotes, o un Quijote y una Quijotesa, y se cuelguen sendas medallas en los Juegos Olímpicos de invierno. De ello da cuenta Marca, As, Mundo Deportivo y Sport en sus cabeceras. Tiene todo el sentido del mundo que la hazaña de Ana Alonso y Oriol Cardona, bronce y oro respectivamente, copen las portadas de los diarios deportivos  y releguen el resto de asuntos a un cuarto o quinto plano.

Vamos a ahorrarnos cualquier juego de palabras que implique a la superficie sobre la que se han conseguido estos nuevos éxitos del deporte español y el candidato Laporta, aun a pesar de que cualquier declaración que haya expelido en la última semana pondría demasiado fácil ese paralelismo.

Pasad un excelente día, abrigaos si hace frío en vuestras geografías y, ojalá nos equivoquemos, preparaos para que nuestro equipo padezca un racha de arbitrajes a la altura de la Liga Española. No digáis que no os lo hemos advertido.

Hola a todos. Sí bien es cierto que no todos los imbéciles son racistas, sí resulta indubitable lo recíproco, o sea, que no se puede ser racista sin ser profundamente idiota.

Por ejemplo, si el lector que tiene con nosotros la deferencia de leer estas líneas fuera racista, podríamos aplicarle un 2x1 de manual: sería también gilipollas, y un 3x1 incluso, dado que sería asimismo indigno de leer nuestra publicación.  Sí es usted xenófobo (y por tanto cretino), no debería usted leer La Galerna, igual que el número 25 de Benfica no debería jugar la Champions. Lo dijo Mbappé, al término del encuentro del Madrid en Da Luz, en referencia a un futbolista argentino cuyo nombre, como nosotros, ni siquiera quiso mencionar.

A estas horas estaréis informados del enorme revuelo internacional que se ha producido a cuenta del (más que) presunto insulto racista de dicho número 25 a Vinícius. Desde el mismo Infantino a los canales de televisión extranjeros, pasando por destacados futbolistas en activo o retirados, han mostrado su solidaridad incondicional con el futbolista del Real Madrid.

La ola de condena a las (diremos que presuntas, aunque los indicios son demoledores) palabras del 25 (o palabra, pues al parecer fue solo una, de cuatro letras y referencia primatológica) es abrumadora y contrasta enormemente con la actitud institucional del Benfica, que se ha parapetado en una defensa casi tribal de su jugador, rehusando incluso iniciar investigaciones sobre los insultos y gestos simiescos que por desgracia también se vieron en las gradas de Da Luz.

 

 

 

Sorprende esta reacción del club lisboeta, como sorprendió la de su entrenador Mourinho. Pero más aún sorprenden, aunque importe muchísimo menos, las reacciones en España, donde diferentes referentes (?) del equipo de opinión sincronizada han puesto el acento no en el insulto racista, sino en la celebración anterior del gol por parte de Vinicius. No existe forma más sofisticada de fortalecer cualquier actitud agresiva que sugerir que la víctima merecía la agresión, y esto vale tanto para las minifaldas como para las danzas en el banderín del córner. Oiga, es que van provocando (léase con palillo en la boca y carajillo en la mano).

Pues sí. En las últimas horas, en España, y a diferencia de la sensatez con la que se está tratando este asunto en casi todo el planeta, alguien ha debido frotar la lámpara de los miserables y están brotando a cascoporro actitudes como la descrita en el párrafo anterior. Sin ir más lejos, el reputado periodista Santiago Segurola, prócer mayor de la opinión futbolística escuela mayo del 68, tildaba en Onda Cero de “obsceno” el baile de Vini tras el gol, lo que implícitamente explica el quilombo posterior, lo cual a su vez queda demasiado cerca de justificarlo, racismo incluido.

Parece, pues, que a Segurola no le gusta el baile, o al menos no el baile postgol. Imaginamos que aquel gol de Roger Milla a Colombia en el Mundial del 94 le pareció también, en su momento, que estuvo rubricado de manera obscena. La danza del eterno (por legado y por edad) ariete camerunés fue un calco a la de Vini, bailarín del córner incluido. No podemos descartar siquiera que la celebración del brasileño fuese un tributo concreto al inolvidable Milla.

En este país, ha quedado claro hace eones que no es el qué sino el quién. Lamine Yamal puede bailar. Griezmann puede bailar. Vini, en cambio, no puede bailar. Si lo hace, está provocando, y el debate se centrará siempre en sus presuntas provocaciones y nunca en la desproporción de una repuesta frecuentemente xenófoba.

Además de España, el otro país que ha dado la nota en el tratamiento informativo del incidente ha sido Argentina. El número 25 del Benfica es un ciudadano de dicho estado, por lo que algunos medios y youtubers han salido al rescate, rebuscando incluso en el barro para extraer de él a José Luis Chilavert, exguardameta de profesión y racista de vocación, cuyos repugnantes epítetos, dirigidos a Vinícius, os vamos a ahorrar en beneficio de una normal digestión de vuestro almuerzo o desayuno.

Por lo demás, el Real Madrid, como no podía ser de otro modo, apoya en esta guerra a su jugador agredido, tal y como ha hecho saber repetidamente su televisión oficial y tal como ha refrendado el comunicado emitido en los últimos minutos.

Por lo demás, también sabréis que el Atleti empató en campo del Brujas, lo que motivó, en alguna portada, el consabido juego de palabras de la prensa deportiva patria. 

Los del Cholo superarán este desdichado empate en la vuelta, con toda probabilidad, pero tal cosa no hace menos indecente su resultado de ayer, aunque nadie se lo tendrá en cuenta ni se lo reprochará. Exigencia cero, de esa que no podemos entender.

La prensa cataculé, por su parte, anda a vueltas con cosillas de sus jugadores, entre ellas el ramadán de Lamine Yamal. El publirreportaje de Sport es de órdago, adelantándose a las posibles pegas que eventuales seguidores culés de la escuela de Chilavert pongan al cumplimiento religioso (nunca mejor dicho) de las abstinencias que el ramadán conlleva. La libertad de culto ampara a Lamine, así como a cualquier otro jugador de cualquier otra confesión, y no deberían hacer falta estos blanqueamientos preventivos, dado que no hay nada que blanquear.

Lo que no tienen interés en blanquear los medios cataculés son las tropelías verbales (y de las otras) de su ahora mismo candidato a la presidencia, Jan Laporta. Da la sensación de que se han cansado un poco de él. El incomparable (menos mal) Jan ha vuelto a rajar contra el CTA, pese a ser el hombre que cuadruplicó el sueldo de Negreira.

Son, como veis, declaraciones de tan impecable gusto como incontestable razón. Se diría que Jan está algo nervioso con el pacto del Real Madrid con la UEFA, del que ha quedado fuera, y que tolera mal la lejanía temporal de la poltrona, a pesar de que va a imponerse en las inminentes elecciones con toda probabilidad.

Nos gustaría finalizar este portanálisis aconsejándole a Jan que se tranquilice. Pronto volverá a ser quien era. Bien es cierto que, en su caso, nunca se sabe si este es realmente un mensaje tranquilizador.

Pasad un buen día.

Lo ocurrido anoche en el Estadio da Luz durante el Benfica vs Real Madrid no es solo un incidente más en el historial de episodios desagradables que persiguen a Vinícius Júnior. Es algo más profundo. Más estructural. Más obsceno. Porque el racismo no es únicamente el insulto; es también la coartada. No es solo quien lo pronuncia; es quien lo minimiza, lo relativiza o lo justifica.

Según denunció el propio jugador del Real Madrid CF, el futbolista del SL Benfica Gianluca Prestianni le habría dirigido reiteradamente un insulto racista. El partido se detuvo. Se activó el protocolo. Hubo tensión. El equipo blanco llegó a valorar abandonar el campo. Después llegaron las declaraciones. Y con ellas, lo verdaderamente revelador: el desfile de justificadores.

Porque el racismo contemporáneo rara vez se presenta con capucha. Ahora viste traje de tertuliano. Habla en tono grave. Empieza las frases con un “yo condeno el racismo, pero…”. Y ahí está la trampa. El “pero” es el detergente moral con el que se pretende blanquear al racista.

Vinícius marcó. Celebró bailando. Fue amonestado. Y de inmediato aparecieron los pedagogos del gesto. “Es que provoca”. “Es que calienta al rival”. “Es que se expone”. El viejo argumento. La vieja infamia.

Es el mismo razonamiento que escuchamos fuera del fútbol cuando se intenta explicar una agresión sexual señalando la falda de la víctima. “Iba provocando”. “Se expone”. “Sabía a lo que se arriesgaba”.

No. En ningún orden moral mínimamente civilizado la celebración de un gol legitima un insulto racista. Igual que ninguna prenda legitima una agresión. La responsabilidad es siempre del agresor, no del agredido.

Y conviene recordar algo para los amnésicos selectivos. Hace apenas unas semanas, José Mourinho, hoy entrenador del Benfica, celebró como un poseso el gol de su portero contra el Real Madrid en la cara de Álvaro Arbeloa. Invadió espacio, gesticuló, gritó. Nadie habló de provocación estructural. Nadie pidió tarjetas pedagógicas. Nadie lo vinculó con posibles respuestas violentas.

Cuando celebra Mourinho es pasión competitiva.

Cuando baila Vinícius es provocación.

Ahí empieza el racismo. En la doble vara.

Hace unas semanas, Mourinho celebró como un poseso el gol de su portero contra el Real Madrid en la cara de Álvaro Arbeloa. Invadió espacio, gesticuló, gritó. Nadie habló de provocación estructural. Nadie pidió tarjetas pedagógicas

Las palabras de Kylian Mbappé fueron claras. Aseguró haber escuchado el insulto repetido. Afirmó que no hubo disculpa. Pidió consecuencias. Y añadió algo esencial: en una competición global vista por millones de niños, este tipo de comportamientos no puede quedar impune.

No es una exageración. Es pedagogía. El fútbol no es solo entretenimiento; es un espejo cultural. Si el espejo devuelve la imagen de que todo se arregla con una negación y un comunicado tibio, el mensaje es devastador.

Porque el problema no es únicamente lo que ocurrió en el césped. Es lo que ocurre después. El comunicado ambiguo. El análisis que habla de “malentendido”. El periodista que invita a “rebajar la tensión”. El club que pide “no sacar las cosas de contexto”.

“Contexto”. Qué palabra tan útil para esconder lo evidente.

Hay una forma de racismo que no grita. Susurra. No insulta; sugiere. No golpea; relativiza.

Dice que quizá no se oyó bien, dice que hay que escuchar todas las versiones, dice que no hay pruebas concluyentes.

Como demonstram as imagens, dada a distância, os jogadores do Real Madrid não podem ter ouvido o que andam a dizer que ouviram. pic.twitter.com/7JF9AVuhEM

— SL Benfica (@SLBenfica) February 18, 2026

Y mientras tanto, el jugador señalado lleva años soportando insultos en estadios, redes sociales y platós de televisión.

No estamos ante un hecho aislado. Vinícius ha sido objeto sistemático de hostilidad racial en distintos campos. Y siempre aparece la misma narrativa secundaria: “algo hará”.

El “algo hará” es el primo hermano del “algo habrá hecho”.

La historia nos enseña que los prejuicios nunca se sostienen solos. Necesitan cómplices. El racismo necesita blanqueadores. Gente que no se considera racista pero que actúa como muro de contención frente a cualquier consecuencia real.

El deporte debería ser uno de los pocos espacios donde la igualdad no admite discusión. Mismo reglamento. Mismo campo. Mismo árbitro.

Pero si permitimos que un insulto racista pueda resolverse con una negación y una rueda de prensa, estamos enviando un mensaje inequívoco: la dignidad es negociable.

No lo es.

El argumento de la provocación es particularmente perverso porque desplaza el foco. Convierte al agredido en protagonista del conflicto. Le exige contención emocional como requisito para merecer respeto. Le pide que celebre con moderación para no despertar al monstruo. No, el monstruo no duerme por falta de provocación; duerme por falta de consecuencias.

La historia nos enseña que los prejuicios nunca se sostienen solos. Necesitan cómplices. El racismo necesita blanqueadores. Gente que no se considera racista pero que actúa como muro de contención frente a cualquier consecuencia real

Gianluca Prestianni presuntamente pronunció un insulto racista reiterado. No estamos ante una travesura, no es una frase desafortunada, no es un calentón competitivo. Es una manifestación consciente de desprecio por la condición humana del rival.

Y eso, en el fútbol profesional del siglo XXI, debería tener una consecuencia ejemplar. No una multa simbólica, no una sanción de dos partidos, no un curso online de sensibilización.

Una inhabilitación definitiva.

Quien no entiende que el color de piel no es un argumento competitivo no debería tener espacio en una competición que se presenta como universal. El fútbol no es un derecho natural; es un privilegio profesional. Y todo privilegio está condicionado por el respeto básico a la dignidad ajena.

Habrá quien considere esta postura excesiva. Quien hable de segundas oportunidades. Quien invoque la juventud del jugador. Pero la juventud no exonera el racismo; lo hace más urgente de corregir.

Si el mensaje es tibio, el efecto será nulo.

El episodio trasciende el marcador. El 0-1 es anecdótico. Lo que queda es la fotografía moral.

Aficionados racistas del Benfica

En la grada y en las redes sociales se han visto reacciones que replican patrones sociales muy conocidos: culpabilizar a quien denuncia, pedir pruebas imposibles, acusar de victimismo, exigir silencio por el bien del espectáculo.

Ese mecanismo es idéntico al que opera en otros ámbitos. En la escuela. En el trabajo. En la calle. El racismo rara vez se sostiene por sí solo; se sostiene porque demasiada gente decide no incomodarse.

Y sin incomodidad no hay progreso.

El fútbol europeo se enfrenta a una decisión sencilla en apariencia y trascendental en el fondo. O considera que el racismo es una línea roja absoluta o acepta que es un riesgo asumible dentro del ruido competitivo.

No hay término medio.

Prestianni no debería volver a jugar al fútbol profesional. No por venganza. No por ejemplaridad teatral. Sino por coherencia moral. Porque la igualdad no es un eslogan para camisetas; es un principio operativo.

cada vez que se justifica la agresión señalando la conducta del agredido, retrocedemos décadas

Y a quienes siguen repitiendo que Vinícius “provoca” por bailar, conviene recordarles algo elemental: celebrar no es agredir. Gritar un gol no es deshumanizar. La alegría no es violencia.

El racismo sí lo es.

El deporte no necesita jugadores silenciosos. Necesita jugadores dignos. Y necesita instituciones que no titubeen.

Porque cada vez que alguien blanquea al racista, el insulto se repite.

Y cada vez que se justifica la agresión señalando la conducta del agredido, retrocedemos décadas.

La Copa de Europa presume de ser la élite del fútbol. Pues bien: la élite no se mide solo por la calidad técnica. Se mide por la estatura ética.

Y ahí no caben medias tintas. Espero que el acuerdo definitivo entre Real Madrid, UEFA, ECA y A-22 tenga como una de las banderas la erradicación definitiva del racismo en los campos de fútbol y las sanciones ejemplares de verdad a los jugadores, técnicos, periodistas y clubes que lo amparen de cualquiera de las maneras.

Me despido como siempre. Ser del Real Madrid, hoy más que nunca, es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!

 

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Desde su salto desde el Castilla, Arbeloa está cambiando la cara del equipo.

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Entró en el escenario en silla de ruedas, empujado por dos ayudantes y entre el aplauso cariñoso y sentido del público. Avanzó hacia el podio apoyándose en el bastón —apenas un par de pasos dados con la torpeza de sus piernas cansadas— y se encaramó con dificultad a la silla que le habían dispuesto sobre aquel. Dándose impulso con los pies y con las manos. En tres tiempos. Ya sentado, liberó con la mano, también torpe, insegura, los faldones de la levita aprisionados bajo su cuerpo, de forma que no limitaran aún más la escasa movilidad de sus brazos. El público, que llenaba el Auditorio Nacional, no pudo reprimir un nuevo aplauso cariñoso, lleno de afecto. Los músicos de la orquesta, que habían recibido al maestro de pie, se sentaron frente a sus atriles. Uno de los ayudantes acercó la batuta al viejo director. Y se hizo el milagro.

Esas manos gastadas, apenas capaces de algo más que un mínimo balanceo arriba y abajo, comenzaron a repartir juego como si fueran las piernas de Kroos. Un pequeño movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, y las cuerdas trepidaban como la pradera del Bernabéu bajo una estampida de Cristiano Ronaldo. Un arqueo de cejas y la orquesta, mesmerizada, se replegaba en un pianísimo tan sutil como un toque de Modric, tan inaprehensible como un desmarque de Benzema. Y la música de Beethoven fluía lenta, despaciosa e hipnótica, poseída por una tensión indesmayable que emanaba de esa batuta vieja y extenuada, pero animada por la pasión inextinguible de quien la empuñaba. No era run´n gun; era más bien un fútbol pausado, de combinaciones y regates asombrosos, y tan alejado de la prisa como del manierismo; un fútbol para sibaritas, diferente, hermoso e invencible.

Esas manos gastadas, apenas capaces de algo más que un mínimo balanceo arriba y abajo, comenzaron a repartir juego como si fueran las piernas de Kroos

En la segunda parte, el maestro cambió por completo la disposición de la orquesta, colocando a las maderas en primera fila. Flautas, oboes, fagots, clarinetes (in that order) en primera línea de ataque, con las trompas haciéndoles la cobertura inmediatamente detrás. Las cuerdas, en segunda fila, y los metales y la percusión, allá al fondo, en sus demarcaciones habituales. ¿Ataque de entrenador del viejo maestro? No: Mourinho ganando partidos desde el banquillo. Porque el programa anunciaba en la segunda mitad la novena sinfonía de Schubert, y ese enfrentamiento requería sacar todo el brillo posible al color de las maderas.

Y vaya si brillaron. Brillaron esos oboes elevándose por encima de la orquesta como un remate de Santillana. Brillaron esos clarinetes dulces y luminosos como una conducción de Zidane. Brillaron las flautas, alegres y chispeantes como si fueran Juanito aventando toda murria con sus animosas arrancadas. Y brillaron los fagots, graves y seguros, sosteniendo el edificio musical con su labor callada y de equipo, como si fueran Pirri y Stielike quienes los hacían sonar. Y la sinfonía de Schubert, conocida como “La Grande”, hizo honor a su apodo bajo la batuta reposada del anciano director, convertido en un Puskas capaz de ganar partidos en una baldosa o en una silla, que para el caso es lo mismo. Sin mover un músculo más de lo estrictamente necesario. Sin aspavientos. Sin gestos de cara a la galería. Pero con inteligencia, talento y amor inextinguible por el juego, a despecho de vejeces y dolores, desoyendo cualquier tentación de sucumbir a la melancolía de la edad.

El triunfo fue apoteósico. Un equipo de jóvenes de enorme talento pero escasa experiencia. ¿Les suena?

El triunfo fue apoteósico. El de las grandes noches de Champions. La West-Eastern Divan Orchestra, compuesta por músicos israelíes y palestinos e hipnotizada por la batuta del viejo maestro, jugó un encuentro memorable. Y ello a pesar de su insultante juventud: salvo una o dos excepciones, probablemente ninguno de sus miembros alcanzaba los treinta años. Un equipo de jóvenes de enorme talento pero escasa experiencia. ¿Les suena? Unos jóvenes comprometidos con su profesión, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos en cada partido, y ansiosos de beber de las fuentes de la tradición. De empaparse del espíritu de quienes les precedieron e hicieron grande el juego a que se dedican. Con humildad. Con ganas de aprender. Con espíritu de equipo a pesar de las enormes diferencias que podrían separarles, incluso de la enemistad natural a que parecieran destinados.

Y ver a Zubin Mehta, el viejo maestro, dirigir a sus noventa años a estos músicos fue un auténtico gustazo. Un hombre sabio. Un hombre bueno. El abuelo dirigiendo a sus nietos. Pero también fue algo más: el abuelo confiando en la nueva generación que empuja, transmitiéndole su conocimiento y disculpando comprensivo sus pequeños errores. Haciendo a sus muchachos receptores de la ovación, del cariño y de la gratitud por toda su carrera que el público le dedicaba puesto en pie. Dejándoles paso con elegancia, haciéndose discretamente a un lado, sabedor de que su tiempo está tocando a su fin. Como la Mariscala de El caballero de la rosa. Como Santillana hiciera con Butragueño. Como Arbeloa con Carvajal. Como tantos otros en la historia de nuestro club.

Sí, fue un concierto memorable, pero también algo más: un concierto muy madridista. Una lección del mejor madridismo. El de Zubin Mehta.

 

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